martes, 31 de mayo de 2011

Con la máxima naturalidad



“Ha sido un ejercicio de responsabilidad y madurez el que ha hecho el partido respetando los tiempos y las formas. Yo no he hecho ni un solo gesto ni un solo movimiento en relación con este proceso”.
Me pregunto si todo el mundo ve lo mismo que yo, las formas sinuosas, la mirada oblicua, una rendija en los ojos. Podría hacer analogías con animales, pero no quiero que esto parezca menosprecio. Su cuerpo, como la plastilina, una sucesión de curvas en progresión; no hay modo de que componga una sola vez una línea recta. No mira de frente, ni cuando alza la vista, la vista sigue la torsión de su cuello, la recomposición de su estructura ósea. Uno esperaría que hiciese un barrido, cuando habla ante sus compañeros, para ver el efecto de sus palabras, pero no espera el eco. Todo sucede en su interior, habla para sí mismo, el mundo comienza y acaba en los límites de su cuerpo. Ha llegado adonde esperaba. Habla como una centrifugadora, todo lo atrae hacia sí, cada una de las decisiones del pasado con las que se identifica, todo lo que se ha de hacer, la entrega de cada uno de sus compañeros que le escuchan. Su movimiento tiende a completar las curvas, a conformar una esfera, en la que todos los que tiene delante quedan encerrados, atrapados o desaparecidos cuando cierra los párpados. No importan los errores del pasado, la mala gestión, porque no habla de hechos, la realidad es algo ajeno a la esfera que está cerrándose, de la que queda excluido lo feo, lo imperfecto, el pasado, lo desagradable. No concibe que alguien pueda discutirle o enfrentarse a él. No ha tolerado que alguien pudiera hacerle sombra y presentarse para ocupar el puesto que sólo a él pertenece. Pero no habla abiertamente, dice que durante el proceso no ha dicho nada, no ha hablado en público, ni en privado ante sus compañeros. No concibe que alguien pueda proyectar su sombra delante de él, que alguien no vea que él es el objeto del destino. Sólo acepta ser nombrado por aclamación, miles de dedos, sin que él lo haya pedido, ya alguna vez dijo que nunca se presentaría, que ya estaba colmado, que había llegado el momento de retirarse a casa. Todo era simulación y todo el mundo lo sabía. Este es el momento y para este momento está él, no puede haber otro, otro momento, otro que él. Es la culminación.

A su lado, la pose virtuosa del político queda desmentida por la mujer despechada, su compañera de la foto.

Con la máxima naturalidad, dice el periódico. Pero yo sólo veo a un Christopher Lee en frac bailando con una botella de tinto medio vacía, ante un ataúd forrado de blanco, cantando una canción muy vieja, una canción cuya letra ha olvidado y a su lado una rubia con la cabeza hundida y el rímel corrido, las manos cruzadas y lloriqueando.

lunes, 30 de mayo de 2011

El error

Había una sola puerta, con un cartel encima que decía: error. Por ahí salí. No era como en los restaurantes o en los cines, donde hay dos puertas vecinas, una de «Damas» y otra de «Caballeros», y uno elije la que le corresponde. Aquí había una sola. No había elección. No sé qué palabra debería haber tenido la otra puerta, cuál habría sido la alternativa de «error», pero no importa porque de todos modos no había más que una. Y no estoy seguro de que yo hubiera elegido la otra, en caso de que la hubiera. Sea como sea, tengo esa justificación: que era la única puerta para salir, la que decía «error». Y yo tenía que salir... (Comienzo)
Leo a César Aira, con tan buena prensa, por vez primera. Voy avanzando por la escritura fácil y agradable de El error. Otro escritor que sale al camino de la página en blanco para ver qué le depara el transcurrir de la escritura. Los sucesos se van construyendo sobre la marcha, unas historias llevan a otras sin cerrar ninguna, ni siquiera al final donde el ingenuo lector esperaba que todas se encontrasen. Es el pulso del autor, su respiración, el propio ritmo del lenguaje el que va construyendo la historia como la espiral de humo de un cigarrillo que tan pronto como aparece y evoluciona en espirales graciosas y todas diferentes desaparece sin tomar cuerpo, hasta que una nueva espiral sale del húmedo aliento.

Las historias que va enlazando comienzan con un interés cierto, pero que se diluye y apenas se sostiene por el ritmo del lenguaje que es la mejor baza de César Aira. La escritura se convierte en un automatismo, el escritor se deja llevar por las manos que escriben o teclean con un ritmo monocorde. La literatura que me interesa es la contraria, aquella donde el lenguaje sigue a la historia y ésta el ritmo de las cosas del mundo. En este libro la explicación del mundo que va brotando no tiene su origen en la física de las cosas, sino en causas meramente literarias, fantásticas, puro juego de la imaginación drogada por la literatura.
Aira escribe a medio camino entre Borges y García Márquez, pero con más levedad. El libro se parece mucho a Fin, el éxito del pasado año de Monteagudo, pero mejor escrita.
La novela de Aira puede interesar a quien le entretenga la literatura o el cine latino americano, vertiente argentina.
Mientras leo a César Aira, entre un libro de Martin Amis y otro de Philip Roth voy pensando en la diferente educación moral de quien haya crecido con una u otra literatura. La diferencia entre quien se debate ante los dilemas morales que le plantean los autores anglosajones y la aerofagia que se desprende de lo real maravilloso y cosas por el estilo, en el desmoronamiento de Argentina o de Venezuela o Nicaragua o en la difícil resurrección democrática de Colombia.

viernes, 27 de mayo de 2011

In a Better World (En un mundo mejor)


No faltan temas que el cine o la literatura puedan abordar haciendo que interesen a los ciudadanos. La habilidad para entretenerlos es otra cosa. También la valentía. La violencia es uno de ellos. Por más que nuestra sociedad trate de ocultarla o enmascararla está ahí, a veces de forma soterrada, a veces de forma explosiva. Susanne Bier es una de las cineastas en la onda de Dogma que mejor ha evolucionado desde el formalismo. Todas sus películas merecen la pena. En su premiada In a better World aparece la violencia en esas dos formas: la soterrada violencia entre escolares, el acoso de los más fuertes sobre los blanduchos, y la violencia política, en este caso la de un jefe local en una población africana que tiene aterrorizada a su gente.

Bier contextualiza la violencia en dos familias de clase media danesa, con los problemas de nuestra época: la separación de los padres, la muerte de uno de ellos, el trabajo lejos del hogar, el difícil seguimiento de los hijos, la incapacidad de la escuela, y de las instituciones sociales en general, para detectar problemas y resolverlos.
Como en toda narración que ha de condensar los hechos y sus causas en elementos simples para poder ceñirse al formato del género y para poder atrapar al espectador, los guionistas de esta peli reducen las causas del comportamiento de los agresores a unos pocos sucesos fáciles de atajar y comprender. La dramatización llevada a un climax de estrés emocional termina por enturbiar el buen planteamiento inicial, el análisis de la realidad. Al final, detectado el problema y dando por supuesto que todos los actores son sujetos racionales todo el mundo se aviene a enderezar la conducta y caminar por la senda de la normalidad. La película termina en abrazos, entre padres e hijos y entre amigos bajo el comprensivo amparo de las instituciones.

Los que trabajamos con adolescentes y jóvenes sabemos lo difícil que es tratar estos casos; el cansancio que supone contemplar o sufrir durante un curso escolar a alumnos incapaces de comportarse con un mínimo de normalidad. Los pocos recursos que tenemos profesores o psicólogos para ayudar. Lo desamparados que están esos chavales que las circunstancias han dejado a la intemperie. El fácil recurso de la segregación, en el mismo centro o en centros especiales, porque, al contrario que en la película, aunque se detecten los problemas y se diagnostiquen correctamente no hay los medios para reintegrarlos familiar y socialmente.
Sin embargo, la película merece la pena. Plantea muy bien el asunto, presenta a los personajes en contextos verosímiles y presenta con valentía los dilemas a que nos enfrentamos cada día.

jueves, 26 de mayo de 2011

Die Fackel, La Antorcha II

Un buen ejemplo del proceder crítico de Karl Kraus en La Antorcha es el texto titulado: “Sobre el proceso contra Klein”. Selecciono unos fragmentos:
Introducción: “He aquí que la falta de pruebas para demostrar que la señora Klein había cometido un asesinato se veía abundantemente compensada por una plétora de pruebas de su inmoral forma de vida. Incluso el hecho de que una mujer ponga en práctica “cierta inclinación a mentir” parece que se considera en la criminología vienesa como un elemento que refuerza las sospechas respecto a la autoría de un crimen”.
El representante del periódico más grande puede informar de esta manera: “Un episodio simpático, aunque incómodo para uno de los testigos, ha divertido hoy bastante al público. Hace unos años, un rentista, mientras su mujer vivía en el campo, pasó unas agradables horas con quien por aquel entonces se llamaba Ilonka. Sólo unas horas. Después se olvidó por completo. Pero ella no se olvidó de él.”
El fiscal, señor Pollack manifestaba: que esa asesina era “igual de depravada que la ramera que a cambio de una miseria se entregaba al primero que se encuentra en la calle”.
Glosa de Karl Kraus: “Es una lástima que en el escalafón de la depravación femenina no existan categorías tan definidas como en el escalafón de la ambición masculina. El destino de las mujeres consiste en caer y el de los fiscales, en hacer carrera. Sin embargo como los valores individuales no dependen de los sociales, puedo imaginar perfectamente el caso de una ramera que rinda más a cambio de esa “miseria” que un fiscal que a pesar de su sueldo es incapaz de desanudar los hilos de un plan criminal y que ha de llenar, por tanto, con indignación moral las lagunas de sus conocimientos criminológicos”.
 Kraus se topa en los periódicos de la época anuncios turísticos invitando a viajar a los campos de batalla: 
“Todo un día por los campos de batalla en un cómodo automóvil, pernoctación, manutención de primera categoría, vino, café, propinas, trámites de pasaportes y visados desde Basilea ida y vuelta, todo incluido en el precio de 117 francos suizos”.
La glosa: “¿No culmina aquí de manera ejemplar la misión de la prensa, consistente en conducir primero a la humanidad y luego a los supervivientes a los campos de batalla? Recibirán ustedes su periódico por la mañana. Leerán qué confortable se les hace la supervivencia. Se enterarán de que un millón y medio de seres humanos se desangraron allí donde el vino y el café y todo lo demás está incluido”.
Aunque el enemigo principal de Kraus lo encuentra en Viena y en el mundo nacional germano también hay referencias al comunismo:
“El comunismo como realidad no es más que la otra cara de la ideología de esa chusma, profanadora de la vida aunque proviene de un origen ideal más puro, es también un recurso problemático y contradictorio para alcanzar su objetivo ideal más puro. Que el diablo se lleve la praxis del comunismo, pero que Dios nos lo conserve como amenaza constante sobre las cabezas de aquellos que poseen fincas y que, con el fin de mantenerlas y con el consuelo de que la vida no es el más alto de los bienes, querrían mandar a todos los demás a los frentes del hambre y del honor patrio”.
Kraus también percibe la llegada de la cruz gamada. Así recoge esta perla:
“ SE SEÑALA que los brazaletes con la cruz gamada encontrados en el lugar de los hechos no llevan el sello del partido”.
En general ante el nacionalsocialismo afirma que no tiene nada que decir: “No se me ocurre nada sobre Hitler”, quizá porque “la violencia [no puede ser] objeto de polémica ni la locura objeto de sátira”, tal como hasta entonces había sido su método. El caso es que poco después su pluma calló y también su vida. La última frase de la selección que ofrece Acantilado y también del texto que dedica al ascenso de Hitler es esta: “En el ocaso del mundo, yo quiero vivir retirado en lo privado”.
Quizá, el Kraus literario, el de los largos comentarios indignados, burlones o sarcásticos sea menos atractivo porque se enrolla en exceso.

El mejor elogio que se puede hacer de Kraus se encuentra en esta frase suya:
“Aunque no se reconozca más logro positivo a las 2000 páginas de La Antorcha aparecidas durante la guerra –una mínima parte de cuanto podía sido si no me hubieran limitado diversos obstáculos técnicos y estatales-, se me certificará, con todo, que rechazé sin esfuerzo alguno, día tras día, la sucia exigencia que el poder hizo al espíritu: la de tener la mentira por verdad, la injusticia por justicia, la ira por razón. ¡Porque la valentía mejor era la mía, la de ver al enemigo en campo propio!”.
Esta selección de La Antorcha que nos ofrece Acantilado es una muestra del océano de páginas que escribió Kraus y que tuvo una enorme influencia en los escritores austriacos posteriores como Thomas Bernhard o Elfriede Jelinek y también en parte de la intelectualidad europea.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Die Fackel, La Antorcha

Durante 37 años, desde 1899 a 1936, año en que falleció, Karl Kraus editó en Viena la revista Die Fackel, La Antorcha. 922 números, con más de 20.000 páginas casi todas escritas por él. Asistió en primera fila a la decadencia del imperio austrohúngaro, a la Primera Guerra Mundial y al ascenso del nacionalismo germano y la llegada del nazismo. Fue testigo de un momento eufórico y brutal de Europa, dueña del mundo, juvenil, guerrera y suicida y lo contó con el sarcasmo de alguien que sabe a dónde conduce tal entusiasmo desenfrenado. Esa época del primer tercio del siglo XX es la del dominio de la burguesía. Los empresarios, sus retoños y las señoras de la casa, los intelectuales y los artistas provocaron un estallido de creatividad y riqueza en todos los campos. Consiguieron lo que se proponían: altas torres de hierro, palacios de cristal, la conquista de lugares inaccesibles como el polo norte, el aeroplano, el coche de carreras, hasta la desintegración del átomo. Son años de dominio sin contestación de una clase que se creía en la cima y de un continente que se afirmaba en el centro del mundo. La guerra fue una consecuencia de tantas energías desatadas.

Karl Kraus es la conciencia escéptica contra la insensatez. Observa cómo funciona la maquinaria del Estado, la escenografía judicial, la prensa, las costumbres burguesas; cómo abusan de su dominio sobre las clases inferiores, cómo las machacan retorciendo la ley o saltándosela; cómo fuerzan el lenguaje; cómo predican lo contrario de lo que ellos se permiten. Kraus se mofa de la hipocresía, del lenguaje ampuloso, de la moral de pacotilla. A veces utiliza una prosa mordaz que revela las inconsecuencias, las hipocresías, otras veces se torna irónico o sarcástico, a veces reproduce los tics estilísticos para darles la vuelta y hacerlos decir lo contrario de lo que afirman. Le basta con reproducir fragmentos de periódico, de discursos, de alegatos o de libros para que la crueldad, la torpeza o la maldad del personaje salga a relucir. Tal es el caso, por ejemplo, del libro que publica el as de la aviación Manfred von Richthofen, El piloto rojo, en 1917. Krauss pone en evidencia la escasa distancia que separa al héroe del asesino en serie. En los extractos del libro, el barón aparece como un cazador ávido de sangre: “Siempre tiene que llover sangre de pilotos ingleses”. “Mi observador disparó duro con la ametralladora contra los tíos esos, y nos lo pasamos cojonudamente”.
Kraus arremete contra los que avivan el espíritu guerrero sin haber puesto el pie en el campo de batalla o contra los que exaltan la guerra desde el centro del combate sin haber salido de Viena, como es el caso de Von Hofmansthal.
Kraus combina la selección de fragmentos, especialmente de la prensa, con largos comentarios suyos. A veces, le es suficiente con poner los extractos uno detrás de otro para mostrar la banalidad o la maldad de los periodistas o políticos.

Un buen ejemplo es el titulado “El baluarte de la República”.  A partir de un suceso de 1927, el enfrentamiento entre milicias socialdemócratas y derechistas, en el que murieron dos personas, y la posterior absolución de los que dispararon, se desata una locura: algaradas que acaban con el incendio del palacio de Justicia y reacción violenta de la policía que causa 89 muertos. Kraus yuxtapone declaraciones de testigos, policías, políticos, periodistas, médicos y víctimas para mostrar la corrupción del lenguaje y su uso para el dominio de la atmósfera política, a veces señalando la procedencia, otras destacando en cursiva una frase:
Pongamos por caso, un caso completamente imposible a nuestro juicio, que muchos de los muertos fallecieron por errores o por actos de crueldad de algunos policías en concreto. Por el amor de Dios, ¿qué tiene eso que ver con la burguesía y sus convicciones”.
“Expreso a los miembros de la policía la gratitud y el reconocimiento del gobierno federal por su actitud enérgica y, sin embargo, moderada”.
“De un escritor alemán del Reich, que fue testigo (…) Casi da la impresión de que poco a poco han ido interpretando como la caballerosidad de su brava policía (…) El oficial que… ordenó ¡fuego! Decididamente cosechará ingratitud. No obstante, salvó a Viena del hundimiento, del pillaje y probablemente de cosas peores. Viena tiene la policía más paciente y fiable”.
Incluso aunque se admitiera que se produjeron algunas irregularidades aisladas, cosa que hasta ahora no ha sido demostrada, incluso en ese caso habría que decir…”

martes, 24 de mayo de 2011

"Poco pan para tanto chorizo"


Tienen razón los que como Arcadi Espada dicen que a lo que más se parecen las acampadas de estos días en el centro de las ciudades es a una habitación de adolescente. No la tienen cuando con tan simple sarcasmo despachan la magnitud del movimiento. Es verdad que a la llamada han acudido primero los adolescentes y que son ellos quienes mantienen vivo el fuego. Pero mucha más gente ha acudido también a las concentraciones. Con curiosidad, con inquietud, con desasosiego. Animados por el espectáculo de las emisoras y de los comentaristas y atemorizados por la ruina del país a un tiempo.

Sería una lástima que todo se fundiese en simple desahogo. Que la gente está cabreada lo muestran además los resultados electorales abrumadores, inesperados por el batacazo del partido del gobierno. La gente se ha desahogado doblemente, acercándose a los adolescentes y votando hasta hacerse notar, pero la cosa no debería acabar en una gran frustración. Alguien debería dar un paso más allá de gritar en el aire “indignación”. Alguien que les dijese razonadamente que los sueños, las frases llamativas, el murmullo del rezo en el atardecer, las utopías no sirven para nada, que lo que nos hace avanzar son propuestas pequeñas, factibles, concretas. Algo bastante fácil si se plasma en un documento: reformar la ley electoral para que los votos valgan igual en todas partes; abrir las listas para que el elector pueda elegir nombres además de partidos; control estricto de las donaciones a los partidos y del gasto electoral; reducción de los mandatos políticos, entre cuatro y ocho años; que no se puedan simultanear cargos; que no se pueda acceder a consejos de administración durante un periodo tras dejar la política; suprimir las administraciones innecesarias: senado, diputaciones, la mitad de los ayuntamientos, los asesores y la mayoría de los cargos de libre designación; desterrar de la ciudad a los políticos corruptos durante un tiempo al modo del ostracismo griego; que los encarcelados por corrupción no salden su deuda sin devolver lo robado; unas reglas bien definidas para la adjudicación de obras públicas y supresión de las empresas públicas que tanto han engordado la deuda; separar con claridad los tres poderes del Estado: que los jueces sean inmanejables; eliminar los privilegios de unas comunidades con respecto a otras, de modo que prime la igualdad y la solidaridad; del mismo modo que hay un sueldo base mínimo, establecer un límite por arriba: los bonus y las jubilaciones millonarias de los directivos despedidos son una ofensa; no primar las jubilaciones anticipadas de las empresas con cargo al erario público o a la seguridad social; dejar que quien haga malas inversiones cargue con sus fracaso: las cajas, los bancos o las inmobiliarias no deben ser rescatadas con fondos públicos: y si lo son, ¡por favor, que nos saquen de la vista los gestores que los llevaron a la ruina!

Dos medidas se pueden tomar para llevar adelante propuestas como estas: la primera, reunir las firmas necesarias para presentarlas ante el Congreso y que sean debatidas. 500.000 se necesitan. No sería pequeña cosa. Sería revolucionario porque habría que modificar la constitución. Y entonces todo se podría discutir, incluso la República. La segunda, no votar a los partidos políticos que no las asuman. Los grandes pasos se logran con medidas aparentemente pequeñas; la ensoñación del adolescente produce monstruos. Mucho me temo, sin embargo, que las sentadas están más cerca de la fantasía adolescente que de la madurez razonada. La clase política y económica de este país respira tranquila. Los periódicos que las estimulaban ya se desentienden de ellas.

viernes, 20 de mayo de 2011

El inocente

Peor aún es esta película de abogados y tribunales. En la estela de los éxitos de hace una década como El informe Pelícano o El Cliente, aquí un abogado que se jacta de haberse criado en la calle topa con un caso difícil. Hay unas cuantas escenas iniciales para definir el carácter del protagonista, su falta de escrúpulos para ganar dinero, su relación simpática con el hampa, un pícaro de postín. Sin embargo, a medida que avanza el metraje abunda en los tópicos. El cliente que contrata al abogado y desata la intriga pertenece a una familia rica y muy poderosa. Parece que es inocente; la credulidad del abogado le meterá en un lío del que parece imposible salir. 

Hay investigación en la calle y luego el juego de tribunales con testigos sorpresa y trampas inesperadas. El inevitable elemento sentimental de la familia: una ex mujer que no lo es tanto y un niño. La escena en que alguien le hace ver al abogado que hay límites que no se pueden sobrepasar; el momento ético. Y por supuesto la inteligencia del protagonista que siempre es superior a la del malvado y el golpe de efecto final que no lo es tanto para quien ha visto muchas de estas películas de género.
Resumiendo, la peli no merece el desplazamiento al cine y pagar la entrada. Si el público asiste con menos frecuencia a los cines no se entiende que suban tanto las entradas.

jueves, 19 de mayo de 2011

El agudo dolor de Rosa Luxemburg

Desde la cárcel de Breslau, en la víspera del 24 de diciembre de 1917, Rosa Luxemburg escribe una carta cariñosa a su amiga Rosa Liebknecht. El marido de Rosa, Karl Liebknecht, también está en la cárcel. Ambos son los líderes de la facción radical del SPD, los espartaquistas, encarcelados por oponerse al nacionalismo guerrero que llevó a a la primera guerra mundial. En una carta hermosísima, poética. No la trascribo completa. En ella habla de la revolución rusa, de los ideales alcanzados, de su soledad en la celda, de su incomprensible alegría y exaltación, de libros que le gustaría leer, pero también de la guerra en curso. Lo que me interesa es el fragmento de los búfalos. A veces, la crueldad de la guerra se ve mejor de forma indirecta que en las descripciones generales o en los recuentos estadísticos. Probablemente no es la mejor tradución, pero da una idea de lo que Rosa Luxemburg quiere transmitir. Transcribo el fragmento:
 "Ah, Sonichka, he experimentado un agudo dolor, en el patio, donde hago mis paseos, llegan con frecuencia carros del ejército cargados con sacos, o con viejas camisas y uniformes de soldados, en muchas ocasiones con manchas de sangre…, aquí los descargan y los reparten en las celdas, aquí son reparados, y otra vez empacados y enviados al ejército. Recientemente vino uno de estos carros, tirado en lugar de caballos, por búfalos. Ví a los animales por primera vez de cerca. Son más fuertes y de complexión más robusta que nuestro ganado, con cabezas planas y cuernos también planos y curveados, tienen mas parecido con los cráneos de nuestros borregos totalmente negros, con grandes ojos apacibles. Provienen de Rumania, son trofeos de guerra … Los soldados que conducen estos carros cuentan que fue muy trabajoso atrapar estos animales indómitos y que fue aún más difícil usarlos para el tiro, porque estaban acostumbrados a la libertad. Los golpearon horriblemente, hasta hacer valer el dicho: »vae victis« Se supone que hay unos cien de estos animales solamente en Breslau; además reciben, después de estar acostumbrados a las extensas praderas rumanas, poco y miserable alimento.
Son utilizados sin consideración alguna, para tirar de cualquier tipo de carro de carga, por eso mueren pronto. Hace pocos días, entonces, entró un carro lleno de bultos, pero con una carga tan alta que los búfalos no podían atravesar la elevación del portón de la entrada. El soldado acompañante, un bruto, comenzó a apalear a los animales a golpes del lado más ancho del fuste de su látigo, de tal manera que la centinela molesta le llamó la atención ¡si no tenía lástima de los animales! 
– Nadie tiene piedad de nosotros, las personas – respondió con risa malvada y los apaleó todavía con más fuerza…
Los animales jalaron pasando al fin sobre la montaña, pero uno sangraba… Sonishka, la piel del búfalo es literalmente solo grosor y dureza … y estaba rota. Los animales se quedaron muy quietos y agotados cuando estaban siendo descargados, y uno, el que estaba sangrando, miraba alrededor con una expresión con su cara negra y sus grandes ojos tiernos, como un niño con los ojos hinchados de llorar. Era claramente la expresión de un niño que ha sido duramente castigado y no sabe para qué, por qué motivo, que no sabe cómo escapar de la tortura y la violencia brutal… yo estaba parada frente a él, el animal me miró, se me salieron las lágrimas. Eran sus lágrimas, no es posible estremecerse con mas dolor ante el sufrimiento del hermano más querido, que yo en mi impotencia ante ese sufrimiento silencioso. ¡Qué lejos, qué inalcanzables, perdidas, libres, suculentas, verdes praderas! Qué diferente brillaba ahí el sol, soplaba el viento, qué distintos eran los hermosos sonidos de los pájaros o el melódico grito de los pastores. Y aquí, en esta ciudad extraña y lúgubre, el establo asfixiante, el heno enmohecido que provoca asco, mezclado con la paja en descomposición, las personas extrañas y horribles, y los golpes, la sangre que corre por la herida fresca … mi pobre búfalo, mi pobre amado hermano, estamos aquí los dos, tan impotentes y embrutecidos y somos uno sólo en el dolor, en la impotencia, en la nostalgia. Entretanto, las presas afanosas habían rodeado el carro, descargaron los pesados bultos, y los llevaron hasta el edificio; pero el soldado sólo metió ambas manos en las bolsas del pantalón, se paseó a horcajadas en el patio, rió, y silbó quedamente una canción muy popular. Y toda la suntuosa guerra pasó ante mis ojos".

miércoles, 18 de mayo de 2011

The company men


El drama de esta guerra cada cual lo vive según le afecte. El sufrimiento es intransferible. Pues la crisis que vivimos es una guerra económica en la que las víctimas son identificables y cuantificables. En cambio los agresores y victimarios, que llevan la iniciativa, son escurridizos y camaleónicos, apenas dejan huella. La literatura y el cine hacen aproximaciones a través de las que podemos sentir una cierta empatía momentánea con las víctimas.
Empieza a haber libros y películas sobre la guerra, aunque de momento, en general son muy teóricos y generales –Inside job- y no tratan los asuntos más crudos o lo hacen con una mirada antigua, prebélica.
Es el caso de esta peli, The company men. Una gran compañía empieza a despedir empleados y cerrar empresas del grupo para mantener el valor de las acciones. Así, como estamos viendo cada día, se produce la paradoja de que tras la destrucción de empleos y de fábricas que supuestamente son una rémora la compañía gana en valor y los salarios de los directivos suben como la espuma. La película se centra en la vida de unos cuántos de esos empleados durante y después del despido. Ruptura de la amistad con antiguos compañeros, traiciones, la vida familiar quebrada, el desasosiego, la angustia por la imposibilidad de volver a encontrar trabajo a cierta edad, los grupos de apoyo, la solidaridad y vuelta a empezar. La peli describe una situación americana. Desde nuestra posición resultan incomprensibles algunas cosas: el tren de vida de los empleados de alto nivel; la falta de ahorro pensando en un futuro crítico; la falta de protección social; la facilidad para despedir y la escasa reparación económica. A cambio también sorprende la relativa facilidad para recomponer la situación, excepto en casos extremos como el de ese empleado en paro que ante la falta de ayuda y comprensión decide suicidarse. Por estos pagos las cosas son muy diferentes. Para empezar el cine y la literatura carecen de reflejos, un ejemplo más de la falta de competitividad de nuestro sistema productivo. La protección social parece mayor, pero acabados los plazos de la ayuda aparecen las situaciones dramáticas: al despido se añade la pérdida de la casa por no poder hacer frente a la hipoteca y la imposibilidad de encontrar empleo. Además está la hiriente mentira de los políticos que dicen defender a los humildes y echan la culpa a entes abstractos como el mercado o a otros políticos que gobernaron antes que ellos.
La película está llena de buenos actores, es entretenida al modo de las pelis de Hollywood, pero es poco instructiva y produce poca empatía, como digo, vista desde la óptica española. Para describir lo que nos sucede haría falta el Buñuel de sus primeros años para entrar en la casa de los desahuciados y describirla con crudeza y el Karl Kraus de La Antorcha para deshacer las mentiras y el doble lenguaje de nuestras clases dirigentes, hipócritas virtuosos en los mítines y desalmados en el cierre de empresas, la rebaja de salarios, los despidos, la ayuda a las empresas o bancos en quiebra y en el desamparo de los más débiles.

martes, 17 de mayo de 2011

La viuda embarazada

Hay muchas formas de contar la revolución sexual de los setenta. La del sociólogo, la del historiador, o la del filósofo. A unos pocos les interesaría saber las cosas tal como las cuenta la ciencia. Es un saber frío, objetivo, desapasionado. Pero hay otra forma, la que proporciona la literatura. Por lo que llevo leído, el mejor resumen de lo que ocurrió se encuentra en La viuda embarazada de Martin Amis. Una novela juega con muchas cosas, el lenguaje y sus anfibologías, la estructura y su capacidad de enredar al lector para atraparlo y divertirlo, el manejo de las emociones. Es el medio para interesar a más cantidad de gente. La novela recrea, reconstruye y al tiempo instruye y divierte. Martin Amis monta un  escenario de lo que ocurrió en aquellos años -los 70-, desde el presente. Ahora podemos verlo más desapasionadamente, pero sin guardar las emociones en un cajón.

Amis está en la cima de su madurez. Tiene una gran habilidad para hacer decir cosas nuevas a las palabras, buscando su sentido original. Monta un gran teatro con muchos personajes para que cada uno represente un momento de la revolución, sin hacer de ellos ideas planas. Hace correr entre ellos la electricidad. Cada capítulo representa un episodio, anticipado varias veces en los diálogos, en el juego de la representación o en los pequeños interludios en que reflexiona sobre lo que sucedió, desde el presente de un personaje que tiene la misma edad que Martin Amis. Una reflexión no al modo del sociólogo, sino del literato, jugando siempre jugando con el lector, primero descontertado y luego divertido y asertivo.
Pero Amis no se queda en el relato de los episodios de la revolución sexual, también cuenta sus consecuencias. Qué ha sido de las chicas que la protagonizaron, pero también que son ahora los chicos que la sufrieron. La primera parte de la novela es apasionante, dinámica, divertida: los chicos que se comían el mundo; las chicas que se comían a los chicos para después dar la batalla por el dominio del mundo. La segunda parte es reflexiva y melancólica. Parece como que sólo se pueda disfrutar una vez en la vida; después quedan los recuerdos, la desilusión, las ruinas. La novela no es un retrato de una generación. Tan sólo de los que marcaron las pautas, de quienes resbalaban en la cresta de las olas.
Habrá muchas formas de contar lo que ocurrió en aquellos años, pero ninguna tan divertdia. Cómo envidio la inteligencia de Martin Amis.

lunes, 16 de mayo de 2011

Lartigue o la apoteosis de la burguesía


Hay otra manera de ser un artista liberado. Ser rico y no tener mala conciencia. Eso le pasó al pequeño Jacques Henry Lartigue cuando su padre, a los ocho años, le regaló una cámara de fotografiar con trípode.
“Desde niño padezco una especie de enfermedad, todas las cosas que me maravillan se escapan sin que pueda guardarlas lo suficiente en la memoria”.
Así que Lartigue (1894 - 1986) se puso a vivir la vida a toda velocidad. Y decidió que la felicidad tenía que ser fotografiada. Esa es su historia, la velocidad es felicidad; la felicidad es la velocidad. Y otra cosa, Lartigue tenía un seguro a todo riesgo: era creyente. Pasaron las guerras, el dolor, el sufrimiento del siglo XX, pero él no estaba ahí. Así que si hacemos abstracción del siglo por el que pasó podemos gozar de su punto de vista.
El único problema que tiene esta exposición del CaixaForum Madrid es que presenta las fotografías por temas, despreciando la cronología. Pero la felicidad es fundamentalmente cronología, tiene su momento, su principio y fin. Los comisarios de nombre pomposo –Martine d’Astier de la Vigerie- nos la birlan, hacen abstracción de los cambios técnicos en la fotografía y también de los cambios biográficos, por lo que la hipótesis general de la felicidad de Lartigue, de principio a fin, es indemostrable. No sólo eso, embadurnan la mirada del espectador inocente con comentarios pretenciosos y apestosamente retóricos. Algo así como “la verdad eterna de las imágenes de Lartigue” y “la elegancia despreocupada”. Pretenden demostrar la nonchalance de los ricos, su despreocupación por las cosas vulgares de este mundo, como si en Lartigue, a pesar de ser tan católico, no hiciese mella el pecado original.


Lartigue da cuenta de la felicidad, pues. La suya. Los años del cambio de siglo, hasta 1914, son los años de la apoteosis de la burguesía. Sus hijos gozan con fruición. Los años en que se hizo Barcelona, por ejemplo. Y ahí sigue. No sólo Barcelona, algunos viven de ellos todavía, como si el mundo se hubiese detenido. Felices y veloces, aunque su velocidad sea estática. 


En las fotografías de Lartigue no hay pobres. Véase la foto “Patinaje sobre el lago del Bois de Boulogne”, de 1906 o cualquier otra. Ni suciedad. Ni crimen. Lartigue es el precedente de la sonrisa de los parques Walt Disney. Ni trabajo, angustia o dolor. Lartigue fotografía obsesivamente, pero en sus fotografías el mundo es invisible. Sólo fotografía ideas, sentimientos. Lo demás es vulgaridad.
“La vida es algo maravilloso que baila, salta, vuela, ríe y pasa”.

Como se lo podía permitir lo intentó. Sus agendas, sus diarios, que comenzó a rellenar al mismo tiempo que empezó con las fotos, quieren atrapar todo, retener cada instante. Anotaciones exhaustivas cada hora, de sus idas y venidas, de cada acto, de las personas con las que se encuentra: escritores, mujeres, playboys, presidentes. Incluso anota el tiempo que hace cada día, ¡durante 70 años! Titula sus cuadernos de este modo: “Libro de mis sueños”; “Razones por las que soy tan feliz”.
“La ligereza es el resultado de una determinada disposición del espíritu no del esfuerzo físico”.

Sus fotografías son interesantísimas. Está al tanto de las innovaciones. Trabaja con la visión binocular, con el estereoscopio, con el color. En 1902, a los 8 años hizo su primera foto y garabateó su primer diario. En 1904 hizo su primera instantánea. En 1915 adoptó la pintura como profesión y también hizo de decorador de grandes fiestas. Y fotografió: los aeroplanos, el automóvil de carreras, los deportes de todo tipo y luego las damas, a escondidas, tratando de captar el misterio de la belleza. Y sus mujeres: Bibi, Reneé, Coco, Florette. Y los rodajes de las películas. 200.000 fotografías. En 1966 conoció la fama. En 1985 una exposición recorrió el mundo: “Le passé composé”. Esta del CaixaForum se situla “Un mundo flotante”.

sábado, 14 de mayo de 2011

Filfa moral

No importa la realidad. Si no nos gusta la deformamos o la readaptamos a nuestros parámetros o acusamos a nuestros adversarios de todos los males o de lo mismo que nosotros hacemos. Este párrafo de un llamado filósofo y traductor:
¿Por qué cada vez más ocurren rebeliones y protestas violentas carentes de todo mensaje ideológico y basadas en un vago resentimiento? Posiblemente, porque hoy, en nuestro marco pospolítico y posideológico, la indignación no acierta a invertir sus movimientos reflejos en un marco narrativo inteligible. Al carecer de una cartografía cognitiva, la cólera explota en un acto políticamente sin sentido, tan ciego que atenta a veces incluso contra su propio perpetrador.
Dé qué país estará hablando, de qué revueltas violentas, de qué rebeliones. Como todo se reduce al blablablá, unos cuantos palabros -cartografía cognitiva- parecen servirle para imponer el argumento de autoridad que deriva de la letra impresa y de la palabra del filósofo a aquellos que no saben, que es todo el país menos él.

Identidad de género y guerra

Baile de los Soldados en Suresnes (1903) Derain
 Hacia 1900 el mundo se llenó de sufragistas. En 1908 en el Hyde Park londinense se reunió la mayor multitud que el mundo había conocido, más de medio millón de personas, casi todas mujeres. Reclamaban el sufragio femenino. No todas las mujeres que salían a la calle o ejecutaban actos violentos desde una ideología anarquista -asaltando el parlamento o atentando contra ministros-, querían lo mismo, el sufragio. Muchas querían un cambio social profundo que las igualase a los hombres o incluso, más allá, que se las liberase de las convenciones y funciones tradicionales del cuidado de los niños y del orden familiar. Algunas adoptaron poses escandalosas, reclamaron el aborto o comenzaron a vivir con otras mujeres.


Madeleine Pelletier se formó como antropóloga, pero cuando vió que los antropólogos de su tiempo se deicaban a la medición de los cráneos para determinar la inteligencia, por ejemplo Julius Möbius en su La inferioridad mental de la mujer (1900), la abandonó por la psiquiátra. Fue la primera médica que trabajó en un asilo para enfermos mentales. Llevaba el pelo corto, vestía trajes de hombre y sombrero hongo; era célibe. Como el resto de las sufragistas quería derechos políticos para las mujeres, pero ella fue más allá. Exigió el aborto libre, el control de la natalidad y cambios radicales en la educación de las niñas. Escribió varios libros de combate en la tradición de las letras francesas, antecedente, por ejemplo, de Simone de Beauvoir. Se implicó en muchas luchas de su época, anarquista primero, luego socialista y francmasona. Trabajó en la Cruz Roja durante la guerra. Se hizo comunista y se desengañó tras su viaje a la patria de la revolución. Sus contemporáneos vieron en sus acciones y proclamas un desafío a la identidad de género. Su autobiografía se tituló La femme vierge (1933). Pero como como no se conformó con predicar puso en práctica sus ideas sobre el aborto; fue detenida y encerrada en un asilo mental en 1939. Allí murió unos meses después.

Otto Weininger, cuando, en contra del consejo del doctor Freud, publicó Sexo y carácter (1903), lanzó una carga de profundidad contra el feminismo: "El judío real y la mujer real viven sólo como parte de su especie, no como individuos"; los dos eran corruptores y viles por naturaleza. El libro se convirtió en un éxito de ventas, aunque Weininger, judío él mismo y sexualmente enfermo, no pudo digerir sus contradicciones y se suicidó a los ventitrés años.

 El mundo de los hombres se sintió retado, su masculinidad puesta en duda y actuó con dureza, reprimiendo las manifestacioes, deteniendo a las mujeres escandalosas, golpeándolas, encarcelándolas. Nunca como hasta entonces los desfiles militares fueron más vistosos, los entorchados, hombreras, medallas y trajes más multicolores. Esos años anteriores a la primera guerra mundial se conocen como los de la carrera armamentística entre naciones. Si las causas de los hechos históricos son variadas, no habría que desdeñar la afimación masculina ante la identidad socavada como una de las principales cuando en 1914 los países europeos se declararon la guerra unos a otros.

El sufragio femenino sólo se iría extendiendo por el mundo después de la guerra. En Gran Bretaña en 1923, en España en 1931, en Francia en 1944.

jueves, 12 de mayo de 2011

"Habrá guerras de edad, y limpiezas cronológicas…"


Dice Martin Amis.
“Antes existía el sistema de clases, y el sistema de razas, y el sistema de sexos. Estos tres sistemas han desaparecido o están en vías de desaparecer. Y ahora tenemos el sistema de edad.
Quienes están entre los veintiocho y los treinta y cinco años, y están idealmente sanos, son la superélite, los zares y las zarinas; aquellos que tienen entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años son los boyardos, los nobles; de ahí hasta los sesenta años es el reino de la burguesía; quienes están entre los sesenta y los setenta representan el proletariado, la plebe; y quienes son mayores de setenta años son los siervos y los espectros de los esclavos. (…)
La gobernanza, durante al menos una generación, leyó Keith, tendrá por objeto la transferencia de riqueza de los jóvenes a los viejos. Y a los jóvenes no les gustará en absoluto. No les gustará el tsunami plateado, en el que los viejos acaparan los servicios sociales e infestan clínicas y hospitales, como una oleada de inmigrantes monstruosos. Habrá guerras de edad, y limpiezas cronológicas…”

miércoles, 11 de mayo de 2011

Chardin

Podría decir que entre 1650 y 1789 la pintura vivió una época de libertad sin constricción. Y que por entonces el arte se desplazó a París. Suena bien, pero lo tendría que probar. En todo caso hubo una serie de pintores en esas fechas, entre Vermeer y Chardin, que liberados del encargo –religioso o noble o burgués- y todavía no obligados por la fuerza de la ideología fueron libres de trasladar lo que sus ojos veían. Un momento único en la historia de la pintura, los pintores se dedicaron a pintar lo que veían. Justo antes de que la atmósfera obsesiva de la época (romanticismo) les trastornase (les drogase) y volviesen a la idealización.


Jean Siméon Chardin era hijo de un ebanista. Ese hecho lo marcó. Tiene muchos cuadros sobre tabla. Le marcó porque aprendió a tener paciencia, a mirar y a pintar sin prisas. La muestra del Prado es amplia, 57 cuadros, un tercio de su producción. Da una buena idea sobre su obra.
Me han interesado sus primeros cuadros, cuando no era nadie. Todas esas naturalezas muertas, con escasos seres vivos, en las que se podía detener, disponiendo de su tiempo. “Sitúo el objeto a una distancia que no me permite ver los detalles. Sobre todo, tengo que centrarme en copiar bien y con la mayor veracidad posible, las masas generales, esos tonos del color, la redondez, los efectos de la luz y de la sombra”, le hace decir Cochin, su discípulo y biógrafo.
Hay muchos cuadros con pescado: rayas, caballas, salmones. Es difícil no pensar, al verlos, en el pintor y su morosidad, en la naturaleza descomponiéndose. Chardin hace pensar en eso, como si trasmitiese también el olor. Junto a los peces muertos, los objetos de menaje: calderos, pimenteros, jarras. Objetos a los que la mirada del pintor confiere individualidad, valor, y la voluntad de trasmitirlo a quien mira el cuadro.
Viendo a Chardin el oficio de pintor es el de la verdad, no buscada, fruto del trabajo. Acercarse lo posible hasta la exactitud a lo que ve: los objetos con sus imperfecciones, con sus contornos precisos, aislados, contundentes, como el ebanista que escoge la madera, sus vetas, su color, y los instrumentos, en función de la pieza que quiere fabricar.
“¡Oh, Chardin! No es el blanco, ni el rojo, ni el negro lo que mezclas en tu paleta: es la sustancia misma de los objetos, es el aire y la luz lo que mojas en la punta de tu pincel y fijas sobre la tela”. (Diderot).
Así en esta naturaleza muerta, donde la mano no acusa la presión del encargo o la deuda o la obligación. “Naturaleza muerta con un jarrón de loza y dos arenques”, de 1733. Con pimentero, chirivía, caldero de cobre, ajo, vaso y cerezas.


Se nota cuando Chardin, obligado por la necesidad –en sus primeros años su vida era precaria- deba adaptarse, introduciendo, por ejemplo, esos gatos vivos, el del lomo encrespado de “La raya”, o seres humanos como ese joven de “Pompa de jabón” pintado como un objeto más de su naturaleza muerta, posando los brazos sobre el alféizar, con los que no se encuentra del todo a gusto. Hay alguna referencia a su vida precaria, “Un joven alumno dibujando”, con la casaca  agujereada, presentados en el Salón de 1738, o en “El mono pintor” que mira al espectador, burla de su necesidad.
Chardin sitúa todos sus objetos sobre una repisa, buscando la seguridad del artesano que quiere situarse a pie firme. Extraordinaria “La tabaquera” de 1737, las líneas, los objetos, la luz diáfana.


Hay que detenerse en “Dama tomando el té”, de 1735. Chardin pinta a su joven esposa, Marguerite Saintard. El té humeante, ensimismada sin llegar a la ensoñación, ocupada pero sin mostrar inquietud en algo que tiene entre manos. Cómo no pensar en Vermeer. Un instante, una interrupción en lo cotidiano. La mujer mira la taza humeante, pero la mira resbalando, porque su preocupación está en otro sitio. Los detalles, el decorado, la mesa china lacada en rojo en contraste con los colores fríos del echarpe de seda negra y el vestido caro de organza, con franjas verticales al bies, la cofia blanca y el lazo azul y la tetera de terracota de Flandes. Una joven de vida acomodada que indica que el estatus del pintor está cambiando desde que ha introducido seres vivos en sus pinturas. Llama la atención el pelo rizado gris en contraste con el rubor de las mejillas. Chardin la pintó en febrero de 1735. Marguerite murió en abril.

Los cuadros han cambiado desde 1735. Chardin presta su arte al gusto burgués, interiores, tareas domésticas, chachas con niños, la educación, juegos.


Cuando Chardin, después de triunfar, al final de su vida, hacia 1760, vuelve a las naturalezas muertas, hará cuadros perfectos, muy valorados, pero menos verdaderos. Es un Chardin rotundo, seguro, secretario de la Academia, aceptado en la corte, consciente de su valía. No sólo su mano es segura, también los objetos que aparecen son valiosos, preciados como por ejemplo en “Mesa de cocina con vinagreras y dos caballas colgadas en la pared” de 1769, las vinagreras de cristal fino y los adornos de plata o el queso sobre la bandeja de paja. O la extraordinaria “La cesta de fresas salvajes” de 1761, donde pinta una mano liberada pero también una cabeza consciente de su poder. Hasta su soberbia le traiciona cuando ve a un discípulo atareado en la mezcla de colores y le dice, “¿Pero quién os ha dicho que se pinta con colores. Se pinta con el sentimiento”.


Hace falta serenidad para mirar el mundo con calma. Sustraerse a la prisa, pero también a la presión que soportamos. Un hervidero en nuestro cerebro; un pesado fardo en nuestro cuerpo.
Una parte importante de nuestra vida la pasamos aprendiendo, en buena medida de forma coercitiva. Chardin nos enseña que debemos desaprender. Pero no hay cosa más difícil que alcanzar la serenidad para empezar a quitarse las capas de conocimientos negativos.
La pintura nos enseña a mirar las cosas con ojos limpios, tal como son o tal como eran antes de que las mirásemos con ojos empañados. La belleza no es el objetivo, la belleza es un efecto.

lunes, 9 de mayo de 2011

Oleanna, de David Mamet, en El Español


El tiempo vuela. Han pasado muchas cosas desde entonces, desde el 93, pero los temas que trata Mamet están vigentes. La guerra entre mujeres y hombres viene de lejos. Las sufragistas de comienzos del siglo XX; la revolución sexual dirigida por las chicas, desde  mediados de los sesenta; el asalto al poder desde los noventa. La sociedad cambia en su superficie, pero la marea de fondo es lenta. Ha habido sucesivas batallas, pero la guerra aún no ha terminado. Es evidente que ellas están vencido, pero quizá la batalla se ha moderado y su victoria no sea tan incondicional.

Oleanna trata de un profesor y de una alumna. Una reclamación de notas, al principio. Los alumnos siempre creen que el profesor les subestima. Y los profesores que no se les valora. De ahí es fácil pasar a sentirse humillado y en consecuencia a mostrarse prepotente o agresivo o histérico. La relación va cambiando a una relación de poder. No sólo desde el estrado al pupitre; de quien es dueño del saber a quien tiene que aprender; del que impone el método a quien debe asumir las reglas; de quien representa al Estado a quien está en inferioridad. También está la cuestión sexual: profesor alumna. El hombre siempre deseando ser reconocido, valorado, siempre insatisfecho, siempre a la espera, ansioso. La mujer que despierta, que lleva despertando unas cuantas décadas. Se afirma, percibe el machismo, la violencia a la que ha sido sometida. Puede que esté excesivamente alerta. La alumna disfraza su incapacidad para comprender el tema de estudio con una cuestión de clase y sexista. Y está la cuestión de la educación, su utilidad, su necesidad para ascender socialmente, de aceptar las reglas, el método, o de cambiarlas. La del individuo, ahí, enmascarando sus debilidades, sobreactuando. El profe consciente de su poder, dominando el código y la calificación; la alumna enmascarando su incapacidad en la queja, en la rebelión. Y está la cuestión del status: la familia, la posición, el hogar, -el profesor está en tratos para comprarse una casa, ligado a un ascenso profesional- contrapuesto a la aventura a la que el hombre siempre cree tener derecho, a la que no quiere renunciar.

Un profesor es un hombre. Una alumna, una mujer. Una charla a solas es una ocasión. Para el hombre y para la mujer. Si se desdibuja la función social aparecen los deseos, los anhelos, las debilidades del individuo. La obra va girando de lo convencional a las debilidades del profesor; de las debilidades de la alumna a la conciencia de ser una mujer de su tiempo, del poder que la sociedad le concede. Representante del grupo de la mujeres humilladas. El profesor pierde, la alumna gana.

Y todo envuelto en la incapacidad contemporánea para decirnos las cosas de forma limpia y sencilla. Lo que decimos no expresa lo que queríamos decir. Queremos que nuestras palabras digan otra cosa de lo que estamos diciendo. Entendemos lo que no nos quieren decir. La fuerza que nos anima se contrapone a la de quien nos escucha. Los discursos resbalan por encima de lo que oímos. El ruido del oleaje que se deshace en la arena.

Y está la caracterización de José Coronado e Irene Escolar. Coronado deambula como un hombre noqueado, sumido en sus contradicciones, derrotado. Irene da el papel de alumna, temblorosa, inmadura, insegura, agresiva hasta el histerismo. Lo han tenido fácil. Es el papel de cada día. Coronado es un hombre de este tiempo. Irene es mujer y una chica en edad de estudiar.
Perfecto el escenario en medio de la sala, con las gradas a los lados. Los espectadores encima, la acción a un palmo de la nariz.

En el campo de los buenos

              Durante mucho, mucho tiempo he visto el mundo a través de los periódicos. Mejor, desde un periódico. Todavía los miro. Aunque varios, ya no me conformo con uno. Los asalto buscando frases para burlarme o para medir el tamaño de su mentira. ¿Cómo puede haber durado tanto? Es opinión general que en la infancia las cosas se gravan más, se agarran como garrapatas de las que es imposible liberarse. Pero no es cierto. Viví un tiempo atrapado por la religión. En perspectiva, me parece poco. Y creo que me liberé con suma facilidad. Cómo dar crédito a aquellos medio hombres envueltos en una pesada túnica negra. Eran adiposos, cerúleos, con olor a desván. A mis padres les daba todo el crédito, eran buena gente, sin doblez. Pero por eso les podían engañar con facilidad. Cómo fiarse de sus creencias traspasadas.

             Y luego estaba el antifranquismo. Esa fue la gran cagada. Cualquier cosa que se le asociase era legal, adquiría el brillo de la verdad. Una generación corrompida por el fulgor del antifranquismo. Mierda. Así que. Uno, quién iba a poner en duda las verdades emanadas de la cerrada oposición. Agarraron como garfios. Asumir una idea contraria era condenarse al infierno y sin extremaunción. Quién va a querer arrancarse un garfio. Dos, no había duda posible. Con mi envoltorio religioso, siempre estaba alerta, con la pregunta: ¿Y si me engañan?, ¿y si todo es mentira, una gran conspiración? Lo fue, de hecho era una gran conspiración, de la que participaban los mejores y los peores. De estos era fácil desembarazarse; de aquellos, de las almas nobles, fue más difícil.

             En cambio, ahora, no había duda posible. Estaba en el campo de los buenos, los justos. Los que enarbolaban la antorcha del bien general.

Razones para no votar al alcalde Valladolid


Hay un tráfico intenso de personas entre Valladolid y Madrid. Miremos un billete del AVE en la página de Renfe. Caros, excesivamente caros para 193 km. ¿Dónde están las rebajas estrella y las rebajas web. No existen. Si hay alguna cuelga de las horas nocturnas. Tecleemos en buscar. Sí, ¡hay billete rebajados!, bastante rebajados en páginas como Viajar y Rumbo. ¿Hay que cantar bingo? No tan deprisa. Si avanzamos en la compra al final aparece la clave del asunto: once euros por cargo de gestión, por persona, casi un 30 por ciento más. Bien, es una agencia de viajes privada, puede tomarte el pelo como quiera y nosotros mandarles a hacer gárgaras. Pero la pregunta es otra. ¿Por qué RENFE o ADIF o como se llame la estafa prefiere beneficiar a la agencia que a mi? Intriga total. ¿Acaso pasan por alto los socialistas -quienes nombran los cargos de RENFE- que la construcción de las líneas del AVE nos va costar una pasta a todos los españoles? Inversión pública, beneficios privados. Beneficios para las agencias de viaje; beneficios para las empresas que son las que envían a sus empleados por AVE. Los demás a pagar calladitos la gran inversión y a subir al autocar.

Y ahora la pregunta del tonto que mira al dedo que señala la luna. ¿Que tiene que ver el alcalde de Valladolid? Pues, todo. El alcalde no sólo está para arreglar la ciudad, que no lo hace, también para hacer una presión furiosa al gobierno que estafa al común. ¿Por qué no la monta ante el ministro de la cosa? Vale, me dirá el tonto, ¿es que un alcalde socialista lo haría mejor? No, ya lo sé que no, pero hay que obligarles, dar el vuelco cada cuatro años. Al final aprenderán. Ah, y otra de tonto, ¿por qué insultar? Los electores no sólo podemos, debemos despreciar a quienes persisten en tomarnos el pelo durante 16 años. Faltaría más.
De momento esa es una razón para no votar al alcalde de Valladolid, la misma que para no votar al candidato socialista -¡qué insulto que nos obliguen a llamarles socialistas!-, la misma para no quedarnos en casa el día de las elecciones. Tenemos que hacer que nuestro voto pese como un camión.

Los autocares de ALSA -en las horas punta varios, van a tope. ¿Por qué RENFE renuncia a ese dinero? Muchas plazas del AVE van vacías. Muchos estarían dispuestos a pagar un poco más con tal de llegar una hora antes, pero pocos están dispuestos a que les tomen el pelo.

viernes, 6 de mayo de 2011

El horizonte

"Bosmans llevaba tiempo pensando en algunos episodios de su juventud, episodios sin ilación, que se interrumpían en seco, rostros sin nombre, encuentros fugitivos. Todo pertenecía a un pasado remoto, pero, como esas breves secuencias no tenían relación con el resto de su vida, se quedaban en el aire, en un presente eterno". (Comienzo)
Lo bueno y lo malo de esta novela de Patrick Modiano es que sus personajes parecen salidos de una imaginación somnolienta. Al empezar a leer parece que el escritor no tenga nada, que necesite despegar, esperar a que la pluma comience a rasgar el papel para que las montañas y los valles, los hombres y las mujeres, y luego las tramas que los funden, se vayan desplegando para llenar los pliegos vacíos. Así diría, con lenguaje de otro tiempo. Incluso el escritor necesita contar el experimento, el vértigo y la fatiga y el escepticismo con los que comienza. La metaliteratura es un riesgo porque el lector está cansado después de tantas frustraciones. Pero los escritores consagrados se arriesgan o, dicho de otro modo, se ofrecen la chance de encontrar el tema esquivo.

Los personajes de El horizonte emergen de la memoria como fantasmas ingrávidos. "Recuerdos en forma de nubes que flotaban", escribe Modiano. Han de pasar muchas páginas para que terminen por coger peso. Durante esas páginas le lectura incierta se va aguantando por el oficio del escritor, por la levedad de su escritura que no requiere gran esfuerzo, por el nombre del autor, porque siempre se espera que suceda algo, porque como en los sueños siempre se espera que de entre las nieblas acabe por surgir algo con sentido.

Lo bueno es que como en la memoria, cuando nos llega un retazo de color, que azuza una emoción dormida que queremos reactivar, seguimos su traza sin saber muy bien dónde nos va a llevar y reconstruyendo, escogiendo un camino y desechando otros, terminamos por montar una bonita historia que nos eriza, en efecto, de nuevo la piel. Así actúa Modiano en esta novela y aunque nos choquen sus inconsecuencias no nos importa porque nos explica lo que nosotros mismos hemos hecho en nuestras ensoñaciones.

El escritor va atando cabos, una imagen aparece de pronto y lentamente, a veces con grandes intervalos de tiempo, lleva a otras, aunque siempre quedan cabos sueltos.
Como en los ensueños de la memoria nada es estable y definido, aparecen personajes amenazantes y seductores. Bosmans y Margaret Le Coz son los protagonistas del relato, los que van emergiendo de la bruma y los que permiten la identificación. Más inasible que ellos es Boyaval la amenaza que no acaba por tomar cuerpo y su contrafigura, Bagherian, el protector. Ella tiene o tuvo, porque se habla con treinta años de intervalo, trabajos de aya con clientes diversos. Siente que alguien, Boyaval, la persigue, tiene miedo. Él trabaja, o trabajaba, en una editorial librería apunto de cerrar. También está dominado por temores: su madre y su pareja, el cura o ex cura que ha dejado los hábitos, que le persiguen para exigirle dinero. Es Bosmans quien recuerda o trata de recordar, personajes que emergen de la niebla, pero siempre escurridizos. Fragmentos de otra época, que la memoria trata de recomponer uniendo trozos de un espejo roto para poder mirar de frente, al horizonte, el presente. Es decir, literatura.

Lo malo es el espesor y la liviandad de lo literario, la necesidad de que las tramas se conviertan en historias, de que los encuentros entre hombres y mujeres tengan sentido.
"Más valía no saber nada más. Por lo menos, en la duda, aún queda una forma de esperanza, una línea de fuga hacia el horizonte. Uno se dice que quizá el tiempo no ha rematado aún su obra de destrucción y que todavía quedan citas".

jueves, 5 de mayo de 2011

Culpa, expiación y cambio

Luis Benedit / y al principio fue la codicia
Casi 25 millones de parados, una deuda descomunal -el Estado dedica una cuarta parte del gasto a pagar intereses-, un estado anímico por los suelos. "Tenemos la responsabilidad de combatir una crisis que no generamos", dice el presidente del gobierno. ¿Pero quién la ha generado, es que no hay responsables?

A la mayoría de los españoles se nos va a encoger el nivel de vida. Unos habrán perdido el empleo, otros tardarán en encontrar uno y en perores condiciones y a otros les habrán rebajado el sueldo. Todos sufriremos la subida generalizada de precios, seremos más pobres. Sin embargo, como ha sucedido en anteriores ocasiones, habrá quien no sólo no saldrá perdiendo, sino que seguirá ganando o ganará más: unos manteniendo sus cargos, otros aumentando sus beneficios.

Uno de los asuntos más llamativos de esta crisis es la ausencia de culpables y por tanto de rostros a los que exigir responsabilidades. Culpa y expiación. Sobre esos conceptos está construida buena parte de nuestra cultura. Es necesario salir de la indiferencia, hacer frente a la crisis buscando las causas que la provocaron, los responsables, para poder salir de ella.

Nunca como hasta ahora nuestra capacidad de modificar las cosas habrá sido mayor. Probablemente no somos conscientes del poder que tienen nuestras decisiones individuales, las políticas y las económicas. Para empezar debemos asumir nuestra parte de responsabilidad. Nuestra ingenua credulidad pasada, pensando que podíamos gastar y endeudarnos sin freno. Debemos asumir el coste y aprender para la próxima ocasión. ¿Hemos aprendido que acumular cosas no produce felicidad, que vivir con menos produce menos ansiedad y es más cómodo vivir? ¿Hemos aprendido a despreciar a los que obtienen su fortuna especulando y con ello a producir estragos en el bien común? Señala Santos Juliá que la nueva clase que nos gobierna no es la antigua burguesía,
La nueva clase financiera, sin embargo, es desalmada: no bien el Estado ha acudido a su rescate y ya vuelve a repartirse, sobre las ruinas provocadas por ella misma, los millones de dólares como si aquí no hubiera pasado nada. Y si la vieja burguesía hubo de avenirse a un compromiso, es claro que a esta nueva clase el Estado no sabe o no puede protegerla de su propia codicia; no le queda más opción que destruirla.
Cuando la mayoría asumamos y mostremos que la codicia, las grandes fortunas, las exhibiciones de objetos valiosos no nos atraen y nos parecen gratuitas y ofensivas terminaremos modificando la conducta de gente a la que ahora envidiamos o admiramos. Una gran mansión, una colección de coches o yates no deben decirnos nada. Del mismo modo que hemos otorgado fama podemos retirarla. Podemos convertir en parias con nuestro desprecio o indiferencia a los que hemos puesto en el Olimpo.

Hubo un tiempo en el pasado que la mayor gloria de un individuo era el reconocimiento de la comunidad por sus servicios desinteresados al bien común. Los generales romanos victoriosos, por ejemplo, ofrecían nuevos foros o teatros o circos a la ciudadanía. Los grandes patricios ofrecían parte de su patrimonio a la ciudad. Los arcontes, los magistrados, los cónsules no cobraban, era un honor ser nombrado. Deberíamos recuperar el valor del trabajo desinteresado a la comunidad: valorar a los profesionales por su virtud pública, no por los bonus que sus empresas les otorgan. Debemos despreciar a los que se hacen valer por el tamaño de su sueldo, expulsarlos de la ciudad. Siempre habrá jóvenes inteligentes -los jóvenes siempre son más inteligentes- dispuestos a reemplazarlos.

La otra obligación de la que no debemos dimitir es la de decidir políticamente. Hemos de salir de la postración y de la desconfianza.
Cada vez menos votantes acuden a las urnas, cada vez menos accionistas elevan su voz en las juntas y cada vez menos lectores reclaman independencia y objetividad a sus medios. Un sistema que aspira a la regeneración moral, necesita que sus miembros asuman el coste a corto plazo de significarse, decir no cuando proceda y proponer estrategias alternativas.
Es un error renunciar a emitir nuestro voto. La suma de muchas decisiones personales puede modificar el tejido del poder. Renunciar a decidir es refrendar en el poder a quien ya lo tiene. No se trata de decidir entre dos opciones, hay muchas, cada cual debe reflexionar sobre la que más le conviene. La suma de nuestros actos económicos y de nuestras decisiones políticas es lo que regenerará la vida de la sociedad.

miércoles, 4 de mayo de 2011

El frágil hilo que une decencia y sensibilidad

Antes de llegar a Castronuevo, antes incluso de tomar la curva de Los Álamos, dos pajarillos se han puesto a la par, junto a mi bici. Alas amarillas, cuerpo gris y negro, franjas listadas del cuello a la cola, figura pequeña, juguetones. Durante un buen rato han volado junto a mi, uno más saltarín que el otro. Se me han adelantado, han cruzado por delante, rizando el aire. Jugaban, pero no sé si jugaban conmigo o me tomaban como un objeto más, móvil, en el juego que se traían entre ellos. Al cabo, un poco más adelante, se han posado en unas ramas, en la cuneta. Debían de estar al límite de sus fuerzas, aunque han vuelto a saltar cuando he llegado a su altura.

Tiene que ser frustante para quien alardea de juego bonito, de jugar mejor que nadie en el mundo, pasar a la final por dicisiones arbitrales erróneas. Pasar a la final contraviniendo las reglas, violentando el reglamento por error o inducción en las decisiones del árbitro. Debe ser decepcionante para quien, abandonando el viejo grito "ganar en el último minuto por penalti injusto", ha elaborado un discurso sobre la belleza y la bondad, sobre la honestidad y la franqueza frente al juego bruto y chulo de sus adversarios. Una victoria lacerante.

¿Por qué tenemos que pagar todos el rescate del Alakrana, la liberación de los secuestrados en Somalia? Si la empresa y sus empleados asumieron el riesgo de ponerse en situación de ser secuestrados y de ese modo ganar más, de obtener beneficios extras, ¿por qué tenemos que asumir el resto de ciudadanos, por decisión del gobierno, el pago de su rescate, si ellos no habrían compartido con nosostros los beneficios de haberlos habido?

¿Alguien en este país vería con indulgencia que un partido nazi se presentara a las elecciones aunque escribiera en sus estatutos que el holocausto existió y que renuncia a la violencia racista? ¿Por qué hemos de admitir que se presenten las extensiones de Batasuna si mantienen en activo sus comandos, que han matado hasta hace poco, si no entregan las armas, si ni siquiera han renunciado a la violencia?

¿Cuándo se rompió el hilo? Decencia y sensibilidad.

martes, 3 de mayo de 2011

Retrete, palabra que significa ‘retiro pequeño’ (retirete)


¿Nos apasiona el asesinato de Osama bin Laden un primer día de mayo o lo vemos alejarse con la misma indiferencia con que miramos la nube amenazadora que se va sin descargar? Siempre hay algo que nos importa más que los grandes sucesos.

¿Qué nos importa? Es cuestión de edad o de si eres chico o chica, de si tu cuerpo se está tersando o de si se pone alerta o de si llega el momento en que ya no te gusta verte en el espejo. Aunque hay algo previo a toda preocupación: que algo nos siga importando. A guisa de ejemplo. El retrete.

Michel de Montaigne dejó escrito:  
"El hombre que ocupa el trono más alto de la tierra sigue sentándose sobre sus nalgas".
Martin Amis cree que Montaigne debería haber ido más lejos: el trono más alto de la tierra tiene una cavidad oval en él, y hay un rollo de papel higiénico al alcance de la mano.

Y Auden en Geografía de la casa dejó esta estrofa:
Mente y cuerpo tienen
Diferentes tiempos:
hasta nuestra visita aquí
cada mañana no podemos
dejar las incumbencias
muertas de ayer 
a nuestra espalda,
encarar, con todo coraje,
lo que hoy ha de acontecer.
Y Martin Amis en La viuda embarazada esto:
"Chicos: he aquí un consejo paterno para cuando tengáis que evacuar y estéis compartiendo el cuarto de baño con una chica. Encended una cerilla después. Encended dos. Porque no es el olor, en realidad, lo que os humilla; es la emanación humillante de la descomposición".
 Y digo yo. ¿Por qué el retrete? Retrete viene de "retractum", persona tímida, retraída. El retrete, antes de ser sustituido por cursilerías tales como inodoro, tualet o waterclose, era el lugar de la casa propicio al recogimiento y a la intimidad, el lugar donde el herido se retiraba para curar las heridas del alma o donde tomaba fuerzas para continuar, como bien dice Auden.

Un teólogo del siglo XVII, el padre Rivadeneyra, nos ilumina en uno de sus sermones: el arcángel San Gabriel, cuando se presentó ante la Virgen María para anunciarle el misterio de su concepción virginal, la encontró orando en su retrete, porque éste era el lugar ideal para el recogimiento y la elevación mística.
Pero no era de una historia del retrete de lo que yo quería apuntar, sino de la vanidad de las cosas que pasan por importantes y de la importancia de lo que pasa por venial.

lunes, 2 de mayo de 2011

Hipatia de Alejandría


Hipatia de Alejandría trata de Hipatia, claro está, pero no es una biografía al uso. La autora, una profesora de Cracovia, no hace una reconstrucción creativa para rellenar los huecos que faltan. El libro es una investigación sobre lo que las fuentes han dicho sobre ella y sobre su veracidad. También sobre lo que los autores modernos, desde el XVIII a la actualidad, han escrito sobre ella, convirtiéndola en una leyenda para uso de las necesidades ideológicas de cada autor. No hay muchas fuentes originales que hablen de Hipatia y algunas lo hacen de modo negativo. Es admirable el empeño de la autora del libro, María Dzielska, por deslindar lo real de lo inventado, de situar las falsas acusaciones en el contexto político y religiosos en que fueron formuladas, de precisar los pocos datos que de la vida de Hipatia han quedado, las fechas de su nacimiento y de su muerte, el tipo de enseñanza que ejercía, su influencia, sus discípulos. Un trabajo arduo pero necesario, como lo sería en cualquiera de los personajes de la antigüedad.

Hipatia fue una filósofa, matemática y astrónoma, cuya vida transcurrió por completo en su ciudad natal, Alejandría, desde mediados del siglo IV hasta el 415, año en que fue asesinada. Adscrita al neoplatonismo, corriente fiosófica que triunfaba en el mundo griego de la época, se rodeó de un distinguido grupo de discípulos que la admiraba y que formaban parte de la élite política y religiosa. Algunos de ellos eran cristianos y al menos dos llegaron a ser obispos. Tal es el caso de Sinesio de Alejandría, cuyas cartas son una fuente importante para valorar a Hipatia. Su enseñanza fue de tipo privado, formando una comunidad  platónica con fuertes lazos personales y con conocimientos secretos que no estaban dispuestos a compartir con quienes consideraban incapaces o indignos de comprender las cuestiones divinas.


El hecho fundamental en la biografía de Hipatia es su asesinato. Los autores modernos, en general, describen a Hipatia como víctima inocente del fanatismo de la nueva religión, el cristianismo, que en esa época estaba dominando el mundo político del Imperio Romano. Hipatia sería el símbolo de un mundo, el mundo pagano griego, que se extinguía. Sin embargo, María Dzielska la sitúa en el contexto político de las disputas entre dos facciones cristianas, la del patriarca Cirilo y la del prefecto Orestes. Hipatia, contraria a la influencia de la Iglesia en asuntos seculares, apoya al prefecto y será acusada de brujería. Esa será la causa de su muerte. "Personas al servicio de Cirilo despedazaron a Hipatia". Como demuestra la autora, Hipatia no fue asesinada en razón de su paganismo, porque no era una "pagana activa ni devota". El paganismo, así como el neoplatonismo, perduraron tras su muerte.
La meta del círculo intelectual creado por Hipatia era "el deseo constante de alcanzar la experiencia religiosa, ideal esencial de la filosofía".

***
En su momento no vi la película de Amenábar. Varias cosas me sorprenden, que todos los protagonistas sean jóvenes y guapos, que apenas se vean mujeres, salvo Hipatia rodeada de discípulos hombres, que nadie trabaje, coma o se dedique al ocio, y que todo esté, sin embargo, limpio, pulido, brillante, recién construido, maquetado por así decir, pero lo que más el que toda la historia quede reducida a un combate teológico, con la sorprendente salvedad de la atribución a Hipatia del descubrimiento de la órbita elíptica del sistema solar.

La película es tan de cartón piedra como sus decorados, no hablan o viven los personajes, sino que quienes actúan son las ideas más simples enfrentadas a otras -unas blancas, otras negras, y la más negra el propio cristianismo- sin debate y discusión, para que en un maniqueísmo radical brille la única persona capaz de razonar hasta la santidad, Hipatia de Alejandría. Por no señalar otras licencias, como hacer morir a una Hipatia muy joven, cuando María Dzielska deja claro que rondaba los 60 años, cargar la culpa del asesinato sobre el obispo Cirilo, adelantar la persecución sobre judíos y paganos unas décadas y no centrar el asesinato en la disputa por el poder entre cristianos. Otras licencias son menores, como el decorado egipcio, cuando Alejandría, como su nombre indica, era una ciudad plenamente helenizada. También sería interesante para quien quisiese perder el tiempo, rastrear las numerosas frases, ideas y actitudes trasplantadas de nuestras preocupaciones a aquella época.