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viernes, 27 de diciembre de 2024

En la senda de Aristóteles

 


Hacer lo correcto si uno aspira a vivir bien era la máxima por la que se regía Aristóteles.


Pero cómo saber qué es lo correcto. Mire hacia donde uno mire, lo que vemos invita a hacer lo contrario de lo que vemos. Los que están al frente de las comunidades humanas en cualquier lugar están ahí para apoderarse de territorios, de países, de las riquezas, como si ser político consistiese en robar. Como Diógenes con el candil, parece inútil buscar un político honrado. Los filántropos no me interesan, porque carece de mérito desprenderse de una parte de su cuantiosa riqueza para hacer el bien. Se desprenden de lo que no tiene valor para añadir a su fortuna fatuas virtudes que les aureolen, como la filantropía, encumbrándose por encima de los míseros de este mundo. La motivación religiosa para hacer el bien me trae al pairo, porque no es de este mundo.

¿Entonces qué es lo correcto? Si uno busca vidas ejemplares, está en primer lugar Jesús de Nazaret, pero lo que sabemos de él son testimonios de segunda mano, hombres que escribieron décadas después. Y más tarde hagiografías exotéricas. Luego tenemos a los filósofos clásicos, los hedonistas, los estoicos, los socráticos. De ellos conocemos algunas de sus virtudes y algunos de sus defectos. Sócrates, también Séneca, aceptó mansamente su condena, lo que no parece lo correcto. Platón, y con él los cristianos, despreciaba al mundo en el que vivía para poner sus esperanzas y aspiraciones en otro invisible. Y luego está, Aristóteles, el Aristóteles que me acaba de descubrir Judith Hall en su En la senda de Aristóteles. Qué poco sabía yo de él y, sin embargo, cuanto de lo que pienso y hago está influido por él.

Incompresiblemente, Michael Ignatiev en su muy recomendable En busca del Consuelo se saltó al filósofo más reflexivo y observador, y que partía de su propia experiencia para filosofar. La extraordinaria personalidad de Aristóteles.

Aristóteles vivió en una envidiable encrucijada. Vivió desde dentro el momento en que las polis griegas decaían como poder político, pero triunfaba, gracias al impulso de Alejandro Magno, su forma de entender el mundo y de organizar la vida ciudadana. Aristóteles supo encontrar en ese momento el mejor modo de vivir para ser feliz. Para ello, comprendió dos cosas, que él, un ser humano como cualquier otro, era el agente de su propia vida y que, para lo bueno y para lo malo, debía contar con la suerte.

Cuando habla de principios morales, Aristóteles tiene en cuenta su experiencia: perdió a sus padres cuando empezaba la adolescencia, pasó muchos años soltero antes y después de la muerte de Pitias, su primera esposa, de quien tuvo una hija del mismo nombre. Se unió a otra mujer, Herpílide, oriunda de Estagira como él, aunque no se casó con ella, pero reconoció al hijo de ambos, Nicómaco, a quien dirigió su primera ética. Adoptó a su sobrino Nicanor, hijo de su hermana. A todos los tuvo en cuenta en su testamento. Cultivó un círculo de amigos leales: Hermias, rey de Aso; Teofrasto, con quien fundó el Liceo.

Su padre, Nicómaco, era médico. Un médico que a tenor de lo que sabemos pensaba como científico y conocía las verdades del alma -psique (la depresión, los desórdenes mentales). Fue tutor del hombre más poderoso de la época. Discípulo del hombre más inteligente, Platón, en el momento en que Atenas era la capital del mundo. Fue amigo de hombres poderosos e inteligentes, Hermias y Teofrasto. Por envidia, no se le escogió como director de la Academia, tras la muerte de Platón. Se prefirió a un mediocre. Por eso fundó el Liceo, dando al mundo la ocasión de expresar sus dos perspectivas: frente al idealismo platónico, que preservaba el bien, la belleza y la bondad fuera de este mundo, el Liceo se ocuparía de la realidad de las cosas: conocer este mundo para vivir de la mejor manera posible.

Se casó con la hija o hermana de Hermias, Pitias, que murió pronto, pero le dejo una hija con el mismo nombre. No se llegó a casar con Herpílide, que le dio a su hijo Nicómaco, el de la ética, quizá porque era de una clase social inferior, esclava o liberta, aunque la amaba, como quedó claro en su testamento. Encargó un retrato de su madre. De Pitias y de su amigo Hermias mandó esculpir estatuas y les dedicó poemas, tras su muerte. Ahijó a su sobrino Nicanor. Al morir su amigo Alejandro, como Sócrates fue acusado de impiedad, pero al contrario que este, no se amilanó. Dejó a Teofrasto al cuidado del Liceo y pasó sus últimos días en Calcis, aquejado de un cáncer estomacal, en compañía de los clásicos y poniendo orden es su legado con un cuidadoso testamento.

Conociendo su vida adquiere pleno valor su obra. Aristóteles tuvo suerte en muchos aspectos de su vida y al mismo tiempo se empeñó en hacer lo correcto. Sus escritos se fundamentan en la observación de una mente científica. Ofrece minuciosos detalles sobre la vida de animales y plantas. Y deja constancia de que su objetivo de Vivir Bien, es decir, ser feliz, tenía como base su propia vida y la orientaba. Una vida ejemplar.

Si nos resulta tan familiar Aristóteles es porque hemos asumido en gran parte su concepción del mundo. Ya sea en la distinción entre amistad primaria y secundaria, en la superioridad de la democracia frente a otros sistemas políticos, y por encima de todo, sus principios morales contenidos en la Ética a Nicómaco, fundados en el conocimiento de la naturaleza humana y en su propia experiencia como padre, cientos de filósofos, científicos y políticos han tenido como guía su manera de aproximarse a las cosas, de mirar hacia arriba, de pensar la vida pública, de analizar las artes, de concebir la buena vida, de tomar, siempre que la suerte lo permita, el destino en las propias manos. Aristóteles no solo nos transmitió el mejor modo de conocer y comprender el mundo, también el mejor modo de actuar en él y de gobernar sobre nosotros mismos.


miércoles, 11 de diciembre de 2024

A lo que te place, dedícate

 


 

En una sociedad ideal la profesión de fontanero tendrá el exacto valor de un neurocirujano y un futbolista no tendrá mayor recompensa que un camarero. La naturaleza reparte sus dones al azar (no exactamente, sigue recónditos planes difíciles de trazar). Es primera obligación de cada individuo saber qué le gusta, descubrir aquello para lo que está dotado. De ello depende su realización personal. La educación ha de orientar y descubrir el potencial de los niños o adultos que tienen entre manos.

 

Por tanto, no hay mérito en ser físico nuclear o autor de un superventas. La pastora feliz que conoce las mejores veredas para llevar a su ganado o el chico que atiende a los bebés en una guardería vale tanto como aquellos, pues si ese es el camino que ha escogido porque le hace feliz, para el que la naturaleza le ha dotado, está cumpliendo con la finalidad que da sentido a su vida. Las personas que ejercen una actividad que les procura placer son casi siempre las mejores en su profesión, advirtió Aristóteles.

 


Si cada uno desarrollase su potencial, alertado por el placer que le produce determinada actividad, la sociedad sería más eficiente. 'Todos los hombres por naturaleza desean saber', así abre Aristóteles su Metafísica. Es la inteligencia colectiva -la suma de individuos que realizan sus habilidades- la que crea civilización. No somos conscientes del enorme desperdicio de talento y potencial de los seres humanos.

 

" Así pues, que el legislador debe ocuparse sobre todo de la educación de los jóvenes, nadie lo discutiría; de hecho, en las ciudades donde no ocurre así, eso daña los regímenes". Libro VIII de la Política. Aristóteles.


jueves, 14 de noviembre de 2024

Tiniebla más que luminosa

 



¿Hasta qué punto somos dueños de nuestra vida? Dejemos de lado la idea loca e inverificable, al menos de momento, de que somos figuras de una simulación, objetos informáticos de un programa diseñado por una inteligencia superior. (Ahora caigo en que el Dios dado por muerto hace siglo y medio vuelve recurrentemente bajo otros disfraces).


El pensamiento humano avanza decididamente hacia la claridad (la verdad). Poetas filósofos científicos se afanan por hacer luz. Ahí están las obras escritas, el paisaje modificado del planeta, la inmensa obra que es la ciudad, las prodigiosas extensiones del ojo humano para mirar lejos en el cosmos o en el interior de la mente humana, la extensión de la vida, el saneamiento. Pero la mente humana no es la inteligencia del individuo. Está Sapiens y está Pepito. Si se diese una casi extinción de la especie, Sapiens volvería a reconstruir las herramientas de la supervivencia, pero Pepito sería incapaz de rehacer el menor de los ingenios que utiliza en su vida diaria.


Tenemos una idea de dónde están las instrucciones, de cómo se edifican cuerpo y mente, los genes como unidades de información que las contienen. Sabemos de la propia construcción, la fisiología, los circuitos, el cableado electroquímico que nos hace semovientes. Exentos, puestos en movimiento, dotados de habla, activos, ¿qué hace que seamos individuos? ¿Hasta dónde llega nuestra autonomía? ¿ Somos independientes, libres?


Fue Richard Dawkins, el que enfatizó la importancia del gen, quien puso a rodar el concepto de meme. Ser consciente no tiene por qué estar asociado a la voluntad de ser libre. Ha habido épocas históricas en las que buena parte de la humanidad era esclava de otros hombres sin cuestionarse su condición (como las mujeres no lo hicieron hasta hace poco, o los negros o los asiáticos). Solo unos pocos hombres -Sapiens- lo hicieron. Esos pocos plantaron la semilla -meme- en la mente de los esclavos para que germinase y se enderezase la voluntad de ser libres.


Sapiens llegó a la convicción de que los dioses no existen, sin embargo, hay muchos individuos que no se han dado por enterados, siguen con sus ritos y prácticas supersticiosas. Lo mismo vale para la superstición política o cualquier otro tipo de superstición a la que nos aferramos para maltapar el oscuro agujero.


El pensamiento del individuo está lleno de automatismos. Se piensa poco. Lo que decimos, la cháchara, la conversación encadenada, y lo que hacemos, en consecuencia, tiene su origen fuera de nosotros. Esclavos de los memes que otros siembran en nuestra mente. ¿El cajón de conceptos que manejamos lo usamos para adaptarnos al tráfico de la vida social (medrar, pertenecer a grupos y asociaciones, ser sociable, no ser excluido) o para conocer la realidad, la verdad de las cosas y el mundo? ¿No hay incompatibilidad entre buscar la verdad a toda costa y aceptar las constricciones del grupo de pertenencia? Si la primera verdad del individuo es su soledad existencial, ¿no es el mayor temor verse rechazado socialmente?


No debería importarnos tanto el contenido de nuestra mente -si pensamos esto o lo otro- como conocer los procesos por los que adoptamos y retenemos ideas que no son nuestras y que nos impiden emanciparnos, tener personalidad propia. Si ello es posible, porque viendo y escuchando se hace verosímil la hipótesis de que podemos vivir en una simulación. (Un terrible enemigo acecha: las extensiones tecnológicas qué harán de nosotros un cyborg, un hombre máquina).


El proyecto ilustrado no se completará hasta que los hombres, el individuo, se hagan conscientes de cómo se forjan las ideas que nos hacen hacer lo que hacemos. Si la primera parte de la modernidad consistió en la emancipación de los esclavos (de la mujer, de la extinción del racismo), la segunda parte consistirá en la emancipación mental. ‘Tiniebla más que luminosa’ llamó el Pseudo-Dionisio Aeropagita a la Superstición. Ese es el programa de Sapiens, desenmascararla, hacer caer la primera parte del sintagma para ser hombres iguales, libres y fraternos, es decir luminosos.




martes, 12 de noviembre de 2024

La parábola que traza la flecha

 



El tiempo del universo es incontable o casi. El del hombre efímero. Cada uno vive con su hermana gemela, la angustia, atenazado por la brevedad. El hombre llega a este mundo solo y solo se va. En el mientras tanto busca la mejor compañía. Difícilmente acierta. En el hasta aquí la naturaleza ha obrado el milagro de la vida. Y un segundo milagro, el de la consciencia. Unas especies de otras se han ido ramificando, tomando de aquí y de allá lo que era útil para sobrevivir, para permanecer. Todo ser vivo busca la permanencia, pero su extinción está programada, nada se salva de deshacerse en la nada. Así yo, compuesto de compuestos, heredero de mis padres, del simio y del mamífero, de la rana y de las plantas.


En mi gestación se reproduce la historia de la vida, fruto ocasional de los incontables cambios que han tenido que producirse para que yo sea. Soy hijo del azar, pero nada en mí podía haberse no predicho. Esto que pienso ahora y escribo podía haber sido pensado y escrito de otro modo en un abanico de posibilidades reducido. Soy hijo de la selección natural y de mi tiempo. Soy idéntico a mi hermana pero distinto. El cerebro es la máquina de la que se ha dotado la naturaleza para comprenderse y seguir cambiando; una configuración temporal antes de la extinción. La herencia de la selección natural y el cableado del cerebro son lo que soy. Soy un individuo, me muevo y pienso. Soy la parábola que traza la flecha, el tiempo que discurre entre el lanzamiento y la caída. Pude haber sido de otro modo, el color del pelo, otras vestimentas, otra profesión. ¿Qué margen he tenido de movimientos?


Procuro suavizar la angustia de mi hermana, enmascararla. Cada época es un suceder de máscaras, tintando de colores diferentes la ilusión de la permanencia. Dentro de los márgenes de mi percepción - tan distintos, pero no tanto, de un murciélago, de un águila o de un topo- acomodo mi cosmovisión. Heredera de Platón y de Newton, del arado y de la rueca, de Gutenberg y de Borges. También de Elon Musk, mal que me pese. ¿Qué diferencia a Trump de Pedro Sánchez para creer que nos va la vida en ello?


La cosmovisión es nuestra forma de entender el mundo, de comprenderlo, de hacer cosas que calmen nuestra angustia. En toda época hay quienes se creen portadores de buenas nuevas. Seguidme, yo conozco el camino de la permanencia. Lo más fácil es adormecerse y dejarse llevar. Militar, ser activista, es el modo más sencillo y directo: reduces los márgenes de movimiento, encarrilas tú vagón - vacío o lleno- en una única dirección.


El modo de estar en la vida va cambiando. La cultura, la civilidad encuentra mejor acomodo. A medida que vamos comprendiendo lo que somos, naturaleza y cultura, nos hacemos más modestos, hijos de la naturaleza, cosidos por igual, hermanos unos de otros sin mucho margen de diferencia. Hemos aprendido que es mejor bregar juntos, organizarnos, ayudarnos. En cada época hay al menos dos formas de pensar cómo organizarse, la antigua y la moderna. En la disputa, a menudo cruenta, por imponerse no siempre hay juego limpio: se disfraza de bien común - prolongar la permanencia- el interés propio, egoísta, de supervivencia. Confiamos en quien nos engaña, crédulos de que su bien es el nuestro.




viernes, 4 de octubre de 2024

El tiempo que nos condena y salva



Tiempo es lo que se nos da; el tiempo es el límite del goce. Al nacer echamos a correr sin saber con exactitud dónde estará la meta. Nadie nos lo dice, pero en el cogote lo oímos con claridad: ¡Corre, no te detengas, porque estás emplazado! Desconocemos la cantidad de granos que quedan por pasar en nuestro reloj de arena. El tiempo es lo que se te da, disfrútalo antes de que la cuchilla caiga sobre tu cuello. Así en la vida social organizada. 


Hasta que le fallaban las fuerzas, hasta que dejaba de infundir temor. Ese era el tiempo impreciso que gobernaba a los hombres antes de que apareciesen reglas. Aún hoy a un ruso atemorizado solo le queda la expresión 'mal rayo le parta', y a un venezolano, 'pisa un plátano y rómpete la crisma'. Putin y Maduro han echado las reglas, escritas antes de que ellos llegarán, el uno al agua, el otro al fuego, para que la tinta se corra y desdibuje o crepite y se extinga. Otros con el tiempo vencido intentaron prolongarse: Trump y Bolsonaro lo intentaron pero las estructuras regladas aguantaron el forcejeo.


El tiempo que nos condena a cada uno es lo único que nos salva de tiranos y corruptos. Aunque solo allí donde las estructuras aguantan, eso que llamamos democracia: allí donde aún no amanece el tiempo de la tiranía. La última frontera de la democracia es el tiempo: el plazo de las nuevas elecciones obligadas, cuatro años normalmente. 


Un hombre solo necesita a muchos para imponer la corrupción. La corrupción es una peste que va infectando círculos sucesivos. A unos infecta el virus de la codicia, a otros el miedo a verse perjudicados. En la última capa, la más extensa, el simpe miedo. La codicia se organiza en forma de partidos. Cuando alcanzan el poder, desalojados los okupas, actúan con la convicción de que el territorio, el país, les pertenece por derecho. Como es suyo, lo pintan a su gusto: modifican las reglas para que los anteriores no vuelvan a okuparlo. Ambos, azules o rojos, también los blancos, actúan del mismo modo, con el mismo sentido de propiedad. Por eso cambiarán las reglas cada vez que esté en su mano. Hasta ahora lo hacían con disimulo, ahora a las bravas. Las reglas y los jueces que las aplican. La reglas entintadas se diluyen en el agua; en cuanto a los jueces, como en el resto de la población, hay muchos dispuestos a dejarse corromper.


Un corrupto puede corromper durante cuatro años y otros cuatro si los electores están ciegos o esperan obtener una parte de los beneficios de la corrupción. Después de ese periodo el corruptor ha de dejar paso a otro que probablemente, con disimulo o sin él, hará lo mismo. Eso solo mientras las cuadernas aguanten, las cuadernas de la democracia reglada, mientras el tirano no haya podido romper el reloj de arena.


sábado, 3 de agosto de 2024

La pirámide autoritaria

 



La democracia no solo es un sistema de representación, también lo es de delegación. Los parlamentarios son nuestros representantes, recogen lo que la mayoría de la población piensa y quiere. Convertidos en miembros de la administración, delegamos en los políticos la capacidad ejecutiva, esto es, que tomen decisiones que afectan al conjunto de la población. De ahí deriva nuestro principal problema. Acostumbrados a delegar, inducidos, obligados a ello, eludimos nuestra responsabilidad ciudadana. Si alguien toma decisiones por nosotros, puesto que nos representan y en ellos hemos delegado, podemos aliviar nuestra preocupación por los asuntos públicos, desentendernos de cualquier otra obligación que no sea acatar y cumplir normas. Asumimos la condición de buenos y obedientes ciudadanos, no de sujetos activos de la comunidad política. Nuestra única responsabilidad consiste en emitir una papeleta los días de votación; en las decisivas votaciones legislativas, suele ocurrir cada cuatro años. Tras los comicios, nuestra relación con la política es meramente sentimental; podemos enfadarnos, patalear o elaborar discursos bien razonados, insultar en Twitter o escribir artículos, hablar en público o entre amigos, pero nada de eso tendrá influencia alguna en el estado de las cosas.


Los políticos, nuestro representantes, nuestros delegados, se unen en grupos de interés y, además de hacer leyes, elaboran retóricas para justificar o enmascarar sus intenciones e intereses. La retórica mejor elaborada, combinada con algún tipo de presión sobre nuestro estatus social (jubilados, parados, condición social o sexual) condiciona nuestra respuesta, básicamente emocional en el día a día y, ceremoniosamente seria en el día de las elecciones.


El sistema de delegación elaborado para construir los estados liberales vicia el sistema: delegamos en diputados, que delegan en gobiernos, que delegan en un líder único creando un sistema piramidal que aparentemente va de abajo arriba, pero que en realidad va de arriba abajo: es el líder del partido político quien elige a sus cuadros, que se convierten en candidatos electorales, entre los que no hay posibilidad de discriminar; el votante acepta en bloque la lista presentada por el líder. Por tanto, nuestro sistema no es realmente democrático, su tendencia es hacia la autocracia, puesto que son los grupos políticos (formados alrededor de oligarquías locales), dirigidos por un líder, sustentados en insuficientemente definidas formas de financiación, los que mantienen ordenado el sistema.


Como son los líderes quienes, desde lo más alto de la pirámide, la ordenan, la posibilidad de escoger o controlar al líder es cada vez más difícil porque su posición en la estructura pirámidal solo depende de él. Incluso en los casos más aberrantes de mentira, corrupción o autoritarismo es difícil si no imposible removerlo, la propia forma de la pirámide lo impide. La voluntad de un solo hombre puede torcer un país. Tampoco la militancia o el electorado, porque los partidos están armados con la retórica religiosa de la fe, con bautismo, militancia y excomunión. La conversación política difícilmente puede salir de ese esquema -se produce entre creyentes-; las opiniones adversas se consideran provenientes de enemigos con quienes es imposible conciliar, todos ellos extremistas. Especialmente claro es en los grupos de identidad, donde la condición, ya no social como antaño, sino abstracta, simbólica, es el elemento de cohesión y pertenencia del que tan difícil es escapar, y del que uno no concibe ser excluido.


De acuerdo con esta estructura piramidal de arriba abajo de la política, no son los representantes quienes recogen la opinión de los ciudadanos, sino que estos asumen catequéticamente lo que viene de arriba, conforman su modo de pensar a la retórica de los grupos políticos. Cómo llamar a esto democracia. La mayor parte de la población se conforma con esa simulación.



martes, 30 de julio de 2024

La solución Münchhausen

 



Parece imposible que los venezolanos puedan salir de las tierras pantanosas en que se encuentran tirándose, al modo del barón de Münchhausen, de los cabellos, ¿pero acaso tienen otra opción? He visto pedir en Twitter, por un burgués diletante, que se repartan armas entre la población. En el otro extremo los muy izquierdistas se felicitan del triunfo del régimen de Maduro. En ambos casos la ilusión les mueve. La realidad es un ente ilusorio para ambos, recreada por el ansia de libertad, bondad y justicia.


Repartir armas entre la población es una operación condenada al fracaso. El narcorégimen está parapetado y bien armado. Los muertos serían cuantiosos. ¿Si esa puesta triunfase, a quién beneficiaría? ¿De conseguirlo, quién devolvería la vida a los muertos?


En el segundo, la ceguera (cerca de ocho millones de venezolanos han abandonado el país; el declive económico es evidente, la represión, el encarcelamiento, la muerte), es por una buena causa. Maduro y los suyos aman al pueblo: persigue la justicia social y el derrocamiento de los ricos. El socialismo del siglo XXI.


En ambos casos, desde la distancia se sabe lo que le conviene al pueblo: ofrecer el sacrificio de la propia vida, en un caso, para alcanzar la libertad; arrastrar una vida miserable, en el otro, para construir el socialismo; en ambos una buena causa. El que propone entregar armas al pueblo no irá a Venezuela para ponerse a pecho descubierto al frente de la rebelión; quienes felicitan a Maduro por su grosera victoria no se irán a vivir a Venezuela para degustar las delicias del socialismo del siglo XXI.


En el pasado los jóvenes soñaban con la revolución; pasado el tiempo esos jóvenes, ya instalados, sueñan con que la hagan otros en su lugar, ya sea rebelándose contra el tirano, ya manteniendo la ilusión de la revolución en marcha. En ambos, sigue viva la mística del sacrificio: el precio a pagar por la contradicción entre sus sueños juveniles y su vida de rentistas es la mala vida para las pobres gentes. Dos formas de apuntalar una fe ruinosa. El sueño liberal o el sueño socialista convertidos en pesadilla.


Visto así, parece que la única solución sea la solución Münchhausen, salir de las aguas pantanosas tirándose de la propia coleta. ¿Acaso no ha sido así como todos los pueblos han ido saliendo uno detrás de otro de la vidas miserable? Parecía milagroso, pero es así como ha ido sucediendo.


lunes, 29 de julio de 2024

Sapere aude

 



Todo hombre religioso piensa que su fe es la verdadera. Cómo no lo va a pensar si en los momentos graves de su vida eleva oraciones a su Dios para que le saque de la situación dramática que vive, incluso hace promesas costosas de cumplir a cambio de la intervención divina. Si su fe es la verdadera, todas las demás son falsas. En consecuencia, cómo va a mirar con simpatía a sus enemigos mortales, pues el futuro, la misma eternidad está en juego. Puede ser benevolente con los pobres diablos que creen en supersticiones, pero reserva un odio metafísico a los mandamases que predican la mentira, a quienes sacrifican niños, a quienes ocultan a sus mujeres, a quienes mantienen a sus fieles en la miseria. Si aparece la tolerancia entre la grey hacia los adversarios, ya no enemigos, es porque esa parte ha perdido la fe o está a punto de hacerlo.


Si hasta a los fanáticos de una fe tan mundana como la de un equipo de fútbol se les oye decir que desean que el equipo rival pierda hasta en los entrenamientos, no les importa que los árbitros comentan gruesos errores a su favor, que sus directivos los compren. Y si los periódicos rivales afirman tal cosa, verdad es que mienten.


¿No se escucha tal o cual emisora de radio o televisión, tal o cual periódico porque es de la misma cuerda, porque anima la fe que uno mantiene desde siempre, una fe que requiere una reafirmación diaria para que no germine la duda? ¿Acaso no se tapa los oídos el creyente ante los resultados negativos de su equipo, no hace oídos sordos a las noticias que destapan corrupciones y crímenes de los suyos? No nombres a tu Dios en vano, es el mandato.


Qué fiel aceptará de buen grado que su partido deponga las armas del discurso, los signos del poder, aceptando la derrota en elecciones ante el partido enemigo, si los oficiantes de los medios le han convencido día a día de que ese es el mismo diablo, el mal que traerá consigo la ponzoña, la violación de mujeres y la muerte de los niños. El bien, la verdad y la justicia no pueden perder, prevalecen, están por encima de la mudable opinión. El fraude lo cometen quienes gritan ¡fraude!


La fe es el estado natural de la humanidad. Es el tinglado mental que mantiene la estructura social. Lo extraordinario es el pensamiento libre, la no dependencia de una iglesia, de un partido, de una fe.


"La cuestión profunda de la epistemología social –el verdadero enigma– no es por qué la gente tiene creencias falsas, sino por qué a veces la gente forma creencias verdaderas".


viernes, 7 de junio de 2024

Europa (Configuración temporal)

 



"No somos más que remolinos en un río de agua que fluye constantemente. No somos algo que perdura, sino patrones que se perpetúan".

Norbert Wiener


Ninguna de las células que te componen sabe quién eres ni le importa.”

Daniel Dennett


"La lengua construye conciencia de nacionalidad".

Jordi Pujol


Soy español”. Suena ridículo, después de pasar por infantil. Se ve en las encuestas cuando se les pregunta si defenderían su patria. La mayoría dice que no, que son pacíficos. Es hermoso desear la paz. ¿Por qué suena irrisorio decirse español? Porque en su nombre, hoy, no se defiende nada. En cambio si elevamos la apuesta y nos decimos europeos, veremos todo lo que merece la pena ser defendido. Todo lo bueno que nos ha traído la historia hasta aquí viene de la idea de Europa. Es en los márgenes de ese territorio convertido en idea donde ahora mismo se celebra el combate por la manera de vivir que hemos decidido llamar europea. Si se les explica a los jóvenes en edad de combatir lo que eso significa y lo comprenden, entonces no dirán que ellos no defenderán a su patria. Porque su patria es Europa.


Si uno va hacia abajo, primero se encuentra con las naciones y su ardor guerrero - Francia España Gran Bretaña Alemania Polonia Rusia- si uno retrocede más, topa con las tribus que añoran la humedad y la oscuridad de las cuevas de las montañas.


Cuanto antes se produzca la transición de las ciudadanías nacionales a la ciudadanía europea, basada en derechos, deberes y valores abstractos y no en legitimidades históricas tanto mejor. Ser español, francés o italiano serán comparables a ser fan del Real Madrid, del Barça o del PSG. Si por el camino hay poblaciones que se atrincheran en sus bantustanes, tanto peor para ellas.


Europa es un territorio moral construido desde los tiempos de la Ilíada y el Génesis, un territorio donde no se mata a los enfermos ni se abandona a los ancianos y se socorre a los débiles -me gusta la resonancia quijotesca-, donde hemos ido comprendiendo que el privilegio es una ofensa y la libertad y la igualdad, los bienes primeros.


martes, 4 de junio de 2024

Estereotipos

 



La vida es pura materialidad, animales irracionales o inteligentes poblando el mundo, el reino de la necesidad. La vida manejada por el deseo, los edificios mentales -lo simbólico- dando sentido a lo que aparentemente no lo tiene. Negamos la dualidad, pero continuamente volvemos a ella. Cuerpo y espíritu; élites y pueblo; Don Quijote y Sancho; fulgor y decadencia.


Si uno mira hacia atrás, seleccionando acontecimientos e ideas para reconstruir la historia (conquistadores, el Quijote; el Amadís de Gaula y los libros de caballerías como incitadores a salir de casa y conquistar: la imaginación incendió la mente de los hombres del Renacimiento; ¿cómo se entiende que la pequeña Castilla conquistase el mundo?), entonces la historia de España responde a un estereotipo y nos acunamos en él, incluso podríamos interpretar nuestra actual decadencia de acuerdo con el estereotipo, su desactualización: estamos muertos porque nos hemos quedado en casa sin salir a conquistar (el cura y el barbero -sustitúyanse por figuras del presente- nos han recluido en la aún más pequeña España).


La versión moderna dice que España es Europa: hemos puesto toda nuestra fe en la Ilustración, el problema es que Europa se ha enamorado de la idea que se ha construido de sí misma (bienestar, paz, derechos, superioridad moral, confort), quedándose también en casa, una complacencia que deja que los pelotones que conquistan el mundo sean norteamericanos o chinos.


¿Qué hay de verdad en todo ello?



miércoles, 22 de mayo de 2024

Amistad

 



Dos personas se encuentran y tienen una fuerte relación erótica. Durante un tiempo se ven y dejan de verse. El mundo es un mapa en el que despliegan sus emociones. Todo se difumina en torno a ellos como si las cosas perdiesen consistencia para ellos brillar con mayor intensidad. Hablan antes y después de que su piel rezume. En algún momento se distancian, viven en lugares alejados. Alguna vez uno de los dos intenta volver a unir el hilo que les ataba, pero sin éxito. Quizá han encontrado otras parejas, hayan surgido niños de esas u otras relaciones y la maternidad o la paternidad impida cualquier contacto.


Sin embargo, aquella relación persiste en la memoria, una afinidad que no se ha vuelto a encontrar, como si aquellas charlas, aquella cercaría, aquella piel contra piel fuese el ancla que les une al mundo. Cuando pasan los años, muchos años sin haber hablado, sin haber vuelto a trabar contacto, uno añora lo que por encima de todo les unía, la amistad. La amistad es el mayor cauce, si no el único que conduce a la felicidad. La amistad no es el estrechamiento sexual, tampoco la coincidencia en el modo de ver el mundo, sino un encaje de sentimientos y emociones en el que de forma natural, uno y otro se comprenden, se escuchan, en el que se produce un trasvase de un alma a otra alma, sin que la obligación las condicione. El ouroboros es su símbolo.


Algunas parejas lo logran permaneciendo juntas tras el primer trasiego sexual y los posteriores años de penitencia, cuando todo parece reducido a cenizas queda un rescoldo a partir del cual se rehace la relación en forma de amistad. Envidio a esas parejas, conozco algunas, aunque es una rareza. Hay otro tipo de amistad discontinua aquella que se mantiene entre hombres o entre mujeres, donde las citas no se acuerdan con una frecuencia determinada sino por azar por descuido o porque sí. Pienso ahora en ese otro tipo de amistad que perdura más allá de los años, más allá de los encuentros si los hay, incluso más allá de la muerte, que pervive en la memoria y que alimenta incomprensiblemente la vida de la persona que sobrevive.


Michel de Montaigne recordando a su amigo Étienne de la Boétie


Si me preguntan por qué le quería siento que solo puedo responder: porque era él, porque era yo. Hay, más allá de todo lo que pueda decir, no sé qué fuerza inexplicable y fatal mediadora de esta unión”.


Y Hannah Arendt:


"Nunca he 'amado' a ningún pueblo ni colectivo, … ni a la clase obrera, ni a nada semejante. En efecto, sólo 'amo' a mis amigos y el único género de amor que conozco y en el que creo es el amor a las personas”.


martes, 14 de mayo de 2024

Da voz al yo que te habita

 

Hay un yo en ti que necesita ser predicado


Primero, lo que decía George Steiner


Nosotros [los humanistas] estudiamos el pasado, nos ocupamos del 'ocaso'. Los científicos, por su parte, nos hablan del mañana y del pasado mañana. Hay un enorme desequilibrio.




Luego, Javier Gomá comentando a Kant


Y sucede que 'el cosmos, una generalidad, es una realidad armónica, mientras que el sujeto, una individualidad, es una realidad trágica'. El sujeto moderno sabe que está dotado de una dignidad incondicional semejante a la de una ángel y que al mismo tiempo está destinado a la indignidad del pudridero, como un insecto.


Y, por fin, Mario Caimi sobre la versión kantiana del cogito cartesiano


La enunciación concreta del pensamiento propio en un juicio es lo que presta existencia al individuo singular como tal. Solo ese individuo que expresa, con su propio pensamiento, su propio mundo, es el que alcanza una existencia propia y no es una 'copia vaciada en yeso' (...) Para Kant, el pensamiento (la facultad de pensar por sí mismo y enunciar su pensamiento) es el fundamento de la efectiva existencia de un yo ilustrado... Como si dijera: solo si pienso por mí mismo llego a existir como ser humano pleno, interlocutor válido en la discusión ilustrada que busca la verdad.



viernes, 19 de abril de 2024

Deposiciones emocionales

 



Todo el mundo debería tener un lugar donde hacer sus deposiciones emocionales, como cuando vamos a diario al baño por necesidad. El mundo del deporte es un lugar magnífico. Yo mismo me desahogo cuando veo ganar a mi equipo, o cuando veo perder al rival. El ser humano pivota sobre dos ejes, cerebro y mente, cuerpo y espíritu, emociones y razones, la vida espumosa y el sacrificado pragmatismo. Es innegable su existencia y su contradicción, aunque al constituyente básico de ambas sea la materialidad, pues nada nos insufla desde fuera un ente superior que nos divida y gobierne.


La vida ordinaria que llevamos está orientada por esos dos ejes. Pensemos en el amor/sexo, parece que estén unidos pero son muy diferentes. Amamos a nuestros hijos o a nuestros padres, pero nunca tendríamos sexo con ellos. Tenemos sexo con personas a las que nunca amaríamos. A veces, combinamos ambas por breve tiempo. Gran parte de nuestros problemas derivan de su confusión. De ahí, el difícil trato matrimonial donde se combinan la atracción sexual, al menos al principio, y el amor conyugal posterior. El amor es un sentimiento, el sexo, una necesidad fisiológica, orgánica. Lo mismo sucede en la dupla idealismo/política. El primero cae en el lado del sentimiento, el segundo en el de la fisiología, la fisiología social. Los sentimientos son privados, evolucionan, graduables, evanescentes, difíciles de medir y ordenar. El mundo de la necesidad está sometido a reglas para el buen funcionamiento del cuerpo, físico o social. Lo que hacemos con el tránsito intestinal, regularlo, debemos hacerlo con la política: leyes normas reglamentos para que el organismo no se desarregle. Los problemas derivan de llevar el idealismo a la práctica política. Por eso es tan nefasto que los jóvenes se hagan con el poder, porque confunden amor y sexo. Los jóvenes, desarbolados por un cerebro todavía en formación, con las hormonas desatadas tienden a ver la vida de forma pasional, lo que a menudo les lleva a la violencia para satisfacer sus deseos: desde el maltrato a la pareja hasta la revoluciones. Tenían razón los clásicos cuando llenaban el Senado de ancianos, al suponer que estaban menos dominados por las pasiones.


El sexo consentido, el idealismo político o el misticismo religioso, si se reducen a la esfera privada de los sentimientos, hacen mucho bien, funcionan como válvulas de escape. Hay que promocionarlos como práctica privada, pero al mismo tiempo desaconsejar o incluso prohibir el proselitismo. Ser fan del Madrid del Barça del PSG o del City no tiene ninguna trascendencia: la guerra que mantienen es simbólica, no se traduce en derramamiento de sangre.


Por eso es tan importante encontrar un lugar donde depositar las emociones. La aventura, los deportes de riesgo, los viajes, una vida sexual amplia y desacomplejada, pero también, cuando el ardor juvenil amaina, lugares benévolos como cualquier tipo de entusiasmo relacionado con los conciertos de música o la afición deportiva, incluso la filiación religiosa sirve a condición de que no convierta a sus files en militantes fanáticos. Hazte fan de un club de fútbol y expulsa tus emociones.


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Musik. Y cuándo volverás, ¿un día o jamás?



lunes, 15 de abril de 2024

Contempla

 



Oigo a una madre alterada a primera hora de la mañana regañando a una niña porque llegan tarde al colegio. Ambas, madre y niña, viven tiempos distintos. Ésta el fluir de la vida sin medida, el de la madre el tiempo utilitario de hacer esto con presteza para llegar a tiempo. En ninguna de ellas cabe la contemplación: la niña vive, vive sin preguntas; la madre está absorbida por las cosas: el tiempo, el trabajo, la maternidad la convierten en esclava de la utilidad.


La contemplación es un acto voluntario, afirmativo. Tras un largo trayecto asociado a las cosas uno comprende que ha de deshacerse de ellas para volver al niño para quien el tiempo no era una medida. Por obligación por inconsciencia o por trastorno uno ha ido acumulando cosas, cosas externas que uno ha ido apoyando o colocando en las paredes de la casa, en el parquin, en el trastero o en la finca, para quien la tenga, o cosas internas, amueblando la memoria, la imaginación o el deseo. En algún momento uno se da cuenta de que no vive, de que necesita parar y mirar al mundo de nuevo. Contemplar.


El primer paso exige deshacerse de las cosas. No es fácil porque puede que hayamos hecho de nosotros mismos las cosas que nos acompañan: mira todo esto, les decimos a los amigos que llegan a casa: este coche, está preciosa mujer, estos niños tan lindos e inteligentes. Escúchame, todo esto que he aprendido, deja que te cuente. Un despojamiento que nos deja desnudos, tiritando desvalidos. Se comprende que uno no quiera correr ese riesgo.


Sin embargo, existe la delicia del ser. En lo alto de un risco donde no llega el ruido de la ciudad, el sol y el viento en las mejillas. Uno sonríe con los brazos extendidos sin deudas, sin obligaciones. O después, al caer de la tarde, desparramados en un corro de sillas, al albur del sol poniente de abril, la conversación de amigos que fluye sin plan, sin otra preocupación que estar juntos.


Leo en un tratado dedicado a la filosofía del miedo que


no hay diferencia alguna entre ética y moral, puesto que la felicidad y la virtud son indistinguibles y la infelicidad y la maldad también, que hacer el bien se traduce en la alegría mayor de ejercitar la propia potencia, que genera a su alrededor su propia atmósfera de benevolencia, admiración y amistad, que no necesitamos recompensas para comprender que hacer el bien nos sienta bien, mientras que hacer el mal nos sienta mal.


Entonces pienso, qué ocurre cuando bajo de la montaña o me levanto de la silla junto a la que la conversación fluía: el atisbo de felicidad se convierte en rictus angustioso al traspasar el umbral de la ciudad o al llegar a casa. La madre recoge a la niña de casa de sus abuelos, la arrastra escaleras abajo: ambas se entregan a las fauces de la ciudad inamistosa, las fauces de la infelicidad.


No contempla quien quiere sino quien puede. La desigualdad. Quién puede dedicar su tiempo al libre pensar. Quién puede soltar amarras de la esclavitud del tiempo.



sábado, 6 de abril de 2024

Hypolepsis

 



¿De dónde viene nuestro discurso interior? La forma más fácil de combatir el tedio es ocupar la mente con lo que viene de fuera. Con música de la radio o con el discurso cocinado de los locutores. Al menos la radio no se adueña del todo de nuestro cuerpo. Si nos sentamos delante de la tele cedemos las dos cosas, cuerpo y mente. Pero qué sucede si nos quedamos en silencio. Puede alborotarse la imaginación, la loca de la casa. Si nos concedemos pausa y ritmo se aquieta y va adaptándose a nuestros pasos. No hay como caminar para que vayamos aparcando los miedos y vaya emergiendo la voz. Como peces en un acuario bullen nuestros objetos mentales, hasta que uno de ellos se adueña del espacio, lo imanta y va orientando los recuerdos hacia sí, una cabalgata en tropel desordenado. Sí tuviésemos gente alrededor que nos escuchase o a quien impusiésemos nuestro discurso la caballería se iría formando en el orden del relato. Lo mismo sucedería, la formación, el hilo, si nos sentásemos en un banco sacásemos libreta y lápiz y sosegásemos el tropel de los caballos en una uniforme fila. Pero no serían la misma historia, el cuento hablado y la narración escrita, incluso sería otra si volviésemos a contar la historia en ocasión distinta. ¿Quién nos habla? ¿Quién dirige nuestro discurso? ¿Quién pone freno a los caballos?


Ni una sola de las palabras, ni una sola de las frases que forjamos, es nuestra. La hemos oído antes, la hemos visto escrita. Nuestra mente es un caldero que bulle y que de vez en cuando encuentra un orden. Soy yo, creemos, este que habla. La ilusión de la identidad. No soy yo, sino el almacén del pasado.


Sócrates fue un hombre, nada más que un hombre, su individualidad, puro azar. Las creaciones humanas no son más que un relato ordenado aparentemente nuevo -original- del cúmulo de experiencias y habilidades humanas. Cervantes Darwin o Beethoven tenían cerebros mejor ensamblados que el resto para lo que hacían. No era mérito suyo.



jueves, 4 de abril de 2024

Kairós

 



Si echamos la vista atrás, vemos cuántas veces escogimos en una bifurcación el camino equivocado. Erramos la ocasión de ser mejor de lo que somos, de no haber atrapado las uvas de la felicidad por falta de estatura. Nos recriminamos la falta de coraje. Entonces miramos hacia adelante y nos hacemos creer que en la próxima seremos más valientes. Pero las ocasiones no se repiten o lo hacen de forma insospechada. Pasa el tiempo y volvemos a constatar que otra vez dejamos pasar la ocasión. Aunque a menudo no son ocasiones, sino ilusiones, aspirábamos a un fruto que no era nuestro, soñábamos con una perfección que no existe ni existió. La vida pasiva termina venciéndonos. Y así pasan los días.


¿No era San Anselmo quien decía que el que no los veamos es prueba de la existencia de los ángeles? Lo mismo sucede con las ocasiones perdidas, nuestro deseo nos hace creer que las hubo. Ponemos sufrimiento donde no lo hubo y felicidad donde tampoco, así como recreamos una promesa que nunca existió.


Es tan duro como insensato aplicar la matemática a la vida. Lo posible. Si tasamos la felicidad en el justo medio, cómo saber si nos pasamos o nos quedamos cortos. Probablemente nos condenaremos a una vida chata. Si somos osados, nos llevaremos unos cuantos golpes, si no lo somos nunca sobremos cuán cerca de la plenitud hemos estado.


"Nada merece la pena si no se comparte con alguien", le dice el personaje de Robert Mitchum al de Jane Greer, en Retorno al pasado. Esa es una de las pocas verdades a tener en cuenta.

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Musik

Heart (Ann Wilson):  Ooh, it makes me wonder (Starway to heaven. Led Zeppelin).



miércoles, 20 de marzo de 2024

Domesticar al hombre

 



'”Abrazar modestamente una pequeña felicidad, ¡a eso lo llaman resignación!

Lo que más quieren es, en el fondo, simplemente una cosa: que nadie les haga daño...

Virtud es para ellos lo que hace modesto y manso: así han convertido al lobo en perro y al propio hombre en el mejor animal doméstico del hombre".

Así habló Zaratustra. Nietzsche.


Cuando en 1999 el filósofo alemán Peter Sloterdijk publicó Normas para el parque humano Jürgen Habermas movilizó a los suyos para atacarlo porque según él estaba promocionando la eugenesia. En Alemania, en cualquier debate político o filosófico resuena la barbarie de los años centrales del siglo XX, la discriminación y exterminio de grupos humanos. Habermas tachaba de antihumanistas las ideas de Sloterdijk, porque, según él, proponía el diseño de seres humanos genéticamente superiores, aunque Sloterdijk solo mencionaba las posibilidades de la prometedora biotecnología.


Sin embargo, lo que a mí me interesa del libro de Sloterdijk es la idea del parque humano como rebaño que debe ser conducido por los buenos pastores que saben qué es lo que al hombre le conviene. Esa sería, según el filósofo alemán, la idea central del humanismo desde que Platón la expusiera en la República y Las leyes, la idea de la domesticación del hombre: los hombres son influenciables y pueden ser llevados por el buen o mal camino. Sacerdotes y profesores han tenido como misión conducir a ese rebaño. A su cabeza los escritos de los filósofos marcaban los hitos. Sin embargo, la llegada al mundo moderno de Internet y el amplio abanico de informaciones y redes está quebrando el modelo del humanismo. Esta certificación más que constatación del declive del humanismo es lo que enfureció al sumo sacerdote de la socialdemocracia, Habermas, que ha gobernado el rebaño centroeuropeo desde 1945.



Pero si el humanismo se ha acabado, qué le puede suceder.


"Heidegger supo articular correctamente la pregunta de la época: ¿qué amansará al ser humano, si fracasa el humanismo como escuela de domesticación del hombre?"


Sloterdijk habla de un nuevo humanismo, que él llama "antropotecnia". Ya desde el siglo XV venía el hombre tomando el destino en sus manos, pero es ahora con las nuevas tecnologías cuando puede no solo cambiar el mundo sino a sí mismo. El hombre es la primera especie entre los seres vivos capaz de mejorarse hasta el punto de crear un híbrido humanotécnico, incluso una especie completamente dependiente de sí misma. La especie que se hace a sí misma.


Lo que está sucediendo ante nuestros ojos cada día confirma la tesis de Sloterdijk. En 'la perpetua batalla por el hombre que se viene librando en forma de una lucha entre tendencias embrutecedoras y amansadoras', los partidos que defendían el pastoreo socialdemócrata están de capa caída en toda Europa. Las distintas tecnologías se abren paso con independencia de la filosofía moral que siempre llega tarde y abre debates cuando los cambios ya se han producido. Pero el tema de la controversia entre los dos filósofos alemanes sigue vivo y seríamos necios si lo olvidáramos. Las dos preguntas siguen ahí: si, como decía Nietzsche, el hombre representa para el hombre la máxima violencia -Ucrania, Gaza- qué nos rescatará de la barbarie y, si la biotecnia nos está cambiando -cada día vemos cambios que modifican nuestra especie- cabe preguntarse si el homo sapiens no dará paso a una especie nueva, una especie, quizá, más domesticada que libre.

El libro de Sloterdijk es fruto de una conferencia previa. Es breve. Recomiendo su lectura.



sábado, 24 de febrero de 2024

Dios y Estado

 

Hay un momento extraordinario en la madurez del hombre. Al mismo tiempo que se da cuenta de que la hipótesis de Dios es innecesaria, irrelevante incluso, de que puede vivir sin Dios, cae en que no puede vivir sin Estado. Muchos, la mayor parte de los hombres vivirán una vida entera sin darse cuenta de una y otra cosa. Solo con que unos pocos se den cuenta basta para la comprensión y el bien de todos, para que la sociedad siga funcionando. Tener Estado es mejor que no tenerlo. El Estado te puede esclavizar pero tiene reglas protocolos leyes que aunque injustas se pueden ignorar o soslayar, al menos intentarlo.


La idea de Dios fue útil durante mucho tiempo, una idea de ley y justicia, una mezcla de temor y esperanza. Pero cuando el hombre se hizo adulto comprendió que era innecesaria, pues el hombre podía afrontar su debilidad de otro modo.


El Estado ha evolucionado con la humanidad y de los Estados despóticos o totalitarios hemos pasado a los estados constitucionales, democráticos con todas sus imperfecciones.


domingo, 21 de enero de 2024

Cultiva la amistad

 



El día qué Platón formuló la definición de hombre como animal bípedo e implume, Diógenes de Sínope, desplumó un gallo y lo soltó en medio de la academia diciendo: "El hombre de Platón".


Todo conspira para dirigirnos, para esclavizarnos. Nuestro comportamiento básico tiene por objeto la supervivencia y la reproducción. Cedemos para adaptarnos al medio en que nos toca vivir. Adoptamos costumbres creencias hábitos sin los cuales nos convertiríamos en extranjeros, extraños, insolidarios, raros para quienes la vida es un suplicio. La química cerebral se pone en marcha para ver en una persona en concreto, de la que nos enamoramos, bellezas y armonías que al cabo de un tiempo más o menos largo desaparecen. Durante ese breve tiempo las dos químicas de las dos personas concuerdan para simular una felicidad huidiza, pero pronto cada química sigue su curso haciendo imposible la convivencia a no ser que una de las dos ceda y se convierta en esclava.


Si fuésemos conscientes desde el principio de la realidad fisiológica y mental de la persona de la que nos hemos enamorado el enamoramiento sería imposible. La selección natural actúa en nosotros engañándonos transformando lo que vemos y sentimos. En cada momento los estados de conciencia están determinados por nuestra percepción y su recepción en los órganos del cerebro. Vivimos en un mundo ilusorio donde las certezas son efímeras e insustanciales, aunque nuestro cerebro nos haga creer que son definitivas.


Hay sin embargo un espacio de libertad, la racionalidad que conseguimos construir. Tenemos la posibilidad trabajada de ver las cosas con frialdad, dividiendo separando analizando. Es un espacio que se construye en compañía. La racionalidad es un método que se practica en sociedad. Es en el diálogo donde la racionalidad se va perfilando, aplicando su propia selección, consciente de nuestras miserias, de nuestra mortalidad, del valor de saberlo y decirlo en compañía. Es en la certeza común de nuestro ser efímero dónde podemos construir humanidad. El excitado amor romántico puede estabilizarse en una unión de iguales racionales sobre el fundamento de la amistad, aunque la amistad normalmente no se alza sobre un sustrato erótico. Cervezas y amistad, ese es el caso. Mira esto (clic. ¿Sabes cuál es el mejor predictor de tu supervivencia después de 12 meses tras un ataque cardiaco? La calidad de las amistades que tienes, por encima de dejar de fumar, del ejercicio, de la obesidad, del consumo de alcohol, de la calidad de la dieta e incluso de la calidad del aire.