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lunes, 13 de noviembre de 2017

Tardes de noviembre




             Qué tristes estas alargadas tardes de noviembre, tras el cambio de hora, que nos arrebatan la luz y nos sumergen en las sombras prolongadas del invierno, aunque este aún no haya llegado, tristes por imponernos una melancolía no buscada, más tristes si la ciudad en la que vives se ve barrida por el viento helado del nordeste, cubierta con un cielo grisáceo por el que chorrea una misérrima lluvia, tan fría que invita a quedarse en casa cuando aún no estás preparado para hacer vida de interior, aunque ahí estén los libros y los cuadernos, la butaca, la mesa, todos esos recuerdos con los que trabajar y morir. Exige un esfuerzo enorme no contagiarse de ese abandono cuando ayer mismo asistías al fluir de la vida y sus colores, al despliegue de la belleza otoñal en las riveras de los ríos, cuando el soplo áureo del sol te empujaba por las lindes del bosque y sentías que la tarde era un paréntesis necesario. Sabes que la vida es calor y movimiento.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Despertar

    

              Y si fuese la música el silencio?
              Dejad hablar a la silente música.
                          (Antonio Colinas)

              Sí, es en el silencio donde suceden las cosas, también en la lentitud, en el silencio que emerge de la lentitud, las cosas que merecen la pena. No es necesario caer en mística alguna, someterse a algún tipo de esclavitud mental, para darse cuenta de que algo no funciona en el tipo de vida al que estamos abocados por culpa de la prisa, de la tecnología, de la vida líquida que se escurre sin darnos cuenta de que eso no es vivir. Si uno vive la experiencia de dejarse llevar por los ritmos de la naturaleza: levantarse con el sol, acostarse no mucho después de que la noche extienda su capa, alimentarse con lo necesario, desdeñando la comida industrial, los preparados, moverse como lo hacen el resto de los seres vivos que junto a nosotros pueblan la tierra, que si uno se baja de la locura en la que el mundo ha entrado, obtendrá su recompensa. Los sentidos se abren, se recuperan de la atrofia al que el totalismo de la visión les ha llevado, y empezamos a oír lo que antes no distinguíamos, a oler, a sentir lo que aparece oculto por capas de artificio. Sé que hay una dosis de egoísmo en esta concepción de la vida, poner por delante el disfrute sensorial del mundo, procura una felicidad solitaria, exige abstraerse de los problemas que acompañan una existencia compartida, pero sólo si uno rebaja sus expectativas, si reduce al mínimo los deseos, podrá contemplar una vida juntos bajo supuestos más saludables.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Camina


    Como en la vida la ruta del caminante tiene un principio y un fin. Cada cual busca su propio ritmo y se acomoda al paso de otros caminantes y entabla conversación con ellos, o no. Pero hay diferencias sustanciales. El caminante verdadero, según Thoreau, sale de casa y no piensa en volver, no tiene un hogar que sea el centro del mundo. Mira cómo cambian las cosas si no piensas que tú casa sea el centro del mundo. El caminante reduce sus pertenencias a una mochila con una muda y una camiseta de repuesto, unas chanclas y un cepillo de dientes. Cuando llega a un pueblo o una ciudad no va de tiendas, no pasa sus ojos por los escaparates, todo lo más pasa el tiempo justo en un súper para comprar la cena frugal del día. No puede comprar cosas porque no las puede llevar consigo. Si para en una taberna a tomar algo, pasa una mirada descuidada por los titulares de los periódicos o por las pantallas de los televisores encendidos, preferiblemente charla con el cantinero o con algún parroquiano sobre el tiempo que hará en los próximos días o sobre curiosidades de la zona. Una vez albergado, tiene muchas horas por delante para descansar, dejar vagar la mente o ponerse a hablar con otro caminante. No se habla de temas polémicos, no porque se eludan deliberadamente, sino porque han dejado de tener interés. Se habla del caminar y de las infinitas anécdotas del camino. Cada uno conserva sus prejuicios, cómo no, pero en estado de latencia, y no se hace el menor esfuerzo por exhibirlos o tratar de redimir al compañero por los suyos. Si el caminar es la vida, es evidente que uno de los dos términos de la comparación se ha pervertido, se ha desviado de su función natural.

jueves, 9 de noviembre de 2017

El francés



    En Melide entra el Primitivo en el francés. Mediados de noviembre y sigue la riada humana, aunque con menor intensidad. A ritmo vivo he ido adelantando a bastante gente. Al caminar sobre pista boscosa, robles, castaños y eucaliptos, los pies no estaban doloridos y he avanzado con rapidez. Si en el Norte y en el Primitivo el encuentro con otros caminantes es un pequeño acontecimiento que exige parada y charla, en el Francés todo lo más que se dice es Buen camino y se sigue para adelante. He procurado dar charla a quien he ido adelantando, aunque no a todos. Especialmente curioso ha sido un grupo de 4 jóvenes americanos que arrastraban en una especie de camilla con rueda, en la que llevaban a un colombiano. He hablado con uno y otros aunque no he inquirido sobre el qué de la cuestión. El yacente apenas tenía fuerzas para hablar. Han empezado en Sarria, la distancia justa para obtener la compostelana. En el momento de alcanzarles los 4 US, como se denominan cuando se les pregunta por su procedencia, empujaban por una tremenda cuesta.

   En general, hacen falta muchos días para que las inhibiciones desaparezcan, que el cansancio haga efecto para que la confianza prospere  y la gente empiece a hablar. El caminante cuanto más lejos de su casa más tiende a considerar a los otros caminantes como sus hermanos. Una corriente de simpatía hace que caigan las diferencias y las fronteras, físicas y mentales, que artificialmente dividen a los hombres. Lo mejor del camino es que no pertenece a nadie y que cualquiera puede caminar por él. Preguntamos formalmente por la procedencia de aquellos con quienes nos encontramos para inmediatamente ponernos a caminar con él.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Otoño lucense



   Camino por el otoño lucense solo. La mente vuela apoyada en el paisaje, aunque los pies, casi toda la etapa endurecidos sobre el asfalto, se quejan. Como estoy en la segunda semana, el dolor físico no me impide dejarme llevar por las incitaciones de la naturaleza. Hoy no hay niebla. Lugo me despide coronada de estrellas, mucho más bella en el silencio del amanecer que en el bullicio de ayer. El río refleja las luces de la noche no del todo ida. Durante los muchos kms en que me interno en el mundo rural semivacío, las nubes van apareciendo aunque sin tapar del todo el sol, con una lluvia muy ligera que va por delante de mis pasos. De vez en cuando el sol abriéndose paso ilumina un paisaje y compone un cuadro natural. Los pueblos son minúsculos, apenas se ve un tractor, una mujer arrastrando una carretilla con hierba, unas pocas vacas perezosas, pueblos donde los cementerios han ido creciendo mientras las casas se iban arruinando. Todo es paisaje, incluso yo, con los bastones y la mochila, no debo parecer un elemento extraño en estos lugares que han visto pasar a tanta gente en dirección a Santiago. Cruzo algunas palabras con los lugareños, las justas. Son gente de apariencia seria, aunque responden con amabilidad y, cuando tienen ocasión, se desenvuelven con una generosidad sorprendente, que no sé encuentra en otros lugares. Paro a la entrada de Ferreira en una taberna. Pido una cerveza, la mujer parece muy seria, arisca incluso. Le pregunto si tiene algún pincho. Un momento me dice desde la cocina, luego me trae un plato con una abundante ración de jamón y queso y cuando me lo cobra solo me pide 1,50 euros. Más adelante me topo con las tres mejicanas a las que creía perdidas. Hablamos. Se sorprenden de la libertad del caminar, de la despreocupación, del gusto que da ir solas, como hacen a menudo, sin otra cosa en mente que retener la luz y los colores del otoño.

martes, 7 de noviembre de 2017

Ciudad



Venir por la fronda boscosa, bajo la niebla, sobre la hojarasca escarchada, mecidos los pies por el silencio, para desembocar en la ciudad lluviosa no es ganancia sino pérdida. Nada me interesa ahora de la ciudad, no el periódico que miro con desgana con el café en la mano, no la catedral abierta, ni siquiera como refugio momentáneo, no la promesa de un buen menú en un restaurante que recordaba bien, pero que no ha respondido al buen recuerdo, no el paseo intramuros donde ni su historia antigua ni el presente tristón me dicen nada, ni siquiera el albergue que casi se llena en este día lluvioso de noviembre.

       He comprendido desde hace un tiempo que para que sucedan cosas ha de hacerse el silencio y la ciudad no es el mejor receptáculo. El bullicio lo ponen los coches y las máquinas, la gente y los establecimientos, el ruido de la mente trastornada por lo inútil. La peor opción del caminante es la ciudad.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Noviembre



      Hace la lluvia un paréntesis y el mes sin historia llama con ojos brillantes, la luz del sol, las gotas doradas y esmeraldas que caen del castaño o del haya, el verde azulado de la ladera orientada al norte, a la vida que siempre está lista para saltar sobre el caminante atento. No hace demasiado frío y la humedad es soportable cuando me dejó ir por los senderos mullidos a primera hora de la mañana y luego durante las gratas horas soleadas. No hay nadie en el camino, los que vinieron de puente la semana pasada ya no están y otros más lentos se han ido quedando atrás. Hago mío el bosque y sus senderos, acelero o me lo tomo con calma, probando ritmos diferentes con el sonido de los bastones. Dejo que imágenes diversas vengan y se vayan como en un baile cambiante. El sol me da en la cara y canturreo.

Pocas cosas puede haber más plenas que este consciente dejarse llevar por lo que la tierra te ofrece a cada paso, la breve charla con una mujer que no sabe de mí o con el cantinero que me despide alegre y distraído o ver cómo la gente de los lugares por donde paso sigue a lo suyo con una despreocupación que no se da en la ciudad. El caminante no necesita más que una litera, un plato caliente, un poco de conversación y un libro, a ser posible de poesía, con el que fundirse al atardecer cuando las sombras comienzan a deslucir el día.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Camino deportivo

   

    Llevo cinco días caminando. He hecho siete etapas en cinco. A un ritmo elevado, animado por un bilbaíno, Juanma, que quería hacer la mitad del Primitivo en el menor tiempo posible para dejarlo listo para el puente de diciembre. Me he juntado con él porque así son las cosas, empiezas sólo y terminas en compañía. En este caso, junto al bilbaíno, un valenciano moderado y un americano recién salido de cinco años en la Navy, que está recorriendo Europa con los ojos bien abiertos ante las chicas. Juanma ha tomado el mando haciendo jornadas montañosas a casi 6 km por hora. Hemos descolgado al valenciano y a Chance, con material inadecuado para el camino. A Juanma le ha venido a recoger su padre y se ha despedido.

   Evidentemente no es así como se hace el camino, cosa de las malas compañías. Prometo enmendarme a partir de mañana. Hay que caminar con el ritmo del agrimensor, midiendo el terreno, deteniéndose ante los accidentes, buscando las diferencias entre el castañar y el hayedo, oteando los valles, hablando con los lugareños, que aunque hayan viajado poco acumulan una sabiduría que los urbanitas no tienen. En general, son socarrones, preguntan más que responden y tuercen el labio cuando oyen alguna afirmación categórica. Fue divertido el otro día en Berducedo ver cómo un madrileño les cantaba a los parroquianos de un bar la de cosas que podían hacer en la ciudad, cómo le seguían la corrientes, para que, al final, después de agotarlo, uno de ellos le dijese, como perdonandole la vida, todos los rincones madrileños que él conocía mejor que el contador.

Recomendación: O Piñeiral, a 3 km de A Fonsagrada. Alojamiento y comida. Bueno, bonito y barato.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Lluvia


Pastos, algún terreno de cultivo, castañares, robledales, hayedos, colmenas, zonas deshabitadas. El caminante avanza con la sensación de que la tierra no tiene dueño. Claro que hay registros y dueños, que alguien cuida las vacas y limpia los panales, pero qué triste la vida de un hombre atado a un trozo de tierra, que no conoce más mundo que sus pocas hectáreas. Y peor el que cree que ese punto es el centro del cosmos. Sí pudiésemos combinar el espíritu del nómada con las comodidades de la vida sedentaria. La tierra estaba aquí antes de que llegáramos y seguirá después de que nos vayamos. No tiene mucho sentido su parcelación.

La lluvia es uno de los inconvenientes de caminar sin vuelta atrás. Es molesta pero también puede uno adaptarse, porque, al fin, no hay otro remedio. 

Recomendaciones: En Tineo merece la pena el Palacio de Meras,  buena comida y sauna y baño turco incluidos, el Monasterio de Cornellana, Casa Herminia en Cornellana para todo, el mejor alejamiento de el Salvador, El menú del Albergue Primitivo en Berducedo. No en el de Castro, donde no abunda la simpatía.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Hospitales


      Decía Thoreau que el caminante verdadero es el que sale de su casa para no volver. Liberado de la necesidad, el caminante está en buenas condiciones para contemplar la naturaleza. Asocia Thoreau al caminante con el peregrino que pasa de largo por las zonas urbanas y que no posee tierras ni bienes que le aten a un lugar. Caminar es desprenderse.

       El caminante se topa con diferentes opciones. Puede dejarse llevar y aprender de aquello que va encontrando, el bosque que va cambiando a medida que asciende por la ladera de la montaña, las aves que parecen espiarle, el rastro que dejan los animales que se ocultan: jabalíes, lobos, hasta el oso pardo. Otra es atender a los otros caminantes, cada uno con sus cuitas.

       Para ser noviembre, este camino está más concurrido de lo que cabría esperar, casi todos extranjeros y con poco dominio del español, salvo los mejicanos.   Muy larga etapa, de montaña, la de los Hospitales le dicen por los restos de las casas de peregrinos que quedan de otros tiempos. Hoy se hacen más de 25 km subiendo y luego bajando sin contacto con la especie.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Las fases del Camino


       Marcho a ritmo vivo por los caminos del bosque, sobre la alfombra de hojas recién caídas, bajo la bóveda que tejen robles y hayas. El paseo es bonito, la temperatura agradable, me encuentro a poca gente, pero todavía no se ha producido el milagro del silencio. Oigo el carraspeo de los cuervos, el histérico grito de las lechuzas, la fea llamada de las gaviotas, aves siniestras a las que uno querría tener lejos. Pero aún no oigo el sonido del bosque porque eso sólo sucede cuando el silencio se ha hecho en mí. Y ese es el milagro que uno espera cuando se pone a caminar. Aún me posee la ciudad y sus ineludibles exigencias, el ruido de los sucesos, la carga de mi fatuo saber, toda la grasa acumulada que gradúa mi personalidad.

     A la altura de Bodenaya me topo a tres mujeres que hacen un breve descanso. Su acento me descoloca, resulta que son mejicanas. Tienen pocos días, apenas 13,  lo que les impide hacer en buenas condiciones el Primitivo. Les explico en qué consiste. Las cuatro semanas, y las cuatro fases, necesarias para que uno pueda experimentarlo: cansar el cuerpo, adaptarse, liberar la mente y el gramo de locura al final. Así que no creo que ellas en su breve tiempo puedan lograrlo. Lo mismo que puede que me ocurra a mí con mis dos semanas de primitivo. Reducir el Camino a mero deporte o a charleta con los amigos es interesante, pero es perder las posibilidades que ofrece.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Caminar



      Caminar. El hombre fue hecho para caminar, como lo hacen los animales. El mundo se mide caminando. Sólo caminando se ve el discurrir de la naturaleza, cómo crecen y se dispersan las plantas, cómo mudan en otoño o florecen o hibernan. Sólo caminando se ven los animales al acecho, reptar, huir ante el olor humano, trepar, ladrar reclamando la atención que no se les presta. Sólo caminando se ve la muda de la luz en el día, las fases del amanecer y del crepúsculo. Sólo caminando se ve uno a sí mismo. Es necesario andar mucho, agotar al cuerpo, eliminar sus resistencias, para que la mente liberada tenga ante sí la posibilidad de pensar de nuevo, liberada ella también de los pesados fardos de la convención y los apriorismos. Caminar es darse la posibilidad de iniciar la vida otra vez, si el viaje es largo y muchas las etapas. Quizá a la vuelta se retomen las rutinas y reaparezcan los problemas, pero es posible que en el caminar haya uno encontrado una solución audaz a una cuestión engorrosa o haya rebajado la importancia de lo que nos trastornaba. Mientras caminamos solo llevamos el peso de la mochila, pero los fardos de una vida llena de compromisos onerosos, de cargas innecesarias, de asunciones inútiles van quedando en el camino.

  1.       A la salida del puente del Nalon, una chica descansa junto a su mochila. Es difícil por sus rasgos adivinar su procedencia. La pregunto de dónde es. Me dice, he vivido en Finlandia, en Alemania, en Inglaterra. No sé, quizá europea. Le sonrío. Me gusta esa manera de definirte, le digo.