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lunes, 20 de mayo de 2024

Shogun

 



No necesariamente la gran literatura describe mejor el alma humana. A veces los bestsellers nos dicen más. Shogun. Nunca llegué a leer a James Clavell, tampoco vi la serie que entonces se hizo. Hubo un tiempo en que las cajas de ahorro regalaban literatura por el día de Sant Jordi. Recuerdo que una de ellas me regaló Shogun. Como tantos otros libros está almacenado sin leerlo. Lo desprecié porque arrastraba la maldición del bestseller. Si los guionistas de esta serie lo han seguido, hice mal. Es mucho mejor que la mayor parte de los libros que he leído este año. Quizá no siga la retórica literaria, pero lo que cuenta es de mucho interés: el modo de ser japonés, la cultura japonesa, aunque haya que situarla en el pasado del siglo XVII y aunque resbale por los tópicos: los haikus, la casa del té, los samuráis, las concubinas, el sekuppu. Pero a eso hay que añadir la lealtad y la traición, la pasión por el poder y el deseo por la mujer del otro, las intrigas palaciegas y la brutalidad, el poco valor de la vida humana en la época absolutista.


El personaje principal, que no es el extranjero que llega - un piloto inglés en un barco mercante holandés- y a través del cual vemos el Japón de los samuráis, es a la vez héroe y antihéroe, se enfrenta a una facción más poderosa que él, pero con la misma determinación de obtener el poder: a este personaje de múltiples caras no le importa sacrificar a los suyos, a su hijo y amigos, a sus muy leales, para obtener su objetivo personal, que ante los demás presenta como él bien de Japón.


Los decorados, el vestuario la escenografía la reconstrucción de ciudades y barcos es de lujo. La única pega que le pondría es que también los actores parecen formar parte del decorado, hieráticos, impermeables, salvo quizá la actriz que compone el personaje de la traductora, bella y vital, aunque quizá me dejo llevar por el enamoramiento de todo espectador hacia la actriz principal. En todo caso, una serie que merece la pena.


martes, 4 de diciembre de 2012

Isabel, la serie


            

            No domino yo el tema de las series españolas. He visto capítulos sueltos de algunas, catalanas y españolas, y siempre me han parecido muy de andar por casa; chistecitos sueltos, buenas intenciones y malos actores en general. Por eso, la gratísima sorpresa de Isabel, la serie de RTVE cuyo último capítulo acaban de pasar. Para quien no la haya visto, no hay problema, se puede ver con buena calidad desde la propia página de televisión a la carta.

            Hay quien se queja de las libertades que se toman los guionistas –no tantas-, de las forzadas vistas de castillos, palacios y perspectivas ciudadanas de Segovia, Arévalo, Valladolid, Medina y demás ciudades castellanas –que comparen presupuesto con las series americanas-, de los actores, del excesivo peso de la ficción frente a la fea realidad de los tiempos históricos. A mi me ha parecido una serie espléndida que espero que tenga continuidad, no sólo que den continuidad a esta serie en nuevas temporadas, sino que hurguen en nuestra historia porque será la historia de nunca acabar. Hay un filón enorme en nuestro pasado, más allá de la reiteración de las historias de la guerra civil, tan manidas, tan decantadas, tan obsesivamente ideologizadas.

            Chapeau para los guionistas, porque han conseguido trabar el respeto a la historia con el interés dramático, sin dejar de ser veraces en lo esencial y apasionantes en la trama dramática. Y mira que era fácil caer en la hagiografía, en el costumbrismo, en la facilidad; al contrario, nos han contado una historia de pasiones políticas, familiares y sexuales con la crudeza de los tiempos donde se mezclaban el poder, la religión, la corrupción, la fiereza, el sexo y hasta el amor.

            Los decorados son limitados, a tono con el magro presupuesto, pero verosímiles, como el vestuario, el maquillaje o la ambientación. A mí me han bastado para meterme en la historia. Es verdad que he echado en falta escenarios más amplios, batallas, combates, la cruda vida del pueblo. Demasiado para una serie española, pero he visto otras series inglesas y americanas y esta no desmerece. Los actores, salvo excepciones, han estado magníficos, como pocas veces se ve a los actores españoles, quizá es que están madurando: el que hace de Enrique IV ha sido un descubrimiento –genial-, como los que hacen del obispo Carrillo o de Juan Pacheco. Queda patente el esmero por aproximarse al lenguaje de la época, la dicción es cuidadosa y aunque se toman licencias, el oído cree, con todas las artimañas que permite la ficción, que asiste en directo a las pláticas de una corte de finales del XV.

            Es de agradecer que la serie haya tenido un gran seguimiento, eso puede inducir a que los productores sigan en el empeño y a que busquen más relatos de este  tipo. Los autores clásicos españoles no abundaron en nuestra historia, nunca es demasiado tarde. Es posible que Fernando e Isabel estén algo edulcorados, pero la construcción de los personajes secundarios ha sido ejemplar: además de Carrillo y Pacheco, Beltrán de la Cueva, Pedro Girón, Fonseca, los Mendoza o la bella Juana de Avis. La envidia ante las obras de Shakespeare puede remitir.