miércoles, 22 de marzo de 2017

Equidistancia




           Pulgares veloces sobre pantallas pequeñas retroiluminadas. Rostros verdinolescos intermitentes. Un vagón entero de zombis encorvados sobre el cosmos como rectángulo plano. Un vagón de la gran ciudad atestado de zombis. Todo él lleno de zombis. ¿Qué hay en ese cosmos de dos dimensiones? Instantáneas sonrientes y retazos de hablas. Retazos, nada concluyente.

           Dice un juez Barrientos, presidente del tribunal (TSC) que ha inhabilitado por dos años a Artur Mas, que si la sentencia no ha gustado a ninguna de las partes es que la sentencia es equilibrada. Me pregunto si es un criterio aplicable en las demás sentencias. Un violador y su víctima, un estafador y sus estafados, un blanqueador de capital y los contribuyentes que han de tapar sus agujeros.

           Dice una alcaldesa Carmena que «no podemos tener un Madrid tercermundista con okupas» y sus concejales le responden que decir eso es atentar contra el derecho a la vivienda.

            Una diputada podemos Belarra dice que los guardias civiles y sus parejas agredidos en Alsasua son víctimas y que las personas que les agredieron son igualmente víctimas.

             Veo los pulgares veloces y me pregunto si escribirán algo sobre si la okupación tiene algo que ver con el derecho a la vivienda, sobre si la equidistancia del juez tiene algo que ver con la justicia, si humillar a las víctimas es una forma de resarcirlas.

domingo, 19 de marzo de 2017

Vila-Matas y Mac y su contratiempo


              Se le podría decir a Vila-Matas, cambiando el segundo verbo de aquel verso de Pablo Neruda, “me gustas cuando citas”. Es más, a día de hoy, es el mejor citador del panorama literario, en su columna semanal en el periódico y en el libro que ahora leo, Mac y su contratiempo, donde coloca esta cita de Pessoa, “No evoluciono, viajo”, que tan bien cuadra con su viaje alrededor de la literatura. Vila-Matas quiere convencernos de dos cosas, que no es una novela en marcha lo que escribe, sino que va saltando de capítulo en capítulo sin que sus personajes engorden o enflaquezcan, y que su concepción de escritor o al menos de su trabajo como tal es ir desapareciendo en el río de la literatura. Si ya está todo escrito, todos los temas enunciados y desarrollados, no queda sino ir a los réditos de lo literario, esa calderilla que va recogiendo de los autores del pasado. Al efecto, reduce su ambición a un breve sintagma susceptible de ser citado, el discreto saber, al que se acoge como filosofía literaria y moral: “prosperar demasiado puede ser un suicidio” y “tal vez lo que más se aprende a medida que se escribe es que se prefiere no hacer”, eco, como no, del Bartleby de Melville.

              Vila-Matas dice que escribe este diario, que es como llama a lo que hace en Mac y su contratiempo, para saber qué escribiría si escribiese (citando a Natalie Sarraute, algo así como la cara b de la moneda de Melville). Queda bien ese propósito para comenzar el libro de ese modo, pero en su mente, cruce de sustancias literarias, ya estaba todo predeterminado, pues el personaje Vila-Matas con el que se ha fundido -que no va de impecable blanco nilo porque ese atuendo ya se lo apropió Tom Wolfe- tan sólo tiene que dejar hablar a la voz alojada en su cerebro, alternativamente la voz de su maestro y la voz del muerto que el autor será. El motivo por el que los capítulos aparecen y se suceden en el libro es el deseo de rehacer, algún día, un libro de cuentos olvidado de un tal Sánchez, Walter y su contratiempo. Con esa excusa, se entrega al juego de las variaciones -la repetición es mi tema, dice-, al resumen y glosa de historias que otros autores escribieron o al comentario de los hechos enfrentados a la ficción, a las mentiras del bestseller y a la supuesta verdad del escritor profundo o a la personalidad compleja de las grandes novelas, únicas y originales, burladas por el protagonista de Sánchez, Walter, un ventrílocuo que ensaya diferentes voces en cada uno de sus relatos, y que el diarista, Mac, querría rehacer o modificar en los suyos, “en contra de la voz única, de la voz propia tan ansiada por los novelistas”.

               No hay novela, pero no otra cosa que continuo ensayo sobre novelar es este libro, ensayo sobre sus formas, sus contradicciones, sobre los personajes y sus diferentes rostros, sobre la muda del relato que se inicia o concluye de forma diversa cada vez, diferente a como su autor lo concibió. De hecho, Vila-Matas no hace otra cosa que contar cosas, relatar historias ya contadas, incluso por él mismo en otros libros, algunas memorables, como el relato jasídico de La camisa o El verano de Picasso de Ray Bradbury, espléndidamente abreviado. El libro le resultará divertido a los fetichistas de lo literario más que a los amantes de la literatura y, por supuesto, les resultará aburrido a los adictos a la novela convencional.

               La literatura de Vila-Matas es un puro juego, salvado por la ironía. Recorremos sus trescientas páginas sin deshacer la ligera sonrisa con que hemos iniciado la lectura hasta un final de breves capítulos en que Mac, o Walter, el narrador, va “arrastrando las maletas del ser” para desaparecer en el anonimato, siguiendo los rastros de los otros que, antes que él, lo intentaron, en la Lisboa de los alias de Pessoa, en la plaza de Xmaa el Fna, de los anónimos narradores orales, en el Adén en que se pierde aquel que primero afirmó Yo es otro, pero sabe Vila-Matas que es imposible (aunque ya veremos) disolverse en el anonimato porque no puede el narrador desprenderse del autor que aparece en la portada del libro, ni de su estilo, ni de su memoria de gran citador. Así que todo es un juego que se resuelve en la sonrisa cómplice del lector que entra en el juego.

viernes, 17 de marzo de 2017

El hacha que quiebra el mar helado


Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dice tu carta? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hagan felices podríamos escribirlos nosotros mismos, si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo”. 

                    (Carta de Franz Kafka a Oskar Pollak 1904). 

miércoles, 15 de marzo de 2017

No todo lo podemos explicar


             Sin caer en la parálisis de la admiración, de la que hablaba Leautaud en sus diarios, uno no puede menos que agradecer ser invitado al despliegue de erudición e inteligencia de un hombre cercano a los 90 años, aunque, como él dice, con los músculos de la memoria mermados por la edad. Deslumbran sus pensamientos, sus asociaciones, las conexiones que establece en el vasto océano de la cultura. Sorprenden sus confesiones sobre sus prácticas sexuales, veladas, quizá, al ser entrevistado por una mujer. Pero como ocurre con los eruditos, aunque sean mayúsculos, termina por descubrirse sus discontinuidades, junto a un hallazgo deslumbrante, una falla que nos desconcierta. Así el torpedo contra la integridad moral de Hanna Arendt que habría escrito Los orígenes del totalitarismo sin mencionar a Stalin porque, según Steiner, su marido era un comunista estalinista, cuando no es cierto lo primero ni lo segundo o su mitificación del libro de papel, un artefacto claramente de otra época, o su incomprensión hacia la digitalización del saber.

            Pero no son los tópicos y los lugares ya recorridos los que despiertan mi admiración sino que me diga cosas para las que no estaba preparado o que estaban abandonadas en algún pliegue de mis lóbulos cerebrales. Por ejemplo, dice esto:
           “No me lo explico… No comprendo cómo han sido concebidos, recitados y escritos los discursos de Dios en el Libro de Job, ciertos pasajes del Eclesiastés o toda una serie de Salmos. ¿Puede uno pensar: «Existió una persona que esperaba su almuerzo o que tomaba el té tras haber escrito los discursos de Dios en Job»? No hay alternativa: o un hombre o una mujer, o una mujer o un hombre, tuvieron que escribirlos. Y a pesar de todo sigo sin explicármelo. Y envidio a los fundamentalistas para los que ese problema no se plantea, para los que se trata de un dictado de la palabra divina. Sé que es totalmente absurdo, pero para algunos de esos textos no consigo articular un análisis racional, cognitivo, una explicación textual que tenga cierto valor. En el Nuevo Testamento, los capítulos 9 a 12 de la Epístola a los Romanos de san Pablo (el más grande periodista judío de la historia del periodismo judío), que cuentan una historia maravillosa, han suscitado miles y miles de interpretaciones que renuevan una y otra vez la problemática de la presencia humana en la Tierra. Pero me callo porque, una vez más, oigo al fundamentalista que me dice: «Se trata de la inspiración divina», como con san Juan en Patmos: «Lo que oímos es la palabra de Dios». Entonces no sé qué decir (…) Sobre esta cuestión soy totalmente vulnerable, en lo más íntimo. Pero no renuncio a planteármela porque, en efecto, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento hay momentos que me parecen, por emplear la expresión más ingenua, sobrehumanos”.
         Yo, seguro de mí mismo, de mi fe en la razón (qué paradoja, ¡fe en la razón!), me vengo abajo y confieso también mi vulnerabilidad, lleno de admiración, no las tengo todas conmigo: no todos los misterios han sido desvelados, quizá alguna vez lo sean, pero mientras tanto, ese, quizá, sea el principal motor de mi pasión por la lectura.

martes, 14 de marzo de 2017

Adiós




          Míralos. Mira su última sonrisa. Se saben fuera del escenario. Dentro de poco vendrá un joven a su despacho y se abrirá su memoria. Recordarán antes de desaparecer del todo. ¿Qué es la vida de un político al que las cámaras ya no aman? Les espera la condición de hombres, aquella que tan bien definió D. H: Thoreau: "Casi todas las personas viven la vida en una silenciosa desesperación."

lunes, 13 de marzo de 2017

Matiné




        Ante una obra artística cabe preguntarse, ¿perderíamos algo si todos estos cuadros ahora expuestos con mimo, bien iluminados, en el marco de una arquitectura de prestigio, histórica, los arrumbase alguien, sin especial cuidado de conservación, en un desván? Los hemos visto tantas veces, explicados de modo parecido al vídeo que los acompaña, en el tríptico que los interpreta. “Sus cuadros empiezan a dialogar con el horizonte”, “Es una obra de mucha continuidad”, “colores sobrios, paisaje castellano”, cazo al vuelo. No sólo repiten, los cuadros y la voz y el texto escrito, lo que hemos visto en otros, durante décadas de repetición, sino que se imitan a sí mismos, con ligerísimas variantes de color o de forma o de encuadre. En una década domina el trazo vertical, en la siguiente el horizontal, en una los colores claros, en otra los oscuros. Una década entera definida por una variación. La retórica del vídeo nada añade, ni análisis ni comprensión, sino un velo de ruido que altera el suave fluir del paseante que se refugia en unas salas con tan bonito decorado.

domingo, 12 de marzo de 2017

Matonismo-leninismo



            Oigo a algunos ponderar su amistad con batasunos, bellísimas personas amantes del arte y de la naturaleza. Magníficas personas, pues, salvo ese reducto de irracionalidad que les impide renunciar a lo que hicieron. Mataron a muchos, ahí están las cifras para quien quiera verlas y lo hicieron porque eran españoles. Alguien pensará que es una buena excusa. De hecho en una tele vasca se han reído estos días de su degradada humanidad: ser españoles. Durante decenas de años, esa buena gente, sin discontinuidad, alentó a los asesinos, sus vecinos, sus hermanos, para que siguieran haciéndolo, matando, con pasquines, ocupando las calles por miles, por cientos de miles jaleándoles, insultando a los muertos y a las madres de los muertos y a los muertos por venir. Otros muchos, la inmensa mayoría se quedó en sus casas, se quedó tanto, por miedo, por no entrar en política, por creer que la muerte arrebatada no era cosa suya, que terminaron sucumbiendo a la atmósfera de terror. Su cerebro borró las huellas, ni un átimo de crítica ni un segundo de vergüenza y ahora cuando ya no matan, a solas en la cabina secreta del voto, no aciertan a coger las papeletas limpias. Están tan confusos que no aciertan a ver sus dedos manchados de sangre. Porque unos mataban, otros les alentaban a seguir matando y otros creaban la atmósfera de impunidad y de heroísmo. A esos votan la mayoría silenciosa hoy, aquella del franquismo y del carlismo y. Un pueblo de cobardes, lo contrario que dice el tópico de los vascos. Como los españoles lo fueron durante el franquismo. Sólo unos pocos resistieron. Unos pocos. La democracia nos ha permitido sacar la cabeza del agua y mirar de otro modo, aunque ya hay quien pretende que volvamos a hundirla en la polcilga.