viernes, 19 de diciembre de 2014

Los límites del perdón


            Simon Wiesenthal (SW) pasó por varios campos de concentración, entre ellos el de Mauthausen. En Los límites del perdón rescató una experiencia de 1943, en el campo de Lemberg. El libro comienza describiendo los girasoles que ve en las tumbas de los cementerios alemanes y por contraste su miedo a acabar en una tumba común sin identificación alguna. Cuenta el horror del campo, la vesania nazi, como van cayendo amigos, conocidos y desconocidos. Luego entra en materia. Un suceso a las afueras del campo, mientras era obligado a limpiar un hospital, al que llegaban soldados alemanes heridos. Fue conducido por una enfermera a la cámara de la muerte de un soldado, un tal Karl Seidl. Este lo llamaba por ser judío, un judío, para pedirle perdón por sus crímenes cometidos un año antes, entre ellos uno especialmente inhumano. Le habló de su familia cristiana, de su padre que no le aprobaba haberse alistado en la empresa nazi. Le confesó el soldado cómo encerraron en una casa de dos plantas a los judíos de un pueblo, cómo fueron amontonando a muchos que iban llegando de otros lugares hasta no caber más. Unos 300. La rociaron de petróleo, la prendieron fuego. El soldado recordaba vivamente a los judíos que saltaban por las ventanas, a quienes disparaban. Atribulaba su conciencia una familia y un niño a quienes él no perdonó la vida. Mientras le hablaba a solas en la cámara, le cogía a Simon de la mano. Éste no podía contener su repugnancia. El soldado alemán parecía sinceramente contrito, pero Simon se veía violentado interiormente. Simon le retiró la mano. Cuando le pidió que le perdonase, Simon se quedó en silencio. Días después, cuando fue llamado por la enfermera una segunda vez, no aceptó el paquete que le entregaba de parte del soldado fallecido. Después, en los barracones del campo, Simon comentó el suceso con sus amigos, dos judíos, que le dijeron que no podía perdonar en nombre de quienes habían sido asesinados, y con un seminarista polaco, que opinaba que la misericordia de Dios es infinita y que debía haberle perdonado. SW quedó con la conciencia inquieta y acabada la guerra fue a visitar a la madre del soldado para verificar la certeza de lo que el soldado le había contado. La madre le dijo que había sido un buen hijo, educado en la religión cristiana, que se afilió a las Juventudes Hitlerianas contra la voluntad de su padre, un socialdemócrata, y después en las SS, donde comenzaron sus crímenes, cosa que la madre no sabía, y a quien SW no quiso sacar de la ignorancia para no añadir al dolor de la pérdida el de la ignominia.

            SW publicó Los límites del perdón en 1970. Al mismo tiempo pidió a una serie de intelectuales, judíos y cristianos, que le dijesen qué habrían hecho ellos en su lugar, si había hecho bien quedándose en silencio, no perdonando al soldado alemán. El relato y las respuestas de sus corresponsales: teólogos, líderes políticos, escritores, juristas, psiquiatras, activistas de derechos humanos, sobrevivientes del Holocausto, hasta un antiguo nazi –Albert Speer- y víctimas de genocidios recientes, en Bosnia, Camboya , China, y Tíbet, hasta un total de 53, que contestaron en dos tandas, diez en 1970 y el resto en la edición de 1996, es lo que acabo de leer en una edición de este libro, publicado en España por vez primera en 1998. Esta es la cuestión planteada: el perdón. ¿Podemos perdonar a un criminal arrepentido? ¿Podemos perdonarlo en nombre de los asesinados? ¿Son los crímenes nazis de tal magnitud que no cabe el perdón?

Simon en la ficción            SW perdió a 89 familiares durante el holocausto. Tras la guerra montó una oficina para recoger documentación que sirviese en los procesos judiciales contra los criminales nazis en Núremberg y en Stuttgart Fundó el Centro de Documentación Judía y posteriormente el Simon Wiesenthal Holocaust Center, cuyo objeto era la búsqueda de nazis camuflados una vez acabada la guerra.

            El lector actual, tantos años después, se encuentra un caso particular en unas circunstancias precisas. ¿Qué puede pensar? No lo podemos reproducir: yo no puedo ponerme en el lugar de Simon Wiesenthal, ni tampoco, y podría ser una pregunta tan pertinente como la que hizo a sus corresponsales, en el lugar del joven nazi moribundo. Por tanto, el arrepentimiento y la expiación, el perdón o el silencio quedan reducidos a la conciencia de aquellos dos individuos atribulados en ese momento preciso. Antes o después, el joven nazi, vivo aún, encuadrado en su unidad de las SS o repuesto de sus heridas o victorioso en el guerra, quién sabe, y el joven SW, acaso asesinado como sus compañeros en el campo de exterminio o reflexionando algunos años después, como de hecho lo hizo, no hubieran visto las cosas del mismo modo, si hubiesen tenido la oportunidad. Muchas décadas después, nosotros como lectores de aquel suceso narrado por SW, lo contemplamos y debatimos con sosiego, calientes y acomodados.

            Quiero decir, hay que separar dos esferas, la de lo privado y la de lo público. La actuación personal está determinada por diferentes causas: genética, religión, ideología y moral propias. Una esfera que debe resolver sus cuitas interiormente, salvo si amenaza a la colectividad. La esfera pública es la de la convivencia, debe estar por encima de las creencias particulares y de las ideologías restrictivas. Es el dominio del consenso, de la ley y de la justicia. El perdón es una cuestión individual, forjado en la conciencia, de la que sólo es responsable la persona que se muestra dispuesta a perdonar. Lo mismo sucede con el arrepentimiento. La justicia debe juzgar hechos y ser ciega. No debe estar determinada por opiniones fundadas en sentimientos religiosos o en opiniones políticas, es decir, de partido. Es inadmisible que un acto privado, el perdón del verdugo por su víctima, se convierta en un acto público con intenciones políticas, como hemos visto últimamente. Desde la esfera pública no debe importarnos el arrepentimiento, si es que lo hay, de los verdugos (nazis, etarras), ni si las víctimas quieren ejercitar el perdón. Esos deben ser actos previos o posteriores a la justicia, sin incidencia en ella. La ley y la justicia deben actuar con rigor, implacables. Todo el mundo debe saber que el nazismo no puede volver a repetirse, que el crimen político no va a quedar impune.
           
            Sin embargo, si el mundo fuese una esfera perfecta y cristalina los principios serían claros y absolutos. No matar, por ejemplo. Sería fácil desarraigar de cuajo cualquier brote de maldad. Es el mundo de las religiones y desgraciadamente de las ideologías extremas. El mal en forma de herejes, de burgueses recalcitrantes o de judíos es lo que quisieron desarraigar, en diferentes épocas y grados, el Tribunal de la Santa Inquisición, el stalinismo y el nazismo. Pero el mundo en que vivimos no es puro ni cristalino. No hay conciencias puras sino determinadas por su circunstancia: genética, psíquica y social. Cómo combatir, entonces, el mal y la inhumanidad: con leyes cada vez menos imperfectas y con la educación moral. Por ejemplo, enseñando a los tiernos que el asesinato es imperdonable y que a los asesinos de crímenes como aquellos les espera la cárcel de por vida, pero no podemos encerrar a todos los alemanes cómplices de los nazis, ni a todos los vascos comprensivos y mudos ante ETA, ni a nuestros padres o abuelos que colaboraron con Franco o la Falange. Tenemos que seguir viviendo, con el ideal de perfección de frente y a lo lejos, aunque no dispuestos a olvidar ni a perdonar.


jueves, 18 de diciembre de 2014

La invasión del yo



            La intromisión del narrador en la historia es tan antigua como la novela, pero recientemente ha ido ganando mayor espacio. Lo vimos en Austerlitz, publicada en 2001, y en otras novelas de G. H. Sebald, también en la novela de Javier Marías Negra espalda del tiempo, de 1998. Mi recuerdo me dice que era un narrador al servicio de la historia, que era una especie de alfombra por la que pasaban los personajes principales, quizá esté equivocado y deba volver a leerlas, lo que no me desagradaría porque me gustaron mucho. Ahora, algunos años después, se ha puesto de moda entremezclar al narrador con el sujeto principal de la historia que se cuenta, de modo que lo que le sucede, si es que sucede algo y no mero revoloteo conjetural, es tan importante o más que la cosa que se dice querer contar. Es lo que ocurre con novelas, si es que lo son, como El impostor de Javier Cercas o Como la sombra que se va de Antonio Muñoz Molina, en las que el yo del narrador es tan invasivo que quita el atractivo que pudiera tener la historia principal, la del asesino de Martin Luther King en la última y la de Enric Marco, el hombre que se hizo pasar por superviviente de los campos de concentración nazis, en la primera. El yo engalanado se exhibe como en una pasarela y desde ella va señalando a los personajes sentados que lo contemplan en un caso y en el otro la angustia y retorcimientos morales del yo que cuenta la historia son tan importantes como la impostura de aquel que se hacía pasar por víctima sin serlo. ¿Qué añaden estas estrategias narrativas a la capacidad de la novela para contar mejor? Desde mi punto de vista, no añaden sino que restan, son novelas que se hacen muy pesadas, que restan agilidad a la lectura, que diluyen el interés que el sujeto principal pudiera tener. Yo no he podido con ellas. Una buena crónica, un ensayo histórico o biográfico me hubiesen entretenido más. Cabían otras opciones claro está. Convertir al yo en protagonista principal y sumir cualquier historia con la que se va topando en el río de su propia cotidianidad, que es lo que hace el noruego Knausgård, en su extensísima Mi lucha, con un efecto sorprendente y original o bien utilizar al narrador como mero trabajador de la historia para mostrar las dificultades de aproximación al personaje que se quiere retratar como en el Limonov de Emmanuel Carrére, lo que afianza en el lector la sensación de veracidad. En fin, quizá de lo que se trae al final es de habilidad, de oficio, de la capacidad del escritor para embelesar al lector, ávido en toda época de historias que le entretengan, antes fantásticas y ahora supuestamente veraces. Quizá no se trate tanto del yo como del ego. El ego se exhibe, el yo contempla.

            He tenido la suerte de asistir en días sucesivos, en la misma amplia sala, a la presentación de sus novelas por parte de tres espadas de la novela española actual. El mencionado Muñoz Molina, Luís Mateo Díez con La soledad de los perdidos y Andrés Trapiello con El final de Sancho y otras suertes. El primero abarrotó la sala ante un público entregado aunque silencioso. Requebró al público, a la institución que lo invitaba y a la ciudad. Su discurso, en forma de coloquio con un periodista lisonjero, sólo se animó y ganó vuelo cuando habló de Madame Bovary, del Lazarillo, la Celestina o Don Quijote, lo que me reafirma en mi gusto por el Muñoz Molina ensayista al que sigo con asiduidad. En el coloquio con Luis Mateo Díez éramos unos pocos, otro periodista igualmente lisonjero aunque más contenido, el escritor consciente de la dificultad de lectura ante una literatura como la suya que dobla la realidad en mundos llenos de símbolos que hay que interpretar y unos cuantos posibles lectores que debín ser ganados. Llevo mediada con esfuerzo y solidaridad La soledad de los perdidos. Con Trapiello la sala estaba a un tercio de su capacidad. Una lástima. Un escritor que no se deja nada, un torrente en que realidad y ficción no se distinguen, al igual que su escritura es roja como la sangre y su sangre, adivino, es del color de la tinta negra, sus palabras sobre Don Quijote y Sancho, la materia de su último libro, hablando del comienzo del XVII, parearían referirse al ahora mismo. Tres maneras diferentes de concebir la novela.

domingo, 14 de diciembre de 2014

St. Vincent


            Pronto se ve que la película con ser interesante no acaba de funcionar o no da todo lo que se podría esperar. Por qué. Por el tema, bastante trillado. Un hombre maduro, avejentado, derrotado por las inclemencias de la vida, con la mujer con Alzheimer avanzado en una residencia, sin trabajo y sin ingresos, con deudas y prestamos debidos, se ve de pronto frente a unos vecinos nuevos, buena gente como él y con parecidas y malas perspectivas ante la vida, una madre gorda y un chiquillo que se mudan a la casa de al lado. El hombre, casi contra su voluntad se ve implicado en el discurrir diario de esa medio familia. Ha de ocuparse unas horas al día del muchacho, a quien le enseña los trucos que él mismo usa para sobrevivir. Por el decorado, un barrio ajado, donde el sueño americano de clase media desagua. Por el punto de vista, anticonvencional, palabras, gestos, pequeños actos de rebeldía: la casa desordenada y sucia, la vestimenta astrosa, golpes en las máquinas dispensadoras, la enseñanza de la violencia para resolver disputas. Por los personajes fuera de norma. Una amiga del hombre, una rusa, una mujer de la noche, a quien medio paga por darle unos ratos de placer, con un hijo en camino y que espera a que alguien le haga compañía; un cura católico obsesionado con los santos, que anima a sus alumnos a que busquen en la calle a los santos del barrio; chicos pandilleros, camareros, vecinos, todos con aire de pelea en la cara, pero en el fondo muy buena gente.

            En fin, ¿cuántas veces hemos visto en el cine ese decorado, esos personajes, ese desarrollo? La peli no es innovadora, busca la complicidad del espectador siempre dispuesto a la sonrisa y un poco de llanto, sin preocuparse de que a la vuelta de la esquina la olvide rápidamente. ¿Hay algo que la salve? Sí, los tres actores principales: Bill Murray, que recuerda sus mejores papeles, como el de Flores rotas, también recuerda al Jack Nicholson cascarrabias haciendo de viejo o jubilado; Melissa McCarthy, como madre blanda en quien se puede depositar la compasión y la extraordinaria Naomi Watts, irreconocible en su papel de rusa dama de la noche. En fin, es una película y los mismos personajes vistos en la realidad nos resultarían indigestos, cruzaríamos a la otra acera, pero los grandes actores son aquellos que nos mueven a la comisión y a la empatía.

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1, ¿Cómo se ha de hacer una necrológica? Salvador Sostres la clava con Joan Barril.

2. Por qué El País escribe tanto de Podemos, aunque sea en contra -que más da- y tan poco -nada- de Albert Rivera y su grupo?

3. Bibliotecas que arden (El nombre de la rosa; Auto de fe) y escritores que perecen.




sábado, 13 de diciembre de 2014

El escritor ante sus lectores




            Suelen decepcionar los escritores que uno admira cuando los tiene delante y hablan, cada uno con sus razones y gestos, tan separados de la imagen que uno se ha hecho de ellos leyéndolos, tan ineficaces en defender su obra o tan imbuidos de su papel de escritores o tan cansados de acudir ese día a charlar con sus lectores pudiéndose haber quedado en casa o ir a cenar con la familia o amigos. No así Andrés Trapiello, hoy, cuando le he visto por primera vez al natural, semejante en todo a la imagen que yo tenía de él, quizá un poco más bajito, pero con el pantalón de pana, el chaleco y la americana, la camisa desabotonada y ese flequillo que gasta, algo canoso ya, como en las fotos que aparecen en sus libros, su hablar pausado, entregado a la conversación, sin reservarse, quizá sin ese punto de cierta maldad que uno le supone, a veces, al leerle los diarios. El único problema es que yo tenía un cesto de preguntas que hacerle, tan inabarcable es su mundo, y que la charla me ha parecido quedarse en nada, aunque no ha sido así, porque ha hablado mucho, aunque lo que ha dicho yo ya lo sabía por haberle leído a conciencia. Me hubiera gustado salir de la sala y seguir la charla en otro lugar, en el bar, en un restaurante, decirle todo lo que he ido pensando mientras le leía, pero no está en mi condición perseguir a gente famosa. Hay algo sin embargo que yo le reprocharía, no el que diga de sus diarios que forman parte de una novela en marcha, que sí me lo parece, sino que los personajes que en ellos aparecen, nombrados con una X en general, o a veces con iniciales, no tienen un referente real, que nadie habría de sentirse aludido, porque no recuerda cuando escribe quién había detrás –va escribiendo y al cabo de seis o siete años los reescribe para publicarlo, cuenta-, supongo que es una manera de defenderse contra las quejas de la realidad, pero yo no me lo creo, son dibujos del natural tan precisos y detallados, habla de personas tan reales, muchas veces con crueldad, desvelando defectos y vicios, imposturas y engaños que el lector los ve delante de sí, tan cercanos a su propia experiencia. La gente ha escuchado un poco incrédula pero riente su poco amor por los libros o su desafección a la escritura, teniendo delante una larga mesa con una ristra de parte de los muchos libros que ha ido publicando, dieciocho sólo de sus diarios, conociendo su pasión bibliófila y aun su oficio de editor y tipógrafo, su protesta por no reconocerse como novelista porque lo que hace son crónicas, distinguiendo literatura y vida, la defensa de una escritura no literaria, apegada al habla, donde los libros son una excusa para escribir de la vida que es lo que importa, con arrobo su afición cervantina, su confesión del cansancio y el dolor de ojos al escribir esta novela que ahora presenta, El final de Sancho y otras suertes, por lo que ha tenido que consultar en papeles antiguos para hacer a los personajes sacados del Quijote verosímiles, como doy fe de ello pues he leído la primera parte y ahora leo la segunda, no del Quijote de Cervantes sino del de Trapiello.

sábado, 6 de diciembre de 2014

La razón no está de su parte


            Asisto a un concierto con Shakespeare como tema. La música de su tiempo, sus sonetos, Hamlet. Participan amigos. Es un acto en catalán. Pienso, ya nada le debo, ninguna deuda tengo con ellos. Hubo un tiempo que duró décadas que catalán y castellano eran la misma cosa, aquí en Barcelona y alrededores, indistintas lenguas que se hablaban al unísono. Todo el mundo las hacía suyas, eran suyas. Pero ya no es así, no lo será durante un tiempo. No me siento solidario, ni embajador cuando estoy fuera. No me veo esforzándome, ni buscando placer en la particular literatura, en su ralo cine, en un arte romo que poco se conoce. Nos han roto por la mitad, nos han dicho que éramos de fuera, han querido obligarnos a escoger, con la tonante voz de dueño de la casa. No lo acepto, no son dueños y yo valgo tanto como ellos. Me duele que me hayan enviado a un rincón. Pero no puede durar porque son menos y la razón no está de su parte.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

La Dánae de Tiziano frente a la Venus y Adonis del Veronés


File:Venus y Adonis (Veronese).jpg

            ¿Cuánta distancia hay entre la Venus y Adonis de Tiziano y la del Veronés? ¿Hay diferencias entre las versiones de Nápoles, Londres y la del Prado de Dánae, las tres de Tiziano? Al menos hay distancia temporal. La Venus y Adonis de Tiziano es de 1554, la del Veronés de 1580. Tiziano fue el primero en convertir en pintura este tema de las metamorfosis de Ovidio. Se consevan cinco Dánaes. La primera es la del Capodimonte (Nápoles), pintada entre 1544 por encargo del cardenal Farnese para mostrar los amores de este con una cortesana, la que sirvió de modelo a Tiziano. En ella es un jovencito Eros el que asiste sorprendido a la metamorfosis de Zeus, cayendo en forma de polvo de oro sobre una Dánae entregada. La que el joven Felipe II encargó al pintor veneciano para sus Poesías es la que ahora se expone en el Prado recién restaurada, clara y luminosa, confrontada a la del museo madrileño, que es la que Velázquez se trajo de Italia hacia 1630 y pintada por un Tiziano, en 1565, dueño de todos sus recursos, para mí la más perfecta de las versiones, con una pincelada muy suelta y una Dánae voluptiosa. Fue pintada en 1553. 

            En Venus y Adonis Tiziano concibe una Venus de espaldas para ser contemplada en el mismo espacio que la Dánae que se muestra de frente, siguiendo un modelo de desnudo propuesto por Giorgione. Ambas formaban parte de las Poesías, una serie de cuadros que Tiziano entregó a Felipe II, famosas en su época, y aun hoy, por expresar tan claramente el erotismo. Pero si las dos versiones expresan erotismo, el de Tiziano es intelectual, mientras el del Veronés es más sensual. Las dos expresan momentos diferentes del mito: en Tiziano Adonis es retenido por Venus para que no vaya a cazar al jabalí que le ha de matar, la del Veronés es del momento anterior. En éste la cabeza de Adonis reposa en el seno de Venus, después de haber hecho el amor, justo en el momento en que Venus intuye que Adonis va a perder la vida cuando se interne en el bosque para cazar. Todo en el cuadro contribuye a expresar esta idea. En el hermosísimo rostro de Venus aparece la transición entre la felicidad reciente y el temor a perder a su amado: los mofletes colorados y el gesto de contrariedad, de incredulidad o rechazo. En el momento de mayor felicidad aparece la idea del drama. Por el contrario, Adonis duerme plácidamente, ajeno a su desgracia. En Venus aparecen colores cálidos, en la encarnación y fríos en el vestido que la cubre a medias, en su cuerpo se inicia la agitación, con el brazo rechazando lo que ha de venir. Los colores que cubren el cuerpo en escorzo y distendido de Adonis son cálidos. De los dos perros que forman parte de la composición, uno expresa la felicidad del amor complacido, el otro es contenido por Cupido para no despertar a su amo y salir corriendo hacia el bosque. También en el paisaje se advierte tal progresión, de los verdes claros y abiertos a la oscuridad del bosque que espera la muerte de Adonis. Tiziano pintó cinco versiones de esta historia, pero la que a mí me emociona es la del Veronés.


          En Dánae Tiziano lucha contra sí mismo, la pintó hasta cinco veces, algunas con clara intervención de su taller, pero en este caso la que a mí más me gusta es la que se exhibe en el Prado. El tema habla de Dánae, hija del rey de Argos, encerrada en una cámara subterránea por su padre, Acrisio, para que no conciba al nieto que le ha de matar. Pero Zeus el rijoso transformista se cuela convertido en lluvia de oro. Efectivamente de esa curiosa unión nacerá Perseo que accidentalmente acabó con la vida de su abuelo, tras vencer a la Gorgona. Tiziano separa en diagonal a la voluptuosa Dánae de la codiciosa vieja, cada una percibiendo el polvo de oro que desciende de muy diferente manera. Tiziano no sólo juega con la composición y los colores, fríos y cálidos, claros y oscuros, y tantos matices, con la juventud y vejez de los personajes, una de frente y desnuda, la otra de espaldas y vestida, con el simbolismo del perro y las llaves, sino sobre todo con la pincelada suelta y la disolución de líneas y contornos de sus últimos años. Una obra maestra.


lunes, 1 de diciembre de 2014

Escribir



            Hay dos escritores de la España actual a quien admiro. Los dos viven de escribir, lo cual debe ser excepción y mérito. Uno novelando, aunque secundariamente también escribe artículos de revista semanal, que me gustan menos. Javier Marías. Otro se maneja con la vida cotidiana, aunque en ella predomine sobre todas las cosas la escritura, tal ese diario que ya tiene muchos tomos que se llama El salón de los pasos perdidos, aunque también escribe novelas, como esas dos curiosas que continúan la vida de Don Quijote. En realidad hablan de su muerte, la primera, y de la de Sancho, la segunda. También es notable como novela cívica -deberían leerla los adolescentes-, Ayer no más. También es ensayista, y es memorable el grueso volumen dedicado a los escritores de la guerra, Las armas y las letras. Andrés Trapiello, en cuyos libros ahora me sumerjo. Como durante el mes de octubre y parte del de noviembre la vida real dejó de existir para mí, me entero ahora de que el Nobel de este año se lo han dado a Patrick Modiano. No es que no me guste como escritor, pero creo que los dos escritores españoles que menciono, para mi gusto, son superiores. La academia sueca es cicatera con el español, no así con las letras francesas, a las que sobrevalora, pienso, aunque admiro a Emmanuel Carrere entre sus actuales escritores. Todavía perdura en mí el asombro cuando en la lotería del 2008 le concedieron el Nobel a un escritor menor y redicho como Jean-Marie Le Clèzio.

            Pero hoy me quedo con estos versos de un poeta americano que acaba de cruzar la laguna oscura, Mark Strand, el Hooper de la poesía:

DEJAR LAS COSAS INTACTAS

En un campo
yo soy la ausencia
de campo.
Esto es
siempre así.
Donde sea que esté
yo soy lo que falta.

Cuando camino
parto el aire
y siempre
el aire ingresa
a llenar los espacios
donde ha estado mi cuerpo.

Todos tenemos razones
para movernos.
Yo me muevo
para dejar las cosas intactas.


 De su primer poemario, Durmiendo con un ojo abierto (1964).