martes, 2 de junio de 2020

Afán


Basta un día en el campo, alejado del ruido, sin oír una sola voz, sumido en el ir de la naturaleza para comprender el afán inútil. Todo afán lo es. No hay nada que no se pueda aplazar, ningún asunto al que se puedan cortan los bigotes de la urgencia. Cerca de Villabáscones de Bezana.



lunes, 1 de junio de 2020

Algunas mujeres (Demasiada Felicidad, Alice Munro)



Este cuento como el título indica va de mujeres. Y si hay mujeres, algún hombre debe haber. Hay uno, pero se está muriendo. Es verano y la narradora obtiene su primer trabajo como cuidadora. Cuando lo cuenta es una viejecita que ve pasar el tiempo demasiado rápido. Aquel verano sólo tenía trece años y todavía las chicas llevaban corpiños y cancanes que se quedaban de pie en el suelo. La polio y la leucemia eran enfermedades dañinas, la primera dejaba graves secuelas, la segunda no daba segundas oportunidades. La contratan para cuidar a un enfermo terminal, el señor Crozier, mientras su mujer, la joven señora Crozier, dos tardes a la semana, da clases en la universidad. No es mucho lo que tiene que hacer la narradora, subir una jarra de agua a la habitación del enfermo cuando se lo piden. La otra habitante de la mansión de ricos es la vieja señora Crozier, madrastra del enfermo, Dorothy. Es una señora antipática que no tolera que se desordenen las cosas. Un día ve que la narradora tiene en sus manos un volumen de I Promesi Spossi y le dice que si quiere leer algo que se lo traiga de casa.

Hay un giro narrativo cuando llega a la casa Roxanne para dar masajes a la vieja Crozier en la planta baja. Casada con un mecánico, de cultura muy básica, es una mujer con hoyuelos en los carrillos que impone su humor y optimismo a todo el mundo. La vieja que le sigue el juego parece cómoda con ella. El enfermo, cuando Roxanne, después del masaje, acude cada tarde a su cuarto, escucha sus chistes entre impasible e impotente, durmiéndose de vez en cuando. El siguiente giro narrativo se produce el último día de clase de la joven señora Crozier, Sylvia, y por tanto también el último día de trabajo para la narradora. Cuando esta sube la jarra de agua a la habitación, mientras Roxanne y la vieja están con los masajes, Bruce, el enfermo, le pide un favor, que coja una llave que hay en un cajón del aparador, cierre la puerta de la habitación por fuera y la guarde, guardándole el secreto. La intriga se apodera del lector. Cuando termina el masaje, Roxanne le pide al enfermo que le abra. Forcejea y golpea. También lo hace la vieja. Roxanne dice que va a llamar a la policía, la vieja le dice que no tiene mando en esa casa. Roxanne se va. Cuando llega Sylvia, la narradora le da la llave, sube a la habitación a ver a su marido y luego le dice que la llevará a su casa como hace todas las tardes. Se la ve sonriente y feliz. Al salir, en un callejón, la narradora ve el coche de Roxanne aparcado, vigilando, pero cuando el coche se pone en movimiento va en dirección contraria a la casa de los Crozier, a la suya y desaparece de la historia. Qué ha sucedido. En realidad es el juego de múltiples perspectivas, cada personaje tiene la suya, ve las cosas de modo distinto. Roxanne teme que el enfermo se suicide, la vieja se da cuenta que Roxanne se extralimita en sus funciones, Sylvia comprueba que no ha pasado nada y que su marido solo quería un poco de tranquilad. Es la narradora de trece años la que ve más cosas de las que hay, un inverosímil juego de posesión de un hombre al que le queda poco para morir. ¿Y el lector qué ve?

La magia y el misterio del relato tiene que ver que quien lo cuenta (recordado por una anciana) es una joven narradora innominada de 13 años para quien las personas que conoce aparecen bajo la luz simplificada de la inexperiencia. La magia de Alice Munro consiste en transmitir esa perspectiva al lector. No sabe qué ocurre en aquella casa, aunque intuye que las dos señoras Crozier no se llevan bien, acaso se disputen al enfermo señor Crozier. Y amplía esa disputa a la masajista, Roxanne, cuando llega. ¿Se ha establecido una alianza entre esta y la vieja Crozier contra Sylvia? ¿Pero pueden tres mujeres disputarse a un moribundo? Una lectura atenta nos hace ver la historia de una manera completamente diferente. Cuando Sylvia y la narradora hablan del incidente, esta le dice que no estaba preocupada por Bruce, pero Roxanne, sí. “¿La señora Hoy?”, pregunta Sylvia, mostrando a la masajista (Roxanne Hoy) bajo una luz diferente. No la habíamos oído nombrar de esa manera tan indiferente. Y luego está el paso del tiempo y los roles que adoptan las mujeres y la diferente perspectiva que aporta cada generación: la abuela de la protagonista y la vieja señora Crozier (“mejor sería que se quedara en casa para cuidarlo”, dicen de Sylvia), la madre de la narradora ( "Mi madre siempre defendió a las mujeres que trabajaban por su cuenta"). Roxanne y Sylvia y la narradora. Generaciones diferentes. 




domingo, 31 de mayo de 2020

El puente


Cualquier escrito, cualquier grabación, es un puente, una llamada para quién encerrado en su cráneo quiere decir algo u oír a otros como él igualmente encerrados en sí.

Si ya de por sí estamos confinados en nuestro interior, con tantas dificultades para dar concreción a nuestra angustia, a nuestro malestar, viendo frustrado el desesperado intento por tender un puente (¿hacia dónde?), que la vida comunitaria se convierta a su vez en un campo cerrado con una plantilla limitada de cosas que hacer hace de la vida un acontecer mecánico, sin alma. Un absurdo. (Un absurdo que tiene su expresión más clara en la vida política).

Es evidente que lo que sucede es una metáfora (una alegoría) que está aún por descifrar. Una enfermedad y una terapia al mismo tiempo. Todo es tan absurdo que no puede ser el fin, tiene que haber un puente que lleve a algún sitio.

¿No es lo más desalentador la falta de preguntas o que entre tanto bla bla bla no haya un vozarrón que haga silencio en torno a sí con la pregunta que todos ahora mismo esperamos?

No podemos ir más allá de la determinación de la época sin dar con la pregunta capaz de deshacer el nudo absurdo que nos aprieta. Las preguntas determinan las épocas o cada época determina la pregunta que ansía responder.

¿De qué naturaleza es nuestra ruina?

No es esa la pregunta.

Una pregunta a la que podamos responder, una pregunta que la época espera porque está en condiciones de responder.


sábado, 30 de mayo de 2020

Westworld 3



Westworld me gustó mucho la primera vez, un parque de robosts indistinguibles de los humanos al servicio de estos, y lo que subyacía, relacionarte con iguales a ti, totalmente dispuestos a cumplir tu voluntad y tus deseos, sin réplica, sin angustia, sin el desgaste del dolor y la decepción que supone normalmente el trato con los demás hombres. En la segunda temporada aparecen las sombras que enturbian el avance de la tecnología. Los androides quieren ser como los humanos, vivir su propia vida. En la tercera la inteligencia artificial domina el mundo, lo remodela a su gusto, quiere convertir a la especie humana en esclava, una distopía, aunque el espíritu maligno que muestra la IA ha sido programado por humanos. Como no podía ser de otro modo al final resultará que los propios androides tienen sentimientos mejores y una moral tan humana que salvará a los humanos de sí mismos. A medida que han ido avanzando los capítulos, a pesar del gran presupuesto, de los efectos especiales, de los paisajes futuristas (con tomas en la Ciudad de las Artes de Valencia), de los hermosos androides, la serie se vuelve más y más aburrida.



viernes, 29 de mayo de 2020

EL filo de Wenlock (Demasiada felicidad. Alice Munro)



El vendaval doblega los arbolillos.
Sopla muy fuerte, y pronto pasará.
Hoy el romano y sus cuitas
son cenizas bajo Uricon”.
(Alfred Edward Housman)

En los cuentos de Alice Munro hay dos partes, la que ella pone y la que pone el lector. Y a menudo esta es la más importante. La autora sitúa en el cuento los caminos que transitan sus personajes, algunos de los adornos de sus casas, parte del tejido de sus emociones. La narradora de este relato, cuyo nombre no llegamos a conocer, es una narradora meticulosa que va tejiendo un tapiz lleno de detalles de atmósfera de la que van sobresaliendo personajes que le llaman la atención por su rareza, rareza para una chica que viene de una granja a la ciudad. El primero es su primo Ernie, un hombre cuidadoso que no tiene otra vida que la que lleva con su madre. Cuando la narradora va a la ciudad a estudiar a la universidad, Ernie la invita a cenar uno de cada dos domingos. La autora prende en la mente del lector la sospecha de que entre la narradora y su primo va a ocurrir algo desagradable porque muestra la incomodidad de la narradora. “Yo esperaba que no nos viera nadie de la universidad y fuera a pensar que era mi novio”. Pero no sucede.


La narradora se aloja en una casa de huéspedes extravagantes, tan poco amigables como la casa misma, la dueña, el niño, el aire sombrío, desordenado y maloliente. Tiene para ella sola un amplio desván aunque de techos no muy altos, hasta que la dueña de la casa le dice que tendrá que compartirlo con Nina. Nina era una chica algo mayor para empezar la universidad, aunque por su aspecto aparentaba menos de los años que tenía. Cuando intimaron le contó su historia. Una historia para no creérsela por todas las cosas que le habían ocurrido. Vivía con su abuela porque su padrastro no la quería. Con apenas quince años quedó preñada, y luego dos veces más antes de que el padre de sus hijos la dejase. Dejó a sus hijos a cargo de la abuela y se marchó a Chicago. Allí conoció al señor Purvis, se puso a vivir con él, la llevó de viaje por el mundo y contra la voluntad del señor Purvis tuvo una hija más, Gemma. El señor Purvis detestaba a los niños, así que Nina tuvo que ponerse a trabajar y a vivir por su cuenta, compartiendo habitación con otra mujer. Pero Gemma murió en una noche de borrachera de la compañera y de despreocupación por parte de Nina. Entonces volvió con el señor Purvis. Nina le dijo que quería estudiar y que quería llevar vida de estudiante. Al señor Purvis no le pareció mal y ahí estaba, en el desván junto a la narradora, contándole su historia.

Hasta aquí pareciera que la historia de El filo de Wenlock va de los personajes raros con que la narradora se va topando en la vida, la historia de su primo Ernest, la de su compañera de habitación, Nina, y la del misterioso y atemorizador señor Purvis. Pero no es así y la autora no le ha dado pistas al lector para que lo vea de otro modo. Resulta que el asunto del cuento era otra cosa inesperada. Una noche Nina se encuentra mal y no puede volver a casa del señor Purvis como hace los fines de semana. La narradora, sorprendentemente, acepta ir en su lugar. Una misteriosa mujer, la señora Winner, que vigila cada paso que Nina da, la lleva en coche. Si todos los personajes son misteriosos, detrás de cada uno el lector ha tejido una historia que desea que tenga continuidad y llegue a un fin, el señor Purvis es el más misterioso. La narradora se anticipa al lector y hace algo que el lector no haría, o sí. Acepta la invitación de un hombre que desconoce, es mayor y produce un rechazo instintivo. Para cenar es invitada por la señora Winner a desnudarse, podría haberlo rechazado pero no lo hace. (“Pero bueno, dijo la señora Winner al ver que seguía sin moverme, ¿Es que te crees distinta de las demás? ¿Te crees que no he visto ya lo que tenéis?. Fue en parte su desprecio lo que me hizo quedarme. En parte. Eso y mi orgullo.”). El viejo señor Purvis se sienta a la mesa vestido y come un bocado, la narradora, con su pecho juvenil y pezones erguidos sobre la mesa. Al acabar la invita a la biblioteca, y le pide que le lea un poema, aquel que dice: «En el filo de Wenlock el bosque está en apuros…», pero que por favor no cruce las piernas. Mientras la narradora lee con entonación rural el poema de Housman, el viejo Purvis mira sin disimulo su desnudez. A la narradora como al lector le ha perdido la curiosidad. (“Tenía la sensación de que todo el mundo iba en cierto modo desnudo. El señor Purvis iba desnudo, aunque llevaba ropa. Todos éramos seres tristes, despojados, escindidos. La vergüenza fue desvaneciéndose”). Y ya está. El señor Purvis le dice que se vaya. La narradora se siente traicionada, Nina sabía lo que le iba a pasar. Mientras tanto Nina y Ernest, otra sorpresa, esa misma noche se han escapado de la vigilancia de la señora Winter y se han ido a vivir juntos. Más tarde Nina volverá con el señor Purvis. Lo que sigue es una pequeña venganza de la narradora para compensar la traición y la pérdida de su inocencia. 

EL filo de Wenlock (Cara B).




jueves, 28 de mayo de 2020

La piedra de la inexperiencia



Acabo de bajar, y poco después subir, dando un pequeño rodeo, por la ladera del pinar que me lleva al centro de la ciudad, como hago cada día alrededor de las doce para hacer la compra. En una zona menos inclinada que las demás, más recogida, ayer atardeciendo una muchachada de adolescentes acampó. Ahora por el suelo, entre los pinos, han dejado la basura de su desorden mental, propio de los adolescentes, a los que estos días veo a esas horas apretarse sin ninguna precaución en círculos donde comparten botellas y latas de cerveza, bolsas de ganchitos y chuches, kit kats y bolsas grandes donde han acarreado todo el material del derroche. Todo está ahora por el suelo, la pradera primaveral, jaras, salvias y retamas, atestada de mierda. Esos adolescentes tienen padres y madres y profesores en el colegio y han visto alguna vez la tele, han sido aleccionados en el cuidado del ecosistema y la urbanidad, en la necesidad del fin del consumismo y del modelo neoliberal. Tendrá que pasar la adolescencia y adquirir algo de soltura mental para que lo que han hecho les repugne y avergüence. Todavía no.

A menudo el hombre ha creído que la cultura había alcanzado un hito que no se podría revertir. Pienso, por ejemplo, en la colección Warburg, en Hamburgo, cuando Ernst Cassirer la visitó en 1920. La colección seguía un original sistema de clasificación, ideado por su creador, que se ajustaba a la ordenación e intelección del mundo como resumen y compendio de la cultura. La biblioteca quería abarcar la evolución cultural desde los orígenes en el tótem, el rito y el mito hasta las recientes ciencias de la naturaleza en un movimiento ascendente hacia el verdadero conocimiento del mundo. En sus anaqueles no había disciplinas, ni campos de estudio, ni siquiera sectores culturales delimitados con claridad, sino el compendio del saber. La idea era que la cultura acumulada en los signos y símbolos qué los seres humanos utilizan por encima de épocas y focos de interés sigue actuando e induciendo transformaciones esenciales y es más sabia que los hombres que en cada época concreta los utilizan en función de sus intereses. Cassirer había descubierto el lugar de sus sueños y la biblioteca al investigador para el que fue creada. El fruto será la gran obra Filosofía de las formas simbólicas. Pero que un hombre comprenda el orden del mundo no significa que la humanidad lo comprenda.

Pocos días antes de que Ernst Cassirer visitara por primera vez la colección Warburg, los Cassirer, que no hacía mucho se habían mudado de Berlín a Hamburgo, tuvieron un incidente desagradable con un vecino cuyo jardín lindaba con la parcela donde vivían. La mujer de Cassirer le rogó al vecino si su hijo de siete años podría ser un poco más silencioso o jugar en otro lugar para no perturbar la lectura y trabajo de los Cassirer. El vecino reaccionó con ira: “¿Acaso cree que ustedes no nos molestan? ¡Su aspecto mismo ya nos molesta! Todos ustedes tendrían que estar en Palestina”. Así describe lo que ocurrió, en sus memorias; Toni, la esposa de Cassirer: 

«Cuando el señor Hachmann me gritó desde el otro lado del canal que tendríamos que estar en Palestina, en su boca era equivalente a cuando dijo que so­mos un estercolero. Palestina estaba entonces en la cabeza de aquellas personas simplemente como un insulto. Para nosotros era el lugar al que emigraban los judíos estrechamente ligados a la tradición, o los refugiados rusos y polacos, para encontrar una nueva patria».

La experiencia de Aby Warburg y unos cuantos investigadores más, por encima de todos Ernst Cassirer, solo le sirvió a él, no la pudo transmitir, al menos de forma inmediata y para toda la humanidad. La humanidad había alcanzado un hito en aquel lugar de Alemania, entre otras cosas, que personas tan diferentes como el vecino y la señora Cassirer pudieran coexistir sin aborrecimiento (democracia liberal) pero como sabemos por como se desarrollaron los acontecimientos a los alemanes ese saber les sirvió de poco.

No se transmite la experiencia de generación en generación, no se cede el testigo del dolor, ni el esfuerzo necesario para vivir una vida digna, ni el horror, si alguna vez se padeció, del padre al hijo para que sirva de aprendizaje, sólo la emoción es un vehículo hacia la acción. Es fácil suscitarla, basta una imagen bien tomada, un tono de voz que haga vibrar una cuerda. Un tribuno desde un atril enardece a la masa más que el profesor en un aula ofreciendo los datos de lo que pasó. Cada uno ha de recorrer el camino de su experiencia, pero ha de ofrecerse a ella, bracear en los acontecimientos, ya que lo que el padre vivió no le importa al hijo sino acaso como cuento, como algo que contar o contrastar. El hijo salta a la vida a camisa abierta, sin hacer caso de advertencias, si es que se decide a saltar, porque muchos, hoy, prefieren seguir a resguardo del hogar, temerosos y lloricas, niños hasta oír la última paletada sobre la caja de madera protectora.

Los hombres sabios consignan su experiencia en forma de libros, obras de arte, instituciones, conquistas técnicas. El adolescente desconoce el mundo, se fía del hogar paterno, no de la experiencia del padre. Cada generación ha de valorar lo adquirido en relación a su falta o a su mejora, que los bienes no son estables ni eternos y que una tormenta que no se espera se los puede llevar. Cada generación está condenada como Sísifo a empujar la piedra de su inexperiencia.



miércoles, 27 de mayo de 2020

¿Queda algo de Frankfurt?


Se dio media vuelta, para no ver el reproche que había en sus lomos, pero recordando muy bien que cada uno de ellos había significado, en la librería, una promesa de crítica radical de la sociedad tardocapitalista, y con qué alegría se los había llevado a casa. Pero Jürgen Habermas no tenía las piernas largas y frescas, vegetales, de Julia; ni Theodor Adorno emanaba el aroma frutal de lujuria adaptable que desprendía Julia; ni Fred Jameson dominaba las mismas artimañas que la lengua de Julia”. (Las correcciones, Jonathan Franzen).

Todos hemos hecho la misma operación que el personaje de Jonathan Franzen que cita Jeffries en Gran Hotel Abismo. Recuerdo el estante con los gruesos tomos de las obras completas de Mao y los volúmenes de bolsillo de Lenin, allí arriba, el primero a la izquierda, al que solo podía acceder con escalera. De Mao recuerdo haber abierto el grueso primer volumen pero no creo haber pasado del índice; de Lenin algo leí, sin haber acabado ningún volumen. Las obras de Marx, al que sigo profesando respeto, aún siguen diseminadas por varios estantes. Algunas leí, pero de El capital, por más esforzadamente que iba pasando páginas, no pude completar la lectura. El personaje de Franzen se deshace de su colección de la Escuela de Frankfurt porque ni Adorno ni Habermas pueden darle lo que espera de Julia, y utiliza el magro dinero por la venta de un puñado de libros que ya nadie lee, 65 dólares frente a los 4.000 que había pagado por ellos, para comprar un salmón noruego pescado con caña. Eso sucedía hacia 2001, cuando estaba en el aire la idea de que habíamos llegado al fin de la historia (Fukuyama). Mis hijos eran entonces pequeños, Barcelona estaba en pleno esplendor antes de que fuese asaltada por populistas de toda laya que la hicieron descender, antes de la pandemia, hasta alguno de los siete círculos con que Dante dibujada lo peor, yo me dedicaba a preparar clases. 

Qué se pregunta Jeffries, mostrando el sarcasmo del personaje de Franzen. Si, después de todo, tras el triunfo del liberalismo en el 89, pasados los fastos del 92, la caída de las Torres Gemelas a la vista de todo el mundo, el triunfo del consumismo de pantallas, queda algo aprovechable de los filósofos de Frankfurt. Si uno se quedase en las dialécticas de Horkheimer y Adorno parece que no. Quién hoy, salvo los historiadores de la cultura, podría leer su enrevesada prosa. La visión de conjunto de la Escuela que nos ofrece Jeffries es más nutritiva, cultura triturada fácil de absorber, que seguir los renglones de la abstrusa prosa. El negativismo de Adorno tenía un contexto, el agujero negro de Auschwitz. Su familia pereció, él tuvo que emigrar, volvió a una Alemania amnésica. Quizá Habermas no esté muerto del todo, cuánto nos gustaría que su idea del patriotismo constitucional prendiese y ondease al viento como una senyera. Pero hay algo más, algo que no se debe abandonar en los estantes polvorientos de las bibliotecas. Los métodos de los positivistas han triunfado, conocemos la vida material. La minería de datos nos conoce y nos hace la vida más fácil. Pero ahí está el quid. Auscultados y medidos hasta en nuestros más ocultos sueños, el capitalismo conoce cada rincón de nuestro estar en el mundo: sabe lo que vamos a desear antes de abrir la página de Amazon. Marcuse lo clavó: el hombre unidimensional. 

Falta poco para que seamos clones, antes de que la tecnología los construya en serie, ya estamos casi formateados. Quizá no seamos más que átomos, células, proteínas y enzimas conformados de una determinada manera, que nuestra varianza sea limitada, pero aunque sea limitada es imposible que hayamos agotados todas las posibilidades de ser. Como dice Jeffries el sistema limita esas posibilidades cada vez más. Tenemos miedo a que los robots nos sustituyan, pero ¿no estamos ya viviendo una vida robotizada? Si no somos más que lo que los algoritmos más sofisticados dicen que somos, si no queda nada al azar, si no es posible la diferencia, qué sentido tiene ser humano si una máquina puede hacer cualquier cosa que un hombre haga. No es que Jeffries sea más optimista que Adorno pero sabe dónde está la llaga y pone el dedo en ella, habla del uniformismo de las industrias de los Jobs, Zuckerberg y Bezzos,

una industria que nos ofrece más de lo mismo, desarrolla algoritmos para continuar encadenándonos a nuestros gustos, y nos hace desear nuestra propia dominación. En tal cultura a la carta, que elimina el descubrimiento casual, se burla de la dignidad y convierte la liberación humana en una posibilidad aterradora, los mejores escritos de la Escuela de Frankfurt tienen mucho que enseñarnos; como mínimo, sobre la imposibilidad y la necesidad de pensar de una manera diferente”.