lunes, 18 de diciembre de 2017

Big Little Lies




         El western, el noir, la ciencia ficción tratan de nuestros ideales o de nuestros deseos, alientan lo bueno que creemos que hay dentro de nosotros, la comedia y el drama en general tratan de la realidad donde tienen lugar nuestra vida cotidiana, alegre a veces, triste y oscura otras. Big little lies es una comedia optimista, el coro alegre que canta otra vez a la vida, a pesar de los momentos oscuros y dramáticos, como en toda vida. Las protagonistas son mujeres, madres con hijos, que en segundo plano sobreviven a la pesada carga del hombre. Hace tiempo que las mujeres ya no son solo un bello objeto decorativo en las películas y en las series, ahora son las protagonistas. Godless y esta serie son dos buenos ejemplos. Pero ya no se trata solo de la lucha de sexos, los hombres que aparecen son buen ejemplo del actual papel del varón en el mundo: el macho que no se adapta y recurre a la violencia, el blandito incómodo en su papel, el triunfador que reconoce a la mujer como su igual si van de la mano, también de la lucha entre las propias mujeres para configurar el mundo a su gusto. La serie está muy bien hecha, es una delicia de vitalidad e inteligencia a la que contribuyen las actrices, el guión tan bien medido y la música, una auténtica delicia.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Autoridad



           No he visto muchos, pero los hay. Gente con lazos y bufanda amarillos, en un pack, lazos y bufanda. Gente de en la edad, mayor, pocos jóvenes. Es la prueba de que el 155 no ha ejercido su autoridad. Podría haberlo hecho pero ha preferido un ejercicio light, temeroso quizá. También es prueba de que el franquismo no ha vuelto como claman los indepes, si alguno les prestara crédito. Los que lo vivimos sabemos cómo ejercía la autoridad. El modo más contundente y efectivo era el ambiental, atmosférico, por decirlo así, que es como la autoridad domina el terreno y su ejercicio se hace duradero. Todo el mundo sabía qué era lo permitido y qué no. La mayor parte de la gente se atenía a ello, sin tenerlo presente en la conciencia, automatizado. Y luego lo transmitía e inculcaba, ocupase cada uno la parte que ocupase en el escalafón. No sucede de modo diferente ahora. El nacionalismo lleva ejerciendo su autoridad durante décadas, al menos desde que Pujol ascendió en el 82, aunque ya antes. Y sigue. El Estado no lo ha derrotado todavía. No ha impuesto la suya, su autoridad, porque no quiere o cree que no puede o no se atreve.


          Por la boca y los actos de cada uno habla la autoridad. No hay una autoridad única, hay unas cuantas identificables. Se podría rastrear los items, las construcciones, los modismos. De hecho las empresas que recopilan y analizan el big data lo saben, cómo pensamos, cómo actuamos, de qué hilos penden nuestras manifestaciones. Es un proyecto incumplido el de la Ilustración de hacer de las personas ciudadanos autónomos, responsables, capaces de pensar por sí mismos. Pongamos el oído. Por las bocas habla la convención, el mainstream, el trending topic, la autoridad.

martes, 12 de diciembre de 2017

La mirada de los peces, de Sergio del Molino


         Cada vez se resienten un poco más mis rodillas, cuando hago una ruta larga con la bici y subo una cuesta empinada o cuando voy al monte y hago más kilómetros de los previstos o voy demasiado rápido, como me gusta. Así me voy dando cuenta del inexorable paso del tiempo. También cuando vuelvo a ver a mis hijos y siento que cada vez les intereso menos, cada uno ocupado en sus cosas, en sus propios hijos. Hace tiempo que dejé de ser el demiurgo que estaba encima de ellos, protegiéndolos, vigilando sus pasos. Ahora ellos son el demiurgo, atentos a quien ellos creen que les necesita. Yo soy como un islote flotante, sin amarras, un poco perdido, aunque aún tenga de quien ocuparme, de entes más flotantes que yo. 

          Así este libro de Sergio del Molino que acabo de leer. Me resisto a verlo como una novela, aunque cualquier escritura es ficción, sea cual sea el tema, porque no entendemos nada si no enfocamos cualquier asunto como un relato y a las personas que aparecen, y los asuntos, como personajes atados a las reglas de la ficción. Del Molino se ocupa de su generación, cercana a los 40, cómo creció en un barrio de una ciudad de provincias, su música, sus libros, el amor imposible, siempre hay un amor imposible, aquellos que le ayudaron a ser quien es, si es que es alguien. Una biografía de su adolescencia y juventud, la suya y la de su generación. El punto de apoyo para construir su relato es un profesor de filosofía de instituto que alcanzó cierta relevancia en la breve marea del 15-M. Es el antagonista necesario para construir su propio personaje, la confrontación dialéctica con la generación que le precede. Ahí me he visto yo. Su punto de vista no es muy halagüeño, tampoco lo es el mío, sobre mí mismo y sobre lo que hayamos hecho cuando los teníamos en clase. Pero quién puede alardear. La vida es breve, pasamos un tiempo sobre el escenario ante de ser barridos por el olvido. El libro de Sergio del Molino es un libro necesario, el que todo el mundo debería escribir, aunque sólo fuera imaginariamente durante un par de tardes en la butaca del salón, mirando al horizonte a través de la ventana, reordenando recuerdos, desechando, resaltando, preservando algunos para decirse, antes de que sea demasiado tarde, que, después de todo, ha merecido la pena. Habiendo leído ya varios de tantos libros como han aflorado con el mismo tema, la conciencia de pertenecer a una generación sin conciencia de si misma, es el que más me ha gustado, porque está muy bien escrito, porque es sincero, lo que se puede decir de muy pocos, lo que no le ayudará demasiado en las ventas. Aúpa Sergio, ya llevas dos buenos libros.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Qué tal, cómo van las cosas



            Ha sido amable, iba al parkin pero ha pinchado en el 2, adonde yo iba.
Yo: ¿Qué tal, cómo van las cosas por aquí?
Vecino: Bien, ¿y por allí? ¿Nos quieren matar a todos los catalanes?
Yo: ¿Cómo?
           Río. Nos quedamos en silencio hasta que el ascensor llega al rellano donde yo me bajo.
Vecino: Si oyes las emisoras de allí, eso parece, que nos quieran matar.
           Yo aguantaba la puerta. No sé si me incluía entre los catalanes o entre los de allí.
Yo: No las escuches, no escuches las emisoras que no te gustan.
Vecino: Sí, claro, es lo que hay que hacer.
Yo: De todos modos hay radicales allí y radicales aquí.
Vecino: Eso es verdad.

           Ha puesto el dedo en el botón del parkin. He dejado que la puerta se cerrase.

domingo, 10 de diciembre de 2017

La librería


          Lo que Penelope Fitgerald propone en su novela es una historia simple, bastante previsible, la aventura de abrir una librería en un pequeño pueblo inglés a finales de los cincuenta, como medio para exponer las diferencias entre poderosos y gente de espíritu libre, entre explotadores y explotados, en sus palabras. La autora huye de los subrayados, va construyendo escenas en que nada parece trascender, justo lo contrario de lo que hace Isabel Coixet en su película. En esta, desde el primer momento está presente la moraleja, la caracterización de los personajes, la explicación de lo que sucede. Mientras que en la novela el lector va construyendo la historia en su lectura a partir de pequeños detalles, el espectador de La librería, tan solo tiene que asentir. Tan enfáticas son las escenas que hasta los actores ingleses se resienten de aquella naturalidad que se les supone. Mientras la lectura es ágil, la visión es morosa para que lo que es evidente penetre en la blanda percepción de aquellos a quienes no se cree capaces de separar lo correcto de lo incorrecto, los buenos sentimientos de los perversos. Pero lo peor, propio de la guionista no de la novela, son las frases redondas, para que el buen espectador salga reconfortado de la sala, del tipo: me habéis derrotado, pero nunca venceréis el coraje que llevo dentro.


               Hace una semana descarté La librería porque temía lo que me iba a encontrar para ver, en la sala de al lado, You Were Never Really Here, de la británica Lynne Ramsay, un thriller que debía ser apasionante. Nada de eso. La trama es confusa, la escenografía oscura y la interpretación de Joaquin Phoenix aparatosa, retorcida, sin que añada nada a la trama. Hoy he querido darle una oportunidad a Isabel Coixet. Las dos eran malas.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Sabores de España



"Europe wake up, democracy for Catalonia"

               En los primeros días del mes de septiembre de cada año, entre 1923 y 1938, una multitud acudía a Núremberg. ¿Cuánta gente participaba en esas grandes concentraciones? ¿Cuántos padres, madres e hijos, cuántos jóvenes acudían de buena fe, creyendo que hacían lo mejor? ¿Cuántos intelectuales, artistas, contribuyeron a crear una incontenible emoción, creyendo que colaboraban con la mejor causa? Cada una de las concentraciones tenía un lema, capaz de encender el entusiasmo de la gente. Estos fueron algunos: Congreso de la victoria, Congreso de la unidad y la fortaleza, Congreso de la libertad, Congreso del honor, Congreso del trabajo, Congreso de la Gran Alemania, Congreso de la Paz. Leni Riefenstahl hizo de ellos grandes, hermosas películas, como El triunfo de la voluntad. Este era otro de sus lemas: "Alemania despierta" ("Deutschland Erwache").

jueves, 7 de diciembre de 2017

Le crime du comte Neville, de Amelie Nothomb



         
          El Destino. ¿Puede uno escapar al designio de los hados? Henri Neville es un conde belga al final de una saga familiar. Su familia está en la ruina y no le queda otra que vender el castillo. Pero antes se prepara para la última gran fiesta de despedida. Al mismo tiempo una vidente le augura que en esa fiesta matará a un invitado. Para colmo, Neville bautizó a sus dos primeros hijos como Oreste y Èlectre, y aunque a su tercera hija no la bautizó como Iphigenie, sino como Serieuse, todo lleva a que en la familia se reproduzca la tragedia de los átridas. Neville será Agamenón y Seriese su Ifigenia. La predicción no dice a quien matará Henri, solo que será a un invitado, pero tras varios descartes y una larga conversación con su hija adolescente, Henri llega a la convicción, no razonada, de que es su deber, reforzado por su raigambre aristocrática, cumplir con el deseo de su hija. Esta historia, que sigue paso a paso el relato de El crimen de sir Arthur Saville, de Oscar Wilde, es un cuento moral, a medio camino entre los cuentos infantiles donde lo irracional está permitido y la tragedia clásica donde los personajes son el juguete de las fuerzas del destino. El humor, la burla, la ironía son los mecanismos que permiten que el lector pase por sus inconsecuencias sin grave contratiempo para la verosimilitud. Conviene pues leer a la par ambos relatos, en una mano a Wilde y en la otra a Nothomb, para apreciar como se desenvuelve cada uno en el género burlesco, con lo que el disfrute será mayor.

                Amelie Nothomb con una escritura ágil y aparentemente liviana va llevando de la comedia al destino trágico a unos personajes que viven en un mundo que no es el suyo o que está dejando de serlo, atendiendo a unas convenciones antiguas, las de la nobleza, desterradas del mundo moderno. En el contraste entre lo antiguo y lo moderno, entre las viejas convenciones basadas en el honor y el deber y las nuevas, las del lector, está la gracia que hace marchar esta comedia. Lo mejor, los diálogos entre padre e hija, tanto que es esperable que alguien se atreva a convertir esta deliciosa novela en una comedia que se represente en el teatro. En general, a Amelie Nothomb podría aplicársele lo que Borges decía de Oscar Wilde que, a diferencia de otros escritores que tratan de parecer profundos, Wilde esencialmente lo era, aunque trataba de parecer frívolo.