viernes, 21 de noviembre de 2014

Interstellar



            Siempre me ha gustado la ciencia ficción cuando detrás hay inteligencia, inteligencia imaginando el futuro. Los espacios, el tiempo, otras dimensiones, la fuerzas de la naturaleza comprendidas por el hombres y puestas a su disposición. Eso es Interestelar, la película de Cristopher Nolan como guionista y director. La Tierra ha sufrido una catástrofe y los hombres que la habitan están condenados a desaparecer, ya no hay ejércitos, ni armas, instrumentos de tecnología avanzada. La humanidad superviviente se dedica a la agricultura de subsistencia, aunque ésta también está condenada. Pero, a ocultas, en un recóndito lugar, la NASA trabaja para buscar una solución, un planeta en una lejana galaxia que reúna las condiciones para la vida. Hay un valiente y una misión, un viaje a través de un agujero de gusano que misteriosamente ha aparecido en las cercanías de Saturno. Hay la exploración de planetas posibles, combustible limitado en la nave, familias que se abandonan, traición y cobardía, suspense y todo lo demás. Incluso Nolan nos propone un dilema moral, si hay que anteponer la supervivencia individual, de la familia, de los vivos, a la de la especie. Y entrelaza el dilema con la propia trama, buscando la solución no las ecuaciones de los físicos, o no sólo, sino en las emociones humanas.

        Interestelar es un espectáculo del viejo cine, con mezcla de acción y sentimentalismo, sugestivas ideas sobre la gravitación y sobre la fuerza del amor, con buenos actores y gran producción, aunque en la busqueda de la espectacularidad, en la parte final, la fantasía de los guionistas vuela demasiado alto y lo que antes era verosímil deja de serlo. Las explicaciones de física teórica funcionan como el macguffin de Hitchcock, no es necesario entenderlas para disfrutar. Las tres horas que dura vuelan, que es lo mejor que se puede decir de una película.


martes, 18 de noviembre de 2014

Vacas, cerdos, guerras y brujas, de Marvin Harris


            ¿Por qué a los pueblos semitas se les prohíbe comer carne de cerdo? ¿Por qué la vaca es un animal sagrado para los hindúes? ¿Por qué se produjo el furor anti brujas a finales de la Edad Media y comienzos de la moderna en Europa? ¿Qué movía o mueve a la gente a poner su fe en mesías? ¿Por qué ciertas culturas son tan belicosas?
            Las explicaciones de Marvin Harris (MH) sobre periodos históricos, pueblos primitivos o formas de vida son sugestivas y plausibles. No acepta explicaciones que den crédito a lo irracional, a los tabúes religiosos, a las formas de conciencia diferentes, a cosmologías no occidentales. Debajo de cada enigma cultural hay condiciones materiales que lo hacen posible y lo pueden explicar, detrás de cada manifestación cultural decisiva hay una adaptación al medio, la mejor posible, la más eficiente. Esta es la pregunta, ¿cuáles son las causas materiales que se ocultan tras la aparente irracionalidad de los estilos de vida de las diversas formaciones culturales?

            Por ejemplo, en la sacralización de las vacas por los hindúes, según MH, hay un significado económico. Ese tipo de vaca –la vaca cebú, seca y estéril- es muy valiosa para un agricultor pobre en un contexto de sequía y escaseces periódicas, en un ecosistema con bajo consumo de energía con poco margen para el despilfarro. Además de para tracción, los bueyes, su boñiga sirve como fertilizante, combustible para cocinar y para recubrir el suelo del hogar, además de utilizar su carne y cuero, a escondidas, cuando muere, para venderlo a los intocables, a los cristianos o a los musulmanes. “El sacrificio masivo de ganado vacuno bajo la presión del hambre constituiría una amenaza mayor para el bienestar colectivo” que su sacrificio. “El amor a las vacas… protege al agricultor contra el cálculo, sólo racional a corto plazo”. “El valor calórico de lo que ha comido un animal (en EE UU ¾ de las tierras cultivadas se dedica al alimento del ganado) siempre es mucho mayor que el valor calórico de su cuerpo”, por lo que en el contexto hindú hay más calorías disponibles consumiendo directamente plantas. Además la vaca cebú no compite con el hombre en su alimentación porque devora desperdicios. Es pues, un sistema energéticamente eficiente: 17% en la India, donde nada se desperdicia, frente al 4% en el despilfarrador EEUU. Esta visión panglosiana de eficiencia energética de MH ha sido puesta en cuestión. Cada año sobran en la India varios millones de cabezas de ganado vacuno para su sacrificio y cuya carne se pone a la venta para los no hindúes. ¿No puede la India buscar otros sistemas que proporcionen más calorías y una vida mejor a sus masas de pobres?

            ¿Dónde reside el enigma del cerdo en Oriente Medio? ¿Hay una base naturalista de la prohibición: es perjudicial para la salud –triquinosis- o su fundamento es económico? Sin embargo, hay animales que ocasionan más problemas de salud que los cerdos. Es una razón de eficiencia económica, según MH: la cría de cerdos amenazaría la integridad del ecosistema natural –aridez y sequía- y cultural de Oriente Medio. Los cerdos son competidores del hombre en el tipo de alimentación, frente a ovejas y cabras que no lo son. Sin embargo, si la prohibición fuese una mera adaptación ecológica el paso del tiempo tendría algo que decir.

            La propensión judía a poner la fe en mesías militares vengativos para enfrentarse a imperios superiores, ya fuesen egipcios, asirios, babilonios o romanos, se debía a la creencia, indemostrable, de que podían vencerles. No vencieron, pero podían haberlo hecho, dice Marvin Harris. La rebelión continua durante 180 años contra los romanos era una adaptación al colonialismo, no una consecuencia del mesianismo. El propio Jesús era uno más de esos mesías guerreros. Vivió en el momento de mayor virulencia de la lucha contra los romanos y su destino no pudo separarse de los muchos mesías guerrilleros que se enfrentaron a los romanos. Su posterior conversión en un mesías pacífico se produjo en el contexto de la derrota de los judíos y la destrucción de Jerusalén en el año 70 dc. Pablo, un judío cosmopolita de origen sirio, con ciudadanía romana, fue quien produjo ese giro. Los evangelios, los Hechos de los Apóstoles están llenos de referencias y apoyos a dicha interpretación y Santiago, “el hermano del Señor”, jefe de la comuna de Jerusalén en los primeros tiempos del cristianismo, el mayor ejemplo para mantener el espíritu de Jesús como mesías guerrero, en contraposición a Pablo y a los judíos cristianos que vivían en Roma, que se estaban adaptando a la nueva situación, la victoria romana y la caída de Jerusalén.

            Cómo explicar el estado de guerra continuo de los Yanomamo contra sus vecinos, ¿para capturar mujeres? MH dice que hay una explicación mejor, inician la guerra cuando se han comido el bosque –los animales- y les faltan proteínas. La guerra para ellos es una competencia brutal por la caza y los territorios. Los varones son preparados para la guerra, las mujeres para la cobardía. La mujer raptada tras la guerra es la recompensa para los guerreros, pero el elemento clave es la alimentación.

            ¿Por qué en unos pueblos domina la reciprocidad y en otros la redistribución? Es una cuestión de disponibilidad de recursos. Entre los bosquimanos lo que un hombre ha cazado se reparte entre todos y se rebaja su valor porque nadie es más que nadie y para cazar no más de lo que se necesita para mantener el equilibrio con el entorno. Incluso en aquellas sociedades en las que predomina el potlatch, los grandes banquetes derivan de la necesidad de una redistribución que asegure la vida de la región. El prestigio alcanzado por el gran hombre que ejecuta el potlatch es una consecuencia. El mito del cargo en Nueva Guinea, la idea de que ha de llegar un gran cargamento de bienes en un buque o en un avión enviado por los antepasados, tiene una explicación igualmente material, la de participar de las riquezas de los blancos a la que los nativos tienen derecho por su trabajo.

            Quizá la explicación más discutible sea la de ver la gran obsesión contra las brujas de finales de la Edad Media y comienzos de la Moderna como una creación de las autoridades religiosas para controlar a las masas depauperadas ante los cambios económicos que se estaban produciendo, el ocaso del feudalismo y el surgimiento del comercio y los mercados, y su consecuencia la agitación militar mesiánica (flagelantes, husitas, los campesinos de Thomas Muntzer, anabaptistas, voluntarios de Cromwell) contra el monopolio de poder y riqueza de las clases altas. Una explicación que se acerca a las teorías conspiranoicas de la historia. La inquisición no fue creada para combatir a las brujas, dice MH, no era sólo un sistema represivo -500.000 muertes entre los siglos XIII y XVII-, sino una organización para crear esa locura anti brujas, para hacer verosímil la brujería, para manipular las conciencias: “Los pobres llegaron a creer que eran víctimas de brujas y diablos en vez de príncipes y papas”, desplazando así la responsabilidad de la crisis.

            MH privilegia la explicación material sobre cualquier otra y las pruebas que aduce son ejemplos concretos, casos particulares, sin ofrecer datos cuantitativos que permitan una explicación general. Si el materialismo es el hilo que unifica, la explicación privilegiada para tan diversos enigmas en el comportamiento humano en diversas etapas históricas, el libro adolece de un cierto didactismo que acaba en una reconvención moral: “La expansión de la objetividad científica en el dominio de los enigmas de los estilos de vida como imperativo moral”. A esa conclusión llega tras su último estudio sobre Las enseñanzas de Don Juan, de Castaneda. Estudio que le sirve para criticar acerbamente al movimiento contracultural de los setenta –tan próximo al mundo de la brujería, pero ahora como “fuente respetable de excitación”- y que serviría igual para criticar el relativismo multicultural que le siguió. MH afirma que Castaneda/Don Juan no esclarece nada, sino que la “realidad aparte” de Don Juan no es extraña a los pueblos occidentales. “Es totalmente imposible subvertir el conocimiento objetivo sin subvertir la base de los juicios morales”. “La conciencia solo se cambia alterando las condiciones materiales de ésta”.


            MH publicó su libro en 1974, demasiado distante en un tiempo en que la metodología se ha afinado tanto, estrechando los límites de lo que se considera disciplina científica, más teniendo en cuenta la falta de paradigma que unifique la antropología. Rigor científico que MH pedía pero no muchos de los actuales etnólogos que se conforman con que la antropología se considere un difuso saber humanístico. Se han criticado sus análisis por privilegiar una explicación –la adaptación ecológica- sobre otras, así como la imprecisa definición de conceptos como adaptación o eficiencia energética o que diera el protagonismo al ecosistema o al grupo por encima del individuo, cuando la selección natural opera sobre éste y no sobre aquellos. Pero MH abrió la mente de una generación, mostrando posibilidades que se nos escapan por encima de lo que parece evidente. Si MH viviera aceptaría las críticas que se han hecho de sus estudios, porque, frente a la antropología posmoderna y al multiculturalismo, establecía una relación estrecha entre el conocimiento objetivo y cierto y los valores morales.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Adiós a la ciudad


      Hace un par de días fui allí donde la ciudad de forma natural termina, a la confluencia del Pisuerga con el Duero, cuando ya sabía que me iba, que dejaba esta ciudad quizá para siempre, como he dejado otras. Y ya la estoy añorando, tras haberme costado tanto hacerme con ella. Los amarillos y ocres ya se han impuesto en sus riberas, en los álamos y chopos, fresnos y saúcos, un escalón por debajo de los maizales encharcados. Las aguas del primero fluyen con violencia, precipitándose por el azud sobre la mansa corriente del Duero, ayudadas por las lluvias de estos días pero también por el salto que han de dar para rebajarse al gran río que va agrandando su caudal hasta Oporto con grandes afluencias como la cercana del Adaja. En la gran charca que se forma en la confluencia se desliza una bandada de cormoranes que caminan sobre el agua, un juego de aprendizaje de las criaturas jóvenes, hasta que intuyen la presencia humana. Son unos cuantos kilómetros desde el centro de la ciudad, mucho más allá del límite administrativo del municipio, más allá de Arroyo, sobrapasado el cerro de Simancas, hasta la pequeña Pesqueruela, pero es por ahí por donde se va, la ciudad y su río, en su actual indefinición, buscando vestigios del pasado, motivos para su difícil preeminencia, el enganche con el río que enhebra la comunidad de la que quiere ser capital, los legajos guardados en Simancas que le dan empaque, brillo de la apagada gloria, cuando pudo ser lo que no ha llegado a ser, tan bien visto en esa exposición actual, tras los lienzos blancos del castillo de Simancas, de las embajadas Tensho y Keicho que abrían la posibilidad del comercio con Japón, en época de los Felipes y que se quedaron en nada.

       Salgo hoy en la otra dirección, elevándome por uno de sus cerros, avistando todos los demás, los que conforman ese abanico que la define en un mapa, hacia la confluencia del Carrión con el Pisuerga y más allá, donde lo busca el Arlanzón, hacia otra ciudad castellana, húmeda y fría, donde no me gustaría vivir pero donde he de vivir, al menos por un tiempo, una ciudad que nunca me ha dejado aunque tantas veces he renunciado a ella. Los alisos y chopos, los fresnos y arces encienden la llanura aluvial. En los surcos de las tierras ocres y rojizas, levantados en las últimas semanas brota el mortecino fulgor del agua que cae. No hay cielo esta mañana, sólo una uniforme masa gris que quita al espacio su extensión, esa cualidad que hace de Castilla un territorio único, tan cercano a la abstracción.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Camino. Final



     Vuelvo en tren, reconozco los lugares por los que he pasado, los ríos, los montes y llanuras, ciudades y pueblos. Recuerdo ya lo que he vivido tan despojadamente, tan sin pensar en que quedase huella, albergues, restaurantes y tiendas, personas con las que he caminado, un tiempo que ha sido completo, sin que le faltase o sobrase algo y que ahora añoro, que ya pienso en volver a repetir. Pensaba haber hecho el viaje solo, un viaje interior, volé en las subida a los Pirineos, pero una pareja tan rápida como yo se me fue pegando a los talones, Ian y Xavi. Caminamos juntos hasta Logroño. Antes se nos unieron y nos dejaron Patxi y Blanca, vasco y gallega de Oiartzun. Daniel, el cocinero sin nada en el bolsillo, que nos acompañaba hasta que se le cruzaban los cables y cogía un bus o hacía autoestop. José Luis llegando a Vilafranca Montes de Oca y abandonando en Burgos. Cristian se nos unió en Hontanas, Juanpa en Boadilla, lo dejamos en Molinaseca, junto al hermoso puente sobre el río Meruelo. En Foncebadón, Carlos, que llegó hasta el fin de la tierra, un poco después, en Barbedelo, Javier, xarnegos hasta el tuétano. En Santiago, Fran y José, el leonés. Y a lo largo del camino, Allegra, la joven italiana llena de tatuajes, y Sarah, la chica de Ohio que hablaba español que una noche, en Hontanas, vino conmigo y con Homer, el isrealí, a ver las estrellas, y Felipe que quería ver el botafumeiro en acción y no lo consiguió, el padre coreano tan efusivo, el japonés solitario, la alemana de Friburgo que llevaba tres meses viajando, y la Heildelberg con su mochilón, el italiano que tenía los calcetines como los míos, Luis, el mexicano que desayunaba con botellines Benjamin y se dormía con el réquiem de Mozart, el joven hermético húngaro, siempre con una bolsa en una mano y una escueta mochila -¿dónde dormía?-, la eslovena y sus amigos holandeses, el irlandés y las chicas de Alaska, la cubana y la murciana amigas, el ángel de Samos, David que lleva cinco años en su Casa de los dioses y tantos otros. Dejaron huella los hospitaleros de Estella, de Bercianos, de Foncebadón y mucha gente anónima con la que me hubiese gustado intimar, como la sueca con la que conversé una mañana en San Martín del Camino.

      El camino proporciona una inusitada sensación de libertad. Creo que eso es lo que mueve a la gente. La condición es comenzarlo a solas, sin miedo, la compañía vendrá sobre la marcha. También realizarlo de una vez y completo para que puedan cumplirse los plazos de la liberación. Constreñidos por la maraña de normas y obligaciones, de deudas y lazos, de costumbres y afectos, la vida del hombre social es un intricado dédalo en el que nos falta el aire. Vivir un mes en la burbuja del camino proporciona la ilusión de un nuevo comienzo, la fe en la construcción de un hombre nuevo. He conocido a muchos que acababan de vivir un acontecimiento traumático, otros lo tenían en el pasado remoto aunque seguía actuando en ellos. De la mayoría se podría decir que sus vidas no eran felices. Lo propio del camino es caminar con el único objetivo de llegar al punto prefijado, se van consumiendo etapas con ritmo vivo o más lento, saludando o conversando con aquellos que se va encontrando. Si la conversación prende o la persona tiene atractivos se amoldan los pasos y se viaja juntos. Se para en algún bar o en un paraje hermoso, se continúa conversando al llegar a destino, ante un menú barato o se compra en un súper para hacer la cena juntos si el albergue dispone de cocina y menaje. Por la tarde, tras la siesta, se pasea por el pueblo o la ciudad a la que se ha llegado o, simplemente, se departe de nuevo ante una cerveza dejando pasar las horas. Se habla en diversos idiomas, de preferencia en inglés, pasando de forma natural de uno a otro. La conversación es diversa, aunque se prefieren temas y anécdotas del camino, gente peculiar que se ha conocido, historias que se han oído y se repiten sin cesar. Los temas políticos y futbolísticos no dan mucho juego, aburren por lo general, porque ese es uno de los asuntos de la vida rutinaria de los que se está huyendo. Junto a la libertad, la fraternidad es otra de las sensaciones fuertes. No sólo camaradería, se crean fuertes vínculos con la gente con la que se camina. La sonrisa salta cuando se vuelve a encontrar a gente que se había dejado atrás. Se producen grandes abrazos, aunque me temo que fuera de la burbuja del camino, de vuelta a la vida cotidiana todo eso se evapore. Se forman parejas, unas fugaces, otras más duraderas. Hay bastantes negocios, bares y restaurantes y albergues, llevados por gente atrapada en el camino, como el bar de la alicantina y el croata a la entrada de Bercianos, pero me temo que todos tengan plazo de caducidad.

    Desde este punto de vista son gente extraña o directamente extraterrestres aquellos que hacen el camino por tramos, de año en año, los que lo hacen en familia o en pareja cerrada, los roqueñamente solitarios, los que envían sus mochilas en taxi, los que reservan en hoteles. Recuerdo a una pareja de escoceses antindependencia de impoluto vestuario y cabello dorado moldeado, a la entrada de Logroño, con una ligera bolsa de diseño en la espalda ella, empujando la puerta de un hotel de tres estrellas. O a los primeros compañeros de Javier, un juez de menores, un directivo de multinacional y otro de conservas, cuyas mochilas transportaba una furgoneta, alojándose en Astorga en un hotel de cuatro estrellas, eso que su camino no pasaba de cinco días. En el camino también hay clases, aunque cualitativamente invertidas.

    El camino como burbuja es propenso a la ensoñación y a la utopía. La idea de que con poco se puede vivir, que se puede prescindir de casi todo lo que ofrece el capitalismo, la sociedad consumista, de que otro mundo es posible. Mucha gente atrapada en el territorio del camino juega con esa idea, algunos con buena fe, otros como gancho comercial. Albergues nueva era, tiendas verdes, eslóganes veganos. No suelen ser los más baratos. Recuerdo a una mujer en Murias de Rechivaldo que a todo el mundo trataba de usted, lleno su restaurante de lujuriosas tentaciones, por cuya boca salían sapos contra el poder y cuya despedida era un grito por "El salario social, la renta básica", que me cobró cuatro euros cincuenta por un café y una tostada. En las conversaciones, tras las cenas comunitarias, en los albergues parroquiales, sale de forma invariable el asunto de que estamos demostrando que con poco se puede vivir. Lo verdad es que no es del todo cierto. Son pocos los albergues que piden la voluntad como donativo y en algunos hasta ésta está reglamentada en cinco o seis euros. En los privados hay que pagar 10 o 12 euros. A eso hay que añadir otros 10 0 12 por el llamado menú del peregrino, los cafés y bocatas que se toman durante la jornada, más lo que se gasta en la cena, ya sea preparada con lo que se compra en los súper u otra vez de menú en un restaurante. Cada jornada no se hace por menos de 30 euros. Multiplíquese por los treinta días que dura el camino y añádanse los extras. No parece que sea una peregrinación para pobres, aunque hay gente que lo es o lo parece y otros que viajan sin un euro a cuenta de las amistades que van haciendo o de la cara de niño desvalido que ponen ante los hospitaleros. Aunque es cierto que hay individuos fantasmas a los que se ve en el camino pero nunca en los albergues.

       Y los romeros peregrinos, ¿dónde están? Los auténticos caminantes cuyo viaje es espiritual existen, pero son minoría, pasan desapercibidos entre la multitud de los hedonistas y los atletas. No tienen prisa, manejan gruesos diarios en los que escriben durante horas, acuden a la misa de peregrinos en cada localidad donde la haya, visitan ermitas, iglesias, lugares sagrados, son frugales, sonrientes, tímidos y se paran en Santiago, no siguen más allá. Lamento no haberme acercado a ellos, no haber compartido sus inquietudes.

      Restado todo eso, si es que hay que restar, el camino es fuente de inagotables experiencias, un modo no demasiado costoso de reencontrarse a sí mismo, de huir del agobio de la cotidianidad, una terapia sin igual. No hay terapia psicológica que se le resista, que resulte más barata y más efectiva. Yo recetaría un camino, al menos una vez en la vida, si es posible uno por década, a partir de los treinta, para solventar las sucesivas crisis. Y hay caminos para dar y tomar: septentrionales y meridionales, orientales y franceses y el propio camino que cada cual se pueda construir. Y múltiples modos de hacerlo: andando, que yo aconsejaría siempre la primera vez, en bici, a caballo. También hay, como he comprobado, quien lo hace en bus o en furgoneta. Me hubiera gustado vivir la experiencia de la que habla Jean-Cristophe Rufin en su libro pero no lo he logrado. Tendré que volver a hacer el camino con otra actitud. Lo haré.

     Y una cosa sorprendente, extraordinaria, el descubrimiento jubiloso de que caminando se puede llegar a cualquier parte.
 

sábado, 8 de noviembre de 2014

Camino. Santiago



       De Fisterra a Santiago. Este día también habría sido terrible. Llueve con saña, sin cesar, pero ahora viajo a cubierto en un autobús que va hacia La Coruña, que me deja en Baio para tomar otro que me lleve a Santiago. Vuelvo de nuevo a la hospedería. Paso el día con Javier. Carlos ya viaja hacia Getafe y Fran busca un coche de alquiler para ir al encuentro de una amiga. Comemos temprano en el menú -cocido gallego- que ofrece gratis para diez peregrinos el parador, junto a una chica de Boston que está viviendo su año sabático, como tantos americanos. Por la tarde me acerco a La Cidade de la Cultura, el faraónico proyecto de Fraga a cuenta de las arcas del Estado. Mi primera impresión es de ruina apocalíptica, cercado por una ominosa nube que no tardará en descargar. Enormes edificios de cristal y piedra, vacíos, cerrados, oscuros, que dibujan curvas gigantes, con grandes espacios vacíos entre ellos y un enorme socavón lleno de agua. Trasteo con las puertas -otra gente lo hace como yo- pero ninguna cede. No hay manera de resguardarse del aguacero. Por fin encuentro una puerta abierta, un espacio iluminado y un hombre que atiende. Le pregunto qué se puede visitar puesto que todo parece cerrado. Me dice que hay una visita guiada más tarde, que me apunte. Lo hago. Accedo a la gigantesca biblioteca blanca como Jonás al interior de la ballena, donde algunos estudiantes minúsculos están aplastados por el silencio. En el apartado de las enciclopedias busco Camino de Santiago, Espasa, Planeta, la gallega, ninguna tiene una entrada al respeto. Cómo es posible. La visita la conduce el hombre que me ha atendido, amable, solícito y bien informado. Me acompañan, un hombre gallego y su pareja y un arquitecto sudamericano, que vive en Montpellier y que recalca ha venido expresamente, y su pareja. El guía es prolijo en la exposición: el gran concurso internacional, los grandes arquitectos y sus inmejorables proyectos, el triunfo de Eisenman y su escaso impacto visual, algo que niega la evidencia. Una obra que se adapta a las necesidades culturales de Galicia. El coste. La necesidad de concluirla. ¿Cómo podría faltar en el sudeste un gran palacio de ópera? Tarde o temprano se completará. Santiago tiene 60.000 habitantes y otros tantos si se añaden los estudiantes. ¿Hay población para tan magna obra? La obra me parece poco funcional, los espacios que el arquitecto americano ha generado son enormes, cómo darles un uso eficiente, cómo hacerlos socialmente rentables. De hecho en este sábado de noviembre todo está cerrado, salvo la biblioteca. Todos los males se solucionarían si se acabase la obra, según el guía, pero ¡ay! se ha acabado el dinero. Y lo peor de todo, los accesos. Sólo se puede venir desde Santiago en coche particular porque el autobus público tiene horarios imposible. Para venir andando, como yo he hecho bajo la lluvia, hay que dar un enorme rodeo de 45 minutos, ida y vuelta. Lo dicho, una obra funeraria a mayor gloria de su extinto patrón. Y otra cosa curiosa, a cuanto peregrino se lo he comentado desconoce que exista esta grandiosa arquitectura que quiere competir con la catedral.

      Apenas tengo conciencia de que se haya acabado el viaje. De vuelta a la hospedería vuelvo a ver la vieira marcando el camino en el suelo brillante y resbaladizo del anochecer, algunos peregrinos rezagados, siempre bajo la lluvia. Mientras ceno hablo del viaje con Javier, le recuerdo mis cuatro semanas, aunque ya he sobrepasado la quinta. Mi experiencia contradice la de Jean-Cristophe Rufin en su El camino inmortal. La primera semana es la del dolor. Todo el mundo pendiente de los pies, de las rodillas, de la cadera, músculos y tendones, ampollas y rozaduras. Se intercambian recetas, trucos para caminar o llevar la mochila, se alardea de dónde se ha comenzado el camino. La segunda es la del hedonismo. Al paso por la Rioja se consumen grandes cantidades de vino, de queso y de jamón. Se hacen amistades jaraneras de las que es difícil librarse. La tercera es la de la introspección. A ello ayuda la llanura castellana, los profundos horizontes, los senderos rectilíneos, el silencio del amanecer. Por fín, sucede el síndrome de la cuarta semana, el ansia por llegar cuanto antes a Santiago, sin una razón que explique ese desasosiego. Cada uno vive su propio camino, este es el que yo he vivido.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Camino 32


   De Olveiroa a Fisterra. El sol entra limpio por el este de la bahía de Corcubión. Apenas unos jirones blancos en el horizonte. Seguimos las flechas amarillas durante unos kms de costa hasta enfilar de nuevo hacia arriba. En Galicia apenas hay tramos rectos y llanos, se sube y se baja continuamente. Cinco kms más y alborea el faro de Fisterra. La larga playa de Fisterra, junto a San Roque, se abre entre pinos y bajo matorral. Descendemos por una senda retorcida con el rostro iluminado. Saludamos a todo el que encontramos en la playa y le contamos nuestra peripecia, el agua, el sol de este día, los kms. Algunos se paran a hablar con nosotros, más interesados en saber de dónde procedemos que en nuestras recientes penurias. En el primer bar nos tomamos una cerveza portuguesa muy rica, una Super Bock. En el concello nos dicen que ellos no tramitan el certificado, que hemos de esperar a que abra el albergue. Comenzamos la ascención de los últimos tres kilómetros y medio, estos sí los definitivos. Con ímpetu desafotrado, toma Carlos la delantera, imponiendo un ritmo infernal, como si estuviese a punto de perder el alma. Este hombre compite hasta durmiendo. Cada uno subimos al ritmo que podemos, algo avergonzados por haber hecho la última artera trampa. Llovió tanto ayer, tanto tanto, tan empapados de arriba abajo que en la charla de la tarde en el albergue, junto al fuego, sólo había derrota y ganas de acabar cuanto antes. Hasta José, el leonés curtido que hemos conocido en el camino hacia Fisterra, subrayaba sus comentarios con un "Antes la salud". Se nos abrió una ventana cuando la hospitalera nos informó que quizá, al día siguiente, por hoy, habría un bus a las siete y media de la mañana, un bus que lleva a estudiantes a Cee y sólo los días de diario. Nos agarramos todos a ese clavo y decidimos saltarnos ese tramo de etapa, la única concesión que nos habíamos permitido. Estuvimos esperando tres cuartos de hora, crecientemente angustiados por si la información de la hostelera no había sido buena. Nadie soportaría otro chaparrón. Pero fueron llegando algunos estudiantes y una pareja de coreanos. El día, sin embargo, aparece deslumbrante y el paisaje primero en bus hasta Cee y luego por la costa de Corcubión, a pie, y por el bosque ondulante hasta Fisterra, con la humedad que asciende del suelo y las nubes que se abren a una claridad cegadora para hacer los últimos kilómetros del viaje. En la punta de Fisterra exultamos de júbilo. Grita Carlos y grito yo. Quemamos algunas prendas para cumplir con el ritual, ofrecemos el rostro a la caricia del sol, perdemos la vista en el insondable océano, nos fotografiamos jubilosos. Toda ha terminado. Lo celebramos con una mariscada en El Percebe.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Camino 31


       De Negreira a Olveiroa. Hasta Vilaserío el cielo ha sido benigno, con lluvia soportable y tiempo para los comentarios. Durante algunos kms, Fran ha caminado con nosotros, pero sus cortos isquiotibiales tocados le han ido retrasando. De nada le sirve haber competido en triatlón. Ya nos ha avisado la señora del bar donde hemos desayunado, lloverá. Lo que no preveíamos es que iba a llover como lo ha hecho, con furia incontenible, racheada, imposible de contener con nada. Otra vez hemos llegado, tras otra kilometrada, empapados de arriba abajo y machacados. El albergue de Olveiroa, viejo y con servicios muy limitados, sin lavadora ni secadora, ducha templada y calefacción muy baja nos recibe desierto, sin nadie que lo atienda, frío, húmedo, inhóspito. En la calle sigue lloviendo con intermitente intensidad. En el albergue privado donde se instalan los peregrinos extranjeros -los italianos, la alemana, coreanos- tomamos una comida igualmente desangelada. Vemos llegar chorreando a una pareja que parecen portugueses. Visten con ropas de a diario, vaqueros, zapatos tipo mocasín, trencas de algodón y mochilas normales. Cómo se puede hacer el camino de esa manera. Piden una copa de albariño, luego otra y otra. No aparentan estar preocupados por la caladura.

     Menos mal que en el albergue había una chimenea que encendemos con la madera que pillamos. De ese modo hemos podido secar botas y la ropa. Fran, Carlos, Javier, José y yo, los únicos albergados, trabamos conversación  junto al fuego. José, el leonés solitario, parece una caricatura sacada de un cómic, encorvado, con enormes botas y sombrero y una nariz superlativa. Permanece mudo y quieto como una roca del lugar. Recordamos anécdotas del camino, personajes memorables, lugares infectos, comidas buenas y malas, el extraño virus que tantos cogimos en Boadilla. Sale el tema de los ronquidos a propósito de la pareja solouense de la pasada noche. Yo no me enteré pero Carlos y Javier no pudieron conciliar el sueño porque el hombre roncaba sin descanso. Les hablé del mexicano de Roncesvalles y sus ronquidos tronadores, a quien la gente zarandeaba para que recobrase la calma. Es lo que tiene el camino, salta José saliendo de su contención, los dormitorios comunes, las literas. Al que no le guste que se quede en casa. Poco a poco va elevando el tono de voz, hasta que prende en él una extraña furia. También a él le han zarandeado y a punto estuvo de liarse con un coreano que le despertó. Asentimos, corroboramos, no osamos interrumpir su discurso, dejamos que se desahogue, tragándonos las chanzas y burlas que acabábamos de hacer sobre los grandes roncadores. Con la vista clavada en las llamas que se van atenuando, en las brasas grises y rojizas, sentimos zumbar sobre nuestras cabezas la ira de José hasta que ésta también se apaga. Hay un largo momento de silencio. Después se descalza sus enormes botas, las pone cerca del fuego y de pie como si fuese un tendedero ofrece sus pantalones y camisa mojados al calor del hogar.