lunes, 20 de abril de 2015

Algo más que lamento

 


            ¿Podemos hacer algo más que lamentarnos? Sí, podemos usar el zurriago para machacar nuestras espaldas y hacer ver lo culpables que nos sentimos. Es lo que hace el cura Paco, Rajoy y otras autoridades europeas, que añaden: “Hay que hacer algo”, aunque no vayan más allá de crear una comisión. Desde luego la gente de buena fe y quien no sustituye el frío pensamiento por el calórico sentimentalismo trata de buscar respuestas a un asunto tan complejo como la inmigración. Lo más urgente es plantear las preguntas adecuadas, pero ahora mismo no estamos seguros de cuáles son las preguntas correctas. Tenemos unos cuantos principios a los que no estamos dispuestos a renunciar, pero una visión desapasionada nos muestra que pueden ser antagónicos: Igualdad de la especie humana, libertad de movimiento, viabilidad del estado de bienestar, disponibilidad de recursos, democracia, liberalismo y muchos más. ¿Seremos capaces de combinarlos en una visión unificada? Pongámonos a ello. Si la sociedad fuera simple y la política fácil no necesitaríamos votar a nuestros representantes, en las muchas instituciones que hay en Europa, que además cobran por su trabajo con dinero y honores.

domingo, 19 de abril de 2015

“Chano & Josele”

Chano Domínguez & Niño Josele  //

           Si algo reprocharía a Chano Domínguez y al Niño Josele es que su concierto no dure más, aunque hora y media puede parecer mucho, pero es que lo suyo no tiene desperdicio y uno no se cansaría nunca de escucharlos, solos o a duo. Una maravilla esta experiencia en la que les ha embarcado Fernando Trueba, “Chano & Josele”, con piezas como Django, de los Beatles, algunas sacadas de la música del cine (Mancini, Legrand), otras de la música brasileira (Jobim o Chiquinha Gonzaga), de cosecha propia o con propinas de Paco de Lucía, en este flamenco jazzístico o jazz aflamencado. ¿Cómo se puede tocar tan bien y tan conjuntadamente. Si van por tu barrio o por tu ciudad, no te los pierdas. O cómprate el disco.

viernes, 17 de abril de 2015

Cuentos de los días raros, de José María Merino



              1. Celina y Nelima. Souto es un profesor que desvaría. Compadecida, Celina, una estudiante, lo busca, le ayuda y le ofrece su casa. Con unos técnicos, Souto instala un programa en su ordenador, Nelima. Cada vez más obsesionado, al profesor no le interesa otra cosa que estar con Nelima, excusándose cada noche ante Celina. Celina, cansada de tanta desatención, arroja el ordenador por la ventana. (Antecedente de Her).

2. En Mundo Baldería, El narrador es un agente de bolsa insatisfecho en la época de la guerra de Irak. De vez en cuando, en sueños, Lito, un antiguo compañero, mal estudiante, se le aparece para que le consiga los libros de la saga de CF Mundo Baldería, de vital importancia para sobrevivir en su feliz mundo amenazado donde ahora habita. ¿Cómo trasplantarse a ese mundo misterioso? No es difícil, el narrador lo logra, simplemente, pensando en que quiere ir, a condición de que sea desde ciertos lugares de Madrid. Por ejemplo desde una puerta de acceso al estadio Santiago Bernabéu.

3. Sinara, cúpulas malvas. (Bonito título para un relato muy bien escrito, barroco y limpio, como una pequeña novela de aprendizaje)
            Víctor vive en una pensión madrileña. Con un par de amigos, va de vinos por las tabernas de Madrid. En la pensión también habitan cinco chicas de danza española que trabajan en un cabaret. Con una de ella, Albina, tontea, se miran, se besan a hurtadillas,  hasta que un día les pillan en la cama. Ella decide irse fuera de España, le pide a Víctor que le acompañe, pero él no se decide. De mayor, es un camionero nostálgico, que en el norte de África, un día, en Sinara, de cúpulas malvas, cree entrever a Albina.

4. La memoria tramposa. Es nochebuena. Marcelo regresa a casa quince años después, desde Australia. Pronto, muestra pensamientos erráticos: ¿Dónde está Emilina?, pregunta. Nadie la conoce. Son tres hermanos, el narrador, casado y con dos hijos. El menor, Ramón, que limpia una escopeta. Marcelo coge los cañones y apuntando a un sofá vacío, dice: “Maté a Emilina porque alguien había dejado la escopeta cargada sin yo saberlo”. Aquella noche desaparece antes de la cena. 15 años después nadie sabe nada de él.

5. All you need is love. Tres músicos (violín, gaita y marimba) tocan en un pasillo del metro de Madrid, en la estación de Príncipe de Vergara. Cuando tocan All you need is love, se produce un prodigio, los transeúntes se paralizan y ante los músicos aparece un paisaje bucólico: colinas verdes, praderas, una laguna. Siempre que tocan esa pieza vuelve a suceder.

6. Los días torcidos. La abuela se queda encamada ciertos días, los días torcidos. Piensa que va pasar algo malo. Hay signos en el aire: sol pálido, nubes de mal agüero, no hay sombras. Explica a sus nietas que cuando eso le ha sucedido otras veces era el preludio de algo malo, como cuando una niña se ahogó en un estanque. Pero nadie logra dar cuenta de esa niña. Un día de esos torcidos, Fausti, una amiga del pueblo, es golpeada hasta morir por su hijo drogadicto. Muchos años después, Alicia y Raquel despiertan con los signos de uno de esos días torcidos. Pronto, echan de menos a Sonia, la hija de cinco años de Alicia. Corren hacia el estanque.

7. En Papilio Síderum el narrador, un profesor de literatura, explica a sus alumnos la diferencia entre sueño y realidad a partir de dos cuentos, uno chino en el que al despertar el protagonista no sabe si es mariposa que se sueña hombre u hombre que se sueña mariposa, y el famoso, Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. así como el comienzo de La metamorfosis de Kafka. Es el año del cometa, el año en que el narrador y su prima Elisa nacieran. 26 años después, en el siguiente paso del cometa, ambos primos vuelven a encontrarse. Esa noche los dos copulan y llegada la hora Elisa convence al narrador para emprender el vuelo hacia el cometa, debidamente transformados en mariposas. Pero el narrador no tiene voluntad suficiente para elevarse y se despierta humano aunque dolorido en la terraza de su casa.


8. El inocente. Un profesor, saltándose el programa, decide contar una historia de cuando él era estudiante. La historia de Fidelín, el hermano inocente de un amigo suyo. Un día hacen una acampada en las Médulas. La noche, el claro de luna, Fidelín que escapa de la tienda y los amigos que le buscan sin éxito. Cuando aparece dice haber encontrado el oro, el oro de las Médulas: las cajas donde los romanos lo guardaban, custodiado por soldados que a él no lo veían. Y para demostrar que era cierto lo que cuenta les da una pepita de oro a cada uno de los amigos. El profe, ante los alumnos incrédulos, les muestra la pepita engastada en la cadena que lleva al cuello.

9. En Maniobras nocturnas el padre anciano, con problemas de memoria, recuerda ante sus hijas y yerno un episodio de la mili, encuadrado en un curioso regimiento de bicis. Castigado sin permisos, él ansiaba reunirse con Visi, su novia de entonces y madre de sus hijas, que vivía en un pueblo cercano. Mientras el padre va contando, su memoria se rebela y revela: no se trataba de Visi sino de su prima Charo con quien iba a encontrarse. Así que lo que cuenta y lo que recuerda no acaban de concordar: oculta su relación con Charo. En unas maniobras nocturnas, recibe una nota de Visi, en realidad de Charo, que le advierte que la regla no le baja. Alarmado el padre escapa de las maniobras con su bici reglamentaria. Tras sudorosa peripecia ciclista, Charo le dice que ha sido una falsa alarma. Es la ocasión para dejar a Charo por Visi. Vuelve a las maniobras y se convierte más o menos en un héroe.

10. La casa feliz. El doctor Zapater, que atiende la salud mental de sus vecinos, sale una mañana alegre de casa y para su sorpresa se topa en el abandonado solar de al lado con una casa nueva que no estaba el día anterior. Nadie habita en ella pero inunda los alrededores de felicidad. En un congreso de médicos, más tarde, un compañero relata la extraña desaparición de una casa del barrio: la de una pareja que había puesto toda su ilusión en construirla. Lo consiguen, pero al poco, uno detrás de otro, fallecen. De vuelta, el doctor Zapater se empeña en comprar la casa de la felicidad para su familia y el municipio en derribarla. Pero antes de que cada parte consiga su objetivo la casa desaparece.

11. En El fumador que acecha vuelve a aparecer el profesor Souto, convaleciente  de su mal informático, de vuelta en la Universidad. Nada más llegar al Departamento se topa con un nuevo mal, la irresistible tentación de volver a su deleitosa pero dañina afición al tabaco. Siente que dentro de sí está al acecho su otro yo, el fumador acechante, pero sabe que si cede volverán las toses y las neuralgias. Tiene un plan para deshacerse de su obsesivo huésped: atiborrarse un día a tabaco, arrellanado en su sofá, mientras corrige exámenes. Cuando el fumador acechante se confía, coge la reproducción de un ánfora griega que tiene en casa y tras una calada descomunal expulsa el humo con gran fuerza y con él al fumador acechante. Y sella el ánfora. Así se liberó de su tormento. Nos lo cuenta Celina, que aclara que la sirvienta un día rompió el ánfora sellada, pero que ella la recompuso de modo que el profesor no lo supiese.

12. La hija del diablo. (Contado más abajo)

13. El viaje secreto, que es una fábula moralista, es la aventura del lector sumergido en un libro. El narrador recuerda su niñez cuando perdió a sus padres en un accidente. Estudió internado en un colegio, en esa edad en que los niños se reparten los papeles de matones, débiles y neutrales. Ruti era el matón y Froilán Monteagudo, apodado la nena, el débil. Froilán lee ensimismado y traspasa su afición al narrador. Un día Froilán atacado por Ruti sufre un grave accidente. El narrador, ayudado por Tom Sawyer, Robinson Crusoe, Huck Finn y Jim Hawkins, aprende cómo vengar a su amigo.

14. El apagón. Son los días de la Expo de Sevilla en el 92. Curro y Rocío tienen unos trabajos que les permiten vivir decentemente, aunque sin excesivos dispendios. Tonio el excuñado de Curro les ofrece un negocio que no puede fallar, llevar turistas a la Expo. Ambos dejan sus trabajos y piden un préstamo para el negocio. Las cosas marchan viento en popa con buenos ingresos en la cuenta que lleva Tonio. Todo cambia cuando Rocío saca la personalidad oculta que le sale cuando baila. Cuando la Expo se acaba, el mundo se apaga. Rocío huye con Tonio y este se lleva los beneficios de la sociedad limitada. Curro lo cuenta a un interlocutor que no sabemos quién es, desde un parque costero donde él, tras perder el trabajo de toda su vida, se dedica a la limpieza.



            Lo primero que hay que exigir a un escritor es que escriba bien, cosa que no hay que dar por supuesto. Véanse los expositores de las librerías. Lo segundo, si escribe en español, que no deje de lado la realidad. José María Merino escribe y pauta muy bien. Con lenguaje preciso, en el que parece no sobrar nada, con ligeras anotaciones de contexto: el cambio estacional, las doradas hojas, la sutil mudanza de la luz, el grosor de las sombras. Su tema es la memoria que los personajes tratan de recomponer con gran dificultad. A menudo hay giros de lenguaje sorprendentes, finas metáforas o conexiones semánticas exquisitas. Sus cuentos parten de realidades reconocibles pero con un elemento que descoloca, raro, algo que enturbia el suave y previsible discurrir de la narración. 


lunes, 13 de abril de 2015

La hija del diablo



            Hay un viaje en tren del narrador niño con su tía hacia las vacaciones de verano donde espera la abuela. Y en el compartimento una mujer amarillenta, de ojos negros incisivos y de pelo lacio que quiere contarle un cuento. El cuento habla de unos reyes para quienes pasan los años sin tener herederos, hasta que se les aparece el Diablo con quien pactan. El tren pasa un largo túnel del Bierzo hacia Galicia y uno de sus vagones descarrila. Los viajeros lo abandonan. Junto al río, la tía se da cuenta de que en su bolso de mano no está la cartera. Acude aprisa a los guardias que están junto al talud de la vía. Hay alboroto pero no la encuentran. La tía sospecha de un hombre del departamento a quien ya no ve. La mujer prosigue con el cuento. El príncipe heredero, con veinte años, ha de presentarse en el castillo del Diablo. De las tres hijas, el príncipe se enamora de la menor que le ayudará a superar las pruebas que el Diablo le impone para salvar la vida. Roturar un bosque que dé pan y un viñedo del que pueda ofrecerle una jarra de vino al día siguiente; encontrar un anillo en el fondo del lago, para lo que tendrá que descuartizar y arrojar al agua a su enamorada. Mientras los obreros encarrilan el vagón con gran esfuerzo y ayuda de las máquinas y la tía enjuaga las lágrimas de la pérdida, la mujer de la mirada intensa concluye su relato. El Diablo después de todo decide sacrificar al príncipe. Pero la hija menor, que salió del lago con el anillo recompuesta, lo ayuda ensillando a Viento y Pensamiento, dos caballos con los que huyen. Ella va arrojando objetos que interponen obstáculos mágicos en el camino del Diablo que los persigue. Un peine que se transforma en arbusto, una navaja en hierro erizado de pinchos, un puñado de sal en montaña de sal para que le abrase las heridas. Al final el diablo desiste no sin antes lanzar una maldición: “¡Te olvidarás de Blancaflor!”. Mientras los obreros rematan la faena y la gente vuelve al tren, la mujer remata su cuento. Al llegar al castillo, el príncipe se olvidó de Blancaflor y se comprometió con otra muchacha. Hasta que un día la ve hablándole a una piedra y a un cuchillo, la piedra del amor, el cuchillo del dolor. La primera le recuerda todo lo que hizo por el príncipe, el segundo le responde a la pregunta de qué le queda por hacer, “Matarte”. Entonces, cuando Blancaflor se acerca el cuchillo al corazón, el príncipe recuerda y colorín colorado. Llegado al final del viaje, al despedirse, la mujer del rostro amarillento le dice al niño que hoy recuerda: “Yo soy la hija del Diablo”.


            El cuento es aún más complejo de lo que cuento, el más perfecto de los relatos del volumen Cuentos de los días raros que José María Merino publicó en 2004. El tema es la memoria de la que el narrador trata de extraer perlas que no acaban de tener consistencia, porque en la memoria se diluyen o deforman los recuerdos, aunque también, con ayuda de la imaginación, se puede añadir y embellecer lo que falta.  

domingo, 12 de abril de 2015

Odio el fútbol



            Creo que nunca he odiado a ninguna persona, no me lo he permitido, pero si que he odiado cosas, situaciones, estados de injusticia. Es el caso del fútbol. Me gusta ver de vez en cuando un partido del Barça o del Madrid, partidos de la copa de Europa o del mundial, pero no soporto que acaparen mi tiempo, el tiempo de todo el país, que lo colonicen días enteros sin que nadie proteste o haga algo para revertir la situación.
            Odio el tiempo que los telediarios dedican al fútbol, los programas dedicados al deporte, las tertulias futbolísticas de la tele.
            Odio encender la radio, pasar de presintonía en presintonía y que todas las emisoras estén hablando de fútbol, que sea imposible encontrar una que hable de otra cosa. Odio especialmente los gritos tipo tarzán de la selva cuando un equipo marca un gol.
            Odio abrir un digital y que media página vertical, de arriba abajo esté saturada de deportes.
            Odio que algunos fines de semana, y los lunes, las portadas muestren como noticia principal el resultado de un partido o la consecución de un trofeo.
            Odio la búsqueda incansable por parte de los periodistas de noticias relacionadas con jugadores de fútbol (incluso con directivos): con quién salen, con quién se casan, cuál es su estado de ánimo, dónde pasan las vacaciones.
            Odio la literatura del fútbol, las crónicas deportivas con esa retórica vieja que se gastan, especialmente las que se bañan en un metaforeo brillante y supuestamente original. Odio los cuentos de fútbol perpetrados por escritores, las biografías o novelas de futbolistas. Odio especialmente las películas dedicadas a futbolistas famosos o a equipos con muchos fans.
            Odio la retórica del poder asociada al fútbol, y al deporte, reyes y presidentes y ministros en los palcos, en las inauguraciones de competiciones o en las finales de los campeonatos, recibiendo a los equipos que han ganado un trofeo, haciéndose la foto.
            Odio las asociaciones deportivas, las poses de sus directivos, sus discursos banales, sus chistes sin gracia.
            Odio más que nada las celebraciones: los claxones de los coches participando a todo el mundo que su equipo ha ganado, las manifestaciones de fervor en torno a los autocares con los jugadores portando el trofeo y la multitud aclamando.
            Odio la retórica religiosa de jugadores y equipos llevando los trofeos a la virgen de no sé donde o a la ermita de no sé qué.
            Odio que no se denuncie el exceso, que el país lo consienta, que se bañe en esa charca putrefacta y maloliente, que no se ridiculice a los periodistas y escritores que lo fomentan, a los intelectuales que convierten el fútbol en metáfora de no se qué. Odio la miseria moral del país.

            España quiere la gloria de sus futbolistas por encima de la posibilidad de tener premios Nobel. Yo no quiero un país así.

viernes, 10 de abril de 2015

La venganza de la geografía, de Robert D. Kaplan


            La venganza de la geografía. “Lo que los mapas nos dicen acerca de los conflictos que vienen y la batalla contra el destino”.

            En la segunda mitad del siglo XIX, al mismo tiempo que se formaban los grandes imperios coloniales europeos, en los departamentos de Historia y Geografía de las universidades, surgió un tipo especial de estudioso que iba a tener una gran influencia en la expansión de esos imperios, el que inventó la geopolítica. ¿Por qué se expandían, chocaban y se acababan los Imperios? Estudiosos como Halford J. Mackinder, William H. MacNeill, N. J. Skypman, Karl Haushofer inventaron una disciplina según la cual la ocupación o control de las masas geográficas continentales o marítimas, las mesetas y los valles fluviales eran decisivos en la historia. Los estrategas y políticos les siguieron con entusiasmo y privilegiaron esa visión por encima de otras como por ejemplo el factor humano, el económico o el social. No tuvieron en cuenta a esos estudios para preparar la defensa de sus países sino más bien para expandirlos, alegando la necesidad de un espacio vital para su defensa. Poco después llegó la Primera Guerra Mundial y algo más tarde la Segunda. Cabe preguntarse hasta qué punto los analistas de la academia fueron responsables del desarrollo de los acontecimientos. Kaplan, que explica todo esto, nos advierte del ávido seguimiento que de uno de ellos, Alfred Thayer Mahan, que afirmaba que la fuerza naval había sido siempre el factor decisivo en las batallas, hacen en la actualidad los estrategas chinos e indios y de cómo están creciendo las flotas militares de esos países, mientras paradójicamente las europeas sólo tienen en cuenta labores policiales.

            Admira uno el gran esfuerzo de estos estudiosos por atrapar la historia privilegiando un solo factor para comprender la causa de los cambios profundos (“La única cosa perdurable es la posición de un país en el mapa”), aunque cada dos por tres proclamen que son antideterministas. Como niños juegan con grandes conceptos de su invención, Isla Mundial, Corazón Continental, Anillo o Satélites Continentales como si sólo enunciándolos bastase para dar sustento a sus vastas construcciones. Así por ejemplo la gran expansión rusa hacia oriente tuvo que ver con su falta de defensas naturales ante enemigos externos, europeos u orientales, de modo que la única solución para defender sus grandes llanuras y mesetas fue seguir expandiéndose. Y sin embargo prosigo en la lectura de sus muchas páginas porque hay algo de adictivo en estos edificios lógicos, un remanente de verdad que nos ayuda no a comprender mejor el pasado sino a tratar de ver con claridad en el confuso mundo en que vivimos y en el que tenemos por delante. No importan los errores en sus predicciones: la decadencia del imperio Británico, la caída del muro en el 89, el escaso papel que le adjudicaron a China, el auge reciente del islamismo. En su afán por privilegiar la geografía, han desdeñado o conferido un lugar secundario a los movimientos demográficos, a la explosión tecnológica, al surgimiento de nuevos agentes inesperados: Brasil, Nigeria, India, así como otro determinismo del que apenas son conscientes, los prismáticos empañados de la historia al mirar siempre desde una perspectiva británica en el pasado, estadounidense en la actualidad, pues casi todos estos especialistas son anglosajones.

            Quién no querría saber qué será de territorios esponjosos como la frontera entre EE UU y México, geográficamente unidos aunque aparentemente diferentes económica y culturalmente –hay quien apunta a que el sur de EE UU y el norte de México formarán en 2080 la República del Norte-, pues tiene EE UU su mayor problema en esa frontera demográfica de Centroamérica más que en los lejanos Afganistán y Pakistán;  qué será de la Amuria siberiana, de la Mongolia o la Manchuria chinas, territorios bajo influencia china o rusa; ¿conseguirá India convertirse en un agente mundial, si antes es capaz de convertirse en un estado que domine su vasto interior?, o Europa, ¿qué será de la Europa ensimismada, sin otro enemigo aparente que la inmigración que procede de la explosiva demografía del sur del Mediterráneo, si acaso es capaz de hacer confluir sus disimilitudes internas? ¿Y Turquía o Irán o Arabia Saudí asentadas sobre plataformas singulares, tan poderosas en el pasado?, ¿o tendremos que hablar de países nuevos con fuerza como para dejar oír su voz: Kazakhstan, Laos, o de esos otros incapaces de crear un Estado, como Pakistán o México?


            Cómo no reparar en la siguientes frases: “¿Cómo se prepara EE UU para una salida prolongada y elegante como potencia dominante?”, del propio Kaplan, o esta de Arnold Toynbee: “Cuando la frontera que separa sociedades con distintos niveles de desarrollo deja de avanzar, no se alcanza un equilibrio estable, sino que, con el paso del tiempo, la balanza se inclina a favor de la sociedad más atrasada”, para pensar en el destino de EE UU con relación a México o el de Europa, o la propia España, con relación a Marruecos o a todo el arco sur del Mediterráneo.

martes, 7 de abril de 2015

La sexta extinción, de Elizabeth Kolbert


            Ante la incredulidad de los paleontólogos de la época, educados en el uniformismo de Lyell y Darwin para quienes las especies desaparecen, sí, pero de forma gradual, incapaces de comprender que un acontecimiento externo precipitase de golpe la extinción, los Álvarez, Walter y Luis, padre e hijo, descubrieron en 1980 que hace 66 millones de años se había producido una catástrofe en la Tierra al impactar un bólido extraterrestre, un asteroide, sobre la península del Yucatán. Incrédulos, los científicos tardaron en aceptar que un acontecimiento como ese casi extinguiese la vida sobre el planeta, pero así fue, no sólo los dinosaurios desaparecieron al cien por cien, muchas otras especies, géneros y familias enteras desaparecieron. Desaparecieron los amonites pero no los nautilos, los belemnites pero no las jibias, los plesiosauros pero no las tortugas, los dinosaurios pero no los mamíferos, por ello animales peludos dominan la Tierra en vez de animales con escamas. Pero la iniciada en Yucatán sólo es una de las cinco grandes extinciones, cada una por una causa diferente. Ahora nos enfrentamos a un nuevo agente de extinción.

            De la gran fauna que habitaba la Tierra cuando el homo sapiens empezó a expandirse por el planeta sólo nos quedan algunos huesos de por ejemplo el mastodonte americano, las moas neozelandeses o el alca gigante. Es posible que veamos los últimos ejemplares de la rana dorada de Centroamérica que ha sido llevada al borde de la extinción por un hongo, el quitridio, procedente de Europa, o del murciélago del Este de EE UU, atacado por el hongo de la nariz blanca o del rinoceronte de Sumatra. Lo mismo podríamos decir de muchas aves del Amazonas peruano o de especies arbóreas del Amazonas brasileño, unas atacadas por el cambio del clima otras por la fragmentación de la selva. Una Sexta Extinción estaría teniendo lugar en la actualidad ante nuestros propios ojos.

            ¿Por qué está sucediendo? Si tenemos una idea de cómo se produjeron las grandes extinciones del pasado, en los finales del Ordovícico, Pérmico, Devonico, Triásico y Cretácico, asociadas a grandes catástrofes, ya fuesen por el impacto de un meteorito, por un geológicamente brusco cambio climático o por la acidificación del océano, todas ellas quizá regidas por cambios astronómicos que no podemos soñar en controlar, ¿hay algo que explique las extinciones a un ritmo inusitado que están teniendo lugar ante nuestros ojos? Hay dos respuestas, el cambio climático o la acción humana. En el caso de la gran fauna pudo ser la caza en exceso para un tipo de animales que habían encontrado en el tamaño una estrategia de supervivencia, no tenían depredadores, a cambio de un lento proceso de reproducción. La llegada de los humanos trastocó su estrategia. “Antes de que los humanos aparecieran en escena, ser grande y reproducirse lentamente era una estrategia de gran éxito, y los animales de enorme tamaño dominaban el planeta. Pero entonces, en lo que no pasa de ser un instante geológico, esta estrategia se convirtió en perdedora”.
           
            La tesis que mantiene Elizabeth Kolbert en La sexta extinción es que con la llegada del homo sapiens la Tierra entró en un nuevo periodo geológico, el Antropoceno, cuya característica primordial es la acción humana sobre el medio. “Aunque sea bonito imaginar que hubo un tiempo en que el hombre vivía en armonía con la naturaleza, no está claro que eso haya pasado nunca”.

            Los Neandertales vivieron durante 100.000 años en la Tierra, copularon con nuestra especie, fruto de lo cual es que en nuestro ADN queda su huella, entre un 1 y un 4 % de la herencia genética, también los denisovanos y el hombre de Flores convivieron un tiempo con el homo sapiens, sin embargo, éste los fue arrinconando hasta hacerlos desaparecer. Ahora le toca el turno a nuestros primos los simios, como el orangután, el chimpancé, los bonobos o el gorila, muchos de los cuales están en peligro de extinción.

            La diversidad local ha ido aumentando. En Hawái, por ejemplo, llega una especie invasora cada mes, cuando antes de la aparición del homo sapiens sólo llegaba una cada 10.000 años, la diversidad global, el número total de especies, por el contrario, está disminuyendo. Según Elizabeth Kolbert la globalización estaría produciendo una nueva Pangea, la agrupación de todas las tierras emergidas, lo que hace que el hongo quitridio esté acabando con las ranas y el hongo de la nariz blanca con los murciélagos, ambos procedentes de Europa o que la acidificación esté acabando con los corales y los furtivos con los paquidermos. El homo sapiens ha resultado ser la especie invasora de más éxito. Pero todas las especies se extinguen, el Homo sapiens no será una excepción. No sabemos cómo sucederá: un virus, una invasión extraterrestre, una guerra nuclear, un supervolcán, un gran meteorito, una gigante roja.
            Algunos científicos dan por imaginar cómo será el mundo tras la Sexta Extinción, así Jan Zalasiewicz imagina una Tierra dentro de un millón de años, cuando “las grandes obras de la humanidad, como escuelas y bibliotecas, monumentos y museos, ciudades y fábricas, estarán comprimidas en una capa de sedimento no más gruesa que el papel de fumar” dominada por las ratas, especie que sería la que mejor podría adaptarse a las nuevas condiciones, “entre ellas una especie o dos de roedores grandes y desnudos que vivan en cavernas, hagan herramientas primitivas con piedras y se vistan con las pieles de otros animales que hayan matado y comido”.


            Más interesante que cualquier novela, Elizabeth Kolbert practica una especie de turismo científico y ecológico a los lugares críticos de la extinción, de modo que lo que leemos se parece mucho a un libro de viajes. En él muestra el apasionante descubrimiento de que las especies han desaparecido de forma masiva hasta en cinco ocasiones, según el registro conocido, El libro está escrito con agilidad, lleno de ejemplos de especies en peligro de extinción o que simplemente están desapareciendo ante nuestros ojos.