jueves, 28 de julio de 2016

El cuerpo toma el mando


            El efecto, cuando no hay una máxima exigencia de concentración para saber dónde poner un pie tras otro, si caminas solo o si no hay conversación con quien te acompaña, es el de sucesión de imágenes inconexas, a menudo informes, de nombres e ideas sin entidad, antes de que la mente se quede en blanco y solo perciba las cosas inmediatas que ocurren en la naturaleza, que asalta los sentidos sin orden: la luz, el sonido, la temperatura, el sudor, las huellas, el declive, la rugosidad del terreno, la vegetación o su falta, las formas que el cerebro trabaja sin necesidad de que afloren a la conciencia, de modo que la marcha se convierte en el medio y el fin.

            No hay belleza ni asombro ante el paisaje sino solo contraste entre lo gris y lo blanco, entre el limpio azul y la negrura que toma cuerpo, si la conciencia no despierta al comentario que lo afirma y constata. En lo alto de la montaña como en el llano es propicia la bobería, lista para la exclamación y el encantamiento. La mejor conversación es la que deja hablar al cansancio de los cuerpos, la sed, el hambre, los surcos de sudor, la muda protesta del esfuerzo, el silencio cómplice, la mirada puesta en la próxima cima o en la bajada larga, en su dureza y longitud.


            La mente calla, pero el cerebro sigue febril cuando el cuerpo toma el mando. Todo queda en suspenso, las cosas dejadas en el llano, los problemas de la ciudad, esos nubarrones que golpean como el rayo nada más enfilar la carretera de vuelta a casa. Uno imagina la mejor compañera en el acompañante silencioso que asciende y baja con la misma muda inconsciencia. Caminar, subir, tropezar, apartar las ramas y las piedras, pisar: el tacto de los pies distinguiendo lo suave y lo agudo, lo duro y lo quebrado, la tierra aplastada y el hueco oculto, lo rugoso y lo resbaladizo, lo fijo y lo deslizante, más útil que los ojos o el oído.

jueves, 21 de julio de 2016

Instinto

    
         Dice Eaglemann (Incógnito) que el yo consciente es el personaje más secundario del cerebro, que hay un vasto territorio por debajo de la consciencia, como ya vio Freud en el ello. Resulta que no tenemos menos instintos que los animales, sino más. Por ello nuestra inteligencia es más flexible, porque tenemos más instintos (Williams James). Lo que sucede es que somos ciegos a su acción, los instintos son los motores de nuestro comportamiento y están inscritos en circuitos especializados en el cerebro y son inaccesibles porque son fundamentales. No los percibimos como el pez no percibe el agua donde se mueve.


         Hemingway explica en París era una fiesta su método de trabajo. Por la mañana escribía, después hacía lo posible por no pensar en la continuación de la historia que estaba escribiendo. El resto del día leía, paseaba, hablaba con sus amigos, porque según él la historia se estaba cociendo en su cerebro y encontraría su continuación natural a la mañana siguiente y si pensaba en ella la desbarataba. El cerebro está trabajando las veinticuatro horas y hace cosas de las que no tenemos noticias. Por ejemplo anuda o desata los vínculos sociales basados en sofisticados sistemas de señales químicas que no capta nuestro radar consciente pero sí un tipo especial de receptor. Por ejemplo, a través del olor captamos una amplia información: edad, sexo, fertilidad, identidad, emociones, salud, señales transportadas por las feromonas que cuando llegan a la nariz son analizadas por un llamado complejo mayor de histocompatibilidad, que incita a mezclar o no las reservas genéticas de dos personas. El cerebro capta la cúspide de la fertilidad de una mujer (diez días antes de la menstruación): tono de la piel y de las orejas, pechos más simétricos, olor, todo al margen de la mente consciente. La mente solo capta el bullicio del deseo. Se ha estudiado la relación entre el ciclo menstrual y las ganancias en las bailarinas de streptease: en lo más alto del ciclo ganaban el doble que durante la menstruación o el doble que las bailarinas que tomaban la píldora. Así, la monogamia estaría ligada a la vasopresina, la hormona liberada durante la cópula que produce sensaciones placenteras; si se bloquea la hormona el vínculo de pareja desaparece. La fidelidad estaría asociada a las copias de un gen concreto, si hay varias copias el flujo de la vasopresina disminuye, entonces aumenta la infidelidad. Estamos preprogramados para vivir en pareja durante cuatro años, el tiempo necesario para la crianza de un hijo, después la droga amorosa desaparece (en eso somos curiosamente semejantes a los zorros). El divorcio más frecuente se produce a los cuatro años de iniciada la vida de pareja y nuestro umwelt hace que encontremos monos a los bebés.

lunes, 18 de julio de 2016

Habla en español


      Pau. Una terraza junto al Chateau. Una familia: abuelos, padres y una niña de 4 años. Los padres y los abuelos hablan en español, todo el rato, pero los padres cuando se dirigen a la niña lo hacen en vasco. La niña si es ella la que inicia conversación lo hace en español, solo si contesta a sus padres lo hace en vasco. Deduzco por lo que dicen que es una familia navarra. Por tanto hay un empeño deliberado en que la niña tenga como lengua noble el vasco. ¿Por qué? 

     Un complejo de inferioridad acompaña a los hablantes del español en territorios bilingües debido a la atmósfera creada por la presión cultural y política. Expresarse en español, para ellos, es expresarse en el idioma de los pobres y foráneos. Expresarse en el otro idioma es subir un escalón. De hecho abre más oportunidades. ¿Es el español un idioma inferior, menos expresivo, con una carga cultural negativa? No lo parece. 

    ¿Qué se puede hacer para que el español vuelva a ser en los territorios bilingües un idioma de prestigio? Nada se puede hacer sin los hablantes. Solo ellos pueden hablar con convicción y serenidad, solo ellos pueden usarlo en la vida 
familiar y en el trato con las instituciones sabiendo 
que al hacerlo se expresan mejor y que su palabra vale tanto como la de quienes les presionan para dejen de utilizarlo. Solo así conseguirán que les respeten y que las oportunidades sean iguales para todos. Alguna entidad privada debería iniciar una campaña con este lema: 'Habla en español'.

sábado, 16 de julio de 2016

El umwelt del pensar

       

         “El hombre es una planta que produce pensamientos, al igual que el rosal produce rosas y el manzano manzanas”. Recoge esta cita David Eagleman de Antoine Favre D’Olivet, un humanista jacobino. ¿De dónde surge nuestro pensamiento, cómo se forma en la mente? Pensamos lo que podemos pensar, entre los límites que marca nuestra mente evolutiva según nuestras necesidades. Eso quiere decir que hay pensamientos que no podemos tener.


         Nuestra percepción está determinada por la pequeñísima parte de la radiación electromagnética que podemos captar (luz visible), tan diferente de la ultravioleta que captan las abejas, los infrarrojos de la serpiente de cascabel, el olor del sabueso, las ondas de compresión del aire de los murciélagos o la temperatura y el olor del ácido butírico de la garrapata. Hemos extendido nuestra capacidad con máquinas (frecuencias de radio, infrarrojos, rayos X) pero seguimos estando limitados por nuestra biología. En 1909, el biólogo alemán Jacob von Uexküll se dio cuenta de todo esto y acuñó el término umwelt (el mundo que te rodea, el entorno) para definir aquello que podemos conocer por las características de nuestra especie y umgebung para hablar de la realidad más vasta que se nos escapa. Aceptamos el mundo que se nos ofrece, umwelt, como la realidad que desde nuestra manera de ver es la realidad. Un sinestésico (1% de la humanidad), que oye colores y saborea formas, cree que todo el mundo siente como él; no comprende cómo la gente puede vivir sin visualizar el tiempo. Para él, p. e., los martes son de color magenta o ve una sinfonía en dorado. El cerebro no registra las cosas de forma pasiva sino que las reconstruye, determina de manera única lo que percibe. El umwelt del pensamiento es una fracción de lo posible. Del mismo modo que la evolución modela los ojos, los órganos internos o el aparato sexual, lo mismo sucede con el pensamiento y las creencias. 

jueves, 14 de julio de 2016

Narcos




         Lo que tiene de admirable esta serie es la crudeza con la que pinta el mundo de la guerra contra la droga. Son los 80, época en que se dieron a conocer los cárteles, la suma facilidad con que se pasaba la droga del sur al norte de América, a hacer tanto dinero que, como no saben donde colocarlo, lo entierran en zanjas abiertas en el campo. Es la época de Pablo Escobar y el cartel de Medellín. La serie narra esos comienzos, los laboratorios de cocaína, el traslado a Miami, el poderío de Escobar, las enormes sumas de dólares, el reto al Estado colombiano.

         Dentro de la policía colombiana no hay héroes, menos en el ejército, tampoco lo son los agentes de la DEA, de la embajada americana o de la CIA, quizá algún político colombiano, no se salvan por supuesto los periodistas. Más bien, el dibujo tiende a presentarlos a todos como corruptos, ansiosos de venganza o movidos por algún interés bastardo. El lenguaje que utilizan unos y otros es la violencia; hay algunos intermediarios, agentes que juegan en los dos bandos y un montón de secundarios que encuentran la muerte como cuando llega un chaparrón.


         No sucede como en las pelis de gángsteres (padrinos y escorseses), aquí no hay nada que nos seduzca de Escobar y sus matones. Los vemos en familia, arrumacos y carantoñas, besos y sexo, pero sin aura; es imposible cualquier empatía. Y bien está que así sea. La serie es instructiva: la zafiedad de esa gente, las personalidades psicopáticas, el miedo sobre el que construyen su autoridad, la popularidad conseguida con mentiras. También vemos la corrupción que engendra la violencia, cómo trastorna a quien la practica aunque sea por bellos fines. Gran serie, buenos actores, ambientación que documenta los 80. Lástima la dicción española del actor brasileño Wagner Moura haciendo de Escobar, aunque para un espectador anglófono sea virtud mezclar a partes iguales el español y el inglés.

miércoles, 13 de julio de 2016

París era una fiesta

  
         Todo el mundo conoce esta novela. ¿Cuántos la han leído? A día de hoy sigue conservando la frescura, una aparente imperfección muy trabajada, que le imprime un escritor que se sabe original y disfruta por ello. Es un placer leerlo en la traducción de Gabriel Ferrater, que ahora reedita Lumen, esa aparente espontaneidad, los juicios rápidos y desprejuiciados sobre sus contemporáneos, la gente con la que se cruzaba en París, en aquella década en que la vida y el futuro parecían posibles de nuevo, tras el horror de la Gran Guerra, y antes de que la muerte volviese de nuevo a cada rostro. 

         Crudas son sus opiniones sobre Gertrude Stein, a cuya casa Hem, como le llaman sus amigos, se ve casi obligado a acudir, aunque ella se lo agradezca diciendo que alguno de sus cuentos son inaccrochables, como las pinturas que ella no compra, (Hemingway se vengará afeando el mal gusto de una Gertrude Stein en decadencia: las últimas adquisiciones colgadas en las paredes de su casa), sobre Ford Madox Ford, irresistible para las mujeres, pero no para él, no soporta su halitosis, sobre novelistas (Huxley, Lawrence), cuentistas (Katherine Mansfield, Stephen Crane, a quienes compara para rebajarlos con Chejov y Tolstói) poetas (Evan Shipman, Ernst Walsh, entonces importantes, pero a quienes hemos echado al olvido); más amables sobre Ezra Pound o Joyce, a quienes realmente admira. También elogia a los escritores rusos, Chejov por delante, Gogol, Turgueniev, después Tolstói o Dostoievski, menos a los escritores franceses. Hemingway describe sus jornadas parisinas, la mañana escribiendo en los cafés (Deux Magots, Closerie des Lilas), las tardes visitando a sus conocidos y bebiendo, pasando hambre a menudo o, si había habido suerte en el hipódromo, yendo a Lipp, Explica su método de escritura: no pensar en la historia que está escribiendo hasta la mañana siguiente, disfrutando mientras de la vida, leyendo a otros autores en los libros que le deja Sylvia Beach, la librera de Shakespeare & Co, o que compra a los libreros del Sena.
        
         A algunos personajes Hemingway los describe con mucha atención con un procedimiento que mezcla la caricatura, la descripción física y elementos de su particular psicología. Es el caso de Scott Fitzgerald. Con él hace un viaje de ida y vuelta de París a Lyon, acompañados a la vuelta por unas cuantas botellas de vino blanco de Macôn. Viajan en un descapotable bajo la lluvia por lo que han de parar muy a menudo en cualquier café de carretera, donde pedir un whisky. La imagen que Hemingway da de su compañero de generación es la de un individuo hipocondríaco, alejado de la realidad y de la felicidad, atormentado por su esposa, y en permanente pelea con el alcohol. Scott todavía no ha publicado El gran Gatsby pero sí muchos cuentos que a Hemingway no le gustan mucho, pronto comprende el porqué: Scott los escribía del modo natural, tal como le salían, es decir con talento, y después los estropeaba al gusto de la revista que le pagaba por ellos. Hemingway no lo comprendía, porque él siempre escribía con esfuerzo y sin pensar en otra cosa que en el oficio de escribir. Asegura que con gran trabajo no escribía más de un párrafo al día. Eso sí, cuando no lo hacía sentía la soledad de muerte que llega al cabo de cada día de la vida que uno ha desperdiciado.        

         Cuando la novela acaba, hay un añadido bajo el rótulo Bocetos sobre París. Ahí aparecen personajes secundarios y alguna historia más sobre Scott Fitzgerald y Ezra Pound. La escritura fluye menos y por momentos se hace farragosa, sobre todo cuando se enfrenta a su conciencia culpable. La buena época de París está unida a su primera esposa Hadley, que aparece a menudo mencionada, y acaba cuando la deja por Pauline, su segunda esposa, sobre quien trata de desviar la culpabilidad del divorcio. París era una fiesta es literatura que parece que no lo sea, que quieres seguir leyendo sin parar no porque creas que lo que cuenta es verdadero o porque te vaya a cambiar la vida, como asegura Hemingway que pasa con la literatura de Dostoievski, sino por su chisporroteo, porque por ella está pasando la vida.

Formas del mal


         Hay una forma del mal reconocible, cuando se presenta con la brutalidad de la guerra, cuando su lenguaje es la violencia sin posibilidad de respuesta. Ante él solo caben la huida, el repliegue hacia las cavernas del sí o la sumisión. Pero hay aquella otra forma que se presenta bajo el disimulo. No se le ve llegar porque viene envuelto en el aleteo de la seducción, nos pilla con las defensas bajas, se apodera de nosotros y nos transforma, nos coloniza, nos convierte en esclavos voluntarios, en sus discípulos, en verdugos de su política. La primera nos arrebata la vida, la segunda aspira a arrebatarnos la muerte, a convertirnos en muertos vivientes, en esclavos que le entregan la vida a cambio de prorrogarla en la muerte.

         Están los dos ahí sentados, al otro lado de la mesa, en la cafetería de la estación del tren, en otra ciudad. Uno con la piel tersa del africano ecuatorial, en su rostro restalla la córnea blanca, su discurso es un balbuceo apenas inteligible. El otro es del lugar, la piel trabajada del europeo, asentado, firme, consciente de lo que se está jugando. El uno representa, o quiere, la convicción mancillada; el otro el arreglo cuando ve que sólo eso es posible. En medio, entre ellos y nosotros la persona ausente, perdida, abducida, destrozada por la pugna en él de dos personas, la zombi que casi lo ha colonizado salvo una leve chispa de lucidez que trata de emerger de los escombros. Cada uno está construyendo un mundo verosímil para sobrevivir a la miseria moral, a las trampas, los engaños, las argucias sobre las que se sustenta su respetabilidad, que ahora pueden perder. Lograr lo que queremos es ceder, dejarlos salir, que permanezcan intocables. Todo por albergar una oportunidad.