miércoles, 25 de marzo de 2015

Genética y grupos humanos




            El ser humano (sapiens) convivió durante milenios con otros hermanos del género homo como el neanderthal, el erectus, el denisovano, el rudolfensis y el ergaster. Es posible que con muchos otros que estén por descubrir. El último de sus hermanos el homo floresiensis desapareció hace 12.000 años, aunque es probable que a este último, recluido en la isla de Flores, no lo llegase a conocer. ¿Cómo es que todas las demás especies se extinguieron, quedando sobre la Tierra únicamente el homo sapiens? ¿Provocó una especie de genocidio la expansión de nuestra especie por el planeta hace 70.000 años? ¿Se extinguieron por razones ecológicas ante la competencia por los recursos? ¿Hubo tiempo para que las distintas especies, contra la lógica de la biología que señala que la combinación de especies diferentes no puede ser fértil, se aparearan? Hay dos teorías al respecto, la del entrecruzamiento y la de la sustitución. En 2010 se pudo comparar diferentes ADN de humanos. Ante la sorpresa de los científicos, se descubrió que en el ADN del homo sapiens euroasiático persiste entre un 1 y un 4% de ADN neanderthal y que el homo sapiens chino y coreano tiene un 6% de material denisovano (del homo denisova). Esta constatación genera un montón de problemas. Quizá hubo un momento, hace 50.000, que las especies no estaban tan diferenciadas para que no fuese imposible la fertilidad de la mezcla. Es decir, el neanderthal y el sapiens no eran especies separadas como el caballo y el burro, pero tampoco una misma especie como el bulldog y el spaniel, más bien estaban en un escalón intermedio.

          Eso en cuanto a especies humanas diferentes, pero qué pasa con la diferenciación genética entre poblaciones del homo sapiens, ¿hay diferencias genéticas entre las razas actualmente existentes? Aquí es donde la lía Nicholas Wade con su libro Una herencia incómoda, donde sostiene frente al consenso (¿o los prejuicios?) de los científicos que la evolución humana reciente ha dado lugar a las razas, que los genes influyen en el comportamiento social, que el componente genético evoluciona y que las diferencias entre las instituciones sociales de las diferentes poblaciones pueden explicarse por diferencias genéticas además de por las culturales. 139 genetistas han publicado una carta descalificándolo: la evolución genética de la especie se habría detenido hace 50.000 años (lo que entraría en contradicción con las visibles adaptaciones al clima local como el color de la piel, a la escasez de oxígeno en las poblaciones del Tíbet y los Andes o ante las hambrunas en los genes del metabolismo para almacenar grasa). Wade se defiende diciendo que él no cree que una raza sea por naturaleza superior a las demás. “El racismo y la discriminación deben ser censurables por una cuestión de principios, no de ciencia. La ciencia trata de lo que es, no de lo que debiera ser”.

lunes, 23 de marzo de 2015

La vida a la velocidad de la luz


            ¿Qué es la vida? ¿Cuáles son sus constituyentes básicos? Desde que en abril de 1953 Watson y Crick descubrieran la doble hélice del ADN los laboratorios de biología más que responder a estas preguntas se han dedicado a tratar de entender cómo funciona la célula, la máquina fundamental de la vida, y a intentar reproducir partes de su mecanismo con vistas a crear en el laboratorio una célula ex novo, si es que eso se pudiera. Desde entonces ha habido una carrera para conseguirlo, por el momento con dos grandes hazañas científicas, la secuenciación del genoma humano y el anuncio de la primera célula sintética. En las dos ha participado Craig Venter. En este libro explica cómo se produjo la segunda. El anuncio de que lo había conseguido se hizo en abril del 2010. ¿Qué es lo que su equipo consiguió realmente? Lo que Craig Venter y su equipo hicieron fue secuenciar el genoma de una bacteria, Mycoplasma mycoides (procariota), introducir el cromosoma en la célula de una levadura (eucariota) y desde esta a otra bacteria diferente, Mycoplama capriculom, de modo que se replicase por su cuenta. Lo importante en el caso es la replicación porque esa es la característica más importante de la vida, que los organismos vivos pueden reproducirse. Para verificar que no había errores introdujeron en el genoma sintético marcas de agua –por ejemplo esta frase de James Joyce: “Vivir, equivocarse, caer, triunfar, recrear la vida a partir de la vida”.

           “Habíamos logrado lo que casi quince años antes había sido sólo un sueño disparatado. Empezando con ADN procedente de células, aprendimos cómo leer exactamente la secuencia de ADN. Digitalizamos con éxito la biología al convertir el código químico analógico de cuatro letras (A, T, C, G) en el código digital del ordenador (unos y ceros). Ahora habíamos avanzado con éxito en la otra dirección, empezando con el código digital en el ordenador y recreando la información química de la molécula de ADN, y después a su vez creando células vivas que, a diferencia de cualquiera de las que hubo antes, no tenían historia natural”.

            Para Craig Venter el genoma es el equipo lógico de la vida, el código necesario para crearla. Sin embargo, ¿es suficiente para afirmar que se ha creado vida? Lo que hizo fue insertar ese código en una célula, pero no crear la célula. De momento. Sin embargo las consecuencias de ese logro son inimaginables. Ya se puede alterar genéticamente la E. coli para proporcionar insulina humana, inducir a bacterias a producir coagulación para tratar la hemofilia o fabricar la hormona de crecimiento para tratar el enanismo; obtener plantas resistentes a la sequía, a las plagas, a los herbicidas y a los virus; aumentar el rendimiento y el valor nutritivo de plantas; fabricar plásticos o reducir el uso de fertilizantes basados en combustibles fósiles. Y un sinfín de cosas como alterar genes de animales para mejorar la producción, definir mejor y tratar enfermedades humanas, elaborar sustancias químicas u órganos de cerdos que puedan ser trasplantados y hasta utilizar terapia génica para curar enfermedades. Ha nacido una nueva rama en la que los ingenieros aplican los nuevos conocimientos, la biología sintética.

            Con este logro, queda descartado que la vida dependa de una fuerza vital (vitalismo) o misteriosa o exógena, se trata simplemente un sistema de información. Otra de las cosas que aprendemos en este libro es que los hallazgos científicos no son, o ya no son, fruto del genio de un individuo, como en el pasado un estallido de luz en la mente única de por ejemplo Miguel Ángel, Einstein o Newton, ahora no se logran avances si no es en colaboración con un amplio equipo (48 personas), que a su vez se apoya en el trabajo de equipos de otros laboratorios.

            En los capítulos finales, Craig Venter habla de las posibilidades que se abren a la biología sintética y aparece un mundo de ciencia ficción que sin embargo él y sus colaboradores ya están implementando en Synthetic Genomics, INC, y en el J. Craig Venter Institute. Por ejemplo, la teletransportación biológica con base en la teletransportación cuántica que ya se ha experimentado en 2012, enviando un objeto macroscópico de 100 millones de átomos entre dos puntos distantes. Evidentemente no se trata de transportar un hombre (1032 bits de información) pero sí las instrucciones o el equipo lógico para fabricacarlo (6x109). Las empresas de Venter están creando, por ejemplo, un banco de datos de virus de base para prevenir las evoluciones de los virus y posibles estallidos de pandemias de gripe y poder crear las vacunas cuanto antes. De hecho tienen bancos de simientes víricas que podrían responder en pocas horas ante una emergencia produciendo la vacuna adecuada. “La edad de oro de los antibióticos puede hallarse en su final” por la resistencia que ofrecen los patógenos, así que hay que volver a la época anterior, a la de los fagos (bacteriófagos) que fueron desechados cuando Fleming descubrió la penicilina, una terapia que podrían ser más efectiva y personalizada. Otra posibilidad de ciencia ficción pero que ya está aquí es la de la fabricación biológica a partir de la impresión en 3D. Impresoras de chorro de tinta capaces de convertir información digitalizada en células vivas o incluso en organismos pluricelulares complejos que podrían imprimirse para formar tejidos tridimensionales funcionales.

“La capacidad de imprimir un organismo queda algo distante, pero muy pronto se convertirá en una posibilidad. Nos dirigimos a un mundo sin fronteras en que electrones y ondas electromagnéticas transmitirán información digitalizada aquí allí y a todas partes. Montada sobre estas ondas de información, la vida se desplazará a la velocidad de la luz”.


            Tecnologías que nos servirán para descubrir y analizar a distancia vida en otros planetas y para colonizarlos. Venter confía en que haya vida microbiana en el subsuelo de Marte. Y que misiones futuras al planeta rojo nos lo confirmen.

viernes, 20 de marzo de 2015

El clásico



            Recibo un imperativo mensaje en el móvil de mi compañía telefónica para que añada Canal+1 a mi contrato de Fusión para ver el clásico de este sábado, evidentemente con coste. La verdad es que hay otras opciones, podría piratear la señal o podría ir al bar de la esquina. En el bar de la esquina hay ruido, tensión entre hinchas rivales y emoción, también con un coste: si lo hago cada semana me sale más caro que si contrato lo que mi compañía me pide. En mi mente se cruzan dos sistemas de reglas éticas enfrentadas. La primera recuerda campañas a través de artículos de opinión y de publicidad alertándome contra la ilegalidad y en defensa de los derechos privados. Me alertan diciendo que puedo ser un delincuente o que perjudicaré a mi equipo si pirateo. Por el otro lado me hablan del Internet libre, de la gratuidad debida de los contenidos, del abuso de las grandes empresas. Medito. Si todo el mundo piratea, el sistema es insostenible, las empresas y con ellas los puestos de trabajo y el propio espectáculo se hundirán. Por otro lado, veo los grandes tinglados que se han montado en torno al futbol, empresas mediáticas surgidas de la nada o en colusión con partidos políticos amigos que han conseguido una capitalización espectacular desde la nada, por no hablar de los desproporcionados salarios de los actores y directivos del espectáculo. También pienso en la riqueza, pocas veces señalada, derivada de la competencia y rivalidad entre las dos ciudades, Barcelona y Madrid. Es una gran suerte para el país contar con dicha rivalidad.


            Así que he decidido irme a un concierto de piano con sonatas de Beethoven que sucede a la misma hora que el partido. Sé que el placer que me va a proporcionar, dentro de mis expectativas románticas, es de más calidad pero menos emocionalmente intenso. No lo puedo piratear, pero no me importa apoquinar el óbolo exigido. Aunque, por debajo de mi decisión bien meditada, algo me dice que al acabar el concierto vaya al bar de la esquina para ver los últimos minutos. Lo pensaré con calma porque la gratificación sólo está asegurada al 50%. Si gana mi equipo disfrutaré, pero si pierde me llevaré un gran berrinche.

jueves, 19 de marzo de 2015

La inteligencia del Homo Sapiens



            La expansión de la inteligencia es ambivalente. Es buena y es mala. Veamos. La mayor explosión de inteligencia en la Tierra se produjo hace ahora 70.000 años, en la llamada revolución cognitiva, cuando el homo sapiens adquirió el lenguaje tal como lo conocemos, la capacidad de simbolizar y de representar el mundo y con ella de colonizarlo. Un horizonte de posibilidades se abrió ante el hombre. Quizá nunca antes, no sé si después, ha habido individuos más inteligentes, con mayor capacidad craneana, con mejor adaptación al medio. Pero allí donde el homo sapiens se expandía desaparecían el resto de especies humanas. Además con el gran salto, a través del Pacífico, hace 45.000 años, hasta Australia (qué proeza es comparable, ¿la de Colón?, ¿la llegada del Apolo 11 a la Luna?) comenzó la primera de las grandes extinciones debidas al hombre, los grandes marsupiales desaparecieron de Australia y de otras islas, la fauna desapareció hasta el 90%. Lo mismo sucedió con los grandes mamíferos americanos cuando el homo sapiens hace 16.000 años, a pie, sin sol, con temperaturas de -500, cruzó el puente entre Siberia y Alaska y colonizó, desde el 12.000, en apenas dos milenios, todo el continente hasta la Tierra de Fuego. Lo mismo sucedió más recientemente en la isla de Wrangel con los mamuts, en Nueva Zelanda con las grandes aves o en Madagascar. El homo sapiens ha sido la especie más mortífera que ha habido nunca sobre la Tierra, un asesino ecológico en serie. De los 200 géneros de animales terrestres mayores de 50 kgs, 100 desaparecieron antes de la Revolución Agrícola. Pero no acaba ahí la cosa, la segunda extinción vino con esa revolución, y la tercera está sucediendo en la actualidad con los cambios que se producen con la revolución industrial, cuando los grandes mamíferos marinos que sobrevivieron a las anteriores pueden extinguirse ahora.


            El doble filo de la explosión cognitiva no sólo afecta a la especie también a los individuos. ¿De qué modo? En la época de los cazadores recolectores cada individuo debía estar alerta para sobrevivir y alimentarse. Fue cuando el homo sapiens alcanzó la mejor adaptación posible al medio, eran los animales mejor informados y diestros de la historia. El sapiens necesitaba menos horas semanales para conseguir alimento, era más fuerte, más atlético, tenía una dieta más completa y más equilibrada. Los antropólogos hablan de las “sociedades opulentas originales”, aunque sin idealizarlas, porque por otro lado eran más ecológicamente crueles con los débiles a los que abandonaban o mataban, donde la mortalidad infantil era grande. Pero con la revolución agrícola algo cambió, hasta el cerebro del homo sapiens se ha reducido. La especie se ha ido haciendo más inteligente pero al mismo tiempo, a medida que las revoluciones agrícola e industrial se han consolidado, han aparecido, en palabras de Yuval Harari, “nichos de imbéciles”, gente que no necesita especiales destrezas para sobrevivir porque la sociedad les provee de lo básico, gentes que trasmiten sus genes. La especie acumula más saber pero es posible que los individuos sean cada vez más tontos. La tecnología es una adaptación que al tiempo que nos libera de acciones y esfuerzos básicos reduce la necesidad de permanecer alerta y de transmitir destrezas. Como especie hemos asegurado nuestra supervivencia (producción de alimentos, lucha contra las infecciones), pero hemos aumentado nuestra debilidad como individuos. Ante un evento catastrófico durante el que la sociedad se desmoronase lo tendríamos más difícil para sobrevivir.

miércoles, 18 de marzo de 2015

El último encuentro, de Sandor Marái


            Un hombre, un soldado, un general, en una gran casa con larga historia, en algún lugar de Hungría, espera la llegada de un viejo amigo. Mientras tanto recuerda la historia de su familia, una familia de militares al servicio del emperador, emparentada con una familia francesa, una familia con dos almas, pues, una disciplinada con sentido del honor y de la fidelidad y otra espiritual, tocada por los sentimientos, el arte, la música. También recuerda su propia historia, amamantado por Nini, la nodriza, una presencia más importante que la de la propia madre, siempre juntos a lo largo de la vida; la academia militar en Viena donde conoció a su amigo íntimo, Konrád, el único, un amigo para toda la vida, pero tan distintos, él, Heinrich, heredero de la tradición familiar en la guardia del emperador, Konrád, de origen polaco y de familia humilde pero orgulloso, sensible, amante de la música, comparten habitación en Viena, pero cada uno haciendo una vida distinta, pública o privada, festiva o íntima, pero sin que los lazos de su amistad se resquebrajen.

            Cuando se reúnen, por fin, el general pide a la nodriza que prepare la casa tal como estaba la última vez que se vieron, hace cuarentaiún años. Primero comen en un comedor en cuyo centro un gran jarrón señala en sus lados los cuatro puntos cardinales, sentado uno frente al oeste, el otro frente al este, echando ambos en falta la presencia de Krisztina en el centro, frente al sur, cuando la mujer del general aún estaba viva. La conversación es morosa y las parrafadas del general, convocando los recuerdos del pasado, la huída de Konrád sin despedirse hacia el trópico, la última jornada de caza, largas. Konrád atiende o hace pequeñas preguntas demandándose adónde quiere llegar el general, preguntándose con el lector qué secreto quiere desvelar en las alusiones que va dejando caer. Porque en realidad el parlamento del general es un largo monólogo que muy poco a poco va trayendo a su conciencia y a la del lector las claves del misterio que ha convocado aquella reunión después de tanto tiempo, con el amigo devuelto desde el trópico como testigo, sin saber si, y ahí está una de las virtudes de la novela, corrobora lo que el general va diciendo, si cuando cargó y levantó la escopeta, en aquella última jornada de caza, apuntaba al ciervo que tenía a la vista o apuntaba al general con la peor de las intenciones, si ese medio minuto de intriga que ha permanecido durante cuarentaiún años en la mente del general era fruto de su imaginación solitaria o no, si la palidez de Krisztina aquella tarde antes de la cena, cuando la sorprendió con un libro sobre el trópico en las manos, quería decir algo o no, como la ausencia del diario en su escritorio dónde ella había prometido contar, en un pacto contra el secreto entre ambos, todos sus sentimientos, era deliberada o no. El lector escucha el larguísimo parlamento y arde en deseos de que el amigo empiece a hablar, corrobore o niegue, pero diga algo, confirme o se desvanezcan las graves acusaciones.

            El parlamento del general es un lamento por su soledad, duda de la amistad de su único amigo, Konrád, que nunca quiso aceptar la ayuda que le ofrecía, siempre rechazó con orgullo sus regalos, también duda del amor de Krisztina que quizá vio en el matrimonio una manera de ascender socialmente desde su pobreza. Quizá nunca tuvo la amistad que él ofreció a su amigo ni el amor de su mujer. El general ha vivido en medio de la ira y el resentimiento durante todos estos años, después de aquella cacería, después de que su amigo se fuese al trópico, después de que tras ocho años en los que Krisztina y él vivieron separados, ella en la gran casa, él en la casa del bosque, en la casa de cazadores que su padre había construido, sin dirigirse la palabra, cada uno con sus recuerdos envenenados, imposibilitados de atenderse mutuamente, esperando cada uno que el otro diese el primer paso, después de que tras esos ocho años ella decidiese enfermar y morir, esperando este momento, el momento de la vuelta de su amigo para hacerle dos preguntas, dice, preguntas que le han corroído pero que al mismo tiempo ha sido el combustible que ha alimentado su vida. ¿Sabía Krisztina que aquella mañana me ibas a matar?, pregunta ahora al amigo. Cuando llega el desenlace, el momento en que el lector espera ansioso la respuesta del amigo, no sucede nada, no hay respuesta a la primera pregunta y la segunda, planteada y respondida cuando ambos se están despidiendo, es banal, sin interés dramático.           

            Crítica

            La novela de Sandor Marái tiene una virtud, la prolongación del interés del lector gracias a dos elementos, una frase de Krisztina en el momento climático de la novela cuando tras la última cacería, el protagonista va a casa de su amigo, comprueba que este se ha marchado inopinadamente al trópico, y con sorpresa encuentra allí a su mujer. Krisztina, ante la huida de Konrád, reacciona así: “Era un cobarde”. El segundo motor de suspense son las dos preguntas que el general dice querer hacer a su amigo en la conversación que da pie al título de la novela, El último encuentro. Dos preguntas que no acaban de llegar y cuando llegan decepcionan. Y ahora voy con los defectos. La conversación, en realidad un monólogo del general retirado de la guardia imperial punteado muy de tarde en tarde por monosílabos o por pequeñas frases del amigo, se alarga de forma retórica con interminables disquisiciones, la mayor parte secundarias, que no siempre aportan información para enriquecer la trama, llena de como si y comparaciones repetitivas. El lector mantiene la atención porque espera la respuesta del amigo para corroborar el andamiaje del general o para contradecirlo desmontándolo. Pero nada de eso sucede. El amigo no entra en acción, permanece como mero espectador, sin contribuir al entendimiento de los sucesos del pasado. La primera pregunta tiene interés pero el amigo dice que no la va a contestar y la segunda, ¿Es la pasión lo único que merece la pena en la vida?, es banal tal como está planteada. Da la impresión que el autor tuviese un tema, sin duda de interés, aunque más en la época que Sandor Marái escribió que en la nuestra, el engaño, la palabra que reiteradamente usa, que el protagonista sufrió por parte de su mujer y de su mejor y único amigo, y una situación melodramática, el último encuentro y la charla, después de cuarentaiún años de espera, entre los dos amigos, pero que no ha sabido qué hacer, cómo llegar al final, cómo cerrarlo, que da vueltas y vueltas construyendo el contexto en que se produjo intentando buscar una salida sin hallar una solución elegante. Hay una contradicción no resuelta porque al autor no ha sabido decantarse por una de las dos posibilidades que tenía ante sí, o bien redondear a sus personajes, darles cuerpo, hondura psicológica, como a veces parece querer hacer, sin lograrlo, porque Krisztina no deja de ser un fantasma en la mente del general y porque Konrád no coge la palabra, en ningún momento entramos en el intríngulis de su conciencia, es una presencia muda en la larga perorata, o bien entregarse a la intriga, por la que otras veces parece querer llevar al lector, pero que tampoco resuelve porque sobre las dos preguntas que mantienen en vilo al lector el propio narrador confiesa al final que no le importan, que ya conoce las respuestas, con lo que el lector se siente estafado, no se le ha ofrecido las implicaciones psicológicas de la conducta de Konrád o de Krisztina ni se le dado la respuesta sorpresiva que prometía la intriga. Una novela, pues, desde mi punto de vista decepcionante, y sobrestimada, con un el estilo elegante del best seller de calidad para gente cultivada, con un buen ritmo pero nada más

martes, 17 de marzo de 2015

Desideratum


            Estamos atenazados por la culpa que nos llega del pasado y la inseguridad que nos amenaza en el futuro. El deseo de aplacar la culpa y el deseo de obtener los bienes que anhelamos como son siempre del todo inalcanzables nos llenan de angustia, convierten la vida del presente en agitado movimiento, un estrés que nos destroza. La condición del sabio ha sido en diferentes épocas, en religiones diversas, en objetivos éticos, vivir al día, liberarse de la mortificación de las consecuencias indeseadas de nuestros actos, suprimir el deseo de atesorar cosas de modo que el simple vivir sea la única voluntad. Vivir el presente de modo que esa aspiración no se convierta en deseo sobre el que inclinar las fuerzas.

lunes, 16 de marzo de 2015

El desmoronamiento. Treinta años de declive americano


            ¿Hemos entrado en un periodo de declive tecnológico? ¿Se ha parado el futuro? Cuando se asiste a la revolución informática, al cielo de Internet, parece osado mantener esta tesis, sin embargo es lo que hace George Packer en su libro, El desmoronamiento. Treinta años de declive americano. Tras la segunda guerra mundial habría habido dos etapas, la primera de innovaciones reales, de crecimiento exponencial, de creatividad técnica que redundó en la mejora de la vida de la gente. Los salarios se sextuplicaron en el periodo que va de 1950 a 1973. Ahora sucede lo contrario, sectores enteros, la agricultura y la industria del tabaco, el textil, la fabricación de muebles, por poner solo unos ejemplos, están en quiebra y millones de personas en paro, los salarios se mantienen o los que empiezan a trabajar cobran salarios de miseria. Hablando de EE UU, que es lo que hace el autor, ¿qué hay de equivalente en la actualidad al programa Apolo o al avión supersónico de aquellos años? ¿El iPad?, mero diseño. George Packer le compra las tesis a Peter Thiel, que se ha hecho multimillonario con PayPal, para afirmar “Queríamos coches voladores y lo que hemos conseguido han sido ciento cuarenta caracteres”. Estamos bajo el hechizo de los aparatitos. ¿Cuáles son las causas del declive del futuro? Serían muchas, demasiada regulación en los campos de la energía, de la alimentación y de los medicamento, por ejemplo; el obtuso ecologismo que impide el desarrollo e implementación de la energía nuclear; la desaparición de la URSS que eliminó el incentivo; el espíritu de paz universal y, por encima de todo, el conformismo. El rector de Yale recibe a sus nuevos alumnos con esta frase: “Felicidades tenéis la vida asegurada”. Thiel despotrica contra la educación superior porque se ha convertido en un “mero marcador de posición, extremadamente ajeno a la pregunta de si sirve en realidad para mejorar la sociedad y la vida de los individuos”. En consecuencia, Thiel financia proyectos emprendedores en campos relacionados, por ejemplo, con el transhumanismo u ofrece becas a mentes brillantes para que abandonen la universidad y funden empresas. Hasta tal punto está convencido Packer de la decadencia que titula su libro El desmoronamiento. Y se refiere a las tres décadas entre 1978 a 2012.

            En realidad su libro es un ensayo con vocación de novela, o al revés, una novela con personajes reales, que es la actual moda, cada uno de ellos sintomático, cada uno testigo de un tiempo de demolición. Real es Peter Thiel, creador de Paypal, el político New Gingrich, la presentadora más famosa del mundo Oprah Winfrey, Colin Powell, el escritor Raymond Carver o el rapero Jay-Z, pero también otra serie de personajes representativos del frustrado sueño americano cuyas vidas va relatando en capítulos alternos a lo largo del libro, como Dean Price, un evangelista heredero de grajeros arruinados del tabaco que monta sus propios negocios en el Piedemonte de los Apalaches, o Tammy Thomas, una trabajadora que lucha por sobrevivir a la ruina de la industria tradicional, en Youngstown, en la cuenca siderúrgica de Ohio, y se embarca con entusiasmo en la campaña de Obama II. Packer define un estado de ánimo más que un frío análisis basado en macrodatos, con vocación de reflejar una época al modo de Steinbeck o de Dos Passos.


            El espejo en que mira Packer y el que nosotros vemos no es necesariamente coincidente. La clase media vive peor que hace unos pocos años, ¿pero ese cambio es definitivo, es para siempre? La gente tiene peores trabajos que antes y gana menos, ¿pero está la tecnología en declive? ¿Es así en las técnicas médicas, en biotecnología, en la industria alimentaria? Qué decir de los extraordinarios avances en la genómica o en el desentrañamiento del cosmos. Cuesta creerlo. No nos ha ido tan mal durante estos últimos treinta años, aunque estos últimos hayan sido muy duros. El desmoronamiento, reconoce Packer, trae más libertad, en la historia de EEUU los declives han sido relativos y siempre han anunciado cambios a mejor.