viernes, 27 de mayo de 2016

La nada persevera




         Por instinto me llevo la mano a la cara para taparme los ojos y la boca avergonzado cuando veo a los enviados especiales de las televisiones preguntar algo a la gente que se ha desplazado para seguir en directo el evento o se han quedado en casa y el hombre del micrófono entra en el salón como un perro que mueve el micro como el perro mueve cola y pregunta sin asomo de la vergüenza que a mí me produce algo sobre pasión y rivalidad y la familia balbucea entrecortada en el infame montaje que son fans de distinto equipo, avergonzado porque en todos los minutos que dura la cosa que dan en el informativo todos se empeñan en decir nada, nada sincero captan las cámaras y ninguna cosa con sentido dicen los muchos enviados especiales algunos con renombre y alguna dignidad que se les supone y que pierden al instante por prestarse a ser tan insignificantes. Si alguna cosa tiene el fútbol de verdadero sólo es la emoción del instante en que el juego está en juego mientras dura el choque de cuerpos y se hace correr el balón y hay tensión y sudor y dibujo sobre el césped pero en cuanto los jugadores salen del campo y hablan los comentaristas y los seguidores o los propios jugadores despojados de la única cualidad por la que se les sigue en el juego que es jugar bien al fútbol adviene la nada la insignificancia un palabrerío que pudre las palabras en el instante en que se pronuncian. Es insoportable ese trámite sin fin que durará mañana en la noche y al día siguiente y toda la semana en que la nada vaciada de sí misma prosigue sin cesar en su nada.

jueves, 26 de mayo de 2016

Retrato del artista como cantante folk



         Para terminar el ciclo de Tod Haynes su película más personal, más original, más ambiciosa I’m Not There (2007). Es una peli que pretende captar el genio de Bob Dylan, pero también es otra cosa, el intento de explicar qué un artista a comienzos del siglo XXI. Haynes necesita seis actores para encarnar a otros tantos personajes que son Dylan y que son facetas posibles de la vida del artista: el niño negro Woody, guitarra en bandolera, que sigue la estela del cantante folk que admiró Bob Dylan, Woody Guthrie; el ídolo folk stricto sensu (Christian Bale) que lleva muy mal la fama y que acaba componiendo gospel songs evangélicos; el actor famoso (Heath Ledger) para quien vivir en familia es imposible y su mayor causa de dolor; el poeta (Ben Whishaw) que como Arthur Rimbaud vierte el mundo en palabras no siempre fáciles de comprender; el actor de western (Richard Gere) en perpetua huida de un mundo que le supera y, por fin, el cantante de masas, la estrella andrógina (increíble, genial Cate Blanchett), la faceta más cercana a Dylan, indiferente a lo que el mundo espera de él, siempre incomprendido para el mundo y para sí mismo. Cada uno con un nombre, un rostro, una personalidad distinta, cada uno escapando del mundo, en busca de una libertad que se le niega, negando poseer un mensaje que dar a la humanidad, un compromiso con una causa. Las seis historias se entrecruzan, en un chisporroteo de imágenes que juegan con los géneros, el western, el drama, el musical, el biopic o con estilos tan peronales como el de Fellini, experimentando como ya lo había hecho en Velvet Goldmine. La película muestra la ambición de Dylan y a través de él la del propio Tod Haynes, con momentos geniales y otros desconcertantes, es decir, la forma de la película pretende reflejar la idea que el director muestra en el retrato del artista. Una película que no se agota en una primera visión.

miércoles, 25 de mayo de 2016

El alienista, de Joaquín María Machado de Assís


         ¿Qué tenía Machado de Assís antes de comenzar su obra? ¿Un nombre, un personaje, un lugar y un atisbo de historia, acaso el aliento de su escritura? Creo en esta última opción, que el autor tiene una forma de contar, un modo en que la frase respira, que hace que su propio impulso, el impulso del fraseo, vaya atrayendo a su imán nombres y personajes y con ellos el carácter y los sucesos que los animan. Los personajes y los sucesos, más que de las necesidades de la trama, parecen surgir del fluir del texto que es, en realidad, el dueño de la narración, de la construcción de las frases, de su ritmo, de su respiración y así va creciendo el texto y emergiendo la obra, su tronco y ramificaciones, el doctor y la teoría que explica el mal de la locura, los personajes y la gran casa donde remediar sus males.

         Así, por ejemplo, leemos que un personaje acaba de construir una casa suntuosa, que el mobiliario lo ha traído de Hungría y Holanda, que el jardín es una ópera prima de arte y de buen gusto. Enseguida el texto nos provee un nombre, Mateus, un oficio, albardero, una pasión, la casa: a medida que la lectura avanza vamos sabiendo que se acuesta cada día durante una hora en el jardín para admirarla o durante dos, por la tarde, se acoda en una de sus ventanas para que los vecinos lo vean junto a ella. Vemos que a los personajes surgidos de la nada el texto les forja un carácter, una particularidad que al doctor le sirve para señalar su destino, la Casa Verde. Así sucede con un tan generoso como inconsciente Costa que dilapida su gran herencia convirtiéndola en préstamos sin usura, con Evarista, la esposa del protagonista, mal compuesta de facciones pero cuya salud le hace apta para tener hijos robustos, con Martím Brito que piropea con excesiva pompa a la esposa del doctor, con el padre Lopes o con el boticario, Crispín Soares, que una vez incorporados al relato adquieren una función que antes no existía, una función en el relato pero también en el mapa de la enfermedad mental que teje el doctor Simâo Bacamarte, adjudicando a cada habitante de Itaguaí y alrededores un motivo para acogerlos en la Casa Verde, la casa de locos que se hace construir, con cincuenta ventanas pintadas de verde en cada uno de sus lados, para poner en práctica sucesivas teorías sobre los desarreglos de la mente primero y sobre lo nocivo de un ajustado equilibrio racional, después. Dos relatos pues, el que el texto genera y el que la mente del doctor trama, que se superponen y cobran sentido en el fluir conjunto de la narración. Como por ensalmo surge un nombre y tras él una biografía o bien un predicado, una cualidad o un don que requieren un nombre, un sujeto que les encarne. Un predicado, una cualidad que singulariza a los personajes en la mente del lector y que a la vez les lleva a la Casa Verde, la manía suntuaria –vestir con lujo- en Evarista, la tibieza en la decisión en el boticario, la ambición de gobierno que brota en el barbero Porfirio, en la primera etapa de la teoría o bien, en la segunda, la moderación en los moderados, la tolerancia en los tolerantes, la sagacidad, la lealtad, la magnanimidad cualquiera actitud es buen motivo para ser considerado un alienado en la mente del doctor Simâo Bacamarte.



         Junto con el fluir orgánico de la narración, en Machado de Assís, la otra cualidad es la fina sátira sobre las convenciones humanas y las instituciones sociales y políticas, sobre el matrimonio y la riqueza, sobre la amistad y el orden social, sobre el poder y la ambición que lo rodea, tan viva, tan inmediata que es imposible no reír, incluso a mandíbula batiente pues en sus burlas reconocemos el mundo que con sus muchos dedos anima nuestros movimientos. Machado de Assís es el Kafka de la sátira, un Kafka antes de tiempo, pues El alienista es de 1882.

martes, 24 de mayo de 2016

‘El tiempo pasa sin anunciar su prisa’



         Miro los dorados del retablo, el San Pedro orondo y tieso, el rústico San Juan a su derecha y el espadachín San Pablo igualmente orondo, las paredes desencaladas en busca de valiosas pinturas que nunca aparecieron, los ángeles con faldas avolantadas, la valiosa pila, mientras el cura se despide de Jesús: Hasta luego, dice, para después hacer un canto a la resurrección de los muertos. No sé si a alguien consuelan estas palabras tan bienintencionadas. En todo caso las escuchamos con respeto. Quedan las flores que pronto se marchitarán, su breve perfume, los abrazos a desconocidos que resultan ser conocidos olvidados, gente de un tiempo que mi mente misteriosamente ha borrado, como si nunca hubiese existido el primer periodo de mi vida que ni siquiera aparece en mis sueños, gente que me recuerda pero yo no a ellos. Lo que recuerdo es posterior a los diez primeros años de la vida que aquí viví, en este pueblo, en el castro desde el que ahora observo el caserío que mira al sur, hacia los campos verdes, hacia las eras, hacia el espesor del monte. Recuerdo, sí, el carácter mesurado, tranquilo de Jesús, un hombre que no se despegó de esta tierra, bajo la que hoy reposa para siempre, un viaje en que le acompañé a Montijo y Don Benito donde iba a cosechar, en una época en que estas máquinas eran una novedad, las visitas a cortijos para cobrar lo que no le querían pagar, la conversación pausada junto a un vaso de vino. Ahora veo a sus pelirrojos nietos -recuerdo del pelirrojo que yo fui- llevando a Jesús a su asiento definitivo: paletadas de tierra sobre el hosco sonido de madera hueca. Eso es todo, que pase el siguiente.

lunes, 23 de mayo de 2016

Dios el diablo y la aventura, de Javier Reverte


         Pedro Páez fue un jesuita castellano que a comienzos del siglo XVI fue el primer europeo en avistar las fuentes del Nilo Azul, en Etiopía. La cuestión de las fuentes del Nilo desde antiguo avivó la imaginación de aventureros, mercaderes, guerreros y hombres famosos como el persa Cambises, que en la búsqueda se perdió con su ejército, Alejandro o Julio César. Egipcios, además de persas, griegos y romanos fueron remontando el curso del río, quedando atascados en la primera catarata, como en el relato de Herodoto, o llegando como mucho hasta la actual Jartum donde el Nilo Azul se junta con el Nilo Blanco. El misterio de las fuentes sobrevivió en la imaginación de los europeos hasta que el escocés James Bruce afirmara falsamente que había sido el primero en encontrar el nacimiento del Nilo Azul, en 1770, y un siglo después Burton y Speke llegaran a la región de los grandes lagos, y sólo Speke al lugar, en el lago Victoria, en que nace el Nilo Blanco.

         Javier Reverte en su biografía de Pedro Páez, pues biografía es Dios, el diablo y la aventura, sitúa el contexto en que discurrió la peripecia del jesuita castellano que había nacido en Olmeda de la Cebolla, hoy Olmeda de las Fuentes, en la provincia de Madrid. Habla de los años finales del XVI y comienzos del XVII, del comienzo de la decadencia Castellana con el final del reinado de Felipe II y el comienzo del de su hijo Felipe III, de la figura de Ignacio de Loyola y la fundación de la Compañía de Jesús, de su trabajo por hacer atractivo, mediante el estudio y la persuasión, el catolicismo tras el Concilio de Trento, de la organización de misiones para convertir al catolicismo al mundo entero, señaladamente el oriental en las zonas del imperio portugués, entre ellas, la misión en Goa, en la costa occidental de la India, donde los jesuitas establecieron una importante base.

Pedro Paez (1564-1622).jpg         A Goa sería enviado Pedro Páez después de hacerse jesuita y estudiar en Coimbra, hecho que indujo a quienes hablaron con posterioridad a considerarlo portugués. La vida de Páez es más intensa que la que un buen contador de historias pueda imaginar, por ello el libro de Reverte se lee como la mejor novela de aventuras. Páez tenía facilidad para los idiomas y aparte los que traía de casa, español, portugués, latín y griego, fue aprendiendo por el camino los que necesitaba para las misiones que la Compañía de Jesús le encomendaba, entre ellos el amárico, la lengua de los etíopes, y el gue’ez, el idioma que estos utilizaban para el culto. Páez salto el Mar Rojo hacia Etiopía por dos veces. Su primer viaje fue tan peligroso como colosal. Ocupados los puertos de la costa arábiga por los turcos fue hecho prisionero y fue llevado a través del inhóspito Hadramaut, siendo el primer europeo en recorrerlo, atravesando zonas desérticas, sin agua y sin comida, soportando temperaturas extremas, hasta el punto que se hace difícil de creer, hasta llegar al WadiHadramaut, el único río que atraviesa esos parajes y en el que encontraban los únicos lugares habitables. El rey de España y Portugal contribuyó con una importante cantidad de oro a su rescate. Cuando Paez se repuso comenzó su segunda aventura y de forma casi milagrosa pudo llegar a las tierras del emperador etíope, que se decía de la estirpe de los salomónidas, es decir, descendientes de la unión entre Salomón y la reina de Saba. Los etíopes desde el siglo IV de nuestra era practican el cristianismo copto y su patriarca hasta hace poco era enviado desde Alejandría. Pedro Páez consiguió asentarse en la corte del emperador. Aunque tuvo que vérselas con varios de ellos, fue con Susinios con quien tuvo trato más prolongado, convirtiéndolo junto a su corte a la verdadera fe.

         Javier Reverte sufre el síndrome del biógrafo, la abducción por su biografiado. Pedro Páez no fue sólo un aventurero que con parcos medios llegó a las fuentes del Nilo Azul, ni el estudioso que en su libro, Historia de Etiopía, dio cuenta de flora y fauna que en Europa se desconocía, ni el inverosímil arquitecto que construyó el primer palacio de piedra, y la primera iglesia, para un emperador etíope, fabricando las herramientas y formando a los artesanos necesarios, además, con su bondad supo seducir al emperador y a su corte y convertirlos a la fe católica, un santo con todas las letras, aunque toda su labor se vino abajo tras su muerte, debido a la impericia de los jesuitas que le sucedieron en las misiones de Etiopía. Quedan sin embargo cuestiones de difícil debate, pasados cuatro siglos: la esclavitud de la que los propios jesuitas se sirvieron, las condenas a muerte que el amigo emperador ordenaba, el expolio de tierras para adjudicarlas a las misiones, las ejecuciones y matanzas que consintieron en nombre de la verdadera fe. Desde aquí sólo podemos constatarlo, explicar las condiciones en que se produjeron, dar cuenta de las ideas dañinas que impregnaban la época.


         Mirar hacia atrás con ojos de fiscal es un ejercicio vano, aquellos hombres están muertos y la reparación es imposible, ¿cómo podríamos resucitar a todos los vejados? Sin embargo el pasado es un espejo que nos devuelve a nuestra época, es aquí donde debemos reparar las injusticias que por nuestra causa se cometan, es aquí, con inteligencia y templanza, donde debemos descubrir los males que se tienen por bienes, los prejuicios que nos ciegan, el mal que causamos creyendo que contribuimos al bien del mundo, descubrir las falsas ideas para anticipar sus efectos. En todo caso el libro se lee con gusto, como si de una aventura se tratase, y con envidia de Javier Reverte, capaz de hacer de sus viajes el objetivo de su vida y en ello encontrar el sustento.

domingo, 22 de mayo de 2016

Ver



         La mañana era propicia. Las nubes cubrían la ciudad, el sol pugnaba por sortearlas pero apenas tenía fuerza. El café me había animado. Estaba dispuesto a ser invadido. Me sucede en las mañanas de los domingos, cuando la ciudad está a medio habitar, cuando la agitación cede paso a los forasteros que se dejan llevar. Acudí a la exposición incitado por el cartel que la anunciaba, una mancha uniforme de color hendida por ligeras líneas al carbón. El ascensor me puso en la primera planta, iluminada por luz natural y por discretas luces artificiales. Una atmósfera agradable que invita a pasear sin prisa y con un punto de delectación. También allí había forasteros, parejas que se fotografiaban, chicas que pasaban veloces ante las pinturas o que miraban a través de los cristales biselados las agujas de la catedral. Miré los cuadros queriendo que me atrapasen, primero en una ronda rápida, luego demorándome. ¿Me gustaban o no me gustaban? No me decidía. La masa de color pastel sobre el lienzo era agradable, las líneas negras que los cruzaban rompían, aunque levemente, una armonía fácil, unos tonos de color demasiado agradables. Apenas había títulos. La única información que acompañaba a las composiciones era: Técnica mixta sobre lienzo. Subí al segundo piso. Fotografié algunos de los cuadros. Desde la arcada abierta podía ver lo que sucedía en el piso de abajo: los curiosos paseantes, el conjunto pastel de las pinturas, el pintor, supuse, sentado en un banco de piedra adosado a una de las ventanas. Consultaba el móvil, movía los dedos en la pantalla. Técnica mixta. Pensé que podría preguntarle, que, como en otras ocasiones, el autor podría rendirme ante su obra. Pero lo descarté. El aspecto físico, la fisionomía, es esencial para que una persona nos atraiga. En ello no está implicada, necesariamente, la belleza. Hay mujeres hermosísimas cuyo encanto se quiebra en la primera frase. Y hay personas adustas, incluso feas, a las que nos entregamos muy a gusto. Este hombre no me atraía. Intuía repulsión, la incomodidad de verme ante sus ojos cuando me explicase en qué consistía la técnica mixta. Eso no me sucede cuando contemplo una obra maestra en el Museo del Prado. Nunca voy a tener la oportunidad de preguntar a Annibale Carracci, a Luis Meléndez o a van Ruysdael. Su obra ya no les pertenece, ha pasado la prueba, habla por sí misma. Aún así bajé a la primera planta, seguí fotografiando hasta que el amable vigilante me lo prohibió. Miré en dirección al artista ensimismado en su móvil, su corpulencia, la ropa que le abrigaba, las gafas ligeramente caídas. Mientras el artista está vivo su obra es inseparable de su sensibilidad cambiante y de cómo la expresa. Como en la relación con las personas, también el arte requiere que quien lo contempla esté dispuesto a ser penetrado. Por eso el arte está tan cerca del amor.

sábado, 21 de mayo de 2016

Escuchar

        

CD Shostakovich

         Escucho los preludios y fugas de Shostakovich en la interpretación de Marisa Blanes. Oigo a Bach y oigo a Shostakovich en las mismas piezas, Shostakovich trayendo a Bach al siglo XX, Shostakovich siendo él mismo, un alemán y un ruso, nadie me puede decir que pertenecen a mundos culturales diferentes, los dos son Europa, los dos están en la misma tradición. Incluso cuando escucho a Masaaki Suzuki interpretar a Bach o a Mitsuko Uchida interpretar a Mozart, aunque me cuesta más y me parece que hay algo diferente, variaciones que no logro separar, como una superposición o un ensamblaje entre dos mundos, o acaso es mera imaginación mía, al fin la música es la misma, porque lo que importa en que el silencio se hace en mi, la abstracción que exige la música, el momento de suspensión que cierra cualquier conexión para hacer que mi cerebro se convierta en instrumento, entonces comienza una experiencia que sólo la música me permite, resonancias e imágenes que no tienen que ver con ninguna otra cosa y que tratar de describirlas las envilece o las rebaja a lo que no son, una experiencia que estimulan en mí Bach y Mozart y Shostakovich y los interpretes que son capaces de hacérmelos escuchar como si fuese novedad cada vez que escucho esa música, aunque ya la haya escuchado antes, ya sean europeos o americanos, chinos o japoneses, porque el sonido que rebota en las paredes de mi cerebro no viene de un país y una cultura sino de la humanidad que hay en ellos y de la humanidad que hacen vivir en mí.