martes, 26 de mayo de 2015

El capital humano


            Dejados a nuestros impulsos en una sociedad en la que lo que importa es hacer dinero, tener lujosos coches y casas y una vida deslumbrante, la mayor parte de la gente se comporta de forma egoísta e insolidaria, Tras una cara amable y sonriente se esconde odio y desprecio por los demás. Eso al menos sostiene la pesimista película italiana Il capitale umano. La película, montada sobre tres puntos de vista sucesivos que repiten acciones parecidas en torno a un suceso clave y una coda en que se exponen las consecuencias, cuenta lo que ocurre en torno al atropello de un ciclista en una noche de invierno con la nieve en las carreteras. Cada uno de los tres puntos de vista, un agente inmobiliario en apuros que se endeuda para invertir en un fondo con promesa de altísimo rendimiento pero de más alto riesgo, una actriz casada con un lobo de las finanzas que exhibe una vida tan ostentosa como vacía y triste y la joven novia del heredero del lobo de las finanzas pero enamorada de un chico del arroyo, se desarrolla desde los seis meses anteriores hasta la noche del accidente. Tras una fiesta privada donde corre el alcohol y las drogas el coche del heredero, un ostentoso todoterreno, atropella al ciclista. ¿Quién lo conducía? Cada uno de los implicados intentará sacar partido de la situación o descargar el peso de la culpa sobre otros hombros con tal de verse liberado.


            Película inhóspita en la que el director, Paolo Virzì, no invita a quedarse ni a identificarse con ninguno de sus protagonistas, unos por egoístas y avariciosos, otros por tener el corazón de la misma piedra que el casino financiero, otros por haberse reblandecido hasta la putrefacción al chapotear en el lujo y otros más por poner delante de la justicia la pasión amorosa. Los escenarios que la película muestra, una mansión suntuosa, un piso de clase media y un cuchitril de desheredados pueden ser reconocibles pero los personajes que los habitan no tanto. La película es entretenida, funciona como thriller, los actores cumplen con sus roles un tanto caricaturescos, pero no creo que pueda ejemplificar nada, que pueda verse como una fábula moral. Los que han padecido o padecen la crisis no salen retratados ni creo que puedan mirarse en ese espejo.


lunes, 25 de mayo de 2015

Elecciones



            Nadie puede manifestarse eufórico. Así lo vimos anoche, salvo casos de alegría teatralizada. Y eso es bueno, porque la democracia llama a convivir, a entendernos con quienes no piensan como nosotros. Nadie ha conseguido una mayoría apropiada para remodelar el país, o su paisito, a su gusto, y eso es muy bueno, porque los países no pertenecen a nadie. Los países estaban ahí y seguirán estando después de nosotros, que vamos y venimos. Por tanto es un gran qué que nadie pueda apropiárselos. Lo que falta, lo que eché de menos, es la voluntad de cambiar las cosas que no funcionan, una ilusión colectiva por echar lo caduco, la energía para recomponer lo roto y reemprender la marcha en mejores condiciones. Como si con ganar bastase.

   

sábado, 23 de mayo de 2015

España necesita una reinicialización


           Este es el artículo que me hubiera gustado escribir para un día como hoy, pero se me ha adelantado José IgnacioTorreblanca en El País:

            “España necesita una reinicialización, puede que incluso un reformateado. Su modelo productivo tiene que completar una nada fácil transición desde el ladrillo hasta una economía basada en el conocimiento y la información. Necesita innovar más y mejor, abrirse aún más al exterior y digitalizarse. Ello requiere, entre una larga lista de cosas, una profunda remodelación del sistema educativo, desde la educación primaria hasta la Universidad; también de sus instituciones, especialmente de los aparatos del Estado. De no hacerlo, quedará atrapada en una espiral de desempleo, deuda, desigualdad y bajo crecimiento que hará imposible sostener los niveles de bienestar logrados. Reinicializar España es difícil, pero no imposible. Otros países lo han hecho y lo están haciendo. Nosotros mismos lo hemos hecho en el pasado reciente. Y podemos volverlo a hacer. Si quieren saber cómo, y de paso darse un baño de optimismo y confianza en el futuro, lean el muy interesante y sugerente libro de Javier Santiso España 3.0 (Planeta).

Pero para poder resetear el país, necesitamos primero resetear su política. Lo más urgente es poner fin a la corrupción, el mayor obstáculo que enfrenta España en estos momentos. La corrupción no sólo es obscena desde el punto de vista ético, sino que subvierte el funcionamiento de la democracia, destruye la confianza en las instituciones, pervierte los procesos electorales y desincentiva a los empresarios a la hora de innovar. Crea, aquí sí, como hemos visto en demasiados municipios y autonomías, una casta política y empresarial de conseguidores que vive de boletines oficiales, subvenciones, concesiones, tráfico de influencias, amiguismo y comisiones. Durante la época de bonanza económica, la corrupción fue a menudo vista como un mal menor, un coste asumible, la espuma que coronaba una ola de bienestar. Ahora hemos descubierto su verdadera cara y efecto: empodera a los peores políticos, a los peores gestores y empresarios, y les blinda ante la sociedad y los ciudadanos.

La corrupción es una condición de imposibilidad para la política que necesitamos. Mientras no acabemos con ella no podremos abrir esa conversación sobre cómo ganar el futuro que tan desesperadamente necesitamos. Es, sin duda, la verdadera enemiga del progreso y de la libertad del país”.

También habría escrito algo parecido a esto.


jueves, 21 de mayo de 2015

También esto pasará, de Milena Busquets


            Por fin una novela ligera, sin peso. Los escritores con nombre tienden a consolidarse, a hacer honor a su fama, con libros serios que quieren suplantar la vida con ejercicios sesudos y estructuras complejas. El discurrir sin embargo es más leve de lo que queremos creer, viento arrebolado que apenas nos deposita unos instantes en tierra firme. Milena Busquets, nel mezzo del cammin di nostra vita, en torno a los cuarenta, ha decidido atrapar unos fragmentos de vida y dárnoslos con una escritura fluida, elegante y ágil. Si dejamos que la brisa de poniente pase las páginas, veremos a Blanca, su alter ego, yendo de sus hijos a sus exmaridos, de sus amigas a sus amantes, en un coqueteo incesante entre el amor y el sexo, por las calles, la alfombra del mar y los cálidos interiores burgueses del Cadaqués estival con el fondo tristón y melancólico de la muerte reciente de su madre. Pero nada es suficiente para que la vida sea vivida como drama. Los frecuentes dolores de cabeza de la protagonista, los despertares nebulosos, tienen que ver con las noches alargadas, el vino blanco helado y los porros, con la resaca más que con el breve paso inhóspito de la muerte. Es fácil dejarse atraer por un modelo veraniego e irresponsable de la vida pero difícil de poner en práctica si uno no ha nacido en un ambiente de despreocupación y facilidad. Como en las viejas novelas del XIX el lector contempla el revoloteo de las mariposas nocturnas ante los puntos de luz, su agitación, el chamusqueo, su consunción. Una vida bonita, admirable, deseable pero fuera de su alcance.


            Es admirable la combinación de amor (sexo) y muerte, al fin los dos puntos que tensionan la vida, como elementos de construcción novelesca, entrelazada con una leve trama de hombres jóvenes y hermosos y mujeres distendidas, que se sostiene en un lenguaje cuya mayor virtud es la transparencia, con algunos chispazos de ingenio metafórico que nunca apabullan al entregado lector. Algunos críticos han recordado el precedente de Françoise Sagan por el estilo desenfadado y la dulce tristeza. Pero yo la veo más cercana a la actual tendencia a novelar la vida cotidiana, a convertir la intimidad en trama. La novela alcanza la contundencia en su brevedad, el espesor en su chisporroteo. Cuando el lector mete su nariz en esas vidas las discusiones y los gritos ya han pasado y las historias que se inician se entregan a su imaginación. La madre de Blanca ha muerto y es enterrada en la primera página, la gauche divine se despide de ustedes, Blanca que los ha visto bañarse desnudos en las calas de la costa brava, y se despierta huérfana y adulta, sigue los pasos de sus hijos sin perder detalle. Tres generaciones, los setenta, el cambio de siglo, la actualidad. Una ligera gran novela.

jueves, 14 de mayo de 2015

Nada, de Carmen Laforet


  
          La novela comienza con la llegada a Barcelona de una chica con la ilusión de los dieciocho años. Viene del pueblo a una casa de la calle Aribau de Barcelona para estudiar en la universidad, huérfana, sin recursos y se acoge a la benevolencia de la familia de su madre. Con su abuela, su tía Angustias y sus tíos Juan y Román vivirá un año, pero los acabará abandonando para marcharse a otra ciudad, Madrid, donde le reclama su amiga del alma, Ena. “Me marchaba ahora sin haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor. De la casa de la calle de Aribau no me llevaba nada. Al menos, así creía yo entonces”.

            Durante el año que vive en esa casa, la casa de sus parientes, la casa de los horrores, aprenderá sin embargo que los instintos y las emociones necesitan ser dominados para adquirir la mayoría de edad, la libertad, la autonomía. Andrea se moverá en cuatro círculos diferentes, el de la calle Aribau, el de la familia, una familia venida a menos, cuya vida está en el pasado: la guerra, el padre muerto, con dos tíos amargados por el fracaso, uno violento y otro con un carácter extraño, entre la seducción asociada al arte y una mórbida perversidad; el de la familia de Ena, a quien conoce en la universidad, como ella atrapada entre el fulgor y la confusión de la juventud, una familia que mira a su futuro enriquecimiento; el de los amigos del círculo bohemio de artistas, ricos, artificiosos, dónde, con Pons, otro compañero de universidad, conocerá el desengaño del primer amor y, por último, el círculo de la pobreza y el juego, representada por el garito donde vive la hermana de Gloria y su familia, que vive el presente miserable de la posguerra. Los cuatro círculos se agrupan en dos, fuertemente contrastados: la pobreza de la calle Aribau, una familia burguesa arruinada, y la de la familia de Gloria, una miseria que es física y moral. Gente que pasa hambre, egoísta, depravada, violenta. Por el contrario, las familias de Pons y Ena son familias ricas, idealizadas, en las que Andrea quisiera ser admitida. La primera la decepciona amargamente, la segunda termina por acogerla cuando al final de la novela la llaman a Madrid.

            La historia sucede en 1940, en la posguerra. Andrea la sufre. A lo largo de las páginas habla continuamente del hambre que pasa, del agotamiento que siente y de la vaciedad espiritual, una atmósfera no muy diferente a la que intelectuales y artistas parisinos nos mostraron en la misma época, el existencialismo de posguerra. Es un mundo que ya no existe, que nos resulta lejano, como de otro país, donde la personalidad no podía cultivarse por encima de las necesidades básicas, donde las mujeres vivían subordinadas y la violencia que los hombres ejercían sobre ellas no era algo de lo que pudieran prescindir, sino consustancial a la vida. Una vida bañada por el humo del tabaco, la pegajosa humedad, el acre olor de la miseria, los mendrugos de pan.


            Leída setenta años después de que ganara el primer premio Nadal, la frescura que Carmen Laforet imprime a su prosa se mantiene, esa frescura propia de los periodos en que parece que todo vuelve a comenzar. Quizá haya una sintaxis imperfecta, una manera de utilizar las preposiciones sorprendente, un lenguaje gaseoso que no se acaba de atrapar, propio de una escritora de 23 años, pero ese es uno de los dones de la novela. Nada es hija de la posguerra pero hay algo que hace que permanezca viva, los personajes que luchan para sobreponerse a un ambiente hostil, femeninos los más importantes, Andrea, Ena, Gloria, masculinos los más sombríos, Juan, Román, el halo de romanticismo que los envuelve, turbio y utópico, luminoso y sombrío.

martes, 12 de mayo de 2015

¿Los españoles son de Marte y los catalanes de Venus?, de Anna Grau


            Anna Grau aplica un tratamiento leve a un problema grave. Es un reportaje tipo Hola, opiniones breves de mucha gente florida sobre el grave asunto de la Secesión. A lo mejor acierta y la alargada sombra de la secesión es tan ominosa como la de los personajes de los cuentos infantiles y lo que le corresponde es esa ligereza que permite traspasarla desvelando en su transparencia su nadería. De las muchas respuestas que ofrecen los personajes entrevistados, casi todos orbitando en el mundo Madrit, hay muy poco relevante que retener, por no decir nada, nada que no hayan dicho en sus reflexivas nadas anteriores, si acaso el gesto de los muchos que se ponen de perfil y ofrecen menos que nada, o no se atreven o guardan su opinión para artículos de pago. Quizá, la del abogado de la infanta, Miquel Roca, que se excusa, porque las opiniones que lleva el libro vienen del lado español del tema. Sí que retengo el cuento que la propia Grau ofrece mediado el prólogo. Este
            “Miren, les voy a copiar aquí un pequeño fragmento de un relato de ficción que escribí hace cierto tiempo, a escondidas de todo el mundo. Es rigurosamente inédito. La protagonista de mi historia es una periodista madrileña que trabaja en los servicios de comunicación de la presidencia del gobierno de España. Y un día a la salida de una rueda de prensa del presidente, a la que por razones que no vienen al caso ella, Paula, no ha prestado mucha atención, va y le sucede esto:
          Al salir de trabajar se encaminó como siempre hacia el aparcamiento de la Facultad de Estadísticas. Allí se encontró con una periodista nativa de Barcelona, habitual de Moncloa, que había asistido a la rueda de prensa de la tarde (de la que Paula no se ocupó ni casi se enteró, estaba liada con otras cosas) y que ahora trataba de parar un taxi para volver a Madrid. Pero no pasaba ninguno. Paula se ofreció a llevarla en su coche.
-Me ha extrañado mucho no verte cuando el presidente del gobierno ha hecho su alucinante anuncio…-comentó la periodista de sopetón, antes incluso de abrocharse el cinturón de seguridad.
¿Alucinante anuncio?, acusó Paula el golpe de la inopia. Por saber qué anuncio era ese que había hecho el presidente, justo después de reunirse con el Catalán, se habría dejado cortar un pecho. Pero por supuesto se dejaría cortar los dos antes de preguntarlo. Optó entonces por lo único que se puede hacer en un caso así: pisar el embrague, poner cara de póquer y confiar en el afán exhibicionista de los mejor informados que ella. Al fin y al cabo, para presumir de lo que se sabe no hay más remedio que revelarlo.
-Cuando el presidente ha empezado a hablar yo no daba crédito, Paula, la verdad…¿tú crees que todo esto lo dice en serio?
-Hasta donde yo sé, todo lo que dice el presidente siempre es en serio…
-Pero es que esto…¡esto es que es muy gordo! Y para que lo diga yo, que soy catalana…
La susodicha periodista de Barcelona parecía tan abrumada, y tan incapaz de especificar por qué, que Paula sopesó la posibilidad de aparcar sus escrúpulos profesionales y tirarle abiertamente de la lengua.
-¿Lo has hablado con los demás periodistas? –inquirió en un último intento de sonsaque sutil- ¿Ellos se muestran tan… reacios como tú?
-Bueno…desde luego nadie se esperaba esto. Nadie esperaba que el presidente saliera y anunciara que va a convocar un referéndum para que todos los españoles voten…¡si quieren que Cataluña y el País Vasco sigan formando parte de España! ¡Nos ha jodido!
El dato le llegó a Paula cuando ya salían con el coche del complejo de Moncloa. Casi se come un autobús que pasaba.
-¡Pero mira por dónde vas! –la regañó la de Barcelona, para volver acto seguido al carril principal de su queja- ¡Un referéndum para que todos los españoles decidan si quieren cargar por más tiempo con nuestra “eterna disparidad rechinante”, o si prefieren olvidarse de nosotros de una puta vez! ¡Y que ahí nos las compongamos, pagándonos nuestro ejército, nuestra seguridad social y nuestro servicio de correos! ¡Y que si jamás se nos ocurre volver a aparecer por Madrid, que sea con el pasaporte en la boca…siempre que nos admitan en la UE, que si no, hasta un visado habrá que sacarse! ¡Como si viniéramos de Nigeria!
Ella chillaba cada vez más alto y a Paula esto le hacía el mismo efecto que la primera vez que vio desplomarse las Torres Gemelas de Nueva York por la tele. También aquel día lo primero que pensó fue que las imágenes estaban muy bien hechas, pero que evidentemente tenían que ser un montaje. Ella era consciente de que los periodistas de Madrid suelen desempeñar su trabajo con una tasa de alcohol en sangre mucho más alta que la máxima permitida para conducir. Esta era de Barcelona, pero llevaba en Madrid tiempo más que suficiente para haberse aclimatado.
-Déjame decirte, Paula, que esto supera ampliamente en cachondeo al referéndum de la OTAN y hasta al de la sucesión de Franco…¡Esto es la hostia! Qué mala leche tiene este presidente, parece mentira. Y yo que le consideraba un tío majo…Pues aquí nos la ha metido doblada pero bien, bien, bien…
-¿A quiénes? –se interesó Paula.
-¡¿Cómo que a quiénes?! Oye, ¿tú no serás de los freaks que van a votar que no? –le espetó con brusca alarma- ¿Ya no nos cuentas a los catalanes como españoles? ¡¿Ya te la suda lo que nos pase?!
-Pero, ¿qué os va a pasar? –trató Paula de sosegarla y de calmarla- Ser independientes, tener un país para vosotros solos…¿no era lo que queríais?
La periodista de Barcelona la miró furibunda:-¡Yo no! ¡Yo no lo quiero! ¡Y la mayoría de los catalanes que yo conozco, tampoco!
-Pues vaya –asimiló Paula con cierto desconcierto esta respuesta –Pero entonces, ¿qué problema hay con el referéndum? Se vota que no y aquí paz y después gloria…
Había algo esencial que por lo visto Paula estaba tardando mucho en comprender; y eso a la de Barcelona la sacaba de quicio.
-Si este referéndum fuera sólo en Cataluña yo no me preocuparía, Paula…Sería un juego de niños…Lo que me preocupa es que esto se ponga a votación en toda España…Precisamente ahora que están tan hasta la boina de nosotros…¡Precisamente ahora!Sus susurros habían ido adquiriendo tal componente de angustia que Paula experimentó una imprevista punzada de compasión.-Porque un señor que vive en Cornellà, pero él o sus padres nacieron en Córdoba, siempre tendrá a dónde ir…Siempre puede volver y pedir asilo, supongo…Pero si eres catalán, catalán a secas…¿a dónde te vas? ¡¿A los Altos del Golán?! Me cuentan que ya hay gente colapsando el puente aéreo y el AVE, cruzando los Monegros en coche y si se tercia el Ebro en patera…Ya verás, en unas horas va a ser el éxodo…
De algún modo Paula acabó intuyendo que aquello era como la caída de la segunda Torre Gemela en Nueva York, que dio incomparablemente más miedo que la primera. Porque que la primera Torre cayese era un delirio, algo que no podía suceder; mientras que la segunda Torre se desplomó en un mundo ya consciente de que aquello sí era posible. En pocos minutos el mundo se había hecho incomparablemente más viejo”.


domingo, 10 de mayo de 2015

Beethoven y Alba Ventura




            ¿Los ojos cerrados o abiertos de par en par? ¿Recreando las melodías y armonías que ya se conocen, anotando las diferencias, los matices, el ritmo, el legado o entregarse a la interpretación? No siempre existe esa diferencia. A veces basta con dejarse llevar, como cuando se escucha un disco en casa. Pero hay ocasiones en que la interpretación aporta algo distinto. Entonces se ve lo que significa que un intérprete concreto haga suya la música. Bien es verdad que hoy las piezas eran muy conocidas y no había que descifrarlas como hace unos días con la sonata nº 32, cuando la música es tan poderosa que se impone al intérprete, pero hoy no: Claro de luna, Tampestad, Appassionata. ¿Quién no las conoce? ¿Cuántas veces las oye uno a lo largo de su vida? Es entonces cuando el intérprete marca la diferencia y cobran sentido las manos y los dedos, el cuerpo hacia delante y hacia atrás, los brazos y las emociones reflejadas en el rostro cambiante, en la leve melena agitando la frente. El pianista hace vibrar su cuerpo, lo convierte en un instrumento que llega hasta nuestros ojos, agitando la quietud del piano, reforzando la emoción.