jueves, 19 de enero de 2017

És quan miro que hi veig clar


             Isabel-Clara Simó, Premi d’Honor de les Lletres Catalanes:


La Tierra desde Marte



            La Tierra, una mota minúscula de luz reflejada. 

            “Cada mundo experimentado por una persona es uno entre miles de millones de ellos (uno por persona, al menos); la Tierra es uno entre varios planetas de nuestro Sol; el Sol es uno de los miles de millones de estrellas de nuestra galaxia, la Vía Láctea; nuestra galaxia es una entre los miles de millones del universo visible. (…) La parte del universo que podemos observar actualmente, incluso con los universos más poderosos, no es más que una pequeña parte de un multiverso cuyas partes más lejanas podrían parecer muy diferentes. La existencia de inmensidades circundantes no me disminuye a mí, ni a ti, ni a la humanidad como un todo. Puede ampliar nuestra imaginación, y lo hace”. (Franck Wilczek, El mundo como obra de arte).

martes, 17 de enero de 2017

Berkeley vivo


            La conjetura de Berkeley, que la materia no existe y que las cosas del mundo son mera idealización, ha traído de cabeza a los filósofos desde entonces. ¿Cómo refutarla? Samuel Johnson, según cuenta Boswell, ante la queja de este de que era imposible refutarla, dio un tremendo puntapié a una gran piedra y dijo: “Lo refuto así”.  Los científicos recogieron el reto. Durante los dos últimos siglos han intentado validar cada una de sus hipótesis con observaciones y experimentaciones rigurosas, fundamentando las suposiciones que hay detrás de toda deducción. No descansan hasta que no quede ningún cabo suelto en toda teoría. Sin embargo, el escepticismo berkeleyano sigue siendo atractivo para mucha gente que niega a la ciencia su estatus de medio riguroso y preciso para describir la realidad.

            Cae en mis manos un libro muy divertido que arremete contra “la aburrida visión materialista”. Partiendo de unas cuantas citas, atractivas y descontextualizadas, quiere dar un revolcón al paradigma científico dominante, proponiendo uno alternativo.

Estas son las citas:

            Goethe: “No busquéis nada detrás de los fenómenos: ellos mismos con la teoría”.
            Nietzsche: “La creencia en las categorías de la razón es la causa del nihilismo”.
            John Wheeler: “No hay fenómeno que sea fenómeno si no es un fenómeno observado”.
            Kenryk Skolimowski: “Conocer es constituir el mundo”. “La evidencia científica como tal no existe, puesto que en cada opción de evidencia ‘objetiva’ hay algo de nuestra psique”.

            Por tanto, deduce el prologuista: el mundo no es una suma de objetos, sino una red de relaciones, en la que no hay una estructura última y absoluta debajo o detrás de la realidad que experimentamos. La realidad no está ahí fuera, como algo independiente y preexistente, sino que nace en diálogo con nosotros (Berkeley: esse est percipi, es decir, sólo sabemos de las cosas al percibirlas en la mente). Parece, pues, que no hubo mundo antes del homo sapiens ni nada hay más allá del alcance de nuestra mirada.

            Si todavía no hemos alcanzado la auténtica sabiduría es porque no nos lo han contado bien. Pero ya está aquí la nueva narrativa, lo que nos faltaba para comprender el gran error del XX, “presuponer que somos el mero resultado de combinaciones accidentales de átomos en un universo sin sentido. Algo que, intuitivamente, todos sabemos que es falso”. Ya está aquí la nueva narrativa y se llama: Ecofilosofía o ecosofía, el nuevo paradigma científico, holístico y posmaterialista.


domingo, 15 de enero de 2017

Un acto cortés



            ¿Cómo han podido los republicanos salir impunes a pesar de esta mentira? Parte de la respuesta es que muchos de los nuevos asegurados no saben que están cubiertos gracias al Obamacare, y de todas formas no son conscientes de que perderán el seguro si la ley se revoca. 

“Cuando a Sri Ramakrishna se le preguntó por qué, siendo Dios tan bueno, existe el mal en el mundo, respondió: Para hacer más densa la trama” (John Cage, Indeterminación).
5. El cerebro en una placa de Petri.


sábado, 14 de enero de 2017

Desazón


Houellebecq

            El malestar, la desazón de la existencia siempre ha estado ahí, en toda época. Tenemos razones para ello, principalmente dos, la mala jugada del destino que nos aguarda, que hace añicos el maravilloso dulce de la autoconciencia que, llegado el momento, se disolverá en la nada y, en segundo lugar, la desconfianza en la naturaleza humana. Ha habido intelectuales que se han recreado en el aciago destino, que han afilado su inteligencia en el vértigo del pesimismo o filósofos que han osado dar sentido a la existencia basándolo en nuestra condición mortal. Conviene ser conscientes de esa condición, saber que la principal verdad, que a todos concierne, es que nuestra vida está marcada por el dolor, brevemente interrumpido por fugaces recesos de placer y que sólo se alcanza el alivio con la muerte (Schopenhauer). Uno tiene derecho a pensar como Houellebecq, y en ello, paradójicamente, reside su éxito –fama, lectura de sus libros, conversión en un referente ético-, que lo mejor es “quedarse tranquilo en un rincón, esperando el envejecimiento y la muerte, que terminarán solucionando el asunto”. Es un juego de la inteligencia asomarse al abismo y disfrutar con el vértigo de la nada acechante. Aunque Houellebecq no es solo eso. Es sus obras también aparece la segunda razón para el desasosiego: los hombres no somos en general buenas personas y si tenemos ocasión la liamos. Depredadores egoístas, no reparamos en las consecuencias de nuestros actos. “Vio venir la inhumanidad del mundo”, dice de él Yasmina Reza. Esa desazón está en sus libros, desde La ampliación del campo de batalla hasta Sumisión.

            También se apuntan al pesimismo aquellos que creen que desde que Europa dio a luz al romanticismo no ha habido otro movimiento intelectual de peso. Después, solo desierto. Una gran ceguera, creo yo, pensar que cultura es solo humanidades. Si durante un tiempo filósofos y humanista alzaron la antorcha, otros, los científicos, tomaron el relevo dando vía a una aventura sin parangón en la historia del hombre sobre la tierra. La ciencia sigue con el mismo empeño que los viejos filósofos, desenmarañar la opacidad del universo. El mismo arrobo intelectual, el mismo optimismo ante el futuro de la especie.


            La historia del individuo es una historia que siempre acaba mal. ¿Pero sucede lo mismo con el homo sapiens? Al contrario, se puede decir que la historia de nuestra especie es una historia de éxito. Un éxito sin contestación que se acelera en las últimas décadas. El romanticismo, el último gran movimiento cultural produjo un frenesí de la imaginación dando lugar a una serie de avatares artísticos que afinaron nuestra sensibilidad y al tiempo puso en primer plano al individuo como protagonista de la historia, pero también tuvo una vertiente negra que acabó en los horrores del siglo XX. Paralelamente, la inteligencia colectiva trabajó en otra dirección, la de la mejora de las condiciones de vida de los hombres (revolución industrial en proceso) y la de la resolución de los misterios de la naturaleza (revoluciones en física y biología). Así que podríamos decir pesimismo individual, optimismo como especie. Schopenhauer y Houellebecq no mienten, embebidos en la gran corriente romántica, destacan un aspecto de la naturaleza humana, su destino trágico. Sus bellas metáforas han encantado a Europa durante casi dos siglos. Pero de la moderna comprensión del universo surge una belleza superior y optimista. El cambio es tal que se avizora la posibilidad de cambiar el signo del destino individual, dejando sin sentido el mantra del destino trágico: el envejecimiento ya se ve como una enfermedad y la muerte como un suceso aplazable. Hay naturalezas psíquicas que necesitan chapotear en la negrura para sentirse a gusto, pero hay otras que son felices descifrando la vida tal cual es. La vida que se renueva en cada época y en cada individuo. "¿Esto es la vida? Pues, venga, ¡otra vez!" (Nietzsche).

viernes, 13 de enero de 2017

El tacto dormido



             En nuestra cultura visual, predominantemente visual, nos falta un momento revelador que nos devuelva la inocencia sensorial perdida, al menos en parte, algo parecido a lo que les sucedió a los parisinos hacia 1870, cuando el japonismo invadió Europa. Pantallas de televisión, ordenadores, teléfonos móviles, tabletas, luces, colores fijos y en movimiento, todo es visual, a veces acompañado de sonidos más o menos armónicos. Los dedos corriendo nerviosos por las pantallas o las consolas son una extensión lenta e incómoda del imperio de los ojos, frías terminales nerviosas. También hay un vasto exceso de estimulaciones del gusto, algo menos del olor, pero prácticamente nada del tacto, al que se diría se ha confinado en los reductos vergonzosos de la soledad individual, desprovisto de cualquier contacto social. Los ricos coleccionistas parisinos de 1870 se vieron sorprendidos por pequeños bronces, lacas, biombos, túnicas de seda, diseñados para ser cobijados en las manos, cuya cualidad se apreciaba en el suave rozamiento de los dedos. Si el tacto está reprimido o hasta prohibido debemos recuperarlo en las primeras fases, como cuando un bebé comienza a tocar las cosas. El japonismo fue una revolución del gusto y una ampliación de la sensibilidad. Los pergaminos caligráficos, los bibelots de marfil, laca o madreperla, los netsuke, las boiseries, abrieron los ojos de los artistas y el tacto dormido de los coleccionistas. Manet, Degas, Renoir eras recolectores de piezas japonesas que les enseñaron una nueva sensibilidad, una nueva manera de representar las cosas con una nueva forma de trazar la perspectiva. Una sensibilidad que cambió la historia del arte. Pero los bellos objetos que en el pasado se hicieron para el placer del tacto posan hoy en las vitrinas de los museos inaccesibles al tocamiento.

jueves, 12 de enero de 2017

Musa alpha


El potencial de nuestra época es imposible de medir con los actuales parámetros, tal es el cambio que nos espera. Unos países están mejor preparados que otros. Pero en sus cúpulas políticas late igualmente la pulsión del poder. Un poder incomparable con cualquier época del pasado. El susto de la gente ante el porvenir se acomoda al afán de la nueva única oportunidad, del hambre de algunos hombres ante el poder absoluto. Es una época terrible porque las compuertas del futuro están a punto de estallar. El futuro nos inunda literalmente.  Sólo han pasado diez años desde el primer iPhone, el primer teléfono inteligente. Véase la serie Westworld. Terrible porque el viejo político profesional está moribundo y hay muchos candidatos a ser el macho alpha de este tiempo. Y su plan no es ordenar el caos que se avecina sino encaramarse a la ola y tomar las riendas invisibles.
           
            Por contraste, venimos de una época de feminización de las costumbres, desde el 68 hasta aquí. La musa alpha ha impuesto su presencia, su estilo, el gusto de la época en las galerías, en los museos, en la moda, en Hollywood, en la narración, en el arte en general; en la familia, en la iglesia, en la escuela, en todos los ámbitos de la vida. Obama ha sido el último en dejarse influir por la musa alpha.  Las mujeres no han gobernado, salvo excepciones o sólo simbólicamente (en la serie Borgen, por ejemplo), pero han modificado la vida de occidente hasta hacerla irreconocible. Una parte de los hombres han esperado para tomar venganza, para sacudirse el suave pero ineludible yugo. Ahora pueden mirarse en el espejo de los candidatos a macho alpha (Trump: "Cuando eres una celebridad te dejan hacer lo que quieras,puedes hacer lo que quieras. Agarrarlas por el coño. Puedes hacer detodo") y ven llegado el momento de recuperar el dominio usurpado.

            La trama del poder desde los orígenes míticos (el arcángel Miguel contra Lucifer, Caín contra Abel) hasta los históricos (Ramsés, Alejandro, César) está llena de bélica testosterona y marca a sangre y fuego la época más reciente (Stalin, Hitler, Mao). Sólo en la época en que el macho alpha ha aflojado las riendas la musa alpha ha tenido su oportunidad (helenismo, algunas cortes medievales, renacimiento, salones del XVIII y XIX, las gloriosas décadas pasadas del pasado siglo) de modelar el mundo a su gusto. Épocas en que el mundo asistió asombrado al florecimiento de la invención y explosión de energía cuyas ideas fueron modelando y asentando el mundo antes de llegar hasta este difícil momento de transición.