miércoles, 21 de octubre de 2020

El espectáculo de la ciencia

 


1. Podría parecer un día festivo por la mañana, los bares cerrados, también los restaurantes y muchas tiendas de los paseos centrales de la ciudad. Hay un cierto patetismo en el hecho de bares que permanecen abiertos, esperando que entre alguien y pida para llevar. Mientras paseo no veo a nadie que lo haga.


2. Durante la media hora larga que circulo por el largo paseo que lleva a la playa rodeando los terrenos del aeropuerto no veo ni un solo avión ni taxis que entren o salgan, solo unos pocos coches y gente que camina o corre o va en bici como yo, como sucede los sábados y los domingos. Hoy es miércoles, un día laborable de octubre.


3. El espectáculo de la ciencia. Le han tomado el gusto un puñado de ‘científicos’ a salir en la tele. No se disculpan por las contradicciones, por lo que dijeron y ahora dicen, seguidistas en general de las medidas o no medidas del gobierno, críticos con los que son críticos. Su mayor aportación, repetir conceptos, nombres, señales que ya todo el mundo conoce desde hace meses, en realidad no son científicos sino divulgadores, y aún, aunque alguno de ellos ponga sobre la mesa los papers que ha publicado en supuestas revistas de prestigio. Se habla del fracaso de los políticos pero tan grande o mayor es el fracaso de los científicos. La ciencia requiere humildad silencio y tiempo fuera de los focos y, como ha ocurrido en otras ocasiones, el científico que dé con la clave de lo que ahora sucede será alguien desconocido, trabajando en un laboratorio del que aún no tenemos noticia. 


4. Memoria histórica.



martes, 20 de octubre de 2020

Ese mi vecino

 


Nuestro modo de ver está cambiando aceleradamente. Nuestra mente va más rápido que la realidad que nos enturbia, digamos que cuerpo y mente se están descompasando. La vida del cuerpo se ve afectada por el covid-19, sus movimientos se ven restringidos: no podemos viajar, el mundo se nos achica, el país se recluye, el principal escenario es el hogar. Por contra, amplificando una tendencia que venía de atrás, el mundo de la mente se digitaliza a marchas forzadas, miramos imágenes más que textos, textos encuadrados en formato pantalla más que largos desarrollos en párrafos que exigen páginas y páginas que se despliegan en capítulos y libros enteros. No miramos el mundo que se presenta ante nuestros ojos, el mundo al alcance de la mano, táctil y perfumado, rugoso y bronco, sino lo que se nos ofrece como mundo real aunque sea pura imaginación, sin aristas, cerrado, sin posibilidad de ser modificado. Haz la prueba, sal, camina, mira los esqueletos articulados que caminan como tú, entra en una tienda, ¿es real quien te atiende o es un asistente?


Si habíamos dejado de ser productores, ajenos al huerto donde se riegan tomates o se hunden estacas que guían vainas, si en la cadena de montaje ya no éramos más que verificadores del buen trabajo de la máquina para ser consumidores de productos acabados, cortados, empaquetados, a diez minutos de ponerlos en el plato, ahora ni siquiera. Piezas de un engranaje que se nos escapa. No hace falta que salgas de casa, teclea o pídelo con la voz y serás servido, abre la boca y siéntate en la taza del váter: ese es el proceso del organismo llamado hombre, una pieza más de la gran cadena, ni siquiera la última. Cosa, número de una serie: compra esto, ve lo que te ofrezco, pasa la tarjeta. No te esfuerces, mira en el terminal las notificaciones que llegan y desaparecen, mueve el dedo para que aparezca la siguiente, afírmate en una de las dos opciones disponibles, a favor o en contra, puedes hacerlo sañudamente o de modo templado. Ve con todos los demás, el gran rebaño de los congregantes, a partir de una hora de la tarde enciérrate en casa con la multiplicidad de historias que te entretienen, aunque todas se resuman en una, tan cercanas, al alcance de una pulsación, pero intocables, vaporosas, inasibles como el humo de la chimenea, ese humo que es lo único que veo ahora de la casa de enfrente, ¿quién la habita?


lunes, 19 de octubre de 2020

El juicio de los 7 de Chicago

 


Se hace me extraño ver una película de los setenta en la pantalla de la sala de estar. Hubo una época en que las películas de tribunales estuvieron de moda. En ellas se dilucidaban cuestiones morales, la justicia establecía la norma, se pronunciaban palabras mayores, había una voluntad de fijar la verdad. Éramos jóvenes, buscábamos claridad: la guerra de Viernam, Nixon, los hippies, la nueva izquierda, Woodstock, Manson y Sharon Tate. Hay una nostalgia de aquella época, novelas, películas, series nos la recuerdan, señal de que nos hacemos viejos y el mundo actual no nos atrapa, no nos reconocemos en los que ahora tienen la edad que nosotros teníamos entonces. Recuerdo vagamente los nombres y los hechos, me suenan McGovern, Abbie Hoffman, Tom Hayden, los panteras negras, los disturbios de Chicago, la convención demócrata. El juicio de los siete de Chicago tuvo lugar en 1969. Es una película política que pone frente a frente a los que estaban en el lado correcto de la historia y a los que representaban el pasado. Aunque ya no lo ve como entonces mi mirada escéptica y me niego a hacer un ejercicio de comparación entre entonces y ahora: Nixon/Trump; la nueva izquierda/el populismo.


La película es entretenida y aunque es larga no despego los ojos de la pantalla. La impresión de estar viendo un documental sobre la filmografía de Sidney Pollack o Sidney Lumet con Paul Newman no me abandona. De ahí deriva la sensación de irrealidad, como si un túnel del tiempo me devolviese al pasado, a un tiempo donde la conversación, las réplicas, la justicia con valor de verdad tuviese sentido por encima de la velocidad de las imágenes, del montaje sincopado y de los decorados brillantes del mundo irreal de las series actuales. Para nostálgicos deprimidos, en Netflix, tras haber estado unos días en los cines.


domingo, 18 de octubre de 2020

El momento Trump

 

La realidad termina por imponerse. Es probable que los estrategas el PSOE y del gobierno crean que la moción de censura de Vox les ayudará a contener la marea y a seguir en el poder. También es probable que sus cábalas estratégicas sublimen la realidad hasta el punto del desdén o del desprecio. Cuando despierten, la pobreza, la desesperanza, la enfermedad, la muerte estarán ahí. Entonces puede que de verdad se asombren de que la gente vote a Vox en cuanto tenga ocasión.


El falseamiento de la realidad por parte de la coalición de gobierno y sus terminales mediáticas tan omnipresentes (la lectura de El País, casi el entero periódico de hoy domingo, produce asombro), la pomposa exhibición del poder en tiempos que requieren discreción y humildad, su agresividad contra la oposición ante un líder tan débil y poco curtido como Casado, hará que muchos electores que no pensaban votar a Vox lo decidan a última hora (un caso similar a Trump en Estados Unidos), no tanto seducidos por los eslóganes contundentes y simples de Abascal y los suyos como por el rechazo a este gobierno de la desesperanza.


Antes de volver a una cierta racionalidad, esa mezcla de sentimiento, ilusión y razón común que caracteriza al ciudadano medio, este necesitará descargar su rabia acusatoria contra quienes cree culpables de la situación que está viviendo. Así que la moción de censura que presenta Vox no será lo que los estrategas del PSOE piensan que va a ser sino por el contrario una especie de presentación en sociedad de este partido, mediante ella adquirirá respetabilidad y legitimación. Los perdedores serán el PP pero también el PSOE no tanto Podemos. Claro que los mayores perdedores serán los ciudadanos en general.


sábado, 17 de octubre de 2020

Paradero desconocido, de Kressmann Taylor

 


«Llegas a una Alemania democrática, a una tierra profundamente culta, donde la preciosa libertad política está en sus comienzos. Será una vida maravillosa. Tu nueva dirección no puede ser más sugestiva».


Seguramente se podrían haber dicho más cosas sobre los tres personajes que casi de puntillas pasan por las breves páginas de esta novela epistolar, pero no con la misma intensidad y con la misma participación del lector. La novela está escrita en 1938, año crucial para la trágica época que se avecinaba, aunque comienza en 1932, año en que el monstruo humano sin parangón se asomaba a la imaginación forjada en la necesidad de los alemanes, cuando una familia de alemanes abandona California para instalarse en Munich. Martin Schulse deja a su mejor amigo, Max Eisenstein, que se seguirá ocupando del negocio común de una galería de obras de arte. Se intercambian cartas para dar cuenta del negocio y del estado de su amistad. Max se dirige a su amigo como, Querido Martin; Martin Schulse le responde, como Señor Señor Max Eisenstein.


Desde la primera carta aparece la cuestión que destruirá su amistad: «¿Quién es ese tal Adolf Hitler, que parece estar haciéndose con el poder en Alemania? -pregunta Eisenstein a su amigo-. No me gustan las cosas que leo de él». Schulse se convierte en funcionario del nuevo régimen y como tal se afilia al partido: «Creo que en muchos sentidos Hitler puede ser conveniente para Alemania». La relación entre ambos amigos va deteriorándose hasta el punto de que en varias ocasiones Matin le dice que han de interrumpir su diálogo porque puede perder su puesto de funcionario por cartearse con un judío, Alcanza el punto crítico cuando aparece el tercer personaje, Griselle, actriz, hermana de Max que ha ido contra el consejo de su hermano a Berlín para una actuación teatral. A Max le devuelven desde Berlín una última carta que había enviado a Griselle con un sello que decía «paradero desconocido». Max pide ayuda a su amigo; este se desentiende, incluso rechaza a Griselle cuando esta llega a su casa perseguida por camisas pardas. A partir de ahí las cartas adquieren un cariz distinto que no revelaré para que, mis queridos lectores, las leáis vosotros (apenas 80 páginas) y veáis cómo acaba la historia.


Katherine Kressmann cuenta en una nota final que la idea de la novela le surgió de una escena que presenció en California cuando unos alemanes que regresaban a su país, al cruzarse con un amigo judío, le negaron el saludo. ¿Qué puede llevar a hombres cultos e inteligentes a transformarse de ese modo?


viernes, 16 de octubre de 2020

Decadencia

 

No hace falta ir a la Venezuela de Maduro. Basta con echar un vistazo a como se han ido deslizando hacia el autoritarismo países como Polonia, Hungría o Turquía. Lo inasimilable es que la decadencia sea tan rápida y tan profunda.

No podremos decir, la población no podrá decir que la política no nos importa, porque la pobreza se va extendiendo como una sombra que oscurece rápidamente las calles. Un día amanecerá una luz tan pálida que la tristeza nos volverá impotentes. No podremos hacer nada para revertir la situación.

"Las democracias ya no mueren de golpe, a punta de pistola, sino que descienden lentamente hasta el autoritarismo. Y el descenso suele comenzar ignorando las leyes o las instituciones que, pese a ser fruto del consenso, entorpecen la llegada del paraíso". (III República: una utopía disponible, David Mejía)


jueves, 15 de octubre de 2020

La edad de oro, de Wang Xiaobo

 



Tenía el presentimiento de que tarde o temprano acabaría también por aburrirme de hacerlo. Por eso, cada vez que tenía ganas preguntaba: ‘Se dice que los matrimonios platican de moral de alcoba, pero nosotros estamos lejos de comportarnos con moralidad. ¿Le apetece platicar sobre la gran amistad, señorita?’, a lo que ella respondía: ‘Vale, ¿Platicamos por delante o por detrás?’. Me acuerdo de una vez que decidimos platicar por detrás junto al campo. Extendió la ropa sobre el suelo, se puso a cuatro patas como una yegua y a continuación me espeto: ‘Date prisa que luego tengo que ir a pinchar al tío Liu’.

Como todo esto también lo incluí en la confesión, los dirigentes me pidieron que explicara:

1. Qué significaba platicar de moral de alcoba

2. Qué significaba platicar sobre la gran amistad

3. Qué era eso de platicar por delante o por detrás.

En adelante déjate de metáforas y dedícate a describir los hechos simplemente tal y como ocurrieron’, dijeron cuando se lo hubiera aclarado”.


Cuando Wang Xiaobo murió en 1997, a los 45 años, dejó un montón de novelas y ensayos sin publicar. La fama relativa le llegó después de muerto. Sus novelas son como ramas del árbol de la vida, de su vida agrupadas en edades: la de oro, la de plata y la de bronce, a las que luego añadió, en su etapa más pesimista, la del hierro negro. Cada una de esas ramas, a su vez, de divide en otras. Esta novela que acabo de leer, por el nombre se puede deducir que pertenece a su mejor época, a la más optimista, que, sin embargo, coincidió con su época de reeducación cuando siendo estudiante lo llevaron al campo, en Yunnan. Xiaobo noveliza los días de la revolución cultural, a finales de los sesenta. Aparece en el personaje de Wang Er, un joven que sabe arreglar relojes, cuya función en el campo es la de ocuparse de cuidar cerdos y búfalos en la brigada de trabajo. En la mayor parte del relato Wang está empalmado, una erección inmisericorde. Allí conoce a la médico de la brigada, Chen Quingyang, a la que todo el mundo considera una golfa por ser guapa y despreocupada. Ambos se declaran muy amigos y terminan por convertir la amistas en encuentros sexuales adúlteros, porque Chen está casada. Escapan a las montañas un par de meses y a la vuelta les obligan a confesar su perversión. Una y otra vez rehacen la confesión porque la brigada no queda nunca satisfecha. Además, son sometidos a públicas humillaciones. Muchos años después, cuando ya están en Pekín, se encuentran casualmente en un parque, Chen le declara que se enamoró de él, pero aún así no deciden vivir juntos. Chen Quingyang, antes de despedirse, añade una confesión filosófica: “la vida consistía en ser destruido poco a poco, y sólo cuando se comprendía esa verdad era posible enfrentarse al mundo en paz”.


La novela está escrita con humor, con humor negro, imponiendo por encima del mundo opresivo y bárbaro de la revolución cultural una relación sexual liberadora, la práctica de la gran amistad, según el código que han establecido entre ellos.