viernes, 24 de junio de 2016

Un día como este


         1. ¿Puede un problema complejo resolverse con un sí o un no en un Referéndum?

         2. ¿Los culpables son Siempre los políticos? Cameron ha convocado un referéndum innecesario, ¿pero quién eligió y revalidó a Cameron?, ¿quién en última instancia ha votado para que GB saliese de la Unión Europea? Eso es democracia. La democracia europea no es autoritaria –al estilo Putin o Maduro- sino deliberativa y representativa. Representativa quiere decir que delegamos los problemas arduos en nuestros representantes. La gente que elige malos políticos ha de cargar con sus consecuencias.

         3. Los responsables de la salida de Gb de la UE son los votantes que lo han decidido así, también quienes se han abstenido o votado en blanco. No pueden eludir su responsabilidad de lo que a partir de ahora les suceda, y nos suceda.

         4. Las tres mejores novelas que he leído en los últimos meses son británicas: La zona de interés de Martin Amis, La ley del menor de Ian McEwan y El ruido del tiempo de Julian Barnes. La autobiografía que ahora leo, Ante todo no hagas daño, de Henry Marsh, también lo es. Me gusta el cine y las series británicas, los científicos y los divulgadores británicos.

         5. Hay un producto que viene de las islas con el que no me encuentro cómodo: los jóvenes de fin de semana que invaden Barcelona y los turistas borrachos que ensucian la Costa del Sol y Mallorca y que acompañan a su selección para armar camorra.

         6. Como todos los países GB tiene dos almas que son productos de un sistema cultural dual, buenos colegios y universidades para la élite y esa otra parte cuyo instinto de felicidad se basa en fútbol, cerveza y sol, de quien se despreocupan las élites. Ese sistema tiene dos padres: la élite que se reproduce y los votantes que votación tras votación lo valida.


         7. Es difícil sobreponerse al estado de ánimo en un día como este. Ver a tanta gente dejarse llevar por un puñado de peligrosos imbéciles que quieren llevarnos a la ruina: “Es grandioso que los británicos hayan recuperado el control”. O estos o estos.

miércoles, 22 de junio de 2016

El canto de cisne de las televisiones

     

         ¿Y si Donald Trump fuese un ente de ficción? ¿Cómo no se me había ocurrido antes? ¿Alguien ha visto su desordenada coleta negra fuera de las pantallas? Todo el mundo sabe de memoria sus frases insultantes, sus eslóganes espásticos; todo el mundo conoce sus desprecios: sabemos que odia al inmigrante mexicano, que encerraría en un campo vallado al musulmán, que amenaza con cal viva a sus contradictores, que tiene listas patrullas de la guardia civil y jueces estrella para detener a los corruptos, pero ¿alguien le ha escuchado un discurso completo y bien estructurado? Podemos adivinar quiénes son sus guionistas, los que le arreglan su rala perilla, quién son sus papagayos de atrezzo, podemos rastrear sus contradicciones hábilmente echadas a volar, hoy A, mañana B, cómo una consigna, una imagen de un enemigo restregándose las manos tras haber saludado a una niña negra se expande de forma viral por el sistema nervioso que han creado sus miles y miles de partidarios, pero ¿quién le ha estrechado la mano alguna vez, quién ha podido constatar que no es un pelele articulado y que sus manos sudan y sus húmedas axilas exudan un agrio olor acidulado en este confuso junio? He oído decir que una vez puso en aprieto a Ana Pastor cuando, con americana azul y melena rubia, bien alimentado y con unos quilitos de más, le repreguntó si acogería en su casa a los inmigrantes por los que la periodista decía estar preocupada.

         Le oigo en inglés, también en francés, en ruso (“Doscientos rusos pueden con mil ingleses”) y en español, tiene el don de lenguas, aunque lo que dice suena a una mala transcripción del traductor de Google. Eso sí, en todas las lenguas el tono y el ritmo de las palabras son una imitación mejorada del rapero Pablo Hasel –sus comparsas ensayan la misma entonación-, pero tanto eslogan repetido cansa, así que, como siempre está en pantalla, opto por quitar el sonido y, mientras pelo las patatas y corto en rodajas el calabacín, busco en youtube la música del rapero más vulgar. Entonces veo cómo Marine agita los brazos, echa el cuerpo hacia delante, ensombrece sus ojos furiosos, por lo que llego a la conclusión de que sí, que es un muñeco articulado que aparece con diferentes trajes y peinados y una misma jeta transformista entre el furor uterino y la sonrisa de pato. Hasta he visto los hilos de quienes hábilmente lo mueven. No sé qué ocurrirá si al fin alcanza la presidencia y ha de estrechar la mano de Jin Ping y apretar los recios brazos de Angela Merkel, esta sí un digno ejemplar de nuestra especie, antes de darle dos sonoros besos. ¿Cómo harán sus articuladores para que atienda a sus obligaciones de Estado? Mientras tanto los espectadores de la Sexta conectados a la pantalla por churretes regalimosos no pueden levantarse del pringoso sofá regado de latas de cocacola y bolsitas de chuches para comprobar a través de la ventana si sigue la primavera lluviosa o ha comenzado el tórrido verano. Los programadores conocen el efecto de ilusión de verdad: saben que la gente tiende a creer que una afirmación es cierta si ya la ha oído antes, aunque le muestren con pruebas que es falsa. Marine con su coleta rubia suma cero tiene un equipo entrenado y hábil que por la noche siembra de afirmaciones falsas las redes y por la mañana ella repite en su canal favorito como verdaderas.

martes, 21 de junio de 2016

El policía búlgaro (La pequeña farsa convertida en tragedia)


         «¡Un policía búlgaro se ata los cordones de sus botas!», anunciaba Maxim a los amigos de su padre. Al niño siempre le habían gustado las bromas y las travesuras, las catapultas y las escopetas de aire comprimido; y a lo largo de los años había llevado a la perfección su número cómico. Llegaba con los cordones sueltos y con una silla que colocaba, frunciendo el entrecejo, en medio de la habitación, moviéndola despacio hasta conseguir la mejor posición. Después ponía una expresión grandilocuente y levantaba con las dos manos el pie derecho, haciendo palanca para asentarlo encima de la silla. Miraba alrededor, muy complacido por esta simple proeza. Luego, con una torpe maniobra que los espectadores quizá no comprendiesen al principio, se agachaba, sin hacer caso del pie sobre la silla, y se ataba los cordones de la otra bota, la que pisaba el suelo. Inmensamente contento con el resultado, cambiaba de pierna, levantando la izquierda hasta la silla para después agacharse y atar los cordones de la bota derecha. Cuando había acabado, se enderezaba, muy erguido, casi en posición de firmes, examinaba detenidamente las dos botas que había conseguido atar y pesadamente devolvía la silla a su sitio.Sospechaba que a la gente le hacía tanta gracia no sólo porque Maxim era un comediante nato, no sólo porque gustaban los chistes sobre búlgaros, sino por otra razón, más profunda: porque el pequeño sketch era sumamente sugerente. Maniobras ultracomplicadas para lograr la conclusión más sencilla; estupidez; autocomplacencia; indiferencia a la opinión ajena; repetición de los mismos errores. ¿No reflejaba todo aquello, magnificado en millones y millones de vidas, cómo habían sido las cosas bajo el sol de la Constitución de Stalin, un vasto catálogo de pequeñas farsas que llegaban a ser una inmensa tragedia? 

                                    (en El ruido del tiempo, de Julian Barnes) 

lunes, 20 de junio de 2016

Las tres etapas de la secularización



         Para huir de su desamparo el hombre sacraliza el mundo; cuando toma conciencia de sí mismo lo seculariza.

         La secularización es el proceso mediante el cual el mundo se mundaniza, el hombre se humaniza y el individuo alcanza su plena y total autonomía. Tres etapas, según explica Javier Gomá Lanzón, que hemos tenido que recorrer para liberarnos del miedo y de la necesidad que nos ha acompañado desde que tomamos conciencia de nuestra singularidad.

         La primera secularización se produce cuando el tiempo histórico entra en el cosmos griego. El cristianismo, que se quiere universal, introduce en Grecia la historicidad. Así como el mundo hebreo es esencialmente historia –en esa tradición nace el cristianismo- el mundo griego es espacial: el mundo es un lugar, las cosas discurren en el mundo pero nada significante le sucedió jamás a ese mundo. Entonces, el mundo se convirtió en historia. Se produce una desanimación de la naturaleza. Muere el mundo animado y se desacraliza el Estado y sus pretensiones absolutistas.

         La segunda desacralización se produce en la modernidad ilustrada, a partir del Renacimiento. El mundo y el hombre se autonomizan. Ante la ausencia de Dios que no interviene para resolver los males del mundo, tanto los que provienen de la naturaleza como los que causa el propio hombre, los hombres se preguntan: ¿es Dios invisible porque se oculta detrás del mundo o, más sencillamente, porque no existe? Poco después se decreta su muerte: “Dios ha muerto”. Ante la indignidad de la enfermedad y la muerte, “Lo único que me queda son mis gemidos”, dice Job.

         La tercera desacralización se produce ahora cuando el individuo toma conciencia de que es un ser cuyo destino es la muerte, que está solo, que nadie le acompaña. Ya nada le puede consolar, no la religión con sus fórmulas y sus falsas esperanzas, tampoco los anuncios de un próximo paraíso en la tierra, porque cada individuo quiere perdurar con su propio cuerpo no después de su corrupción, como tampoco le satisface el que la humanidad, la clase a la que pertenece o su descendencia alcance un paraíso que él no lo puede gozar.

         Por la primera secularización la humanidad se separa del todo que es el mundo y se hace responsable de su vida en el mundo. Por la segunda los hombres se ven abandonados a un mundo sin Dios, un Dios, en todo caso, silente que no les ampara ni protege, por la tercera el individuo constata la indignidad de tener autoconciencia y verse abocado a morir. Si por la primera la humanidad se hizo dueña de su morada, por la segunda el hombre alcanzó su total autonomía, qué conseguimos con la tercera. ¿Podemos librarnos de la muerte que invalida nuestra autonomía?

domingo, 19 de junio de 2016

Atrapados en el bucle




         1. Cada vez es más factible que el próximo 27J al despertarnos el monstruo esté ahí, alzado sobre sus pies.

         2. Nadie se arrepentirá de haberlo convocado. Tampoco, cuando se vean los destrozos, quienes han entrado en el círculo mágico de la nueva conciencia se echarán para atrás reconociéndose responsables. Muchos quedarán atrapados para siempre en ese bucle (En España, el PCE sigue existiendo después de Stalin, después de Kolimá, después de Hungría 1956, después de Praga 1968, después de los Jémeres Rojos de Camboya, después de la caída del muro de Berlín).

         3. De pronto ves, leyéndolos, al grupo de intelectuales, escritores, artistas, periodistas agrupados al calor de su mediocridad; cuántas alabanzas se prodigan entre ellos, cuánto desdén desde su ignorancia o desde su mala fe hacia quienes les pueden ensombrecer.

         4. No hay nada que puedan los hechos contra una ideología mamada desde la cuna. Los sentimientos y emociones, la cercanía de quienes nos aman, la deuda con quien nos ha tratado bien, el calor recibido. Qué puede contra eso la fría razón.

         5. A una parte importante de la población le importa más la corrupción económica que la corrupción moral; vende su libertad, su conciencia, por tintineantes abalorios.

         6. Los programas no sirven para nada. Los clichés, las imágenes sucintas, las palabras aisladas tienen mayor efecto. Heteropatriarcado. Con eso basta, rodeada de aureola la palabra va directa a la conciencia famélica. Ya está.

         7. ¿Cómo rescatar a quien voluntariamente se entrega a la secta, aunque sea una secta sin paredes?

         8. Hacía falta una sacudida. Cuando un sistema enferma gravemente necesita cura, pero el remedio no puede ser destruir sin proponer algo mejor.

         9. Spinoza, Tratado teológico-político: 
         Si los hombres pudieran conducir todos sus asuntos según un criterio firme, o si la fortuna les fuera siempre favorable, nunca serían víctimas de la superstición. Pero, como la urgencia de las circunstancias les impide muchas veces emitir opinión alguna y como su ansia desmedida de los bienes inciertos de la fortuna les hace fluctuar, de forma lamentable y casi sin cesar, entre la esperanza y el miedo, la mayor parte de ellos se muestran sumamente propensos a creer cualquier cosa. Mientras dudan, el menor impulso les lleva de un lado para otro, sobre todo cuando están obsesionados por la esperanza y el miedo; por el contrario, cuando confían en sí mismos, son jactanciosos y engreídos.
         No creo que haya nadie que ignore todo esto, aunque pienso que la mayoría se ignoran a sí mismos.

sábado, 18 de junio de 2016

Citas de 'El ruido del tiempo'


         "Los seguidores de Karlo-Marlo (sic) se habían propuesto forjar el alma humana, el alma rusa. Ser ruso es ser pesimista, ser soviético es ser optimista. La expresión Rusia soviética, por eso, es contradictoria. Pero el poder no lo había comprendido. Pensaba que si exterminabas una parte suficiente de la población e imponías al resto una dieta de propaganda y terror, brotaría el optimismo. Lo mismo sucedía con Shostakóvich, no podía ser optimista".

         "La pureza proletaria era tan importante para los soviéticos como la pureza aria para los nazis".

         "El arte es el susurro de la historia que se oye por encima del ruido del tiempo".

         "El hecho más simple de la Unión Soviética: que aquí era imposible decir la verdad y seguir viviendo".

         Sobre el cuarto cuarteto de cuerdas de Shostakóvich:
         "Corría una anécdota que se repitió tanto que se daba por cierta. Se decía que los Borodin habían aprendido a tocar el cuarteto de dos formas: auténticamente y estratégicamente. La primera era la que había pretendido el compositor, mientras que la segunda, concebida para salvar la burocracia musical, los intérpretes recalcaban los aspectos ‘optimistas’ de la pieza y su conformidad con las reglas del arte socialista. Se consideraba que era un perfecto ejemplo del uso de la ironía como defensa contra el Poder".

         Sobre los famosos humanitarios occidentales que visitaban la URSS:
         Malraux elogió el canal del Mar Blanco sin mencionar a sus constructores forzados a trabajar hasta la muerte.
         El cantante Robeson elogiaba la dictadura estalinista, como Romand Rolland.
         Feuchtwanger comprendía los juicios amañados porque eran una parte necesaria para el desarrollo de la democracia.
         
         Bernard Shaw: ¿Hambre en Rusia? Qué tontería, me han dado de comer tan bien como en cualquier parte del mundo. “No va a asustarme usted con la palabra dictador”.

         Shostakóvich consideraba a Picasso un bastardo y un cobarde. ¡Qué fácil era ser comunista cuando no vivías bajo el comunismo! Aborrecía aquella la puñetera paloma de Picasso.
         Sartre cobrando derechos de autor: Shostakóvich lo vio recogiendo un grueso fajo de rublos, que solo en ocasiones excepcionales se pagaban a escritores extranjeros.

         Stravinski, su silencio despreciable para no comprometer su status en EE UU.

viernes, 17 de junio de 2016

El ruido del tiempo, de Julian Barnes

  
   
     El ruido del tiempo es la última novela de Julian Barnes. Dmitri Shostakóvich es el protagonista, el contexto la Rusia estalinista. Está dividida en tres episodios. En el primero el compositor está atenazado por el miedo. Después de que Stalin, acompañado de los camaradas Mólotov, Mikoyán y Zhdánov, asistiese a una representación de la ópera Lady Macbeth de Mtsensk en Leningrado, el fatídico 26 de enero de 1936, y dejase constancia en Pravda de su reproche, Bulla en vez de música, una música que “graznaba y gruñía y resopabla”, que había sido compuesta para los “amanerados” que habían perdido todo “gusto sano” por la música y preferían “una confusa corriente de sonido”, Shostakóvich se preparó literalmente para ser interrogado primero y luego para desaparecer como les había ocurrido a otros artistas, conocidos y familiares suyos. Hubo un interrogatorio y después, cada noche, durante diez días, junto a una pequeña maleta que contenía lo indispensable, el músico se ponía en el rellano, enfrente de la puerta del ascensor, en el quinto piso de la calle Bolshaya Pushkarskaya, esperarando el momento en que alguien viniese a detenerle.

         En el segundo episodio, en el avión que le devuelve a la Rusia soviética, en 1948, tras una invitación en EEUU para participar en un congreso por la paz y la cultura, Shostakóvich medita sobre la humillación y la traición, sobre su debilidad, pesimismo y miedo en el sometimiento a las directivas del poder, en su fracasada carrera como compositor de óperas tras el suceso de enero de 1936, en la prohibición de que sonase su música (condenada por formalista, desviacionista y antipopular), en la posterior llamada que Stalin le hizo asegurándole que no había sido prohibido, en su impotencia y debilidad para plantar cara porque si lo hacía muchos pagarían las consecuencias. Pero la humillación que le zahería era lo que había sucedido en Nueva York, el peor momento de su vida. Se había visto obligado a leer dos textos que le habían preparado. En el segundo atacaba a Stravinski, que se había jactado de que “Mi música no expresa nada realista”, en contra de las directrices estalinistas; en él decía que Stravinski había traicionado a su país natal y que se había unido a la camarilla de reaccionarios músicos modernos. De vuelta a casa Shostakóvich piensa que ha traicionado al mayor compositor del siglo XX y a la música: sentía vergüenza y desprecio por sí mismo.

         En el tercero, Shostakóvich está en el asiento trasero de su nuevo coche, un Poveda. Mientras contempla la cabeza y las orejas de su chófer, se lamenta de que nunca le hayan permitido comprarse un coche extranjero, un Mercedes, como sí lo han hecho con Prokofiev o Rostropovich, piensa en su tercera y última conversación con el poder. Fue en 1960, también año bisiesto, como en las otras dos ocasiones anteriores. Stalin había muerto y Nikita el Mazorca había tomado el relevo. Podía haber perdido el miedo: ya no había muertes, el partido ya no mataba, pero podía comprarte el alma. Que te matara nunca había sido lo peor. La muerte era preferible a un terror interminable. Es lo que sucedió. Le dijeron que solicitase el ingreso en el partido, él no lo deseaba de ningún modo, pero lo hizo, que fuese el presidente de la Unión de Compositores de la Federación Rusa, no lo quería, pero lo fue. A Nikita no le gustaba su música, eso era lo de menos. No querían que fingieses adhesión a sus gustos triviales y a sus lemas críticos, desprovistos de sentido; te pedían que realmente creyeras en ellos. Querían tu complicidad, tu acatamiento, tu corrupción.

         Frente al sistema totalitario comunista, Shostakóvich pensaba que se defendía con la ironía, esa brecha entre cómo piensas que debe ser el mundo y cómo es en realidad. Por ejemplo, firmaba los textos que le hacían firmar como suyos, pero no los leía –artículos en Pravda o en revistas de musicología o las inmundas cartas públicas contra Solzhenitsyn o contra Sajarov (en compañía de Jachaturián o Kabalevvski)- o aplaudía los discursos de los actos oficiales pero no los oía, incluso aquellos que le recriminaban ásperamente su formalismo musical. Pero ¿hasta donde podía llegar la ironía si sus amigos o conocidos no sabían que la practicaba? En su primer concierto para cello había insertado una referencia a la canción favorita de Stalin, pero Rostropovich lo había interpretado sin percatarse de ello, si él no lo hacía ¿quién más en todo el mundo lo podría detectar?

         Julian Barnes escribe una novela sobre el miedo en una sociedad totalitaria, el miedo físico a la muerte y el miedo a perder el alma. Shostakóvich vivía escindido, en su intimidad no aceptaba el sistema (la música no pertenece al pueblo, según el lema de Lenin, la música pertenece a la música), sin embargo se plegó a su mandato: no volvió a escribir óperas, compuso música sentimental para las películas del régimen, participó sumiso en la vida oficial, aceptó premios y condecoraciones (seis premios Stalin y tres órdenes de Lenin). Su carácter pesimista como el del alma rusa no conjugaba con el falso optimismo de las consignas, eso le llevó a la neurosis. Y esto, tal vez, era la derrota definitiva que le habían infligido. En lugar de matarlo, le habían permitido vivir, y al permitirle vivir lo habían matado. La forma que adopta la novela es una larga introspección del compositor soviético escrita en tercera persona, en párrafos breves discontinuos. Tiene la ventaja de seguir el curso irregular de la conciencia, de ver el pasado desde la urgencia, el desencanto, el pesimismo, la desolación del presente, de ser fiel a la organización mental que no es la del relato estructurado. Un gran logro.