lunes, 14 de abril de 2014

9 mois ferme (9 meses... de condena)


            Una juez entregada a su profesión, con una pila de expedientes sobre la mesa que esperan ser resueltos; soltera, sin voluntad para probar la experiencia de vivir junto a un hombre, tras la decepcionante historia familiar; la noche de fin de año, cuando sus compañeros la convidan a una festiva celebración, en la que bebe más allá de su costumbre; la constatación, unos meses después, de que algo ocurrió aquella noche, cuando un médico descubre que aloja dentro de sí un inesperado intruso. Las sorpresas no acaban ahí. El padre de la criatura no es quien ella imagina, sino un delincuente con querencia por las prostitutas y acusado de globófago, comedor de glóbulos oculares.


            Todo lo anterior indica que la trama es algo enrevesada y que puede dar lugar a situaciones muy cómicas. Así es. 9 mois ferme es una comedia francesa en la que el director, guionista y actor Albert Dupontel se lo debe de haber pasado en grande concibiendo y realizando gags tanto visuales como dialécticos. También el espectador, es decir yo, se lo pasa muy bien por momentos a carcajada limpia. He tenido la impresión de que Albert Dupontel escarbaba en las viejas películas en blanco y negro como fuente de inspiración. También en las creaciones de Monty Python. Ejemplos: un golpe con un palo de golf en la cabeza de un compañero juez, lascivo, a quien la prota embarazada cree padre de la criatura, para conseguir su ADN. El ataque imaginado del globófago sobre su víctima, un anciano sorprendido en su cocina con todos los instrumentos cortantes volando hacia él, o la automutilación de las propias extremidades del anciano en un suicidio imaginario. Un abogado tartamudo que defiende la causa del globófago. Un forense torpe despiezando un cadáver como en una carnicería. La película no pretende reflexionar sobre nada, no hay detrás ninguna inquietud social, ninguna referencia a la crisis económica o moral, sólo hacer reír a quien vaya a verla. Y lo consigue.

jueves, 10 de abril de 2014

Con el agua al cuello, de PetroS Márkaris



            El comisario Kostas Jaritos tiene que hacer frente a un cuádruple crimen, dos banqueros griegos, otro inglés y un holandés que pertenece a una agencia de calificación. A todos les han cortado el cuello con una espada y cada vez el asesino ha dejado su marca, una D latina junto al cadáver. Al mismo tiempo que suceden los crímenes, anónimas manos pegan carteles en las calles de la ciudad animando a los ciudadanos a que no paguen sus deudas con los bancos. Cada uno de los crímenes sucede a lo largo de la novela Con el agua al cuello, mientras el autor nos muestra los estragos de la crisis en Grecia: negocios hundidos, familias arruinadas, préstamos fallidos, morosos. El comisario, ayudado por sus escasos ayudantes, dos hombres y una bella joven policía, intenta a ciegas dar caza al asesino o asesinos, presionado por sus superiores y en competencia con sus iguales, entre ellos el comisario de asuntos terroristas que quiere como él hacerse del caso. Jaritos recorre las calles de Atenas atestadas de tráfico a pesar de la crisis, pregunta a seguratas, quiosqueros y dependientas de mercerías en busca de algún indicio, hasta que descubre con ayuda del fiscal inusuales cobros de cincuenta mil euros en pagos de a diez mil en las cuentas de tres individuos, atletas retirados que en sus tiempos fueron suspendidos por dopaje. Hasta aquí puedo contar sin desvelar lo esencial, aunque en verdad la trama es simple y el desenlace no es de ningún modo inesperado. Al autor parece interesarle más hacer apuntes sobre la crisis y sus estragos que ahondar en la trama o dibujar personajes complejos.

            Petros Márkaris no se esfuerza en liar al lector en una trama llena de revueltas y sorpresas como sucede en otras novelas policíacas, tampoco en crear un comisario excéntricp, peculiar, con alguna sabiduría oculta o manías que lo muestren misterioso. Los personajes que le rodean tampoco tienen particularidades excepcionales. La esposa de Jaritos aficionada a los refranes y a la cocina, una hija abogada que busca trabajo, un yerno médico de la Seguridad Social. En esta novela de la serie del comisario Jaritos asistimos precisamente a la boda de la pareja, a los duros comienzos de una familia que desea independizarse. Todo gira en torno a la crisis, sus efectos, la mofa y el desdén hacia los europeos del norte, la bajada de sueldos y pagas extra y la ruina generalizada. El comisario y sus familia se solidarizan con sus hermanos del sur, italianos y españoles, como cuando tiene que dejar su viejo Mirafiori y comprar un nuevo coche opta por un Seat Ibiza, del mismo modo que cuando ven, la familia reunida ante la tele, la final del mundial de fútbol celebran la parada de Casillas ante Robben y el gol de Iniesta, porque desean que gane España ante Holanda.

            Sin embargo, aunque Márkaris es bienintencionado y compasivo, como literato es decepcionante. Como digo la trama es muy simple y lineal, ante los ojos del lector no se abre un abanico de posibilidades, lo que sucede es esperable, los personajes no tienen vueltas y los motivos que les mueven tanto a los buenos como a los asesinos no requieren de cursos de psicología o de sociología. Lo único destacable es la simpatía que el comisario muestra por el asesino con quien departe de forma amistosa y comprensiva. Supongo que su escritura plana y facilona es una opción del escritor, una especie de didactismo para lectores poco exigentes, porque Petros Márkaris es doctor en económicas, fue guionista de Theo Angelopoulos y traductor de grandes autores alemanes como Goethe, Bertolt Brecht o Thomas Bernhard. La novela forma parte de una trilogía sobre la crisis junto a Liquidación final y Pan, educación, libertad.

miércoles, 9 de abril de 2014

Nacionalismo 3


       “Al final la conclusión es que el encaje no es posible. Es que tenemos la sensación de que no nos aceptan, ni como somos, ni como pensamos, ni como hablamos, ni como soñamos”. Marta Rovira.
         Cuánto se tarda en comprender que es inútil y dañino para la propia salud discutir con las esferas. Las esferas son aquellos individuos que por enfermedad o sectarismo están incapacitados para la conversación racional. Por ejemplo, los biólogos evolucionistas discutiendo con los creacionistas. Esas energías que se gastan tan vanamente son necesarias para seguir descifrando las claves de la naturaleza o para ampliar el marco de convivencia donde quepan puntos de vista racionalmente sostenibles y no dañinos o para defender los derechos de los individuos. ¿Por qué no dejar que sectarios, fanáticos, nacionalistas y otros humanos a los que la naturaleza les ha jugado una mala pasada se consuman en su propia esfera sin prestarles mayor atención?

        Cualquier intento de convencer de dialogar con un nacionalista conduce a la melancolía. Nunca jamás se le convencerá, como nadie puede sacar a un enfermo mental de su patología.

        El mejor discurso de ayer.

martes, 8 de abril de 2014

El proyecto esposa, de Graeme Simsion


            Don Tillman es un profesor de genética en la universidad de Melbourne. Es un individuo dotado con una inteligencia práctica, una gran memoria y capacidad única para ordenar su vida, de modo que no pierde el tiempo en nimiedades. Pero tiene un problema, es incapaz de manejarse socialmente. Como el dice, su mente está configurada de modo diferente al resto de las personas que tienden a verle como un raro. Es incapaz de tener sentimientos hacia los demás, de emocionarse con el arte, de entender los dobles sentidos en la conversación, las bromas y chanzas. Lo procesa todo como información, por lo que visto o escuchado o degustado una vez ya basta. Por ello no tiene muchos amigos, sólo dos: otro profesor, Gene, un catedrático de psicología, y su esposa Claudia. Gene está muy interesado en la atracción sexual humana, a la que considera determinada genéticamente y tiene un plan para verificar su teoría, acostarse con mujeres de todas las nacionalidades posibles, algo imposible en el caso de Don que siente repulsión al contacto físico. Dadas las dificultades para relacionarse con las mujeres, inducido por Gene, Don concibe un cuestionario que le permita seleccionar a la mujer ideal: “Un instrumento científicamente válido, de diseño específico y que incorporase las mejores técnicas actuales para cribar a las malgastadoras de tiempo, las desorganizadas, las exigentes con los sabores de helado, las susceptibles al acoso visual, las pitonisas, las lectoras de horóscopos, las obsesas de la moda, las fanáticas religiosas, las veganas, las espectadoras de deportes, las creacionistas, las fumadoras, las analfabetas científicas y las homeópatas, hasta llegar, idealmente, a la compañera perfecta o, siendo más realistas, a una preselección de candidatas manejable”. Después de citarse con algunas de las candidatas perfectas, según el cuestionario, Don topa con demasiados imprevistos y como cabía esperar es una mujer, un desastre según el cuestionario, la fumadora, bebedora e impuntual Rosie, una camarera que combina su trabajo con un doctorado en psicología, con la que se acaba entendiendo. Durante la mayor parte de la novela, Don vivirá estresado entre su incomprensible atracción por esa mujer -Don es incapaz de entender la pasión romántica- y la lógica de la investigación que le dice que esa mujer está totalmente contraindicada.

            El proyecto esposa es una novela llena de situaciones cómicas, en la que se juega con los problemas sociales de autistas, asperger y otros individuos con problemas de configuración mental y en la que se saca punta a los proyectos de investigación de psicólogos y genetistas, los personajes que recorren sus páginas. Aunque a veces el autor, el novel neozelandés Graeme Simsion, se pierde, y pierde al lector, en algunas disquisiciones técnicas relacionadas con dichas profesiones, en general me he divertido con las aventuras de Don, su falta de empatía y su voluntad para modificar su conducta y hacerla más convencional. Por supuesto, la realidad es mucho menos complaciente para quienes padecen dichos síndromes. Sé de qué hablo.

lunes, 7 de abril de 2014

Les garçons et Guillaume, à table


Guillaume es lo más parecido que un cineasta francés puede hacer para aproximarse al estilo Fellini. La vida como escenario de una farsa. Guillaume Gallienne el guionista, director y actor de esta peli se toma a sí mismo como personaje y muestra sitios, sucesos y asuntos personales para encadenar una historia teatral, humorística y très sympáthique sobre los lugares comunes del hombre europeo genérico. Desfilan los tópicos relacionados con los grandes países del continente, España, Inglaterra, Alemania, la vida familiar según los cánones psicoanalíticos, desembocando en la personalidad confusa y multiforme que se ha ido construyendo en las últimas décadas. Guillaume es el último de una serie de hermanos a quien la madre trata más como a la chica que le hubiese gustado tener que como al último de sus chicos. Guillame responde queriendo parecerse a ella, en la dicción, en los gestos, en el gusto. Así descubre, en medio de los bailes de la feria de abril, en la ciudad más fea de España, La Línea de la Concepción, que es una chica en un cuerpo de chico. Eso le lleva primero a buscar modelos femeninos a los que imitar y luego a probar su personalidad descubierta en antros de gays y a frecuentar a hombres a quienes les gustan los hombres, lo cual no quiere decir que a Guillame le gusten precisamente los hombres.

Gallienne nunca lo mira desde el drama, nada más alejado de las brumas nórdicas de un Lars von Trier, prefiere como digo el tono jocoso y autoburlón del sur, la vida exhibida del arco Mediterráneo. Desde ese punto de vista está en la estela de La Grande Bellezza, la gran película de Sorrentino del año pasado, aunque no alcance su cima. Les garçons et Guillaume, à table es una película con buenos momentos,donde la risa sale de forma espontánea, donde los tópicos están tratados con naturalidad, sin ofensa, y que sirve para entender que los habitantes de esta gran península europea pertenecemos a la misma cultura. Nos hemos acercado tanto en la manera de entender la vida y de disfrutar de ella que sería un arcaísmo decir que pertenecemos a naciones distintas. Es curioso que en época de crisis hayan surgido películas tan potentes y optimistas como la de Sorrentino y la de Gallienne. Quizá la crisis no sea para tanto, quizá sirva para tomarla como un tropezón, un gran tropezón en el camino hacia un espacio común donde las vidas particulares sean más libres y menos acomplejadas.

sábado, 5 de abril de 2014

Temporada de toses



IVAN MARTIN, director y piano

            Interesantísima la propuesta del pianista y director Iván Martín, una versión de los dos primeros conciertos para piano de Beethoven. Era costumbre en el compositor retocar sus partituras, hacer pequeños cambios ante peticiones de obras ya estrenadas. La que hoy nos ofrecía Iván Martin era una versión de dichos conciertos de 1790-1800, posterior a la hasta ahora comúnmente conocida. Y su propuesta ha sido brillante, reduciendo la orquesta, buscando una sonoridad propia de los tiempos de Beethoven, sin cambiar el tipo de instrumentos, sin hacer un concierto con instrumentos antiguos. Especialmente me ha gustado el concierto nº 1. A ratos he pensado que era nuevo, que no lo había oído antes. También ha estado brillante la orquesta reducida que nos ha presentado, tanto en la sonoridad clásica de los dos conciertos del compositor, con muchos ecos de Mozart y Haydn, como más romántica en las dos oberturas, Las ruinas de Atenas y Egmont

            Lástima que la exquisita sonoridad del Delibes sirviese tanto para propagar el brillante sonido de cada uno de los instrumentos como del intruso y paralelo concierto de toses, desde las más blandas a las más secas y hasta las ostentosamente cavernosas, sobre todo en los pianísimos del adagio del segundo concierto, donde Iván Martín quería que oyésemos cómo sonaba el piano de la época de Beethoven. No sólo toses, también el recurrente envoltorio plástico de los caramelos, los botellines de agua envueltos en bolsas igualmente de plástico y, novedad, los destellos de los móviles encendidos porque por lo visto algunos melómanos no pueden prescindir de guasapear mientras supuestamente escuchan música.

viernes, 4 de abril de 2014

Nacionalismo 2


            Bilingüismo. Como en  los países totalitarios, aquí la lengua del poder y la lengua de la oposición es la misma. Cataluña habla en catalán, la corriente telúrica. Documentos, discursos, leyes, debates, tertulias, manifestaciones, pancartas. Incluso cuando no sabían hablar en catalán hablaban en catalán, sin temor al ridículo, aunque lo hacían. Pero luego en casa con la esposa, incluso los personajes más conspicuos del nacionalismo, cambiaban de lengua, como en la conversación de calle, como en la taberna. La lengua de la calle, la lengua libre era, es el castellano. Esa esquizofrenia.

“Dice Joan Plana Crivillé en la carta publicada el pasado día 2 que “el castellano no debería ser ni cooficial, ya que no es un idioma natural de Cataluña”. El hecho es que el castellano es la lengua materna del 55% de la actual población de Cataluña (el catalán lo es del 31,6%) y, además, el castellano es usado como lengua habitual por un 45,9% de dicha población, mientras que el catalán lo usa el 35,6% y un 12% dice usar habitualmente ambas lenguas (datos extraidos del valioso libro de Mercè Villarrubias Sumar y no restar. Razones para introducir una educación bilingüe en Cataluña).
En este contexto, ¿qué significa “idioma natural”?, ¿habría, pues, que calificar al castellano de idioma artificial, o extranjero, en Cataluña? Lo cierto es que ambas lenguas han coexistido allí desde hace siglos: no está de más recordar que, como indica el profesor catalán F. Ovejero (La trama estéril. Izquierda y nacionalismo), ya en el siglo XVI se imprimían en Cataluña más libros en castellano que en catalán”.Javier Díaz Malledo.