viernes, 28 de julio de 2017

En el templo


              Necesitaba ropa interior deportiva y una chaqueta de senderismo para clima fresco y lluvioso. Acudí a una tienda que se ha hecho un nombre en internet. Se anuncia como oulet, pero en el rótulo exterior solo pone Esquí y Montaña. Nada más entrar me sentí disminuido: dos plantas espaciosas de altos techos, con iluminación tenue pero suficiente, amplios espacios para moverse entre los expositores abiertos, cada expositor un altar rodeado de un halo de deseo. Más que una tienda parecía un templo en el que el cliente puede moverse a placer dejándose tentar por productos coloristas, brillantes y tactiles, un templo politeísta lleno de dioses lujuriosos y egoístas. Los vendedores no atosigan, hay que ir a buscarlos para cualquier solicitud. Al que yo fui miró de reojo mi polo gastado y sudado, mis cortos pantalones caídos, mis sandalias vulgares. Me señaló dónde estaba la ropa interior. Los precios, a pesar de marcar en rojo un 50 % de descuento, me hicieron sentir avergonzado, cualquier prenda lucía un poder que había que estar dispuesto a pagar, aunque un sentimiento tal debía ser una cosa particular mía. La tienda está en el Eixample, no había muchos clientes a la hora de la tarde en que la visité, quizá la tienda no necesite muchos, que por el modo de hablar y de moverse, por el modo de exhibir ante los vendedores geografías y climas, el mundo en que se expanden, mostraban que para ellos el precio no era vergüenza sino un modo natural de desenvolverse. Nada ha cambiado, creo, en los sustancial, en estos años, sigue habiendo dos mundos más o menos estancos, dos maneras de vivir la misma tierra que todos habitamos. No les envidio, no me importa que facilidad sea un concepto para ellos sin sentido, sólo sé que estar ahí, compartir el lugar exclusivo que habitan me llena de vergüenza, así que salí de aquel templo de moda y consumo sin comprar nada.

             Andrea Wulf que biografía la vida de Humboldt narra el encuentro entre este y el tercer presidente de EE UU, Thomas Jefferson. Jefferson vivía grandes contradicciones, como buena parte de los hombres libres e ilustrados de su época, pero tenía convicciones que hoy nos chocan. Nadie ofrece ahora un modelo de vida como el que él representaba. Los modelos a los que admiramos hoy son degradaciones de la antigua virtud.

“Como señaló un visitante, Jefferson no ocupaba más que una esquina de la mansión, y el resto se encontraba aún en «un estado de sucia desolación». A Jefferson no le importaba. Desde su primer día en el cargo, había empezado a desmitificar el papel del presidente, eliminando de la joven Administración los estrictos protocolos sociales y la pompa ceremonial, y presentándose como un simple granjero. En lugar de recepciones formales, convocaba a sus invitados a pequeñas cenas íntimas que se celebraban en torno a una mesa redonda, para evitar problemas de orden y jerarquía. Vestía deliberadamente de forma sencilla, y muchos comentaban su aspecto desaliñado. Sus zapatillas estaban tan desgastadas que le asomaban los dedos, su abrigo estaba «raído» y la ropa de casa «llena de manchas». Parecía «un granjero grandullón»[32], señaló un diplomático británico, exactamente la imagen que Jefferson quería transmitir”.

miércoles, 26 de julio de 2017

3. El nacionalismo es un populismo


          Ahora bien, ¿si la cosa es tan claramente racional, cómo es que en la parte de la sociedad que presumimos como más cultivada de España, con la clase media más extendida, se deja de lado la argumentación racional para dar rienda suelta a las emociones? Precisamente por eso, porque la clase media con las necesidades básicas cubiertas quiere emociones, harta del aburrimiento en que consiste la vida pública, la normal administración de las cosas, donde nada interesante sucede. No nos mueve únicamente la realización de las necesidades materiales, como mal que bien hace el Estado del bienestar, también el deseo de ver caer a los corruptos, a los que exhiben su riqueza, a los poderosos, que en Cataluña se identifican con Madrit, no con la familia Pujol, por poner un ejemplo, queremos diversión. Es ese aburrimiento el que estimula a quienes saben que pueden mover a la gente para dar un vuelco a la situación en favor de sus intereses particulares, que quieren hacer coincidir con los del conjunto de la sociedad o de la nación. Saben que la gran promesa no se podrá cumplir, pero van tirando mientra el deseo se mantenga, mientras dure el actual estado de ebriedad libidinal, debidamente alentado por la agitación y la propaganda.

          Para los nacionalistas, el pueblo o la nación al que apelan se identifica con la parte de la sociedad que es independentista, no con el conjunto de la sociedad,
“El pueblo, por tanto, no es el conjunto de ciudadanos que afirman su voluntad de vivir juntos bajo una misma ley que han de darse a sí mismos, sino aquella parte (el partido, la nación) que se impone a todas las demás hegemónicamente como la clase de los amigos frente a los enemigos del pueblo”. (J.L. Pardo, Estudios del malestar).

          Por eso en Cataluña no ha triunfado el nuevo populismo como casi ha triunfado en el resto de España, porque ya tenía el suyo propio, como, a la inversa, los que apoyan al populismo restoespañol y despotrican contra el independentismo no ven que no hay diferencias sustanciales entre ambos, por lo que sólo si se hace coincidir el nuevo populismo con parte de la liturgia del viejo (Ada Colau) podría tener alguna chance.

           Algo parecido cabría decir de la mitificación que los nacionalistas hacen de la democracia, como si fuese el medio y el fin de la vida pública. La democracia no es más que un medio entre otros posibles para proveer al Estado de legisladores y de cargos públicos. A lo largo de la existencia del Estado liberal se han probado otros procedimientos y ahora hay quien, con razonamientos nada desdeñables, propone el sorteo como procedimiento alternativo. Lo que nos da seguridad jurídica y garantiza el libre ejercicio de nuestras libertades es el Estado de Derecho y sus instituciones, entre ellas la democracia. Para que funcione hay que atenerse a sus aburridos trámites.

           Pero, ¿por qué ha llegado tan lejos y está durando tanto este rapto de la razón? Ha habido una dejación del Estado, es evidente, pero tampoco la sociedad ha sido capaz, a través de su intelligentsia, de deslegitimar a los nacionalistas:
Es casi un lugar común de los constitucionalistas acusar a los dos grandes partidos españoles de no haber afrontado un combate intelectual y político de deslegitimación del nacionalismo. ¡Sin duda! Pero qué decir de la intelligentsia más directamente afectada por él. Lo que hoy manifiestan en el periódico es lo que han hecho siempre: contemporizar con una ideología siniestra que han contribuido a hacer pasable y hasta simpática. Lo que la gran mayoría de ellos no quiere advertir en el Proceso es, justamente, esta elementalidad radical: una parte considerable de los catalanes, liderados por un gobierno moralmente corrompido, han elegido el camino xenófobo y se niegan a convivir con el resto de españoles”.

         En fin, para el caso, a mí también me valdría esta otra frase de Groucho: “Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo”. Los deseos de los nacionalistas, lo que yo desee, no es el asunto principal de la vida pública.


Nota: Alguna de las ideas expuestas en los tres últimos comentarios provienen del libro de José Luis Pardo, Estudios del malestar, uno de los mejores libros de filosofía política que he leído.

lunes, 24 de julio de 2017

2. ¡Más madera!


               Cuando los nacionalistas apelan a sus derechos como nación separada y diferenciada para instituirse como Estado, mediante un referéndum de autodeterminación, quieren fundamentar ese hecho en la legitimidad que les otorgaría el ser una comunidad con características propias, como son una lengua, una historia propia, unos derechos históricos, es decir, se remiten a un pasado convertido en mito, anterior a la constitución del Estado moderno, en una época en que prevalecían las enemistades, los conflictos, las guerras entre comunidades (de lengua, de religión, de territorio, de negocios, de tribu), de tal modo que los conflictos se dilucidaban mediante la guerra continua o larvada, porque el estado natural, entonces, no era la paz, sino la guerra o la tregua, el cese el fuego, el armisticio con acuerdos o tratados más o menos duraderos a la espera de que recomenzase la guerra. Cuando en el siglo XVII surge el Estado moderno como pacto social (Hobbes), tras las sangrientas guerras de religión que se habían iniciado con la protesta de Lutero, con el objetivo de alcanzar una paz duradera (la kantiana paz perpetua), lo hace mediante un acto racional que toma la forma de pacto social expresado en la Constitución, prescindiendo deliberadamente, racionalmente, de las diferencias de naturaleza (lengua, religión, tribu), como si los firmantes del pacto estuvieran desnudos y sin rostro, no predeterminados por su nacimiento o ropaje natural, cada uno de ellos un ser humano igual a los otros firmantes del pacto, de modo que aquello que firmaban pudiese aplicarse en igualdad de condiciones a todos los hombres. Una vez instaurado el Estado de Derecho cada cual podría ser, aceptar o creer lo que quisiese a condición de respetar y cumplir la ley que obligaba a todos. Era el pacto el que permitía que cada cual profesase una religión, se expresase en una lengua particular, afirmase su diferencia, en ningún caso la lengua o la religión, el interés comercial o los lazos tribales eran el origen del Estado de Derecho. El orden civil no tiene su origen en la naturaleza ni en un hecho histórico sino que es una simple idea de razón (Hobbes, Nietzsche).

             Por tanto, no puede haber Estado que se diga moderno y busque su legitimidad en el periodo anterior a los estados modernos que surgieron en el XVII, luego teorizados por la Ilustración, y que se instituyeron para crear las condiciones de paz perpetua, sin volver al estado de naturaleza en que las diferencias étnicas, lingüísticas o religiosas se solventaban con violencia, es decir, en la guerra de todos contra todos (Schmitt) y no mediante las instituciones del Estado liberal (parlamento, sistema judicial, prensa libre) que no tienen ningún fundamento en la naturaleza.

             La Constitución del 78, el actual Estado de Derecho español, no es el resultado de una guerra ni de una posguerra comandada por los vencedores de la guerra civil sino de un acto de voluntad colectiva expresada de una vez, redactada por representantes libremente elegidos y aprobada en el Parlamento. Fue ese acto constitutivo el que creó el pueblo (“El pueblo soberano no preexiste a la ley sino que nace de ella”), es decir, el conjunto de ciudadanos españoles, que la ratificó en referéndum posteriormente (¡cuando ya estaba hecha!), y en ese acto único y formal se estableció el proceso para enmendarla o reformarla, así como la legalidad de los poderes delegados, regionales o autonómicos, y los derechos individuales de cada uno y de todos los ciudadanos. De ese modo no puede considerarse más que como movimiento retrógrado, de vuelta a la naturaleza, el de los independentistas cuando pretenden reconstruir una comunidad perdida, anterior a todo derecho. La nación de la que hablan, “tan fácil de sentir y tan difícil de comprender”, no puede quedar fuera del ámbito de la inteligencia y del derecho. No puede apelarse a un pueblo o nación

anterior y superior a la Constitución que sirve de justificación a todos los totalitarismos, y es la idea con la cual tuvieron que romper precisamente los tratadistas del Estado moderno para alumbrar el concepto de poder público, que no es la expresión de una voluntad preexistente -que no podría ser más que un conjunto de arbitrariedades ingobernables incapaces de fijar una dirección política-, sino lo que convierte a esa sociedad indefinida en un cuerpo político de ciudadanos”. (José Luis Pardo, Estudios del malestar).

          Mientras tanto, a la espera de que suceda algo, un hecho noticiable, un auto de prisión, un muerto en un choque contra la policía, ocupaciones de dependencias públicas que pongan a Cataluña en el mapa, los impulsores van tirando, quemando la poca madera que les queda en pos de un imposible jurídico.

domingo, 23 de julio de 2017

1. ¡Es la guerra!


                Cuánto me gustaría que alguien reconstruyese los diálogos que aquel grupo de colegas, es posible que amigos, de la facultad de políticas de la Complutense, mantuvieron antes, durante y después del 15-M y que dieron origen a la nueva política. Supongo que algo se pudo recoger en las tertulias televisivas del programa La Tuerka, pero me temo que no con la franqueza de las charlas no grabadas en la cafetería o en los despachos. Me gustaría oír lo que no podían decir en público o solo muy entre líneas, para los entendidos, lo que les animó a saltar al ruedo, más allá de la creencia largo tiempo alimentada, y que aparece en los textos teóricos de sus maestros neocomunistas (Rancière, Badiou, Laclau, Negri, Zizek), de la inautenticidad de la democracia liberal realmente existente, esa farsa política que pende de los hilos de los poderosos y que no atiende los reales problemas de la gente. Y qué era lo que no podían decir abiertamente, la idea neocomunista, tomada del del viejo nazi Carl Scmitt, de que la política es una guerra entre enemigos y amigos, un conflicto permanente entre los poderosos y el pueblo: fuera del esquema antagónico no hay auténtica política sino sólo “administración pura dentro de un marco institucional estable” (Laclau). No otra cosa es la política sino guerra a muerte, pues solo la guerra a muerte, aunque sea una guerra temporalmente suspendida, da sentido a la acción política y al deseo oculto, inconsciente, de la gente, “y quizá el más auténtico, el deseo de muerte, matar y morir, sin el que las revoluciones y las guerras no serían nada” (J.L. Pardo, Estudios del malestar), y como no podían decirlo alentaban, alientan, a los que sí lo decían o incluso utilizaban la violencia en su enfrenamiento directo con el Estado de Derecho, a quienes veían como aliados y actores, a la destrucción del Estado liberal, ya fuesen jóvenes ebrios de violencia, ex etarras o independentistas. Esa idea de la política como guerra y la creencia de que el 15-M era el acontecimiento inesperado e imprevisible, consecuencia de la crisis, que pondría en marcha la galerna destructiva, el acontecimiento tanto tiempo esperado cuya fuerza controlada y dirigida por ellos haría posible la toma del poder por el general más sabio, el que detecta el momento para instaurar una nueva legalidad, un nuevo Derechjo, les llevó a lanzarse a la arena.

                 Tiene que ser frustrante, y me gustaría igualmente poner el oído en las conversaciones actuales de amigos, los que permanecen tras las sucesivas espantadas y purgas, ver como pasa el acontecimiento imprevisto sin que cumpla su promesa, cómo después de que  durante meses pareció posible no sólo tocar los cielos sino alcanzarlos, ahora el pájaro vuele demasiado alto y no quede otra que sentarse en el despreciado Parlamento a discutir y en algún caso acordar leyes y normas, a perder las horas en el aburrido trabajo de comisiones, debates y compadreo, con los odiados enemigos a los que se creía ineludiblemente derrotados, porque la democracia televisiva de la que son consumados actores, fuera del entretenido espectáculo, ya no da para más. Aunque siempre cabe esperar que la nueva travesía sea más corta y la próxima crisis más virulenta de modo que el líder pueda avizorar con tiempo el nuevo acontecimiento imprevisto y estar mejor preparado para asaltar los cielos. Mientras tanto es un consuelo que hasta del bando enemigo vengan los elogios, aunque cabe la sospecha de que si ahora se hacen es porque se ha visto que los cuernos están afeitados o que el peligro ha pasado.

               Mi deseo de oír lo que los fundadores del partido no pueden confesar no lo he podido satisfacer viendo la buena película que Fernando León de Aranoa dedicó al grupo, Política, manual de instrucciones, pero algo se intuye en el carácter de los personajes que protagonizan película y partido, Íñigo Errejón, imbuido de la trascendente misión de construir hegemonía y pueblo, Pablo, algo más modesto en el plano teórico, pero infinitamente ambicioso como conductor que espera ser de ese pueblo o gente moldeable, Juan Carlos Monedero, frustrado por no haber sabido aprovechar las condiciones históricas de posibilidad, es decir, impotente el ver cómo el pájaro vuela y se esfuma el empleo prometido. Pero es Pablo quien se atreve más, quien aparece como el soberano fundador que se salta las reglas con violencia más o menos simbólica (“Asalta el congreso”) para dar origen a una nueva legislación, de acuerdo con la tradición revolucionaria (“El cielo no se toma por consenso, se toma por asalto”) y quien decide quién es el enemigo para poder existir y sobre todo quien detecta el momento de fortuna, el acontecimiento que hace posible el revolcón del Estado y sus instituciones.

               Pero quién quiere la guerra en nuestras aburguesadas sociedades de clase media. Todo comenzó como el gran exabrupto que es cualquier rebelión juvenil, parecía una broma que se fue tornando seria a medida que la Sexta la acunó en sus brazos, pero que tras varios procesos electorales vuelve a parecer una broma que se torna seria que se vuelve broma. 
                   

jueves, 20 de julio de 2017

Tiene que llover, de Karl Ove Knausgård


“Lo único que ha permanecido de todos esos miles de días que pasé en esa pequeña ciudad del oeste de calles estrechas, relucientes de lluvia, son unos cuantos sucesos y un montón de estados de ánimo”.

          En los momentos más intensos Knausgard tiene la cualidad de atrapar el instante, lo que es difícil que aparezca en una novela convencional. La descripción detallada de las cosas, la atmósfera en la que discurre el suceso, nunca está de más, a veces es lo que justifica la selección de ese relato en concreto. En la vida de una persona hay miles de pequeños sucesos, cada uno susceptible de convertirse en historia, como esa idea de que el universo es el despliegue de una posibilidad entre muchas en los puntos de intersección de una vida. Es el punto de vista lo que lo hace significativo. En los detalles añadidos, el sol o la lluvia, unos escalones que descienden, los edificios cambiantes que se suceden, es donde se vierte el estado de ánimo, la muerte de un mundo y el nacimiento de otro. En la exhaustividad de Knausgard, podría ser mayor, podría ser menor, es donde se palpa la angustia del hombre contemporáneo por arrancarle sentido a la sucesión. Hay miles de instantes perdidos en la vida de un hombre, unos pocos parecen decir algo. En la criba de Knausgard hay de los unos y de los otros, muchas páginas parecen sobrar pero para su proyecto son necesarias. La conciencia de lo significativo está en la mirada sobre las cosas, al modo de Cezanne es una pulsación, el tono de la luz o del color, la huella de la lluvia, un reflejo en el suelo o en una cristalera.

            Knausgard es adictivo, al menos para mí. Voy pasando las páginas de su enorme novela -700página- y quiero más, que no se acabe nunca. Creo que es porque me identifico con él, con sus deseos, con sus frustraciones, con su timidez, con su manera de relacionarse con los demás. En ese océano de frases que son los seis volúmenes de Mi lucha él es el protagonista, todo gira en torno a él. Podría pensarse que es un monumento al egotismo pero lo que refleja es la experiencia de un hombre de ahora mismo, la vida fragmentada, incompleta de un hombre, cualquiera de nosotros, un hombre occidental, de clase media, medianamente culto, que no halla el modo de estar en sosiego, que no busca los resortes de la felicidad pero que querría zambullirse en ella aunque sabe que es imposible, aunque de vez en cuando, brevemente, caen sobre él momentos placenteros, en el abrazo con una mujer, en la lectura de una página de un escritor, en una conversación. El personaje que describe en esta entrega es un muchacho que va de los veinte a los treinta años, tiene la escritura en la cabeza, el mundo que se abre ante él es una gran página que quiere escribir, el aprendizaje le resulta doloroso, le hace sufrir: estudiar, trabajar, amar, vive en apartamentos de alquiler, se emborracha a menudo, algo que parece habitual en los países nórdicos. Describe con precisión casi puntillista los escenarios pero el objeto de estudio es el único protagonista del libro, él mismo.

             Además la narración necesita esos largos momentos descriptivos, ese deambular sin pausa por el eje longitudinal de la vida para que cuando llegue el momento decisivo la intensidad, la condensación obre en la mente del lector la emoción de la identificación. Ese momento decisivo, quizá en los años a los que Knausgard se refiere en este libro, quizá a lo largo de toda la vida, es el amor. La vida no es otra cosa que la espera ansiosa a que ese momento se presente, todos esperamos el momento que nos transforme que nos haga mirar el mundo de otro modo. Por eso el narrador explora los años de la juventud dorada, prueba a enamorarse, tantea impulsado el furor hormonal, anda perdido entre el trabajo, el estudio y los días vacíos, sin decidirse, hasta que conoce a Tonje. Es su caída del caballo, describe con todo detalle durante muchas páginas sus sentimientos, sus dudas, el estado de exaltación, los miedos y frustraciones hasta que por fin la abraza.

           Cada uno de los volúmenes de Mi lucha (3.600 páginas) funciona como una novela independiente. En esta quinta entrega los temas son Bergen, la ciudad donde se instala el autor entre 1988 y 2002, sus encuentros con el amor, hasta dar con su primera mujer, Tonje, y la escritura. A la primera, esa ciudad de origen medieval, universitaria y luminosa, la describe con detalle a lo largo del libro, es como un personaje más. El amor para el narrador es una pasión sin descanso que exige la fidelidad que él es incapaz de ofrecer, pasa por el mal trago de que su hermano le levante la novia, vive con una mujer y después con otra, Tonje, a la que jura que nunca, nunca abandonará, pero a quien es infiel, lo que le sume en la desolación y la culpa: “un ser perverso, que hacía las peores cosas”. La escritura es la que más páginas le ocupa. Se apunta a una escuela de escritura, lee sin cesar, comenta lo que va leyendo con sus amigos escritores, se encierra en diversos lugares para escribir miles de páginas, vive la frustración de no dar con la manera propia de escribir, de ver como sus amigos publican y él no, estudia y deja de estudiar, trabaja en diversos oficios, entre ellos de asistente en un centro de enfermos psíquicos, vuelve a contar su distante relación con el padre y otra vez su muerte, alcoholizado junto a la abuela alcoholizada, donde el ritmo de la narración se acompasa al friega que te friega de la “horrible casa” donde murió, como ya hiciera en la primera entrega. En esta comprendemos el porqué de los detalles, el deseo de contarlo todo, el difícil, desesperado intento de dar sentido a los miles de momentos perdidos en el momento en que nacen, porque todo eso da forma a la relación entre las personas, a la propia vida. Esa es la forma que Knausgard estaba buscando para escribir, lo que da sentido al conjunto de Mi lucha.

miércoles, 19 de julio de 2017

Los vencejos de Antonio José


            Ayer fue un día caluroso, pero no excesivamente caluroso. Quise asistir a un concierto de un grupo iraní de los Montes Zagros, pero se suspendió, así que como segunda opción me acerqué al Patio de los Romeros, se anunciaba una velada clásica. No tenía ninguna fe. El patio estaba lleno. Cuando el pianista arrancó con Chopin los niños seguían brincando y chillando, a las madres treintañeras, como tiene comprobada mi experiencia y confirman los neurólogos, no les importaba, en su código de madres no había asociación entre música clásica y silencio. Luego, la soprano dramática francesa la emprendió con Bellini, el señor que tenía al lado dijo “Sólo por esto ya ha merecido la pena”, y el tenor lírico local, con Donizetti y ambos con Puccini y Verdi. Osados, empezaron en lo más alto, sin calentar la voz. Al final de cada pieza vencía el impulso de levantarme e irme, pero aguanté. La tarde era agradable, los padres más comprensivos que las madres, las arias tan bellas que se sobreponían al voluntarioso esfuerzo de los cantantes.


            Cuando los compositores italianos desaparecieron de escena alcé la vista al cielo por encima del prisma ortogonal de la torre. El azul empalidecía, entreverado con ligeras nubes blancas que no impedían que el sol desapareciese del todo. Entonces comenzó el ballet, sobre el escenario cenital los vencejos hacían vibrar sus recortadas alas negras en forma de hoz contra el telón azul siguiendo el ritmo que marcaba el piano. Embelesado, caí en la abstracción, ajeno a lo de abajo, al pequeño escenario, a las ringleras de sillas ocupadas, a la agitación del mundo, irreductuble, pienso ahora, al comercio, al sexo y al poder. No podía ser que semejante escenificación no fuese el resultado de muchas sesiones de ensayos. No era posible que los vencejos no hubiesen oído esa música antes como a mí me ocurría y como era la primera vez que yo escuchaba la Danza para piano nº 2 de Antonio José, todo era tan nuevo, el ballet y la música, que quedé hechizado por las entradas y salidas de las aves, por el agitado cimbreo de sus alas, haciendo mía la música y el baile, no vi más que aquel rectángulo que se abría hacia el cielo en el Patio de Romeros donde los vencejos habían acudido a rendir homenaje a Antonio José.

martes, 18 de julio de 2017

La guerra del planeta de los simios



           Independientemente de sus virtudes como película veraniega, un personaje bien construido, acción, agua y nieve, algunos leves dilemas morales y un largo metraje que asegura pasar casi dos horas y media bajo el agradable soplo del aire acondicionado, lo que llama, lo que a mí me llama la atención de esta película es lo extendida que está la conciencia ecológica, que ya es prácticamente la atmósfera, ¿religiosa?, en la que todos nos mecemos y que resuelve al menos la mitad de nuestros asuntos morales. No me quejo, yo también soy ecologista, todos lo somos, salvo Trump. Si en la primera peli (1968) de esta ya larga serie Charlton Heston tenía que enfrentarse a unos simios que esclavizaban a la raza humana, aquí es justo al revés, el protagonista es un simio con una conciencia moral evolucionada que se enfrenta a los desalmados humanos que han esclavizado a los de su especie. La religión ecológica afirma en su dogma principal que los humanos somos los culpables del actual deterioro de la tierra, desde la anunciada catástrofe climática hasta la masiva extinción de especies. Así que los guionistas sólo han dado un papel importante a un humano, el Coronel, poseído por la locura de la guerra, dejando los demás a los simios. También hay algún simio que desea la guerra, pero pronto desaparece de escena. Los simios son buenos y los humanos malos, hasta el punto de que tras la batalla final sólo quedan simios en el planeta.


           Aún así los guionista son suficientemente inteligentes como para introducir leves toques de humor para no tomarse demasiado en serio esta fantasía futurista, como el cómico shakespiriano interpretado por Steve Zahn, o sobre todo la referencia irónica al Apocalypse Now de Coppola, con un coronel Kurt interpretado por Woody Harrelson, así como por las pintadas en la base militar de los humanos donde se lee ape pocalypse. No sería justo mencionar a ambos actores y no hacerlo del principal, que a pesar de cargar con el pesado disfraz de simio, realiza una actuación de quitarse el sombrero, Andy Serkis, en el personaje de Cesar, líder de los simios.