miércoles 30 de junio de 2010
El sur, ese lugar con gente tan desagradable
En el espejo de la literatura surgió la fantasía del sur como lugar de promisión, frente a un norte industrializado y deshumanizado. El sur, al que escritores y turistas se abandonaron para encontrar paraísos perdidos o soñados, ha demostrado ser un lugar poco agradable, el buen salvaje soñado era gente bruta y por civilizar. La miseria que durante un tiempo no se quiso ver ha resultado ser muy desagradable, así que mejor construir el paraíso en casa. Tras el desescombro del muro de Berlín, los tiempos no están para utopías.
Sólo mostrando su verdadera cara se puede desarmar a los movimientos insolidarios y egoístas que durante demasiado tiempo han engañado a una buena parte de la opinión pública haciéndose pasar por modernos o socialdemócratas o progresistas, bajo la retórica de la libertad de los pueblos o de las naciones. Pero sea por pereza, por falta de espíritu poético o por desgaste de las metáforas demasiado usadas, cada vez los políticos nacionalistas son más directos al indicar a sus gentes el camino que hay que tomar y las reales intenciones: no queremos compartir nuestra riqueza con esos individuos del sur, tan vagos, tan subvencionados, tan poco dignos de fiar. Si hasta hace poco se señalaba hacia el futuro rosáceo de la nación forjada en las brumas medievales, ahora los independentistas -soberanistas, se dicen ellos- no se andan con tapujos: no queremos convivir con quienes se apoderan de nuestro dinero, esos sureños despreciables.
En Europa hay tres ejemplos de esta dinámica: la Padania de la Liga Norte, que quiere separarse del parasitario Mezzogiorno italiano; el Flandes de la NVA de Weber, que igualmente acusa a la Valonia sureña de tener una economía parasitaria y la Cataluña de la CiU de Artur Mas, que exige un concierto económico como medio para que los sureños de aquí, ya sean extremeños, andaluces o castellanos -mesetarios resumen con desprecio-, dejen de aprovecharse de la riqueza catalana. Todavía hay quien usa la lengua como elemento diferenciador y justificante de la separación, pero cada vez es más evidente que lo que importa en mantener o ampliar el privilegio económico. Por supuesto la mayoría de la población no apoya a los directamente independentistas, ya se digan de extrema izquierda o derecha -se ve en las elecciones, pero también en la farsa de las consultas "sobre el derecho a decidir"-, porque entonces el privilegio económico no podría mantenerse. En las próximas elecciones catalanas ganará con gran mayoría, la CiU que pide el concierto económico sin separarse del mercado español.
martes 29 de junio de 2010
Sobreactuación
¿Por qué sobreactúan los políticos catalanes?
Antecedentes:
1. Pacto del Tinell o la exclusión por parte de todos los partidos nacionalistas catalanes de otro partido democrático y tan legítimo como ellos, el PP, es decir la exclusión de la vida pública de una parte de la población.
2. La irresponsabilidad del Presidente del Gobierno, prometiendo algo que no podría cumplir ("aprobaremos lo que salga del Parlamento catalán") , sencillamente porque él no es el Estado. No ha vuelto a haber un Luis XIV desde la época de la grandeur.
Los hechos.
1.Un Estatuto que se presentaba como la Constitución de Cataluña, cosa que a día de hoy, si nos atenemos al estado de derecho, es imposible.
2. Un referendum que dio estos resultados:
Sobreactuación.
1. José Montilla: "El Estatut sigue vigente, somos una nación". "Nos hemos sentido maltratados durante todo este proceso pero no nos sentimos vencidos".
2. Ernest Benach, presidente del Parlament de Cataluña: "la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut abre una crisis de Estado porque el fallo ignora la voluntad de la ciudadanía catalana que apoyó el texto en referéndum.
El porqué de la sobreactuación.
1. Duran (CiU): "La sentència exigeix ja donar la paraula al poble de Catalunya".
Antecedentes:
1. Pacto del Tinell o la exclusión por parte de todos los partidos nacionalistas catalanes de otro partido democrático y tan legítimo como ellos, el PP, es decir la exclusión de la vida pública de una parte de la población.
2. La irresponsabilidad del Presidente del Gobierno, prometiendo algo que no podría cumplir ("aprobaremos lo que salga del Parlamento catalán") , sencillamente porque él no es el Estado. No ha vuelto a haber un Luis XIV desde la época de la grandeur.
Los hechos.
1.Un Estatuto que se presentaba como la Constitución de Cataluña, cosa que a día de hoy, si nos atenemos al estado de derecho, es imposible.
2. Un referendum que dio estos resultados:
Referéndum estatutario en Cataluña de 2006
Es decir, únicamente el 36,18% del censo aprobó el Estatuto o, lo que es lo mismo, uno de cada tres catalanes. Porcentajes estos, por lo demás, significativamente peores que los registrados en el referéndum celebrado en 1979 para aprobar el Estatuto nacido de la Constitución del 78, que contó con la participación del 59,7% de los catalanes, el 88,15% de los cuales aprobaron el texto.Datos generales
Censo: 5.202.291
Mesas: 8.227
Votantes: 2.570.478 (49,41%)
Abstención: 2.631.813 (50,59%)
Votos:
Válidos: 2.547.432 (99,10%)
A opciones: 2.411.371 (93,81%)
Sí: 1.882.650 (73,90%)
No: 528.721 (20,76%)
En blanco: 136.061 (5,34%)
Nulos: 23.046 (0,90%)
Sobreactuación.
1. José Montilla: "El Estatut sigue vigente, somos una nación". "Nos hemos sentido maltratados durante todo este proceso pero no nos sentimos vencidos".
2. Ernest Benach, presidente del Parlament de Cataluña: "la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut abre una crisis de Estado porque el fallo ignora la voluntad de la ciudadanía catalana que apoyó el texto en referéndum.
El porqué de la sobreactuación.
1. Duran (CiU): "La sentència exigeix ja donar la paraula al poble de Catalunya".
Benach: "això acabarà sent una fàbrica d'independentistes".
CiU suspèn tots els actes en senyal de dol.
Y respecto a los sentimientos, a lo que sin cesar alude Montilla, si ese es el argumento, que ponga el oído en la ventana a estas horas de la noche, entonces verá como respira la gente.
***
Otrosí,
¿Por qué sobreactúan los sindicatos en la Comunidad de Madrid?
CiU suspèn tots els actes en senyal de dol.
Y respecto a los sentimientos, a lo que sin cesar alude Montilla, si ese es el argumento, que ponga el oído en la ventana a estas horas de la noche, entonces verá como respira la gente.
***
Otrosí,
¿Por qué sobreactúan los sindicatos en la Comunidad de Madrid?
lunes 28 de junio de 2010
Alle Anderen, (Entre nosotros)
No es necesario un gran presupuesto para hacer una gran película. El modelo Hollywood apenas ha funcionado en Europa y menos ahora que se está tornando obsoleto y buscando nuevos y azarosos caminos hacia la rentabilidad. El cine europeo desde el comienzo de su historia ha sido diferente o más apegado a las historias complejas que venían de la literatura o con un mayor afán de aventura, innovación y realismo. Probablemente el formato actual de pelis a la vieja usanza para salas de cine esté acabándose a la espera de nuevas formas, pero de vez en cuando todavía se encuentra alguna peli que merece el desplazamiento hacia la vieja sala de cine.
La alemana Alle Anderen, (Entre nosotros), es una de ellas. Es cierto que le cuesta arrancar, que hay unas cuantas escenas en las que el espectador anda perdido preguntándose de qué va la cosa, pero en cuanto pillamos el asunto empezamos a reconocer la situación y a vernos a nosotros mismos o a gente que conocemos o hemos conocido reflejados en la pantalla. La peli va de una pareja todavía joven, recién formada, en la que el elemento clave de la unión es la disparidad, la diferencia entre los dos es lo que les atrae el uno al otro. Ese atractivo es muy fuerte al principio, pero la convivencia hace aparecer los problemas, en especial, cuando en la relación con otras personas haya que atenerse a las normas y convenciones sociales. Quizá los corazones sensibles que vean la peli sientan que se inmiscuyen en la vida íntima de esas dos personas -hay un exceso de escenas con sexo que no aportan nada, cansinas, redundantes, que incluso producen un cierto agobio-, pero qué ha sido el cine desde sus inicios sino una manera de satisfacer la curiosidad que todos albergamos por nuestros semejantes. El guión y la dirección se decantan más por un miembro de la pareja que por el otro, en defensa de la espontaneidad y el trato vivo, quizá añorando otros tiempos -tiene la peli un cierto aire de foto sepia, arrancada de un álbum de los setenta-, quizá las escenas se alarguen en exceso, quizá se podían haber elaborado con más cuidado, pero lo que se ofrece da pie a la reflexión y por ello, en tiempos de penuria, bien vale el esfuerzo de allegarse a una sala de cine.
La alemana Alle Anderen, (Entre nosotros), es una de ellas. Es cierto que le cuesta arrancar, que hay unas cuantas escenas en las que el espectador anda perdido preguntándose de qué va la cosa, pero en cuanto pillamos el asunto empezamos a reconocer la situación y a vernos a nosotros mismos o a gente que conocemos o hemos conocido reflejados en la pantalla. La peli va de una pareja todavía joven, recién formada, en la que el elemento clave de la unión es la disparidad, la diferencia entre los dos es lo que les atrae el uno al otro. Ese atractivo es muy fuerte al principio, pero la convivencia hace aparecer los problemas, en especial, cuando en la relación con otras personas haya que atenerse a las normas y convenciones sociales. Quizá los corazones sensibles que vean la peli sientan que se inmiscuyen en la vida íntima de esas dos personas -hay un exceso de escenas con sexo que no aportan nada, cansinas, redundantes, que incluso producen un cierto agobio-, pero qué ha sido el cine desde sus inicios sino una manera de satisfacer la curiosidad que todos albergamos por nuestros semejantes. El guión y la dirección se decantan más por un miembro de la pareja que por el otro, en defensa de la espontaneidad y el trato vivo, quizá añorando otros tiempos -tiene la peli un cierto aire de foto sepia, arrancada de un álbum de los setenta-, quizá las escenas se alarguen en exceso, quizá se podían haber elaborado con más cuidado, pero lo que se ofrece da pie a la reflexión y por ello, en tiempos de penuria, bien vale el esfuerzo de allegarse a una sala de cine.
sábado 26 de junio de 2010
La Guerra Civil y el Franquismo son historia
Para quienes hemos conocido a los testigos de las atrocidades de la guerra civil y hemos escuchado con atención sus historias resulta cansado y repugnante poner oídos de nuevo a aquellos que no sólo quieren revivirlo, sacándolo del discurso objetivo de la historia, sino buscar culpables, someterlos a juicio y condenarlos. Los testigos de entonces, de un lado y del otro, contaban sus historias con dolor y tristeza, con dramatismo, no sé si en algún caso con exageración, tan crueles eran sus historias que parecía imposible que aquello se lo pudiese hacer un hombre a otro hombre, pero no he visto nunca un espíritu revanchista, ni siquiera una petición de reparación, sino que lo que se desprendía tácitamente de sus recuerdos era el miedo a que aquello volviese a reproducirse.
71 años después de acabada la guerra civil, 35 después de la muerte de Franco, es un sinsentido, y una grave irresponsabilidad, que quien está sacando los clavos del sepulcro del Cid, parafraseando a los regeneracionistas, quiera convertir aquellos sucesos en agente de actualidad política.
Igualmente repugnante es el intento de desacreditar el encuentro y el consenso trabado en la Constitución del 76, el olvido y el pacto por un sistema político nuevo donde todo el mundo cupiese, con sus ideas diferentes, que se hizo durante el periodo de la Transición Democrática. Había que convertir el pasado en historia y mirar hacia adelante sin odio y con esperanza.
¿Cómo se podía derribar esa barrera divisoria, cómo se podía iniciar un proceso que clausurara esa discriminación? La historia se ha contado ya mil veces: no existía posibilidad de reconstruir la mínima comunidad moral en que consiste cualquier Estado democrático si gentes procedentes de los dos lados de la barrera no establecían una corriente en ambas direcciones para sentarse en torno a una misma mesa, hablar, negociar y llegar a algún acuerdo sobre el futuro. (...) Esas gentes construyeron una democracia -imperfecta, deficitaria, como todas- sobre una experiencia política de diálogo y reconciliación en la que nadie pretendió defender las razones que pudieran haber asistido a sus padres cuando empuñaron las armas. Si cada cual, a la muerte de Franco, hubiera puesto encima de la mesa su puñetera verdad, es posible que todos nos hubiéramos ido a hacer puñetas dejando como única herencia el lamento por otra gran ocasión perdida.
jueves 24 de junio de 2010
Vincere
Otra película italiana, Vincere, en la que resulta difícil ver las virtudes que en ella encuentran los críticos españoles, bastante perdidos últimamente. Marco Bellocchio narra un episodio de la vida de Benito Mussolini. En sus años de ascenso en la política italiana conoció a una mujer Ida Dalser, con la que se casó, tuvo un hijo y luego repudió. La película no aporta nada ni sobre la historia de aquellos años ni sobre el personaje, pero está revestida con un aparato retórico tal que parece que nos estuviera descubriendo la cara oculta de la luna. La combinación de fragmentos documentales con escenas rodadas, los insertos de mujeres trastornadas, la propaganda fascista y la irreprimible tendencia a crear fotogramas esteticistas, redichos, con una belleza que no sirve a ninguna idea, no la hacen más moderna y rompedora como algún crítico sostiene, sino al contrario avejentada, toda ella perece un documental de época. Una época que aparece como un eco de algo que todo el mundo aunque no lo viviera ya conoce porque ese estilo se ha repetido hasta la saciedad. Es el estilo morboso, enfermizo, que dice condenar el fascismo, pero que en realidad está seducido por sus formas. Aquí hay una admiración latente cuando no directa por el hombre, por el macho que quiso enderezar Italia, el hombre que seduce a las mujeres y las abandona, el macho que pone firmes a los hombres.
Si lo que quiere Bellocchio es mostrarnos la rebeldía y autodestrucción de esa mujer sedotta e abbandonata y, a través de ella, el ascenso del Ducce, no lo logra. Hay una delectación en las imágenes de época, un detenimiento en la gestualidad, en la seducción que Mussolini ejercía sobre los italianos que desborda el supuesto retato psicológico de esa pobre mujer. Pero es que tampoco hay detenimiento, interioridad, nada nos lleva a Ida Dalser, porque Bellocchio no juega con los detalles, ni con la interpretación de los actores, lo suyo es lo contrario de un estudio psicológico, su película es, como buena parte del cine italiano, operística en la construcción de las escenas, en el movimiento de los personajes, en esa canciones que van tejiendo las secuencias y como tal no está al servicio de una verdad histórica o retratística sino de aquello que parece querer condenar, la entrega de Italia al macho Mussolini. Es, por tanto, una de tantas, tantísimas películas que sabe de la atracción que el fascismo todavía ejerce sobre mucha gente que, aunque lo condena, sufre una especie de hechizo, de estremecimiento ante la representación del mal. Lo que hace Bellocchio es una operación crematística, muy lejos del arte o de la verdad, por eso su revestimiento artístico repugna. Ante los graves sucesos de los años del fascismo sólo cabe hacer lo que Claude Lanzmann con Shoah buscar huellas y preguntar a los supervivientes.
Si lo que quiere Bellocchio es mostrarnos la rebeldía y autodestrucción de esa mujer sedotta e abbandonata y, a través de ella, el ascenso del Ducce, no lo logra. Hay una delectación en las imágenes de época, un detenimiento en la gestualidad, en la seducción que Mussolini ejercía sobre los italianos que desborda el supuesto retato psicológico de esa pobre mujer. Pero es que tampoco hay detenimiento, interioridad, nada nos lleva a Ida Dalser, porque Bellocchio no juega con los detalles, ni con la interpretación de los actores, lo suyo es lo contrario de un estudio psicológico, su película es, como buena parte del cine italiano, operística en la construcción de las escenas, en el movimiento de los personajes, en esa canciones que van tejiendo las secuencias y como tal no está al servicio de una verdad histórica o retratística sino de aquello que parece querer condenar, la entrega de Italia al macho Mussolini. Es, por tanto, una de tantas, tantísimas películas que sabe de la atracción que el fascismo todavía ejerce sobre mucha gente que, aunque lo condena, sufre una especie de hechizo, de estremecimiento ante la representación del mal. Lo que hace Bellocchio es una operación crematística, muy lejos del arte o de la verdad, por eso su revestimiento artístico repugna. Ante los graves sucesos de los años del fascismo sólo cabe hacer lo que Claude Lanzmann con Shoah buscar huellas y preguntar a los supervivientes.
miércoles 23 de junio de 2010
Quizá el progreso no esté donde los progresistas dicen
Hay una frase en el periódico que define la impostura de esta época:
Menos mal que en las páginas independientes de la mañana aún tienen cabida voces que no tienen miedo a encarar la realidad. Savater recoge esta frase de David Rieff, hijo de Susan Sontag y fundador y director del departamento Crímenes de Guerra en la Universidad Americana de Washington DC. Acaba de publicar un libro, Contra el recuerdo, donde aparece la frase:
"El diario es un signo de identidad para quien ama el progreso".Así que voy raudo a comprobar qué sea dicha identidad a día de hoy -yo llevo leyendo este periódico toda una vida. 13 páginas más la portada dedicadas a la cosa de Sudáfrica, eso es el progreso. La frase la dice Nicolas Berggruen, cofundador de Liberty Acquisition Holdings, sociedad que mediante una fuerte inyección de capital acaba de adquirir PRISA. La familia fundadora de los Polanco ha visto reducida su propiedad al 30%.
Menos mal que en las páginas independientes de la mañana aún tienen cabida voces que no tienen miedo a encarar la realidad. Savater recoge esta frase de David Rieff, hijo de Susan Sontag y fundador y director del departamento Crímenes de Guerra en la Universidad Americana de Washington DC. Acaba de publicar un libro, Contra el recuerdo, donde aparece la frase:
"En las colinas de Bosnia aprendí a odiar pero sobre todo a temer la memoria histórica colectiva. En su apropiación de la historia, que ha sido mi pasión más sostenida y mi refugio desde la infancia, la memoria colectiva logra que la historia misma se parezca más que a nada a un arsenal lleno de armas necesarias para mantener las guerras o hacer de la paz algo tenue y frío".Savater resume el libro de este modo:
El autor se enfrenta a venerables tópicos, como el dictamen de Santayana "los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo" (dada la perpetua transformación de las sociedades, ninguna tragedia o desmán rememorados vacunan contra otros futuros y a veces sirven para legitimarlos) o el de que no hay verdadera paz sin haber hecho justicia (abundan los ejemplos contrarios y no siempre pueden ser igualmente bienaventurados los justicieros y los pacificadores). La memoria de los crímenes puede estar justificada en tanto viven quienes los cometieron, pero más allá de la desaparición de estos se convierte en una carga culpabilizadora que busca nuevos chivos expiatorios y fomenta discordias o atropellos. Recuerda Rieff que el complejo colectivo de víctimas suele crear otros verdugos: los nazis consideraban a los judíos culpables de la derrota alemana en la Gran Guerra, los estalinistas proclamaban que los kulaks boicoteaban la revolución y hoy algunos sionistas creen que los horrores del Holocausto justifican cualquier política opresora de los palestinos. Cuando un grupo humano tiene tendencia a automitificarse, incluso las mejores razones de la memoria colectiva son un combustible peligroso.También recoge el periódico una entrevista con Craig Vanter, donde se lee:
Sí, estamos tomando el relevo a la biología: la evolución ya no es un fenómeno natural. Mediante el diseño de nuevos genes y organismos, podemos adelantarnos a la evolución en miles de millones de años. El árbol de la vida tiene a partir de ahora unas ramas enteramente nuevas. Ramas sintéticas. Son perfectamente distinguibles de las ramas naturales por las marcas de agua que introducimos en sus genomas.David Rieff, Savater y Craig Vanter no necesitan amar el progreso.
lunes 21 de junio de 2010
Odio a Telecinco
Esta mañana en el mercado, que es donde mejor se medita sobre estas cosas, en la cola de la carnicería, una pequeña pantalla, colgada en el techo escupe imágenes conocidas: jóvenes lustrosos, ropas sueltas, sonrientes, agresivos, gritones. Telecinco. ¿Es Telecinco la forma inesperada del fascismo contemporáneo? Muchos han bailado con esa idea, cómo sería un fascismo en la actualidad. Seguro que no se parecería al de los años treinta. No necesita ser violento, no físicamente, pero toma de aquel la esclavitud de las mentes, la destrucción del individuo. También la apariencia de modernidad. La muchachada de Telecinco es juvenil, usa piercing y tatuajes, son musculosos, arrogantes, desinhibidos. La temperatura del estudio es trabajadamente alta: carne bronceada, cultura gay, gimnasio. Todo eso ya lo hacían los jóvenes futuristas italianos, ahora se añade la obvia, hipócrita y falsa solidaridad con los oprimidos y los pueblos lejanos. Es fascismo porque destruye a quienes secuestra, espectadores adictos. Vulgaridad exhibida sin reparo, vida aventurera que sucede en el interior de estudios, escenas semiporno, eso se ofrece a quienes no tienen otras alternativas: jubilados, desocupados, jóvenes en vías de fracaso, frikis. Secuestran su mente con granhermanos o islas más o menos desiertas, por no hablar de la amalgama de sucesos y faits divers que hacen pasar por telediarios. Una vida sustitutiva a cambio de incapacitación, no hace falta que salgan de casa, viven con la tele encendida todo el día.
Este fascismo inesperado tiene sus objetivos: el primero la rentabilidad económica de la cadena, sometiendo a una importante franja de la población y ofeciéndosela a un mercado publicitario que debe esperar, supongo, algún beneficio. Y, de modo más o menos consciente, otro político, ciudadanos capados. Capitalismo consumista, el de las últimas décadas, que espera individuos consumistas compulsivos, individuos que no puden ser ciudadanos autónomos, independientes, capaces de mandar a la mierda a una cadena como esta. Berlusconi es el máximo representante de ese consumismo político, ahora en quiebra, con una dictadura más o menos light en lo político pero implacable en el dominio mental. También ZP ha intentado hacer algo parecido en España con La Sexta y, en menor medida, con la Cuatro -el fútbol y el deporte en general es su forma de crear adictos-, aunque éstas tengan un elemento que no tiene Telecinco, la burla, el sarcasmo y en ocasiones la ironía, aunque pocas veces se llega a la ironía de veras inteligente y válida que es, la autoironía. En realidad, sólo se burlan de cosas viejas, caducas, muertas. Pero el elemento dañino es el secuestro mental que inhabilita a las personas atrapadas para ser independientes. Llega tarde este fascismo de mesa camilla para atrapar a toda la población, a la gente activa, pero a los más débiles, y en eso coinciden con el viejo fascismo, a los más débiles los convierten en zombis, los destruyen del todo.
domingo 20 de junio de 2010
Dos cosas me resultan odiosas
Oigo una voz en la radio y mis púas se disparan como un resorte. Haciendo a un lado las obviedades, a día de hoy -mañana será otro día-, dos cosas me resultan odiosas:
1. Los hijos o nietos de falangistas o franquistas que, no haciendo mutis por el foro, se empeñan, desde su posición de preeminencia, adquirida gracias a ser hijos o nietos de falangistas o franquistas, en darnos órdenes sobre cómo entender e interpretar los sucesos del mundo, siempre de forma progresista. En España, el segundo subgénero más desagradable de la literatura es el de las autobiografías con infancia difícil gracias a un padre o abuelo falangista -el primero es el de la biografía autoexculpatoria. La escena española está llena de semejantes filisteos.
2. Mañana hablaré de Telecinco.
viernes 18 de junio de 2010
Desaparece el alma del portugués
A media tarde, un sobresalto metafísico a la altura del carnaval de Sudáfrica. Los chamanes de la tribu, casi todos ellos premios nobel o asimilados desenfundan lanzas y pendones, se ponen el taparrabos, se echan a bailar alrededor del fuego y empiezan a escupir frases grandiosas.
Como esta frase, toscamente espiritual y profunda, crudamente estúpida, de la portada del periódico digital:
El fallecimiento de un pope de la cultura es un momento extraordinario para ver como chorrean las plumas. Estas cosas se escriben hoy:
Como esta frase, toscamente espiritual y profunda, crudamente estúpida, de la portada del periódico digital:
Desaparece el alma del portugués
El fallecimiento de un pope de la cultura es un momento extraordinario para ver como chorrean las plumas. Estas cosas se escriben hoy:
Pilar del Río, su esposa, ha puesto bajo la cabeza de su marido un paño bordado con la frase "Estaremos extrañamente conectados a la bondad del mundo" que envió un lector desde Argentina.
Su vida y su obra fueron una lucha titánica con Dios a brazo partido que terminó en tablas, sin vencedor ni vencido.
Hoy que José no está, a mí me falta todo, me han arrancado un trozo de vida, un amigo que nunca se ha rendido, que siempre se ha mantenido integro y de pie en el medio de la batalla".
Un hombre brillante que tiene mucha pena por morirse. Sé que no consigo escapar del cliché, pero definitivamente hoy el mundo ha quedado todavía más burro y más ciego.
jueves 17 de junio de 2010
La última gran burbuja
Las élites que tanto velan por nosotros, la plebe, aunque más por sus negocios, están decididas a que no vivamos sin mitología, sea vieja o nueva. Por el lado progresista o socialdemócrata derrochan tanta energía en enarbolar sus flamígeras espadas contra otra mitología, cuya defunción data de hace siglo y medio, la cristiana, como en entregar su alma con mayor energía si cabe a un olimpo nuevo, cuyo empuje definitivo data de apenas 30 años, justo después de la muerte del caudillo. Produce asombro la cantidad de páginas, ya digitales ya del papel moribundo -por no hablar de sus telediarios que no veo, ni de sus radios que no escucho-, que ofrecen a la cosa de Sudáfrica. Los sacerdotes de esta iglesia prometían la gloria en pocos días, un éxito que se aseguraba infalible y que iba a llenar los vacíos bolsillos de los españoles de un humo denso, oloroso, afrodisiaco.
Pero esa burbuja, como todas las demás, también ha estallado, aunque tienen a su etérea presa bien agarrada por los colmillos y no la soltarán fácilmente porque les va en ello el negocio y acaso la vida.
martes 15 de junio de 2010
El enigma de Perelman
¿Es Perelman el hombre de nuestra época? Toda época necesita sus modelos, referencias, en especial en tiempos de mudanza cuando los viejos valores ya no valen y los nuevos están por emerger. Por eso ya no podemos decir Perelman es un héroe de nuestro tiempo; tampoco podemos decir Perelman es un antihéroe y menos aún Perelman es un hombre nuevo. Todas esas palabras son viejas, están asociadas a valores del pasado, a tipos que nos repugnan o a conductas que ya no pueden servir a lo que nos espera.
¿Cómo calificar entonces a este matemático que trabaja fuera de los focos, a este hombre que descubre la solución a un problema de cien años, que renuncia a recoger un premio de un millón de dólares -cuyo solo enunciado espanta, el premio del Milenio- que le esperaba, que esperaba al Perelman que descubriese la conjetura de Poincaré y que ya rechazó el honor que más aprecian los matemáticos, la medalla Fields?
"Muchos matemáticos le rindieron tributo, señalaron que su obra marca el fin de una época y el comienzo de una nueva", dicen las agencias. Sólo podemos decir que Perelman excita nuestra imaginación, que alivia nuestra sed por encontrar hombres de una pieza. Un hombre que desprecia lo que todos durante todo este tiempo hemos anhelado, el oro, la fama, el reconocimiento. Un hombre así es el hombre de un tiempo que está pariendo con dolor, pero que no sabemos qué está pariendo ni a dónde nos lleva, por lo que las ilusiones están vivas y los modelos que la fantasía pergeña aún no se han ensuciado con la realidad.
lunes 14 de junio de 2010
El Romanticismo, de Rüdiger Safranski
Los jóvenes alemanes de comienzos del XIX no estaban dispuestos a aceptar el desencanto del mundo moderno que habían propiciado la razón en la revolución francesa o el realismo que imponía la industrialización, así que buscaron una nueva mitología, tras la caída de la religión, que les reencantase de nuevo. Ese podría ser el hilo conductor de este libro, Romanticismo, de Rüdiger Safranski. El Arte, la Literatura y la Filosofía se convirtieron en una suerte de nueva religión, una religión subjetiva y estética, donde a la fantasía se le daba más juego que a la razón.
Concibe Rüdiger Safranski el romanticismo como un viaje alemán que comienza con la salida al mar de Herder desde el puerto de Riga, a comienzos de 1769, para llegar a Francia, y termina por ahora en la playa que los jóvenes del 68 quisieron encontrar bajo los adoquines de la sociedad burguesa que hace crecer una normalidad insoportable y desacralizada. Subtitula su libro, Una odisea del espíritu alemán, porque Safranski considera que el romanticismo es ante todo una creación propia, donde está lo mejor y lo peor del espíritu alemán.
El atractivo de éste como de los demás libros de Safranski -Un maestro de Alemania. Martin Heiddeger y su tiempo; Nietzsche. Biografía de su pensamiento; Schiller o la invención del idealismo alemán; Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía- reside en su habilidad para hacer emerger las ideas del caldo de la época. En cada capítulo se ofrece una panorámica de los hombres, de los sucesos y de las ideas de cada periodo. En unos se detiene en los grandes filósofos como Fichte o Schlegel, en otros en los literatos como Novalis o Eichendorff y en otros en artistas como Wagner o el Leverkusen del Doktor Faustus de Thomas Mann, para terminar en el romanticismo político desde cuya catastrófica perspectiva se tiende a culpar a todo el romanticismo. Pero Safranski distingue entre el primer romanticismo, impulsivo, irónico, revolucionario, individualista, seguro de sí mismo -“El hombre debe tener el caos en sí mismo para poder alumbrar una estrella”, afirma Nietzsche-, de lo que le siguió desde 1820, que denomina lo romántico, que toma de aquel su estética y alguno de sus temas, como pueblo y nación, para volverse conservador, patriótico y religioso y terminar en el nacionalismo de 1914 y en el nacionalsocialismo de los años 30.
Eso es lo que permite a Safranski salvar al romanticismo de la pesada culpa que autores como Isaiah Berlin, Eric Voegelin, Georg Lukács y tantos le han adjudicado. Porque el debate final, que es el debate de la cultura alemana durante las últimas décadas, tiene que ver con la idea de si el romanticismo hubo de acabar necesariamente en el nazismo. Safranski exonera a los románticos de la catástrofe del nacionalsocialismo, pues el darwinismo social o el determinismo biologicista habrían sido más decisivos en sus fundamentos, aunque sin desdeñar la atmósfera irracional que el romanticismo puedo crear en Alemania. Según Safranski, habría que distinguir entre el romanticismo, que es un revulsivo necesario ante el realismo -necesitamos su intensidad, su imaginación desencadenada, porque "el romanticismo es la plusvalía, el excedente de hermosa extrañeza frente al mundo, el excedente de significación"-, y romanticismo político que cuando ha tenido ocasión de llevarse a cabo ha tendido al extremismo. La política y la moral casan mal con el esteticismo romántico, aquellas son racionales, se fundan en el compromiso, éste se pierde en la fantasía. Según Max Weber, y antes Schlegel, hay que separar las dos esferas de valor, "mantener la autonomía de lo bello frente a lo verdadero y lo moral".
A este respecto es interesante la evolución de un escritor como Thomas Mann, que en 1914 afirmaba que la guerra era un acontecimiento en el que "la individualidad de los pueblos particulares aparece poderosamente con sus fisonomías eternas", a tono con el ambiente de entonces -"en verdad son precisamente las fuerzas más profundas de nuestra cultura, de nuestro espíritu y de nuestra historia las que soportan y animan esta guerra" (Erich Marks)-, hasta que ya maduro advirtió el peligro de la cercanía entre esteticismo y barbarie, lo dionisiaco tiene que serenarse antes de entrar en el terreno político. Tras las amargas experiencias alemanas, asegura Safranski, Thomas Mann estéticamente bebía vino, políticamente predicaba agua.
Concibe Rüdiger Safranski el romanticismo como un viaje alemán que comienza con la salida al mar de Herder desde el puerto de Riga, a comienzos de 1769, para llegar a Francia, y termina por ahora en la playa que los jóvenes del 68 quisieron encontrar bajo los adoquines de la sociedad burguesa que hace crecer una normalidad insoportable y desacralizada. Subtitula su libro, Una odisea del espíritu alemán, porque Safranski considera que el romanticismo es ante todo una creación propia, donde está lo mejor y lo peor del espíritu alemán.
El atractivo de éste como de los demás libros de Safranski -Un maestro de Alemania. Martin Heiddeger y su tiempo; Nietzsche. Biografía de su pensamiento; Schiller o la invención del idealismo alemán; Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía- reside en su habilidad para hacer emerger las ideas del caldo de la época. En cada capítulo se ofrece una panorámica de los hombres, de los sucesos y de las ideas de cada periodo. En unos se detiene en los grandes filósofos como Fichte o Schlegel, en otros en los literatos como Novalis o Eichendorff y en otros en artistas como Wagner o el Leverkusen del Doktor Faustus de Thomas Mann, para terminar en el romanticismo político desde cuya catastrófica perspectiva se tiende a culpar a todo el romanticismo. Pero Safranski distingue entre el primer romanticismo, impulsivo, irónico, revolucionario, individualista, seguro de sí mismo -“El hombre debe tener el caos en sí mismo para poder alumbrar una estrella”, afirma Nietzsche-, de lo que le siguió desde 1820, que denomina lo romántico, que toma de aquel su estética y alguno de sus temas, como pueblo y nación, para volverse conservador, patriótico y religioso y terminar en el nacionalismo de 1914 y en el nacionalsocialismo de los años 30.
Eso es lo que permite a Safranski salvar al romanticismo de la pesada culpa que autores como Isaiah Berlin, Eric Voegelin, Georg Lukács y tantos le han adjudicado. Porque el debate final, que es el debate de la cultura alemana durante las últimas décadas, tiene que ver con la idea de si el romanticismo hubo de acabar necesariamente en el nazismo. Safranski exonera a los románticos de la catástrofe del nacionalsocialismo, pues el darwinismo social o el determinismo biologicista habrían sido más decisivos en sus fundamentos, aunque sin desdeñar la atmósfera irracional que el romanticismo puedo crear en Alemania. Según Safranski, habría que distinguir entre el romanticismo, que es un revulsivo necesario ante el realismo -necesitamos su intensidad, su imaginación desencadenada, porque "el romanticismo es la plusvalía, el excedente de hermosa extrañeza frente al mundo, el excedente de significación"-, y romanticismo político que cuando ha tenido ocasión de llevarse a cabo ha tendido al extremismo. La política y la moral casan mal con el esteticismo romántico, aquellas son racionales, se fundan en el compromiso, éste se pierde en la fantasía. Según Max Weber, y antes Schlegel, hay que separar las dos esferas de valor, "mantener la autonomía de lo bello frente a lo verdadero y lo moral".
A este respecto es interesante la evolución de un escritor como Thomas Mann, que en 1914 afirmaba que la guerra era un acontecimiento en el que "la individualidad de los pueblos particulares aparece poderosamente con sus fisonomías eternas", a tono con el ambiente de entonces -"en verdad son precisamente las fuerzas más profundas de nuestra cultura, de nuestro espíritu y de nuestra historia las que soportan y animan esta guerra" (Erich Marks)-, hasta que ya maduro advirtió el peligro de la cercanía entre esteticismo y barbarie, lo dionisiaco tiene que serenarse antes de entrar en el terreno político. Tras las amargas experiencias alemanas, asegura Safranski, Thomas Mann estéticamente bebía vino, políticamente predicaba agua.
domingo 13 de junio de 2010
"Yo no me quiero morir"
Ray Kurzweil (Nueva York, 1948). Autor de 'La era de las máquinas artificiales' y 'La singularidad está cerca'. Desde hace 25 años sigue un estricto programa que incluye dieta, ejercicio y la ingesta de ¡150! píldoras diarias.
"Yo no me quiero morir. Y a pesar de lo que la gente diga, creo que nadie quiere. Hay estudios que sostienen que sólo aquellas personas que están sometidas a un gran sufrimiento, físico o emocional, desean realmente morir. Los demás aprecian lo que la vida puede ofrecer. Si siempre siguiésemos como ahora nos aburriríamos, pero yo no hablo de eso. Al mismo tiempo que alargaremos nuestra vida, el mundo también cambiará y el ser humano mejorará y será más creativo".
En el futuro tendremos máquinas más inteligentes que el hombre. Incluso estarán en nuestro cuerpo, en nuestro cerebro, para hacernos más inteligentes. Habrá una combinación entre inteligencia biológica y no biológica. El avance de las tecnologías no es lineal sino exponencial, lo que hace posible que en muy poco tiempo se produzcan logros espectaculares y grandes mejoras.
El cambio climático dejará de ser una preocupación dentro de un par de décadas. La energía solar estará tan desarrollada y el coste para producirla será tan bajo que los combustibles fósiles dejarán de utilizarse. El coste ya ha caído de manera drástica y va a seguir haciéndolo cada año.
Algunas personas creen que soy un optimista porque no me preocupan temas como el calentamiento global o la contaminación. Pero sí me preocupan los nuevos problemas que surgirán como consecuencia de la introducción de estas tecnologías, pues son una espada de doble filo. La misma tecnología que utilizamos para tratar el cáncer o frenar el envejecimiento puede ser usada por bioterroristas para crear nuevas armas más potentes y destructivas.
sábado 12 de junio de 2010
Las frases verdaderas
"Europa no puede entenderse sin la huella ibérica" (Zapatero en el Monasterio de los Jerónimos).
“Las frases verdaderas están siempre relacionadas con una herida profunda” (Herta Müller. La Nobel rumana de origen alemán deportada a Ucrania en 1945).
¿Qué confiere verdad a una frase, el cargo, los honores acumulados, el sufrimiento o simplemente su adecuación a la realidad que quiere describir?
La primera frase parece un chiste que produce vergüenza; la segunda atemoriza hasta el punto de suspender el razonamiento del lector. En el primer caso, sabemos por experiencia que el autor nada tiene que decir, que el exceso de retórica está en proceso de carcomer su prestancia pública. Sobre el segundo, hemos oído hablar de las dificultades que tienen los náufragos de horribles experiencias -gulag, shoa, violencia irresistible- para contar lo que sucedió. ("Solo un intelectual es capaz de analizar y poner en palabras vivencias tan extremas", sostiene Herta Müller).
Sin embargo, hemos recorrido un largo trecho y ya somos capaces de describir y entender fenómenos naturales que para los antiguos representaban fuerzas extrañas a los hombres, pero también la experiencia humana, por dura que sea, puede ser descrita con una frialdad parecida a como un químico nos descompone una roca. La verdad de una frase no deriva de la intensidad del un orador ante un público entregado, tampoco la emoción poética es una garantía de veracidad.
Aunque siempre hay que mirar el contexto. Este es el de Herta Müller:
P. En otro ensayo dice que probablemente cada autor tenga solo una única frase propia. ¿Cuál sería la suya?
R. Esta frase, naturalmente, no existe, no puede existir en la práctica. Pero es una frase que una está escribiendo sin cesar, que hace que sigas escribiendo. Es una frase veraz. Una frase que demuestra su verdad por sí misma. Es este tipo de frases que una quiere escribir y que también busco como lectora. En ellas sucede algo contigo. Si después de 30 páginas en un libro no he encontrado una frase así, dejo de leerlo. A mi modo de ver, las frases verdaderas están siempre relacionadas con la experiencia de una perturbación, con una ofensa de la persona, con una herida profunda. Muchas veces estas ofensas tienen que ver con la guerra, con los lager, con los regímenes totalitarios. Piense en la literatura de Imre Kertész, en la de Jorge Semprún -siempre escribe únicamente sobre su experiencia en el campo de Buchenwald-; piense en Lobo Antunes, en Thomas Bernhard o en Aleksandar Tisma, el novelista serbio. Tisma dejó una obra tan fundamental para entender los totalitarismos y no recibió ningún Premio Nobel. Duele de verdad que un autor como Tisma se haya descubierto y galardonado tan tarde, solo por vivir en un país que le engañó por el reconocimiento merecido. De todos modos, escribir no es algo que se hace por diversión. Es más bien lo contrario y, sin embargo, la escritura no te suelta. Cuando finalmente llego a empezar a escribir, me dedico a ello tan obsesivamente que no consigo pensar en otra cosa, día y noche. Me absorbe todas mis fuerzas y cuando termino dejo de escribir por largo tiempo. Yo no soy capaz de escribir siempre.
Un sistema perverso con el contento de todos
Amplifican los medios -radio, prensa, teles- de modo gratuito las palabras de alguien que no necesita gratuidad, las palabras de Emilio Botín, sería muy injusto, dice, que le gobierno crease un impuesto a los bancos, porque se cargaría también sobre aquellas entidades que lo han hecho bien y no han necesitado ayuda pública:
No está en absoluto justificado el establecimiento de impuestos especiales para la banca, que penaliza a las entidades financieras que, como los bancos españoles, no han recibido ayudas públicas, sin embargo, las medidas anunciadas por el Gobierno para la reducción del déficit van en la dirección correcta.No así en el caso de los funcionarios, y jubilados, que esos sí que no han tenido nada que ver en la ruina del sistema financiero y sin embargo les rebajan su sueldo, o se lo congelan, para tapar los agujeros que han ocasionado en el sistema ejecutivos que siguen cobrando muchas veces más que ellos a pesar de sus especulaciones ruinosas, ejecutivos del negociado del señor Botín. No tienen pues los funcionarios altavoces gratuitos que les presten si quieren hacerse oír, no como los tiene Emilio Botín, sino que han de hacer una huelga que les sale muy caro, porque los medios no sólo no han expuesto su punto de vista sino que lo han tergiversado, o acallado, pues ha ocurrido más bien lo contrario, que les han desacreditado de antemano: son vagos, absentistas, trabajan pocas horas, tienen muchas vacaciones, cobran mucho. Eso han dicho y escrito periodistas, tertulianos, columnistas y ha llegado la canción hasta el arroyo donde pone el oído el pueblo.
La jugada les ha salido perfecta. Los funcionarios desacreditados, la huelga fracasada, las medidas de ajuste del gobierno legitimadas. Todo el mundo por las esquinas va echando pestes contra los funcionarios. Pero hay más. Al fracasar la huelga de los funcionarios, los sindicatos -imperfectos, corporativos, haciendo el juego al gobierno durante todos estos años, pero que son lo único que tenemos para una mínima defensa de los asalariados- se lo piensan antes de convocar una huelga general que deslegitime las próximas duras medidas del gobierno, que, otra vez, no irán por el lado del impuesto a la banca, sino por el abaratamiento del despido y el retraso en la edad de jubilación. Sindicatos, funcionarios y huelga desacreditados.
No sé si lo verán los ciudadanos, pero al dar por buena la maledicencia sobre los funcionarios se han puesto una bola de hierro en los tobillos. El fracaso de la huelga de los funcionarios anuncia el fracaso de la huelga general y la legitimación de la bajada de sueldo de los funcionarios anuncia su propia ruina, la de todos aquellos que viven de un salario y que no tienen culpa alguna en la ruina financiera.
Una vez más se demuestra la colusión de intereses de periodistas, políticos y empresarios.
¿Puede seguir siendo válida la vieja retórica, mil veces ensuciada por los hechos, pueden los que rebajan el sueldo de los funcionarios y congelar las pensiones, los que reducen las indemnizaciones por despido, los que alargan la jornada laboral y amplian la edad de jubilación, pueden seguir diciendo que luchan por la suerte de los asalariados, que son el partido del pueblo?
jueves 10 de junio de 2010
"Yo soy moderno"
El grito "yo soy moderno", en sus diversas variantes, atravesó las calles europeas desde XIX hasta los años 30 del XX. Pero perdió toda carga revolucionaria cuando alguien lo convirtió en un himno y una bandera y quiso vivir de ello. La Revolución institucionalizada es doblemente cruel porque añade el engaño al crimen en nuestro propio nombre.
Ante las conductas premodernas ya pasó el tiempo de la ironía o la irrisión, ahora resultan simplemente patéticas. Las sotanas negras o blancas en las calles, y aún más los cuellos blancos de celuloide -esas supersticiones ambulantes-, los individuos que añaden títulos a sus nombres o en las puertas de sus despachos, los patriotas de patrias viejas o nuevas, no pueden causar extrañeza o ser objeto de intriga psicológica, sólo pueden producir pena.
Pero qué decir de los modernos: artistas, progresistas, revolucionarios, de cuyas bocas sale el "pueblo" como un espumarajo. Qué decir, por ejemplo, de los personajes que aparecen en la foto, esos hermanos Castro coreanos, de sus libretitas, de su devoción al Jefe, de sus marmóreas sonrisas, del corte de sus trajes. No vale el sarcasmo con ellos, ni siquiera el escupitajo si se dejasen ver un un lugar democrático, lejos de sus cárceles y lugares de tortura, sólo les cabe el título de criminales y una instancia judicial que les juzgue y los saque del presente lo más pronto posible. Pero no sólo son zombies -muertos en vida- esos dirigentes que tienen, desde hace tantos años, encarcelados a sus convecinos, también lo son los que en sus patéticas arrugas aún exhiben el viejo grito muerto de "yo soy moderno". Nuestras salas de prensa, festivales de cine, congresos de la lengua, referendum soberanistas están llenos de zombies con sus grititos de rebeldes modernos.
Un tic similar, aunque sin torturas de por medio, puede apreciarse en los mítines o congresos o reuniones de nuestros partidos políticos, una devoción parecida, unas sonrisas más ensayadas, más teatrales, pero igualmente huecas. También ellos son zombies, están fuera del tiempo, aunque se resistan a marcharse. Su obsolescencia ha generado la humillante y sucia crisis que estamos viviendo. Necesitamos un nuevo grito que, como los primeros románticos hicieron con su ironía ante los personajes del Antiguo Régimen o de las Academias del Arte, su sola presencia pública, sus gastadas palabras, sus gestos repetidos les haga ruborizar ante su nadería.
miércoles 9 de junio de 2010
En el inicio de una nueva era
Sostiene Félix de Azúa que estamos en el inicio de una nueva era que habría comenzado hacia 1950. El arte suele anunciar los cambios que se van a producir y así ocurrió con éste que ahora nos asusta y embelesa, pues las dos estados se alternan estos días, con las noticias de la ruina económica o climática y la emoción de los cambios que prometen la digitalización o la biotecnología. Porque no se trataría del paso de una época a otra, como lo fue cuando el gótico sustituyó al románico, sino de un salto mayúsculo, de un cambio de era del tipo que se dio cuando al paleolítico sucedió el neolítico.
Azúa se ciñe a los cambios en el arte y habla de los tres momentos que marcan el arte moderno que nació con el romanticismo y su exploración de lo negativo. Goya, tras la revolución francesa, expuso la barbarie de la guerra, de la locura, del horror, mostrándola sin aditamentos formales.
Con la burguesía triunfante en Europa, los impresionistas -La Olimpia de Manet como prostituta- y las vanguardias mostrarían lo real cotidiano, incluyendo lo feo y lo vulgar, que al arte anterior había idealizado u ocultado.
Tras la Segunda Guerra Mundial el arte conceptual y las posvanguardias -de Duchamp a Beuys- serían el momento final del arte, el pez boqueando fuera del agua, el momento en que la dominación burguesa que nació a comienzos del ochocientos desaparece. El arte se disuelve en el magma democrático, dice Azúa. Podemos extender la reflexión a otros campos: la música, la literatura, el periodismo, la representación del poder, las relaciones humanas, el amor, el sexo, la familia, el urbanismo.
Como estamos al comienzo de una era nueva somos primitivos de esa era -sostiene Azúa-, carecemos de experiencia, información y tradición. Nuestros conocimientos, así como nuestros productos, son toscos y primarios.
Qué sucederá a partir de ahora o qué está sucediendo es difícil de prever o simplemente ver porque estamos a ciegas y quizá no veamos lo que tenemos ante nuestros ojos.
Azúa se ciñe a los cambios en el arte y habla de los tres momentos que marcan el arte moderno que nació con el romanticismo y su exploración de lo negativo. Goya, tras la revolución francesa, expuso la barbarie de la guerra, de la locura, del horror, mostrándola sin aditamentos formales.
Con la burguesía triunfante en Europa, los impresionistas -La Olimpia de Manet como prostituta- y las vanguardias mostrarían lo real cotidiano, incluyendo lo feo y lo vulgar, que al arte anterior había idealizado u ocultado.
Tras la Segunda Guerra Mundial el arte conceptual y las posvanguardias -de Duchamp a Beuys- serían el momento final del arte, el pez boqueando fuera del agua, el momento en que la dominación burguesa que nació a comienzos del ochocientos desaparece. El arte se disuelve en el magma democrático, dice Azúa. Podemos extender la reflexión a otros campos: la música, la literatura, el periodismo, la representación del poder, las relaciones humanas, el amor, el sexo, la familia, el urbanismo.
Como estamos al comienzo de una era nueva somos primitivos de esa era -sostiene Azúa-, carecemos de experiencia, información y tradición. Nuestros conocimientos, así como nuestros productos, son toscos y primarios.
Qué sucederá a partir de ahora o qué está sucediendo es difícil de prever o simplemente ver porque estamos a ciegas y quizá no veamos lo que tenemos ante nuestros ojos.
Canino (Kynodontas)
Tenía que venir de la Grecia quebrada esta película que emparenta con los imaginativos creadores del pasado, el Buñuel de El Ángel Exterminador o el Passolini de Teorema, por ejemplo. Una fábula necesaria, actual, que dice lo que los profesionales de la realidad no han querido o no han sabido decirnos por incapacidad o porque estaban enredados con sus eufemismos, hasta el punto de creerse sus propias mentiras.
En Canino, una familia burguesa tiene enclaustrados a sus tres hijos, en una casa amplia desde cuyo jardín apenas se otea un fragmento de cielo por el que pasan aviones que los chicos esperan ver caer, pues en su mente entrenada su dimensión queda reducida a la escala de los juguetes. Los chicos aprenden y juegan sin contacto alguno con el mundo exterior. Sólo saben de ese mundo por lo que los padres les trasmiten, pues no hay teléfono, ni televisor ni medio alguno que les abra el pequeño panorama al que están acostumbrados. Hasta las palabras conflictivas son adheridas a significados irreales; el mar es una silla, un zombi es una florecilla blanca. Como no podía ser de otro modo, este mundo ucrónico terminará por derrumbarse cuando un elemento extraño, una chica que trabaja en la fábrica del padre -viene a adiestrar sexualmente al chico-, entre en contacto con los hijos y ponga en evidencia mediante pequeños desajustes el mundo cerrado creado por los padres.
La película está conducida con mano firme. Es una peli áspera, seca, sin concesiones al humor convencional, ni a la creatividad de los actores que dan el papel de jóvenes ingenuos, atrapados en una telaraña pegajosa que con dificultad pueden romper, pues sólo hiriéndose pueden salir del cerco al que han sido sometidos.
Frente a las autopistas de la interpretación como El Bosque de Shyamalan o La Cinta Blanca de Hanecke, Ágora de Amenábar, Io sonno l'amore o Habitación en Roma, Canino nos conduce por sendas abruptas donde al paso nos salen elementos perturbadores que nos descolocan, a los que seguimos dando vueltas horas después de haberla visto, intrigados por su inaprensible significado. Película que todavía en una segunda o tercera visión nos seguirá intrigando.
Si alguien quiere conocer la urdimbre de nuestro tiempo, que vea esta peli, quizá empiece a descubrir el mundo de mentiras que nos habían construido o que hemos construido entre todos. ¡Hurra por Giorgos Lanthimos!
En Canino, una familia burguesa tiene enclaustrados a sus tres hijos, en una casa amplia desde cuyo jardín apenas se otea un fragmento de cielo por el que pasan aviones que los chicos esperan ver caer, pues en su mente entrenada su dimensión queda reducida a la escala de los juguetes. Los chicos aprenden y juegan sin contacto alguno con el mundo exterior. Sólo saben de ese mundo por lo que los padres les trasmiten, pues no hay teléfono, ni televisor ni medio alguno que les abra el pequeño panorama al que están acostumbrados. Hasta las palabras conflictivas son adheridas a significados irreales; el mar es una silla, un zombi es una florecilla blanca. Como no podía ser de otro modo, este mundo ucrónico terminará por derrumbarse cuando un elemento extraño, una chica que trabaja en la fábrica del padre -viene a adiestrar sexualmente al chico-, entre en contacto con los hijos y ponga en evidencia mediante pequeños desajustes el mundo cerrado creado por los padres.
La película está conducida con mano firme. Es una peli áspera, seca, sin concesiones al humor convencional, ni a la creatividad de los actores que dan el papel de jóvenes ingenuos, atrapados en una telaraña pegajosa que con dificultad pueden romper, pues sólo hiriéndose pueden salir del cerco al que han sido sometidos.
Frente a las autopistas de la interpretación como El Bosque de Shyamalan o La Cinta Blanca de Hanecke, Ágora de Amenábar, Io sonno l'amore o Habitación en Roma, Canino nos conduce por sendas abruptas donde al paso nos salen elementos perturbadores que nos descolocan, a los que seguimos dando vueltas horas después de haberla visto, intrigados por su inaprensible significado. Película que todavía en una segunda o tercera visión nos seguirá intrigando.
Si alguien quiere conocer la urdimbre de nuestro tiempo, que vea esta peli, quizá empiece a descubrir el mundo de mentiras que nos habían construido o que hemos construido entre todos. ¡Hurra por Giorgos Lanthimos!
lunes 7 de junio de 2010
Ciudadanos encadenados
¿Qué, sino un gran encantamiento, la foto de Nadal en las portadas de los periódicos del día? Ya todo el mundo conoce la noticia -si su victoria en Roland Garros así pudiera considerarse-, no cumplen por tanto los periódicos con su función de informar, ni tampoco de comentar o valorar, pues nada añaden las portadas, ni nada nuevo dicen los periodistas con sus páginas y páginas, después de que los ciudadanos pasasen encadenados tantas horas ayer ante la pantalla de sus televisores, en una actitud semejante a la de los bañistas de playa, inmóviles, dejándose dorar por el sol y la brisa, atados a la imagen del cuadrilátero marcado con líneas blancas y a la ristra de palabras monótonas, vacías, adormecedoras. ¿Qué, sino una gran mentira, esas primeras páginas, un instrumento del poder que prolonga la gran sentada del videociudadano, ayer, en unas horas más, hoy, de conversación cautiva sobre los dioses de estaño?
Ciudadanos sentados, encadenados, esclavizados, varias veces a la semana ante los partidos de la liga de fútbol, pegados a las radios nocturnas, al juego sin fin de anuncios de fichajes veraniegos, a la vida olímpica de esos jóvenes escogidos, ciudadanos cautivos ante el mundial que se anuncia, ciudadanos a los que ya se corona como campeones de fútbol, lo que no añade nada de valor a su vida, como no sea una señal invisible, un logro inmaterial que dorará su avergonzada miseria. Gran encantamiento del que participan los periódicos de todos los colores, los escritores que hacen libros sobre el tema, con extraña unción, sacralizando la nada, con parecido arrobamiento en el que parecen caer ante los otros temas de ficción, creadores de una mitología contemporánea, una mitología de la nada. La esclavitud moderna.
domingo 6 de junio de 2010
Del amor a la patria a la aniquilación del enemigo
En 1807 Fichte señaló a la patria, en sus Discursos a la nación alemana, como el auténtico sujeto de la libertad que el romanticismo reclamaba. El primer romanticismo había sido una exaltación del individuo como encarnación de la libertad, que era el contenido principal de la vida. Con Fichte ese individuo que se manifestaba mediante la energía, el espíritu, la cultura, era ahora el pueblo, la nación. La educación tendrá como finalidad hacer de cada individuo un buen miembro del pueblo. Así desaparece el rasgo cosmopolita, universalista del primer romanticismo.
Napoleón había sido para aquellos románticos primeros la encarnación de la libertad que barría la vieja Europa. "Es de hecho una sensación prodigiosa ver un individuo así, a un individuo que, montado a caballo, se apodera del mundo y lo domina", había escrito Hegel.
Tras la derrota de Prusia en Auerstädt, en un acto religioso, el 28 de marzo de 1813, aquellos mismos románticos que habían visto en él al sujeto trascendental de la historia, se vistieron de uniforme y le declararon la guerra en Berlín. Es la fecha en que comienza el romanticismo político, cuando los escritores se sintieron imbuidos de una misión sagrada, el compromiso político con el pueblo. El antiguo individuo que representaba la revolución, Napoleón, se convierte entonces en el objeto de su odio y con él también la nación francesa y el racionalismo que de ella venía a través de la ilustración. Aparece un odio nuevo en la historia, el odio a otras naciones, a los hombres vecinos.
En el odio a Napoleón y a los franceses, Alexander von Kleist dice que no hay que buscar la razón. Se trata tan sólo de intensidad, tanto mayor cuanto la razón no busque explicaciones. El odio es como el amor, un éxtasis de la entrega. "¡Mátalo! El juicio del mundo, /no mires a la razón del asunto", escribe refiriéndose a Napoleón en la oda "Germania a sus hijos" o, refiriéndose a los francos que vienen, "Al Rin un dique levantadle / con sus cadáveres en masa".
Heine previno contra un nacionalismo que luchaba por la libertad de Alemania, pero no por la libertad de los alemanes. Y también afirmó que tras el nacionalismo llegaría el antisemitismo:
"El que se come a los franceses, normalmente se come después a un judío, para tener un buen sabor".
viernes 4 de junio de 2010
"Me sentí secuestrado por Israel"
Mankell gesticula mientras explica en conferencia de prensa cómo se produjo el asalto.- AFP
Está bien que Steve Jobs no quiera vivir en un país de blogueros, siguen siendo necesarios los periódicos, alguien tiene que jararquizar las noticias, desechar la ganga, investigar y todo eso, pero si los periódicos siguen sentimentalizando la información el hastío de los lectores terminará por dejarles a solas con sus juguetes.
Así ocurre estos días con la marabunta en torno al suceso de la llamada "Flotilla de la Libertad". Televisiones, radios y prensa se han comportado de un modo parecido. No ha habido lugar a que el lector se enterase de lo que realmente ocurrió. En este caso, como en otros, desde el principio se sabía quién era el culpable, que fuentes merecían credibilidad y qué otras, ninguna.
La foto del escritor famoso y sus palabras -"Me sentí secuestrado por Israel"-, declaró Henning Mankell- muestran con patética claridad la frontera entre la información y la propaganda.
Está bien que Steve Jobs no quiera vivir en un país de blogueros, siguen siendo necesarios los periódicos, alguien tiene que jararquizar las noticias, desechar la ganga, investigar y todo eso, pero si los periódicos siguen sentimentalizando la información el hastío de los lectores terminará por dejarles a solas con sus juguetes.
Así ocurre estos días con la marabunta en torno al suceso de la llamada "Flotilla de la Libertad". Televisiones, radios y prensa se han comportado de un modo parecido. No ha habido lugar a que el lector se enterase de lo que realmente ocurrió. En este caso, como en otros, desde el principio se sabía quién era el culpable, que fuentes merecían credibilidad y qué otras, ninguna.
La foto del escritor famoso y sus palabras -"Me sentí secuestrado por Israel"-, declaró Henning Mankell- muestran con patética claridad la frontera entre la información y la propaganda.
jueves 3 de junio de 2010
Parodiando a Pixar
La lámpara de Pixar tiene vida..., de momento.
miércoles 2 de junio de 2010
Decadencia de la ficción
Dice Paul Kennedy en un excelente artículo que Churchill "movilizó a la lengua inglesa y la envió al combate". Una frase ingeniosa con la que quiere alzar a los grandes hombres del pasado, los líderes de "la opaca y deshonesta década de los años treinta", frente a los escuálidos líderes actuales. Sin embargo la enorme estatura de los gigantes del pasado -Hitler, Stalin, Mussolini, Churchill-, construida en la edad de oro de la ficción, no pudo impedir que fracasaran en sus empeños. Hitler y su "Reich de los Mil Años" fue arrasado por fuerzas superiores a las suyas. Mussolini se derrumbó como un castillo de naipes. Stalin sobrevivió porque nadie le pidió cuentas por mandar a la muerte a millones de personas. El propio Churchill no pudo revertir la decadencia del Imperio Británico.
Lo había anunciado Marx, recuerda Kennedy, en su El 18 de Brumario de Luis Bonaparte: "Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen como les gustaría hacerla; no la hacen bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo circunstancias ya existentes, dadas y transmitidas por el pasado".
Ahora, líderes que el tiempo todavía no ha puesto a hombros de la Tierra se enfrentan a circunstancias que un titán no podría superar. El impulsivo nuevo gobierno británico se enfrenta a déficits masivos, la inmigración incontrolada y a un confuso papel en la parada Europa. Putin, en Rusia, no puede acabar con el alcoholismo generalizado, la desintegración demográfica, el insoportable clima, las minorías indomeñables y un orden social sin incentivos. La maravillosa retórica de Obama no sirve para acabar con la crisis financiera y fiscal, próximas al colapso, ni ganar la guerra en Afganistán, ni poner orden en una sociedad que se le escapa de las manos. ¿Qué decir de los siete enanitos que no son capaces de despertar a la bella Europa?
No hablemos de la insoportable levedad de nuestro gobierno. Los aparatos de agit-prop siguen jugando con la estatura y el don de nuestros propios gigantes, que apenas alcanzan para encadenar predicados a un ego de barro, contando con que la masa sigue siendo informe y lerda. Pero los tiempos han cambiado. La masa ya no son los ratones de Hamelin lista para precipitarse por el barranco. ¿O sí?
Deberíamos renegar de nuestra patética obsesión con las personalidades políticas y burlarnos del sensacionalismo de los tabloides y de los talk-show por ser lo que son: un insulto a nuestra inteligencia.
martes 1 de junio de 2010
La adicción a la lectura
Ahora que estamos en tiempo de Ferias del Libro y que con tanta alegría se hace publicidad de las empresas que los fabrican convendría saber algo más sobre el asunto. Hay una superstición muy popular que cuenta con todos los avales y que contra lo que pudiera parecer no es necesariamente benigna, la superstición de la lectura. Leer es bueno, leer nos hace más listos y mejores, nos dicen los subvencionados. Sitúa Rüdiger Safranski el comienzo de la adicción a la lectura en la década final del setecientos y en Alemania. En esa época se había duplicado el número de lectores, el 25 % de la población estaba en condiciones de ponerse a devorar libros. El cambio se hizo evidente cuando la gente paso de leer 20 veces el mismo libro -la Biblia o el almanaque eran los hits- a leer 20 libros una sola vez. Alemania, entonces, era un país fragmentado en muchos estados donde apenas sucedía nada, frente a los viejos países europeos donde sucedían revoluciones, como la inglesa o la francesa o conquistaban exóticas y lejanas regiones del globo. Alemania tampoco tenía grandes ciudades donde la gente se amontonara y donde sucedieran cosas en sus intrincadas calles. Así que los alemanes comenzaron a leer con avidez, y a escribir -muchas cartas-, al mismo tiempo, donde contaban lo que imaginaban y lo que les sucedía. De modo que la imaginación fue sustituyendo a la vida. Cuenta Safranski de un autor famoso en esa época que escribía más rápido que leía. Escribió tanto -más de 100 libros- que no tuvo tiempo material de leer su propia obra. Los libros que tuvieron éxito encendían la imaginación de los jóvenes con historias de amor, de aventuras, de conspiraciones y misterio. Se acababa la época de la ilustración y comenzaba la del romanticismo, cuyo oleaje llega hasta nuestras playas.
Como vemos no han cambiado tanto las cosas desde entonces, la literatura de género, que es la que enriquece a los editores, tan ricos como incultos, siguen siendo las mismas. La afición a la lectura es otra más de las adicciones que nos trasmitió el romanticismo. Pero no sólo las supuestas lecturas inocuas llenan las librerías, ¿cuántas ideologías baratas -New Age, por ejemplo- o duras o dañinas se han trasmitido por lecturas no sometidas a contradicción?
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