sábado, 26 de junio de 2010

La Guerra Civil y el Franquismo son historia


Para quienes hemos conocido a los testigos de las atrocidades de la guerra civil y hemos escuchado con atención sus historias resulta cansado y repugnante poner oídos de nuevo a aquellos que no sólo quieren revivirlo, sacándolo del discurso objetivo de la historia, sino buscar culpables, someterlos a juicio y condenarlos. Los testigos de entonces, de un lado y del otro, contaban sus historias con dolor y tristeza, con dramatismo, no sé si en algún caso con exageración, tan crueles eran sus historias que parecía imposible que aquello se lo pudiese hacer un hombre a otro hombre, pero no he visto nunca un espíritu revanchista, ni siquiera una petición de reparación, sino que lo que se desprendía tácitamente de sus recuerdos era el miedo a que aquello volviese a reproducirse.

71 años después de acabada la guerra civil, 35 después de la muerte de Franco, es un sinsentido, y una grave irresponsabilidad, que quien está sacando los clavos del sepulcro del Cid, parafraseando a los regeneracionistas, quiera convertir aquellos sucesos en agente de actualidad política.
Igualmente repugnante es el intento de desacreditar el encuentro y el consenso trabado en la Constitución del 76, el olvido y el pacto por un sistema político nuevo donde todo el mundo cupiese, con sus ideas diferentes, que se hizo durante el periodo de la Transición Democrática. Había que convertir el pasado en historia y mirar hacia adelante sin odio y con esperanza.
¿Cómo se podía derribar esa barrera divisoria, cómo se podía iniciar un proceso que clausurara esa discriminación? La historia se ha contado ya mil veces: no existía posibilidad de reconstruir la mínima comunidad moral en que consiste cualquier Estado democrático si gentes procedentes de los dos lados de la barrera no establecían una corriente en ambas direcciones para sentarse en torno a una misma mesa, hablar, negociar y llegar a algún acuerdo sobre el futuro. (...) Esas gentes construyeron una democracia -imperfecta, deficitaria, como todas- sobre una experiencia política de diálogo y reconciliación en la que nadie pretendió defender las razones que pudieran haber asistido a sus padres cuando empuñaron las armas. Si cada cual, a la muerte de Franco, hubiera puesto encima de la mesa su puñetera verdad, es posible que todos nos hubiéramos ido a hacer puñetas dejando como única herencia el lamento por otra gran ocasión perdida.

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