jueves, 24 de junio de 2010

Vincere

Otra película italiana, Vincere, en la que resulta difícil ver las virtudes que en ella encuentran los críticos españoles, bastante perdidos últimamente. Marco Bellocchio narra un episodio de la vida de Benito Mussolini. En sus años de ascenso en la política italiana conoció a una mujer Ida Dalser, con la que se casó, tuvo un hijo y luego repudió. La película no aporta nada ni sobre la historia de aquellos años ni sobre el personaje, pero está revestida con un aparato retórico tal que parece que nos estuviera descubriendo la cara oculta de la luna. La combinación de fragmentos documentales con escenas rodadas, los insertos de mujeres trastornadas, la propaganda fascista y la irreprimible tendencia a crear fotogramas esteticistas, redichos, con una belleza que no sirve a ninguna idea, no la hacen más moderna y rompedora como algún crítico sostiene, sino al contrario avejentada, toda ella perece un documental de época. Una época que aparece como un eco de algo que todo el mundo aunque no lo viviera ya conoce porque ese estilo se ha repetido hasta la saciedad. Es el estilo morboso, enfermizo, que dice condenar el fascismo, pero que en realidad está seducido por sus formas. Aquí hay una admiración latente cuando no directa por el hombre, por el macho que quiso enderezar Italia, el hombre que seduce a las mujeres y las abandona, el macho que pone firmes a los hombres.

Si lo que quiere Bellocchio es mostrarnos la rebeldía y autodestrucción de esa mujer sedotta e abbandonata y, a través de ella, el ascenso del Ducce, no lo logra. Hay una delectación en las imágenes de época, un detenimiento en la gestualidad, en la seducción que Mussolini ejercía sobre los italianos que desborda el supuesto retato psicológico de esa pobre mujer. Pero es que tampoco hay detenimiento, interioridad, nada nos lleva a Ida Dalser, porque Bellocchio no juega con los detalles, ni con la interpretación de los actores, lo suyo es lo contrario de un estudio psicológico, su película es, como buena parte del cine italiano, operística en la construcción de las escenas, en el movimiento de los personajes, en esa canciones que van tejiendo las secuencias y como tal no está al servicio de una verdad histórica o retratística sino de aquello que parece querer condenar, la entrega de Italia al macho Mussolini. Es, por tanto, una de tantas, tantísimas películas que sabe de la atracción que el fascismo todavía ejerce sobre mucha gente que, aunque lo condena, sufre una especie de hechizo, de estremecimiento ante la representación del mal. Lo que hace Bellocchio es una operación crematística, muy lejos del arte o de la verdad, por eso su revestimiento artístico repugna. Ante los graves sucesos de los años del fascismo sólo cabe hacer lo que Claude Lanzmann con Shoah buscar huellas y preguntar a los supervivientes.

No hay comentarios: