sábado 31 de diciembre de 2011

Libros que no acabo de leer


Reconozco que disfruto más leyendo un buen ensayo o una biografía que una novela. Entonces por qué sigo con las novelas, ni yo mismo lo sé, quizá la costumbre, la rutina de llenar mis tiempos muertos con esa fácil manera de alimentar mi imaginación. La mayor parte de las veces la lectura de novelas acaba en un fiasco, son muchas las que simplemente ojeo, un párrafo me basta para descartarlas, en otros casos las comienzo y después de algunas dudas las dejo a medio leer. No suelo dar cuenta de ellas aquí, en el blog, y sin embargo puede ser útil hacerlo. He aquí algunas de las que he dejado a medio leer.

A la vista, de Daniel Sada. Sada es un autor mejicano que tiene renombre. Si se mira la contraportada o las pestañas del libro los elogios son mayores, le comparan con los grandes de la lengua, incluso con Joyce. Pero yo comienzo a leerlo esta tarde antes de que comienzo el primer Madrid-Barça de la temporada y no encuentro el qué. Es un estilo que hace del anacoluto su virtud, una lectura que va a trompicones, que exige un esfuerzo mayor del que yo estoy dispuesto a hacer para rellenar las frases, lo que dicen los personajes, lo que está sucediendo, con un humor con muchos sobrentendidos, que exige en el lector una complicidad que yo no estoy dispuesto a dar. La narración y las descripciones están perfiladas a la manera de un caricaturista, con trazados gruesos. Es una opción. Ha habido grandes cultivadores de esa forma de hacer literatura –Cèline, Roberto Artl- pero puestos a escribir así solo vale la genialidad.

Fama, de Daniel Kelhman. De una generación más joven, jaleado por los críticos europeos, de creer a la publicidad que acompaña al libro. Es un libro de relatos. Leo el primero, en torno a un individuo que recibe llamadas en su móvil, lo confunden con otro cuya vida es más interesante que la suya, al principio escucha con desdén, con aburrimiento y cansancio, pero poco a poco con creciente interés por acceder a una vida plena, aventurera, atractiva. El planteamiento es interesante, la resolución se queda en nada. Paso al segundo cuento, más largo, enrevesado, me cuesta un horror pasar las páginas tratando de llegar a entender de qué va la cosa, pero no hay manera. Llego al final y estoy igual que al principio, no me entero, lo arrojo sobre el sofá. Basta, para qué proseguir.

Un encuentro es un libro de ensayos de Milan Kundera. No digo que no tenga interés. Su punto de vista sobre Bacon lo tiene, las citas, lo que recoge que otros han dicho, sobre todo ahora que Bacon parece convertirse en un pintor esencial del siglo XX. Sin embargo, tengo la impresión de que en los libros que escribe Kundera no importa tanto el tema del que escribe como él mismo, sus subrayados, la pátina que adquiere cualquier asunto por el hecho de asociarlo a su nombre, Kundera: "yo estuve allí, yo que ahora estoy hablando de Bacon, yo que estaba en Praga cuando algunos comenzaron a luchar por la libertad". En eso se parece a los escritores franceses, a cuya tribu quiere pertenecer, donde el hecho de escribir es una extensión de un ego insaciable y aquello de lo que se escribe una contribución a esa hinchazón. Leer a Kundera es como tocar con los dedos las alturas del Arte, sentarse en la misma butaca que los grandes artistas entre los que él mismo se encuentra -Dostoievski, Céline, Kafka, Philip Roth, Curzio Malaparte- si no como creador sí como el mediador necesario. Sus ensayos están contaminados por la literatura. Él mismo, Kundera, y los lectores con él, está sin duda determinado por lo que hace poco se desveló de él, que había colaborado con la policía secreta del régimen comunista, no de otra forma entiendo esta anécdota que revela en medio de su texto sobre Bacon: el encuentro que tuvo en la Praga de 1972 con una jovencita cuyo miedo y cuya alteración nerviosa por haber sufrido un interrogatorio policial le inspiró el bestial y oculto deseo «de poseerla en un segundo, con toda su mierda y su alma inefable». Una forma de sublimar su sentimiento de culpa convirtiendo sus pensamientos secretos –y sus acciones- en gran arte. Es agradable leer a Kundera, uno se siente elevado por compartir los temas y los autores que pone sobre la mesa, pero es difícil no sentir la misma insatisfacción que produce leer una novela erótica, un calendario de Pirelli o una colección de desnudos de chicas famosas.

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Mi sensación ha sido distinta con Mosquitos un primerizo Faulkner. He empezado a leerlo con desgana, demasiadas páginas, un tema añejo difícil de trasladar a la actualidad. Ricos o ricas que dejan transcurrir su existencia desganada por un mundo que les pertenece sin discusión, aficionados al arte y a las discusiones de altura y algunos arribistas rodeados de escultores, escritores, poetas. Me aburre ese puto de vista, tantas veces adoptado por los escritores del pasado. No puedo leer nada que no tenga una referencia en el presente, incluso en los libros de historia que leo lo hago para encontrar claves para interpretar nuestro tiempo, si no es así dejan enseguida de interesarme. No digo que el libro no tenga interés, pero no tengo tiempo para verificarlo.

viernes 30 de diciembre de 2011

Por qué no me lo explican



Dice el gobierno que hemos gastado mucho más de lo que podíamos durante mucho tiempo. ¿Quién lo ha gastado?, ¿dónde ha ido?, ¿por qué se ha permitido?, ¿por qué no se persigue a quien lo ha hecho?

Habla el gobierno de "reparto justo de las cargas", pero eso no es cierto, van a pagar los que se han esforzado por conseguir y mantener un trabajo, los que cuando hubo que hacerlo estudiaron, se formaron, opositaron, se convirtieron en pequeños autónomos, se compraron una vivienda con su sudor, y si pudieron ahorraron, ahora el gobierno grava todo eso, el trabajo, el ahorro, la vivienda. Es evidente que no es un reparto justo: muchos gestores inmobiliarios, de bancas y cajas, siguen ahí, a los antiguos políticos que tomaron decisiones de gasto equivocado no les va a pasar nada.

No nos han explicado por qué tenemos que pagar el agujero: rebaja o congelación del sueldo, subida del IRPF y del IBI. Por qué. Por qué no nos lo explican, qué hemos hecho, cuál es nuestra responsabilidad. Tampoco nos explican qué van a hacer con los malos gestores, con los que nos han llevado a la ruina. No han anunciado ninguna ley para perseguir a los malos gestores, por no hablar de los defraudadores o los malversadores: los de los aeropuertos, los del AVE, los de los planes E.


Pagaré, no me queda más remedio, pero por qué no me dicen por qué tengo que pagar.

jueves 29 de diciembre de 2011

Drive


Thriller duro, seco, sin respiro, este Drive, de tanta intensidad como impasibles son sus actores, fríos por fuera y ardientes por dentro, como quería Miguel Ángel que fuesen sus esculturas de mármol. El coche como protagonista principal, pero no como en las barrocas persecuciones de los setenta, donde los coches en la calle eran como Fred Astaire y Ginger Rogers en el escenario, donde las pelis de acción estaban al servicio de los especialistas y terminaban por aburrir si no se era aficionado. Los coches de Drive se muestran en pantalla como los actores, fríos, secos, sin mover un músculo, sin sangre en los circuitos, con secas y cortas explosiones pero contundentes como una navaja entrando en el abdomen, visto y no visto.

Poco importa de que va la historia, hasta el macguffin es poco vistoso, acción estática, sin retórica pero con muchos golpes bajos y escenas con violencia insoportable. ¿Alguien se acuerda de las pelis de Melville y Delon?, pues eso. Lo que cuenta son los bichos humanos sometidos a un estrés implacable, todos salvajes, excepto la chica, de la que se enamora el driver, con el marido recién salido del penal, y su hijito. Coches de todo tipo, pero muy veloces, garitos con chicas y hampones, dinero que aparece por sorpresa y cambia de mano, apartamentos y ascensores, aparcamientos y garajes y las calles de la noche californiana. Todo contenido, con momentos brutales y música con mucha marcha.

La peli está basada en una novela, como tantas otras, pero quién querría poder leerla después de tener en 100 minutos lo que has ido a buscar al cine, emoción, intensidad, diversión. Las novelas son largas y reiterativas. Películas como ésta muestran la derrota de la novela, la novela hoy sólo puede aspirar a ser programa para un buen guión, a ser posible de una serie mejor que de una peli. Si la novela quiere tener lectores y vigencia ha de ir por otros derroteros (HHhH, por ejemplo, o Negra espalda del tiempo), no apartarse ni un milímetro de lo real, para la imaginación mejor el cine o la tele.

Los actores, muy bien, bien Ryan Gosling, Carey Mulligan me pilla un poco lejos con su belleza lechosa como esos melocotones inmaduros que al trasluz muestran sus filamentos, Christina Hendricks, la secretaria de Mad Men a la que visten tan mal que pierde todo su atractivo y Bryan Cranston, el de Breaking bad, casi irreconocible aquí. Diversión de la buena y ni una sola frase que pueda caer de los dedos de un cura, sea este de iglesia o del ex gabinete ZP.

¿Es esto pesimismo?



  1. ¿Qué gran pasión puede sobrevivir a un matrimonio? A veces, no resiste ni un par de noches en la   misma habitación seguidas con los calcetines sucios arrojados en el suelo del lavabo.
  2. Sin gran riesgo se pueden sortear las erupciones del pasado, a condición de vivir en la parte occidental del mundo. Uno puede tranquilamente atrancar la puerta y  huir del nacionalismo, del Islam, del comunismo.
  3. Más difícil es romper una relación sentimental, pero con pensar que será peor si se deja correr el tiempo la voluntad puede encontrar el punto de apoyo.
  4. Hoy, esta misma tarde, he visto sentada en un banco de granito, en el vestíbulo de la estación, a una antigua amiga. Una vez, caminando por el paseo marítimo de Sitges, me declaró su amor, pero yo no sentía nada. La he visto de tres cuartos y luego de espaldas, sin aminorar el paso. Qué podría haberle dicho, qué podría haberme dicho. Nadie ha sabido de ella en muchos años.
  5. He de decir que yo también, hoy mismo, sin ir más lejos, he sentido el cortante filo del hielo. Me han reprochado que un par de francos, creo, concisos y elegantes esemeses eran demasiados, un pesado capazo de sentimientos.
  6. Es tan fácil contemplar la vida desde el asiento de un tren: clasificar, ordenar, prever, diagnosticar, prescribir, como difícil mantener la serenidad a las diez de la noche en un psiquiátrico de urgencias. Las dos veces eran las diez, lo recuerdo. Y el tren está en marcha y es la misma hora.
  7. Cuando nos hieren y el corazón supura creemos que mostrando la herida y el dolor provocaremos compasión y empatía en el heridor pero sólo conseguimos pasar de la vergüenza a la humillación.
  8. Cuenta, cuenta, dice el cotilla al otro lado del teléfono, construyendo ya la historia, llenándola de los detalles que no ha oído, corriendo.
  9. Hoy era el cumpleaños de mi madre, no me acordaba, me lo han tenido que decir.
  10. Eros, philia y ágape, las tres caras del amor, según Platón, en El Banquete.

martes 27 de diciembre de 2011

Una vida de mil años

       En 2004, el biogerontólogo Aubrey de Grey afirmó: "Creo que la primera persona que vivirá mil años debe de tener ahora unos sesenta". Lo hizo en el marco de las charlas TED (Tecnología, Entretenimiento y Diseño).

       En las últimas décadas gracias a los avances médicos y la mejora en la calidad de vida hemos conseguido elevar la esperanza de vida por encima de los 80 años. Individualmente podemos mejorar nuestra ratio gracias a la mejora de la dieta, el deporte y el trabajo continuado. Sí, trabajar prolonga la vida, pero ¿se han vuelto locos estos romanos prometiendo una vida de mil años? Como dice Mark Stevenson en Un viaje optimista por  el futuro, "para la medicina actual, la muerte es un viaje exclusivamente de ida". ¿Podemos concebir una vida sin muerte? Muchos empiezan a creer que sí.

       Julian Huxley creo la palabra transhumanismo, la idea de que el hombre podría trascender lo que la naturaleza le ha dado. En Oxford, Nick Bostrom ha creado un Future of Humanity Institute para defender las mismas ideas que Aubrey de Grey. Y una revista científica creó en 2006 un premio de 10.000 dólares para quien pudiera demostrar  que la investigación de de Grey era "indigna de un debate serio". El propio de Grey, para demostrar su fe en el proyecto añadió otros 10.000 de su cosecha. El jurado científico de expertos en inteligencia artificial, nanotecnología, patología y genética que juzgó los trabajos presentados no encontró ninguno que invalidase la investigación de de Grey.

      Si de Grey y Bostrom estuviesen en lo cierto, ante la humanidad se abriría un abismo de preguntas y consecuencias.

lunes 26 de diciembre de 2011

El topo


Hay dos formas de presentar en el cine a los espías, acción despendolada, inverosímil la mayor parte del tiempo, casi siempre difícil de explicar, como en las pelis del agente 007, o todo reflexión, con algo de acción, para dar con el qué de intrincadas tramas que se superponen y donde nada es lo que parece, tal es el caso de las que se inspiran en las novelas de John le Carré. Ya sé que las modernas pelis de espías, las protagonizadas por Matt Damon -El caso Bourne- o Harrison Ford –Juego de patriotas-, intentan mezclar las dos cosas, aunque en realidad son copias de las de 007 con guiones más enrevesados, que no alcanzan la inteligencia de Le Carré. En las primeras prima el galán bien plantado, rodeado de mujeres guapas, encantadoramente malvadas, y asistido por artilugios tecnológicos, en las segundas, el agente George Smiley, está de vuelta, cansado de tanta acción, desengañado de la vida, herido por la infidelidad de su esposa, reflexivo, con mucho trabajo de despacho, atando cabos hasta recomponer una trama muy, muy confusa. Normalmente es difícil seguir lo que sucede –“no entiendo nada” dice la señora del asiento de al lado-, pero en este caso el director, Tomas Alfredson –aquel de vampirismo adolescente de Déjame entrar-, con sus guionistas, se las ha arreglado para que no sea en exceso confusa, y si lo fuese, al final, en la última secuencia, al son una curiosa y marchosa versión de La mer, todo queda explicado.

Las novelas de Le Carré ya han sido llevadas a la pantalla muchas veces. Son de recordar las de Sydney Lumet (Llamada para un muerto) y Martin Ritt (El espía que surgió del frío), aunque a la que más se aproxima El topo de Alfredson es a la magnífica miniserie Calderero, sastre, soldado, espía que protagonizó Alec Guinness. Aquí el papel de Smiley lo hace un Gary Oldman increíblemente contenido. El topo sigue la estética de los años setenta fielmente, vestuario, decorados, fiestas y música, hasta en el grano algo opaco del celuloide. También el ramillete de actores son muy buenos, como se espera de la escuela inglesa, trasmitiendo la frialdad emocional con que Alfredson envuelve su historia. La peli se ve con interés, atrapados en la historia hasta el final – cómo desenmascarar al topo infiltrado en la cúspide del Circus-, aunque con la impresión de que estamos viendo algo que ya pasó, que forma parte de la historia, la de la guerra fría, que nos concierne tanto como el asesinato de César o la búsqueda de el Dorado.

sábado 24 de diciembre de 2011

Perros callejeros, de Elmore Leonard


           No importa mucho el desarrollo de la trama, ni su conexión con la realidad de la calle, ni que los personajes sean verosímiles, ni complejos, tampoco que suceda en este u otro país, en esta época o en el pasado, tampoco el escenario, ni cómo comienza o acaba, ni la firmeza de los principios o los valores, tampoco importa si está bien escrita, ni la habilidad para las descripciones o para explicar honduras psicológicas o para el juego de las metáforas, sin embargo, algo de todo eso ha de tener una novela de intriga o policiaca, golpes de efecto en el desarrollo de la acción, como la salsa que envuelve la hamburguesa en un macdonalds, un escenario que se reconozca de inmediato, porque nos suena de las películas o de otras novelas o porque se habla de ello o porque nombra lugares que conocemos, unos personajes con algún rasgo distintivo, llamativo, como los vemos en las viñetas de Mingote o de El Roto o de Máximo, una época muy marcada con las posiciones políticas extremadas o un lugar donde la ley se ha relajado o las costumbres son osadas, o las diferencias sociales extremadas, y el escritor de estas novelas ha de mostrar algún tipo de habilidad en los diálogos, en la elipsis, en el uso de las tijeras para eliminar el material sobrante que es casi todo.

            Por ejemplo: una cárcel con tipos malos, un atracador de bancos que no utiliza armas, un cubano, marielito para fijarlo en una época, que gracias a sus trapicheos se ha hecho con un paquete inmobiliario, una abogada sin escrúpulos, unos policías no muy dotados o que se dejan llevar por la pasión del momento, un mariconcete listo para los negocios, mansiones en Venice Beach, una zona exclusiva junto a L.A. un puñado de hispanos que se mueven entre el hampa y la colaboración con la policía, una vidente que es una mujer fatal y mucho sexo bajo o sobre las sábanas y homicidios premeditados y a lo bestia. Diálogos fluidos, pocas descripciones para que la lectura no se resienta y alguna que otra sorpresa al pasar la página.

            ¿Por qué leer, entonces, una novela de este tipo? ¿Para matar el tiempo sobrante? ¿Para darse un descanso entre una y otra lectura de más peso? ¿Para dar salida al vicio de la lectura que no descansa? ¿Por puro placer, porque hay a quien le gusta la lectura basura como a quien le gusta la comida basura, el sexo basura, la tele basura, la conversación basura, la radio basura?

            A las editoriales del género les basta con escribir en portada, bajo al título, o en la contraportada, antes de una selección de críticas elogiosas que siempre hay, cosas como estas: “magnates del hampa, ladrones de bancos, mujeres fatales, implacables agentes de la ley, una obra maestra”, para que el lector adicto babee y corra de la librería al sofá, se arrebuje bajo la manta, se acomode junto a una lata de coca cola o de cerveza y se ponga a ver el partido, quiero decir, a leer y en una o dos tiradas se la lea. Después ya se la puede pasar al marido o la esposa o arrojarla al cesto de los libros usados.

            Quizá hubo un tiempo en que las novelas de intriga, de “serie negra”, se decía, con una etiqueta que confería marchamo de calidad, tuviesen algún valor orientativo o de descubrimiento o de reconocimiento. Quizá en aquella pareja, Hammet y Raymond Chandler, o me lo parecía a mí, cuando lo desconocía todo y todo me parecía nuevo, pero ¿cuántas novelas de este tipo hay hoy en los anaqueles, cuántos Vázquez Montalbán, cuántas novelas negras del frío, del sur, de la nieve, de Roma, del abecedario, todas iguales salvo un ligerísimo toque diferenciador? Lo único que me ha sorprendido de este Perros callejeros es la influencia de las series televisivas. Antes, de las novelas se hacían películas memorables, o eso me parecía, ahora de las series como The Wire, se copian los tipos, los escenarios, las tramas ondulantes, inacabadas, entrecortadas, como el habla, los diálogos simulando el habla callejera o carcelaria, los delincuentes o policías que trabajan, como el propio escritor de estas novelas, sobre la marcha, sin planificar, a ver que sale.

jueves 22 de diciembre de 2011

The artist



Entre las películas navideñas que ahora se estrenan, ésta, The artist, es una de las que se pueden ver sin demasiada vergüenza. Los críticos hablan de clasicismo, de ingenio, de inmejorable interpretación, de la proeza de hacer una película muda y en blanco y negro sin renunciar a la modernidad. Cine puro, con gran estilo, con sólo imágenes, la música subrayando los momentos dramáticos y algunos rótulos. Todo eso es cierto, además es seguro que cualquiera que vaya va a quedar atado al asiento hasta los títulos de crédito, va a soltar unas lagrimillas y unas cuantas sonrisas y va a identificarse con el encantador protagonista silente o con la juvenil chica dicharachera. La peli es una maravilla de concisión y elegancia, nos remite al tiempo en el que el cine despertaba las emociones con los gestos, las miradas, los besos cándidos de grandes actores y la elipsis de los montadores, con historias que huían de la complicación innecesaria y que creaban un mundo de fantasía en las antípodas de lo que ocurría en la calle. Durante un tiempo, al traspasar la puerta de las salas, la gente accedía al mundo de sus sueños. Pero con la crisis los estudios necesitaron añadir algo más. El ruido del cine sonoro, el habla recuperada de los actores fue la primera concesión de los creadores al ruido que venía de la calle. El momento exacto en que la bolsa de Nueva York estallaba en octubre de 1929 y los años posteriores cuando la gente se quedaba sin trabajo.

A los creadores siempre les ha costado encontrar el equilibrio, prefieren bandearse en los extremos, la dulzura de los enamorados que allanan todos los caminos hasta llegar a la puerta de la alcoba o la del brutal asesino, el homicida sin freno casi nunca explicado, ambas exageraciones dramáticas entretienen por igual, colmando las pulsiones del hombre, el deseo posible y el miedo exorcizado.

Esta película del francés Michel Hazanavicius tan admirablemente fabricada, y aquí podría seguir una ristra de superlativos (fotografía, actores, música, escenografía, ritmo y composición), que tan admirablemente copia un mundo desaparecido hasta el punto de no notar la distancia que de él nos separa, no en vano Hazanavicius y sus actores, Hazanavicius y sus músicos y técnicos, Hazanavicius y sus guionistas son de nuestro tiempo, la época que mejor ha documentado el pasado, la época que mejor puede reproducirlo, esta película, digo, vuelve a hacer lo mismo, quizá el equipo que la ha fabricado no sea consciente de ello, que hizo el cine de aquellos años, construir un mundo silencioso lleno de lágrimas y fantasía, una esfera silente en cuyos cojines de felpa las cabezas de los espectadores se mecen felices ajenas al bronco ruido. El golpeteo ritmado que emerge de los zapatos de los dos protagonistas en la maravillosa escena final no parece suficiente para trasladar el sonido del mundo.

También nosotros los espectadores somos de este tiempo y tenemos una larga memoria, a la que Hazanavicius halaga jugando con los nombres de los protagonistas, ese George Valentin, cruce de Rodolfo Valentino y de George Gilbert, o con los giros del guión que nos sabemos de memoria antes de que aparezcan en pantalla, que nos hace reír y llorar no porque lo que se muestra nos lleve al mundo real sino, al contrario, porque nos hace creer que los pellizcos de memoria son destellos de inteligencia.

Una peli navideña, pues, blanca como la nieve, con las necesaras manchas negras como botones sobre la superficie para que el claqué de los monigotes se distinga del espacio y el silencio infinito y nos haga creer que el baile sobre la nieve suena en nuestros oídos.

martes 20 de diciembre de 2011

El antisemitismo en la Francia ocupada



Si en algún aspecto Alan Riding, en su Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis, es intransigente y duro con la actitud de intelectuales y artistas en la Francia ocupada es en el tema del antisemitismo. Este anidaba en el corazón de la cultura y la política mucho antes de que llegaran los nazis, y estaba muy extendido en la sociedad francesa. Pero no sólo era una cuestión de declaraciones o de incitación al odio mediante escritos como Bagatelles pour un massacre, de Cèline, o en revistas como Je suis partout de Robert Brasillach, el gobierno de Vichy en uno de sus primeros actos de gobierno dictó un Estatuto para los judíos y obligó a que estos llevasen una estrella amarilla. Políticos, intelectuales y ciudadanos mediante denuncias participaron activamente en la detención y deportación de judíos. Especialmente deshonroso para Francia fue la colaboración en la detención y deportación de los judíos en el caso de la llamada rafle du Vel' d'Hiv', la redada parisina en la que se detuvo a 12.884 judíos, entre ellos 4.051 niños, trasladados en autobuses hasta el estadio deportivo llamado Vélodrome d'Hiver, en la que participaron al menos 4.500 policías, ayudados por voluntarios del partido fascista de Doriot. Pero no sólo las autoridades de Vichy colaboraron en la deportación, sino que no hicieron nada para mitigar el hambre y las privaciones en sus campos de internamiento, donde al menos murieron 3.000 judíos. Sin embargo, tres cuartas partes de los judíos que no pudieron escapar de Francia en 1940 pudieron salvarse gracias a la protección de sus vecinos franceses o a que no los denunciaran. Riding asegura que la mayoría de los franceses eran contrarios o indiferentes a la persecución de los judíos.



Los judíos ricos que contaban con una amplia red de amistades y recursos pudieron abandonar Francia antes del 14 de junio de 1940 o salvarse en el último momento por una intervención puntual de un amigo bien situado. Uno de los que más hizo al respecto fue Varian Fry, un americano que llegó a Marsella tras la ocupación con una lista de 200 personas a las que había que salvar, pero que gracias a un comité de ayuda logró sacar del país a unos 2.000 activistas judíos y antinazis.
“Sabía que entre las personas atrapadas en Francia había muchos escritores, artistas y músicos cuyo trabajo me había proporcionado gran placer… Ahora corrían peligro y mi obligación era ayudarlos, del mismo modo que ellos, sin saberlo, me habían ayudado a mi en el pasado”.
Los deportados pertenecían a las clases bajas, pobres refugiados de los países del este en su mayoría. En total fueron deportados unos 76.000, de los que apenas sobrevivieron unos 2.000. Entre ellos estaba Irène Némirovsky la escritora francesa de origen ucraniano que había descrito el éxodo parisino tras la ocupación en la magistral Suite francesa.

lunes 19 de diciembre de 2011

Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis, de Alan Riding



¿Tienen los intelectuales una responsabilidad especial? Todavía sigue concitando la atención la implicación de los intelectuales en la lucha política. En España, en las últimas campañas electorales, por ejemplo, se han fotografiado y redactado manifiestos una y otra vez los llamados artista de la ceja. Es lógico que después de tantos años de asumir un gran protagonismo en la vida pública se acerque la lupa al compromiso de los intelectuales en momentos cruciales de la historia. El engagement por excelencia hay que buscarlo en Francia, que desde la época del affaire Dreyfus, a finales del siglo XIX, hasta mayo del 68, y aún hoy en torno a guerras como la de Iraq o la de Chechenia, se escucha la opinión autorizada de escritores, novelistas, filósofos y poetas.

El momento cumbre del compromiso político hay que buscarlo en la época de la ocupación nazi de Francia, durante la resistencia y en la posterior liberación de Paris. A ese periodo se han dedicado muchos libros y escritos de todo tipo. En España se había editado la trilogía que sobre el asunto escribió Herbert Lottman y que ha ido publicando Tusquets (La Rive gauche, La caída de París y La depuración, 1943-1953). Ahora se publica el ensayo de Alan Riding, Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis. Curiosamente Riding no hace ninguna referencia a Lottman, algo que resulta incomprensible. Los libros de Lottman son amenos, están muy bien documentados y son exhaustivos, lo mismo que pretende Riding. En ambos casos se hace un repaso al mundillo de la intelectualidad francesa antes, durante y después de la ocupación nazi. Literariamente es más jugoso Lottman y también más picantón a la hora de retratar y enjuiciar a aquellos artistas que jugaron a dos barajas, la ocupación y la resistencia, o que mantuvieron una actitud ambigua. El punto de vista de Riding es más abierto, más amplio en sus intereses, repasa el mundo de los escritores, autores teatrales, pintores, cantantes, poetas, novelistas, filósofos y periodistas, pero también el de los modistos, actores, directores de cine y editores. Los divide en tres grupos, los colaboracionistas, los attentistes y los resistentes. En general, es comprensivo ante la actitud que adoptaron ante la ocupación, los sitúa en un contexto explicativo, salvo en algunos casos de evidente infamia, palabra que repite una y otra vez para calificar la actitud de algunos de ellos, no muchos, como los escritores Robert Brasillach o Cèline o los periodistas Lucien Rebatet o Alain Laubreaux, quienes llevaron su antisemitismo hasta el final, con incitaciones al odio y a la deportación de los judíos, desde el semanario Je suis partout o en sus panfletos.


Respecto a los demás: Jouhandeau, Léautaud, Montherlant, Giono, Cocteau, incluso Drieu La Rochelle, que había dirigido durante la ocupación la emblemática Nouvelle Revue Française, la revista fundada por André Gide, entre los escritores, Maurice Chevalier o Édith Piaf entre los chansonniers, De Vlaminck, van Dongen, Derain o Le Corbusier entre los artistas plásticos, Sacha Guitry, Clouzot o Pagnol entre los cineastas, el bailarín Serge Lifar, Chanel o Dior en el mundo de la moda, o las ricas damas de alta sociedad que abrieron salones para recibir a oficiales nazis, resistentes o colaboracionistas, como el salón que llevaba la francoamericana Florence Gould, a todos ellos intenta Riding comprenderlos o justificarlos por una u otra razón, como la necesidad de seguir realizando su trabajo o seguir teniendo una vida social activa, la vanidad, la inconsciencia o la propia atmósfera parisina. Caso aparte es el de Sartre y su compañera Simone de Beauvoir a los que Riding no guarda mucha simpatía. Según Riding, no tuvieron ningún interés por la resistencia. Tampoco Picasso, que aguardó hasta el final para afiliarse al partido comunista. Para Galtier-Boissière, un diarista de entonces, “Picasso estaba aterrado ante la posibilidad de perder su inmensa fortuna. Su afiliación al PC fue como contraer un seguro”. A posteriori, Sartre quiso hacer pasar por resistencialistas la representación de sus obras existencialistas en el París ocupado, Les mouches y Huis clos, a las que asistieron y aplaudieron con entusiasmo los oficiales nazis. Sin embargo, en septiembre de 1944 Sartre escribía reinventando su papel en el País ocupado:
“Nunca fuimos más libres que durante la ocupación alemana. Perdimos todos nuestros derechos, empezando por el de expresión; nos insultaban a diario y debíamos permanecer callados; nos deportaban de forma masiva en tanto que trabajadores, judíos o presos políticos; por todas partes (en periódicos, paredes y pantallas de cine) se nos hacía visible la vil imagen que nuestros opresores querían dar de nosotros: por todo ello, éramos libres”. 

Riding deja clara su opinión de que la resistencia fue hinchada tras la liberación, muchos se apuntaron en los últimos días, tal el caso de Sartre y Simone de Beauvoir, cuando el ejército angloamericano estaba a las puertas. Según Galtier-Boissière, “Hay poetas que escribieron una cuarteta sobre Hitler para un periódico confidencial (llamado Clandestino)  bajo seudónimo que hoy creen sinceramente que fueron ellos quienes salvaron Francia”. Francia tenía necesidad de tapar el doble deshonor de la derrota y de la colaboración con los nazis. Sólo la habilidad de de Gaulle permitió que Francia contase entre los vencedores tras la derrota nazi. Los resistentes no fueron más de 100.000, en grupos dispersos y no demasiado efectivos; nunca hubiesen liberado Francia sin el desembarco de los aliados en Normandía. Por contraste, cuando comenzó la depuración fueron detenidas 900.000 personas, 124.613 tuvieron que responder ante la justicia, 6.760 fueron sentenciadas a muerte, aunque sólo 676 fueron ejecutadas. El afán depurador fue impulsado por una doble corriente, la de los resistentes de última hora y la del partido comunista, con el poeta Louis Aragon a la cabeza, que controló los comités d’épuration, siguiendo la táctica estalinista que se estaba aplicando en los países que dominaba tras la derrota de los nazis. Camus y Mauriac se enzarzaron en una polémica en los periódicos, Le Figaro y Combat, sobre si había que ser implacables o compasivos con los colaboracionistas. Al final, en agosto de 1945, Camus se plegó a la caridad que propugnaba Mauriac:
“No puede haber ya dudas de que las purgas de posguerra no sólo han fracasado en Francia, sino que han quedado totalmente desacreditadas. La palabra purga era cuestionable ya desde el principio. Su aplicación ha resultado odiosa”.
Es una lástima que un libro como este esté tan mal traducido, con tantos errores gramaticales, con tal mal uso de las preposiciones, tan trufado de catalanismos.

P.S, Jean-François Revel, en sus Memorias, dice de Sartre:
"En cuanto al supuesto contenido político que se atribuyó a Las Moscas después de la liberación, puedo jurar que ninguno de los espectadores que vieron la obra cuando fue creada lo advirtió. Nadie percibió siquiera la sombra de una alusión a la actualidad o el balbuceo de un sobrentendido que pudiera aludir a la ocupación nazi, sin embargo omnipresente, hasta en la propia sala.

sábado 17 de diciembre de 2011

Dos maneras de despedirse


A Ramoneda le despiden del CCCB de Barcelona. Reacciona así: 
A día de hoy solo sé que no me renuevan y que por lo tanto el próximo día 31 yo me voy, y tal y como han ido las cosas, no aceptaría una prórroga de interinaje. Tampoco me lo han sugerido. Quiero dejar claro que tienen todo el derecho a destituirme; forma parte de las reglas del juego, pero se podía haber hecho de otra manera. Esta institución tiene unas características peculiares que exigen una buena transición y en cambio, aquí, sobre la mesa, sólo quedará una carpeta con los proyectos que hay en funcionamiento y una nota mía con informaciones que puedan serle útiles al futuro director”.
Christopher Hitchens, por su parte se despidió de este mundo, falleció de cáncer de esófago en Houston en la noche del jueves al viernes, con este artículo en Vanityfair
Richard Dawkings le ha escrito este epitafio: "Un hombre que luchó contra todos los tiranos, incluido dios". Y Guillermo Altares una buena necrológica.


Este fragmento de la conversación con Dawkins lo recoge Arcadi Espada:
Dawkins.– Siempre he sido muy suspicaz respecto a la dimensión izquierda-derecha en política.
Hitchens.– Sí, conmigo está destrozada.
D.– Es impresionante cuánta tracción tiene el continuum izquierda-derecha… Si sabes lo que alguien piensa sobre la pena de muerte o el aborto, entonces sabes lo que piensa sobre cualquier otra cosa. Pero tú rompes claramente esa norma.
H.– Mantengo una coherencia que es estar contra el totalitarismo, en la izquierda y en la derecha. El totalitarismo, para mí, es el enemigo, el absoluto, el que quiere controlar el interior de tu cabeza, y no sólo tus actos y tus impuestos. Y los orígenes de eso son teocráticos, obviamente.

viernes 16 de diciembre de 2011

HHhH, de Laurent Binet

        

            El 27 de mayo de 1942 un comando de la resistencia checa, enviado desde Londres, espera en una curva de la calle Holešovice, en Praga, a que llegue el mercedes del Protector de Bohemia-Moravia, Reinhard Heydrich, apodado por los suyos la bestia rubia, uno de los capitostes del régimen nazi: segundo de Himmler, jefe de seguridad y de la Gestapo y organizador de la Solución Final. Jozef Gabčík apostado carca de la parada del tranvía ve llegar al mercedes y dispara su pequeña Sten de fabricación inglesa, pero la pistola se encasquilla. El otro miembro del comando, Jan Kubiš, viene por detrás y lanza una bomba que no cae en el interior del coche sino en el suelo junto a la rueda trasera, aunque sí que explota. Ambos, Gabčík y Kubiš, forman parte de la la Operación Antropoide, organizada por el gobierno checoslovaco en el exilio, presidido por Edvard BenešEs el atentado con más éxito en la historia del nazismo.

            Laurent Binet lo cuenta en la novela HHhH (Himmlers heiss Heydrich: “el cerebro de Himmler se llama Heydrich”). Pero Binet tiene una idea muy particular de lo que es escribir una novela. Tiene que ser fiel a la realidad y precisa hasta en los menores detalles, no puede inventarse nada. Recoge esta cita de Boris Pasternak: “No me gusta la gente indiferente a la verdad”. Desdeña el sentimentalismo, la ñoñería, la enfermedad de la literatura. Con esas ideas Binet podría haber hecho un ensayo, pero cree que es más útil la imaginación del novelista: “Para que cualquier cosa pueda penetrar en la memoria, es preciso antes transformarla en literatura”. Quizá tenga razón. Además seguro que así va a llegar a mucha más gente.

Binet para contar su historia y ser fiel a la realidad explica se detiene en los detalles, busca el color del contexto, tanto del suceso histórico como del proceso de escritura. Cuenta, en primer lugar, consigo mismo como narrador y su circunstancia: su amor por Praga, en la que ha residido algunos años, algunas mujeres que lo han acompañado, los libros, las anécdotas, los sucesos que le salen al paso mientras investiga y escribe. Por ejemplo, los libros que se han escrito sobre el asunto como el de Alan Burgess, Siete hombres al amanecer, o que han hecho aproximaciones, como el de Jonathan Littell, Las benévolas, que no le gustan, o el más reciente, Europa central, de William T. Vollmann, que sí. O hace memoria del caso de Rene Bousquet, el jefe de policía que organizó las deportaciones de judíos franceses, el que aseguró la redada del Vel’ d’Hiv’, en junio de 1942: rehabilitado después de la guerra, amigo de Miterrand, látigo de De Gaulle, asiduo en casa de la superviviente de Auschwitz, Simone Veil, pero finalmente, desde 1986, acusado, e inculpado en 1991. Sin embargo, desgraciadamente, cuando está listo el proceso, un imbécil acaba con su vida, privando al mundo de lo que tuviera que contar en sala judicial. Un ensayo no habría entrado en esas historias marginales, secundarias al tema tratado, tampoco en los gustos o disgustos personales del autor. Esa es otra de las ventajas del formato novela.

Por supuesto, Binet cuenta principalmente con sus protagonistas, Heydrich, el eficaz, que acaba con la resistencia checa, Heydrich, el malvado, que organiza la conferencia de Wansee para dar forma a la Solución Final del problema judío, Heydrich, el político, que convierte el protectorado checo en una fábrica al servicio de la producción de guerra germana, pero también con Gabčík y Kubiš , los jóvenes héroes que saltan en paracaídas sobre su patria, cerca de Praga, para organizar el atentado. Por supuesto, también hay algunos traidores.

Y Binet cuenta, finalmente, también con el lector, del que a veces se burla por las suposiciones que ve a este lado de la página, al que atiende paciente y seguro de su inteligencia.

No es la primera vez que alguien concibe una novela así, pero el método se va afinando. Cada vez es más interesante, más informativo, el lector no tiene la impresión de perder el tiempo, sabe que no se le está tomando el pelo, todo está contrastado, hasta los detalles más minúsculos, sin jugar a la literatura. Una forma de contar que convierte en obsoletas las mayor parte de las novelas que ahora se escriben, tan viejas, tan aburridas. Además, HHhH se lee con avidez.


jueves 15 de diciembre de 2011

Estamos rodeados



Están persiguiendo a Camps por algo ridículo, tres trajes, y todo por el empeño de un periódico en hacer caer a un presidente de comunidad, cuando la acusación debería ir por otros derroteros más serios y más importantes para el país: la mala gestión. Y en la Comunidad Valenciana hay muchos casos de mala gestión. El más reciente en la CAM, caja en la que se descubren pérdidas por valor de 17.000 millones de euros, que ¡equivalen al 1,2 del PIB español! o a la mitad de lo que se gasta el Estado en prestaciones de desempleo. Es ahí donde deberían mirar los fiscales –y los periodistas- y no en esa comedia de los trajes.

kiosco RdLOtra muy mala noticia, cierra Revista de Libros. Durante muchos años para mí ha sido el alimento espiritual, donde he encontrado las reseñas de los libros que merecía la pena leer, reseñas hechas con seriedad y rigor, con total libertad, sin tener que rendir cuenta a los grupos editores como hacen en general los suplementos de cultura de los periódicos. Con la lectura de esa revista he ido comprendiendo el valor que debería tener la novelería y la no ficción en un país puesto al día, la formación científica que falta en España, lo que nos distancia de los países anglosajones. La revista era financiada por la Fundación de Caja Madrid, no se comprende que prescindan de ella con la excusa de los recortes, ¡cómo podría ser una carga financiera para el Bankia de Rodrigo Rato!

Cómo no hacer propia esta cita de Ian McEwan en Solar
“Una avenida de anuncios publicitarios que ofrecían anuncios bancarios y de oficina, que ponían mucho empeño en captar las miradas –obviamente la publicidad era una industria de empresarios de tercera-, acrecentó su irritación en los pasillos sin ventilar y excesivamente iluminados. Conocía demasiado bien aquel tipo especial de asfixia intelectual que producía el contacto con inteligencias escasas y agresivas. Ahora le concernía la estupidez planetaria”. 
Estamos rodeados: no hay más que ver a qué queda reducido el pastel de las emisoras de televisión: Berlusconi al mando del grupo Telecinco, que incluye Cuatro, y el hijo de Lara, aquel editor dicharachero del posfranquismo, al mando de Antena3, La Sexta incluida. Un sindicato realista y con ganas de armarla llamaría de inmediato a la huelga general de espectadores: a la desconexión.

lunes 12 de diciembre de 2011

La tragedia del Batavia II


Réplica del Batavia

El libro de Mike Dash, La tragedia del Batavia, es el tipo de libro que a mi me hubiese gustado escribir si hubiese dispuesto de tiempo y ganas. Va a buscar a los protagonistas del Batavia a los barrios de Haarlem o Ámsterdam donde nacieron, crecieron y se educaron. Describe como fue levantándose la gran ciudad portuaria, cómo eran las escuelas y los gremios, cuáles sus creencias, cómo el calvinismo oficial, o las herejías perseguidas, como la de los Hermanos del Espíritu Libre, forjaron el carácter de los hombres, qué oportunidades tenían los hombres de entonces para salir adelante, y las mujeres, qué pronto se echaban a perder, qué poco valía la vida de un niño, qué enfermedades asolaban las sociedades florecientes, qué remedios utilizaban los boticarios, el valor que se daba a las especias que llegaban de oriente, cómo se levantaron imperios con ellas, genoveses y venecianos, primero, portugueses después, cómo se creó la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, cómo se construían los barcos de entonces, con qué tecnología, cómo se elaboraban las cartas de navegación, cómo se guardaba el secreto de las derrotas, cuán largo era el viaje a las Indias Orientales, qué tipo de gente se embarcaba y sus motivos, cómo se distribuían en el barco, qué comían, en qué condiciones se mantenían los alimentos, y el agua, cómo dormían y hacían sus necesidades, cuáles eran las etapas del viaje, con qué facilidad sucumbían los pasajeros al escorbuto o al tifus, cómo los holandeses dominaron el comercio con las islas de las Especias, echando a los portugueses, luchando a muerte con los ingleses. Embarcado con los pasajeros en el otoño de 1628, sigue con ellos la ruta a través del Golfo de Guinea, con ellos para en la Taberna del Océano, Ciudad del Cabo, busca los vientos favorables en el Antártico y con ellos embarranca en los Abrolhos de Houtman, un grupo de arrecifes situados frente a la costa occidental de Australia, el 4 de junio de 1629. Describe luego por qué el barco se había desviado, por qué encalló, saliéndose de la derrota, cómo a otros barcos antes y después les ocurrió lo mismo, cómo eran las islas, el clima, la vegetación, la fauna, las posibilidades de supervivencia. Para detenerse al final, es las yermas islas de los Abrolhos, donde los abandonados supervivientes se entregan al liderazgo del maestre adjunto, Jeronimus Cornelisz, uno de los amotinados, boticario fracasado de la ciudad de Amsterdam, que buscaba rehacer su vida en la colonia, dejando atrás a su mujer,y que ve una oportunidad de hacerse rico con los tesoros del Batavia y que en la situación extrema en la que se encuentra muestra su calidad de líder, pero también su personalidad psicopática haciendo asesinar a sangre fría a más de 120 personas, entre ellas mujeres, niños y enfermos.


El autor bucea en los muchos libros que sobre el tema se han escrito, en las fuentes primarias que los supervivientes dejaron, en archivos y bibliotecas holandesas, australianas e indonesias, en los restos del pecio del Batavia, en los trabajos arqueológicos en las islas de los Abrolhos, en los estudios forenses que se han realizado al respecto. No hay nada que se le escape, sopesando todas las alternativas, analizando el carácter de los personajes de la trama, aventurando hipótesis sobre sus acciones, avanzando hacia el desenlace como si estuviese escribiendo una novela de suspense, contando qué sucedió después con cada uno de ellos o de sus descendientes, buscando en los registros de la colonia o volviendo a sus ciudades de origen.

Es un libro apasionante, una enciclopedia sobre la época, una novela de aventuras, un drama psicológico, un estudio sobre el capitalismo triunfante. 460 páginas en firme, 150 más de notas igualmente interesantes, que uno desea que no acaben. Para otro día queda la reseña de Los naúfragos del Batavia, obra de Simon Leys editada recientemente. 

domingo 11 de diciembre de 2011

La tragedia del Batavia I


Archivo: Batavia 02.jpg
Reconstrución del Batavia
Hay libros que te están esperando. ¿Por qué nadie me lo aconsejó? ¿Cómo no vi en su día la reseña entusiasta? Uno de los indicios de la desgracia de España es la calidad de sus universidades. Pasé por la Facultad de Historia de Barcelona en los 80. Era un nido de profesores marxistas enfangados en teorías inanes sobre los orígenes del capitalismo, la colonización de América y la guerra civil. Despreciaban los datos empíricos, la historia positiva, decían. Sus clases en general eran refritos de libros extranjeros. Sus pinitos historiográficos tenían que ver o con el intercambio desigual en la era del imperialismo de los países del Centro o con la construcción de una fe: la idea de que los movimientos nacionales luchaban a la par que el feminismo, el ecologismo y el antirracismo en el campo del progreso. La mayoría de aquellos profesores están en el origen de la actual esterilidad del PSC. He de decir que en otros lugares de la península la situación no era mejor. Todavía hay hoy facultades que lo único que se exige a los alumnos es memorizar conceptos, nombres, fechas y retahílas de causas y consecuencias, en las antípodas de aquella escuela de Barcelona. Mis años de Historia fueron años perdidos, lo poco que aprendí tuvo que ver con mi empeño personal. Y sin embargo, en otros países existían profesores pacientes en busca de datos para elaborar hipótesis y para trabar un conocimiento empírico y veraz sobre el pasado.


El libro que me estaba esperando –uno de tantos- es La tragedia del Batavia del británico Mike Dash. En 1629 uno de los grandes galeones de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, un retourschip, con 341 personas a bordo, encalló en la barrera de coral frente a un archipiélago desconocido ante la costa de la Tierra del Sur. Era de noche, el viento del Antártico soplaba con fuerza y las planas islas de los Abrolhos de Houteman eran imposibles de divisar. Los supervivientes saltaron como pudieron a las islas yermas del archipiélago. El comendador de la Compañía y el patrón del Batavia abandonaron a sus hombres y a bordo de una chalupa consiguieron alcanzar la base de la colonia holandesa de Java después de 2000 millas. Una proeza irrepetible. En las islas, con escasísimos pertrechos, comida y agua que hubo que racionar hasta límites imposibles, quedó el resto del pasaje. Entonces a la tragedia del naufragio se añadió la de una masacre. A lo largo del viaje se había ido fraguando un motín que no llegó a tomar cuerpo por la indecisión de los conspiradores y porque al final se interpuso el propio naufragio. El galeón iba cargado de riquezas, barriles de oro y plata, para intercambiar por especias y otros productos que, a lo largo del siglo, hicieron riquísimos a los Diecisiete Señores de la Compañía y convirtieron a la República Holandesa en el primer país capitalista del mundo. El motín tenía por fin apoderarse del barco y de sus riquezas y reconvertirlo a la piratería. Entre los conspiradores estaban el propio patrón del barco Ariaen Jacobszy el segundo del comendador, Jeronimus Cornelisz. Fue este quien se hizo con el poder de los supervivientes en las islas, estableciendo un régimen de terror. Rodeado de unos cuantos secuaces, ideó una manera sencilla de sobrevivir a los escasos alimentos y agua: ir eliminando a buena parte de los supervivientes y cuando llegase el barco de rescate apoderarse de él y seguir con el plan inicial de dedicarse a la piratería.

sábado 10 de diciembre de 2011

El mundo está cambiando



Baja el invierno hasta los árboles desnudos para abrazarlos durante una temporada. Un velo frío y blanco los envuelve a ras de suelo. Nada indica que esta luz lechosa y sucia venga de un poderoso sol que se detiene por encima de las copas de los árboles y de los edificios más altos. De momento sólo sombras, y sombras desordenadas.
            El mundo está cambiando aunque no lo parezca, extasiados como estamos ante un derrumbe que no acaba. Entro en una librería con mucha gente deambulando entre los estantes, hojeando libros, pero con pocas ganas de comprar. Quizá, como yo, buscan ser sorprendidos por libros que no han sido anunciados o gritados en las ondas, en los periódicos, en las vallas, en las teles, sentenciados por premios que sellan su falta de valor. Veo tres libros de Bergounioux en editoriales minúsculas. Antes no los he visto en Internet ni en las bibliotecas. Compro uno, el dedicado a Descartes. Pienso que sería una desgracia que las librerías desapareciesen: me gusta tocar antes de comprar, leer algunos párrafos antes de decidirme, pero ¿quien comprará dentro de poco en esas tiendas, cuando comprar en Amazon sea más barato y leer en un iPad más cómodo? Tendremos tiempo de arrepentirnos.
            No deja de sorprenderme, una y otra vez, la creciente tendencia a la uniformidad en las teles –y en los libros de escaparate, todos iguales- a pesar de la profusión de cadenas. La Cuatro y la Sexta en sus informativos, igualmente infectados de sucesos, contaminados por ese populismo desasosegante que ya habían impuesto el fascismo blando de Berlusconi en Telecinco y la brillantina de Planeta en Antena3 como en sus libros. Si se pone el oído en las conversaciones de la calle, se oye la misma cantinela, esa vulgaridad que es hoy la mediocre vida de España.
            No somos conscientes de que la vida ya no volverá a ser la misma. Nuestros sueldos van a bajar, el dinero ahorrado se va a devaluar. Cuesta descender del agujero de las cajas y bancos a nuestras casas; hemos disfrutado a medias del espectáculo de la caída de algunos consejos de administración -así como de nuestro gobierno-, quizá porque no veíamos que el agujero se prolongaba en nuestros bolsillos; sólo empezamos a intuirlo cuando nuestros hijos se quedaban sin empleo. No volveremos a ver nuestra nómina en lo alto de la curva, cuando ganábamos más de lo que producíamos, cuando los objetos que poníamos en el mercado se vendían muy por encima de lo que valían.             Los que nos movemos en el mundillo de la educación sabemos cuánto se va a prolongar la improductividad española. No hemos educado para inventar, no hemos estimulado la creatividad, se han desdeñado los oficios. Un pueblo con mucho talento, nos decían. Quizá sobre los tablados, pero no donde el mundo está cambiando. Quizá tengamos algunos ingenieros brillantes, pero se están marchando. Seguiremos pobres y atrasados durante un tiempo en esta esquina de Europa, tan alejada.
            Cómo difundir un poco de calor para descongelar el suelo duro hasta disipar las nieblas, hasta que allá al fondo un luz nos de confianza.

miércoles 7 de diciembre de 2011

No tengo miedo, de Niccolò Ammaniti


Recordaba mientras leía esta novela Fin, deMonteagudo o La habitación de Emma Donoghue, la primera por el movimiento incesante del protagonista, una agitación que le lleva no se sabe muy bien dónde, la segunda por el asunto de fondo, que tiene al lector en un puño, devorando las páginas para saber cómo acaba la historia. Aunque a Monteagudo le faltaba sabiduría narrativa y a la autora de La habitación le sobraba. 

Ammaniti parece haberse convertido en el autor principal de Anagrama desde que esta ha sido comprada por la italiana Feltrinelli.  Con sus ventajas e inconvenientes. Muchos no le perdonan a Herralde que se haya vendido y que flojee en su antiguo rigor, admitiendo best sellers en su sello de contrastada calidad. Puede que Ammaniti, sin embargo, sea más interesante de lo que pudiera parecer. Esta novela recién salida del horno, pero publicada en Italia en 2001, está muy bien fabricada. Ammaniti juega con dos cosas, el punto de vista de un niño de 9 años y un suceso dramático, un secuestro. Desde la altura del niño, igual que en la Habitación, el narrador va contando la vida más o menos aburrida en una aldea de cuatro casas, Acqua Traverso, en el sur de Italia, entre trigales secos y un tórrido verano: niños que juegan y adultos que vienen y van, hasta que de pronto, un extraño descubrimiento saca al pueblo de su sopor. Ammaniti es capaz de trasmitir la lenta pérdida de la inocencia del protagonista, basculando entre la infancia, la amistad, la traición, la soledad y el desagradable descubrimiento de lo que los adultos se traen entre manos. El niño, que se desplaza rápido con su vieja bici, ha de enfrentarse a una realidad más dura que el mundo de fantasías y monstruos a los que teme. La lectura rueda con frases cortas y muchos diálogos de poca enjundia pero muy vibrantes y sobre todo tiene al lector en un puño porque conoce la importancia del asunto, mucho antes de que el niño protagonista se dé cuenta de qué va la cosa.

Ammaniti domina mejor el oficio que Monteagudo, aunque no alcanza la profundidad de Donoghue, escribe suelto, a veces parece que demasiado fácil, eso da alas al lector, pero no le aporta la riqueza, las preguntas y el desasosiego de la escritora norirlanseda. Es una novela para pasar un buen rato, pero decepcionante por cómo el autor resuelve, y desvanece, las grandes posibilidades del mundo que había construido.

martes 6 de diciembre de 2011

Félix de Azúa se exilia del nacional-peronismo

Le entrevistan en El Mundo:

La crisis:
La palabra crisis apareció como un comodín que no dice nada. Llegó cuando nadie sabía qué estaba sucediendo. Lo que tenemos no es una crisis en el sentido tradicional, sino una situación estable en la que vamos a estar decenas de años... Esto que han llamado crisis no es una alternativa, sino la realidad misma. Se está desinflando la burbuja del capitalismo de los últimos 20 años, que era un disparate... Y si lo piensas bien no es tan trágico. Saldremos de ésta, pero renunciando a muchas cosas. Los jóvenes son quienes lo tienen más difícil porque se les ha convertido en los grandes acumuladores, en el paradigma del consumo.

Los jóvenes:
El 15-M ha sido interpretado como un abandono del letargo, pero no es así... Salir del letargo es darse cuenta de que han sido malcriados, de que son niños caprichosos, de que este tipo de protestas de minorías agraviadas corren el riesgo de convertirse en un sustituto de la Justicia... Tienen que despertar del sueño de que han venido a hacer algo por la humanidad, porque no es cierto. Es por ellos mismos por quienes deben hacerlo.

El PSOE:
Han sido demasiados desengaños. Mira el PSOE cómo está: desmantelado. Para los de mi generación no era un partido, sino una iglesia. Pero ya no pueden mantener los mascarones de proa ni el rumbo destructivo, tan reaccionario, si miramos, por ejemplo, su actitud ante los nacionalismos.

Se exilia de Cataluña a Madrid:
Voy a ser padre en unos días y eso me llevó a pensar que el egoísmo está de más. No queremos que nuestra hija sea educada en Cataluña. No deseo que la eduquen unos ideólogos que la van a derivar hacia una situación indeseable con el resto de los españoles. No quiero que me suceda como a un amigo cuando su hijo de 8 años le preguntó: «Papá, ¿nosotros qué somos: catalanes o fachas?». Ésa es la ideología imperante en los colegios y en las universidades a través de la vigilancia extrema de los comisarios políticos del nacionalismo. En Cataluña se da un totalitarismo blando parecido al peronismo en Argentina.

La cultura:
Es una gran herramienta para salir del aturdimiento. Un antídoto. En ella está la salvación. Resulta evidente que la deriva espantosa del mundo occidental en los últimos 20 años es debida al arrinconamiento de los viejos saberes. Hemos renunciado a 3.000 años de Historia. Estamos en un momento en el que no sabemos lo que vendrá. Es un tiempo histórico distinto, en el que no sabemos cómo se llamará aquello que hoy conocemos.
(El Mundo: 4.12.2011)

domingo 4 de diciembre de 2011

Un método peligroso


No parece muy cinematográfica la exhibición de una disputa intelectual entre dos grandes psicólogos de comienzos del siglo XX, sin embargo Christopher Hampton como guionista y David Cronenberg como director no salen tan mal parados. A su favor, el nombre de los protagonistas, Freud y Jung, que todavía atraen a una parte importante de la clase media culta, tantísimos psicoanalizados como seguidores de la nueva era o simples curiosos, más el señuelo de una guapa paciente que se interpone entre ambos, el personaje interpretado por Keira Knightley, y por supuesto el nombre de los tres actores protagonistas, junto a la Knightley, Viggo Mortensen y Michael Fassbender. También está la parte literaria de morbo e intriga que siempre rodea los casos psicoanalíticos, pacientes raros con extrañas obsesiones o manías, aquí el caso del doctor y libertino Otto Gross, interpretado por Vincent Cassel.

El núcleo de la película se centra en un momento supuestamente decisivo del psicoanálisis, cuando un joven y exitoso Jung conoce a una paciente rusa de origen judío, Sabina Spielrein, que a su enfermedad une inteligencia y atractivo erótico. Jung y su paciente establecen una relación más allá de lo que los códigos profesionales permiten. Jung visita a Freud para hablar del caso. Ambos se respetan, y Freud alcanza a ver la capacidad de Jung y le promete que será el heredero de la escuela psicoanalítica. Pero Jung tiene ideas propias, no cree que la libido sea el único motor de nuestro comportamiento, además cree que hay otros elementos que los que Freud propone para someter a análisis, como la telepatía o las precogniciones. Pero en la disputa no sólo intervienen asuntos científicos, ¿hasta dónde puede llegar el método? En las disputas intelectuales nunca hay que desdeñar la cuestión personal: Jung es joven, tiene un gran éxito en la Viena anterior a la Primera Guerra Mundial –los hechos suceden entre 1903 y 1914-, es ario frente al judío Freud, es inteligente y tiene ideas propias. Freud quiere preservar el método, el rigor científico, el código ético, pero también su autoridad. El conflicto refleja un asunto al que Freud ha dado mucha importancia, la necesidad simbólica de matar al padre. La disputa acabará en cisma, el primero del psicoanálisis.

La pelí logra a medias su objetivo de entretener, no puede ahondar mucho en el debate entre los protagonistas, por falta de tiempo y porque tiene que ponerse a la altura del espectador medio. En el apartado de la interpretación tan importante en una película que viene de una adaptación teatral, y ésta de un libro serio y documentado de John Kerr, A Most Dangerous Method, falla la composición de Freud por parte de Viggo Mortensen. Mortensen compone un Freud caricaturesco, un personaje de cartón: el puro, la barba, la mayor parte del tiempo sentado tras la mesa en su despacho, una representación superficial, con falta de hondura, lo que no sucede con Fassbender y Jung, ni tampoco una Keira Knightley que modula bastante bien el histrionismo inicial propio de una paciente histérica con la contención final de una científica que debate con los dos maestros del psicoanálisis. Aunque la peli es entretenida, a mi juicio, no supera los últimos logros del director: Una historia de violencia y Promesas del Este.