No importa mucho el desarrollo de la trama, ni su conexión
con la realidad de la calle, ni que los personajes sean verosímiles, ni
complejos, tampoco que suceda en este u otro país, en esta época o en el
pasado, tampoco el escenario, ni cómo comienza o acaba, ni la firmeza de los
principios o los valores, tampoco importa si está bien escrita, ni la habilidad
para las descripciones o para explicar honduras psicológicas o para el juego de
las metáforas, sin embargo, algo de todo eso ha de tener una novela de intriga
o policiaca, golpes de efecto en el desarrollo de la acción, como la salsa que
envuelve la hamburguesa en un macdonalds, un escenario que se reconozca de
inmediato, porque nos suena de las películas o de otras novelas o porque se
habla de ello o porque nombra lugares que conocemos, unos personajes con algún
rasgo distintivo, llamativo, como los vemos en las viñetas de Mingote o de El
Roto o de Máximo, una época muy marcada con las posiciones políticas extremadas
o un lugar donde la ley se ha relajado o las costumbres son osadas, o las
diferencias sociales extremadas, y el escritor de estas novelas ha de mostrar
algún tipo de habilidad en los diálogos, en la elipsis, en el uso de las
tijeras para eliminar el material sobrante que es casi todo.
Por
ejemplo: una cárcel con tipos malos, un atracador de bancos que no utiliza
armas, un cubano, marielito para fijarlo en una época, que gracias a sus
trapicheos se ha hecho con un paquete inmobiliario, una abogada sin escrúpulos,
unos policías no muy dotados o que se dejan llevar por la pasión del momento,
un mariconcete listo para los negocios, mansiones en Venice Beach, una zona
exclusiva junto a L.A. un puñado de hispanos que se mueven entre el hampa y la
colaboración con la policía, una vidente que es una mujer fatal y mucho sexo
bajo o sobre las sábanas y homicidios premeditados y a lo bestia. Diálogos
fluidos, pocas descripciones para que la lectura no se resienta y alguna que
otra sorpresa al pasar la página.
¿Por qué
leer, entonces, una novela de este tipo? ¿Para matar el tiempo sobrante? ¿Para
darse un descanso entre una y otra lectura de más peso? ¿Para dar salida al
vicio de la lectura que no descansa? ¿Por puro placer, porque hay a quien le
gusta la lectura basura como a quien le gusta la comida basura, el sexo basura,
la tele basura, la conversación basura, la radio basura?
A las
editoriales del género les basta con escribir en portada, bajo al título, o en
la contraportada, antes de una selección de críticas elogiosas que siempre hay,
cosas como estas: “magnates del hampa, ladrones de bancos, mujeres fatales,
implacables agentes de la ley, una obra maestra”, para que el lector adicto
babee y corra de la librería al sofá, se arrebuje bajo la manta, se acomode junto
a una lata de coca cola o de cerveza y se ponga a ver el partido, quiero decir,
a leer y en una o dos tiradas se la lea. Después ya se la puede pasar al marido
o la esposa o arrojarla al cesto de los libros usados.
Quizá hubo
un tiempo en que las novelas de intriga, de “serie negra”, se decía, con una
etiqueta que confería marchamo de calidad, tuviesen algún valor orientativo o
de descubrimiento o de reconocimiento. Quizá en aquella pareja, Hammet y Raymond Chandler, o me lo
parecía a mí, cuando lo desconocía todo y todo me parecía nuevo, pero ¿cuántas
novelas de este tipo hay hoy en los anaqueles, cuántos Vázquez Montalbán,
cuántas novelas negras del frío, del sur, de la nieve, de Roma, del abecedario,
todas iguales salvo un ligerísimo toque diferenciador? Lo único que me ha
sorprendido de este Perros callejeros es la influencia de las series
televisivas. Antes, de las novelas se hacían películas memorables, o eso me
parecía, ahora de las series como The Wire, se copian los tipos, los
escenarios, las tramas ondulantes, inacabadas, entrecortadas, como el habla, los
diálogos simulando el habla callejera o carcelaria, los delincuentes o policías
que trabajan, como el propio escritor de estas novelas, sobre la marcha, sin
planificar, a ver que sale.


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