sábado, 24 de diciembre de 2011

Perros callejeros, de Elmore Leonard


           No importa mucho el desarrollo de la trama, ni su conexión con la realidad de la calle, ni que los personajes sean verosímiles, ni complejos, tampoco que suceda en este u otro país, en esta época o en el pasado, tampoco el escenario, ni cómo comienza o acaba, ni la firmeza de los principios o los valores, tampoco importa si está bien escrita, ni la habilidad para las descripciones o para explicar honduras psicológicas o para el juego de las metáforas, sin embargo, algo de todo eso ha de tener una novela de intriga o policiaca, golpes de efecto en el desarrollo de la acción, como la salsa que envuelve la hamburguesa en un macdonalds, un escenario que se reconozca de inmediato, porque nos suena de las películas o de otras novelas o porque se habla de ello o porque nombra lugares que conocemos, unos personajes con algún rasgo distintivo, llamativo, como los vemos en las viñetas de Mingote o de El Roto o de Máximo, una época muy marcada con las posiciones políticas extremadas o un lugar donde la ley se ha relajado o las costumbres son osadas, o las diferencias sociales extremadas, y el escritor de estas novelas ha de mostrar algún tipo de habilidad en los diálogos, en la elipsis, en el uso de las tijeras para eliminar el material sobrante que es casi todo.

            Por ejemplo: una cárcel con tipos malos, un atracador de bancos que no utiliza armas, un cubano, marielito para fijarlo en una época, que gracias a sus trapicheos se ha hecho con un paquete inmobiliario, una abogada sin escrúpulos, unos policías no muy dotados o que se dejan llevar por la pasión del momento, un mariconcete listo para los negocios, mansiones en Venice Beach, una zona exclusiva junto a L.A. un puñado de hispanos que se mueven entre el hampa y la colaboración con la policía, una vidente que es una mujer fatal y mucho sexo bajo o sobre las sábanas y homicidios premeditados y a lo bestia. Diálogos fluidos, pocas descripciones para que la lectura no se resienta y alguna que otra sorpresa al pasar la página.

            ¿Por qué leer, entonces, una novela de este tipo? ¿Para matar el tiempo sobrante? ¿Para darse un descanso entre una y otra lectura de más peso? ¿Para dar salida al vicio de la lectura que no descansa? ¿Por puro placer, porque hay a quien le gusta la lectura basura como a quien le gusta la comida basura, el sexo basura, la tele basura, la conversación basura, la radio basura?

            A las editoriales del género les basta con escribir en portada, bajo al título, o en la contraportada, antes de una selección de críticas elogiosas que siempre hay, cosas como estas: “magnates del hampa, ladrones de bancos, mujeres fatales, implacables agentes de la ley, una obra maestra”, para que el lector adicto babee y corra de la librería al sofá, se arrebuje bajo la manta, se acomode junto a una lata de coca cola o de cerveza y se ponga a ver el partido, quiero decir, a leer y en una o dos tiradas se la lea. Después ya se la puede pasar al marido o la esposa o arrojarla al cesto de los libros usados.

            Quizá hubo un tiempo en que las novelas de intriga, de “serie negra”, se decía, con una etiqueta que confería marchamo de calidad, tuviesen algún valor orientativo o de descubrimiento o de reconocimiento. Quizá en aquella pareja, Hammet y Raymond Chandler, o me lo parecía a mí, cuando lo desconocía todo y todo me parecía nuevo, pero ¿cuántas novelas de este tipo hay hoy en los anaqueles, cuántos Vázquez Montalbán, cuántas novelas negras del frío, del sur, de la nieve, de Roma, del abecedario, todas iguales salvo un ligerísimo toque diferenciador? Lo único que me ha sorprendido de este Perros callejeros es la influencia de las series televisivas. Antes, de las novelas se hacían películas memorables, o eso me parecía, ahora de las series como The Wire, se copian los tipos, los escenarios, las tramas ondulantes, inacabadas, entrecortadas, como el habla, los diálogos simulando el habla callejera o carcelaria, los delincuentes o policías que trabajan, como el propio escritor de estas novelas, sobre la marcha, sin planificar, a ver que sale.

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