lunes, 19 de diciembre de 2011

Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis, de Alan Riding



¿Tienen los intelectuales una responsabilidad especial? Todavía sigue concitando la atención la implicación de los intelectuales en la lucha política. En España, en las últimas campañas electorales, por ejemplo, se han fotografiado y redactado manifiestos una y otra vez los llamados artista de la ceja. Es lógico que después de tantos años de asumir un gran protagonismo en la vida pública se acerque la lupa al compromiso de los intelectuales en momentos cruciales de la historia. El engagement por excelencia hay que buscarlo en Francia, que desde la época del affaire Dreyfus, a finales del siglo XIX, hasta mayo del 68, y aún hoy en torno a guerras como la de Iraq o la de Chechenia, se escucha la opinión autorizada de escritores, novelistas, filósofos y poetas.

El momento cumbre del compromiso político hay que buscarlo en la época de la ocupación nazi de Francia, durante la resistencia y en la posterior liberación de Paris. A ese periodo se han dedicado muchos libros y escritos de todo tipo. En España se había editado la trilogía que sobre el asunto escribió Herbert Lottman y que ha ido publicando Tusquets (La Rive gauche, La caída de París y La depuración, 1943-1953). Ahora se publica el ensayo de Alan Riding, Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis. Curiosamente Riding no hace ninguna referencia a Lottman, algo que resulta incomprensible. Los libros de Lottman son amenos, están muy bien documentados y son exhaustivos, lo mismo que pretende Riding. En ambos casos se hace un repaso al mundillo de la intelectualidad francesa antes, durante y después de la ocupación nazi. Literariamente es más jugoso Lottman y también más picantón a la hora de retratar y enjuiciar a aquellos artistas que jugaron a dos barajas, la ocupación y la resistencia, o que mantuvieron una actitud ambigua. El punto de vista de Riding es más abierto, más amplio en sus intereses, repasa el mundo de los escritores, autores teatrales, pintores, cantantes, poetas, novelistas, filósofos y periodistas, pero también el de los modistos, actores, directores de cine y editores. Los divide en tres grupos, los colaboracionistas, los attentistes y los resistentes. En general, es comprensivo ante la actitud que adoptaron ante la ocupación, los sitúa en un contexto explicativo, salvo en algunos casos de evidente infamia, palabra que repite una y otra vez para calificar la actitud de algunos de ellos, no muchos, como los escritores Robert Brasillach o Cèline o los periodistas Lucien Rebatet o Alain Laubreaux, quienes llevaron su antisemitismo hasta el final, con incitaciones al odio y a la deportación de los judíos, desde el semanario Je suis partout o en sus panfletos.


Respecto a los demás: Jouhandeau, Léautaud, Montherlant, Giono, Cocteau, incluso Drieu La Rochelle, que había dirigido durante la ocupación la emblemática Nouvelle Revue Française, la revista fundada por André Gide, entre los escritores, Maurice Chevalier o Édith Piaf entre los chansonniers, De Vlaminck, van Dongen, Derain o Le Corbusier entre los artistas plásticos, Sacha Guitry, Clouzot o Pagnol entre los cineastas, el bailarín Serge Lifar, Chanel o Dior en el mundo de la moda, o las ricas damas de alta sociedad que abrieron salones para recibir a oficiales nazis, resistentes o colaboracionistas, como el salón que llevaba la francoamericana Florence Gould, a todos ellos intenta Riding comprenderlos o justificarlos por una u otra razón, como la necesidad de seguir realizando su trabajo o seguir teniendo una vida social activa, la vanidad, la inconsciencia o la propia atmósfera parisina. Caso aparte es el de Sartre y su compañera Simone de Beauvoir a los que Riding no guarda mucha simpatía. Según Riding, no tuvieron ningún interés por la resistencia. Tampoco Picasso, que aguardó hasta el final para afiliarse al partido comunista. Para Galtier-Boissière, un diarista de entonces, “Picasso estaba aterrado ante la posibilidad de perder su inmensa fortuna. Su afiliación al PC fue como contraer un seguro”. A posteriori, Sartre quiso hacer pasar por resistencialistas la representación de sus obras existencialistas en el París ocupado, Les mouches y Huis clos, a las que asistieron y aplaudieron con entusiasmo los oficiales nazis. Sin embargo, en septiembre de 1944 Sartre escribía reinventando su papel en el País ocupado:
“Nunca fuimos más libres que durante la ocupación alemana. Perdimos todos nuestros derechos, empezando por el de expresión; nos insultaban a diario y debíamos permanecer callados; nos deportaban de forma masiva en tanto que trabajadores, judíos o presos políticos; por todas partes (en periódicos, paredes y pantallas de cine) se nos hacía visible la vil imagen que nuestros opresores querían dar de nosotros: por todo ello, éramos libres”. 

Riding deja clara su opinión de que la resistencia fue hinchada tras la liberación, muchos se apuntaron en los últimos días, tal el caso de Sartre y Simone de Beauvoir, cuando el ejército angloamericano estaba a las puertas. Según Galtier-Boissière, “Hay poetas que escribieron una cuarteta sobre Hitler para un periódico confidencial (llamado Clandestino)  bajo seudónimo que hoy creen sinceramente que fueron ellos quienes salvaron Francia”. Francia tenía necesidad de tapar el doble deshonor de la derrota y de la colaboración con los nazis. Sólo la habilidad de de Gaulle permitió que Francia contase entre los vencedores tras la derrota nazi. Los resistentes no fueron más de 100.000, en grupos dispersos y no demasiado efectivos; nunca hubiesen liberado Francia sin el desembarco de los aliados en Normandía. Por contraste, cuando comenzó la depuración fueron detenidas 900.000 personas, 124.613 tuvieron que responder ante la justicia, 6.760 fueron sentenciadas a muerte, aunque sólo 676 fueron ejecutadas. El afán depurador fue impulsado por una doble corriente, la de los resistentes de última hora y la del partido comunista, con el poeta Louis Aragon a la cabeza, que controló los comités d’épuration, siguiendo la táctica estalinista que se estaba aplicando en los países que dominaba tras la derrota de los nazis. Camus y Mauriac se enzarzaron en una polémica en los periódicos, Le Figaro y Combat, sobre si había que ser implacables o compasivos con los colaboracionistas. Al final, en agosto de 1945, Camus se plegó a la caridad que propugnaba Mauriac:
“No puede haber ya dudas de que las purgas de posguerra no sólo han fracasado en Francia, sino que han quedado totalmente desacreditadas. La palabra purga era cuestionable ya desde el principio. Su aplicación ha resultado odiosa”.
Es una lástima que un libro como este esté tan mal traducido, con tantos errores gramaticales, con tal mal uso de las preposiciones, tan trufado de catalanismos.

P.S, Jean-François Revel, en sus Memorias, dice de Sartre:
"En cuanto al supuesto contenido político que se atribuyó a Las Moscas después de la liberación, puedo jurar que ninguno de los espectadores que vieron la obra cuando fue creada lo advirtió. Nadie percibió siquiera la sombra de una alusión a la actualidad o el balbuceo de un sobrentendido que pudiera aludir a la ocupación nazi, sin embargo omnipresente, hasta en la propia sala.

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