Hay dos formas de presentar en el cine a los espías, acción despendolada,
inverosímil la mayor parte del tiempo, casi siempre difícil de explicar, como
en las pelis del agente 007, o todo reflexión, con algo de acción, para dar con
el qué de intrincadas tramas que se superponen y donde nada es lo que parece,
tal es el caso de las que se inspiran en las novelas de John le Carré. Ya sé
que las modernas pelis de espías, las protagonizadas por Matt Damon -El caso
Bourne- o Harrison Ford –Juego de patriotas-, intentan mezclar las
dos cosas, aunque en realidad son copias de las de 007 con guiones más
enrevesados, que no alcanzan la inteligencia de Le Carré. En las primeras prima
el galán bien plantado, rodeado de mujeres guapas, encantadoramente malvadas, y
asistido por artilugios tecnológicos, en las segundas, el agente George Smiley,
está de vuelta, cansado de tanta acción, desengañado de la vida, herido por la
infidelidad de su esposa, reflexivo, con mucho trabajo de despacho, atando
cabos hasta recomponer una trama muy, muy confusa. Normalmente es difícil
seguir lo que sucede –“no entiendo nada” dice la señora del asiento de al lado-,
pero en este caso el director, Tomas Alfredson –aquel de vampirismo adolescente
de Déjame entrar-, con sus guionistas, se las ha arreglado para que no
sea en exceso confusa, y si lo fuese, al final, en la última secuencia, al son
una curiosa y marchosa versión de La mer, todo queda explicado.
Las novelas de Le Carré ya han sido llevadas a la pantalla
muchas veces. Son de recordar las de Sydney Lumet (Llamada para un muerto)
y Martin Ritt (El espía que surgió del frío), aunque a la que más se
aproxima El topo de Alfredson es a la magnífica miniserie Calderero,
sastre, soldado, espía que protagonizó Alec Guinness. Aquí el papel de Smiley
lo hace un Gary Oldman increíblemente contenido. El topo sigue la
estética de los años setenta fielmente, vestuario, decorados, fiestas y música,
hasta en el grano algo opaco del celuloide. También el ramillete de actores son
muy buenos, como se espera de la escuela inglesa, trasmitiendo la frialdad
emocional con que Alfredson envuelve su historia. La peli se ve con interés,
atrapados en la historia hasta el final – cómo desenmascarar al topo infiltrado
en la cúspide del Circus-, aunque con la impresión de que estamos viendo algo
que ya pasó, que forma parte de la historia, la de la guerra fría, que nos
concierne tanto como el asesinato de César o la búsqueda de el Dorado.

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