Entre las películas navideñas que ahora se estrenan, ésta, The
artist, es una de las que se pueden ver sin demasiada vergüenza. Los
críticos hablan de clasicismo, de ingenio, de inmejorable interpretación, de la
proeza de hacer una película muda y en blanco y negro sin renunciar a la modernidad. Cine puro, con gran estilo, con sólo imágenes, la música subrayando los momentos dramáticos y algunos rótulos. Todo eso es cierto, además es seguro que
cualquiera que vaya va a quedar atado al asiento hasta los títulos de
crédito, va a soltar unas lagrimillas y unas cuantas sonrisas y va a identificarse
con el encantador protagonista silente o con la juvenil chica dicharachera. La peli es una
maravilla de concisión y elegancia, nos remite al tiempo en el que el cine
despertaba las emociones con los gestos, las miradas, los besos cándidos de
grandes actores y la elipsis de los montadores, con historias que huían de la
complicación innecesaria y que creaban un mundo de fantasía en las
antípodas de lo que ocurría en la calle. Durante un tiempo, al traspasar la puerta de las salas, la gente accedía al mundo de sus sueños. Pero con la crisis los estudios necesitaron añadir algo más. El ruido del cine sonoro, el
habla recuperada de los actores fue la primera concesión de los creadores al
ruido que venía de la calle. El momento exacto en que la bolsa de Nueva York
estallaba en octubre de 1929 y los años posteriores cuando la gente se quedaba sin trabajo.
A los creadores siempre les ha costado encontrar el
equilibrio, prefieren bandearse en los extremos, la dulzura de los enamorados
que allanan todos los caminos hasta llegar a la puerta de la alcoba o la del
brutal asesino, el homicida sin freno casi nunca explicado, ambas exageraciones dramáticas entretienen por igual, colmando las pulsiones del hombre, el deseo posible y el miedo exorcizado.
Esta película del francés Michel Hazanavicius tan
admirablemente fabricada, y aquí podría seguir una ristra de superlativos
(fotografía, actores, música, escenografía, ritmo y composición), que tan
admirablemente copia un mundo desaparecido hasta el punto de no notar la
distancia que de él nos separa, no en vano Hazanavicius y sus actores, Hazanavicius y sus
músicos y técnicos, Hazanavicius y sus guionistas son de nuestro tiempo, la
época que mejor ha documentado el pasado, la época que mejor puede reproducirlo,
esta película, digo, vuelve a hacer lo mismo, quizá el equipo que la ha fabricado
no sea consciente de ello, que hizo el cine de aquellos años, construir un
mundo silencioso lleno de lágrimas y fantasía, una esfera silente en cuyos
cojines de felpa las cabezas de los espectadores se mecen felices ajenas al
bronco ruido. El golpeteo ritmado que emerge de los zapatos de los dos
protagonistas en la maravillosa escena final no parece suficiente para
trasladar el sonido del mundo.
También nosotros los espectadores somos de este tiempo y
tenemos una larga memoria, a la que Hazanavicius halaga jugando con los nombres
de los protagonistas, ese George Valentin, cruce de Rodolfo Valentino y de George
Gilbert, o con los giros del guión que nos sabemos de memoria antes de que aparezcan en pantalla, que nos hace reír y llorar no porque lo que se muestra nos
lleve al mundo real sino, al contrario, porque nos hace creer que los pellizcos de memoria son destellos de inteligencia.
Una peli navideña, pues, blanca como la nieve, con las
necesaras manchas negras como botones sobre la superficie para que el claqué de los
monigotes se distinga del espacio y el silencio infinito y nos haga creer que el baile sobre la nieve suena en nuestros oídos.


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