martes, 30 de agosto de 2016

En movimiento (On the move), de Oliver Sacks

        
            Lo primero que se puede decir de Oliver Sacks es que fue un grafómano. Intentó duplicar su vida en la escritura: diarios, cartas, informes médicos, anotaciones de cuanto veía. Parte de todo eso se convirtió en libros que le hicieron famoso (Migraña, Despertares, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, El tío Tunsgteno, Alucinaciones), en general casos médicos llamativos a los que tenía acceso por su especialidad en neurología, aunque también basados en la experiencia de sí mismo, de su propia peripecia (no reconocía las caras de la gente, por ejemplo, perdió una pierna en una excursión en Noruega, perdió la visión estereoscópica, el cáncer). Se convirtió en una figura pública al dar a conocer al gran público, en una mezcla de divulgación científica y curiosidad por lo infrecuente, los casos a los que tenía acceso por su práctica médica. Muchos colegas se lo reprocharon, no tuvieron en cuenta lo que iba descubriendo o le acusaron de aprovecharse de sus pacientes o de estar más pendiente de la anécdota que de la explicación y la cura. Algunos de esos libros se convirtieron en documentales e incluso en películas de gran éxito como Despertares (1973). Su penúltimo libro es una autobiografía: En movimiento (On the move), de 2015, publicado el mismo año en que murió. Este libro es un canto a la vitalidad de su autor, al amor a la vida. En él repasa su vida desde su infancia judía en Londres hasta la muerte anunciada, como consecuencia de un cáncer cerebral con metástasis, en Nueva York. Describe su pasión por las motos y las largas cabalgadas por la geografía de EE UU, su apetencia gay y algunos de los hombres que pasaron por su vida, su práctica clínica y las dificultades para mantener de forma continuada un puesto en una institución hospitalaria, sus amistades con científicos y el avance en el complejo mundo de la biología del cerebro y cómo se fueron forjando cada uno de los libros que fue publicando.

            Sacks concebía la vida, la vida de la gente con la que iba topando, como casos susceptibles de convertirse en relatos, movido tanto por la compasión por los enfermos con enfermedades incurables como por una enorme curiosidad. Su padre, madre y dos hermanos eran médicos y otro hermano esquizofrénico, lo que quizá explique sus aficiones e intereses. Habla con pasión de sus aficiones: la moto en primer lugar, la natación, la halterofilia, las anfetaminas, de las que se tuvo que desintoxicar. Conoció y se hizo amigo de muchas lumbreras de su tiempo, como el poeta Auden o científicos con los que debatió de biología y neurología, Francis Crick o Gerald Edelman, ante quien reconoce que no es un teórico pero que la descripción de sus casos puede ser útil para quienes, como Edelman, desarrollan teorías sobre el funcionamiento de la mente. Es apasionante el capítulo que dedica a la evolución de la comprensión del cerebro y la mente.

            Es difícil saber si cuando veía a sus pacientes afectados por lesiones neurológicas, acudía a sus casas ante su llamada o ante el aviso de un colega con la intención de prestarles atención médica o como oportunidad para construir una historia. En todo caso, dio a conocer dolencias ocultas o desconocidas hasta entonces por sus propios colegas. El libro que le dio fama, Despertares, estaba dedicado a pacientes de una epidemia de encefalitis letárgica, catatónicos, que tratados con L-dopa despiertan de su sueño letárgico, aunque solo temporalmente. También trató a enfermos de autismo, del síndrome de Tourette, de Parkinson, de agnosia visual, de ceguera al color, de pérdida de memoria o alucinaciones.


            El libro, como era de esperar de tan consumado escritor, se lee con gran interés y atención creciente y se agradece esa mezcla de emociones personales e información científica.

lunes, 29 de agosto de 2016

Una psique del pleistoceno (¿Qué podemos pensar, qué podemos comprender?)




Escribe Steven Pinker: 
"El tópico de que todo lo bueno tiene unos costes y unos beneficios se aplica en todo su sentido a los poderes combinatorios de la mente humana. Si la mente es un órgano biológico más que una ventana a la realidad, debería haber verdades que fueran literalmente inconcebibles y limitaciones en nuestra capacidad para llegar a comprender bien alguna vez los descubrimientos de la ciencia.
Algunos físicos modernos han apuntado la posibilidad de que podamos colmar el vaso de nuestra capacidad cognitiva. Tenemos todas las razones para pensar que las mejores teorías de la física son ciertas, pero nos ofrecen una imagen de la realidad que las intuiciones sobre el espacio, el tiempo y la materia que se desarrollaron en el cerebro de los primates de tamaño medio no entienden. Cuanto más pensamos en las extrañas ideas de la física —por ejemplo, que el tiempo nació con el Big Bang, que el universo es curvo en la cuarta dimensión y posiblemente finito, y que una partícula puede actuar como una onda— más se nos quiebra la cabeza. Es imposible dejar de pensar cosas que son literalmente incoherentes, como: «¿Qué había antes del Big Bang?» o «¿Qué hay más allá del límite del universo?» o «¿Cómo se las arregla la condenada partícula para pasar a través de dos rendijas a la vez?». Hasta los físicos que descubrieron la naturaleza de la realidad dicen que no comprenden sus teorías. Murray Gell-Mann describió la mecánica cuántica como «esa disciplina misteriosa y confusa que nadie de nosotros entiende de verdad pero que sabemos cómo usar». Richard Feynman dijo: «Creo que puedo afirmar con seguridad que nadie entiende la física cuántica […]. Si lo puede evitar, no siga preguntándose "¿Pero cómo puede ser así?". […] Nadie sabe cómo puede ser así». En otra entrevista, añadía: «Si piensa que entiende la teoría cuántica, ¡no entiende la teoría cuántica!».
Nuestras intuiciones sobre la vida y la mente, como nuestras intuiciones sobre la materia y el espacio, tal vez se hayan topado con un mundo extraño forjado por nuestra mejor ciencia. Hemos visto que la idea de la vida como un espíritu mágico unido a nuestro cuerpo no se lleva bien con la interpretación de la mente como la actividad de un cerebro que se desarrolla gradualmente. Otras intuiciones sobre la mente se sienten igualmente incapaces para seguir el avance de la neurociencia cognitiva. Tenemos todas las razones para pensar que la conciencia y la toma de decisiones surgen de una actividad electroquímica de las redes neuronales del cerebro. Pero cómo unas moléculas en movimiento producen unos sentimientos subjetivos (en oposición a simples cálculos inteligentes) y cómo elaboran decisiones que tomamos libremente (en oposición a una conducta causada) siguen siendo enigmas para nuestra psique pleistocena.
Estos rompecabezas encierran una calidad holística exasperante. Parece que la conciencia y el libre albedrío invaden los fenómenos neurobiológicos en todos los niveles, y no se pueden localizar en ninguna combinación o interacción de las partes. Los mejores análisis de nuestros intelectos combinatorios no ofrecen ningún punto en el que se puedan situar esos extraños entes, y los pensadores parecen condenados o a negar su existencia o a deleitarse en el escepticismo. Para bien o para mal, nuestro mundo siempre podría contener una brizna de misterio, y nuestros descendientes podrían considerar sin fin los eternos interrogantes de la religión y de la filosofía, que en última instancia giran en torno a los conceptos de materia y mente. En El diccionario del diablo, de Ambrose Bierce, aparece la entrada siguiente: 
Mente, s. Misteriosa forma de materia que segrega el cerebro. Su principal actividad consiste en el empeño de determinar su propia naturaleza, un empeño cuya futilidad se debe al hecho de que, para conocerse, no cuenta más que consigo misma".

jueves, 25 de agosto de 2016

El “pueblo”, esa insoportable cháchara


             “En el año 1964, en medio del fragor de la desigual lucha armada, la Asamblea de los Guerrilleros de Marquetalia produjo su programa agrario, en cuya parte introductoria dejó sentada la siguiente declaración que ahora recordamos: “Nosotros somos revolucionarios que luchamos por un cambio de régimen, pero queríamos y luchábamos por ese cambio usando la vía menos dolorosa para nuestro pueblo, la vía pacífica, la vía democrática de masas; esa vía nos fue cerrada violentamente con el pretexto fascista oficial de combatir supuestas repúblicas independientes, y como somos revolucionarios que de una u otra manera jugaremos el papel histórico que nos corresponde, nos tocó buscar la otra vía, la vía revolucionaria armada para la lucha por el poder.”
            “Lo que realmente se necesita es un blindaje político, un gran acuerdo nacional alrededor de las ventajas indudables de la paz, para que hacia el futuro sea el pueblo el verdadero garante del cumplimiento de lo acordado”.

lunes, 22 de agosto de 2016

Memorias de un primate



           Robert Sapolsky es un neurólogo especializado en primates que ha pasado buena parte de su vida en la reserva de Mará en Kenia, junto al Parque nacional Serengueti. Su objetivo, estudiar el estrés es los animales, en los babuinos en concreto, y cómo afecta a sus enfermedades y a su sistema nervioso. Pasados más de dos décadas desde que con veinte años plantara su tienda en la reserva, decidió poner por escrito sus experiencias. En el libro habla del grupo de babuinos que estudia a lo largo del tiempo como si fueran personas, dándoles un nombre a cada uno de ellos, Isaac, Rachel, Boopsie, Benjamín, Nabucodonor…, tal es la familiaridad que entabla con la manada, formada por unos sesenta individuos. Estudia sus costumbres, su agresividad, sus alianzas, las peleas por conseguir establecerse como macho alfa, su sexualidad, sus enfermedades, anestesiándolos con cerbatana y tomando muestras de sangre y analizando los datos de vuelta a su universidad. Eso es sólo una parte del libro, de la que se pueden extraer algunas enseñanzas: la muy marcada diferencia individual entre ellos y las semejanzas instintivas con los sapiens, por ejemplo. Pero no se queda ahí, los capítulos dedicados a los animales los alterna con la vida en la sabana, su convivencia con los masai y otros pueblos, la difícil convivencia entre el trabajo de campo y el turismo cada vez más invasor y el trato con los funcionarios kenianos envueltos en la corrupción y sus viajes y aventuras por el interior de África, incluida la Uganda de Idí Amín Dadá. También habla de los problemas de la investigación y de algunos endiosados investigadores como Richard Leakey y, especialmente, Dian Fossey, a la que Sapolsky no tiene en gran consideración.


            En Memorias de un primate vemos el trabajo de campo de un científico, las dificultades de la vida cotidiana en la sabana, las peripecias de un blanco en el interior campesino y ganadero de un país africano, la desmitificación del buen salvaje, en este caso los masai, y las dificultades para tratar usando la razón con los funcionarios de un país corrupto. Todo contado con humor, aplicando la ironía al propio trabajo y a los problemas que van surgiendo. No falta incluso algo de suspense cuando el autor dedica el último capítulo a una epidemia de tuberculosis que teme que acabará con la manada de babuinos que está estudiando y a la que ha cogido tanto afecto. Un libro pues veraniego, pero que cumple con la máxima horaciana del instruir deleitando. Eso sí, tras leer Memorias de un primate, yo me andaría con mucho ojo si se me ocurriese hacer un viaje turístico a una reserva natural africana, no por los peligros de la fauna que parecen estar bajo control sino por el descontrol sanitario de los alimentos que se ofrecen al turista.

domingo, 21 de agosto de 2016

Julieta (De Alice Munro a Pedro Almodóvar)

            

   
         ¿Puede sostenerse una película sobre el decorado? Pedro Almodóvar piensa que sí. Hasta parece que el objetivo de la película entera sea mostrar el decorado. Cada plano es precioso, está cuidado con esmero, hasta el último detalle, interiores y exteriores, todo conjuntado, el banco del parque en que se sienta la protagonista con la pared agrietada que está detrás, la ropa que viste con las flores del ramo que lleva en la mano, los zapatos con el rimmel, los cuadros de maestros internacionales que decoran las paredes, hasta los nombres de los personajes forman parte del decorado: Ava, Xoan, Antía o los lugares donde se han conocido, el lago de Como, el festival de música de Fez, los Pirineos, donde se retiran por tres meses en busca de equilibrio espiritual, o se van a escribir a Portugal o a estudiar diseño a Nueva York, las profesiones, las enfermedades, la composición de los gestos de los actores, todo está planificado. No hay ni un solo plano sucio, imperfecto o realista, cada uno está metódicamente producido, una esquina, un vestíbulo, la habitación de un hospital, los bajos del tren, la vista sobre un lago suizo. Ni una frase coloquial, un tartamudeo, un movimiento natural. No digo que no sea una opción válida, lo fue en el cine clásico, donde esta película se mira, en el melodrama, que es el género del que gusta el director, cuando la protagonista llevaba una maleta vacía en la mano o en sus ojos había lágrimas de cristal. Los sentimiento que padecen los personajes, la culpa, el desamor, son sentimiento literarios, operísticos, deshumanizados, es decir, decorativos. Mi objeción es que si el decorado está tan abrumadoramente presente, si requiere tanto la atención, el espectador pierde el hilo, deja de interesarse por la historia y acaba tomando la película como una sesión de relax. La única opción es ver la película por segunda vez, entonces se hace más comprensible, pero el espectador ideal no existe.

            ¿Y qué hay el contenido? ¿Qué de importante sucede en la peli?

            En Destino, el primero de los tres relatos de Alice Munro (en Escapada) en que está basado el guión de la película, una mujer insegura y “virgen”, Juliet, parece abatida porque el hombre que se había sentado frente a ella en el vagón del tren se suicida –como en la peli- después de que ella lo haya despreciado al no darle conversación. Juliet –Julieta- está atormentada por la culpa, como si hubiese una directa relación entre negarle la conversación y el suicidio. En el mismo tren conoce y conversa con otro hombre, al que meses después irá a buscar a su apartada casa de pescador y con el que iniciará una relación poco convencional (lo comparte con otra mujer):

—Pero crees que hago mal —dijo ella y dominó la risa—. ¿Crees que sentirme culpable no es más que una manera de congraciarme conmigo misma?
—Lo que creo es que... Creo que eso es secundario. En tu vida pasarán cosas, probablemente te pasarán otras cosas en la vida..., y harán que esto te parezca secundario. Habrá otras cosas de las que podrás sentirte culpable.
—¿No es eso lo que siempre dice la gente? ¿A los que son más jóvenes? La gente dice «¡Ay!, algún día cambiarás de opinión. Espera y verás». Como si no tuvieras derecho a tener sentimientos profundos. Como si no fueras capaz de tenerlos.
—Sentimientos —dijo él—... Yo hablaba de experiencia.
—Pero lo que dices es algo así como que la culpa no sirve de nada. La gente lo dice. ¿Es verdad eso?
—Quien lo dice eres tú.

            En la conversación de la película, Xoan consuela a Julieta diciéndole: “Cualquier chica habría hecho lo mismo”. En el relato de Munro se ve el sentido, o sinsentido, de la culpa, los sentimientos cambiantes, la acomodación a una situación que hacía poco no se hubiese aceptado, que la moral hubiese rechazado. El guionista de la peli de Almodóvar capta que ahí hay algo de interés, pero no lo desarrolla, sólo lo enuncia, como un elemento más del decorado. Existe la culpa pero no su disolución en el tiempo.

            En Pronto, el segundo relato, Juliet visita a sus padres con su hija Penélope de trece meses. Su madre está desahuciada, como en la peli, su padre y una joven mujer están al cabo de sus necesidades materiales. Se revelan los prejuicios. De sus padres y el pueblo hacia Juliet como madre soltera –vive con Eric, el Xoan de la peli, sin estar casados-; de Juliet hacia su padre por no satisfacer la necesidad de afecto de su madre y estar pendiente sólo de la joven mujer, de quien Juliet recela hasta el odio. El único consuelo de la madre parece ser una vuelta a la fe. Juliet discute agriamente con el pastor que la visita, una discusión intelectual sobre la fe en la que deja claro que creer carece de sentido. Casi al final, su madre le dice a Juliet que cuando tiene un mal momento se dice “Pronto vendrá Juliet”. Juliet lo oye y lo deja pasar como si no lo hubiera oído. Otra vez, pues, la experiencia de la vida frente a los principios morales, la inhumanidad y los defectos que atribuimos a los demás que tan vivos están dentro de nosotros. También aquí, el guionista de Julieta intuye que en el relato hay una profunda verdad pero no sabe exponerla.

            Silencio, el tercer relato, abarca un largo periodo, las décadas de la madurez, la pérdida y la soledad. Eric muere en una tormenta, Penélope, tras seis meses de retiro espiritual, desaparece de la vida de Juliet. Juliet se queda sola, tiene diversos trabajos. Algunos hombres pasan por su vida, pero sin dejar huella. Juliet intenta comprender por qué su hija no quiere saber nada de ella. El dolor por la pérdida de Eric y el abandono de Penélope es cambiante, al principio intenso, se interroga sobre la educación que le ha dado, se culpa, pero luego afloja, al final se adapta a la situación:

  Mi hija se marchó sin despedirse de mí y quizá sin saber que se marchaba. Que se marchaba para siempre. Después, poco a poco creo, se le ocurrió lo mucho que ansiaba alejarse. Simplemente ha encontrado la manera de hacer su vida.
Es posible que, lo que no puede enfrentar, sea tener que darme una explicación. O que de verdad no tenga tiempo. ¿Sabes?, siempre tenemos la idea de que hay una u otra razón y seguimos intentando descubrir razones. Pero creo que la razón no es algo tan fácil de sacar a la luz. Cierta pureza en su naturaleza. Sí. Cierto refinamiento, rectitud y pureza, cierta dureza pétrea en su sinceridad. Mi padre solía decir de alguien que le disgustaba, que esa persona no le servía de nada. ¿Podrían esas palabras no significar más que lo que decían? A mí, Penélope no me sirve de nada.
Es posible que no pueda aguantarme. Es posible.


            Justo lo contrario que en la peli donde Julieta escribe a su hija: “Tu ausencia llena mi vida y la destruye”. Alice Munro siempre cuenta con la inteligencia del lector, sus relatos se completan cuando alguien los lee. No puede decirse que ninguno de ellos esté acabado, porque la trama de sucesos, sentimientos y reflexiones que aparecen en cada uno se sustentan en la experiencia común, la de la escritora, la de sus personajes y la del lector. En un melodrama la historia está acabada y sucede en un mundo separado, el de la imaginación. En la peli de Almodóvar, el problema reside en la ausencia de conflicto entre sentimientos y experiencia, entre imaginación y vida real. En un melodrama o en la ópera los sentimientos flotan en el aire sin nunca aterrizar. Julieta es el fracaso de no confrontar lo sublime, la pena, el amor, la culpa, el dolor, con los sucesos de la vida común. En la vida de la gente común los principios morales, los sentimientos intensos, los razonamientos firmes no prevalecen a riesgo de enloquecer o enfermar. El paso del tiempo hace que nos vayamos adaptando. Por los cuentos de Alice Munro discurre la vida, por Julieta, la literatura.

jueves, 18 de agosto de 2016

Amores lésbicos




            Ya quedan pocas cosas que nos puedan sorprender de la conducta humana y menos que sirvan de piedra de escándalo. Pero a muchos directores les va la marcha, probablemente porque para ellos y para, al menos, la mitad de los espectadores el cuerpo femenino es la obra más bella de la creación. Exhibirlo y verlo con la coartada del arte es un placer. Las pelis lésbicas, aunque no se presenten como tales, están de moda y yo acabo de ver tres. La belle saison (Un amor de verano), The Duke of Burgundy y El verano de Sangailé. En las tres, a diferencia de La vie d’Adele, de hace dos años, que, creo, sí que era una peli decididamente erótica, como no se presentan como películas eróticas y como no tienen afán de escandalizar, la exhibición de los cuerpos adopta una pose estética o se inscriben en un estilo experimental. En las tres los guiones son flojos, aburridos es la palabra correcta, la sucesión de escenas apenas sirve para entretener al espectador mientras llega el encuentro amatorio, el clímax erótico. La más convencionalmente erótica es la francesa dirigida por Catherine Corsini, La belle saison, que saca a sus protagonistas de París para que retocen en la campiña. Una vaga conciencia ecológica y feminista es el marco en que se mueven las dos protagonistas. La lituana El verano de Sangailé, también dirigida por una mujer, Alante Kavaite, se centra en dos adolescentes y toma el erotismo como excusa para dibujar el mundo extraño de la adolescencia. En The Duke of Burgundy cuesta ver a Sidse Babett Knudsen, la protagonista de Borgen, en sesiones de sadomasoquismo con su ayudante, entre colecciones de mariposas y polillas. Es una peli gótica donde el director británico Peter Strickland prosigue su empeño por construir una filmografía de autor. También aquí la relación lésbica aparece como una excusa donde la almendra sería la experimentación.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Bull-fight (La lidia del toro), según Hemingway


            “Sentado al lado de Brett, se lo fui explicando todo. Le dije que, cuando el toro arremetía contra el picador, se fijara en el toro y no en el caballo, y le hice observar la técnica de la colocación de la pica, para que, al notar todos los detalles, comprendiera que cada operación se realizaba con un fin determinado, y que no se trataba de un espectáculo lleno de horrores sin sentido. Le hice fijarse en cómo Romero apartaba con la capa al toro de un caballo que había caído, y en cómo lo mantenía atraído con ella, haciéndolo girar suavemente, halagándolo, sin gastarlo nunca. Vio que Romero evitaba cualquier movimiento brusco y reservaba a sus toros para el final; no los quería deshechos y sin resuello, sino sólo ligeramente cansados. Vio que Romero trabajaba al toro siempre de muy cerca, y le señalé los trucos que empleaban los otros toreros para dar la impresión de que también ellos lo hacían así. Comprendió por qué le gustaba la faena de capa de Romero y no la de los otros.
             Romero no hacía jamás contorsiones; estaba siempre erguido, su silueta era pura y natural. Los otros se retorcían como sacacorchos, levantaban los codos y se inclinaban sobre los flancos del toro cuando sus cuernos habían ya pasado, para dar una falsa impresión de peligro. Después, todo lo que era falso se volvía malo y daba una sensación desagradable. La forma de torear de Romero producía una emoción auténtica, porque sus movimientos guardaban una absoluta pureza de líneas y dejaba que cada vez los cuernos del toro casi le rozaran, conservando siempre la calma y la serenidad. No tenía necesidad de recalcar su proximidad. Brett vio que hay cosas que resultaban hermosas cuando uno las hace pegado al toro y que, en cambio, resultan ridículas hechas a un poco de distancia. Le conté que, desde la muerte de Joselito, todos los toreros habían desarrollado una técnica que simulaba este peligro sólo aparente para producir una falsa emoción, mientras ellos estaban perfectamente seguros. Romero volvía a tener aquella antigua característica: la conservación de la pureza de líneas combinada con una exposición al máximo; dominaba mientras tanto al toro haciéndole creer que era inasequible, y lo iba preparando para el momento de matarlo”.

martes, 16 de agosto de 2016

Fiesta

   
           Creo que a esta famosísima novela le sobra la mitad. La comencé a leer cuando tocaba, por los inicios de julio y la he ido arrastrando hasta aquí, aburrido y desganado, pero como es un Hemingway, como quien dice un miura, y como acababa de leer París era una fiesta que tanto me había gustado persistí. La mitad de la novela es una larga presentación de los personajes en el marco de París, un círculo de hombres alrededor de una mujer: beben y preparan el viaje en dirección a España donde piensan pescar y asistir a la fiesta de Pamplona. Es gente que conoció en París o amigos de infancia y que le acompañan a Pamplona. Les cambia el nombre pero son reconocibles si alguien se empeña en buscar un poco.



         Si partiésemos la novela en dos, justo por la mitad, y arrojásemos la primera parte a la basura no perderíamos nada. Al contrario, ahorraríamos tiempo e intensificaríamos la atención que el escritor americano se merece en la segunda parte. Disfrutaríamos con mayor intensidad. La segunda parte es magnífica: yo que no soy aficionado a los toros he podido comprender lo que un aficionado ve y siente. Hemingway lo era, sabía de qué hablaba. Además, la acción se desata, el autor somete a los personajes a un centrifugado. Beben y beben, se encelan, se pelean. La mujer de la que todos están enamorados se enamora a su vez de un joven y bello torero. El decorado de los Sanfermines –fiesta, borracheras, toros y pasión- no es de postal, es la sustancia de la novela. Todo ello contado con el estilo ligero y descriptivo y diálogos coloquiales marca de la casa. Parafraseando a Valéry, en Hemingway la hondura está es la piel. No me extraña que fuese un éxito inmediato.

lunes, 15 de agosto de 2016

Burkini

         


  Y un burkini es al fin y al cabo eso: un (suponemos) incómodo, pero simple bañador. Los signos religiosos están prohibidos en escuelas y en el funcionariado de una Francia laica que admiramos. Pero en nombre de la igualdad, la fraternidad y la libertad, dejen las playas libres de esa batalla, por favor”.


            Sale al quite la periodista correcta para afearles la posición al alcalde de Cannes y al juez que han decidido que en sus playas el burkini, no. Burkini, esa prenda para el baño para mujeres musulmanas que solo deja al descubierto la cara, las manos y los pies. La periodista lo tiene claro, es la libertad. Yo no lo tengo tan claro. Pensemos que las monjas, a las que alude en su queja, invadieran un día una playa del litoral. Quizá al principio sería divertido verlas sufrir: apresadas en su cárcel talar bajo el calor veraniego y unos cuántos kilos de más. Pero la sonrisa inicial se mudaría en incomodidad si persistiese su empeño. Incomodidad por la diferencia de atuendo, incomodidad por verlas sufrir. La playa es un espacio común que comparte mucha gente, como una plaza o la platea de un cine. Hay unas normas comunes de convivencia, unas explícitas y otras implícitas. Si se trata de una cuestión de libertad, cualquiera podría comportarse como le diese en gana. Por ejemplo, poniendo la barbacoa familiar en mitad de la plaza o meando en la fuente a plena luz o masturbándose en la platea. No lo hacemos o lo hacemos a escondidas con disimulo o vergüenza porque sabemos que nuestra conducta incomodaría a los demás. No podemos hacer siempre lo que queremos. De hecho, reservamos unas pocas playas para quien quiera practicar el nudismo. Es lo que podríamos hacer con el burkini, reservar unas cuantas piscinas o unas playas para que las mujeres musulmanas o sus hombres pudiesen practicar su libertad. Cómo reaccionarían si se les dijese que se bañasen en los lugares reservados a los nudistas. Pero quizá haya una razón más poderosa, la libertad es un derecho que afecta a los individuos. Es una burla o una imposición política o religiosa que se pida para el grupo. Un hombre desnudo, una mujer en burkini serían vistos como excéntricos y no pasaría nada más. Pero lo que está ocurriendo en las playas se relaciona con un colectivo, las mujeres musulmanas. La libertad es un derecho que no solo afecta a las mujeres musulmanas, también al resto de los bañistas.

Polémica.

Una opinión parecida a la mía.

sábado, 13 de agosto de 2016

Miles Ahead & Pawn Sacrifice




            Acabo de ver dos biopics, dos relatos más o menos biográficos. El primero, Miles Ahead, sobre el famoso trompetista de jazz; el segundo, Pawn Sacrifice (Sacrificio de peón), sobre el no menos famoso ajedrezista Bobby Fischer. Los dos tratan de decir algo sobre la personalidad y el genio, ¿cómo llevan eso de convertirse en personaje? Miles Ahead se centra en la gran crisis de Miles Davis (creíble Don Cheadle en la ficción): el abuso de la cocaína le llevó a un vacío de creatividad durante cinco años, después de 1975. Pawn Sacrifice, en el gran momento del enfrentamiento, en Reikiavik, entre Bobby Fischer (estupendo Toby Maguire)  y el campeón soviético Boris Spassky, en 1972. Contemporáneos, pues. En los dos hay elementos de intriga, un intento de atrapar la atención jugando con un cierto suspense. En la primera película la intriga gira en torno a una cinta que supuestamente tiene grabadas las nuevas creaciones del músico. Una intriga leve que pretende no estorbar, porque el verdadero objetivo es mostrarnos la complicada personalidad del genio. La segunda es algo más compleja: está construida sobre tres ejes: la personalidad del ajedrecista afectada por su paranoia anticomunista, el contexto de la guerra fría y la inteligencia humana aplicada al ajedrez.



            En el caso de Miles Ahead también hay algún momento en que se intenta explicar el salto musical que Miles Davis supuso en la escena jazzística, pero es una débil explicación. En Pawn Sacrifice hay exposición de jugadas, se muestra el detalle de los movimientos en las partidas, aunque para el no especialista pasan desapercibidos. Si las dos películas tienen interés es por la singularidad de sus protagonistas, exponen su conducta durante una breve época de sus vidas (más larga en el caso de Fisher), aunque como es lógico no nos explican el origen de su personalidad, no son, ni pueden ser, un tratado psicológico, pero sí que hay un momento, en Pawn Sacrifice, en que Bobby Fisher, ante la exaltación de periodistas y público, trata de quitarse méritos por haber ganado el campeonato del mundo: no tengo gran mérito, tan sólo teoría y memoria, dice. Es decir la genialidad no es otra cosa que una especial configuración cerebral, una lotería natural que quizá puedan reproducir las máquinas. La paradoja es que esa lotería que de vez en cuando cae en una persona y produce genios para el disfrute del arte o del deporte en la gente que los sigue, a cambio de una gran infelicidad para sus portadores.


jueves, 11 de agosto de 2016

Vida hogareña, de Marilynne Robinson


             Ya me había encontrado con la original voz de Marilynne Robinson en Gilead, su personal manera de contar, el especial cuidado en las descripción de las cosas, donde lo narrado, los hechos, los sucesos quedan como en un segundo plano, subsumidos en el lenguaje, en la densa atmósfera que de él se desprende, que él va creando, de la que parecen emerger los personajes, donde el pasado y el presente parecen convivir con la misma potencia. En Housekeeping (Vida hogareña), no se sabe muy bien quién protagoniza la novela hasta que la narradora, bien mediada la lectura, toma el mando y se muestra en primer plano, porque antes cuenta la vida pasajera de los personajes que la precedieron, que habitaron la casa donde ahora viven ella y su hermana, Lucille, una casa sombría y horizontal que hace que las cosas vistas desde sus ventanas se vean en escorzo. La casa, construida por las manos inexpertas del abuelo, algo más elevada que la del resto del pueblo, Fingerbone, da a un gran lago que al comienzo de todo se tragó un tren que discurría por el puente que pasa junto al pueblo y atraviesa el lago, en el que iba el abuelo. La mayoría de los deudos se marcharon, incapaces de soportar la aflicción que desprendía el lago, no así la abuela que se quedó en la casa al cuidado de sus tres hijas. La primera, Molly, se fue a servir de misionera en la lejana Hunan, Sylvie, la más joven, iniciaría un vagabundeo y Helen, la madre de la narradora, también se fue cuando se casó con un hombre del que se recuerda que apenas hablaba. Un día Helen dejó a sus dos niñas en el porche de la casa y desde un promontorio se arrojó con el coche que le había dejado una amiga al lago. La abuela murió poco después, dos hermanas suyas, tan cómicas como inhábiles, se ocuparon de las niñas hasta que dieron con Sylvie y la hicieron volver a casa.          

           La segunda parte de la novela, cuando la narradora toma conciencia de sí, trata de esa convivencia, de Sylvie y las dos hermanas, Lucille y Ruth. Sylvie no parece un personaje real, sino sombra venida del pasado, fría, ausente, a punto de franquear la débil frontera que le separa de los familiares que ya se han ido, que la esperan en el fondo del lago, un “lago implacable, sometido al influjo de la luna”. Por eso, la narradora, a veces tiene la impresión de que Sylvie es Helen, la madre que las abandonó de forma tan dramática. Aunque contado así, parece una novela de personajes y entonces digo lo que no es, porque en realidad, lo que el lenguaje moroso va contando es la niebla que los envuelve, la luz cambiante del lago, su mutación horaria y mensual, junto a la nieve, el hielo que lo cubre en invierno, el viento, la inundación periódica, la luz brillante del verano y el polvo, una densidad que los atrapa como semillas en sus vainas o gusanos en sus crisálidas, trabados por igual en los cambios estacionales y en la emergencia del pasado, impidiendo una vida independiente y arraigada.


            La novela funciona si uno se deja llevar por la mística de la escritura, si le concede un valor bíblico, entre la profecía y la redención, pues la escritura tendría el don de hacernos ver más allá de la apariencia y la materialidad de las cosas, y en consecuencia liberador. Si uno no acepta ese juego debe buscar otras lecturas.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Libre albedrío




  Consideremos un escenario corriente que podemos encontrar en todos los tribunales del mundo: un hombre comete un acto delictivo; su equipo legal no detecta ningún problema neurológico evidente; el hombre es encarcelado o condenado a muerte. Pero hay algo diferente en la neurobiología de ese hombre. La causa subyacente podría ser una mutación genética, cierto daño cerebral causado por una apoplejía o un tumor indetectablemente pequeño, un desequilibrio en los niveles de neurotransmisores, un desequilibrio hormonal, o cualquier combinación de todas esas cosas. Cualquiera de estos problemas podría ser indetectable con la tecnología actual. Pero puede provocar diferencias en el funcionamiento del cerebro que conduzcan a un comportamiento anormal. (David Eagleman, Incógnito)

         ¿Podemos elegir libremente o estamos atenazados por la biología? ¿De qué es culpable un hombre que asesina a alguien estando sonámbulo, o que lo hace porque un tumor presiona su amígdala? ¿Qué significa exactamente culpabilidad? ¿Los principales peritos en las cárceles no deberían ser los neurólogos que han estudiado el cerebro del acusado, siempre que eso sea posible, porque quién nos garantiza que lo que hoy no es visible no lo será cuando las técnicas de exploración avancen más? En consecuencia, ¿son útiles las cárceles para rehabilitar a los drogadictos o a quienes tienen la desgracia de tener una rara combinación genética? David Eagleman cree que el castigo debe estar en función de la neuroplasticidad cerebral, que la jurisprudencia debe basarse en la biología, que es necesaria la rehabilitación personalizada intentando modificar, siempre que sea posible, los circuitos neuronales, trabajar con los lóbulos frontales –órganos de la socialización- que no están desarrollados hasta los ventipocos años y que más que hablar de responsabilidad habría que hablar de modificabilidad, la posibilidad de rehabilitar.

            Queda un largo camino que recorrer. Aunque algo ha cambiado desde que, desde la ciencia radical, el muy prestigioso Stephen Jay Gould se preguntara en 1976: “¿Por qué queremos atribuir a los genes la responsabilidad de muestra violencia y de nuestro sexismo?” y en el periodismo de derechas, Andrew Ferguson escribiera en 1992: “La «creencia científica» […] parecería echar por tierra cualquier noción de libre albedrío, de responsabilidad personal o de moral universal”.


  “La cuestión no es si cada vez se va a explicar mejor la naturaleza humana con las ciencias de la mente, el cerebro, los genes y la evolución, sino qué vamos a hacer con estos conocimientos. ¿Cuáles son de hecho las implicaciones para nuestra idea de igualdad, progreso, responsabilidad y el valor de la persona? Quienes desde la izquierda y desde la derecha se oponen a las ciencias de la naturaleza humana tienen razón en una cosa: se trata de cuestiones vitales. Lo cual es mayor motivo para que se afronten no con miedo y recelo, sino con la razón”. “Stephen Pinker: La tabla rasa: la negación moderna de la naturaleza humana).

martes, 9 de agosto de 2016

"En Londres y en Génova cobran más"


                       Mercedes Vidal, concejal de BComú y experta en medio ambiente, asegura que utiliza el tranvía para ir a trabajar


         “Según la propia TMB, (forzada por la comisión de transparencia), la empresa de transporte público de Barcelona, 13 de las 21 personas que forman la cúpula directiva cobran más que Ada Colau: 100.000 euros brutos anuales. Sin embargo, al sumar los complementos fijos y variables, el club de los directivos ‘cienmileuristas’ de TMB se amplía hasta 20 de los 21 miembros. El salario más bajo supera los 83.000 euros. Cobran una media de 10.112 euros mensuales brutos al mes y suman -sólo estos 21 directivos, sin contar subalternos- un gasto público de 2,5 millones de euros al año”.

         La concejala de movilidad de Barcelona y presidenta de la TMB, por nombre Mercedes Vidal, lo justifica así: en Londres y en Génova cobran más.


lunes, 8 de agosto de 2016

La sociedad de la mente



            Hay un tranvía desbocado que va calle abajo derecho hacia cinco peatones desavisados. Tú estás situado en medio, viendo a uno y a otros, y puedes cambiar el rumbo desviando las agujas hacia otra vía en la que el tranvía sólo matará a un peatón. ¿Qué harás? Parece que todo el mundo, como tú, encuentra la solución menos mala. Pero qué harías en esta otra situación: te encuentras en una pasarela sobre las vías y ves cómo se precipita el mismo tranvía; puedes detenerlo si al hombre obeso que tienes junto a ti lo arrojas delante del tranvía, de ese modo lo detiene y se salvan los cinco viandantes desprevenidos. Aquí seguro que tu intervención es más dudosa, ¿por qué? Por la distancia de interacción. Como al hombre obeso lo has de empujar con tus propias manos interviene el área cerebral que activa las emociones y entonces ya no es tan fácil tomar una decisión y sin embargo el resultado es el mismo que en la primera situación.

            El sistema racional es más moderno, el sistema emocional, que compartimos con muchos animales, más antiguo, pero resulta útil para tomar decisiones. En nuestro comportamiento intervienen ambos y nuestras emociones impiden determinados actos y otros los promueven. Por ejemplo, el soldado que se enfrenta a espada al enemigo sufre un choque emocional, pero ¿qué pasa con el que simplemente aprieta un botón que lanza un tomahawk que destruye un bloque de viviendas habitadas? Hablamos con superioridad de nuestras decisiones racionales –nuestro voto, por ejemplo- enfrentándolas a las decisiones de la gente simple que se deja llevar por las emociones. ¿Es así, en realidad? Es evidente que no, por tanto es un error en el juego político dejar las emociones a nuestros adversarios y mantenernos en la torre de marfil de nuestra racionalidad.

            Para describir cómo funciona la mente los científicos hablan de la sociedad de la mente. El cerebro no funciona por áreas como se creía sino más bien como una agrupación de subagentes especializados que hacen diferentes cosas, y muchos de ellos, la misma pero desde distinta perspectiva, de tal modo que se produce competencia entre propuestas de solución diferentes ante un problema. Distintas partes del cerebro disputan para controlar nuestro comportamiento. Por ejemplo, si nos ofrecen una tarta, una parte la acepta por la energía que aportan los azúcares y otra la rechaza previendo los michelines. Toda esa competencia sucede por debajo de nuestra conciencia. Lo más sorprendente es que nuestro cerebro tiene dos ámbitos separados haciendo lo mismo (sentir, entender, pensar, recordar), en los dos hemisferios, y que ambos funcionan como equipos de rivales, en expresión de David Eagleman (Incógnito).

sábado, 6 de agosto de 2016

Hello, My Name Is Doris


            En el interior de esta película pequeña -por la producción, por la falta de empaque con que se presenta- hay una realidad que se presenta en sociedad. Son muy habituales, y muy simpáticas, las películas románticas que hablan del amor entre un hombre entrado en años y una chica mucho más joven. Muchas menos las que lo hacen invirtiendo el género –mujer mayor, chico joven. El sólo hecho de contemplar, en la realidad, una situación semejante lleva al reproche moral, a la burla, “un mundo inexplorado de pobreza, intereses y sexo”. En las películas románticas, por el contrario, pese a los pequeños obstáculos que se interponen, la realidad se edulcora hasta el límite de las lágrimas. Por ello, es de agradecer que Sally Field y todo el equipo se acerquen a lo que de verdad sucede en la mayor parte de las ocasiones, que el amor romántico ciega y produce efectos difíciles de curar.


            La peli es una comedia, con toques de humor muy finos, que apenas hacen sonreír. Dramedia ha llamado algún crítico a este género híbrido. El espectador ya sabe qué va a ocurrir, se identifica con la protagonista y teme verla sufrir o caer en el ridículo. Teme que a pesar de estar prevenido puede caer como Sally Field en un enredo romántico de ese tipo. El personaje que interpreta Sally Field es mucho más complejo que el de una sesentona enamorada: tiene que ver con esa población de las sociedades ricas cada vez más numerosa, de gentes jubiladas o a punto, que tienen un mundo por delante que llenar, no solo en ausencia de trabajo, también de familia y de emociones. Esa gente irá reconfigurando el mundo, porque son muchos, disponen de medios y no se van a conformar, porque la soledad no es una alternativa. Están aprendiendo qué pueden hacer y qué no.

jueves, 4 de agosto de 2016

Barbarie




            Cómo respetar una religión que no sale en tromba a condenar y prohibir esta barbarie. Ya no se trata del frío asesinato cometido por un lobo solitario, del terrorismo televisado que puede ser ideado y puesto en práctica por psicópatas que pueden tomar la religión como excusa. Aquí una ciudad entera contempla y asiente, un país entero no prohíbe, una cultura no erradica estas inhumanas prácticas. Cómo respetar una religión muda ante la barbarie.

            Cuando estas dos abogadas publicaron su tribuna en el periódico, sabían que esto ocurría, ocurre desde tiempo inmemorial. La imagen es del día anterior, en el mismo periódico. Podrían haber empezado condenando la sharía, pero no lo hacen. "Prejuicios y clichés", dicen, ¿ocultar la realidad es el mejor modo de hacer que los alados sentimientos de hermandad anclen en la ciudadanía?

           ¿Por qué Francisco es tan equivocadamente tibio defendiendo a los cristianos?

           Algunos sí que se lo piensan.


miércoles, 3 de agosto de 2016

Imposturas populistas



            1. No es inverosímil que en plena crisis de los manteros y en el momento álgido del turismo de chancleta la alcaldesa de Barcelona tome las de Villadiego, dejando que el alcalde accidental del PSC apechugue. La impostada ideología de Ada Colau le impide hallar una solución práctica a ambos problemas. Como no la tiene ni la puede tener se va. Así, los conflictos que se avecinan con los manteros y con los sufridos vecinos que han visto como su ciudad se ha convertido en estos últimos años en un parque de atracciones de dudoso gusto los han de asumir los socialistas por meterse donde no les llaman. En cambio, qué fácil es golpear a quien apenas cuenta con defensas.

            2. Los únicos beneficiados de ese turismo de chancletas y selfies son los hoteleros de medio pelo y los camareros, si es beneficio trabajo precario y salario de miseria. Se aceptan apuestas sobre la duración de esta economía buenrrollista antes de que estalle en conflicto de tipo impredecible. De momento la desazón de los vecinos sólo es apagada cólera.

            3. Los comunes, como se les llama con ese guiño cómplice y complaciente con que les tratan los periodistas amigos, son hábiles en la propaganda. Como ese contador de inmigrantes muertos en el Mediterráneo. Pero como muestra el mismo acto fallido de su presentación, esa política del gesto no puede durar mucho si va en serio. Si Barcelona se convirtiese de verdad en una “ciudad refugio” para los refugiados que llegan a Europa el problema de los manteros sería una mínima anécdota con respecto a los problemas que acarrearía la ciudad.


            4. ¿Cuánto puede durar la complacencia, durante cuánto tiempo se le perdonarán pecadillos a la alcaldesa, como haber cobrado un sueldo del ayuntamiento durante su etapa de agitadora social en sus tiempos de líder de la PAH? 

            5. Resulta difícil de comprender que los periodistas y opinadores complacientes hablen de dar algo a cambio a los movimientos antisistema, a los independentistas, a los predicadores populistas e incluso a los islamistas que mueven su radicalismo hacia el asesinato, cuando lo único que deberían pedirles es que se conviertan de una vez en adultos y se enfrenten a su responsabilidad.

            6. Una de las formas de resolver problemas de los populistas es disfrazarlos, ocultarlos o atribuirlos a un enemigo señalado con quien se está en guerra. ¿Entendido? 
            “Hay guerra por intereses, hay guerra por el dinero, hay guerra por los recursos de la naturaleza, hay guerra por el dominio de los pueblos. Esa es la guerra. Alguno puede pensar que estoy hablando de guerra de religiones. No. Todas las religiones queremos la paz. La guerra la quieren los otros. ¿Entendido?”. 
            7. Es temible la confluencia de tres astros impredecibles, tres líderes de los que se puede decir cualquier cosa menos que sean morales: El cura Paco, Putin y Trump, sin descartar la afluencia de astros menores pero no menos dañinos.

lunes, 1 de agosto de 2016

La ilusión de que me quieran


                                                                                                              a N.

            Albergamos la ilusión de que nos quieran, no que nos admiren. Sentirse halagado es una derrota. En el halago hay una pizca de envidia, por tanto sabemos que no es sentimiento noble. Además somos halagados por lo que decimos o escribimos, o por lo que hemos hecho o por lo que dicen de nosotros o, en el peor de todos los halagos, por lo que representamos, todo cosas externas, extensiones de nuestra personalidad. (Aunque creo que hay algo aún peor: convertir la admiración en enamoramiento, y si se tiene la oportunidad casarse con el admirado. Que vida podrida la de los dos. Como decir, qué grande es Shakespeare, qué inmenso el Quijote, eliminando con ello lo único admisible en la relación del lector con el autor o su obra, la fruición). Nada de eso merece elogio, o es fruto de un don que otros no tienen o no están en disposición de cultivar o del impulso por construir algo benéfico que ponemos a disposición de los demás, algo que brindamos sin pensar en el beneficio. El halago rebaja a quien lo hace y hace pavonearse a quien lo recibe, por tanto asalta la dignidad de ambos. El halago es como una mosca que nos ronda, mientras estamos vivos la apartamos a manotazos, cuando decaemos estamos prestos para los honores. 

           A lo que uno aspira es a que le quieran, a que le quieran incondicionalmente, sin motivos, sin consecuencias. Pero ese amor solo lo brinda la madre. En la madre es una disposición natural, un instinto quizá. La madre es feliz y sufre por esa incondicionalidad, pero el hijo no da mucha importancia a esa querencia porque siempre ha estado ahí como el agua, el sol o el oxígeno que nunca nos falta. Queremos sobre todo el amor de una mujer (o de un hombre; la amistad es otra forma del querer, siempre que el trato sea de igual a igual) y durante un tiempo parece que lo conseguimos, pero es una ilusión momentánea. No dura. Lo intentamos sin tregua hasta que el tiempo se nos echa encima y nos agota. Entonces nos retorcemos en el castillo interior, quejosos ante el ingrato mundo que no nos reconoce, el segundo destino del hombre, anterior a la muerte, la soledad.

            Recibir halagos por lo que haces y no ser querido por lo que eres es una maldición, una condena. Quien te halaga ve en ti un aura, una nube que no tarda en disiparse y cuando lo hace deja a la vista un alfeñique al que se mira en picado. Ser querido es verse situado en el mundo, a la misma altura que un árbol o un león. Sólo así se alcanza el presente continuo, que es el modo del vivir.

            Aunque como digo, ser querido es una ilusión que se forja en el sueño humano de liberarse de la determinación natural. Deseamos con firmeza ser algo más que naturaleza y algo más que actos y dichos, seres individuales y únicos capaces de escapar a nuestro destino. Tenemos dignidad si la vemos reflejada en los ojos del otro. Del otro que nos ama. El amor que deseamos nos confirma que poseemos un valor infinito.