miércoles, 29 de junio de 2011

Brooklyn, de Colm Tóibín


Esta novela habla de sentimientos. De cómo aparecen y crecen o se transforman y de cómo se extinguen. Y también de cómo el ambiente los propicia o hace que desaparezcan. También habla de cómo se expresan, como una extensión del cuerpo, antes de que la mente se apropie de ellos o los frene o se someta a su fuerza o se deje llevar por los efectos gratos o enfermizos que a ellos se asocian o se vea afectada por sentimientos torvos, como negativo de la alegría de quienes se envidia o maldice o se desea lo peor a quienes parecen felices, sentimientos que envenenan y hacen hacer cosas que detestamos. Y también habla de la necesidad de expresarlos con palabras, de conversar sobre ellos, con las personas que los provocan o con las personas que pueden ayudar a comprenderlos, a moderarlos, a situarlos en el curso de la vida, de modo que ésta no quede alterada hasta el punto de hacer lo que no queremos. Pues los gestos no bastan para entender los sentimientos de los demás, pues podemos interpretarlos erróneamente en nuestro perjuicio.
No hay vida sin sentimientos. Los sentimientos son la antesala de la madurez, pero también el riesgo de no alcanzarla. Como en todo lo que nos atañe necesitamos del aprendizaje y de la experiencia para no cometer errores o en su ausencia hablar de lo que nos pasa peleando contra la timidez o la cautela o la pereza a la hora de exponernos al análisis de los demás.

Brooklyn, de Colm Tóibín, sitúa la acción en la Irlanda de comienzos de los 50 y luego en ese barrio de Nueva York, en continua transformación por la llegada de inmigrantes europeos y de negros. Una muchacha, Eilin, despierta a la vida en una pequeña población, en una familia modesta, en la que sobreviven dos hermanas junto a la madre. El padre ha muerto y tres hermanos han emigrado a Liverpool. Como en las pequeñas poblaciones, están marcadas las pequeñas diferencias de estatus, el poder y la humillación, la dificultad de encontrar un trabajo decente, las relaciones entre chicos y chicas, determinados por el ambiente. A Eilin se le ofrece un trabajo y una habitación en el barrio neoyorquino. En Brooklyn, lejos del calor familiar, después de experimentar la soledad y el extrañamiento, tendrá que apañárselas para comenzar a vivir por su cuenta. El trabajo y sus exigencias; las costumbres nuevas; la gente que va conociendo, afable, interesada, egoísta, cooperadora; la compañía masculina, el amor. Rose, su hermana, a quien ha emulado, a quien admira, a quien escribe casi a diario con los detalles de todo lo que le va sucediendo, muere súbitamente. Entonces, decide volver a la casa familiar para consolar a su madre, pero antes de la partida, sin medir las consecuencias, da un paso obligada por la fuerza de los sentimientos, se compromete formalmente con su novio, Tony, con quien ha intimado. En su pequeña ciudad irlandesa, el Enniscorthy donde Colm Tóibín nació en 1955. encontrará lo que añoraba pero también aquello de lo que huía, al amor de su madre y las cargas de la filiación y la propia vida que discurre por doquier, más trabajo y amistades y amor. Pero Eilin no sólo tiene que manejarse con sus sentimientos y los que estimula en los demás, también con las dependencias que generan y, más aún, con su incapacidad para hablar de ellos, para hacerlos visibles, para contarlos.

Esta novela está construida al modo neo de los grandes edificios de finales del siglo XIX, con una aire retro –vintage diríamos, hoy- recuperando pórticos y columnas o pináculos y ventanas ojivales, sin que los adornos luzcan demasiado, o como las sinfonías de Prokofiev, que esconden la intensidad bajo la apariencia clásica. La luz inunda los interiores tamizada por vidrieras y rejerías, dejando en penumbra algunos rincones. Al modo de finales del XIX, pero con la sabiduría de hoy. Como un Henry James más liviano en la expresión, más directo, menos sujeto a un estilo, una prosa en apariencia ágil y ligera por la que discurre el magma candente de la vida. Tóibín utiliza la tercera persona para adoptar el punto de vista de su protagonista, tomando distancia y respetando al lector.

martes, 28 de junio de 2011

Día del Corpus


Esta invasión del espacio público: las calles céntricas, la plaza, el paseo principal, el aire. Unos potentes altavoces con mensajes redundantes, vacíos, ofensivos; la mezcla de autoridades electas y el clero, con sus añejas vestimentas al modo bizantino; las jóvenes vírgenes vestidas de novia, con el aleteo nervioso de las novicias, junto al hieratismo del estamento clerical, haciendo el paseíllo al corpus, al palio, a la jefatura eclesiástica y civil, con fondo de chirimías y tambores del himno nacional; el pueblo papanatas fotografiando y aplaudiendo. ¿Cuándo -indignados- seremos capaces de ridiculizar y hacer huir avergonzados a todos esos adultos y niñas exhibidas? ¿No habrá modo de que esa representación desaparezca, de que el PP distinga, de que se convierta en un partido moderno, aliviado de esas sombras? ¡Laicismo!

Ni siquiera queda la pompa, la seriedad, el misterio de la representación sagrada. Chirrían las admoniciones sonoras, la cámara de fotos en manos del estamento clerical, la agitación irrespetuosa de participantes y espectadores y sobre todo falta el silencio. La iglesia empezó a perder la magia de la que emanaba su poder cuando permitió que sus exhibiciones religiosas fuesen indistinguibles de la feria.

lunes, 27 de junio de 2011

Voluntarismo. Populismo

1. El periodismo voluntarista de la reacción parisina del periódico de la mañana: “Los socialistas dan la batalla de las primarias a Sarkozy”. El intento de ahormar la realidad para que coincida con los deseos. Saben que cuando se ponga en marcha la maquinaria electoral volverá a ganar Sarkozy.

2. Dos muertos más. ¿Tiene algún sentido permanecer en Afganistán? ¿Cuántos muertos españoles han caído en Iraq; cuántos en Afganistán? Y sin embargo…

3. Populismo. Igualmente tan engañoso, tan irreal, tan sociológicamente manipulador es el modo de enfocar, acreditar, magnificar las manifestaciones callejeras del 15-M. El sociólogo más famoso del periódico escribe con el mismo voluntarismo que los redactores parisinos, a propósito del 15-M: 
Y así fue como emergió el acontecimiento histórico por generación espontánea, pues esas acampadas transformaron el espacio público, convirtiéndolo en el escenario civil de un drama político: una performance ciudadana donde la voz de una parte del pueblo (la parte más meritoria e ilustrada, precursora y portavoz de las fratrías escolarizadas que aguardan indefinidamente a la espera de poder ejercer su bloqueado derecho a la integración social) se elevó hacia las autoridades demandando la reforma de la deteriorada democracia.
Otras manifestaciones más numerosas no le llevan a ningún comentario como no sea despectivo. ¿Valen más las opiniones de unos ciudadanos que las de otros? Sin embargo, la voz de los sentados es irreductible. De momento estos populistas no la pueden atrapar.

4. Una grave enfermedad llamada nacionalismo: La paz de Andoain.
"Así está ahora mismo el País Vasco. Los concejales de los partidos españoles son amenazados por la calle, como lo fue el representante popular en Elorrio cuando impidió con su voto que Bildu se quedara con la alcaldía. El beneficiado fue el PNV, pero el PNV no ha ido a Andoain a protestar por la decisión de la alcaldesa ni a Amurrio a afear la brutal conducta de los electos de Bildu y sus electores". 
5. La junta andaluza dará 400 euros al mes a los jóvenes que retornen a los estudios. Por qué a los jóvenes andaluces o sólo a los jóvenes andaluces. ¿Cómo vamos a respetar o creer o apoyar un sistema autonómico tan discriminador, tan poco igualitario?

6. Se quejan de que el gobierno entrega a Cataluña los hospitales públicos acambio del voto de CIU en la la ley de reforma del sistema de pensiones. Bastaba con que el PP se hubiera abstenido para impedir tal cosa.

domingo, 26 de junio de 2011

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia

En esta como en cualquier otra historia novelada importan dos cosas, lo que se cuenta y el modo en que se cuenta. Patricio Pron relata su vuelta a casa, el reencuentro con su familia. Hay una confusión entre autor y narrador. Pero Pron advierte, citando a Muñoz Molina, que “una gota de ficción tiñe todo de ficción”.
El narrador recibe una llamada. Su padre esta en el hospital, ha de dejar las cosas que tiene en Alemania, Gotinga, y volver adonde parece que no quería. En la llana pequeña ciudad de la provincia de Tucumán, Argentina, reencontrará lo que había dejado años atrás. Su padre no sólo le espera en el hospital, también en su mesa de trabajo, en casa. Unas cuantas carpetas sobre la mesa. Parece que están dispuestas para que alguien ordene el material que contienen, documentos de todo tipo: actas notariales, descripciones técnicas, registros oficiales, recortes de periódico, cartas de lectores. Hablan de la desaparición y muerte de un vecino. Un suceso corriente en el que se mezclan la codicia, el engaño y la inocencia de un pobre hombre que ha cobrado una suculenta indemnización por la desaparición de su hermana durante los años negros del país. La seducción se enreda con la soledad y el engaño. Junto a todo eso está el interés del padre por el asunto. La investigación del hijo, el narrador, se solapa con la del padre. El narrador trata de rearmar el doble puzzle: qué fue de aquel vecino asesinado y qué ocurrió en el pasado para que el padre del narrador se sienta tan interesado.

La segunda de las cuatro partes de que consta la novela está montada con el material fragmentario que el hijo encuentra en las carpetas del padre. El lector irá encontrado sentido junto al narrador en la suma y acumulación de materiales. Es la parte más interesante de la novela, desde mi punto de vista, en algunos aspectos comparable a algunas novelas de Cortázar o a La verdad sobre el caso Savolta de Mendoza.
Sin embargo, hay quizá un empeño demasiado explícito en afirmar que el autor está a la búsqueda, que la novela que se está armando sobre la marcha es la novela del padre, que hay un paralelismo entre las dos búsquedas. Si no fuese por la reiteración la novela sería magnífica, aún así es de lo mejor que se puede leer en castellano ahora mismo, dentro del limitado grupo de libros con los que me manejo.

Lo mejor de Pron es su voluntad de limpiar la lengua literaria, de sacudirse adherencias y elementos superfluos, aunque a veces, tanta voluntad de limpieza conduzca a una cierta sequedad. Todavía el afán de mostrar su juego es demasiado evidente, aunque en su voluntad de mostar las cartas haya párrafos suscribibles. Patricio Pron se enfrenta a la historia de terror argentino de la década de los 70:
“comprendí que los hijos íbamos a tener que dilucidar el pasado de nuestros padres y que lo que averiguaríamos se iba a parecer demasiado a una novela policiaca que no quisiéramos haber comprado nunca, pero también me di cuenta de que no había forma de contar su historia a la manera del género policíaco o, mejor aún, que hacerlo de esa forma sería traicionar sus intenciones y sus luchas, puesto que narrar su historia a la manera de un relato policíaco apenas contribuiría a ratificar la existencia de un sistema de géneros, es decir, de una convención, y que eso sería traicionar sus esfuerzos, que estuvieron dirigidos a poner en cuestión esas convenciones, las sociales y su reflejo pálido en la literatura”. 
Por si alguien desconocía la diferencia entre los géneros y la literatura.


sábado, 25 de junio de 2011

Del mal gusto a la prepotencia


1. Cospedal con peineta en la procesión. ¿No habrá modo de que nuestros políticos dejen de coquetear con la superstición? Al menos podrían hacerlo en la intimidad, fuera del alcance de las cámaras.

2. El sirio alauí, con mando en plaza por la voluntad de su padre, educado exquisitamente en Europa. Dispara a cañonazos contra la gente en las manifestaciones, a quienes llama “cucarachas” antes de matarlos. Y ya está. ¿La unión Europea no tiene nada que decir!

2. El ex ministro francés Georges Tron, que se valía de su poder para asaltar a las mujeres que estaban bajo su autoridad. Le han denunciado y su abogado, con igual prepotencia, asegura que “devolverá golpe por golpe”.

3. El periódico de la izquierda exangüe, cada vez más irrelevante, titulando así: “La ‘via Rajoy’ permite tanto el giro al centro de Monago como la ‘tijera’ en Castilla-La Mancha”, como si ambas cosas fuesen incompatibles.

4. “El 42% de los muertos al volante en 2010 dio positivo en alcohol o droga”. ¡El 42%! ¿Por qué la autoridad no quita el carnet definitivamente a quienes den positivo en los controles? ¿Por qué permite que potenciales asesinos lo recuperen una y otra vez?


5. Farid Afellay, inmigrante sin papeles de nacionalidad marroquí, liberado de un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de Barcelona, antes de ser expulsado. Un juzgado de Vilanova decretó su inmediata puesta en libertad al considerar que había acreditado "arraigo suficiente" en España. Es primo del jugador del Barça Ibrahim Afellay. ¿Su caso, habrá sido visto con la misma imparcialidad que la de cualquier otro inmigrante?

6. En periodo de crisis brutal, ¿los directivos se rebajan el sueldo en solidaridad con los expulsados de la nómina mensual? Pues no, justo al contrario. La brecha salarial entre directivos y empleados ha crecido alrededor de 38 puntos desde 1995, cuando comenzó esta serie. En aquel año, el sueldo de la categoría de directivos era el 142% de la media y ahora es el 181%, aunque ha habido altibajos en la evolución, incluido un estrechamiento de la diferencia en 2008.

jueves, 23 de junio de 2011

Al borde del abismo


¿Fue inevitable la Segunda Guerra Mundial? Parece una pregunta ociosa, por lo que pocos se la han planteado. Sin embargo, si la perspectiva de análisis son los 10 días anteriores al estallido, la pregunta no es tan simple como pudiera parecer. Es lo que hace Richard Overy en Al borde del abismo. La Alemania hitleriana dio el primer paso cuando el 1 de septiembre de 1939 atacó a Polonia. Gran Bretaña y Francia salieron a su encuentro cuando el día 3 le declararon la guerra. Sin embargo las cosas no son como parecen a simple vista. Según Overy, Daladier y Chamberlain no eran los pacifistas a ultranza que se ha creído que eran, después de Munich, ni Hitler quería una guerra mundial. Ambos jefes de gobierno habían contraído la obligación de salir en defensa de Polonia, por lo que se mostraron firmes partidarios de la guerra para detener a la agresiva Alemania. Tampoco Hitler quería una guerra con las potencias occidentales ni soñaba con ser el dueño del mundo, al menos en 1939, tan sólo restituir el poder alemán anterior a los Tratados de Versalles. Los diez días anteriores al estallido fueron días de un estrés brutal para quienes vivieron en medio de los acontecimientos. Gran Bretaña y Francia movieron todos los hilos, diplomáticos y civiles, para llegar a un acuerdo. Hitler pensaba que la invasión de Polonia provocaría una guerra local, que las potencias occidentales no mantendrían su acuerdo con Polonia, que se echarían atrás. Sometidos a la fuerte tensión, los políticos de entonces no actuaron con frialdad. La población veía a Hitler como una amenaza contra su forma de vida. Francia vio la ocasión de resarcirse definitivamente contra Alemania después de dos guerras anteriores. Ni Francia ni GB podían incumplir su compromiso con Polonia sin quedar su prestigio por los suelos.

Gran Bretaña perdió su imperio, Francia su prestigio. El resultado fueron 50 años de guerra fría y el dominio comunista sobre el Este y Asia. ¿Se pudo haber evitado? Sostiene Overy que Chamberlain se vio obligado a declarar una guerra que no quería. De Daladier afirma que sentía un profundo rechazo moral a la guerra. Si el foco son esos diez días, quizá sí, quizá pudo evitarse. Pero si ampliamos el foco y vemos lo que sucedió en los años anteriores, la agresiva expansión alemana: el Ruhr, Austria, Checoslovaquia, las dudas desaparecen rápidamente.

miércoles, 22 de junio de 2011

La vida es una cosa muy seria, afirman dos humoristas con retranca

Que la vida es una cosa seria lo decimos sin más, pero hay que detenerse en esa idea y encajarla en nuestro cuerpo para hacerla real.

G.K. Chesterton se ve implicado en un accidente cuando viaja en un Cab hacia el Strand londinense. El caballo se desboca, se lanza en la bajada y choca contra un autobús. Desorientado, durante unos segundos, su mente es barrida por una serie de puntos de vista fundamentales, dice, entre el miedo supino y el pesimismo metafísico, hasta que se impone un sentimiento contrario:
“que las cosas importaban en realidad muchísimo y que además había en ellas algo más que sentido trágico. Era un sentimiento no de que la vida careciese de importancia, sino de que la vida era demasiado importante para no ser sino eso: la vida”. Chesterton concluye, sin embargo, trascendiendo esa idea, volviendo a la metafísica inicialmente descartada: “Me figuro que esto era Cristianismo”. 
La anécdota, que Chesterton cuenta en Un accidente, una colección de artículos recogida en Enormes minucias, concluye con el autor escapando con bien del accidente y tomándose a sí mismo como objeto de irrisión: se preocupa por la media corona que no ha pagado el cochero, aunque no por su salud, y llevado por su histeria suelta una profusión de chistes al guardia que lo atiende para hacerlo reír .

Desde otro punto de vista, nada metafísico, Arcadi Espada, también se exige seriedad:
"Contra lo que suele suponerse, el único modo de soportar la vida es tomándosela en serio. ¡Es el único modo de no pensar en la vida! Es así que todos los asuntos son para mí asuntos de vida o muerte. Es normal que mi retórica se corresponda con esa idea. Pero en la supuesta violencia de mi escritura hay también mucho de Peckinpah. O sea, humor".

martes, 21 de junio de 2011

Del Puente de Wamba al Puerto de San Isidro


Es un día caluroso, muy caluroso. De Boñar a La Puebla de Lillo y de La Puebla de Lillo a la estación de San Isidro. Tan caluroso que hay que embadurnarse la piel de aceites, hasta tres veces lo haré a lo largo de la jornada. La montaña asciende, el sol inmisericorde cae plano sobre la ladera despojada de árboles, con algunos arbustos de baja altura, escobas y brezos, y hierbas que todavía no se han secado. Poca gente en el camino. Un corredor que va por senderos imposibles, tan absorto, que nada parece existir salvo su esfuerzo, un ciclista de montaña, una pareja de montañeros y vacas, muchas vacas, y caballos.


El cielo despejado, blanquecino por la intensidad lumínica, no ofrece ninguna protección. Tan sólo nubes erráticas que simulan figuras de aves blancas, transparentes. Cerca se oyen los gritos de las chovas y un poco más lejos cuatro rebecos, madre y crías, están a la expectativa, antes de encaminarse hacia el cordal, cruzarlo y desaparecer. Estamos en las crestas asturleonesas de la Cordillera Cantábrica. 


Llegamos al hombro de la cordada. No hay lugar para buscar la intimidad necesaria, apenas un roquedal que cae a pico hacia el valle, en el Parque Natural de Redes. Bordeando la ladera, por la cara norte, tan soleada como la sur, llegamos hasta el pequeño lago Ubales, al pie del pico que vamos a escalar. En lo alto una nube de chovas empuja a un águila que recula, incapaz de caer sobre un nido desprevenido.


Cuesta subir al Cascayón por la vertiente tan escarpada; no hay sendas, sólo los huecos no ocupados por matojos o piedras más o menos fijas en el suelo. Arriba la panorámica es espléndida, con el macizo central de los Picos de Europa al fondo, despejada su masa gris, y la sucesión de picos, cada uno con su nombre, que yo aún no puedo deletrear. Tambíen el pico que el presidente, en un momento de optimismo y excitación, se comprometió a escalar, aunque aún no lo haya hecho. Hay que bajar con cuidado, por la ladera de las escobas; es fácil resbalar o meter el pie en algún hueco y torcerse un tobillo.
En la cumbre hace viento, también bajando por el lado sur. No hay un lugar mejor que otro para detenerse a comer el bocata; no hay sombra. Algunos, previsores, despliegan paraguas reconvertidos en parasoles. Yo sólo me puedo proteger bajo mi ancho sombrero de tela. De espaldas al sol, apenas puedo encoger los brazos bajo su minúscula sombra. 


Sin tiempo para acabar el bocadillo, unos cuantos se encaminan hacia un picacho desnudo, el Torres. Desde abajo sólo se ven sus verticales aristas de piedra y una pequeña superficie verde en el centro por donde intentarán subir. Han de ir a toda mecha porque las horas están medidas y el autobusero ha de llegar a su hora. Cuando lo coronen, aunque no todos puedan hacerlo, sólo su silueta de palo, se reflejará en la cumbre. 


Los demás sin mucho descanso bajamos hacia la estación de San Isidro, ahora vacía, y con pinta más de puticlub que de glamuroso centro invernal de esquí.

lunes, 20 de junio de 2011

Maus, de Art Spiegelman

¿Cómo contar Auschwitz? Desde que los supervivientes salieron de los campos de exterminio tras la guerra, esa pregunta se ha planteado muchas veces. Algunos optaron por el silencio, incapaces de recordar lo que habían vivido. El propio recuerdo era una tragedia que a veces llevaba al suicidio. En general se pusieron a escribir, los que lo hicieron, décadas después de lo ocurrido. Semprún, Jean Amèry, Primo Levi, Kertész . Cada uno de ellos encontró su modo de contarlo, intentando superar ese doloroso trance.

¿Pero cómo contarlo desde fuera, por gente que no lo vivió en carne propia, pero que necesitaba trasmitir, como un deber, lo que sucedió en aquellos años de comienzos de los 40, y que para muchos es el hecho del siglo XX? Tan singular, el hecho, que sintieron la necesidad de darle un nombre propio que lo señalase para siempre. El suceso comenzó denominándose "Holocausto", pero Claude Lanzmann prefirió hacerlo distinguible de cualquier otro suceso histórico y lo llamó "Shoah". Ha habido muchas aproximaciones a la Shoah y casi todas  más cercanas a nosotros que a los hechos, quizá porque sólo la lejanía permite afrontarlo adecuadamente. El cine se ha acercado a la Shoah de forma comercial, aunque en general digna: la serie Holocausto, La lista de Schlinder, El pianista, El niño del pijama a rayas; en algún caso combinando la risa y el llanto como en La vida es bella del italiano Benigni, aunque la película, documental, mejor, que quedará por su seriedad es la mencionada Shoah. También ha habido aproximaciones literarias recientes y polémicas como Las benévolas de Littell.

Pues bien, también hay un cómic. Si Adorno en su tiempo pedía silencio, al arte general, pues la shoah habría desacreditado cualquier manifestación artística tras la barbarie, qué decir de alguien que se atreve a hacer una historieta con dibujos para hablar del asunto. Pues que Maus, de Art Spiegelman, es extraordinaria. Es una historia ya vieja, de comienzos de los 90, pero es ahora cuando la he leído. Me pasa como a muchos, estoy determinado por mis prejuicios. Me ha hecho falta admirar la escritura de Patricio Pron, leer un comentario suyo sobre la calidad literaria de las historietas con dibujos, su elogio de Maus en particular, para ir a buscar el libro y ponerme sobre él. Spiegelman dice que lo que hace es contar la historia de su padre. Y es así: infancia y noviazgos en Polonia, boda con otra judía como él; vejez y achaques en Rengo Park, New York, junto a una segunda mujer, Mala, tras el suicidio de su primera esposa, Anja, superviviente también. Y en medio, el comienzo de la guerra, el ghetto, los trenes, los barracones, el trabajo esclavo, Auschwitz, el hambre, la debilidad, la chimenea humeando.

El dibujante, Artie, visita a su padre, le pregunta, le graba, padece sus manías. Spiegelman no nombra el hecho, ni lo adjetiva: el dramatismo surge de los recuerdos del padre que se mezclan con la vida cotidiana en el presente. Las emociones brotan de forma natural, sin dirigir al lector de forma premeditada hacia la condena y el horror, como sucedía en la película de Spielberg, o hacia el llanto y la risa como en la de Benigni. Spiegelman presenta los hechos como los recuerdos normales –las batallitas del abuelo- de un individuo cualquiera, en medio de sus asuntos cotidianos. Ahí está su fuerza. El libro recibió el Pulitzer en el año 1992.

domingo, 19 de junio de 2011

El peluquero de Pérez Rubalcaba

A las 4,45 de la madrugada del uno de septiembre de 1939, el buque alemán Schleswig Holstein, anclado frente a Danzig, abrió fuego contra las fortificaciones polacas de la ciudad portuaria. Así comenzaba la Segunda Guerra Mundial, la más cruenta de la historia.
A las 7 y 20 el ministro de la guerra británico Hore-Belisha recibió una llamada telefónica que le anunciaba: “Los alemanes han cruzado”. Hore-Belisha refunfuñó: “Malditos alemanes, mira que despertarme de esta manera”. Tras levantarse comprobó que su barbero no había llegado y que tendría que afeitarse él mismo. Lo cuenta Richard Overy en Al borde del abismo.

Lo que me llama la atención de este suceso es que en época tan reciente quedasen tales rastros de servidumbre. ¿Quién concibe hoy a Alfredo Pérez Rubalcaba al pie de su cama esperando cada mañana la llegada de su peluquero? Las ideas de cambio, de justicia, en este caso de igualdad, aparecen con mayor o menor rapidez o sorpresa, pero su circulación es lenta y su ejecución práctica más lenta todavía. No se trata de que a Pérez Rubalcaba le pueda atender o no un peluquero cada mañana, sino de que tenga un peluquero particular. Hoy no lo concebimos. Hoy, el ministro Pérez Rubalcaba y el peluquero que le arregla la barba tienen la misma dignidad. 

viernes, 17 de junio de 2011

Libros desaconsejables

1. En la página 60 creí que había llegado al límite. 60 páginas, una tras otra, con la cháchara monologuista del Club de la Comedia, me parecían suficientes. Un treintañero londinense tiene una crisis de pareja y comienza a recordar tiempos pasados que no son precisamente mejores que los actuales. Hace una lista de sus conquistas más importantes, el top 5, las sitúa cronológicamente y cuenta qué salió mal en cada caso. La enumeración de cosas, listas de pelis, de libros, de polvos, de canciones, de discos, de cantantes, es la mayor habilidad del narrador, eso y la apesadumbrada autoironía de que hace gala en cada párrafo y con la que supuestamente se flagela. Visto lo cual, Alta fidelidad, de Nick Hornby, debe ser la madre de todos los guionistas televisivos de la última década.
Ahí en la página sesenta pensé bajarme, pero no lo hice. Seguí leyendo, quizá porque estaba fuera de casa y no tenía otro libro a mano. El narrador deja el pasado y comienza a escribir en presente. Se centra en Laura, la chica que le acaba de dejar, y en la cochambrosa tienda de vinilos que regenta con un par de pringaos –no sé si por esa época, finales de los 80 se les había renombrado a frikies. Se reencuentra con Laura, charlan, y cuando parece que van a reconciliarse tiene un encuentro sexual entre dubitativo y resultón con Marie una cantante americana de medio pelo. Ahí lo he dejado, en la 156 de 357 de páginas. No he podido más. Quizá si no hubiese visto ninguno de esos monólogos tan repetitivos, tan adolescentes que han ido pasando de televisión en televisión podía haber llegado hasta el final. Pera esa forma de escribir  perdió su frescura hace tiempo, achicharrada en los platós de Canal Plus, la Sexta y Cuatro. Hace mucho tiempo que dejé la adolescencia atrás.
Nick Hornby tiene muy buena prensa. Fiebre en las gradas fue un exitazo, también esta Alta Fidelidad, quería conocer por qué. Ahora ya lo sé.

2. Me las prometía felices. “En la tradición de novelas como 1984, Un mundo feliz y Fahrenheit 451”dice la trasera, “una parábola amarga de todos los sistemas totalitarios y la caricatura de nuestro posible futuro”.
Comencé a leer: “Las torres de comunicaciones apuntan hacia las nubes blancas. (…) Las planas azoteas constituyen un paisaje poco menos que infinito”. No tengo cuajo para seguir. El método, de Juli Zeh, un éxito de críticas y ventas, se nos informa. Alguien debería hacernos el favor de clasificar las editoriales, o las colecciones, con estrellas, como en los restaurantes: comida decente, comida basura, por ejemplo, que nos evitara perder el tiempo y el dinero.

jueves, 16 de junio de 2011

Reflexiones aparentemente contradictorias sobre los sentados del 15-M


1. Los sentados del 15-M se han puesto a caminar, es decir, están cambiando su fisonomía para recobrar la virulencia propia de los grupos gamberros de siempre.

2. Me reafirmo en que las grandes sentadas han servido como desahogo nacional para la población cabreada, desaprovechando la ocasión de convertirlo en movimiento político: documento de los cambios exigibles; recogida de 500.000 firmas; entrega y discusión en el congreso. La clase político financiera y periodística que manda está de enhorabuena.

3. La violencia aunque sea simbólica de estos días hace verosímil la equivalencia que emisoras en general de derechas establecen entre los sentados del 15-M y los grupos antisistema, desarmando así sus reivindicaciones no sólo justas, también necesarias. De modo parecido la gamberrada crece cuando se les jalea y legitima si se mueven contra el adversario.

4. Es incomparable la naturaleza de esta violencia y la que ha ejercido y ejerce dicha clase dominante: una violencia, ésta, legal y disfrazada: el expolio de las clases medias, antes a cuenta de la prosperidad general del país y ahora a cuenta del necesario ajuste.

5. Es inverosímil que los sentados, como cualquier otro tipo de movilización social, pueda existir durante tanto tiempo sin que sean infiltrados por los agentes del ministerio del interior. El ministro sabe en cada momento lo que va a suceder; puede por tanto prever, parar o estimular cualquier acción.

6. Excepto, quizá, en Cataluña, donde la autoridad gubernativa es otra. Hipótesis: es posible que se les haya escapado de las manos. Hasta ahora los grupos gamberros, llamados por sí mismos y por la opinión socialdemócrata y nacionalista grupos antisistema, tenían como objeto de su fobia actos políticos del PP y de Ciutadans, conferencias o personajes que ellos considerasen antinacionalistas, es decir, españolistas. La historia política de los últimos años está llena de ejemplos, especialmente el asalto a las sedes del PP en la jornada de reflexión del 14-M de 2004. En las fotos de los increpados Ernest Maragall, Monserrat Tura, López Tena o Joan Boada se ve su incredulidad; nunca pensaron que la cosa podía ir con ellos.

7. Será una ocasión perdida, un gran retroceso dejarse llevar y conceder. Los sentados tienen sus razones, que muchos compartimos.


miércoles, 15 de junio de 2011

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan II

Imposibilidad y desesperación es el punto de partida de todo escritor verdadero, escribe Patricio Pron, y el sitio al que irrevocablemente muchos se dirigen.

En Dos huérfanos, un niño desde la puerta de un refugio antiaéreo, en Dresde, ve como un soldado descarga su fusil sobre un perro que anda buscando un amo, y ve el charco de sangre donde expira. Refugiado en Argentina, el hombre intenta salvar animales desahuciados, el último un cervatillo. Cuando unos codiciosos asalten su casa buscando un supuesto tesoro de nazis, el hombre repetirá la historia de su infancia: le disparan y muere y con él el cervatillo. También esta historia está contada con frases largas, densas, difíciles, extrañamente informativas. En La historia del cazador y del oso, un joven ruso cuenta una historia a una mujer que está perdiendo la memoria –es uno de los temas de Pron, la progresiva e inevitable pérdida de memoria: es invierno cuando un cazador que necesita pieles para calentarse sale a cazar. Los osos hibernan, todos menos uno que con hambre se mantiene a la expectativa. Ambos se encuentran. El cazador apunta pero el arma congelada no dispara; el oso se lo zampa. Parece que las historias rusas no acaban mal: el oso obtiene lo que quiere, saciar su hambre, y el cazador lo que necesitaba, abrigo. El relato se presenta en dos versiones: las diferencia el espesor de las frases. En La visita al maestro una joven mujer visita un pueblo de la costa con la intención de visitar a su maestro, un escritor. Pero a quien ve casualmente es a un adolescente, acaso el hijo del escritor, con quien asiste a la llegada de un pesquero. Los trabajadores distribuyen la pesca en cajas por género. Un pulpo se escapa hacia la borda desde una de ellas, pero una y otra vez es devuelto a su caja. En El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, una mujer fotografía en los parques a niñas orinando.

Un reportero de revista de viajes pierde el último barco que sale de una de las islas de la Frisia Oriental, en el Mar del Norte. Eso ocurre en El Mecanismo de la Historia. La mujer donde se ha de hospedar, en una casa junto a las dunas, le obliga a ver diapositivas de ella con su marido que la ha abandonado, esperando ver su reacción. Le pregunta si le conoce. Luego la acción se repite en un teatro popular de Berlín, y más tarde en una parada de feria junto al Leine, en Hannover: aquí las imágenes aparecen en bolas de cristal inundadas con nieve artificial. En Peces y montañas, un periodista se levanta de la cama en la que ha estado acompañado, o cree haberlo estado, con una famosa actriz alemana. Reconstruye el itinerario que les ha llevado hasta ahí. En abejas, un abuelo quiere colmar la ilusión de un niño intruso que invade su propiedad para mirar la labor de las abejas. Quiere regalarle una colmena para iniciarle en la apicultura, pero un suceso da al traste con su intención. En Explorando el abismo, un joven traba contacto en la playa con una pareja de alemanes. Escucha su historia, ella se folla a todo el que se ponga por delante. Es lo que esperan de él. La parte masculina de la pareja escribe literatura infantil. Y, por fin, en El corte, una mujer que procede de Argentina, sin amigos en Alemania, quiere trabar conversación. Acude a que le corte el pelo una peluquera polaca, habla con ella, quiere quedar con ella, pero no es comprendida.

Decir de qué van sus cuentos es traicionarlos, porque en realidad no van de lo que yo he escrito. ¿Por qué reseño, entonces, cada uno de los cuentos? Como ejercicio de memoria y para animar a leerlos, quizá de ese modo abra el apetito de quien esto lea y busque los libros de Patricio Pron, bendecido por los dioses extintos de la literatura. Pero que sepa ese lector que “Ninguna obra literaria puede mantener con vida a nadie, ni siquiera a su creador”.

martes, 14 de junio de 2011

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan I

Puesto el título, como un eco necesario de su lugar de procedencia, El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, Patricio Pron camina en dirección opuesta a la literatura argentina, y a la hispanoamericana, y a la española, y lo consigue y llega. Estos días me lo encuentro por doquier: en un comentario elogioso de Félix de Azúa -y van dos-, en un artículo que Pron escribe en Revista de Letras alzando las historietas con dibujos a la altura de la vanguardia literaria y como traductor de otros autores. Debe ser que Patricio Pron está en el aire subyugando al espíritu del tiempo. No me extraña, por que si en otras lenguas se escriben buenos libros respirando el aire contaminado de hoy mismo, por qué no habría de ser así también en español.

En este libro de 18 relatos, la acción sucede en Alemania o los protagonistas son alemanes o tienen que ver con ellos, aunque hay un fondo de Argentina, una huella que se difumina. Alemania y Argentina, pues, y su pasado tan difícil de soslayar.
Hay dos relatos centrales en el libro. En Es el realismo el autor hace una especie de confesión sobre lo que le gusta y lo que no, aunque de modo indirecto, que es como suelen hacerlo los escritores, huyendo de la pertenencia y de la servidumbre, abominando de lo literario, del lustre pegajoso de lo literario, para entendernos. Contribución breve a un diccionario biográfico del expresionismo puede verse como un contrapunto a La literatura nazi de América de Bolaño. Las biografías que traza de autores del período expresionista alemán, en torno a 1914, le sirven para referirse a las técnicas literarias que le gustan y que aplica en estos cuentos y que coinciden con las del expresionismo: la simultaneización de acontecimientos, la desaparición del narrador omnisciente, la huida del psicologismo, de las leyes de la causalidad y del mimetismo, el collage. De todas las biografías que traza en la que más se empeña es en la del joven poeta muerto en la guerra del 14 –muchos de los expresionistas murieron en la guerra del 14-, Balduin Bählman, que quería escribir de nuevo el Fausto, convencido de que la perfección del poema requería las precisas palabras que Goethe había encontrado y escrito y no otras, aunque la época y las circunstancias fuesen tan diferentes. Su imposible esfuerzo fue 25 años anterior al Pierre Menard de Borges, con la diferencia de que ésta es una historia de ficción y aquella real.

Patricio Pron entra sin prolegómenos en sus historias, ahorra al lector las descripciones aburridas, los retratos y la vida interior de sus personajes. Del mismo modo les abandona, en mitad del camino, por así decir, el espejo por donde va pasando la vida. En ellas, varias cosas suceden al mismo tiempo y no suele haber un hilo, que las engarce y las lleve a una conclusión definitiva, y si existe se deshilacha con facilidad.

En Ideas unos niños desaparecen de un pueblo alemán de la RDA sin causa que lo justifique. Cuando los padres de los niños se han hecho a la idea de su desaparición reaparecen, también sin explicación. En El viaje, un anciano doctor Maak, en una residencia, traza sobre un mapa itinerarios de viajes. María, la sirvienta que lo atiende, lo escucha con admiración hasta el día en que muere. Entonces, María es despedida por la señora Von Krokow cuando ésta ve cómo aquella esconde el mapa de los viajes imaginados bajo su vestido. En Tu madre bajo la nevada sin mirar atrás, su hijo encuentra un álbum de fotos de su madre muerta, en el altillo de la casa, un álbum que su madre, Gertrude Bode, dedica a un desconocido Manfred Block, de Gotinga. Del álbum caen dos cartas, una de ellas fechada en Bremen. Lo que aparenta ser una cosa acaba siendo otra muy distinta. El cuento es una larga frase  que se despliega como un sueño. En El estatuto particular, a un ‘asesor creativo externo’ le llaman por teléfono: “¿Chocolate?”, le dicen, y el responde, “Negro”, y cuelgan. El asesor es la mitad de una pareja que viaja por ciudades por separado, se aloja en hoteles distintos que desconocen y juegan a encontrarse. El día que no lo logren será el fin de la pareja. Paralelamente se habla de la muerte de la novela y del estatuto particular del cuento. En Un cuervo sobre la nieve, un hombre interesado por los cuervos conoce a una mujer, con la que intima mirando lo que lee por encima de su hombro, láminas de anatomía. La mujer le cuenta su historia de adolescente casada con un adulto, en algún lugar de África, a cambio de regalos para la familia. El marido murió y luego se le presentó como un fantasma negro. Le pide que lo libere de su vida de fantasma, para ello ha de soltar a una sirena atrapada en una botella con agua de mar. Un padre hosco hace todo lo posible para amargar a su mujer y a su hijo en Una de las últimas cosas que me dijo mi padre. El hijo lo abandona, y por fuerza el padre ha de instalar un teléfono para que puedan hablar madre e hijo. Pero apenas lo consiguen. La madre muere. El padre, como tantos personajes de estos relatos, viene de la guerra. Cuando va a verle por última vez en una residencia, el padre le pregunta: “¿Está todo bien?”. “Perfectamente”, responde el hijo. “Ya lo sabía”, dice por último el padre.

lunes, 13 de junio de 2011

Breves. El Condenado que maneja los tiempos


1. No acabo de entender por qué al escultor Richard Serra no le gusta Philip Roth. Me sorprende. Tengo que darle vueltas. Serra trata de apoderarse del espacio con sus formas metálicas curvadas, Roth del alma humana y nos la ofrece desnuda. Ambos se emplean a fondo, sin engaños.

2. Vivir no consiste en agregar cosas a la memoria. Un columnista del periódico independiente, que ejerce de crítico literario, pierde el sosiego porque en su vida diaria topa con gente que no sabe cosas. Por ejemplo, no saben distinguir un pavo real de una gallina o que Libia tiene menos población que Egipto (6 contra 80) o que el nivel de los pantanos se relaciona con el régimen de lluvias. ¿Y qué que no lo sepan? Es como leer libros, puestos en su oficio, cada cual lee los que necesita, o baila en lugar de leer o pasea o conversa. Tardamos en aprender que la vida es disfrute no obligación. No todos los conocimientos son necesarios. Y, mal que le pese, recogiendo la frase de Habermas de la que el columnista se hace eco: “Una peluquera de Hamburgo sabe más que lo que Spinoza sabía en su tiempo”.

3. Zubin Mehta, en la última: “¿Cuándo hablamos de que Madrid no ayuda al Palau de les Arts y sí a Bilbao, o a La Maestranza? Esto no es normal. Castigan a Valencia porque ha votado al PP.”.

4. Durante meses Japón ha engañado al mundo y a sus ciudadanos:
“Y si el tsunami ya habría sido una catástrofe con pocos precedentes, en Japón se agravó por Fukushima: una palabra que evoca el peor de los temores. La nuclear, de seis reactores y situada en primera línea de mar, está peor de lo que informó el Gobierno de Japón durante los primeros meses. El martes pasado, el Gobierno envió al Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) un informe en el que admite que en las primeras horas se fundieron los núcleos de los reactores uno, dos y tres y que posiblemente se rompieron las vasijas en los que el combustible está confinado. Esto implica que el combustible está en forma de magma fundido fuera de la vasija, una situación más grave de la peor prevista por los expertos el día de las explosiones de hidrógeno en la central".
5. Leguina nos ofrece esta magnífica Fábula del condenado, para reflejar en ella el supuesto virtuosismo en el manejo de los tiempos de nuestro Presidente ZP:
"El conde de Rocamur, señor de horca y cuchillo, hizo prender a los ladronzuelos Ademar y Monteagudo para que fueran decapitados. Cuando estaban a punto de subir al cadalso, Ademar se dirigió al verdugo y le dijo:
-Antes de darme con el hacha, ruégole diga al conde que si retrasa mi ejecución durante un año yo conseguiré que hable su caballo.
Mientras el verdugo abandonaba el hacha y se dirigía las habitaciones del Conde para darle el recado, Monteagudo le dijo a su compinche:
-Tú estás loco. ¿Cómo piensas conseguir que hable un caballo?
-Durante un año -contestó Ademar- pueden pasar muchas cosas. Por ejemplo, puede morirse el conde o puedo morir yo... y por qué no, también puede hablar el caballo".
6. En la batalla de Verdún, durante la 1ª GM, en 1916, participaron 2,5 millones de soldados; murieron 350.000.

7. Goethe dedicó 61 años a su obra magna, Fausto, 36 de ellos a la primera parte.

8. No toda la gente con talento quiere ganar más. Debemos extender la idea que es de mal gusto ganar mucho dinero. Los héroes del pasado no fueron reconocidos por su habilidad para hacerse con dinero.

viernes, 10 de junio de 2011

Mester de clerecía

Este libro que cogí al azar -me suelo mover por impulsos en mis lecturas-, me tiene intrigado y cabreado. Me llamó la atención la asociación que establece entre las catedrales góticas y la cuaderna vía, el tipo de estrofa utilizada en el siglo XIII por el mester de clerecía. Leí las primeras páginas donde, al modo de Slavoj Žižek, mezcla imágenes populares y código culto. Recoge una cita que habla de una mirada en una fotografía: “De sus ojos salió una mirada de febril excitación”. La mirada de Ramón Menéndez Pidal, emocionado ante el Cid que revive Charlton Heston en la famosa película. O relaciona el Empire State con la catedral de Burgos. Intrigado me lo traje para casa. Pero después de muchas páginas no lograba descubrir de qué iba la cosa. El autor me estimulaba el apetito con referencias librescas, análisis de la portada del Sarmental y el cuento de cómo se construyó el edificio neoyorquino en medio de la crisis del 29. El autor se gusta con una escritura ágil y bien engarzada y con aparente dominio de lo que aquí y allá va espigando. Alardea de que pudiendo mostrar una gran panorámica, va a reducir su objeto a través de un enfocadísimo zoom. Y de nuevo se detiene en la metáfora. Una cita, que recoge de Juan de Salisbury, y éste de “Bernard de Chartres [que] decía que somos como enanos a hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no porque seamos más altos, sino porque nos llevan a su gran altura”. Es decir, se demora y se demora. Bien, pero cuál era ese objeto.

Tardé en dar con el tema del ensayo, pero quien persiste obtiene premio: la cosa iba del mester de clerecía y su “fablar curso rimado por la cuaderna vía”. Seguí leyendo y aun me costó saber qué quería demostrar. Para empezar  dedica un montón de páginas a decir que los Libros de Apolonio y de Aleixandre, el Poema de Fernán González, el Libro del buen amor y las Poesías de Gonzalo de Berceo, el corpus del mester de clerecía, situados en el siglo XIII, el siglo de las catedrales góticas castellanas, no son “literatura medieval española”, a ninguno de los tres conceptos pertenecerían, aunque el autor no deje de hablar de cada uno de las tres.

Cuando por fin entra en materia, terciada la lectura, he podido enterarme de que lo que el autor sostiene es que el mundo de quienes escribieron esos libros era muy diferente del nuestro, que no tenían conciencia de hacer literatura ni de ser autores y que por tanto no debemos referirnos a ellos como escritores, sino como glosadores, porque para ellos el mundo era perfecto y su escritura no era más que espejo de la Escritura inspirada por Dios –la Biblia y libros sagrados- o de la Escritura del libro de la Naturaleza, obra ella misma del propio Dios. Los autores de esos libros hicieron una lectura sacramental del universo. “Narrar es glosar los signos mediante los cuales la historia terrenal va corroborando los designios de la Historia Sacra”. Disponer ordenadamente la escritura en cuaderna vía significa, según el autor, hacer presente que bajo su apariencia mudable el mundo tiene un orden que sólo Dios ha podido establecer. Y así, del mismo modo que en la portada o en la planta de la catedral gótica, en las tres naves, se alegoriza la Trinidad, en las siete sílabas de cada hemistiquio del alejandrino se reflejan, de igual modo, en las tres primeras la misma Trinidad y en las otras cuatro el mundo material –los cuatro puntos cardinales o los cuatro elementos-, siendo el siete (3+4) la cifra donde confluyen lo material y lo espiritual. Y que sin embargo, a pesar de ser glosadores, no por ello su obra deja de ser magnífica, tan extraordinaria como las propias catedrales del XIII y la cuaderna vía, pues, una catedral en verso.

Acabada la lectura, me pregunto, ¿es que no sabíamos todo eso ya?, ¿es que hacía falta volverlo a repetir? Reconozco que el libro es ameno, que por momentos me ha divertido, que su gran erudición no siempre aparece como un pegote, pero me ha cabreado esperar durante tantas páginas para saber lo que parece de dominio general: que aquellos libros no se concibieron como obras literarias, que la autoría no era un valor, que eran comentaristas o glosadores del Libro y que “el orden de la creación se conoce en el orden de la escritura que se glosa” y que aquella escriptura era una traslación de la verdad de la Escritura.


jueves, 9 de junio de 2011

Es el realismo



Leo durante un par de horas, sin apartar los ojos de las páginas que voy pasando, primero tendido en la cama y luego en el sofá, vestido, camiseta y pantalón, y con la mantilla encima, en una especie de prolongación de la siesta, con la nuca orientada hacia la luz de la tarde que se refleja en el bloque de enfrente. Leo con atención dispersa, no siempre con la conciencia atenta a lo que voy descifrando línea tras línea, sobre un joven escritor que escoge París para alejarse del país del que procede y también de la literatura, aunque no lo consigue del todo, porque no hay ciudad más literaria que esa ciudad y además porque está escribiendo lo que yo leo, es decir, de su interés por abandonar la escritura, un escritor que rehuye sin él saberlo el encuentro con un novelista que de visita en la ciudad quiere verlo para hablar, supongo, de literatura, aunque no sólo trata de eso, también escribe sobre cómo le va, que se ha quedado sin blanca, por ejemplo, como le pasó a Orwell en la misma ciudad, y ha de quedar por fuerza en París hasta que amanezca el día en que la compañía de trenes le permita marcharse, que es el día que tiene marcado en el billete de vuelta, pero si el escritor que quiere dejar de serlo sin conseguirlo tiene sus problemas yo tengo los míos que me asaltan durante la lectura y la interrumpen de modo que mis ojos resbalan sobre los signos sin descifrarlos y siguen adelante o bien vuelvo hacia atrás para ver si me he perdido algo, aunque no me pierdo nada, porque el escritor no cuenta nada o eso parece querer decir, aunque de vez en cuando haya frases que se ponen serias y afirmaciones que requieren puntuación, porque en uno o dos pisos por encima de la lectura algo trabaja en mi cabeza, una llamada que ha de sonar en el móvil, unos cursos que he de hacer en julio que no me apetece hacer o un viaje que no acaba de tomar cuerpo, y en un piso por debajo un saxofonista aficionado no acaba hoy de encontrar la nota o tiene los dedos huidizos o también en él varios pisos pugnan por trastabillar su conciencia de músico sin condición. 

El relato largo se llama Es el realismo, creo, de Patricio Pron, lo tengo que comprobar ahora que lo he acabado, pues no me fijo en los títulos cuando comienzo cualquier lectura, y me he puesto a escribir mientras sigo pendiente de la llamada, miro hacia el sol que aún me deslumbra en la blanca persiana del último piso del bloque que hace esquina, después de haberme incorporado para comer un plátano y unas cerezas, en tanto se calienta el portátil y se abren todos los programas necesarios para que yo pueda teclear. La llamada que espero es de una mujer que me tiene algo abandonado y de la que espero lo que espera cualquier hombre de una mujer, que no es ni por asomo que me diga que ambos pertenecemos al mismo país y que la misma bandera nos envuelve. Es cosa notable que, aunque los dos hayamos viajado bastante, ella nunca haya estado es París, ya que París no es sólo la ciudad por antonomasia de la literatura, aunque no era ese el viaje que queríamos programar, pues, quién no sabe que de París siempre se regresa, porque, como el turista que va hacia las momias egipcias, el principal tesoro de su gran museo, el avión o el tren que te llevan a París te sumergen el pasado, en una escenografía que Christo, el artista del land art, envolvió con papel de embalar. Este es el punto en que el móvil me sobresalta y dejo de escribir, cuando el sol de la persiana de enfrente comienza a empalidecer.

miércoles, 8 de junio de 2011

Chéjov en vida

Tiene poco valor decir que un libro te cambia la vida. Mucha gente lo ha dicho. Es una frase para plasmar el entusiasmo del momento. La figura de Chéjov se agiganta en esta biografía: Chéjov en vida. De creer a sus contemporáneos era un santo laico. Hizo de la escritura la expresión de la santidad. Hay mucha gente que lo ha imitado. Aunque la comunidad de los escritores es peculiar: son pocos y solitarios. Pero las ideas veraces (y ejemplares), que no se propagan en línea recta, acaban por triunfar a largo plazo. La escritura desde entonces se ha ido depurando. Escribe:
“Para qué escribir que alguien estaba sentado en un submarino e iba al Polo Norte a reconciliarse con el mundo, y en aquel momento su amada, lanzando un dramático gemido, se tiraba desde lo alto de un campanario? Todo eso es mentira y no sucede en la realidad. Hay que escribir con sencillez: sobre cómo Piotr Semiónovivh se casó con María Ivánovna. Eso es todo. Y luego, ¿para que esos subtítulos, estudio psíquico, género, novela? Son todo pretensiones. Ponga un título sencillo, da igual, el primero que le pase por la cabeza, y nada más. También use menos las comillas, las cursivas y la raya: queda demasiado afectado”.
“La riqueza y la fuerza expresiva sólo se consiguen con la sencillez, con frases tan simples como: el sol se puso, anocheció, llovió, etcétera”.
Como Tolstói, Chéjov también creía que la escritura tenía un paralelo en la vida. También la vida se puede depurar. Gracias a ella somos más libres. Así le escribe a su hermana:
“Dile a nuestra madre que, se porten como se porten los perros y los samovares, después del verano tiene que venir el invierno, después de la juventud, la vejez, después de la fortuna, la desgracia y viceversa; un hombre no puede estar toda la vida sano  alegre, siempre le esperan pérdidas, no puede salvaguardarse de la muerte sea Alejandro Magno (…) Lo único que hay que hacer es, en la medida de lo posible, cumplir con el propio deber. Y nada más”.
En este libro está todo Chéjov, el escritor que nació antes de tiempo. Quizá había que dejar pasar todo el siglo XX para volver a engancharnos a él.
Chéjov en vida es apasionante. No podía haber sospechado que un libro de fragmentos: cartas del autor, cartas que le escribieron -¡Cartas! ¡escribió más de 4.500 cartas!-, diarios, recuerdos, de él, de sus familiares, de sus amigos, de otros escritores, fragmentos de sus obras con breves apostillas del compilador, pudiese atraparme de tal modo. Este tipo de compilación biográfica –“Recolección exhaustiva de testimonios reales de sus coetáneos”-, dedicada a los grandes escritores, es un género en Rusia: Pushkin en vida; Gógol en vida. Todo me interesa. Lo he devorado como el mejor relato. Cada capítulo es una historia que recrea un aspecto de la vida de Chéjov. Cada uno de ellos es una historia: su vida familiar, Taganrog, Moscú, San Petersburgo, la escuela, su visión del mundo, su relación con otros escritores –Suvorin, Tolstói, Gorgi, Bunin-, la relación con las mujeres, el erotismo, la vida cotidiana, el humor, los viajes, el teatro, el dinero, la enfermedad, los derechos de autor. Cada capítulo va avanzando en su evolución vital. Es más que lo que una biografía convencional puede ofrecer. Se nos muestra lo que Chéjov pensaba de sí mismo, cómo trabajaba, lo que decían de él, lo que hace, lo que escribe. Los quebrantos de su cuerpo y los estados de su alma, si lo dijésemos con el lenguaje de hace un siglo, siempre fiel a lo que ve. Así, tras su viaje a Sajalín, donde descubre el horror del despotismo del zar, confiesa: “Me crece la barriga y empiezo a sufrir de impotencia”. 


Chéjov era un hombre atractivo en muchos sentidos. Las mujeres se le acercaban, pero el desconfiaba de la pasión.
“… Ceilán, el lugar donde está el paraíso (…). Cuando tenga hijos, les diré sin arrogancia: Hijos de perra, he copulado con indias de ojos oscuros… ¿Y dónde? En un bosque de cocoteros, a la luz de la luna”.
Hay historias de coqueteo que duran toda su vida; mujeres que le esperan y acaban casándose con otro. Y está la historia patética de Avílova, una mujer, con tres hijos, que se carteaba con él, que se inventó una historia de amor y la dejó por escrito. O Lika que después de esperar inútilmente se fugó con otro escritor casado a París, tuvo un hijo y éste la abandonó. Siguió carteándose con Chéjov y al final se casó con un director teatral. Y está la historia de su devota hermana, Masha, que renuncia a su propia vida para entregarla a su hermano.

Un ejemplo de su manera de contar las cosas es una historia con una japonesa:
“En Blagovéschensk suelen aparecer japoneses o, mejor, japonesas. Son mujeres menudas, de cabello moreno y peinados intrincados, sus cuerpos son bonitos y, como me parecio a mí, de caderas estrechas. Visten con elegancia. En su lengua abunda el sonido tss (…) La habitación de la japonesa es limpia, de un romanticismo asiático, llena de cosas diminutas, no hay palanganas, ni caucho, ni retratos de generales. La cama es ancha con una pequeña almohada. La almohada es para ti; la japonesa para no estropearse el peinado, pone la cabeza sobre un soporte de madera (…) En el acto demuestra una habilidad admirable, hasta el punto de que parece que, más que poseerla, participas en una carrera de caballos de la escuela superior. Cuando uno se corre, la japonesa, con los dientes, se saca de la manga un pedazo de algodón, le coge el y se lo limpia mientras el algodón cosquillea su vientre. Y todo ello lo hace de manera coqueta, riéndose, cantando y con sus tts…”.
Aunque no hay que olvidar que Antón Chéjov (Taganrog, 1860-Badenweiler, 1904) murió a los 44 años. Todo proyecto humano ha de tener la conciencia del límite. Es cierto que el ejemplo de la escritura de Chéjov le ha sobrevivido, que escribir limpiamente hace la vida menos angustiosa, pero la propia humanidad tiene los días contados.
“Era sincero, lo que es ya en sí un gran mérito: escribía sobre lo que veía y cómo lo veía… ¡Gracias a su sinceridad creó, según mi punto de vista, una forma de escribir nueva, absolutamente nueva, para todo el mundo, como no lo he encontrado en ningún otro lugar!” (Tolstói).
Chéjov padeció los últimos años de tuberculosis. A pesar de ser médico –Chéjov combinó la medicina y la escritura- no se cuidó. Pasó muchas temporadas en su casa de Yalta, buscando un clima agradable. Continuamente planeaba viajes. Murió con una copa de champán en la mano, invitado por su médico alemán, en el balneario de Badenweiler, cuando el siglo comenzaba.

martes, 7 de junio de 2011

Peña del Fraile


El río baja bravo, las aguas grises y sucias chocan contra las piedras que pugnan inútilmente por retenerlas bajo el puente. El cielo aún se mantiene azul, no hace frío, ni el viento sopla en dirección alguna. Las calles despiertan abandonadas, sin ruido. Sólo los estorninos. Un tornado de estorninos girando y girando en círculos convulsos alrededor del campanario de la iglesia de Alar del Rey. ¿Por qué lo hacen? ¿Por qué hay tantos girando al mismo tiempo, una y otra vez, tantos al mismo tiempo, remontando y dejándose caer, alrededor del campanario? Nadie más los contempla, no hacen mucho ruido, o quizá lo hagan, pero no son sus silbidos lo que me asombra, sino ese tobogán vertiginoso que no se acaba, ni cuando me marche, tras comprobar que la tienda que vende periódicos está cerrada, se acabará.


A través del bosque, nos aproximamos a la peña por senderos floridos. Nos retienen las peonías abiertas, enormes. Nos guarecemos en la subida en canchales protegidos del viento que ha comenzado a soplar. Llegamos a la base de la peña desnuda. 


Un cono desolado, un pedregal. No hay senderos o no los vemos; ascendemos en leve zigzag, apoyando las botas sobre piedras más o menos desnudas, más o menos fijas. En la cima, la panorámica ya sabida: el Espigüete, el Curavacas, Peñaprieta, Fuentes Carrionas, el embalse de Camporredondo. La bajada es más dura. Apenas un diminuto sendero de rocas fragmentadas, algo más aplastadas que el resto, en diagonal, para salvar el declive del cono. 


Las nubes se arraciman en la cumbre, cada vez más densas, cada vez más oscuras. Desde abajo, mientras los bultos rojizos y azules de los excursionistas descienden, un puñado de cuervos señorea la cima. Cuervos ibéricos con su cola de naipe. Se dejan llevar por la chimenea que asciende, sin apartarse de la Peña, girando alrededor. ¿Escrutan? ¿Llega su vista hasta los diminutos excursionistas que los contemplan? ¿Cuánto tiempo llevan ahí? ¿Ya estaban cuando descansábamos en la cima? ¿Asistieron en el siglo X a la construcción del Monasterio de San Román de Entrepeñas? ¿Vieron como siglos después los vecinos lo desmontaron piedra a piedra hasta no dejar más que el torreón que ahora vemos comido por la vegetación?


Tras la ladera que recoge los restos de la Peña rota, el monte se torna verde, aparecen senderos sobre tierra, pero no es más fácil el descenso. Hay que saltar, castigar las articulaciones, hasta Santibáñez de la Peña.
El microbús se pone en marcha celebrando un cumpleaños: chupitos y vino dulce y tartas. Fuera, a lo lejos, en el curso de la carretera, sobre el asfalto, un punto negro, inmóvil. El microbús avanza, hasta llegar al punto donde el cuervo descansa. Sólo en el último instante se impulsa sobre las patas, justo a tiempo para evitar la masa que se le acerca. Un vuelo de no más de dos metros, para saltar a la cuneta y proseguir en su inmovilidad de negro pelaje.

lunes, 6 de junio de 2011

Sukkwan Island

Noqueado. Así salgo de la lectura de esta novela. Sukkwan Island, de David Vann. No es una lectura adecuada para alguien que esté pasando un mal momento. Parecía que los tiempos de las historias duras, donde el hombre se enfrentaba a la naturaleza, o a su propia naturaleza, y a veces perdía, habían pasado; que todavía estábamos en el tiempo de la bondad y la paz, el mundo donde todo se nos da resuelto, nos ahorra el sufrimiento y la muerte es algo irreal, pero no es así. Quizá, ahora sí, los tiempos están cambiando y los autores vuelven a mostrarnos la crudeza.

Esta novela tiene dos partes muy diferenciadas. En la primera un muchacho imberbe, a la altura de segundo de la ESO, decide acompañar a su padre a una isla de Alaska, la que da nombre a la novela. Se compromete a vivir con su él durante 12 meses, aislado del mundo. Son los días del verano: aclimatación, preparación para un invierno inhóspito, caza, pesca, ahumados, leña para sobrevivir. Mas algunos datos sueltos para ver con quien tiene que vérselas el lector que les acompaña en la experiencia. Parece una novela de iniciación, contada desde el punto de vista de Roy, el muchacho. London, Conrad, Robinson Crusoe, Hesse. Todos hemos leído, hace mucho tiempo, cuando nos iniciábamos en la vida y en la lectura, ese tipo de libros. Nos estusiasmaban; nos apuntábamos a una lista en el instituto para leerlos de un tirón.

Luego sucede un hecho, que no puedo contar para que quien lea esto no esté sobre aviso y descubra por sí mismo las implicaciones. El punto de vista pasa al padre, Jim, del que descubrimos ahora que así se llama. También esta segunda parte es de supervivencia, pero de otro tipo. No es lo mismo saber que se tiene toda la vida por delante y que lo que se está viviendo es una experiencia que forja el carácter que sobrevivir a un hecho traumático, cuando lo que sigue transcurriendo es una especie de prórroga.

En la primera parte la naturaleza salvaje es un don, a pesar de los peligros que acechan o del terror que infunden sus fuerzas ocultas o desatadas. En la segunda, cuando todo queda reducido a conciencia, la naturaleza es un mero escenario que deja de impresionar aunque sea incluso más dura que antes. Ahora las referencias que asaltan la lectura son otras. Cormac McCarthy, por ejemplo, algunas películas. En las últimas décadas, a pesar de haber crecido entre algodones, la conciencia se ha expandido. Habría que hacer una lista de autores, minoritarios todos; todos los autores son minoritarios, lo demás es basura; quizá habría que escribir un ensayo sobre la expansión de la conciencia.

Cuando el chico es el narrador, las páginas avanzan a ritmo de bolero, con alguna caída, con los dolores propios del aprendizaje: “Qué bueno es este libro; lo tengo que recomendar. Perfecto para trabajar con los alumnos: la dureza de la vida, el esfuerzo, la lucha, el difícil trato del padre con el hijo”. Pero cuando son los ojos del padre los que cuentan, la novela se pone muy fea, de la que hay que escapar cuanto antes, para tomar aire. Pero aún así, es recomendable.
David Vann es joven, pero tiene una dura experiencia detrás. La ha contado en una autobiografía. Su estilo es directo, sin adornos, de frases cortas. No hay que revolotear entre sus frases y volver atrás para apreciar su manera de escribir. Va al grano, porque tiene algo que decirle al que está leyendo. Un descubrimiento.

viernes, 3 de junio de 2011

"Creo que la diferencia entre el siglo pasado y este es la reintroducción de la curva"

Richard Serra, escultor:
Dibujar es para mí la forma en que el volumen corta el filo de las cosas. El interior se dibuja y se dibuja también el exterior. Es en esa delgada línea donde el dibujo ocurre. Y mientras observaba el estudio de Brancusi me di cuenta de que en sus cortes y modelado él dibujaba mediante la escultura de la misma manera en que Cézanne dibujaba en sus pinturas. Me impresionó esa idea. Desde entonces no he vuelto a ver la escultura de la misma manera, fue como ponerme en el disparador.
Yo quería trabajar la escultura fuera del pedestal, porque una vez que lo haces consigues que el espectador la vea al nivel de su propia experiencia. Si piensas en una pintura dentro de su marco, lo que está pintado permanece dentro de ese recuadro.
Creo que Picasso abrió un camino al hacer una construcción y no un modelado o fundido. Y quienes mejor lo comprendieron fueron los rusos: El Lisstiski, Tatlin, Rodchenko... Todos ellos entendieron las implicaciones de Picasso y pensaron: qué pasaría si nos movemos dentro de ese espacio constructivo, si hacemos construcciones a las que la gente pueda entrar. Es ahí donde estoy. 
  
El material, cualquiera que este sea, siempre impone su propia forma a la forma. Si investigas las posibilidades de cualquier material -yeso, vidrio, madera, acero- y aprendes cómo utilizar tu material, él te va a dirigir hacia su potencial. Algo que la imagen nunca hará. El arquitecto Louis Kahn dijo: "Cuando veo un ladrillo le pregunto qué quiere ser". Porque él vio el potencial de la unidad de convertirse en una forma distinta. Yo llegué a la escultura no porque estuviera interesado particularmente por el acero, mi interés estaba en el espacio. Configurar el espacio usando el acero como materia. Encontré maneras de cortar el espacio con el acero. La línea es el corte.
Si quieres entender la manera en que un artista piensa hay que mirar sus dibujos. Todos los niños dibujan. Es su manera de comunicarse con el simple hecho de trazar una marca. En determinado momento, el niño se inhibe porque sus padres o maestros intentan corregirlo o darle ciertas pautas. Se les niega el gozo de marcar libremente. En mi caso no fue así porque mis padres siempre me animaron. Eso te da confianza en ti mismo.
La gente menos resistente son los niños, porque son muy curiosos e inquisitivos. Los niños que crecen con la idea de que la escultura es algo que debe ser experimentado. No es algo que deba ser desdeñado. Si menciono a Cézanne, piensas en algo determinado. Si menciono a Giacometti, Picasso o a cualquier otro, todos ellos proveen experiencias que el mundo no nos da, experiencias de las que carecemos. Eso es lo que llamamos cultura. Y si los chicos crecen con ello, tienen más posibilidades de ser receptivos.
El único edificio con curvas en Nueva York era el Guggenheim de Frank Lloyd Wright. Frank Gehry todavía no había empezado a usarlas. Creo que la diferencia entre el siglo pasado y este es la reintroducción de la curva en la arquitectura. Porque lo que hace la curva es remitirte a la piel, a la velocidad de la piel, a la superficie. El ángulo recto te lleva a la esquina, al rincón y a lo estático. La curva sugiere movimiento. 
Cuanto sales al exterior tienes que lidiar con las comparaciones de lo que hay alrededor. Y lo que encuentras es urbanismo, arquitectura, la métrica de la vida. No es solo la escala. Es el lugar, la circulación alrededor. El sitio, dependiendo de si revela el lugar o lo critica con su presencia. Cómo la gente se relaciona con ese lugar donde transcurre su vida diaria. 
Estamos en una era de reacción. No estamos en una época de progresión. Hubo un momento de progresión en los años veinte del siglo pasado. Otro en los años sesenta. Pero no creo que haya habido ningún progreso en ninguna de las artes desde entonces. Ni en arte, ni en poesía, ni en música, ni en teatro, ni en cine... No ha habido cambios en el lenguaje. No se ha añadido nada nuevo al lenguaje de las artes.