domingo, 28 de agosto de 2011

Con retrovisor


Es tarde para desandar el camino y cambiar las decisiones. El tiempo es una flecha. Sólo queda asumir lo que hicimos o dijimos, de nada vale arrepentirnos, eso no aminora el veneno de la culpa. Tampoco se puede reparar el daño que causamos al decir o hacer algo que para nosotros no tenía mayor importancia pero que fue recibido con una fuerza que nos sorprende cuando lo descubrimos posteriormente. El pasado nos abruma porque no podemos volver a recomponerlo. Según Kierkegaard, estamos condenados a vivir hacia adelante y revisar hacia atrás. Estamos convencidos de que el mal que nos atenaza tendría solución si pusiésemos rehacer o doblar o conculcar una decisión que tomamos ofuscados o determinados por circunstancias que no controlábamos. Vemos el pasado en general como una pesada losa que no podemos levantar, que es superior a nuestras fuerzas presentes. Probablemente esa sea una excusa para postergar las decisiones nuevas, lo que el presente espera de nosotros, para apartar lo que se nos exige con urgencia, pues si para aliviar el dolor o la angustia o el malestar debemos actuar o seguir diciendo cosas que nos cuesta enunciar, por otro lado tememos que lo que ahora hagamos sea una equivocación más, fuente de renovado dolor.

Todo día es hermoso cuando amanece, pero no siempre dejamos que crezca. A veces el mal ánimo del día anterior no ha muerto del todo y se conjura para que no prospere el contento que a cada nuevo día le es debido. Encontramos un lúgubre contento en nadar en las brumas venenosas que nos afligieron el día anterior. Y sin embargo no es difícil abrir las ventanas de par en par para que en estampida irrumpa el viento, dejando paso a la luz. El regodeo en el tormento nos embota y nos transforma en zombies.

jueves, 25 de agosto de 2011

Beneficiarios del “proceso"

Esto que Cristopher Hitchens dice sobre Irlanda del Norte sirve también para el final de ETA:
Al final llegué a distinguir un rasgo de la situación que me ha ayudado a entender una terquedad similar en el Líbano, Gaza, Chipre y otros lugares. Los líderes locales generados por los “problemas” en esos sitios no quieren que haya una solución. Una solución significaría que no los tratarían con deferencia los mediadores de la ONU o de estados Unidos, que no los invitarían a elegantes congresos internacionales de alto nivel, que la prensa dejaría de tratarles reverencialmente y que no podrían ganarse un sobresueldo con chanchullos de contrabando y protección. El poder de esa clase parasitaria fue lo que prolongó la lucha en Irlanda del norte durante años y años después de que a todo el mundo le resultara evidente que nadie (excepto a los del chanchullo) podía “ganar”. Y cuando terminó, demasiados de los tipos del chanchullo también se convirtieron en los beneficiarios del “proceso de paz”.

7. De Viacamp a Morón


En el último pueblo de los Pirineos, el más alto del Val d’Aran, Eth Pradet, apenas tres o cuatro casas, una señora sentada en un taburete se corta el pelo ante un espejo. A dos pasos del cordal que separa España de Francia. Desde ahí todo es bajar. Primero por la pista forestal asfaltada, dejando atrás Canejan, colgado sobre el valle, luego por la carretera que bordea el Garona, pasando por Les, de cuya biblioteca sale como una antigua salmodia la lección de un adulto guiando a unos niños por el mar proceloso de Internet, Bossot, el pueblo de la lencería y las patas de jabalíes colgadas como adorno festivo, y Vielha. Ahora se asciende hacia el túnel que une el valle con la provincia de Lérida, el embalse de Baserca, el Pont de Suert, donde un vecino se enfada porque el tendero le cobra dos céntimos de más en el kg de melocotones de la tierra, donde los cuatro puestos de la gasolinera, ocupados, se liberan con exasperante lentitud. El embalse de Escales, donde dos escaladores trepan por una pared imposible, donde unas cabinas de vigilancia salteadas por las paredes me intrigan. Atrás va quedando el monasterio de Sopeira, Montañana, hasta llegar a Viacamp. Al pie de la carretera, un centro de recepción moderno, bonito, pero vacío. Sólo en el bar hay algún parroquiano. Una muchacha se levanta de la mesa donde toma un café y me atiende sonriente. A quinientos metros más arriba, la iglesia románica amenaza ruina total, pero la torre cilíndrica que domina un vastísimo territorio está recién restaurada. Una estructura metálica permite acceder a lo más alto, subo con recelo en este lugar sin almas y contemplo la extensa panorámica. 


La ruta sigue bajando hacia Benabarre y su hermoso castillo visto desde lejos, no tanto la bonita restauración, hacia Barbastro y el santuario para finolis y hasta el congosto del río Ésera de sorprendentes aguas turquesas y su hermoso puente, uno de tantos como atesora Huesca, que me es imposible fotografiar aislándolo del presente porque unos maños han decidido tomar posesión de él esta mañana. Por el camino van quedando maravillas que el cansancio y la solana impiden contemplar. Calor, secarrales y ni una zona de pic nic. Hay uno a la entrada de Calatayud, pero los árboles sobre las mesas no dan ni una brizna de sombra. Menos mal que unos kilómetros más allá reencuentro uno de mis pueblos favoritos, Morón de Almazán, con su plaza singular y la fresca terraza de su hostal.

martes, 23 de agosto de 2011

6. Pistas asfaltadas


Me interesa el aire libre y los pequeños núcleos de población. En vacaciones busco, supongo que como la mayoría de la gente, huir del bullicio. En el Val d'Aran es fácilmente evitable. A pocos kilómetros se está fuera de su capital, a un palmo de la cima de las montañas o del nacimiento de los ríos. Si uno está atento, y si se aleja del turismo familiar que todo lo invade, puede topar durante el día, con un rebeco, una marmota o con un ciervo, y con un poco de suerte un desmán o una comadreja, y por la noche, con un búho, una lechuza o un conejo que sale de un huerto y que no se asusta ante la presencia del intruso.


El asfaltado de las pistas forestales nos lleva al pie de todos los lugares singulares del valle, como el Salto del Pish, cuyo ascenso, siguiendo el curso del río Varradós, ofrece vistas espectaculares sobre el macizo de la Maladeta y el glaciar del Aneto
.

El valle de Torán, dejando atrás el río Garona y tras ascender por una escarpada pista, en la frontera con Francia, hay pequeñas aldeas, con pocos habitantes, pero con casas en perfecto estado de revista. Sant Joan de Torán o Porcingles. En Sant Joan de Torán el tabernero aburrido se entretiene subiendo una perola con la comida del gallo a lo más alto del muro. La pista acaba en un refugio, la Honeria, donde comienzan unas cuantas rutas, refugio donde un montañero simpático y dicharachero sirve menús y cafés.
Como en toda España estos son días festivos y los pueblos están llenos de color y de chicas disfrazadas.

lunes, 22 de agosto de 2011

5. Val d'Aran


Como Vielha es una ciudad vinculada al comercio está dominada por el espíritu del comerciante y su temor a perder el negocio. Eso explica el caos circulatorio, por ejemplo. No hay zona azul, cada cual aparca como quiere. Es un error. Ciudades parecidas como Chamonix restringen el tráfico y no por ello dejan de ir los turistas. Otro aspecto que se relaciona con ese espíritu es el poco afán que los araneses tienen por perseguir la rotulación en español de sus negocios como ocurre en Cataluña. Aunque quizá no sólo intervenga en el asunto el miedo a perder clientes; los araneses empiezan a importar el sentido de la diferencia y singularidad de sus vecinos catalanes y quieren sustituir el catalán por el aranés.


Nada debería impedir, sin embargo, la visita a este maravilloso valle, aunque no se sea amante de la nieve. De hecho nada lo impide. El valle y sus parajes está lleno de turistas y los tópicos del silencio y la soledad de la naturaleza es difícil hacerlos realidad. Hasta en el lugar más recóndito hay un aparcamiento lleno de coches. Por ejemplo, en el prado de la Artiga de Lin para ver Los Ojos de Joeu, donde las aguas del Aneto, sumergidas 4 km arriba, vuelven a emerger. Es un paraje único, pero accesible a cualquiera. La pista forestal de 12 km ha sido asfaltada. O el Portillón, conocido por las vueltas ciclistas, un trasiego de coches desde Vielha a Bagneres de Luchon, carretera por la que los ciclistas se juegan la vida por la imprudente velocidad de los coches.


Otro motivo para admirar El Valle de Arán es su románico, un románico impuro, entreverado de otros estilos, muy diferente de la pureza estilística del románico de La Vall de Boí, que quizá indique que el carácter abierto y ecléctico de los araneses venga de antiguo.


En Bossost están de fiesta y para celebrarlo engalanan los techos de sus calles con una llamativa mezcla de cosas disímiles: zapatos, calzones, huesos de jamón. Extravagancia y eclecticismo.

domingo, 21 de agosto de 2011

4. Posets Maladeta


Erill la Vall cuenta además de con su iglesia y magnífico campanario con un centro didáctico para explicar el románico.


Parece que las iglesias más abandonadas del conjunto que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad sean la de Cardet y la de Coll. La primera ha sido restaurada hace poco: muy poco retocada, siguiendo el criterio de dejar las cosas como se han encontrado, y simplemente reparar. Lo más interesante parece la cabecera, pero construida sobre una ladera de la montaña es difícil verla en su plenitud.


Para acceder a la Asunción de Coll hay que hacer unos cuantos kms. hacia arriba. Está en restauración y se ve muy poco de ella. Es una lástima no poder llegar a la portada, donde se entrevé un magnífico crismón.


A Posests Maladeta, en la Ribagorza oscense, se puede llegar a través de un túnel en bruto, en el que aún aparecen las huellas de cuando se abría la roca con dinamita. El Gobierno de Aragón ha declarado parque natural esta zona, pero no ha adecentado los accesos. La carretera que llega hasta el embalse de Llauset es tan larga como difícil por el mal estado del asfalto. Parte del pueblo de Aneto y serpea por la ladera ofreciendo una vista memorable. El coche se deja a pie de embalse, luego se cruza otro pequeño túnel y comienzan las rutas a través de este paisaje desarbolado, donde el sol cae como agujas en punta. Es difícil encontrar un lugar a la sombra donde guarecerse para parar y tomar fuerzas. Aunque merece la pena con tal de disfrutar de la áspera belleza del enclave. Se pueden hacer pequeñas rutas de una hora o una completa circular de ocho horas. Incluso junto al embalse de Endesa hay una playita por si alguien quiere refrescarse y aliviar el cansancio y el sofoco del sol plomizo. Aunque me temo que no se aguante demasiado bajo el agua, helada a esta altura. Vi a un osado salir del agua tan rápido como entró.

sábado, 20 de agosto de 2011

3. Aigüestortes


Hasta el parque de Aigüestortes llega la invasión familiar. Los aparcamientos, los caminos pedregosos que bordean el Embalse de los Caballeros, la subida ardua hacia los estanques están llenos de padres y madres con mochilas de bebés a la espalda, niños y adolescentes; de padres solos haciendo terapia con sus hijos; muchos de ellos  franceses, y no son los niños quienes menos tiran hacia arriba. Una pasión insospechada por los parques nacionales la que en esta hora invade a las familias.

Los hoteles de la zona están a rebosar, las iglesias de Boí, los restaurantes. Una despreocupación por los descensos de la bolsa y la implosión de la deuda. La angustia sólo se ve en el cuidado exquisito hacia la infancia, en el exceso de atención a las criaturas.


La importancia de las aguas de Caldes de Boí está en relación a la distancia. A finales del XIX se tardaba trece horas en llegar desde Barcelona. Había entonces una confianza religiosa en los efectos de las aguas termales, o medicinales como se decía. Ahora que están tan cerca de cualquier sitio apenas es un refugio de la senectud; unos pocos viejos embutidos en batas blancas se acercan a las aguas o hunden sus miradas en novelas gastadas en el borde de las piscinas. Personajes de Hopper. Sólo unos pocos niños, su compañía, chapotean en el agua.

viernes, 19 de agosto de 2011

Un graznido, un grito, una queja


Esta tarde, en medio del denso calor que ceñía los cuerpos, hemos subido al castro. Abrían la iglesia para llenarla de flores y adornarla con sabanillas. Mañana hacen jornada de puertas abiertas en las iglesias del valle. Es una tradición reciente. Mientras llegaban las mujeres, cámara en mano, he rodeado la iglesia, por la parte de sombra, para llegar a la cabecera y fotografiar de nuevo sus originales columnas y capiteles románicos. Al llegar al limbo -la pared del cementerio divide en dos la cabecera y es difícil ver la parte que queda tras la tapia- me he fijado en que la tapia tenía una abertura triangular en la parte de arriba. Me he acercado para mirar al interior. Entonces he oído un graznido, un sonido, un grito, una queja. Me he echado atrás sorprendido, pero atento por ver si se repetía, pero no ha ocurrido. No he oído ningún aleteo, ni movimiento en la hierba, ni entre los ramos que la gente arroja al limbo cuando se secan en las lápidas vecinas. El silencio era tan denso como el calor de la tarde. He permanecido un rato observando, pero no he sabido dar con su origen. El sonido ha quedado en mi oído, procedía de allí, de aquella superficie atestada de hierba y ramos, parecía un graznido, pero no podía serlo porque acababa en un sonido metálico, como una queja encauzada en un tubo. Es una imagen, no soy capaz de describirlo de otro modo. He dejado el limbo y la cabecera, he vuelto a la iglesia que ya estaba abierta, con lirios blancos y girasoles y otras plantas en el suelo, a la espera de ser puestos en jarrones. Reconfortaba la fresca atmósfera de la nave.

jueves, 18 de agosto de 2011

2. Las iglesias de la Vall de Boí


El señor de Erill controlaba desde su castillo el valle del que obtenía beneficios, aunque el grueso de las rentas que le permitieron levantar las iglesias vino de la ayuda que prestó a Alfonso I de Aragón. Desde lo alto de los campanarios dominaba sus posesiones. Con banderas durante le día y antorchas durante la noche, las torres de Sant Climent y Santa Maria de Taüll, de Sant Joan de Boí y Santa Eulalia de Erill la Vall, de Sant Feliu de Barruera y la Nativitat de Durro daban cuenta de la llegada de intrusos, del paso de un rebaño o el cruce de un puente o peaje. La economía del valle era escasa y había que hacer pagar el uso de cualquier recurso. Hoy estas pequeñas poblaciones forman parte de un único municipio y su economía gracias a la nieve y a los turistas es boyante. El señor de hoy no tiene un nombre claramente definido, pero sí normas estrictas que hacer cumplir. Un grupo de turistas, con algunos colombianos, pide que la visita guiada a Sant Climent dé algunas explicaciones en castellano, pero la guía repite, como argumento machacón, que se debe a la normativa.


De todas las torres de este románico lombardo la más esbelta es la de Sant Climent. Cada vez que vuelvo cuando salgo de una curva siempre me impacta. Hubiera necesitado un Monet que fijara la luz cambiante de sus cuatro caras a lo largo del día y de las estaciones. También es hermosa la pequeña ermita de Sant Quic, unos cuantos kilómetros cuesta arriba, subiendo desde Barruera y dejando atrás Durro. Desde Sant Quirc hay una vista general del valle y de sus torres románicas.


Las iglesias se construyeron sobre el terreno sin cimientos, sobre la roca viva, por canteros llegados de la Lombardía. Eso explica el combamiento de las paredes y columnas, la humedad que por capilaridad ha penetrado en las paredes y la pintura. La visita se ha de completar en el MNAC de Barcelona donde están las joyas de la corona.


Quizá esta no sea la mejor época del año para visitar estos pagos, tomados como están por un abusivo turismo familiar. Los niños consentidos invaden todos los espacios y los padres se debaten entre una falsa sonrisa vigilante y el cansancio tristón del atardecer. Es en la anochecida cuando a solas en sus habitaciones dan rienda suelta a su malhumor y gritos.

1. De Montañana a Sopeira


Hay lugares extraordinarios que nunca atrapará tu mirada. El destino no nos concede los días necesarios para verlo todo. Es un desprecio más, añadido al sinsentido de la muerte. Otros lugares salen de la oscuridad por azar. Una sorpresa es por ejemplo el enorme castillo palacio de Baells, una masa de piedra arenisca y ladrillo, señoreando en medio de un villorrio. Si estuviese e otro lugar sería un joya. O una parada en Benabarre atraídos por su airoso castillo, hermoseado en exceso por los restauradores. Una chica amable que se presta a informar con sosiego: Montañana.


Un pueblo de callejas empedradas y casas a duras penas en pie, conservadas por la voluntad de generaciones de herederos apegados a este rincón al que se llega por una pista polvorienta, dejando la carretera que va de Benabarre a Pont de Suert. Mantañana es un pueblo medieval de frontera. Un hermoso puente con joroba y dos arcos se yergue sobre un torrente seco. En un charco a punto de secarse zigzaguean cinco finas serpientes a las que un chavalito animado por su padre apedrea desde lo alto del puente. Apretadas casas de piedras pequeñas, casi guijarros; una iglesia románica junto al lienzo suelto de un castillo desaparecido en la cima de un picacho, cuya subida, en el ferragosto, quita el resuello; una ermita abajo, junto al torrente seco.


Una lesión inoportuna nos impide patear el congosto de Montrebei, así que escogemos el remanso de Sopeira. Alimentado por el Congost d’Escales, hubo aquí en otro tiempo un monasterio y una huerta. Del monasterio de Alaón quedan la iglesia, del XII, un campanario que todavía hace sonar campanas y un claustro en ruinas; de la huerta se ha reconstruido el olivar del abad; árboles con fruta en sazón asaltan al mirón indolente que se acerca al pequeño río para admirar otro hermoso puente.
Algo más arriba el embalse d’Escales plantea algunas preguntas. ¿Qué son esos muros levantados en la pared rocosa, por encima del túnel que atraviesa la carretera, una edificación minera? ¿Y las torres de vigilancia a lo largo de las paredes que flanquean la presa? Una pareja de senderistas desiste de escalar por empinadísimos escalones excavados en la pared. Otros dos escaladores logran encaramarse por un lugar imposible.

domingo, 14 de agosto de 2011

Empuja la rueda del tiempo y deja de lamentarte


"Porque puede parecer que esta devastación se debe a algo llamado cobardemente "economía" o incluso con mayor afectación "mercados". Nadie sabrá decirnos quiénes son ni dónde están los mercados. Juran que hay unas gentes (algunos diarios las dibujan como tipos gordos con puro y gafas de sol) cuya riqueza aumenta gracias a nuestra ruina, como si no aumentara también con nuestra ganancia. Nadie sabe su nombre, ni dónde viven, ni para qué amontonan sus caudales. Se parecen sospechosamente a Satán. No es posible creer ni una sola palabra de quienes invocan "mercados" y "capitales"; son saduceos que de tanto admirar a los poderosos los toman por amos del Destino.
Afirmar que son "los mercados" o "el capitalismo" o "los poderosos" quienes producen el viento infernal que agosta campos, sembrados, viñas, higueras y ahorros es usar con mucha molicie un cerebro enclenque. Y sobre todo es una petulancia propia de aquellos que quieren creerse inocentes y así se proclaman. ¡No he sido yo!, protestan. ¡Han sido los mercados!
Ahora veremos de nuevo a los profetas salir de debajo de las piedras como escorpiones armados con un palo, escupiendo el veneno que mejor se vende entre los pobres, el odio. También volverán los frailes entusiasmados por el clima de desesperación y nihilismo blandiendo un crucifijo navajero; veremos a las turbas de creyentes que se reúnen en plazas y foros para celebrar juntos su inutilidad y arrojar el resentimiento contra los policías, sus hermanos".

sábado, 13 de agosto de 2011

Los chóferes de taxi en Buenos Aires lo adoraban

Dedica el periódico un suplemento a Borges, en no sé qué aniversario. Proclama que Borges es lo que ha escrito. Sin embargo de lo que habla el suplemento es de su ceguera, de su nombre, de los lugares que habitó, de yo –quien escribe- y Borges. Declara uno: “Inabarcable Borges el escritor sin límites, el escritor más simpático que he conocido”. “Lo primero que me impresionó…” -dice otro. Y otra: “Los chóferes de taxi en Buenos Aires lo adoraban”. Lo peor es la cosa que emborrona Gay Talese, añadiendo un nombre a otro nombre. En fin, aquello que ha hecho de la literatura la mayor de las estafas.
Vargas Llosa acude al rescate un día después:
Cuentan que Raimundo Lida, en sus clases de Harvard, recordaba siempre a sus alumnos: "Los adjetivos se han hecho para no usarlos". Borges es famoso por sus adverbios y adjetivos ("Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche"), pero, justamente, lo es porque nunca abusa de ellos, porque estallan de pronto en sus frases como una aparición insólita y espectacular, que redondea una idea, abre una inesperada dimensión a la anécdota, trastorna y desbarajusta lo que hasta entonces parecía la dirección de un argumento.

viernes, 12 de agosto de 2011

Confesionarios




1. Esta cosa en pleno centro de Madrid. Confesionarios. ¡Qué chiste lo del Estado laico, proclamado por el gobierno del PSOE! Espero que esa escenografía no anuncie la vuelta de los chamanes como consecuencia de la crisis.

2. ¿Por que los fiscales no persiguen a los políticos que han derrochado el dinero público? 
El aeropuerto de Huesca, que se inauguró en 2007 y perdió su último vuelo comercial el pasado abril, pasaron 15 personas el mes pasado. Por el de Albacete, 933, un 20% menos, y por el de Córdoba, 834, un 48% más. El aeropuerto de Ciudad Real perderá en octubre a Vueling, la única que operaba desde sus instalaciones. También sigue huérfano de aviones el de Castellón, financiado por la Generalitat valenciana y la Diputación, que se inauguró hace unos meses. 
Hace falta tener mucha fe en el estado de derecho.

3. Este hombre fue alcalde de San Sebastián gracias al apoyo de los españolistas durante su investidura, ahora dice cosas como estas:  
Se necesita un Tercer Espacio, una alternativa al independentismo y a un españolismo poco imaginativo
 4. Como queda dicho, "el comunismo era cristianismo en estado de putrefacción", y la socialdemocracia, una parodia.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Madeira 7. Ponta de Sâo Lourenço


Hay muchas maravillas en las islas de las que apenas hablan las guías o que mencionan de pasada. Madeira está publicitada como destino de playas: hay pocas y pequeñas, aunque bonitas, de guijarros y de arena negra. Y cuando en una cala aparece la arena dorada daña a la vista. 


Para mí es la geografía y la morfología de la isla lo más interesante. Uno de esos lugares es la península del Descubrimiento y la Ponta de San Lorenzo. Dejando el coche al final de la carretera se puede hacer un recorrido a pie de ida y vuelta de unas tres horas. 


El paseo discurre entre acantilados impresionantes en los que aún está impresa la acción volcánica: chimeneas, capas de materiales y colores diversos, plegamientos, cortes bruscos en los inclinales.


El mar rompe a un lado y a otro, espumeante en el norte, sereno en el sur.


Y para despedirse de Madeira vuelta a Sâo Vicente que se ha convertido en mi lugar favorito de la isla.


Y el incendio del atardecer desde Eira do Serrado.

martes, 9 de agosto de 2011

Madeira 6. Funchal


Aunque alguna guía diga que Funchal necesita cuatro días para ser visitado, creo que con uno basta. Con la mitad de la población de la isla, se extiende por la ladera de la montaña en forma de abanico o de concha con el umbo en el puerto. Es una ciudad soleada, con buena temperatura. En el centro, catedral y museo, con pinturas holandesas del XV, de cuando Madeira mercadeaba con Holanda. Comercio que le trajo suerte y desgracia por igual: la caña de azúcar y la madera que dio nombre a la isla le proporcionaron prosperidad pero también el asalto continuado de piratas ingleses, franceses, argelinos y turcos. Hay aún varios fuertes restaurados que dan fe de aquellos asaltos. 


Un lugar muy visitado es el jardín botánico, con variedad de plantas tropicales, así como el jardín de los loros. Lleva medio día demorarse en sus terrazas que caen sobre el mar.


Por la tarde, tras repostar en una de sus cafetería bien surtida de ricos pasteles, se puede pasear a lo largo del paseo marítimo que lleva a la fortaleza pintada de amarillo maíz y, de vuelta, coger la calle principal de la ciudad vieja que nos devuelve al centro. En esta calle han organizado un certamen pictórico: están pintando las puertas de las casas, la mayoría de madera. Los restaurantes se desparraman por la larga calle. El atardecer es su mejor momento.


El techo montañoso que resguarda Funchal del viento noratlántico y de la lluvia hace que la ciudad se mantenga entre los 19 y los 23 grados permanentes, muy a menudo con nubes oscuras, que a modo de sombrilla alivian el calor veraniego, y que raramente descargan.

lunes, 8 de agosto de 2011

Madeira 5. Las levadas


Las levadas son una peculiaridad de Madeira. Son canalizaciones para llevar el agua desde la montaña a las poblaciones o las terrazas de cultivo. Construidas en el siglo XV con mano de obra esclava, junto a la levada, por terrenos muy escarpados, se construía un sendero de paso. Ahora es lujo para el turista poder recorrerlas y adentrarse en un paisaje de grandes paredones y acantilados volcánicos de donde brotan chorros de agua en forma de fuentes o cascadas recogidos por las levadas.


La más transitada son la levada del Risco y la de las 25 Fontes. Se camina en medio del bosque de laurisilva, entre la humedad cálida y el gorgoteo de la caída del agua. 


La primera levada acaba en una gran cascada que rompe en una poza; la segunda, más larga y espectacular, también acaba en una pared de la que brotan las 25 surgencias que dan nombre a la levada.


Sâo Vicente es una localidad situada en el centro del lado costero norte, bajo dos farallones imponentes. El centro de vulcanismo explica el origen de la isla y sus formaciones, de 20 millones de años, con actividad volcánica hace 1,7 millones. Es una localidad parecida a cualquiera otra turística en cuanto a los servicios, pero la distingue el viento húmedo, la lluvia –más de 2000 l/m2-, envueltas en nieblas ragalimantes, lo que disuade a los turistas que prefieren el lado sur, Funchal y las otras localidades playeras . Al final del paseo marítimo de Sâo Vicente, con terraza sobre el océano, venden unas hamburguesas riquísimas y muy baratas.

domingo, 7 de agosto de 2011

Madeira 4. Del pico Arieiro al pico Ruivo


Colón, que vivió algunos años en la vecina Porto Santo, donde se casó y tuvo hijos, para explicar a los Reyes Católicos el perfil de Madeira arrugó entre sus manos un papel. Eso es Madeira. Un lugar escarpado, lleno de aristas, solo domesticado en la zona costera, algunos pequeños valles y en los túneles recientes. Para apreciar su antigua geografía nada mejor que adentrarse por alguno de sus muchos senderos. 2500 km de senderismo, ni más ni menos, en una superficie de 57 por 23 km. Algunas rutas han de hacerse con guías, otras, aunque difíciles, se pueden hacer por libre. 


Una de las más concurridas es la que une el pico Arieiro con el Ruivo, de 5 a 7 km, a lo que hay que añadir la vuelta, según el ramal que se escoja. Es un subibaja con cientos de escalones que al final del día pasa factura, pero el espectáculo de los picos y las sierras aristados de origen volcánico no tiene igual. Eso sí, hay que tener suerte y que el día esté despejado. El paseo está acondicionado con barandillas metálicas, trepanaciones de rocas para hacer túneles y peldaños excavados, de modo que sólo se necesitan fuerzas para continuar.


Por el camino la flora y la fauna son escasos, pero el espectáculo geomorfológico merece el esfuerzo. Desde el Ruivo parten otras rutas, si aún se conservan fuerzas.


Acabamos la jornada en la ciudad de la cestería, Camacha, desde una terraza con vistas y una poncha –naranja, limón, orujo y miel- reconstituyente.

sábado, 6 de agosto de 2011

Madeira 3. De Santana a Machico.



La zona noreste de Madeira queda a trasmano de los turistas. Se asciende por Monte, por donde, gracias a su gran desnivel, descienden las carreiras de los trineos de mimbre que llevan turistas a toda velocidad, y se baja por Ribeiro Frío, lugar tan sombrío como hermoso, con las nubes chorreando. Un parque sobre el río y una factoría de truchas, distribuidas por estanques según el tamaño, en piletas escalonadas. El río y las nubes alimentadas por la humedad del Atlántico mantienen un ecosistema que asegura la pervivencia de la laurisilva.


A continuación Faial y otro miradouro, desde un pequeño rincón fortificado, con unos cuantos cañones alineados, tan pequeños que parecen de juguete. Santana es la población más grande de la zona. Son muy fotografiados sus palheiros, casas tradicionales con techo de paja. 


Todo el mundo está atareado preparando la fiesta próxima, añadiendo flores de papel amarillas y azulmarino al verde de la abundante vegetación del lugar. Cerca, el Cabo Sâo Jorge ofrece una panorámica sobre el océano brumoso. 


Al otro lado de Santana, un pequeño puerto, Porto da Cruz, bajo el pie de un peñasco, la Peña del Águila, y con una pequeña playa recoleta y recién modernizada con pequeños restaurantes frente al mar que salen al paso del visitante escaso. Es un espectáculo contemplar las arremetidas del mar desde el paseo que rodea un promontorio que se adentra en el mar. Pescadores solitarios. Desde la terraza de un bar, donde salpica la espuma de las arremetidas se contempla a lo lejos la Ponta de Sâo Lourenço, el extremo este de la isla.


A través de un túnel que horada el centro de Madeira llegamos a Machico, una pequeña bahía con un viejo fuerte reconstruido y pintado de amarillo. En su extensa playa de cantos rodados oigo por vez primera un sonido nuevo -debería existir una máquina instantánea para almacenar sonidos, más sencilla que una grabadora, al modo de la cámara de fotos-, las olas retirándose de los guijarros. Un ronco desgarro. Sobre los cantos, plataformas de madera para tenderse al sol. En el horizonte el arco iris destaca sobre el fondo brumoso.