“Ibant obscuri sola sub nocte per umbram” (“Iban
oscuros por las sombras bajo la noche solitaria”). Virgilio. La Eneida
Quizá
proceda de Nietzsche la idea de la orfandad del hombre tras proclamar que Dios
había muerto. Después de él otros presentaron la idea de forma más digerible,
remontándola a la época clásica. Gustave Flaubert en una carta a una amiga escribió:
"Justo cuando los dioses habían dejado de existir y
el Cristo todavía no había aparecido, hubo un momento único, desde Cicerón a
Marco Aurelio, en que el hombre estuvo solo".
Marguerite
Yourcenar en Memorias de Adriano la retoma para describir el periodo de
transición que vive su héroe (siglo II d.C.). El extraordinario momento en
que el hombre vivió a solas consigo, cuando los dioses habían muerto y el dios
cristiano aún no había aparecido. Fue entonces cuando vivió y escribió el
satírico Luciano de Samosata
Desde
que Nietzsche proclamara la muerte de Dios las diversas tentativas para
sustituirlo han ido fracasando una tras otra. Todas religiones menores, desde
la ilustración liberal al socialismo, pasando por la peor de todas, el
nacionalismo. Arrojado a sí mismo, el hombre ha experimentado la libertad como
un castigo, la soledad absoluta. Las nuevas religiones, también llamadas
ideologías,
«Encienden revoluciones, informan los códigos, guían los
corazones perplejos durante algún tiempo; luego pierden su energía plasmante,
se embota su capacidad de hostigar, desaparecen como fuerzas sociales». (En cita
de Ortega y Gasset de 1910, ¡en tal fecha!, cuando esas ideologías
comenzaban a extenderse por España).
La
ilustración humanista creyó que el hombre sería capaz de crear su propia moral
y asumir la responsabilidad correspondiente. A día de hoy, el panorama no puede
ser más desolador. Qué tenemos en lugar de dioses. Mira a tu alrededor, todos
los trofeos que te has ido regalando para enmascarar el gran hueco.
Vivimos
el momento de Luciano de Samosata. De la utopía del Estado liberal y su
hijastro el socialismo solo cabe hacer pullas, y burlas de sus fallidas
promesas. Un cadáver que solo sirve para hacer chistes, proclamaba
Luciano.
Luciano
vivió ese momento único del siglo II dc. En su Diálogos de los dioses,
satiriza a los dioses del Olimpo presentándolos como figuras ridículas,
corruptas o, peor aún, inexistentes, quitándoles el aura de sagrados. Ya
nadie cree seriamente en Zeus. Lo mismo sucede con nuestros diosecillos.
Sobre
lo que está por venir, la utopía tecnológica y sus señuelos - terraformar
Marte; los robots inteligentes esclavizados a nuestro servicio; la vida
regalada sin necesidad de trabajar; la computación cuántica; la longevidad
estirada - quién la querrá después de conseguirla. Una "superstición
bárbara", diría Luciano cuando se refería en La muerte de Peregrino
a los cristianos, de quienes se burla (pobres diablos, creen que son
inmortales) tratándolos de gente ingenua y fácil de engañar. En Peregrino
Proteo podríamos identificar a algunos de nuestros representantes por su
vanidad extrema disfrazada de virtud.
Qué
nos espera sino la búsqueda desesperada de algo en lo que creer (magos,
profetas falsos, charlatanes) antes que soportar la soledad absoluta a la que
se refería Yourcenar.
3 comentarios:
Y esa soledad absoluta aún puede enmascararse si se goza de una tranquilidad económica. Pero la combinación de soledad absoluta con pobreza económica no hay humano que la resista. Ahí hay una pista de la invalidez de ese postulado , la soledad absoluta atea o agnóstica, porque solo es más o menos conllevable o asumible en tiempos de bonanza. Es decir un invento de ricos , la burguesia europea invento el ateísmo, así como en Roma los patricios decadentes, donde la riqueza hacia el papel de enmascaramiento y en realidad tampoco se asumía la soledad absoluta (nadie lo hace ).
La fe es la máscara definitiva, transparente par quien la tiene
La fe en la realidad definitiva de la ciencia moderna también es fe, la fe en el ego y en su autonomía también es fe, todo son actos de fe, esto ya lo vio Nietzsche. Y el ateo recalcitrante , aún el desideologizado, no deja de ser menos feligrés que cualquier parroquiano. Se necesita mucha fe para aferrarse a una voluntad de vivir o para aguantar la cotidianidad de la jornada laboral. Pero desde el punto de vista del creyente circunspecto no es una cuestión de fe (eso es visto desde fuera ) sino de certeza , certidumbre de qué la fe en este mundo no deja de ser idolatria y fe , y en cambio el fin del horizonte del ego , certidumbre y no fe.
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