martes, 22 de septiembre de 2015

Perú. 15. La selva. Tambopata



            Lo único que sabíamos al acostarnos tarde en el 7 ventanas de Cuzco era que al día siguiente a las diez salíamos del aeropuerto en dirección a Puerto Maldonado. Estábamos cansados del viaje de vuelta desde Machu Picchu. Rosa y yo cenamos en un restaurante junto a la Plaza de Armas, regentado por una mujer con mano firme que a pesar de la hora tardía decidió servirnos, pero María solo quería acostarse. Ni siquiera una luna redonda, llenando de luz dorada los tejados del ombligo de mundo que era para los incas Qosqo, una luna que se veía desde los balcones del patio del hotel, nos detuvo para ir a dormir. Cómo nos las íbamos a arreglar para ir a la selva.


            A las seis y cuarto un clarinazo me sacó de las sábanas. Era Hilaria que me llamaba al móvil para decirme que lo tenía todo preparado. Nos daba media hora para levantarnos, desayunar y firmar los papeles del pack para Tambopata. Esta mujer es capaz de prever nuestros deseos antes de que produzcan. A tropezones nos duchamos, recogimos, desayunamos y nos presentamos en el vestíbulo donde Hilaria nos esperaba. Firmamos, pagamos y cogimos un taxi. El tráfico era denso, algunas calles estaban cortadas, hasta la propia Hilaria que nos acompañaba para facilitarnos los trámites en el aeropuerto temió que no llegábamos. Por mi mente pasó la idea de tener que coger otro bus turístico con otras ocho o nueve horas de viaje. En el aeropuerto nos despedimos efusivamente.


            Puerto Maldonado sólo es una ciudad tropical de calles anchas, casas bajas y todo tipo de taxis circulando por ellas, y muchas motos con tres o cuatro personas a bordo con pantalón corto y camisa abierta. Si nosotros estábamos preocupados por llegar tarde a la barcaza que nos esperaba en el puerto, los taxistas y los empleados de la agencia local iban a su ritmo, es decir, sin dar muestras de que nuestra agitación les preocupase. Es difícil comprender su actitud ante la vida, su desinterés por el tiempo cronológico, así que lo mejor es esperar y mirar hacia otro lado. Allí en la oficina de Tarantula Expeditions, una especie de corral con techo de Uralita y paredes de madera, y unos butacones en los que nuestros nervios no nos dejaban sentar, nos encontramos con Domingo y Esther, cordobés y catalana, que cómo nosotros no comprendían nada.

            Madre de Dios es un río ancho, teñido del ocre de la tierra que arrastra hacia su confluencia con el Madeira y luego con el Amazonas, más largo (1150 kms), él solo, que cualquiera de los ríos españoles y por supuesto más caudaloso, y navegable. Largas barcazas motorizadas salen de Puerto Maldonado para recalar en los lodges que se distribuyen a lo largo de sus riberas. Tarantula Tours es el nuestro, el que nos ha contratado Hilaria. Bungalows de madera, separados del suelo, ventanas y techos protegidos con redes y mosquiteras sobre las camas.


            Embadurnados de repelente, vamos al comedor donde nos encontramos con Domingo, Esther y una pareja de chicas francesas, Alicia y Julie, que serán nuestros compañeros de ruta. Nos ponemos a caminar. Nuestros sentidos se abren al verde de la jungla, a los senderos embarrados, deslizamos los dedos por la superficie de las hojas y las cortezas extrañas, nos sobresaltan desconocidos sonidos, estridencias metálicas que proceden de insectos diminutos, un clamor que se intensificará cuando la noche penetre en la tarde. Apenas hay espacio para el gusto, los frutos tropicales no están en sazón y la comida no va más allá de pobres variaciones con invariable acompañamiento de arroz. Tampoco mi atrofiado olfato de mucho de sí.


            Una tarántula en el techo del centro de interpretación, otra en su nido bajo un árbol, monos capuchinos entrenados para bajar de los árboles y arrebatar el plátano que tenemos en la mano, palmeras con patas, raíces aéreas, que caminan siete metros a lo largo de una vida, cabezas de caimanes asomando fuera del agua, un par de ratas gigantes, capibaras, y guacamayos al amanecer revoloteando junto a una palmera seca y desnuda para arrebatarle los minerales que necesitan para sus pesadas digestiones. También hormigas bala, cuya mordedura produce tanto dolor como el impacto de un disparo, o eso dicen. ¿Eso es todo?


            Algo más, la visita a una granja tropical donde no hay otra cosa que caña de azúcar que probar. No es la estación propicia, nos aseguran. Tirolina y canopy por la tarde en formato mini. Una tormenta nocturna en la que parece que el mundo vaya a acabarse. Pero ni rastro de anacondas ni boas constrictor. Un poco decepcionante como selva. Lo interesante comienza muchos kilómetros hacia dentro, en dirección al Amazonas. ¿Qué queda entonces de Tambopata? Una siesta en una hamaca una tarde, un atardecer en el lago Sandoval, cuando, tras una pausa, la selva se pone a gritar y ya no para hasta el amanecer, el sonido de las palas en el agua lisa, en la madrugada silenciosa, de camino hacia la cita con los guacamayos. Y hombres y mujeres, tan diferentes, tan singulares, como en cualquier sitio donde haya ventanas que se abren, lo más interesante siempre, lo más misterioso, lo más singular.


domingo, 20 de septiembre de 2015

Perú. 14. Macchu Picchu

  

            El ferrocarril que nos lleva de Ollantaytambo a Aguas Calientes, una concesión en régimen monopólico que impide otro tipo de transporte hasta Machu Picchu, es un lujo del pasado. Quiero decir que todo en el vagón huele a naftalina y que, aparte del precio, nada cumple con los estándares de hoy para el lujo, las butacas no son cómodas ni los snacks decentes, ni por supuesto la velocidad, palabra inapropiada para la desesperante lentitud del tren.


            Sin embargo, el viaje nos depara una sorpresa imprevista, la llegada del tren a Aguas Calientes, una localidad que se ha ido construyendo a los lados de la vía del tren. Ver cruzar a la gente por delante de la locomotora, ver las puertas de los hoteles, restaurantes y tiendas a dos metros de las ventanillas es un espectáculo que uno creía sólo formaba parte del atrezzo de las películas de época. No hace falta decir que no hay peligro alguno porque a la velocidad que el tren se mueve los niños podrían jugar a la comba delante sin peligro.

            Colombianos, coreanas, mexicanos, gente de mudo se agrupan con nosotros ante el gerente del hotel, a pie de vía, un hombre que se toma el ingreso como se toma la gente del trópico la vida, como si las horas durasen 180 minutos. Su meticuloso interés por los vouchers, como los peruanos llaman a cualquier tipo de recibo, está en relación indirecta a las comodidades de la habitación. Pero si se accede al Machu Picchu es a condición de tener la cartera floja y el espíritu de protesta en cuarentena.


            El Machu Picchu es un Disney World por otros medios: un conjunto de atracciones a las que se accede guardando puesto en la cola armado de paciencia, una bonita foto si se encuentra el ángulo adecuado y cierto esfuerzo por parte del turista para ir solventando el desnivel. Construida hacia 1450 y abandonada un siglo después, esta ciudad pudo ser el lugar de descanso del inca Pachacútec. Terrazas escalonadas en la ladera de la montaña, palacios, edificios religiosos y viviendas. El templo del Sol, la residencia Real, la plaza Sagrada, el templo de las Tres Ventanas y el templo Principal. Después de haber visto unos cuantos sitios incas, más que su ingenio arquitectónico, me sigue admirando la voluntad por residir junto a los cóndores y los pumas, a 2430 metros de altitud, contemplando los valles, aquí el Urubamba, desde lo más alto, su empeño en domesticar la belleza natural de los Andes, como ese Huayna Picchu que vigila el conjunto.


            Lo ideal para no perderse en un recorrido sin sentido es dejarse llevar por un guía local, con quien se ha de negociar a la entrada del parque. Vanesa nos pone un precio elevado y nosotros lo vamos rebajando. Como ella tiene una tarifa inamovible, nos pide que esperemos mientras va añadiendo a la partida a una pareja de chilenos y a otra de argentinas. Hace el tour a buen ritmo, sin demorarse en cada atracción más allá del tiempo necesario para la pose fotográfica, sin parecer que tiene prisa por terminar y comenzar otra ronda. Si se quiere apreciar lo que vale cada cosa hay que volver a repetirlo a solas por segunda vez. Y si uno está en forma no ha se perderse la subida al Huayna Picchu, aunque sea costosa, por las superlativas vistas, aunque también para demostrar que uno ha podido hacerlo.


            Respecto de la arqueología del lugar, ¿quién no está al tanto?, ¿quién no lo ha visto desde todos los ángulos posibles, en fotos, en películas, en documentales? Uno va al Machu Picchu como quien va al Prado o al Louvre, a verificar que la memoria sigue en pie, que el cuadro famoso es un objeto al que se podría tocar si nos dejasen. Yo he estado allí.


            Para mí, lo más interesante, como en todo, es lo que rodea al fenómeno: la llegada en tren, la contemplación admirada del crudo negocio, la hilera de buses que cada cinco minutos sube por una pista estrecha en la que los conductores han de calcular al milímetro para no rozar al bus del compañero que baja y que vomita a su carga junto a las taquillas, el movimiento espasmódico del gentío, los guías que acechan al cliente como busconas, los restaurantes caros pero atiborrados, el cansancio al final del sube baja que ha sido la visita, los rostros vacíos, sin gran recompensa, un cansancio que se prolonga en las terrazas de la Plaza de Aguas Calientes, chaparrón de por medio, a la espera del tren que nos devuelva a Ollantaytambo, y de ahí, mediante taxis y colectivos, otra vez las busconas, hacia Cuzco, cuando la noche ya ha caído.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Perú. 13. Valle Sagrado



            En Cuzco, la Posada del Viajero no convencía a María, tampoco a Rosa, habitaciones y baño sin ventilación, humedad, ruido. Así que Rosa se encargó de buscar otro acomodo en un nuevo hotel, Las 7 Ventanas. Tras descansar por fin aceptablemente, el taxi nos esperaba, a las 6,30, al pie del hotel.

            -Kennedy, llamadme Kennedy –nos dijo el taxista que había contratado para nosotros Hilaria. Un hombre latizo, serio, profesional, el más profesional de los muchos que nos guiaron a lo largo del viaje. En esta ocasión vamos a recorrer el extenso valle sagrado de los incas, la almendra del Perú precolombino. El paisaje, regado por el Urubamba, una gran caldera entre montañas y riscos.


            De camino hacia la primera parada, pasamos por campos donde se cultiva el cereal, un terreno ligeramente ondulado, que debió sorprender a los conquistadores porque se asemeja a algunas zonas de Castilla. Subiendo por una de las laderas del Valle se llega hasta Pisaq, un gran laboratorio en el que los incas experimentaban con los microclimas que se generan en las terrazas superpuestas en las pendientes de los cerros. El estudio del clima y la conducción del agua permitió crear infinitas variedades de papas, maíz, quinua. En uno de los cerros, de forma piramidal, está la ciudadela inca, casi intacta salvo por los perdidos techos de paja, desde la que se controlaba todo el complejo. Para llegar hasta ella hay que ascender muy lentamente porque cualquier sobreesfuerzo se paga con un sobresalto pulmonar.  Callejeando nos topamos con dos amigos valencianos que nos cuentan su ingrata experiencia en Amantani, la isla del Titicaca donde pernoctaron pero apenas durmieron por el malestar ocasionado por el mucho frío y el dolor de cabeza por el mal de altura.  En otro de los cerros, en una pared vertical, se ven los huecos donde enterraban a sus muertos y abajo, en  el fondo del valle, aparece la ciudad colonial.

            Bajando de Pisaq, atravesamos un pueblo con pequeños hornos a los lados de la carretera donde están preparando el cuy, un pequeño mamífero entre el cochinillo y el conejo al que ensartan en un palo para asarlo. Pero es demasiado pronto para degustarlo, tampoco María y Rosa son muy partidarias.


            Después de Pisaq, Chinchero, una de las ciudades más bonitas del Valle, donde la mezcla entre lo inca y lo colonial está más presente. También fue un centro agrícola, con una gran plaza ceremonial y mercantil, levantada sobre un cerro desmochado, junto a la que los españoles, sobre las ruinas de un palacio, levantaron la bonita iglesia de Nuestra Señora de Monserrat. Dentro, el cura sermonea en quechua a los files congregados. Las hechuras barrocas del interior conjugan armoniosamente con la pintura de la escuela cuzqueña. Las paredes encaladas, en el exterior, se sobreponen a los grises sillares montados sin argamasa por los incas.


           En las laderas que bajan hacia el valle el pueblo ha crecido con callejuelas andaluzas o extremeña hoy dedicadas al turismo hasta desembocar un gran mercado al que los habitantes de las montañas bajan para ofrecer sus productos artesanos, vestidos al modo quechua tradicional. Un gozo para la vista las paradas de fruta, los productos textiles, la marroquinería, la alfarería, el colorido de los trajes, la simpatía de las mujeres.


            Maras fue otro centro de agricultura experimental. Aquí los andenes son bellamente circulares, como en una plaza de toros invertida, con gradas decrecientes hacia abajo, abismándose en el pequeño albero central, cada terraza afirmada con muros de piedra por los que va cayendo el agua conducida por pequeños canales, generando gran cantidad de microclimas.


            Salinas. Aquí las terrazas son pequeños círculos blancos donde al agua salina se ha puesto a secar.


            La guinda del día y una de las cimas del viaje es Ollantaytambo, otro formidable centro inca, al final del Valle Sagrado, cerca ya del Machu Picchu. Es ya tarde y el sol se abisma tras los picos que rodean la ciudadela inca. Las terrazas se suceden en una pared casi vertical al final de la cual están los distintos centros administrativo, militar y religioso. Los españoles creyeron que era el gran centro del imperio en derrota que buscaban. No supieron ver que era un simple señuelo para que no diesen con su montaña sagrada unos pocos kilómetros más allá.

            No tenemos tiempo para visitar la ciudad colonial, a los pies de la ciudadela inca, pero tiene una pinta impresionante. Se nos escapa de las manos, de la vista, como tantas otras en el vasto Perú. El tren nos espera para acercarnos al ombligo del mundo: el Machu Picchu.


viernes, 18 de septiembre de 2015

Perú. 12. Choquequirao II



            Al día siguiente, tras proveernos de agua a un precio respetable, volvemos a subir para apreciar con más tranquilidad el complejo. Alrededor de la plaza central, los edificios administrativos y las habitaciones de la casta dirigente, un edificio con hornacinas que contuvieron las momias de los personajes importantes, los talleres y depósitos (qolqas), las viviendas de los sacerdotes y, en el cerro más alto, el centro ceremonial, con otra gran plaza, un espacio aplanado, desmochado para el culto, rodeado por un pequeño muro, con una vista de 3600 sobre los apus nevados que lo rodean y abajo el río, el sistema de canales y acueductos que conducían el agua potable desde las cumbres hasta las zonas habitadas y los andenes cultivados, un complejo con nueve sectores, con otros tantos poblados y plazas.


            No había muchos más visitantes aparte de nuestro grupo, cinco o diez personas más, nada que ver con la locura que días después sufriremos en el Machu Picchu. Encuentro un sitio especial es la zona norte, la más alta, con cinco edificios alargados, quizá almacenes, quizá viviendas a las que solo falta el techo de paja, construidos sobre terrazas, a dos niveles, un templo y una plaza. Entro en uno de ellos y me siento en uno de sus muros, con los pies colgando sobre el Apurímac, allá abajo, un acantilado de varios cientos de metros de profundidad. El grupo se ha quedado en la plaza comiendo el snack de media mañana. Saboreo la soledad, la vista sobre las cimas, pocas de ellas conservan ya la nieve, el abismo sonoro sobre el Apurímac, “el gran hablador” o “dios que habla”,  que lleva sus aguas al Ucayali y este al Amazonas y por fin al Atlántico. Los incas encontraron el modo de dominar el mundo construyendo ciudades en las cimas más altas, donde todo quedase a la vista, el apu y el precipicio, las terrazas de cultivo y los campesinos sometidos. Hemos tenido mucha suerte, este era el momento de visitarlo antes de que la carretera y el teleférico, anunciados para finales de 2015, llene de turistas, 400 por hora es la previsión, este hermosísimo lugar.


            La bajada puede ser un disfrute. Me gusta bajar, si tengo las rodillas en forma y la hernia discal no me da guerra. Me gusta correr bajando porque me cansa menos y lo hago más rápido, parando en los miradores para seguir con el espectáculo de los Andes, el vértigo del cañón. Veo sufrir a la gente que sube en este viernes transitado, como yo sufrí hace dos días. Un grupo de argentinos, otro de brasileños con rostros desencajados, incrédulos cuando se les dice que todavía les queda tanto, una, dos, tres horas. Un grupo de colegiales desparramados con cara de intenso sufrimiento, que vienen a celebrar el fin de curso. Un mexicano con camisa blanca y botas de caña alta, color carmelo, montado a caballo, acompañado por un guía, bien amarrado a las riendas, los cascos rechinando contra los escalones de piedra. Así durante el primer tramo, hasta Santa Rosa, donde Celso tiene preparado el almuerzo del día, ya se sabe, arroz con trozos de carne y jugo indefinido. Media docena de hombres, guías y campesinos, se arremolinan alrededor de una jarra de chicha morada, la bebida de maíz propia de los Andes. Zugar nos señala un trapo rosa al final de una vara, aquí hay chicha preparada. Lo veremos durante todo el viaje. Luego, por la tarde, otra vez a bajar, hasta la playa Rosalina, en la orilla misma del Apurímac, donde las tiendas debían estar listas, pero aún no lo están cuando yo llego, Celso y Ángel están cansados, dicen, otra vez con el sol caído tras las imponentes montañas. Una osadía ducharse con agua fría, a oscuras, los mosquitos zumbando. Una sola llave abre y cierra todas las duchas, o todos se duchan o nadie se ducha.


            Tras el desayuno del último día, llega uno de los peores momentos, acertar con el dinero que hay que repartir con aquellos que lo esperaban. María y yo discutimos al respecto. No creo que acertáramos, yo no quedé satisfecho. No me gustan las propinas, no sé si el que las recibe se siente humillado, yo cuando las doy paso un mal trago. Nos despedimos, con el dinero en el apretón de manos. Abrazamos a Sunny y Gloria, los malayos, a Rolando, a Ángel y a Celso. María, Zugar y yo iniciamos la última zigzagueante subida, la interminable pared en la que se dibuja una herida que parece trazada por la espada del zorro. Chikiska, Cocamasana, Capuliyoz, Cachora. A unos ingleses que se preparan para iniciar la ruta les señalamos la v que a lo lejos, en las cimas, indica el lugar exacto de Choquequirao. Good luck.


            La vuelta a Cuzco es una especie de carrera enloquecida. El joven taxista parece tener prisa por llegar a una fiesta, pero el coche se le resiste. Acelera por la carretera de polvo y piedras, pero tiene que parar varias veces porque algo suena mal y no ve qué pueda ser. Una rama atascada entre las ruedas. Adelanta sin miedo, sobrepasa todas las advertencias de velocidad. María y yo cansados, no prestamos atención a sus locuras.

martes, 15 de septiembre de 2015

Perú. 11. El trekking a Choquequirao I


         
             "Un buen viajero no tiene planes fijos ni tiene la intención de llegar." Lao Tze.
             Hasta Playa Rosalina, salvo algún pequeño repecho, todo es bajada, una bajada en zigzag para salvar el fuerte desnivel, con tramos de senda polvorienta y serpenteante y otros con escalones de piedra. El paisaje, en el que poco a poco va apareciendo el río Apurímac en el fondo de un profundo cañón, con vistas a colosos como el Padreyoc, Incawasi y Rumiwasi, es tan absorbente que no reparamos en lo que tenemos delante de los ojos pero que sí veremos a la vuelta en la lenta y dura subida, el mirador de Capuliyoc y los campamentos de Cocamasana, Chisquisca. Comemos, tras embadurnarnos de repelente -estamos en la Selva Alta o Ceja de Selva como dicen por aquí y la piel blanca tiene un especial atractivo para los bichos con aguijones o con pequeñas pero poderosas mandíbulas-, en la llamada playa Rosalina, junto al río, sin tiempo para hacer la digestión, lo que traerá ingratas consecuencias.


            La idea es dormir en Santa Rosa, un campamento a medio camino de la dura subida que nos espera al día siguiente, en la ladera que se empina al otro lado del Apurímac. Hemos bajado de 2850 metros a 1930 y la subida es exactamente la inversa, 3085 a la cima de Choquequirao. Unos 30 kilómetros de subebaja en dos días. Aunque vamos parando cada pocos minutos, los malayos se van quedando atrás. María, Zugar y yo nos adelantamos, pero pronto mi sistema digestivo se rebela. El estómago se me viene a la boca junto a un sudor frío. Despatarrado intento calmarme y respirar pausadamente. La noche cae y nos damos cuenta de que no llevamos linternas, Hilaria no nos advirtió.


            Cuando llegamos al campamento todo está a oscuras. Desembalamos la mochila y la bolsa que rescatamos de los mulos a tientas. La ducha con agua más helada que fría también está a oscuras. Celso nos ha preparado una cena con arroz blanco y trocitos de carne (¿alpaca?) con verdura, lo mismo que tomaban los escolares de la mañana, acompañado de un jugo de color alimonado. Una vela encajada en la boca de una botella ilumina la tienda comedor. Iniciamos un diálogo sobre viajes y senderismo con los malayos, aunque machacados como estamos nos vamos a dormir a la hora de las gallinas. Sunny enterado de nuestro drama eléctrico nos presta una linterna. María y yo compartimos tienda.


            Al día siguiente, parecía que lo más duro de la subida estaba hecho, pero no. Otra vez los escalones de piedra, los tramos con diez cms de polvo acumulado, el zigzag mareante y la lejana cumbre que no se acerca. Los mulos de Ángel con su carga nos adelantan, Ángel con sus sandalias de campesino, los pies desnudos, hechas a la dureza de los Andes. Luego Celso, solo, canturreando. Marampata primero y luego Raqaypata, ya en el interior del parque arqueológico, eran los hitos que teníamos que superar. Una tortura. Pero conseguimos llegar a buena hora hasta el último campamento, en teoría inhabilitado, para comer, echar una siesta y hacer la primera visita. 


            No es tan impresionante Choquequirao -cuna de oro en quechua- como Machu Picchu, los edificios y las plazas no están agrupados sino que abarcan una amplísima área en las estribaciones del nevado Salcantay. Unas 1800 hectáreas de las que solo el 30 % están excavadas. Choquequirao fue quizá el último bastión de los incas cuando Cuzco fue conquistado por los españoles. Aquí se refugió Manco Inca. Los exploradores españoles lo conocieron, aunque cayó en el olvido hasta que tan tarde como en 1986 se estableció un plan de restauración. Hace pocos días dos exploradores españoles han dado a conocer otra ciudadela inca, en Vilcabamba, más recóndita, de peor difícil acceso.



            Lo primero que se aprecia, ya en la subida, son las enormes terrazas  o andenes de cultivo, más amplias y en mejor estado que las de Machu Picchu. El objetivo de la tarde es ver el sector VIII, el de los “Llamas del sol”, una serie de figuras blancas, las de los camélidos, incrustadas en los muros de los andenes, a los que se llega tras un prolongado y vertiginoso descenso, desaconsejable por tanto para quienes padezcan vértigo. 80 terrazas casi verticales, atravesadas por canales de agua que fluyen desde la plaza principal. Cuando la restauración está completada el agua bajará como en la época de los incas.


            La vista sobre el cañón del río Apurímac y la cordillera, como desde cualquier lugar de Choquequirao, es impresionante. En el sunset como dicen los peruanos, alcanzamos a ver a un cóndor con las alas desplegadas, inmóvil sobre la térmica que lo sostiene. También algunos halcones. A la vuelta, en la subida, una serpiente negra se me cruza en el camino buscando refugio entre las piedras. Solo me falta el puma para completar la trilogía simbólica de los incas, cóndor, serpiente y puma, pero no tendré esa suerte. La subida primero y la bajada hasta el campamento, otra vez a oscuras, es otra tortura. Al llegar, un escopetazo nos alerta. Los guías nos dicen que es para espantar al puma que merodea. Hace unos meses atacó a una mula en el campamento y en otra ocasión, también reciente, cuenta Rolando, atrapó a un perro que cerraba su grupo.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Perú. 10. Preparando el trekking con Hilaria

         

             Llegamos a uno de los momentazos del viaje, el trekking a Choquequirao, el Machu Picchu escondido, aún no hollado por los turistas. En los días pasados hemos ido sabiendo de su dureza, tanta que Rosa ha decidido, sorda a las súplicas, no hacerlo. Eso supone que si solo quedamos dos el coste será mayor. Por suerte otra agencia va a acoplar a dos personas más al grupo. Nuestra agencia en Cuzco es Aita, Perú. Hilaria es amable hasta el exceso, simpática, sonriente, un poco rellenita, quizá como consecuencia de su reciente parto, y un punto sensual. Lleva la agencia con soltura y un don en el trato que facilita la buena marcha de su agencia. Su marido, con sonrisa zalamera, merodea como un empleado más. En la despedida habrá abrazos y besos, y bien que nos los habremos ganado después del buen negocio que hizo con nosotros. Con ella contratamos, además del trekking a Choquequirao, la ruta por el Valle Sagrado, la vuelta en taxi a Cuzco desde Machu Picchu y, por fin, en el último suspiro, la misma mañana en que partíamos hacia la selva, el pack de Tambopata. Una pasta.


             Hilaria nos presenta a Celso, el cocinero tímido que alarga una mano ancha y húmeda, un Celso muy distinto del bien humorado y algo cínico que conoceremos en ruta hacia Choquequirao. Hacemos las cuentas en dólares y en soles. Yo prefiero acudir al cajero y sacar dólares porque Hilaria ha jugado con el cambio a su favor. El cajero de la Plaza de Armas me rechaza la tarjeta que he utilizado todos los días. Pruebo otro banco y sucede lo mismo. Es muy tarde y la agencia está a punto de cerrar. Recuerdo que tengo otra de otro banco que nunca uso.

            A la vuelta, al otro lado de la mesa, con piel cetrina, ojos somnolientos y una camiseta que no se cambiará a los largo de los días, me espera el guía, que me comenta con desgana la ruta que habremos de seguir. Yo solo veo un pequeño mapa y la línea roja que Rolando, así se llama, va trazando sobre el papel. Los nombres solo adquieren significado cuando acumulan la ganga que les añade el tiempo y la circunstancia. Estoy sólo frente a él, María ha preferido visitar un imprescindible mercadillo, otro más, en el que espera encontrar gangas irrechazables. Rosa, desenganchada, a lo suyo. Rolando me avisa que los otros dos integrantes del grupo del trekking son dos jóvenes americanos en forma. En fin, información prescindible, aunque pronto comprendo que la finalidad del briefing, así lo ha denominado Hilaria, con lo fácil que sería decir breve charla informativa, es ponerme al tanto de los extras. Es costumbre, me dice, dar un extra a los trabajadores del grupo. Me detalla las cantidades, que no son pequeñas, en orden decreciente para cocinero, mulero y segundo guía. Aunque nada dice de sí mismo, se da por supuesto que el recibirá la cantidad mayor. Cuando se despide y se va, le expongo mi perplejidad a Hilaria. El paquete del trekking no es nada barato, aunque el coste ha bajado algo con la suma de los dos americanos. Hilaria y su marido estallan en risas que simulan carcajadas. El guía estaba bromeando, cosa que a mí no me ha parecido en ningún momento, cada uno recibe su paga y las propinas sobran, al menos no en las cantidades que Rolando ha fijado. Ya sé pues a qué atenerme, todos esperan que al final del viaje aflojemos una vez más el bolsillo. Todos los guías, en todas las excursiones, largas o breves, desde el humilde tour por la ciudad hasta el que dura varios días, hacen algún comentario al respecto, aunque casi siempre no nos demos por enterados.


            A las seis de la mañana, un cuatro por cuatro nos espera a la puerta de la Posada del Viajero. Así conocemos a Sugar, el guía acompañante. Luego nos aclarará, ante las bromas, que es Zugar, con zeta. Zugar se mostrará atento y discreto durante todo el viaje. Si alguien merece el extra será sin duda él. Si hay dos guías, nos explican, es porque la otra pareja que pronto conoceremos hace el trekking en cinco días en vez de en cuatro. Zugar nos acompañará a María y a mí de regreso. Nos advierten que el precio que han pagado nuestros compañeros es muy diferente del nuestro y que por favor no lo cometemos. Pronto se desvela la intriga: ni son jóvenes, ni norteamericanos. Son Sunny y Gloria, dos malayos de edad mediana que hablan un inglés difícil y que son consumados senderistas. Han hecho trekking por medio mundo, en muy diferentes épocas del año, lo que parece indicar que tienen una profesión liberal y que les sobra el dinero.


            El viaje en el cuatro por cuatro hasta Cachora, primero por una carretera de asfalto llevadero, después por una pista pedregosa y polvorienta, dura tres horas y media, con parada en Curahuasi para desayunar. En un restaurante abierto al viento fresco de la mañana tomamos un desayuno americano con huevos revueltos y ese café negro negro servido en una jarrilla que aún diluyéndolo en agua la leche no blanquea. Las demás mesas se llenan pronto por un tropel de adolescentes educados, guiados por un maestro serio. Su almuerzo mañanero es contundente, un plato con una taza de arroz blanco y un puñado de tiras de carne color canela acompañada de verdura y fruta pasadas por la sartén. Compramos plátanos y barritas de maíz. Ángel, el mulero, aunque ellos prefieren decirle arriero, nos espera en Cachora. La intendencia, tiendas, cacharros de cocina, alimentos, pasan del cuatro por cuatro a las mulas. Nos ponemos en marcha hacia la experiencia más intensa y memorable del viaje.


domingo, 13 de septiembre de 2015

Perú. 09. Cuzco


       
             Desde el Altiplano, por la vertiente oriental de los Andes, se baja siguiendo el curso del Vilcanota, atravesando algunas ciudades que fuimos visitado como Raqchi o Andahuaylillas, precipitando su curso cuando llega al gran valle donde toma el nombre de Urubamba. Con ese nombre pasará por Aguas Calientes, bajo el parque del Machupicchu, atravesará la cordillera de Vilcabamba y llegará por fin a la selva amazónica donde pierde de nuevo el nombre para tomar el de Ucayali, parte ya de la corriente principal del Amazonas. El Urubamba fue abriendo un gran valle, que los incas denominaron Valle Sagrado, donde situaron el centro de su imperio y su capital, Cuzco. Aunque no es el propio Urubamba quien riega la ciudad sino un modesto afluente, el Huatanay. Cuando se sigue el curso del río llegando a la ciudad, junto a la carretera, se pueden ver las monumentales puertas que los incas construyeron.


            Cuzco podría pasar por una ciudad española del sur, de Extremadura o Andalucía, aunque los peruanos, por su riqueza monumental, prefieren llamarla la nueva Roma. La plaza de Armas es tan grande como bella, ceñida por una gran catedral y unas cuantas iglesias, entre ellas la de la Compañía de Jesús, abierta a calles llenas de agencias turísticas y boutiques, que llevan a otras plazas y barrios, algunos tan castizos como el de San Francisco o el de San Blas. Una ciudad viva tomada casi cada hora por manifestaciones de protesta o desfiles festivos.


            La catedral es tan grande o más que la de Sevilla, pues la autoridad religiosa no se conformó con las tres naves convencionales, sino que quiso añadirle una gran iglesia previamente construida, la Iglesia del Triunfo, que fue en realidad la primera catedral de Cuzco, que había sido levantada sobre el inca palacio Viracocha. La catedral creció sobre un anterior santuario del cóndor y con bloques de granito rojo que se traían desde el cercano complejo de Sacsayhuaman. La riqueza colonial se exhibe en sus numerosos altares, retablos, santería, orfebrería y pintura platerescos y barrocos. La imagen más venerada por los cusqueños es la del Señor de los Temblores, un Cristo negro que según una leyenda les salvó de perecer en uno de los más fuertes terremotos. 


            Tras cada observación, tras cada mirada, debíamos asentir, admirar, quizá hasta aplaudir. El guía, un hombre atildado, de tez blanca, cuyo nombre no recuerdo, aunque sí que no cuadraba con su aspecto y ademán, de esos que en América dependen del azar del calendario, nos explicaba las maravillas del Coricancha (“templo dorado”), el mayor de los templos incas dedicados al sol (Inti), con los muros en su tiempo cubiertos de láminas de oro, sobre cuyos despojos los dominicos habían levantado un lujoso convento renacentista, con un gran claustro, bellas pinturas del barroco cusqueño y un lujo propio de conquistadores. El guía, que no debía estar contento con el trato económico al que habíamos llegado, miraba a un lado y a otro para ver si conseguía nuevos clientes, y así fue como nos juntamos con una pareja de jóvenes brasileños, mientras iba explicando los detalles del labrado de las piedras, la maravilla de los catorce ángulos que exhibía una de ellas, los salientes de algunos sillares, cuyo significado variaba con cada uno de los guías, pero a mí la vista me resbalaba por los grandes sillares grises y se me iba hacia el claustro y hacia las pinturas de sus paredes. En todo caso, la superposición no de dos estilos sino de dos civilizaciones diferentes, la inca y la cristiana, una en los fundamentos del edificio, otra por encima y en la decoración, era tan extraño, tan difícil de ensamblar que no producía efecto alguno, no se veía sorpresa, pasmo o incomprensión en las masas de turistas que seguían a su guía, sólo el asentimiento del rebaño ante el buen pastor.


            Un resumen de la historia de esta tierra lo podemos encontrar en el Museo del Inka, situado en una casona colonial, más didáctico que valioso, más interesantes las maquetas de los grandes centros incaicos que las colecciones de piezas arqueológicas, cerámicas, textiles, de orfebrería, objetos utilizados en ritos ceremoniales o momias.



            La monumentalidad inca en la ciudad y alrededores es inabarcable si uno no dispone de todo el tiempo del mundo, así que a pesar de pasar cuatro noches en la ciudad, una con su día atormentado por el mal que provoca la venganza de Atahualpa, la mayor parte de las cosas interesantes quedaron para otra ocasión, entre ellas lo que toda gran ciudad exige, que se le pasee con morosa atención, cosa que no hicimos pues andábamos precipitados por tanta cosa como queríamos ver.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Perú. 08. De Puno a Cuzco

             
            Temprano salimos de Puno en otro bus turístico con la promesa de visitar importantes centros arqueológicos por el camino, las ruinas y el museo de Pucará, el templo de Virakocha, en Raqchi, así como una de las más extraordinarias iglesias barrocas, la de Andahuaylillas. A medio camino llegaremos a otro de los puntos altos del viaje, la Raya a 4.400 metros de altura.


            Ascendiendo sobre una empinada ladera, contemplamos desde lo alto la ciudad y el lago que dejamos atrás. Como en todas las ciudades, los barrios de la periferia son un conglomerado de casas a medio construir, sin embargo, no deja de sorprenderme la vitalidad que encuentro en cada pequeño rincón de este país. Miles de personas dedicadas a buscarse la vida con pequeñísimas empresas. Motos, sidecares, coches pequeños y grandes dedicados al negocio del taxi o del transporte; pequeñas tiendecillas en cualquier rincón de la carretera; paradas minúsculas en las calles, en las esquinas, en la carretera, dedicadas a dar de comer a sus clientes y por supuesto innumerables agencias, guías cualificados y sin cualificar dedicados a atender al turismo. Perú está en ebullición. El guía de este viaje, cuyo nombre he olvidado, es un hombre joven y comedido, profesional, frente a lo que se gasta por estos pagos.


            Pucará es una de las culturas anteriores a los incas, cercana al lago Titicaca. Aprendieron a cultivar en los terrenos inundables del lago Titicaca, a establecer cultivos en niveles separados por la altura y a domesticar la alpaca para tejer con su lana. Junto a la ciudad de Pucará (fortaleza) está el complejo arqueológico de Kalasaya, del 200 ac, con un centro ceremonial, administrativo y religioso, una plaza, una necrópolis subterránea y un templo que los jesuitas transformaron en iglesia antes de construir la catedral de la ciudad, para la que se llevaron las piedras del complejo. La cultura Pucará construía pirámides truncadas escalonadas a modo de terrazas. En el museo guardan una valiosa chacana, la cruz que luego tomaron como suya los incas, una representación de la Cruz del Sur.


            En La Raya con hermosas vistas sobre el nevado del Chimboya, en la cordillera central de los Andes, que separa los departamentos de Puno y Cuzco, en un mercadillo, compro unos bonitos jerseys de alpaca para mis dos recientes nietecillos.


             En Raqchi, antes de enfrentarnos al monumental conjunto arqueológico inca, almorzamos a base de bufé, acompañado, en lugar de la habitual cerveza, por infusión de maña, un descubrimiento para mis problemas digestivos. Nos sorprenden las grandes paredes de adobe, que fueron altos muros, de entre 18 y 20 metros, del templo de Viracocha, las columnas que soportaban la techumbre, las dimensiones. Más allá del templo, en buen estado de conservación se ven almacenes o colcas de planta circular, donde se guardaba maíz, quinua, papa, chuño, pescado seco o carne seca de alpaca, edificios administrativos, casas de la nobleza. Por este lugar pasaba el Camino Inca que unía Pasco, en Colombia, con Tucumánn en Argentina, pasando por las poblaciones más importantes del Perú y la Bolivia incaicos.


            Pero lo más sorprendente del viaje lo vamos a encontrar en el interior de la iglesia jesuítica de San Pedro de Andahuaylillas. No en vano le conceden el título de Capilla Sixtina andina. Fue construida a comienzos del XVII y todo en ella llama la atención, el artesonado de madera de influencia mudéjar, las pinturas de las paredes, algunas frescos de estilo naif y otras del más puro barroco enmarcadas en molduras de madera de cedro y pan de oro, dos órganos pintados, los más antiguos de América, el arco triunfal que separa el altar de la nave principal. La ruta del barroco andino se continúa en Canincunca, Huaro y Cusco.



            Viendo los destellos de este joyero que es Andahuaylillas, la labor de los artesanos y artistas que trabajaron en esta maravilla, cabe preguntarse sobre qué es arte y qué no lo es. Admiramos la hercúlea obra de los incas arrastrando enormes bloques de piedra a kilómetros de distancia, salvando pendientes imposibles para llevarlos a lo más alto de los colosos andinos, el trabajo de sus canteros puliéndolas, sus edificios, sus terrazas, que se repiten en diferentes complejos con pocas variaciones, y luego vemos esta obra tan diferente, donde hay tradición y novedad, aprendizaje y creación.


            Llegamos a la estación de Cusco, cogemos un taxi para que nos lleve al centro.  Deberíamos atravesar la Plaza de Armas para llegar al barrio de Santa Catalina, pero una procesión nos lo impide. Con las mochilas a cuestas y maletas rodando llegamos hasta la Posada del Viajero.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Perú. 07. Lago Titicaca. Islas flotantes de los uros.

       

            Una de las cosas más llamativas del viaje fue conocer las islas flotantes de los uros en el lago Titicaca. La vida de este pueblo, una variante de los aymara, transcurre en el lago, en la bahía de Puno. Construyen sus islas con juncos, la totora, sobre las propias plantaciones, en el lecho del lago, acumulando la paja de esta planta acuática. Del mismo material están hechas sus cabañas o sus hermosas barcas. No acaba ahí el uso de la totora: la utilizan como combustible para sus cocinas, como materia base de su artesanía y como alimento, la sustancia blanca de la raíz de la planta, como emplasto e incluso como infusión. Al descender a una de estas mullidas islas habitada por una decena de personas, la presidenta de la comunidad nos reúne en círculo y nos explica su forma de vida. Nos vigilan de cerca un par de pájaros bobos, una especie de pájaros carpinteros, que no se mueven de su rincón.


            La segunda parada en el Titicaca es en la isla de Taquile, donde una familia quechua nos muestra sus habilidades en el tejido a mano y en el baile. La UNESCO proclamó su artesanía como patrimonio oral e inmaterial de la Humanidad. Su forma de vida se basa en el código moral Inca: "Ama sua, ama llulla, ama quella" (no robarás, no mentirás, no serás perezoso). Después nos dan de comer una comida bastante frugal, sopa y trucha. Lo hacemos con un grupo de argentinos. Tras hablar del inevitable Messi, la conversación gira sobre dónde se habla mejor el español. Tuercen algo el gesto cuando les digo que, según mi opinión, es en Colombia y en el Caribe donde el español es más creativo y con una dicción más clara. En la plaza elevada de Taquile charlo con Ángela, una italiana radicada en Dublín, que está dando la vuelta al mundo. En enero cumplirá un año de su periplo que concluirá en Buenos Aires, tras haber partido de Australia.


            Dejamos a unos valientes en la isla de Amantaní donde piensan pasar la noche con los nativos en unas condiciones bastante duras. La isla está a 4.150 metros. Les espera una noche fría y de difícil adaptación a la altura, pues tendrán que superar un desnivel de 320 metros sobre el lago. Ya es tarde cuando regresamos a Puno. María ve frustrado se deseo de visitar el complejo arqueológico de Sillustani. A cambio visitamos la enorme catedral neoclásica de Puno y el museo Carlos Dreyer, pequeño pero con interesantes muestras arqueológicas de distintas culturas preincaicas como Moche, Nazca, Chimu, Chancay, Tiahuanaco o Pukará y de otros pueblos de la región, asentados cerca al lago Titicaca. Una sala nos llama especialmente la atención, la dedicada al "Tesoro de Sillustani".


            Al amanecer, el desayuno en la terraza del hotel nos depara una gran sorpresa, la magnífica vista sobre la ciudad y el lago. El hostal Helena Inn es uno de los más cómodos y a buen precio que encontraremos a lo largo del viaje. El desayuno magnífico. Para volver.