Nací en un país que comenzaba con dudas a tener fe en sí mismo. Ya no había apagones eléctricos. El agua iba entrando en todas las casas: las fuentes de las plazas eran para refrescarse, incluso el agua potable llegaba a los pueblos. Todos los niños se escolarizaban, los maestros eran respetados. Don Santiago, mi maestro, tras la jornada escolar dedicaba horas extras a algunos alumnos sin nada a cambio. Las madres encinta alumbraban a sus hijos en hospitales. Yo fui el último de mi familia en nacer en casa. Se acortaron las distancias gracias a las nuevas vías de tren y autovías. La gente verificó que el Estado, si no estaba a su servicio, le facilitaba las cosas, ya no le atemorizaba como cuando de un policía lo primero que uno veía era la porra y de un cura con sotana la mano sebosa ante la boca para rendirle obediencia.
Mucho más que eso. El Estado construyó vías de alta velocidad, grandes hospitales y centros de cultura. Cada ciudad quería su estación del AVE y su pabellón multiusos. Teníamos tanta fe en nosotros, en nuestro Estado, que organizamos grandes eventos internacionales (olimpiadas, ferias, conferencias de paz). Éramos europeos, abrazábamos la modernidad.
Qué ha pasado para que de golpe uno tenga la impresión de que todo se ha venido abajo.
Después de 2008, miles de personas perdieron su empleo. Durante la pandemia el Estado nos encerró en casa y nos hizo salir a los balcones para aplaudir las restricciones. Un día el país entero se quedó sin electricidad como en los inicios del franquismo. El Estado se comportó como un ogro irresponsable en la tragedia de la valla de Melilla: nadie se responsabilizó de los 37 muertos y setenta desaparecidos; tampoco nadie salió a la calle para pedir responsabilidades por la entrega del Sáhara, antigua colonia de España, a Marruecos. Algo parecido sucedió con la Dana de Valencia y la catástrofe de Ademuz. El Estado ya no atendía a los usos democráticos, como en el franquismo el Parlamento ya no era el instrumento para debatir y aprobar leyes sino solo una camarada de eco.
Se invirtieron enormes cantidades de dinero en energía eólica y solar sin medir su eficiencia, también en muchos otros proyectos fallidos. Los trenes dejaron de ir a su hora, las urgencias de los hospitales colapsaban, las listas se hacían interminables, la educación no valía nada.
La dejación de funciones en Ceuta ha colmado el vaso: el Estado no ha defendido la frontera, se ha mostrado incapaz ante la tragedia humanitaria: abandona a los vecinos, no ofrece solución a los niños abandonados por sus padres, no protege a mujeres y niñas de los asaltos sexuales, no exige responsabilidad a Marruecos por el abandono de sus ciudadanos: difícil de calcular el número de muertos y desaparecidos porque el país africano no reconoce cifras.
La fe en el Estado desaparece para dejar la impresión de que ya no está a nuestro servicio. Vuelve el viejo temor de que los partidos - sostenidos por creencias irracionales - son agencias de colocación y las instituciones el medio de promoción personal cuando no de enriquecimiento corrupto de sus élites. ¿Cuando nuestros políticos dejaron de ser patriotas, es decir, apóstoles del bien común?
" Por muchas experiencias sabemos que no es menester, ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saben leer y gobiernan como gerifaltes" (Don Quijote).





