Estamos en el creciente fértil, la llanura mesopotámica. A simple vista no se ven diferencias. A nuestro pso, no hemos visto campos de algodón, pero los hay. Sí las largas superficies dedicadas al pistacho, también plantaciones de tabaco. Todo viaje tiene un día tonto donde las expectativas no se cumplen porque el programa es de relleno. Puede que haya sido así, aunque, en mi caso, el elemento clave ha sido la descomposición después de que en la comida de ayer comiese una salsa blanca en un cuenco.
La primera parada es Harran, que el Génesis menciona como lugar de paso de Abraham/ Ibrahim y una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo. Unos cuantos autobuses nos han precedido, cuando llegamos al parking, atraídos por las llamadas "casas colmena": paredes de adobe y techo cónico, construcciones de barro, ahora con un único uso turístico.
Uno sabe que el barro es uno de los mejores materiales para guardar el fresco en verano y el calor en invierno. Por dentro son bonitas con muebles básicos, alfombras y todo tipo de ajuar. No es la primera vez que vemos habitaciones de este tipo, incluso en España, en Guadix. Harran es un pueblo lleno de animales domésticos, desde camellos a cabras o pavos.
La mezquita contigua se supone que es la más antigua de Anatolia, del siglo VIII, construida por el último califa omeya, Marwan II. Lo que se ve está reconstruido en buena parte, salvo el singular minarete alto y prismático.
Un hecho histórico llamativo que sucedió en este lugar: Marco Licinio Craso, integrante del Primer Triunvirato junto a Julio César y Pompeyo, murió en junio del año 53 ac., al sufrir una emboscada en las cercanía de Carras, la actual Harran ('craso error', el acudir a negociar), tras sufrir una catastrófica derrota frente al Imperio parto. Craso era el hombre más rico de Roma, por ello, es fácil entender que alguien se inventase la leyenda, sabiendo de su avaricia, de que los partos le vertieron oro fundido en la garganta. Plutarco sí que afirma que su cabeza y mano derecha fueron enviadas a Armenia como trofeo para el rey Orodes II, quien la exhibió durante la representación de una obra teatral de Eurípides (Las Bacantes).
La segunda parada es en Halfeti. Nos encontramos con el Éufrates, a unos 1900 km de su desembocadura, después de dejar 1000 km atrás su nacimiento. No es un paraje de excepcional belleza si uno piensa en lo que los ríos mesopotámicos han supuesto para la historia, lo que de ellos imaginamos, claro que quien esto escribe es un hombre que no se encuentra en sus mejores condiciones físicas y anímicas para apreciar el paisaje.
Un barco turístico nos lleva a un pueblo semisumergido. Las casas que han sobrevivido tienen la forma propia de esta zona, casas cúbicas con terraza. Un minarete sobresale por encima de todas. Algunos han comido en los restaurantes flotantes sobre el Éufrates, en Halfeti, yo me he conformado con una manzana.
La última parada, nuestro destino es Gaziantep. La guía dice que es la capital gastronómica de Turquía pero no lo hemos podido verificar. Hemos llegado muy tarde. Estamos cansados y apena hemos dado un paseo por el bazar, donde lo que destaca son los productos de cuero y los cacharros de cobre.
¿Qué hemos sabido de Gaziantep? Decir que tiene una gran y antigua mezquita en no decir nada, todas las ciudades turcas la tienen. También hemos visto una maciza fortaleza, pero sin iluminar. He llegado al hotel muy cansado, tampoco he cenado.



















































