martes, 3 de febrero de 2026

Estado del malestar

 



Si uno únicamente atiende a lo que le dan las radios, las teles, las redes sociales, la prensa - si alguien todavía la sigue -, su visión de las cosas estará muy distorsionada. ¿Qué sucede en la vida privada? ¿Cómo viven las personas que trabajan, las familias con hijos, las parejas, los solos? No me refiero únicamente a la vida económica, de la cual todo el mundo puede tener una idea: comprar o alquilar un piso, la cesta de la compra. Me refiero a la vida de las emociones: construir una vida en pareja, tener hijos y educarlos, separarse, vivir con el adolescente, atender a quien está perdiendo la cabeza. De eso no suelen hablar los medios sino parcialmente. Las sociedades avejentadas como la nuestra ven esos problemas desde lejos. Hay un enmascaramiento, no sé si voluntario, de la vida real, para que en el tiempo libre la gente se fije en cosas abstractas convertidas en memes que entretienen a modo de ansiolíticos, pongamos Rusia contra Ucrania, el Agente Naranja, Sánchez el Narciso, los destrozos del clima o el último partido de la Champions.

 

La vida real está llena de parejas que se acaban de separar, algunas con hijos y las más sin ellos; de gente vulnerable que ha de alquilar un piso a un precio que quizá no pueda pagar, un piso sin calefacción con bombona de butano, un trabajo miserable con un sueldo miserable; con su contraparte, el que se queda con la casa familiar y los niños. Una sociedad escindida a poco que uno meta la nariz donde quizá no le llamen: quienes comen de restaurante cada día y quienes han de prescindir de calefacción para llenar la cesta de la compra. Quienes someten a los niños a un trasiego semanal, esta semana conmigo, la siguiente contigo, y quienes acaban de adoptar un perro y ponen vídeos en YouTube para adaptarse mutuamente. 

 

El enmascaramiento borra esos problemas del primer plano. A quien los padece en la vida real, el médico o el psicólogo le envía a la farmacia. ¿Cuándo decimos ‘el mundo está mal’, que es una frase que se repite, a qué nos referimos, a la debilidad de Europa, al hundimiento de la socialdemocracia y del Estado del bienestar, a la disputa por la hegemonía entre las potencias mundiales o al estado de malestar de los individuos?

 

De nada nos sirven los grandes diagnósticos sobre la realidad, porque están hechos por y al servicio de la élite. Y las élites yerran en sus análisis porque se han habituado a la ceguera, la realidad que ven y predican es la que conviene a su posición, mantenerse en el poder, ayudar a los suyos.

 


lunes, 2 de febrero de 2026

Escritura y lectura




Dos cosas sobre lectura y escritura. La primera sobre cómo un libro no está completo hasta que encuentra un buen lector. Es más, un buen lector amplia el significado de un libro más allá de lo que el escritor concibió. Pensemos en los clásicos, renovados generación tras generación gracias a los nuevos buenos lectores. Esto escribe Richard Flanagan:

 

 De las muchas ilusiones necesarias que permiten escribir a un escritor, dos son primordiales: una es la vanidad de creerse capaz de escribir un buen libro, y la otra, la presunción de que un buen libro caerá en manos de buenos lectores, de personas con intuición para reconocer lo que tiene de bueno. Pero, naturalmente, los buenos lectores son tan raros como los buenos escritores, puede que incluso más, y la mayoría de los libros encuentra, por consiguiente, solo lectores mediocres. Los escritores despotrican y alegan que se los malinterpreta, y los mediocres medran gracias a que son malinterpretados; algunos incluso acaban, así, por accidente, en el panteón de la grandeza, y la arcilla de mala calidad con la que han modelado su obra se reviste, para la eternidad, de la afortunada pátina de las lecturas inteligentes.

 

La segunda, sobre el potencial del libro electrónico.

 

Pero las palabras existen para entender el mundo y si el mundo las esquiva a diario, mañana siempre estarán condenadas interpretar de nuevo su danza enloquecida: las palabras anclan, el mundo echa a volar; las palabras dicen que algo es así, el mundo dice que no lo es. Y así, ejecutan un tango eterno, las palabras y el mundo, mientras los escritores son solo los zapatos de baile que se deslizan entre el bailarín y la pista.

 

Esto que dice Richard Flanagan vale también para el original y la traducción.

 

No entiendo cómo todavía los editores no editan los ebook con los dos textos, el original y la traducción, uno debajo del otro, de modo que, simplemente subrayando un párrafo, como cuando se guarda una nota, aparezca debajo el original. Una simple decisión técnica. Los ebooks no están desarrollando todo su potencial. No es solo tener debajo una capa con el texto original, también la posibilidad de ofrecer otras traducciones, al menos una generada por IA. Por supuesto, también referencias cruzadas, músicas e imágenes. Imagino un ebook futuro con todo aquello de lo que se valió el autor para crear su obra y aquello otro a lo que ha dado lugar, por ejemplo, ensayos interpretativos, documentales y películas asociadas. Cuánto puede ampliarse el significado de ese modo.

  

sábado, 31 de enero de 2026

¿Quién ama más tiempo?



En ese árbol de la ocurrencia continua que es Twitter, ahora X, uno, y otros después, soltaba que La pregunta 7 no le había gustado, que no le encontraba valor. Contaminados por los géneros: esto es una novela, esto es un ensayo, esto es un libro de aventuras, esto es un noir, el uno y los otros no podían apreciar la valía de lo que no se ciñe al género, ni por su singularidad tampoco a la corriente principal del momento. Flanagan tiene algo que decir, algo que le atañe personalmente, y quizá también a ti lector.


Cuenta Richard Flanagan que le diagnosticaron una enfermedad degenerativa con un corto periodo de vida por delante. En los próximos y finales 12 meses se verían afectadas sus capacidades cognitivas y su memoria. Entonces se puso con el libro que tenía en mente desde hacía tiempo. Urgido a ordenar el material que bullía en su cabeza, parte de una pregunta que había encontrado en un cuento de Chéjov, una pregunta capaz de organizar el relato y el sentido de su vida, pues qué es un relato sin un hilo que lo organice. En el caso de La pregunta 7 es tan frágil como la propia pregunta, un recurso en todo caso para empezar a contar lo que bulle dentro, lo que pugna por ser contado. ¿Quién ama más tiempo?, va preguntándose a lo largo del libro. Lo que el lector se encuentra es un híbrido entre novela y ensayo. 


Las obras memorables nos tocan no por su perfección, pues ni la Iliada, ni el Quijote, ni la Divina Comedia ofrecen un mecanismo comparable a un reloj sino porque nos presentan un espejo en el que reconocer nuestras debilidades, temores y deseos. Es en la imperfección de La pregunta 7 donde nos reconocemos. El hilo que gira, se desvía y vuelve a lo largo del relato del que tira Flanagan lleva de su amor por los libros a la composición urgente del suyo: HG Wells y Rebeca West vivieron una apasionada aventura amorosa que acabó en un libro del que el físico húngaro Leo Szilard tomó la idea de la posibilidad de la bomba que podía arrasar el mundo. La bomba que explotó sobre el cielo de Hiroshima acabó con la guerra en Japón, de modo que el padre de Flanagan, que se quebraba en un campo de trabajos forzados en Birmania, pudiese volver a casa y concebirlo, concebir a Richard Flanagan y así poder escribir el libro que estás leyendo.


El hilo va recorriendo la trama apretando aquí y allá para dar forma a las historias, unas con mayor intensidad que otras: la historia romántica y literaria de Wells y West (completamente incompatibles, pero perfectos el uno para el otro); el drama trágico del judío expulsado de Europa para contribuir en América a la construcción del arma más mortífera capaz de acabar con la locura del nacionalsocialismo; las vidas acabadas o rotas, convertidas en estadística mortal - millones -, consecuencia del horror de la guerra, que solo alcanzan a tocar el corazón gracias a la magia del arte novelístico cuando se singularizan en la vida y muerte del padre de Flanagan en el campo japonés del Ferrocarril de la muerte y, finalmente, en la desnaturalizada Tasmania.


Los episodios se despliegan sobre la urdimbre vital de Flanagan el hijo. Intuimos al escritor y al hombre preguntándose cuánto amor había en Wells y en West; cuánto dolor en la conciencia de Szilatd por haber creado al monstruo capaz de acabar con la humanidad; cuánto en el silencio familiar del padre tras lo ocurrido en el ferrocarril, cuánto en el padre y la madre del narrador cuando les deja a la puerta de una residencia tras pedirle que les acojiese en su casa; en el silencio tasmano tras el genocidio británico: los aborígenes casi desaparecidos como la propia antigua selva.


¿Quién ama durante más tiempo? Una urdimbre que finalmente se desvela en episodio de la trama cuando el narrador en el último movimiento despliega el tapiz que contiene su entera vida: cuenta su primera muerte, el joven Flanagan atrapado en un kayak en medio de la corriente del río Franklin, enlazando así con el diagnóstico fatal que ha dado origen al tejido del relato. La trama son los cuentos que nos contamos, la urdimbre, la vida...


"...toda escritura está atrapada en los tiempos verbales, mientras que la vida no lo está. La vida siempre está ocurriendo y ha ocurrido y ocurrirá, y la única manera de escribir que acaso tenga algún valor es la que confunde el tiempo y está fuera del tiempo, la que nada con él y vuela con él y bucea con él hasta las profundidades, buscando la respuesta a una pregunta insistente: ¿Quién ama más tiempo?"

 

"Sin el beso de Rebecca West, H.G. Wells no se habría refugiado en Suiza para escribir un libro en el que todo arde, y, sin el libro de H.G. Wells, Leo Szilard nunca habría concebido una reacción nuclear en cadena, y sin concebir una reacción nuclear en cadena, nunca habría conocido el terror, y si no hubiera conocido el terror, nunca habría persuadido a Einstein para que presionara a Roosevelt y si Einstein no hubiera presionado a Roosevelt, no habría habido Proyecto Manhattan y sin Proyecto Manhattan, no hay ninguna palanca de la que Thomas Ferebee pueda tirar a las 8.15 horas del 6 de agosto de 1945 a nueve mil quinientos metros de altitud sobre Hiroshima, no hay ninguna bomba sobre Hiroshima y ninguna bomba sobre Nagasaki, y cien mil o ciento sesenta mil o doscientas mil personas viven y mi padre muere. Puede que la poesía no sea capaz de activar nada , pero una novela destruyó Hiroshima y sin Hiroshima yo no existo y estas palabras se borran por sí solas y yo con ellas".

jueves, 29 de enero de 2026

Danza o lucha

 


 

El arte de vivir se acerca más al de la lucha que al de la danza.

 

Es una de las máximas del emperador filósofo Marco Aurelio. Durante varias décadas hemos creído que era al revés, que habíamos aprendido a danzar sobre nuestra tumba, la tierra. El fin de las guerras, la extensión del progreso y el bienestar a toda la humanidad, pueblos esclavos o colonizados liberados de una vez y para siempre. Pero las guerras han vuelto incluso a nuestro suelo europeo, primero en la península balcánica, ahora en Ucrania. Va a tener razón Marco Aurelio.

 

No es el que está en el origen de las guerras, son otros, pero como líder del mundo occidental uno esperaría que se pusiese al frente de la lucha contra las guerras para volver a la danza. Ahí está ese fantoche. Muchos le reían las gracias, incluso le votaron pensando que iba contra el wokismo, contra el engañoso discurso de las élites. Pero la risa se nos está congelando en el rostro. Una de dos o el fantoche es un vejestorio en las primeras etapas de la demencia o solo vela por acrecentar su cuenta financiera lo que a sus 80 años parece ridículo. En los últimos días han corridos voces entre lideres europeos que se decantarían por la primera opción.

 


miércoles, 28 de enero de 2026

Hiroshima y el Ferrocarril de la muerte

 


 Volví a Tokio. Allí conocí a un hombre que había sido oficial médico del ejército japonés en Hintok, uno de los campos de prisioneros de guerra que trabajaron en el Ferrocarril de la Muerte, donde también había estado mi padre. El oficial contaba que llegó allí de noche, entre las piras funerarias en las que se incineraba a los que habían muerto de cólera. Alrededor de las hogueras de carne y de bambú, unos esqueletos desnudos se arrastraban por el barro...

 

Se parecía a un infierno budista, dijo, en alusión al campo.

Le pregunté si los había ayudado.

Contestó que no.

Le pregunté si, como médico, no se sentía en el deber de ayudar a los enfermos y a los que sufrían.

 

-Tiene usted que entender-dijo, y lo dijo como si hiciera un comentario sobre la calidad o cualquier otra característica del té verde que se estaba tomando que para nosotros no eran seres humanos".

(La pregunta 7. Rchard Flanagan)


Cuántos murieron como consecuencia de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki. Cuántos hubiesen muerto en la guerra más o menos convencional que era la alternativa.

 

En el bombardeo de Tokio previo a la bomba se estima que murieron alrededor de 100.000 personas. Es difícil calcular cuántas murieron en el llamado ferrocarril de la muerte: se habla de entre 100.000 y 250.000. Eran trabajadores forzados y prisioneros de guerra aliados sometidos a condiciones infrahumanas, con graves enfermedades y maltratados. Los japoneses pretendían conectar Bangkok (Tailandia) con Rangún (Birmania) mediante un ferrocarril de 415 km para abastecer a sus tropas en la campaña de Birmania.

 

Es difícil saber con exactitud cuántas personas murieron en Hiroshima, quizá sesenta mil inmediatamente, ochenta mil si sumamos las que murieron en los días siguientes y ciento cuarenta mil si miramos a más largo plazo.

 

"Si no existen estadísticas exactas para medir lo ocurrido en Hiroshima, tampoco es posible hacer un cálculo moral de la muerte". 

 

En julio de 1945, el secretario de Guerra estadounidense, Henry L. Stimson, encargó un estudio sobre el coste humano de una invasión de Japón. Las estimaciones de heridos para los aliados se situaban entre 1,7 y 4 millones, y las de muertos, entre cuatrocientos mil y ochocientos mil; mientras que el número de japoneses muertos podría alcanzar una cifra entre cinco y diez millones. Los japoneses elevaron las estimaciones al alza. El subjefe de la Marina Imperial, el vicealmirante Takijiro Onishi, predijo hasta veinte millones de muertos en su ejército. 

 

El general MacArthur pensó en utilizar armas biológicas (fosfeno, gas mostaza y cloruro de cianógeno) en las islas Marianas. 

 

"Llegado el momento de decidir qué arma de destrucción masiva se utilizaba, la bomba atómica fue simplemente, la elección final".

 

Uno de esos dilemas que aparecen en los tratados de ética ocurrió en la vida real. Una vez iniciada la guerra, cómo acabar con ella. Todas las opciones eran malas. Lo demás era cuestión de suerte: muchos se salvaron gracias a una decisión tomada muy lejos. Otros cientos de miles fueron condenados por lo mismo.

 

Los bombardeos de las fuerzas aliadas en Francia causaron la muerte de 57.000 civiles franceses; en Alemania, entre 300.000 y 600.000. En Vietnam, años después, murieron tres millones de personas como consecuencia de la guerra, de ellos dos millones eran civiles.

 

¿Quién desata la locura cíclica que de tanto en tanto sacude a la humanidad? ¿Cómo es que todavía seamos incapaces de reprimirla?

 


martes, 27 de enero de 2026

Agujero negro

 



Edward Teller fue un físico húngaro americanizado muy relevante en la construcción de la bomba A y posteriormente de la bomba H. Sin embargo, en el proceso inicial advirtió de una posibilidad, que la explosión de la bomba atómica incendiase la atmósfera. Los físicos que trabajaron en el proyecto Manhattan lo descartaron advirtiendo que era una posibilidad 'casi nula'. En la película, el propio Oppenheimer sugirió que solo tras el experimento lo sabrían.

 

Cuando se construía el LHC en Ginebra (el Gran Colisionador de Hadrones, un acelerador de partículas), hubo algún físico que especuló con la idea de que la fuerza que impulsaba el acelerador podría crear microagujeros negros que podrían destruir la tierra. También era una posibilidad 'casi nula'.

 

No existe la seguridad absoluta porque desconocemos cómo funcionan las fuerzas de la naturaleza en su nivel básico. En el nivel de lo macro en que nos movemos, no podemos controlar todos los factores que influyen en los eventos. Mañana va a haber una nevada que suponemos importante porque confluyen borrascas templadas y húmedas del Atlántico con masas de aire ártico, pero desconocemos su magnitud y en qué punto exacto serán importantes. 

 

Si a la dinámica natural le añadimos la obra humana (la gestión de los asuntos) la cosa se complica. ¿Hasta dónde alcanza la responsabilidad de los políticos en las muertes de la Dana? ¿Hasta dónde por la rotura de los tramos de la vía de Adamuz? ¿Cuántas muertes podrían haber evitado? Es lógico que se pidan responsabilidades porque siempre, siempre se puede gestionar mejor, sobre todo en labores de prevención, pero es obsceno derivar esos sucesos en tsunamis de rabia e indignación. El periodismo reconvertido a la telerrealidad. Los políticos exhibiendo su activismo: ralentizando la velocidad de los trenes, paralizando los cercanías, disputando sobre las ceremonias de homenaje. La seguridad absoluta no existe. Lo inesperado está a la vuelta de la esquina. Le puede tocar a este gobierno o al siguiente, a ti o a mí. Lo que es seguro es que la sobreexcitación seguirá siendo estimulada.

 

Vamos a alterar tus rutinas, llegarás tarde a trabajar, volverás tarde a casa, vamos a joder tus desplazamientos, pero a cambio te ofreceremos un gran espectáculo. Puedes salir a la calle a manifestar tu indignación y luego sentarte en la butaca de tu cuarto de estar a contemplar el espectáculo interminable con una bolsa de palomitas en la mano.

 

En una sala de espera psiquiátrica unos cuantos hombres y mujeres esperan a ser atendidos: la inyección periódica de mantenimiento, la visita con la trabajadora social, el psiquiatra. Hay miradas perdidas, un hombre inquieto pasillo arriba y abajo, estrujando un plástico entre las manos, un par con el móvil en la mano, una cabeza hundida, otro, de pie como una ese, trastea con una cremallera para sacar algo de un bolsillo, una mujer joven plantada como un árbol junto al ventanal tras el que se agita la lluvia incesante. Todos solos, a la espera, sin compañía. ¿Quién es el culpable, 'su culpable'? ¿Lo hay? ¿Un golpe genético de mala suerte? ¿Una confluencia de naturaleza y sociedad? ¿Cómo manifestamos nuestra indignación ante casos como estos?

 


domingo, 25 de enero de 2026

No hay memoria exenta de vergüenza

 

 


El capítulo que Richard Flanagan, en La pregunta 7, dedica a la muerte de su madre es elegiaco, el punto en que la prosa deriva en emoción poética. Cuando sucede, a menudo es una máscara. La espuma poética tapa lo que no queremos que salga a la superficie, algo que nos avergüenza o un dolor difícil de expresar o ambas cosas.

 

"Su manera de morir, a lo largo de tres días, es una de las cosas más hermosas que he visto nunca".

 

Quién no recuerda el gran amor de la madre. Los años de la infancia, su devoción. Pasada la infancia y los primeros años de hombre adulto, reconocemos su sacrificio y mostramos gratitud. No nos cuesta gran cosa dejarlo por escrito, un poema, un brindis en el cumpleaños, hablar de ello con familiares y amigos o, como es el caso, en la despedida. Algo más nos cuesta decírselo a solas mientras vive. Toda esa devoción desaparece cuando nuestra madre se derrumba en sus últimos años, cuando pierde la cabeza y deja de ser aquella que nos quería tanto. 

 

Flanagan reconoce que su madre le pidió pasar con él sus últimos años y le dijo que no. Dice que habría tenido que descuidar la escritura para ocuparse de ella. 

 

"Mi madre me había preguntado si mi padre y ella podían venir a vivir conmigo. Me lo rogó. Fue cuando, ya con más de noventa años, comprendió que pronto tendrían que irse los dos a una residencia, a menos que fuera posible encontrar otra solución. Y yo, que siempre había pensado que diría que sí, le dije que no. Tenía mis motivos. No habría podido trabajar y cuidar de mis padres a tiempo completo, como ellos necesitaban. Podría haberlos cuidado y renunciar a mi trabajo. Pero ¿habría sido posible? Tal vez sí o tal vez no. No hay memoria exenta de vergüenza".

 

Yo también llevé a mi madre a una residencia. Tengo mis excusas como Flanagan: la pandemia, una situación familiar difícil. De vez en cuando vuelve como herida a mi conciencia.

 

Las residencias rebosan, se han convertido en uno de los grandes negocios de este tiempo. Repositorios. Los hijos ponen excusas. Pero un día recogeremos lo que nos merecemos. También nosotros seremos abandonados a las puertas de una residencia.