jueves, 5 de marzo de 2026

Las gratitudes. Delphine de Vigan

 


Ce qui me frappe, ce qui m'assaille même, c'est à quel point, en l'espace de quelques semaines, elle a changé.

 

 Lo que más me sorprende, lo que me deja estupefacta, es hasta qué punto ha cambiado en apenas unas semanas.


Se ha hecho vieja.

Esta vez sí.

Se le han hundido las mejillas, le ha cambiado el color de la piel, el cuerpo se le ha encogido, su estabilidad parece más precaria. No debo exteriorizar el dolor que la imagen me provoca, no debo mostrar ni sorpresa ni sobresalto, no debo permitir que el cuerpo me traicione con el más mínimo gesto de abatimiento. Mantengo la sonrisa y me dirijo hacia ella.


El relato es relativamente sencillo. Una mujer pasa sus últimos días en una residencia. No tiene ningún familiar que venga a verla. Sin embargo, hay dos personas que sí lo hacen. Un logopeda, Jérôme, para ralentizar la afasia, mediante ejercicios, intenta recuperar algo del habla que se le está yendo. A lo largo del relato asistimos a la pérdida de la memoria de las palabras, cómo estas se van deformando hasta desaparecer casi del todo. Curiosamente la profesión de Michka había sido correctora de textos en una revista.

 

«Soy logopeda. Trabajo con las palabras y con el silencio. Con lo que no se dice. Trabajo con la vergüenza, con los secretos, con los remordimientos. Trabajo con la ausencia, con los recuerdos que ya no están y con los que resurgen tras un nombre, una imagen, un perfume. Trabajo con el dolor de ayer y con el de hoy. Con las confidencias. Y con el miedo a morir. Forma parte de mi oficio».

La otra persona Marie, es una joven mujer a quien Michka ayudó cuando eran vecinas; Michka, de algún modo, sustituyó a su madre cuando esta se ausentaba. Ambos personajes la atienden con afecto y, en esa relación, ellos mismos se transforman. Marie está embarazada y el hombre que la ha preñado contempla irse a trabajar a la India. Marie se plantea abortar, pero hablando con Michka decide no hacerlo.

 

 «Hoy ha muerto una anciana a la que yo quería. A menudo pensaba: “Le debo tanto”. O: “Sin ella, probablemente ya no estaría aquí”. Pensaba: “Es tan importante para mí”. Importar, deber. ¿Es así como se mide la gratitud? En realidad, ¿fui suficientemente agradecida? ¿Le mostré mi agradecimiento como se merecía? ¿Estuve a su lado cuando me necesitó, le hice compañía, fui constante?», 

 

Jérôme por su parte sufre la distancia con un padre que no le ha perdonado ser lo que es. También la conversación con Michka le ayuda a contemplar su problema, que no encuentra palabras para dirigir a su padre, mediante una carta. 


Por otro lado, Michka se reencuentra a través del sueño con su pasado que se va desvelando ante los ojos del lector. Michka, una niña con siete años, en 1943, es entregada a unos desconocidos cuando las razias de los judíos para trasladarlos a Auschwitz. Nunca más supo de sus padres. Marie y Jérôme conocen el deseo de Michka de hallar la dirección de aquella pareja de recién casados que la acogieron arriesgando su propia vida. Quiere darles las gracias, como al final la propia Marie y Jérôme hacen con Michka. Las gratitudes.


La novela va alternando los relatos de Marie y Jérôme, con algunos interludios soñados, casi siempre en forma de diálogo, lo que hace que la lectura vuele. En un relato tan breve se contemplan varios temas, el incontenible avance de la demencia, el peso del pasado, la dificultad de las relaciones afectivas, todos enfocados a la necesidad de dar las gracias a las personas que nos han ayudado.

 

Cuando voy a ver a Michka observo a las residentes. A las muy muy viejas, a las moderadamente viejas y a las no tan viejas, y a veces tengo ganas de preguntarles: ¿todavía os acaricia alguien? ¿Todavía os abraza alguien? ¿Cuánto hace que otra piel no entra en contacto con la vuestra?

Cuando me imagino vieja, realmente vieja, cuando intento proyectarme dentro de cuarenta o cincuenta años, lo que me resulta más doloroso, más insoportable, es la idea de que ya nadie me toque. La desaparición progresiva o repentina del contacto físico.

 


miércoles, 4 de marzo de 2026

El olvido que seremos

 



Por fin, tras unos años, he visto la película que Fernando Trueba hizo sobre el libro de Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos. Fernando Trueba domina los aspectos técnicos. La película está bien hecha. Me gusta sobre todo las escenas familiares, un grupo amplio en el que están el pater familias, la mujer, los seis hijos, la mucama y una religiosa que cuida a los pequeños. Creo que siempre se le han dado bien ese tipo de escenas colectivas, una cualidad que distingue a los cineastas españoles. Recuerdo películas de Berlanga y Bardem. También refleja bien la idealización del padre que Héctor Abad describe en su novela. No puede haber mejor persona, entregado a su profesión, médico, a la familia, que educa de la mejor manera y, además, se implica en causas de justicia social, lo que le enemista con el poder político y religioso, lo que llevará a que sea asesinado en los años de plomo cuando en Colombia había una guerra civil entre revolucionarios y el ejército. Toda esa parte fluye en la película. Los intérpretes son buenos, el niño que representa a Héctor Abad magnífico. 

 

La incomodidad procede de la propia novela, no tanto de ella como de los mecanismos sociales que refleja.  El protagonista se ve implicado en un accidente de tráfico cuando atropella a una mujer que, como consecuencia, tendrá graves secuelas. Héctor gracias a su padre no ingresa en la cárcel sino en un manicomio y solo por 24 horas. Su padre y él acudirán a casa de la mujer para disculparse. Una sola vez. La mujer se muestra agradecida porque como compensación sus hijos han sido colocados en humildes trabajos. La insatisfacción procede de la constatación de la distancia entre la élite cultural y económica colombiana y el pueblo humilde. Héctor Abad no se escabulle. Lo refleja. La burguesía y sus hijos que dicen preocuparse por la mejora del pueblo - y en ocasiones lo hacen -, antes que nada, mantienen los engranajes del sistema social para que sus privilegios prevalezcan. En España sigue funcionando.

 

La otra cuestión intrigante es de orden psicológico, la relación del protagonista con su padre, un afecto difícil de entender, así como otros aspectos relativos a la intimidad del padre, insinuaciones que no se explican, como cuando al padre aparece por dos veces viendo emocionado Muerte en Venecia.

 

Fernando Trueba sigue siendo un gran director que debería prodigarse más, no solo como actor en las películas de su hijo - a la espera de ese experimento que ambos rodaron durante el día del apagón, cuyo título desconozco - "El día del apagón” o "24 horas", no sé. Y Héctor Abad, un escritor que hace de su peripecia y drama personal la materia de sus libros, como el reciente, Ahora y en la hora, donde cuenta como por poco escapó a la bomba que cayó en un restaurante en Ucrania.

 


martes, 3 de marzo de 2026

La ciencia de la conciencia

 

 


 

"Si me equivoco y los LLM son conscientes, o si construimos una IA suficientemente neuromórfica que incorpore todas las características adecuadas, creo que sería una mala idea. Desarrollar una IA consciente sería algo terrible. Introduciríamos en el mundo nuevas formas de sufrimiento potencial que quizá ni siquiera reconozcamos. No es algo que se pueda hacer a la ligera, ni porque parezca genial ni porque podamos jugar a ser Dios”.

 

"Creo que la IA no es consciente, pero incluso yo a veces siento que lo es cuando interactúo con un modelo de lenguaje, como ciertas ilusiones visuales en las que, incluso sabiendo que dos líneas tienen la misma longitud, se ven diferentes". Anil Seth

 

Cuáles son las implicaciones de creer que la IA puede ser consciente.

 

¿La humanidad está asociada a la consciencia? ¿Seguimos siendo humanos cuando nos someten a una anestesia total? ¿Un bebé empieza a ser humano cuando tiene consciencia o en algún momento de la gestación ya lo es? ¿Cuándo dejan de ser humanos las personas que entran en procesos de demencia, Alzheimer o degeneración mental? 

 

Las preguntas se amontonan cuando nos enfrentamos a la inteligencia artificial. ¿Es lo mismo inteligencia que consciencia? Y un paso más, ¿la comprensión implica consciencia? Hemos asistido al momento en el que las máquinas inteligentes batían al hombre con inteligencias especializadas como Deep Blue o Alpha Gold. El momento en que las máquinas sabían hacer una sola cosa. Ahora el proceso inteligente es distribuido, funciona por redes, redes neuronales le dicen. ¿Pero sirve esa metáfora, 'neuronal' o ‘neural’, para asemejarla a la inteligencia y consciencia humana? ¿Podría ocurrir que la potenciación de la inteligencia en las máquinas pudiese dar el salto?

 

Sabemos que hay una diferencia entre lo biológico y lo artificial, los soportes son diferentes, silicio y carne humana. ¿Puede la conciencia desarrollarse en soportes como el silicio?

 

Nos aferramos a la diferencia. Damos por hecho que somos inteligentes, que la inteligencia trata fundamentalmente de realizar alguna función, hacer algo. Y estamos dispuestos a aceptar que las IAs también pueden hacer cosas y puede que nos sobrepasen. Pero la consciencia ¿no es otra cosa? Sentir o ser, ¿no hacen la diferencia?

 

Hemos creado objetos que son más hábiles que nosotros en hacer cosas. El avión, el teléfono móvil, el coche ahora autónomo. No es necesario que hagan las cosas mejor que nosotros para tener conciencia.

 

También podríamos crear instrumentos aparentemente inútiles, pero tan hábiles que se nos escapen de las manos sin que lleguen a ser conscientes. La biología sintética, por ejemplo (¿el laboratorio de Wuhan?).  Los científicos de Cortical Labs han creado organoides cerebrales cultivados a partir de células madre humanas, pequeños cerebros vivos del tamaño de una lenteja, con hasta 800 mil neuronas que se autoorganizan formando tejido neural real, un cerebro vivo que aprendió a jugar al Pong en 5 minutos. En China han creado un chip híbrido cerebro-máquina que controla robots de forma autónoma.

 

Puede que los sesgos nos confundan. Como digo no es lo mismo, inteligencia y consciencia. Nuestra mente ve patrones en las cosas, en las nubes o una mente consciente en el agente de IA que nos habla (pareidolia).

 

"La IA es impresionante. Sin embargo, no la veo como una trayectoria única. Creo que hay una metanarrativa en la que solemos caer: la inteligencia se desarrolla en una sola dimensión: las plantas en la base, luego los insectos, luego otros animales, luego los humanos en una especie de scala naturae, la gran cadena del ser; y luego están los ángeles y los dioses, y la IA recorre esta curva y, en algún momento, alcanzará la inteligencia humana y luego se disparará a la superinteligencia artificial. Creo que esta es una forma muy restrictiva de verlo". Anil Seth.

 

"Los modelos de lenguaje son buenos en muchas cosas, no en todo, pero sí en muchas, no solo en una. Pero sigo pensando que están explorando una región diferente en el espacio de las mentes posibles. Puede que pronto superen a los humanos en muchas cosas, pero seguirán siendo diferentes de nosotros".

 

Se pregunta Anil Seth si la consciencia es fundamentalmente una cuestión de computación, independiente del material en que se implementa. ¿Si se implementan los cálculos correctos, se obtiene consciencia, con independencia del soporte material - carbono, silicio -, que lo que importa es el cálculo? 

 

Pensamos en la mente como software y en el cerebro como hardware. Pero esa comparación con las máquinas no se sostiene: el mindware y wetware (estructuras cognitivas y soporte biológico) no son lo mismo que software y hardware, no se pueden separar. La consciencia está encarnada. 

 

"La autopoiesis (la capacidad de un sistema de producirse y reproducirse a sí mismo) y el metabolismo son las posibles características de la vida porque maximizan la diferencia entre los sistemas vivos y las computadoras de silicio. Son ejemplos obvios de cosas estrechamente relacionadas con la vida, cosas que los dispositivos de silicio claramente no pueden tener. En parte, esto sirve para enfatizar cuán diferentes son estas cosas y por qué es muy reductivo pensar en nosotros como máquinas de Turing de carne".

 

Hay dos perspectivas, el funcionalismo computacional, que se basa en la idea de que la conciencia es suficientemente descriptible mediante cálculo, y el naturalismo biológico, —que se diferencia del biopsiquismo que afirma que todo ser vivo es consciente—, que afirma que las propiedades de los sistemas vivos son necesarias, pero no necesariamente suficientes, para la consciencia.

 

Los cerebros reales no son así (algorítmicos, abstraídos del tiempo): "Estamos en el tiempo tanto como estamos encarnados. No se puede escapar del tiempo físico real y seguir siendo un cerebro biológico funcional. La fenomenología de la conciencia también está en el tiempo: el tiempo es plausiblemente una dimensión intrínseca e ineludible de nuestra fenomenología".

 

"Mucha gente ya cree que la IA es consciente, y ninguna de las incertidumbres filosóficas importa: si la gente cree que es consciente, sufriremos las consecuencias. Estas van desde la psicosis de la IA hasta la vulnerabilidad psicológica: si un chatbot me dice que me suicide y realmente siento que siente empatía por mí, es más probable que lo haga. Eso no es bueno.

 

Reflexiones, (y citas), con base en la entrevista a Anil Seth en este podcast. Anil Seth (Oxford, 1972) es un neurocientífico en la Universidad de Sussex. Su teoría de la "Alucinación Controlada" propone que lo que llamamos realidad es una suerte de ‘alucinación’ de nuestro cerebro, influida por la información sensorial, no una visión directa del mundo objetivo.


domingo, 1 de marzo de 2026

Los domingos

 


 

Ya todo el mundo sabe que Los domingos ha sido la gran triunfadora de la última edición de los premios Goya. Si yo hubiese tenido que ver en el asunto también habría votado por dicha película. La vi sin perder ripio, emocionado cuando lo tenía que estar y reflexivo cuando la película lo exigía. La dirección es excelente, los actores magníficos y el guion tan inteligente como para promover el debate. Si uno quiere ver una buena película con eso le basta. 

 

Pero hay algo más y mucho más importante. Todo aquel que haya visto la película con serenidad se habrá dado cuenta de que la protagonista es la tía (qué buena actriz Patricia López Arnaiz), que asiste tan incrédula como asustada a la vocación que manifiesta su sobrina adolescente por dejar la vida secular para enclaustrarse en un convento de monjas. 

 

A lo largo de la película están expuestas las diferentes actitudes que se pueden adoptar ante tan dramática e inesperada decisión. El padre viudo, agobiado por los escasos recursos para mantener a flote su familia de tres chicas, prefiere rendirse a enfrentarse al problema que plantea su hija. La tía asume esa labor ante la madre ausente, no sin contradicciones; ella misma tiene un problema pendiente en la relación con su marido de quién no sabe si separarse o no. Este, en relación con la adolescente, se muestra comprensivo y dialogante. La abuela antepone el afecto al problema. Luego están las monjas y el cura, director espiritual de la adolescente, algo esquematizados, dibujados con el habla propia de los creyentes sin dudas, con frases fórmula que rechinan demasiado. 

 

También la otra protagonista está bien dibujada como adolescente. El amor a Dios que dice sentir se mezcla con el amor por un muchacho; incluso cuando se confiesa con la madre superiora no le dice la verdad del todo: había más que besos cuando fue descubierta en su habitación con él. Su vocación religiosa es expresada, igualmente, con frases formula. 

 

Pero como digo el personaje principal es la tía. Con ella se identifica la directora, como también lo hace el espectador convencional en una sociedad secularizada. Estamos dispuestos a comprender la 'enajenación temporal' que puede llevar a un joven a adoptar posiciones radicales o a separarse del mundo, pero siempre con la alerta encendida por el temor a la caída en sectas, a la sumisión a grupos que esclavizan o ante cualquier tipo de adicciones. Muchos, sin embargo, mantienen la reserva respecto a la conversión o práctica religiosa, especialmente si es el cristianismo, como si nada tuviese que ver con el pensamiento sectario. La tía es cualquiera de nosotros ante situaciones parecidas.

 

La directora, Alauda Ruiz de Azúa, expone con inteligencia el problema, sin embargo, en el último tramo de la película editorializa. Cuando la adolescente ingresa definitivamente en el convento la tía se da cuenta de que ha perdido la batalla, entonces toma una decisión radical, la de desconectarse de la familia, incluso va un notario para que la separación sea total. Es una opción extrema. Creo que la directora podría haberse ahorrado esa escena final. Nunca deberíamos romper los puentes, creo. Sé que es duro mantener esa pelea; debería permanecer el afecto. 


***

 

Sobre los actores y cómo nos decepcionan en las galas televisadas. Los actores son como una horma que se moldea a placer. Cuánto mejor no saber nada de ellos como personas para que florezcan en sus personajes. 

 


viernes, 27 de febrero de 2026

Infinitos

 

 


Tendemos a creer que los grandes avances de la humanidad son fruto de la inteligencia de un solo hombre. Ahí están Newton o Einstein o Lavoisier. A poco que uno mire en la historia de cualquier campo de la ciencia, de la tecnología o del saber, verá que hay un seguido de inteligencias, que la humanidad es un cerebro distribuido, más que el cerebro de tal o cual el cerebro del Sapiens. Se van juntando o derivando una suma de hallazgos que llevan a un momento disruptivo en la humanidad, parece que una mente única enciende un interruptor que da lugar a un salto filosófico, tecnológico o científico, pero si se mira el detalle se ve la confluencia de muchos procesos o mentes que se conectan para llegar, por ejemplo, a la mecánica cuántica o al estallido de la inteligencia artificial.

 

Lo mismo sucede con nuestro cerebro. No hay un elemento, un dispositivo que toma decisiones sabiendo lo que hace, sino una suma de neuronas que se conectan con otras respondiendo a impulsos que hacen que hagamos cosas sin que una conciencia controle lo que está sucediendo. A menudo los procesos racionales, tener una meta, diseñar un programa, invertir energías para llegar a un objetivo se muestran irrealizables o frustrantes porque se suele llegar a ellos por el camino más inesperado, pero que, sin embargo, estaba ahí delante de nuestros ojos sin que nos diésemos cuenta.

 

Cómo llegó Cantor a la idea de los infinitos, que había infinitos más grandes que otros y a la teoría de conjuntos. Cómo se ha producido la revolución en IA, tan distinta de lo que Google había programado con su inicial Deep Blue. Atrás han quedado Intel, Microsoft, IBM y han aparecido empresas totalmente nuevas, gente que ha salido de sus departamentos para crear estructuras diferentes, más acertadas.

 

Cuando decimos Galileo, cuando decimos Newton, decimos que ahí confluyeron una serie de estructuras neuronales (sociales) que iban dirigiendo la época hasta fundar la ciencia moderna o la mecánica clásica (así lo comprendieron quienes crearon las sociedades científicas: un trabajo colectivo); el castellano medieval culminó en el Quijote, los dramas isabelinos en Shakespeare, la filosofía griega en Platón y Aristóteles. Del mismo modo, nos sorprende un acto del heroísmo propio o la generosidad inesperada que no podíamos sospechar de nosotros mismos. Así como hay mil mentes expandiendo a la humanidad, hay mil cerebros en nuestra mente, no hay un yo que nos gobierne, salvo liderazgos temporales impuestos por la fuerza - a veces basados en razón - que a menudo son un paso atrás en la gloriosa historia de la humanidad.

 


jueves, 26 de febrero de 2026

Campaña

 


No sé si alguien sigue las campañas, alguien del común, más allá de los cargos electos y elegibles y de los militantes. De dónde sacan esa gente con cara de mantequilla que colocan en filas detrás del charlatán, de dónde el público que enfrente aplaude a rabiar. He escuchado por la radio, mientras cenaba, el inicio de la campaña para las elecciones regionales. Qué pobreza del discurso político. Nosotros hemos hecho, nosotros haremos. Ellos no hacen nada. Ni una luz que ilumine el horizonte. Pura cochambre. 


Con todo, lo peor, el periodismo. Los periodistas enviados a la campaña, uno a cada partido, recogen las soflamas como si fuesen suyas. Puedes escuchar al líder regional del partido y luego a continuación al periodista enviado que te cuenta lo mismo, sin matices, sin crítica, como si él mismo fuese del partido. Uno esperaría de la inteligencia del periodista la ironía o el sarcasmo ante la inanidad del discurso. Qué va, su altavoz. 


La degradación de la vida pública comienza en el discurso. Políticos enfáticos, desde el primero hasta el último. Periodistas de partido, siempre repitiendo lo mismo, un día tras otro, disculpando la corrupción, las negligencias, a piñón fijo. Hubo una época en que los discursos eran ilusionantes, uno seguía la radio o ponía la tele para ver un debate, el intercambio de ideas, donde se discutían los temas que interesaban a la gente. Ahora todo es repetición. Hasta la náusea.


Por no hablar de los líderes intelectuales: sindicalistas, empresarios, investigadores. Dónde están los que tienen una idea de país con la que esperanzarse. Para enterarte del mundo en el que estamos entrando tienes que leer prensa extranjera, ensayos traducidos, debates que aquí no se tienen. ¿Y qué hay del periodismo de investigación? ¿Qué hacían los periodistas mientras se robaba a manos llenas? Todo lo que ahora está saliendo, ¿no lo sabían? Es imposible que no lo supiesen. Periodistas cómplices. Pobre país.

«Ser feliz en casa es el fin último de todo esfuerzo humano. El sol no mira desde arriba nada ni remotamente tan bueno como una familia riendo junta alrededor de una mesa, dos amigos charlando con una pinta de cerveza, o una persona sola disfrutando de un libro que le apasiona. Y toda la economía, la política, las leyes, los ejércitos y las instituciones solo tienen valor en la medida en que prolongan y multiplican esas escenas.»

C.S. Lewis


miércoles, 25 de febrero de 2026

Marbella & Un simple accidente

 


Pasan estos días en Movistar la segunda temporada de un thriller internacional llamado Marbella. Internacional porque se asemeja a un montón de thrillers producidos en otros países. Costa del Sol, casoplones, fiestas donde corren el alcohol y la coca, música a todo trapo y reservados para follar, chorros de luz y mucho colorido, gente joven y guapa. Añadamos el comercio de la droga y todos los gangs posibles e imaginables: albaneses, camorristas, moros, gitanos, ingleses. El presupuesto es generoso y los actores mediocres, tirando a malos. La trama minúscula, no creo que en su concepción hayan llenado más de un folio. Hay un público derrengado en el sofá, con latas y trozos de pizza alrededor, que se atiborra de series como esta. Uno imagina la décima parte del presupuesto de esta serie para hacer algo digno. 

 

Aunque ni siquiera una serie, una película como la última de Jafar Panahi. Un simple accidente no ha necesitado mucho presupuesto, tampoco un guion complejo, le bastan unas pocas pinceladas descoloridas para situar su tema en el contexto de Irán. En el Irán de los ayatolas, un mecánico topa por casualidad con su antiguo torturador. Inesperadamente se le ofrece la posibilidad de tomar venganza en el buen padre de familia que llega a su taller con mujer e hija. Un grupo de la resistencia, con el que contacta, ha sufrido como él su brutalidad. Enseguida se plantean cuestiones: aunque se le parece, ¿es ese realmente el torturador? Y si lo es, ¿el grupo puede tomar la justicia por su mano? 

 


El Marbella todo es chisporroteo, luces, fuegos de artificio y ropa cara, trajes de sastre y el fulgor de la juventud. Un capítulo es suficiente, antes de ser intoxicado (yo he aguantado tres). En Un simple accidente, la escasez y la fealdad de la pobreza. En la primera todo está medido, desde los interiores metálicos y geométricos hasta la exuberancia de los exteriores ajardinados con piscina, las fiestas, una música para cada corte, las escenas planificadas, la pulcritud del rodaje. En Un simple accidente todo parece rodado sobre la marcha, con torpeza, hasta mal interpretado. Supongo que responde a la voluntad del director: la idea que quiere transmitir es simple, pero poderosa, desnuda en su representación hace que captemos lo esencial.

 

Muchos consumirán las dos temporadas de Marbella, pocos harán el esfuerzo de ver Un simple accidente. ¿Quién sabe que la represión de las últimas manifestaciones en Irán el régimen ha matado a lo bestia a 30.000 o 40.000 personas? Los iraníes no están tan lejos de nosotros, tienen una rica cultura más antigua que la nuestra, pero les hemos dejado solos contra la barbarie.