Despuntaba el alba cuando salíamos de las Bernardas y bajábamos, junto al Darro, por las calles de Granada, buscando el inicio de la ruta del Camino Mozárabe que tenemos entre manos. Sin desayuno, algo había que meter en el cuerpo. Fue a la salida de la ciudad, en una placita recién regada, dónde creímos encontrar una terraza buena. Qué va. Atendían dos hombres, cuya vestimenta oscura casi negra, sin lavar ni afeitar, invitaba a salir de estampida. Sin embargo, les pedí dos cafés con leche. En mala hora. Uno de ellos pone en el mostrador un vaso con café - no me gusta el café en vaso - y cuando con la jarrita iba a echar la leche, su compañero mete dos dedos para sacar algo que flotaba. No he dicho nada, no estaba preparado para reaccionar.
Entre la menguada oferta del mostrador señalé dos tortas azucaradas envueltas en papel de plástico, tan secas que ni mojadas en el café pasaban por el gaznate. 8,50 euros euros por los dos cafés y las tortas resecas. Tampoco he protestado. Más tarde, en Moclín en el bar de la plaza del Ayuntamiento, una cerveza y una caca Coca-Cola, 5,50.
Andalucía ya no es lo que era. Bueno, los menús sí, siguen siendo baratos. Pero está claro que sí, si te veen cara de forastero la has jodido. Dos ciclistas disfrazados de peregrinos no pueden disimular. La ciudad de Granada ha acentuado su cosmopolitismo. Palabra a la que cada cual viste con un significados propio. Lo que ha variado desde la última vez: turistas jóvenes de muchas partes del mundo - muchos más; parejas de nómadas digitales que pregonan - ropa ceñida y rostro lampiño - que el dinero no es problema, como tampoco la gente con la que se cruzan, a la que parecen no ver; y la cosa islámica: mujeres con el hiyab bien ceñido arrastrando carritos de la compra o niños salidos del cole, familias con recursos que vienen a la Granada soñada, próximo objetivo tras lo de Ceuta. Quizá lo más llamativo sea el batiburrillo sin mezclar - aceite y agua - de los diferentes niveles de poder adquisitivo y culturas.
La Alhambra sigue ahí y los jardines, el Albaicín y los Cármenes y las callejuelas por la noche atestadas de terrazas, guitarreros, cantaores y bailarinas. Septiembre mediado y todo lleno, como cualquiera de las decadentes ciudades europeas colonizadas por el turismo, turismo low cost más jóvenes modernos que hacen pose de compromiso con 'creencias de lujo' inanes. Es decir, ciudades a las que no volver.
Si te alejas del centro mundano todo es distinto: barrios descuidados, gente que, adivinas, viven con lo mínimo, rebusca containers, jubilados que hacen de la mesa de una terraza su escritorio, observando, resoplando fórmulas de cómo salvar el mundo de 1980, y un paisaje, fuera ya de la ciudad, que no ha perdido su encanto.
A dónde ir pues. Te aseguro que subir andando o en bici hasta Moclín desde Olivares no lo va a hacer toda la gente que tapea en la noche granadina. Muy pocos hacen el Camino Mozárabe. Ayer en las bernardas, además de nosotros dos había una mujer belga con perro - en la puerta había un carrito de niño, supongo que para llevar al perro - y un caminante silencioso. El que daba las credenciales no había visto a nadie más que a nosotros - seis pavos, donativo voluntario.
Tienes dos opciones, el camino directo de unos dos km y medio de una pendiente diabólica y un desvío por carretera hasta Tiena para encarar una subida constante y sin descanso de unos 7 km. Las dos subidas son duras, pero qué paisaje, tanto subiendo como desde arriba, la ondulación de los olivares, los cerros acastillados, las iglesias moriscas, un paisaje del que no disfrutarán todos los que no se mezclan en la cazuela granadina. De hecho en el camino no hemos visto un solo peregrino.
Me acuesto con la trompetería y tambores de la cofradía de las Angustias, que celebran su festividad. Su iglesia está justo debajo de la ventana. ¿Hasta qué hora seguirá la insufrible música que sigue? Alcalá la Real, bonito pueblo con castillo y jardines elevados como los de Babilonia.










