Hemos acelerado tanto para volver al punto de partida que los periódicos no nos sirven. Los comentaristas hablan de lo que aquí ocurre como sucesos remotos de hace unas horas, pero las noticias llegan con igual retraso que en aquellos tiempos en que no había ni telégrafo y Europa se enteraba de lo que ocurría en sus colonias meses o años después, y la noticia que se recibía nada tenía que ver con lo que en ese mismo instante ocurría lejos, como cuando Colón dio noticia de sus descubrimientos mientras el fuerte de Navidad, el primer asentamiento que había dejado atrás, era destruido y sus 39 colonos muertos.
El tiempo vuela dejando rastro de su inmovilidad. Esa noticia se llama relato: la idea de que vamos hacia algún lugar, pero si alguien se abstrae de los periódicos que ya no ponen orden y jerarquía en la actualidad, y sus sucedáneos, las redes sociales, uno se da cuenta de que el barco zozobra como cascarón en medio del océano sin nadie que lo gobierne, como moscas atrapadas en la luz que brilla en el horizonte seguimos el acontecimiento creyendo al mismo tiempo que alguien está al mando y que nadie lo está.
¿Está el mundo cambiando de modo irreversible o vivimos en el simulacro de un cambio que no nos aparta de este lugar?
Veníamos de cuando la única iglesia verdadera esculpía hombres de una pieza a la organización (partido y sindicatos tan muertos como aquella) y sus terminales mediáticas que digieren automáticamente la actualidad para que no tengas que hacer ningún esfuerzo de comprensión. En ambos casos el producto eran y somos autómatas con la ilusión del libre albedrío, la peor condición para la tercera fase, adaptarse a la nueva realidad: seres tecnobiológicos sin ninguna autonomía. Es decir, como ayer y antesdeayer.
Pon el oído, escucha, mira en el espejo de tus semejantes.






