jueves, 1 de enero de 2026

Dale un nombre

 


Así se abre, incierto, indefinido entre la niebla, entre la promesa de la tecnología y la amenaza de la senectud de los jerarcas. He aquí el dilema, ¿nos liberará la tecnología de la potencia póstuma de los viejos o la usarán para destruirnos? 


Dale un nombre, pronúncialo para que sea alguien y se afirme: 2026. 


Será lo que viento de la historia haga de él con independencia del deseo que formulamos anoche mientras las campanadas caían. Ay, pobres de nosotros, pobre de mí, una estaca en el corazón del mundo y una pluma que el tiempo se lleva.


miércoles, 31 de diciembre de 2025

Albricias, llega 2026

 

 


Ay, los años transcurren fugaces… Horacio. Odas

 

No recordamos qué hicimos tal día de tal año. Ni siquiera qué era de nosotros en aquel año de los fastos. La memoria es fragmentaria y huidiza. ¿Quiénes éramos antes de Google fotos? Ahora al menos tenemos un registro videográfico, pero me pongo a recordar: 1972, 1986, 1989 incluso, y no recuerdo.

 

Si no lo has hecho todavía, te aconsejo que busques en Google una aplicación llamada Diario (si no puedes con esta app, prueba con esta otra Mi diario, tiene anuncios pero no son molestos) y vayas anotando en ella cada día una idea, un hecho, un recuerdo, para que así cuando pierdas la memoria, que la perderás, sepas qué te ocurría por aquel entonces. Hoy es el día para qué comiences. Además, puede que en el proceso descubras algo extraordinario: que tu yo no te pertenece del todo, que quizá te lo han prestado y así puedes comenzar a rescatarte. Fíjate en esta frase que capté en el aire:

 

Escribir es escapar a la configuración por defecto de la mente.

 

Si se borran las huellas que fuimos dejando se borra nuestro ser en el mundo, el yo que creemos ser, que creímos ser.

 

“El lenguaje escrito nos libera de la necesidad de recordar demasiadas cosas, pues los recuerdos se almacenan en forma de palabras. El niño, sin embargo, se halla en un sitio donde aún no ha hecho presencia la palabra escrita y emplea el sistema de memoria que recomendaría Cicerón, el mismo que propusieron un gran número de escritores clásicos: la imagen ligada al espacio”. Paul Auster La invención de la soledad.

 

Ni un alto cociente intelectual ni una educación exquisita nos salvan de procesar la realidad de forma selectiva. El sesgo opera en todas las fases (desde la búsqueda de pruebas hasta el recuerdo de los datos), revelando una mente que prefiere la protección de sus certezas a la incomodidad de la verdad. The Bias That Divides Us, de Keith Stanovich.

 

Somos, en esencia, nodos de una mente colectiva; seres que funcionan precisamente porque no necesitan saberlo todo, siempre y cuando vivan en una comunidad que sí lo sepa. The Knowledge Illusion, de Steven Sloman y Philip Fernbach.

 

Leer no es pasar páginas: es dejar que un extraño camine por tu mente y mueva los muebles de sitio, eso dice Sergio Parra, pero escribir, escribir es descubrirte prensando por ti mismo

 

Feliz 2026.

 


martes, 30 de diciembre de 2025

«Día de Otoño» (Herbsttag)

 


 

Señor, ya es tiempo. El verano fue muy grande.

Pon tu sombra sobre los relojes de sol

y suelta los vientos por los campos.

 

Haz madurar los últimos frutos;

dales dos días más del sur,

aprémialos a la perfección

e imprime en el vino espeso la última dulzura. 

 

Quien ahora no tiene casa, no la tendrá.

Quien ahora está solo, seguirá solo,

velará, leerá, escribirá cartas largas

y andará inquieto por las avenidas

cuando las hojas rueden.

  (Traducción de Antonio Pau)


Cualquier día es bueno para leer un poema de Rilke. Hoy hace 99 años que murió. 

 

Vida de Rainer María Rilke. La belleza y el espanto. Antonio Pau. Trotta.

Cuarenta y nueve poemas. Minima Trotta. Traducción e introducción de Antonio Pau. 


lunes, 29 de diciembre de 2025

F1: La película

 


No veo las carreras de fórmula 1. En la época de Fernando Alonso vi alguna, aunque sin entusiasmo. No aprecio la velocidad de las máquinas ni su contraparte, la exasperante lentitud del golf, aunque haya humanos de por medio, sus cuerpos colonizados por la chatarrería publicitaria me echan para atrás. Pero se puede hacer una buena película de cualquier cosa. F1 lo es, de algún modo, una alegoría del agonismo humano, el hombre contra la máquina y contra sí mismo para sobrevivir en un mundo competitivo. Hay suspense, hay emoción, incluso una breve historia de amor.

 

Como todo está asociado a la velocidad, el montaje es frenético, salvo pequeñas pausas antes de la vuelta a la aceleración, incluso las emociones humanas están contenidas más que en una frase en un gesto, en una mueca o en un giro corporal. Y luego está el héroe que se toma la vida por montera, con las partes justas de individualismo y compañerismo, más la moral íntegra del héroe, aquel que cada uno de nosotros piensa que es. Idealismo impuro. Otra de esas películas para las ardes tontas de las navidades.

 


jueves, 25 de diciembre de 2025

Barry Lyndon

 

 


Los personajes parecen ir saliendo de los cuadros, pinturas de la época de George III (1760 – 1820): paisajes de la campiña inglesa, interiores de los castillos nobiliarios, retratos en grupo o en primer plano, diurnos y nocturnos, escenas de ejércitos combatiendo. La película es una sucesión de cuadros de un museo del XVIII: Hogarth, Gainsborough, Sir Joshua Reynolds, John Constable.


Vestimentas conseguidas en anticuarios o recreadas con fidelidad y escenografías meticulosas, luz exacta sacada de las propias pinturas, la natural que entra por las ventanas o la producida por las velas en los interiores, captadas con las mejores lentes del momento. Kubrick quiso reproducir con exactitud esa parte del siglo XVIII. Hay miles de anécdotas de la película y de su rodaje de 300 días.

 


La historia la conocemos porque la hemos leído muchas veces, la del arribista que llega a lo más alto, pero a quien su ambición le pierde. Un duelo al comienzo de su aventura y otro al final marcan su vida. El ejército inglés, el prusiano, una pequeña intriga en los palacios de Berlín, y un matrimonio de conveniencia para acceder a lo más alto de la estratificada sociedad inglesa.

 

La novela de William Tackeray, que refleja la vida de la nobleza europea del XVIII, la llevó Kubrick a la pantalla en 1975 con una obsesión que exasperó a los directores de fotografía e hizo enfermar a actores y extras por la larga exposición a los elementos. Hay que reservar 3 horas para verla en casa a ser posible en pantalla grande y con buen sonido. Pues tanto como el festín visual cuenta la música.

 


Recuerdo que tras verla (en España se estrenó un año después) en el cine acudí a comprar el disco - de vinilo, no había otro - para escuchar aquellas melodías que tanto me habían gustado: Händel (la sarabande volvía a mi cabeza durante años), Haydn, Schubert, Vivaldi, Bach, Mozart, Federico II el Grande y The Chieftains para la música folclórica irlandesa.

 

Hace pocos días se cumplían los 50 años del estreno de la película. Que mejor día para verla que una de estas tardes tontas de Navidad. En Arte, el canal Franco alemán, ponen un concierto en una sala sinfónica de París que homenajea a la película con esas músicas. El concierto me recordó la película de aquellos días en que yo era tan joven.

 

"Kubrick hizo algo más que recrear el siglo XVIII; lo resucitó. La película es una máquina del tiempo construida no con nostalgia, sino con una fidelidad casi antropológica a la textura de la vida: la viscosidad de la cerveza, la palidez cerosa de la aristocracia, la brutalidad de la guerra como un trabajo frío y húmedo. Es el pastoreo de Gainsborough hecho carne, pero sin el sentimentalismo. Captura la estructura del sentimiento de la época: su hipocresía, su violencia subyacente y su deslumbrante belleza material." (Simon Schama, historiador).

 


martes, 23 de diciembre de 2025

Una batalla tras otra

 



Estos son días en que se hace recuento de las mejores películas, los mejores libros, las mejores series. También debería hacerse recuento de las mejores y peores acciones. Acaba de llegar al streaming una de las consideradas mejores cintas (¿todavía alguien lo dice así?) del año, Una batalla tras otra. Paul Thomas Anderson es uno de los directores que siempre está ahí, al menos, en mi caso, desde Magnolia, aquella película en que llovían ranas (recuerdo salir del cine entusiasmado). Un director en busca de la complejidad. En su cabeza bulle la historia del cine con la voluntad de ser uno de sus eslabones necesarios. Dejar huella, marcar rumbo. En eso se parece al recientemente fallecido David Lynch. Viendo Una batalla tras otra me venían imágenes de las películas de David Lynch. El problema de uno y otro es que se pierdan en sus mundos fantásticos, alejándose de la realidad. Las obras grandes son las que no desconectan. 

 

Después de Magnolia vinieran películas como Pozos de ambición, The Master, El hilo invisible (Phantom Thread) o Licorice Pizza, todas con el mismo defecto ‘genérico’, hechas para agradar a los críticos de cine, para llevarse premios, un mundo por encima del real, sin anzuelo que lo enganche.

 

Ese, creo, es el problema de Una batalla tras otra. Así como hay un género en la literatura, el literario (escribir bonito), también lo hay en el cine, el fílmico o el cinematográfico: autorreferencial. En Una batalla tras otra hay grandes actores representando a personajes, desde mi punto de vista, sin hondura, es el caso de los tres más famosos: Leonardo DiCaprio, Sean Penn o Benicio del Toro, personajes que no encuentran correspondencia en la realidad y sin evolución, es decir, caricaturescos.

 

Es un thriller con mucha acción, muy entretenido - la película se ve sin decaer la atención -, pero sin que te sientas implicado emocionalmente. Las referencias a la realidad son de cartón piedra: el grupo revolucionario de los 70 con que comienza la película aparece sin contexto. Las referencias posteriores al racismo o la inmigración como situadas en otro planeta. Mucha gente se ha quedado con la secuencia final de la persecución de coches en la carretera ondulada que se rodó en un paraje del sur de California. La ondulación invisibiliza a los coches y permite un golpe de efecto, lo que dice mucho del valor de la película, cuando lo que se busca por encima de todo es golpear la atención del espectador.

 

En general, el cine y las series que se hacen en Estados Unidos, en la actualidad, construyen una realidad despegada. Hay que volver a las películas pequeñas que se hacen en otras partes para entrar en el mundo real. De los grandes autores se espera algo más que superponer un mundo inventado al real.


Solo por la luz, una luz raída, desgastada, que te remite a un pasado que no llegaste a vivir, pero que te resulta verosímil, ya le gana Sueño de trenes, la película que te propongo por comparación (Netflix). Añádele el ruido, la inclemente música metálica de la primera frente a la humilde, casi silenciosa musicalidad de la naturaleza de la segunda. Y el tacto, y el olor. En Sueño de trenes hay tacto y se adivinan olores, en Una batalla tras otra todo es luminoso y visual.


En las películas falta todo sobre el olor, el que nos abre la puerta a la vida y el último que se desvanece. No tenemos un vocabulario preciso de olores como lo tenemos de colores. En una novela puedes hacer paráfrasis, decir ‘olor a aceite de rosas’, ‘apesta a gasolina’ o utilizar palabras genéricas (aroma, fragancia, hedor). Cómo lo trasladas al cine.


En los grandes premios anuales estará Una batalla tras otra, cosa que no ocurrirá con Sueño de trenes.


lunes, 22 de diciembre de 2025

Un viaje cada día

 

 


¿Te has dado cuenta de que cada día al abrir los ojos inicias un nuevo viaje por el espacio aferrado a un tiempo que te va desagregando? Mira qué diferente la luz de la mañana a la del atardecer, cómo cambia tu cuerpo, las sensaciones que experimentas: la plenitud de la mañana, la modorra de la primera hora de la tarde, el suave mecerte en las horas vespertinas. El día es un viaje completo que se te ofrece gratuitamente, un escenario diferente cada día para que te sitúes como la figura principal y lo animes. Saca, si puedes, a bailar contigo sobre las tablas a una compañera, a un amigo, y verás como la zozobra desaparece y se encienden las luces del atardecer para que quemes los rescoldos del día y te adentres en compañía en los misterios de la noche, antes de caer rendido y empezar con renovadas fuerzas el nuevo viaje que te espera mañana.

 

Presta atención. Los días de la semana están puestos ahí para que con diferentes ropajes, sonoridades y olores -si te entregas a las caricias del tacto es un día excepcional - se te aparezcan distintos y el viajero que tú eres se pueda disfrazar de distintos personajes. Si lo piensas, cada día es un viaje distinto porque el escenario lo es, pero tú no eres el mismo de ayer, tampoco el de mañana. El tiempo y el espacio entrelazados viajan juntos, te arrastran cada día con velocidad distinta, por una atmósfera que va cambiando imperceptible, violenta a veces, de modo que, aunque reconocible, nada sea igual al viaje que ayer emprendiste y acabó. Eres otro cada día. Si no disfrutas, si no vives con la intensidad que deberías estás desperdiciando la vida que se te dio para que la vivas con plenitud.

 

El día amanecía con un velo blanco sobre el herbazal, los setos y los árboles semidesnudos. El paisaje silencioso. Luego, la luz se ha mantenido entre los azules y grises del cielo esponjoso. Ahora una capita de luz solar, la nieve ya desaparecida, cubre mendicante el cerro de enfrente, tan menesterosa que no dura más que un parpadeo. Este es el día más corto del año o quizá fue ayer, tanto da, porque para ti será uno de los capítulos de tu aventura que quizá se quede sin narrar. Entonces, será uno de tus días más pobres.