"En aquella entrevista de 1995 también decía que la
única superioridad que reconocía era la bondad.
—Sí, es verdad. Y de esto sí me acuerdo muy claramente.
Es una frase que vi en una especie de postal. En realidad no es mía, sino de
Beethoven. Y cuando la leí pensé que eso era lo que yo pensaba. Nunca había
tenido algo tan claro: la única superioridad que reconozco es la bondad". (Entrevista,
Michel Houellebecq)
La
naturaleza reparte los dones al buen tuntún (es un decir). Ante la Belleza los
cuellos se giran como girasoles y los ojos se retiran perturbados. Ante la
Gracia sucede algo parecido, pero uno no siente esa humillación. La Belleza y
la Gracia se poseen sin merecerlo, pero mientras la primera exhibe los
privilegios asociados como algo que cree merecer, la Gracia no se exhibe,
aparece con naturalidad. Ambas, sin duda, se obtienen por una combinación
genética. Ante la Belleza me extasío y paralizo, la Gracia me encandila y me
hace sentir bien.
Hay
otro tipo de dones ante los que me siento inerme. Ante el Narcisista con rasgos
psicopáticos la multitud se postra, le abre pasillo y hasta se pone a aplaudir
a su paso como ante el campeón de una disciplina, aunque no haya conseguido triunfo
alguno. Sabemos que cuando le identificamos debemos apartarnos, pero muchos
quedan tan subyugados por su arrolladora personalidad que se convierten en sus
prisioneros. Es fácil caer rendido ante una seducción que no sabemos de dónde
procede. Pero es ante la Bondad ante quien yo caigo rendido sin objeciones.
La
Bondad me deja literalmente desarmado. No tengo nada que oponerle, porque la
bondad no llega para apoderarse de mi corazón y esclavizarme. Está ahí, ofrece
lo que tiene y, por encima de todo, se ofrece a sí misma sin exigir nada a
cambio. No es invasiva. Caigo rendido porque me ofrece lo que necesito y lo que
no necesito.
La
Bondad encarnada en una persona es muy infrecuente. Cuando la encuentras, la
luz que irradia te hace sentir bien de inmediato. La admiras sin envidiarla
porque busca que estés bien sin obtener a cambio ningún beneficio para sí. Te
gustaría comportarte de ese modo, ser como ella, repartirte tú y tus cosas,
pero sabes que no tienes la fuerza ni la aptitud.
Todos
hemos conocido en la vida o alguna persona así. Cuando llega, las agrias
disputas desaparecen. Primero se hace el silencio y luego comienza una
conversación distinta: recuerdos comunes, anécdotas, sucesos donde los
hablantes concuerdan. A sus espaldas todo son elogios.
La Bondad
combina la belleza con la gracia, no una belleza física ni un atractivo sexual
sino interior, su personalidad emana del interior, apacigua y serena. La Bondad
es un don único, una rareza de la naturaleza. La persona que la posee no se
enorgullece de ser como es, simplemente es, se comporta así, una forma natural
de ser que a la mayoría no se nos concede.
Reconocemos
al hombre bueno (he conocido a más mujeres que hombres buenos) en quien no vemos egoísmo ni doble intención. No es un hombre a
la moda. No es protagonista de películas o de series, al contrario que los
malvados. Al igual que Houellebecq, yo comprendo a los portadores de maldad, voluntarios
o involuntarios, a los hombres malos que producen el mal sin saberlo o lo hacen
voluntariamente, pero a quien no entiendo y a quien admiro más allá de toda
medida es a los hombres buenos como si en la naturaleza humana lo primero fuese
común y lo segundo una rareza.
La
bondad nos abruma no porque nos moleste sino porque no estamos a su altura.








