Si ayer, llegando, la ciudad con la muralla embebida en luces doradas y las calles casi vacías con sus farolas rojas, me pareció un joyero, hoy tenía la ocasión de ver sus joyas. Pingyao, para las magnitudes de China es una ciudad pequeña, no llega a los 500.000 habitantes, pero con mucha enjundia. Lo que vemos, la muralla y la cuadrícula urbana ortogonal con su dos calles principales cruzadas como si copiase el cardo y el decumano romano, se remonta al siglo XIII, sin embargo, el primer asentamiento de la ciudad data de hace 2800 años, la época de Homero. Lo que vemos es obra de banqueros medievales, la muralla, las casas, con sus oficinas alrededor de un patio, las calles ordenadas. A esa obra de la prosperidad financiera, la UNESCO le ha concedido el título de patrimonio histórico.
¿Qué contenía el joyero? A plena luz del día, las calles se han ido llenando de turistas chinos, mientras visitábamos los interiores: una letra de cambio, la acuñación de pesas y monedas, las cajas fuertes de la llamada primera empresa de seguridad del mundo, el templo del dios de la ciudad. En el exterior, Pingyao es la típica ciudad turística, llena de restaurantes y tiendas de recuerdos, el casco antiguo progresivamente deshabitado con algo que quizá no se ve en otras partes: las fábricas de belleza femenina: maquillaje, cuidado de las manos y cabello y, por encima de todo, locales donde se venden o prestan los vestidos que imitan la última moda imperial: túnicas largas con cuello cerrado y bordados, con vestidos ajustados o no. Un decadente modelo femenino, como si las niñas se preparasen ara ser las nuevas concubinas del emperador.
Un plaga, la multitud de adolescentes que han decidido en días de fiesta como estoa 4, 5 y 6 de abril, vestirse y filmarse para lucirse en Tik-tok. Hay tantas que su presencia se impone de tal modo que no puede verse otra cosa. Una infantilización que sigue los pasos del mundo occidental.
Y sin embargo, uno creía que en Pingyao iba a encontrar el misterio del alma China, que iba a palpar las enseñanzas de los dos grandes filósofos de su cultura, Lao Tse y Confucio. No se detienen en sus templos los turistas que llenan Pingyao, o muy pocos, prefieren consumir las baratijas que se les ofrecen y filmarse. No sabrán que la muralla tiene 72 Torres que se corresponden con los 72 mejores alumnos de Confucio, que las 10 figuras que le acompañan en el templo construido hace 860 años son sus 10 excelentes discípulos y que los dos más dos que están a su izquierda y derecha son los ayudantes que tomaron nota de lo que Confucio explicaba, pues como Sócrates y Jesús nada escribió, solo enseñaba a través de su palabra.
Ahí está el templo de Confucio, ahí la escuela que se hizo famosa por sus rigurosos exámenes para acceder al funcionariado imperial. Nada más lejos de la plenitud de la existencia a través de la vida simple, pura, tranquila y pacífica, y de la vuelta a una infancia primitiva lejos de la vanidad y las preocupaciones del momento, que propugnaba su maestro Lao Tsé.
Qué queda del ideal educador de Confucio, el que dio carácter al Estado chino. Su filosofía, sus cinco principios (humanidad, ritual, honestidad, sabiduría y rectitud), ha modelado la conducta y el orden social de la ciudad de Pingyao y del Estado chino durante siglos. Es verdad que la enseñanza de Confucio iba dirigida al funcionariado de China y que, siguiendo la tradición, son las élites políticas y tecnológicas actuales, quienes siguen su legado, no la masa consumista e infantilizada que se ve por las calles en un día de fiesta como hoy.
Confucio vivió entre los siglos VI y V ac pero sus ideas no se asentaron definitivamente como la ideología oficial de China hasta la dinastía Han, alrededor del año 140 ac cuando bajo el emperador Wu, alcanzó una preeminencia espiritual sin parangón, base del sistema educativo y de la función pública, así es venerado en los templos dedicado e él, no como divinidad, sino como el Maestro.








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