Ce qui me frappe, ce qui m'assaille même, c'est à quel
point, en l'espace de quelques semaines, elle a changé.
Lo que más me sorprende, lo que me deja
estupefacta, es hasta qué punto ha cambiado en apenas unas semanas.
Se ha hecho vieja.
Esta vez sí.
Se le han hundido las mejillas, le ha cambiado el color
de la piel, el cuerpo se le ha encogido, su estabilidad parece más precaria. No
debo exteriorizar el dolor que la imagen me provoca, no debo mostrar ni
sorpresa ni sobresalto, no debo permitir que el cuerpo me traicione con el más
mínimo gesto de abatimiento. Mantengo la sonrisa y me dirijo hacia ella.
El
relato es relativamente sencillo. Una mujer pasa sus últimos días en una
residencia. No tiene ningún familiar que venga a verla. Sin embargo, hay dos
personas que sí que lo hacen. Un logopeda, Jérôme, para ralentizar la afasia, mediante
ejercicios, intenta recuperar algo del habla que se le está yendo. A lo largo
del relato asistimos a la pérdida de la memoria de las palabras, cómo estas se
van deformando hasta desaparecer casi del todo. Curiosamente la profesión de
Michka había sido correctora de textos en una revista.
«Soy logopeda. Trabajo con las palabras y con el
silencio. Con lo que no se dice. Trabajo con la vergüenza, con los secretos,
con los remordimientos. Trabajo con la ausencia, con los recuerdos que ya no
están y con los que resurgen tras un nombre, una imagen, un perfume. Trabajo
con el dolor de ayer y con el de hoy. Con las confidencias. Y con el miedo a
morir. Forma parte de mi oficio».
La
otra persona Marie, es una joven mujer a quien Michka ayudó cuando eran vecinas;
Michka, de algún modo, sustituyó a su madre cuando esta se ausentaba. Ambos
personajes la atienden con afecto y, en esa relación, ellos mismos se
transforman. Marie está embarazada y el hombre que la ha preñado contempla irse
a trabajar a la India. Marie se plantea abortar, pero hablando con Michka
decide no hacerlo.
«Hoy ha muerto
una anciana a la que yo quería. A menudo pensaba: “Le debo tanto”. O: “Sin
ella, probablemente ya no estaría aquí”. Pensaba: “Es tan importante para mí”.
Importar, deber. ¿Es así como se mide la gratitud? En realidad, ¿fui
suficientemente agradecida? ¿Le mostré mi agradecimiento como se merecía?
¿Estuve a su lado cuando me necesitó, le hice compañía, fui constante?»,
Jérôme por su parte sufre la distancia con un padre que no le ha perdonado ser lo que es. También la conversación con Michka le ayuda a contemplar su problema, que no encuentra palabras para dirigir a su padre, mediante una carta.
Por otro lado, Michka se reencuentra a través del sueño con su pasado que se va desvelando ante los ojos del lector. Michka, una niña con siete años, en 1943, es entregada o unos desconocidos cuando las razias de los judíos para trasladarlos a Auschwitz. Nunca más supo de sus padres. Marie y Jérôme conocen el deseo de Michka de hallar la dirección de aquella pareja de recién casados que la acogieron arriesgando su propia vida. Quiere darles las gracias, como al final la propia Marie y Jérôme hacen con Michka. Las gratitudes.
La
novela va alternando los relatos de Marie y Jérôme, con algunos interludios
soñados, casi siempre en forma de diálogo, lo que hace que la lectura vuele. En
un relato tan breve se contemplan varios temas, el incontenible avance de la
demencia, el peso del pasado, la dificultad de las relaciones afectivas, todos
enfocados a la necesidad de dar las gracias a las personas que nos han ayudado.
Cuando voy a ver a Michka observo a las residentes. A las
muy muy viejas, a las moderadamente viejas y a las no tan viejas, y a veces
tengo ganas de preguntarles: ¿todavía os acaricia alguien? ¿Todavía os abraza
alguien? ¿Cuánto hace que otra piel no entra en contacto con la vuestra?
Cuando me imagino vieja, realmente vieja, cuando intento
proyectarme dentro de cuarenta o cincuenta años, lo que me resulta más
doloroso, más insoportable, es la idea de que ya nadie me toque. La
desaparición progresiva o repentina del contacto físico.

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