Claude Lanzmann dedico 12 años de su vida a realizar Shoah, la gran película de su vida. Cuando comenzó a rodar no sabía qué quería hacer, pero sabía que lo tenía que hacer. Tan impreciso era su proyecto que allí donde busco financiación no la encontró. Sobre la marcha, visitando los lugares de la memoria, Treblinka , Sobibor, Chelmno, supo que era lo que no quería hacer y lo que era ineludible.
Nadie sobrevivió de cuantos murieron en las cámaras de gas, pero sí algunos de quienes vieron lo que sucedía, a quienes iban a ser asesinados. Claude Lanzmann no busca material en los archivos, tampoco la voz de documentalistas e historiadores le interesaban. En Shoah mira a los ojos de los testigos: el maquinista polaco que arrastraba el tren de la muerte hacia Treblinka; Abraham Bomba, el peluquero de Treblinka que cortaba el pelo a las mujeres que iban a morir; el niño judío polaco, ahora adulto, al que los soldados nazis obligaban a cantar canciones de marcha alemanas porque tenía una voz melodiosa y que fue fusilado dos días antes de la liberación, aunque sobrevivió.
También los alemanes fueron testigos de lo que hicieron. Claude Lanzmann los busca en sus escondrijos de la nueva Alemania. No quieren ser grabados ni entrevistados pero Lanzmann se las ingenia para grabar su voz o, en temblorosas imágenes robadas en blanco y negro, su arrastrada postimagen. Uno de ellos se muestra violento al saber que lo están grabando subrepticiamente. Otro, un oficial de las SS, explica cómo funcionaba la cámara de gas; con voz penosa acepta que arderá en el infierno, a cambio recibe unos cuantos billetes de francos suizos por su testimonio. Sus propios vecinos, incluso enterándose de quien era su vecino, reprochan a Lanzmann que se le grabe.
Lanzmann grabó Shoah en los años 70 y la estrenó 1985. No sé cuánta gente habrá visto sus nueve horas y media - se ha pasado en festivales y se puede ver en Filmin en 10 episodios -, el documento de lo que Lanzmann denominó la Shoah y la UNESCO considera, la película y su archivo sonoro de 200 horas de testimonios, patrimonio de la memoria de la humanidad, pero probablemente menos gente de la que murió en ese episodio tan reciente de la deshumanización.
Je n'avais que le néant - Shoah par Lanzmann (2025) es un documental cuyo protagonista es el propio Lanzmann. Lo vemos en el interior del coche recorriendo los paisajes de la memoria, preguntándose qué debe hacer, pero sabiendo que lo tiene que hacer, hablando con los campesinos polacos, ideando como entrevistar a los verdugos, sobrepasado por la magnitud. Claude Lanzmann fue un personaje extraordinario, en el centro de los grandes acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX. Si uno quiere tener una versión de primera mano de esos acontecimientos debería leer La liebre de la Patagonia, una obra maestra de la autobiografía.
Guillaume Ribot, el realizador de este documental, no graba nada nuevo, recoge material que Lanzmann no incluyó en su película. Fue presentado en la reciente Berlinale. Se puede ver en Stremio.

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