Por fin,
tras unos años, he visto la película que Fernando Trueba hizo sobre el libro de
Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos. Fernando Trueba domina
los aspectos técnicos. La película está bien hecha. Me gusta sobre todo las
escenas familiares, un grupo amplio en el que están el pater familias, la
mujer, los seis hijos, la mucama y una religiosa que cuida a los pequeños. Creo
que siempre se le han dado bien ese tipo de escenas colectivas, una cualidad
que distingue a los cineastas españoles. Recuerdo películas de Berlanga y Bardem.
También refleja bien la idealización del padre que Héctor Abad describe en su
novela. No puede haber mejor persona, entregado a su profesión, médico, a la
familia, que educa de la mejor manera y, además, se implica en causas de
justicia social, lo que le enemista con el poder político y religioso, lo que
llevará a que sea asesinado en los años de plomo cuando en Colombia había una
guerra civil entre revolucionarios y el ejército. Toda esa parte fluye en la
película. Los intérpretes son buenos, el niño que representa a Héctor Abad
magnífico.
La incomodidad
procede de la propia novela, no tanto de ella como de los mecanismos sociales
que refleja. El protagonista se ve implicado en un accidente de tráfico cuando
atropella a una mujer que, como consecuencia, tendrá graves secuelas. Héctor
gracias a su padre no ingresa en la cárcel sino en un manicomio y solo por 24
horas. Su padre y él acudirán a casa de la mujer para disculparse. Una sola
vez. La mujer se muestra agradecida porque como compensación sus hijos han sido
colocados en humildes trabajos. La insatisfacción procede de la constatación de
la distancia entre la élite cultural y económica colombiana y el pueblo
humilde. Héctor Abad no se escabulle. Lo refleja. La burguesía y sus hijos que
dicen preocuparse por la mejora del pueblo - y en ocasiones lo hacen -, antes
que nada, mantienen los engranajes del sistema social para que sus privilegios
prevalezcan. En España sigue funcionando.
La otra
cuestión intrigante es de orden psicológico, la relación del protagonista con
su padre, un afecto difícil de entender, así como otros aspectos relativos a la
intimidad del padre, insinuaciones que no se explican, como cuando al padre
aparece por dos veces viendo emocionado Muerte en Venecia.
Fernando
Trueba sigue siendo un gran director que debería prodigarse más, no solo como
actor en las películas de su hijo - a la espera de ese experimento que ambos
rodaron durante el día del apagón, cuyo título desconozco - "El día del
apagón” o "24 horas", no sé. Y Héctor Abad, un escritor
que hace de su peripecia y drama personal la materia de sus libros, como el
reciente, Ahora y en la hora, donde cuenta como por poco escapó a la
bomba que cayó en un restaurante en Ucrania.

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