lunes, 9 de marzo de 2026

Instantes como géiseres de belleza

 


" Cuando adoramos aprendemos la belleza. Cuando lamentamos vemos la sabiduría del antiguo proverbio: la vida es sufrimiento".

 



Pocos tienen el don de captar la eternidad contenida en el instante. Tiziano lo consiguió varias veces. Si no lo has sentido en alguna ocasión tu vida habrá pasado como un suspiro. El hombre del cuadro pertenece para siempre al instante en que el pintor veneciano lo capturó.




Asociamos fácilmente la eternidad a lo que aquí se representa, la inaugurada tras su muerte y resurrección por Cristo. Con ser para muchos la verdadera imagen de la eternidad, Bernardo Daddi la vió en otro lugar, en la mirada hundida de María, en la suplicante de Juan, ambos se sienten condenados a vivir en la eterna pena, arrojados del lugar en el que creían gozar para siempre. Seguramente estarán pensando - fijados ahí, en ese instante - que el hecho definitivo, la verdadera eternidad es la muerte. Bernardo Daddi tenía motivos para pensarlo en medio de la mortandad de la peste bubónica de mediados del siglo XIV que se lo llevaría por delante, como a tantos otros artistas. Al propio Tiziano, casi siglo y medio después, a sus 90 años, también se lo llevaría la peste.




El tiempo egipcio no era lineal, como el nuestro, era circular, a semejanza de los grandes ciclos naturales. Cuando la reina egipcia Hatshepsut entró en el templo que se había construido para ingresar en el reino sagrado, había pasado tanto tiempo desde el inicio de la historia de los faraones como el que ahora nos separa de ella.


Esa estatua que se guarda en el MET no fue realizada para ser contemplada por los egipcios sino para estar representada en el djet el tiempo sin tiempo de los dioses


Sorprende saber que mientras Miguel Ángel pintaba la Capilla Sixtina y Mimar Sinan construía las grandes mezquitas de Estambul los artistas de Benín creaban las famosas obras de marfil y latón, como si quien maneja los hitos de eternidad levantase tres toldos al mismo tiempo, en lugares tan distintos, para hacer brillar la luz inesperada. La máscara de la reina Idia fue robada por los británicos a finales del XIX y acabó en el MET.



La ciudad de Benín donde los gremios reales de alfareros, tejedores, arquitectos, fundidores de latón, talladores de marfil y cazadores de elefantes pugnaban por hacer estallar el instante eterno, tenía entonces 600 años de vida. Mientras que la orgullosa Nueva York del MET tan sólo tiene 400, sin que adivinemos cuántos más le quedan por delante.


Más allá del instante capturado por Tiziano o Daddi, las muertes se amontonan indiferenciadas en Gaza, en Irán, en Ucrania, las que no es capaz de evocar Claude Lanzmann en Shoah, ninguna de ellas capturadas para permanecer en un instante que las haga eternas. Solo la belleza.


Reflexiones al hilo de la lectura de Toda la belleza del mundo, de Patrick Bringley.




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