No sé si alguien sigue las campañas, alguien del común, más allá de los cargos electos y elegibles y de los militantes. De dónde sacan esa gente con cara de mantequilla que colocan en filas detrás del charlatán, de dónde el público que enfrente aplaude a rabiar. He escuchado por la radio, mientras cenaba, el inicio de la campaña para las elecciones regionales. Qué pobreza del discurso político. Nosotros hemos hecho, nosotros haremos. Ellos no hacen nada. Ni una luz que ilumine el horizonte. Pura cochambre.
Con todo, lo peor, el periodismo. Los periodistas enviados a la campaña, uno a cada partido, recogen las soflamas como si fuesen suyas. Puedes escuchar al líder regional del partido y luego a continuación al periodista enviado que te cuenta lo mismo, sin matices, sin crítica, como si él mismo fuese del partido. Uno esperaría de la inteligencia del periodista la ironía o el sarcasmo ante la inanidad del discurso. Qué va, su altavoz.
La degradación de la vida pública comienza en el discurso. Políticos enfáticos, desde el primero hasta el último. Periodistas de partido, siempre repitiendo lo mismo, un día tras otro, disculpando la corrupción, las negligencias, a piñón fijo. Hubo una época en que los discursos eran ilusionantes, uno seguía la radio o ponía la tele para ver un debate, el intercambio de ideas, donde se discutían los temas que interesaban a la gente. Ahora todo es repetición. Hasta la náusea.
Por no hablar de los líderes intelectuales: sindicalistas, empresarios, investigadores. Dónde están los que tienen una idea de país con la que esperanzarse. Para enterarte del mundo en el que estamos entrando tienes que leer prensa extranjera, ensayos traducidos, debates que aquí no se tienen. ¿Y qué hay del periodismo de investigación? ¿Qué hacían los periodistas mientras se robaba a manos llenas? Todo lo que ahora está saliendo, ¿no lo sabían? Es imposible que no lo supiesen. Periodistas cómplices. Pobre país.


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