viernes, 27 de febrero de 2026

Infinitos

 

 


Tendemos a creer que los grandes avances de la humanidad son fruto de la inteligencia de un solo hombre. Ahí están Newton o Einstein o Lavoisier. A poco que uno mire en la historia de cualquier campo de la ciencia, de la tecnología o del saber, verá que hay un seguido de inteligencias, que la humanidad es un cerebro distribuido, más que el cerebro de tal o cual el cerebro del Sapiens. Se van juntando o derivando una suma de hallazgos que llevan a un momento disruptivo en la humanidad, parece que una mente única enciende un interruptor que da lugar a un salto filosófico, tecnológico o científico, pero si se mira el detalle se ve la confluencia de muchos procesos o mentes que se conectan para llegar, por ejemplo, a la mecánica cuántica o al estallido de la inteligencia artificial.

 

Lo mismo sucede con nuestro cerebro. No hay un elemento, un dispositivo que toma decisiones sabiendo lo que hace, sino una suma de neuronas que se conectan con otras respondiendo a impulsos que hacen que hagamos cosas sin que una conciencia controle lo que está sucediendo. A menudo los procesos racionales, tener una meta, diseñar un programa, invertir energías para llegar a un objetivo se muestran irrealizables o frustrantes porque se suele llegar a ellos por el camino más inesperado, pero que, sin embargo, estaba ahí delante de nuestros ojos sin que nos diésemos cuenta.

 

Cómo llegó Cantor a la idea de los infinitos, que había infinitos más grandes que otros y a la teoría de conjuntos. Cómo se ha producido la revolución en IA, tan distinta de lo que Google había programado con su inicial Deep Blue. Atrás han quedado Intel, Microsoft, IBM y han aparecido empresas totalmente nuevas, gente que ha salido de sus departamentos para crear estructuras diferentes, más acertadas.

 

Cuando decimos Galileo, cuando decimos Newton, decimos que ahí confluyeron una serie de estructuras neuronales (sociales) que iban dirigiendo la época hasta fundar la ciencia moderna o la mecánica clásica (así lo comprendieron quienes crearon las sociedades científicas: un trabajo colectivo); el castellano medieval culminó en el Quijote, los dramas isabelinos en Shakespeare, la filosofía griega en Platón y Aristóteles. Del mismo modo, nos sorprende un acto del heroísmo propio o la generosidad inesperada que no podíamos sospechar de nosotros mismos. Así como hay mil mentes expandiendo a la humanidad, hay mil cerebros en nuestra mente, no hay un yo que nos gobierne, salvo liderazgos temporales impuestos por la fuerza - a veces basados en razón - que a menudo son un paso atrás en la gloriosa historia de la humanidad.

 


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