Comienzo a leer sin interés Siempre Susan. Recuerdos sobre Susan Sontag, de Sigrid Nunez. Y llego al final de su lectura con el mismo desinterés. Por qué. Porque a pesar de la deslavazada narración, ahora me interesan más las historias de los escritores, sus vidas, que sus propias obras. Sigrid Nunez fue primero asistente de Sontag, luego la mujer de su hijo y después la amiga a la que recurría cuando necesitaba compañía (Nunez es la autora en la que se basa la última película de Almodóvar). Susan Sontag pertenece al momento más brillante de la cultura americana, al ramillete de creadores en todas las ramas del arte, como la España en el XVI, en el centro de la vida radiante de cuando Nueva York era la capital del mundo. Gente que amamantaba el gusto de la clase media chic, influencers de gustos refinados, moralistas y didácticos, que pensaban que la obra de arte que apreciaban había de apreciarla todo el mundo (comentario de Nunez).
Los recuerdos
de Nunez me interesan poco y de lo que me interesa apenas dice nada. El libro me
confirma la idea de que gran parte del éxito, en cualquier campo, se debe al
nacimiento y las conexiones, y que, en consecuencia, las mejores
ideas se pierden por falta de contactos. Cada uno de los hombres y mujeres que
han poblado y pueblan la tierra la única novela que habrán escrito habrá sido
su vida. Y cada una tendrá más interés que la mayor parte de las novelas
escritas. Cuál es la diferencia, la falta de oportunidades.
En ocasiones parecía que estaba rodeada de gente que
tenía mucho más que ella; gente que poseía su propio apartamento (situación
mucho menos común entonces que ahora); gente que tenía servicio doméstico;
gente que coleccionaba obras de arte; gente que, cuando viajaba, siempre lo
hacía en primera clase. Le molestaba que, con muy pocas excepciones, esta gente
no pudiese afirmar estar haciendo el tipo de contribución valiosa a la cultura
y a la sociedad que ella hacía. Pascal afirmaba que ser de buena familia puede
ahorrarle treinta años a un hombre.
Aun así, la élite cultural neoyorkina de la segunda mitad del siglo XX creó obras esplendorosas en literatura y música, en cine y arquitectura, por
no hablar de ciencia y tecnología. Viendo recientemente la segunda parte de Dune
y la serie Andor de la saga Star Wars, uno puede pensar en la
decadencia de Estados Unidos, allí donde la estética y la moral se dan la mano.

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