"En alguna parte de los
Andes creen, hasta el día de hoy, que el futuro está detrás de nosotros...
Cuando hablan del pasado, las personas del pueblo aymara señalan con el dedo
hacia delante".
¿Hemos gastado ya, amigos
míos, el cheque del futuro? El cheque sin fondos del futuro...
A medida que entramos en años nos vamos quedando sin
futuro. Eso le sucede a cada uno de nosotros, pero también a Europa y al resto
de las naciones. ¿Se puede compensar esa pérdida con el recuerdo del pasado? El
problema es que la memoria también se va quedando sin pasado.
Olvidamos al mismo tiempo que la esperanza en el futuro
se va desdibujando. Qué hacía yo tal día de tal año, qué será de mí dentro de
uno dos tres años. Si dejamos de tener fe en el futuro, el país de la memoria
se va borrando hasta desaparecer del todo. Eso sucede con el Alzheimer, pero
también con cualquiera que va envejeciendo.
El escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov lo toma
como punto de partida para construir este libro, Las tempestálidas, que
es al mismo tiempo novela y ensayo, un ensayo de lo que sucede con la
memoria cuando la vida se desmorona. Los imperios, las instituciones, la propia
vida están sometidas a la segunda ley de la termodinámica. ¿Es reversible la
entropía?
El narrador junto a su amigo Gaustín, pensando en el
borrado del Alzheimer, idean una clínica de recomposición del pasado. En ella construyen
plantas dedicadas a distintas décadas, sucesivos niveles que representan el
pasado, donde el enfermo volverá al mejor momento de su vida, así le ayudarán a
recordar. Traer de vuelta el pasado con fines terapéuticos es la cosa. Una idea tan
exitosa a la que, tras los que sufren Alzheimer, se apuntan los ricos y que,
luego, se generaliza para asumirla los países europeos. Estos deciden convocar
referéndums para que el pueblo decida a qué pasado le gustaría volver. Puesto
que parece que Europa se ha quedado sin futuro reconstruyamos la década en la
que Europa sí lo tenía, volvamos a tener esperanza, un pasado feliz al que
regresar.
El narrador que es un agente de la clínica va tejiendo el
tapiz de la memoria con pequeñas historias impresionistas que van y vienen y
apenas quedan fijadas en el relato. Así la historia del Señor N que ya no tiene
memoria, pero que tiene la suerte de que el agente que lo vigilaba en la
Bulgaria comunista le vaya recordando (Sr. A). Impresionistas he escrito,
pero no, impresionistas no, expresionistas, microhistorias de las que extrae
enjundia, filosófica y vital. El olvido hermana en la vejez al espía y a su
enemigo. La vejez los iguala, ambos han pasado al bando perdedor. Si no hay
memoria todo puede ser perdonado. Si la memoria se ha perdido y de pronto se
recupera un momento, a través de una fotografía: una mujer que se reclina en el
hombro de un hombre en las sombras, una tarde de agosto, el pasado absoluto es
algo así: la tarde del mundo con un escondite a la sombra de un árbol.
Gospodínov se divierte imaginando a qué país del pasado querrían
volver los ciudadanos de los distintos países. Cuando se jodió el futuro, se
pregunta.
Esto dice de los países del este.
"En aquella época aún
había una reserva intangible de futuro... Una década después, en los ‘dosmiles’,
la reserva se había agotado, tan solo el culo de la botella se transparentaba
frente a nosotros. Y entonces, en algún momento indeterminado entre el final de
esa década y el principio de la siguiente, algo pasó con el tiempo, algo saltó,
se dislocó, petardeó, derrapó y finalmente se detuvo".
Si en los países del este se piensa en la década siguiente
a 1989, el mejor momento de España, por el contrario, sería desde el comienzo de
esa década.
“España, con su dilatada
experiencia en ser una familia 'desgraciada a su manera' lo tendría más fácil… Al
final, España eligió la explosión de libertad de los ochenta, con su Movida
madrileña, su Malasaña y su Almodóvar, sucesores del ‘destape’ y de las
primeras tetas en la gran pantalla después de Franco, ya fueran justificadas o
no".
Pero también hay décadas a las que no querríamos volver.
Así recuerda un suceso de la historia de Bulgaria, el atentado comunista, uno
de los más mortíferos del mundo.
Pasamos junto a la
iglesia de Sveta Nedelya. Veinticinco kilos de explosivo bajo la cúpula
principal, una botella de ácido sulfúrico para asfixiar a los que no hubieran
muerto en el acto, y a las tres y veinte de la tarde del 16 de abril de 1925
Bulgaria pasa a ocupar el primer puesto en el podio de los atentados más
sangrientos perpetrados en una iglesia hasta el momento: ciento cincuenta
hombres, mujeres y niños asesinados. Por el ala radical de ese mismo partido
que ahora dirige el Movimiento para el Sotz. Si alguien tiene muchas ganas de
volver a la década de los veinte, tendrá que lidiar también con este asunto,
pensé.
Tarde o temprano, toda utopía se convierte en una novela
histórica.
La novela de Gospodinov, si es que este artefacto lo es,
es ingeniosa y por ello ha merecido premios prestigiosos. Como hacen los
poetas, ha captado el espíritu del tiempo, la fragilidad del Estado del
Bienestar, la desesperanza, el tembleque de Europa, el muro que Trump y Putin
han plantado delante. En su estructura deshilvanada, sin hilo conductor,
muestra el desorden natural de la vida, la entropía que a todo organismo
afecta. Por eso, hay que apreciarla por el detalle, la miniatura, no por la
gran narración sino por aquello que se nos escapa. La diferencia entre la luz
de la mañana y la de la tarde, o los olores, por ejemplo.
¿No es realmente asombroso que
no exista ningún dispositivo de grabación de los olores? A ver, en realidad sí
que existe uno, solo uno, de antes de la tecnología, un dispositivo analógico,
el más antiguo de todos. El lenguaje, por supuesto. De momento es el único del
que disponemos, así que he de capturar olores con palabras y añadirlas en el
enésimo cuaderno. Recordamos solo aquel olor que hemos podido describir o
comparar. Es llamativo, de hecho, que ni siquiera tengamos nombres para los
olores. Dios o Adán dejaron su trabajo a medias. No es como con los colores,
por ejemplo, donde vas nombrando rojo, azul, amarillo, morado... No se nos ha
otorgado el don de nombrar los olores de manera directa. Siempre ha de ser a
través de una comparación, siempre de forma descriptiva. Huele a violetas, a
pan tostado, a algas, a lluvia, a gato putrefacto... Pero las violetas, el pan
tostado, las algas, la lluvia y el gato putrefacto no son nombres de olores.
Valiente injusticia. O tal vez detrás de esa imposibilidad se esconda otro
presagio que escapa a nuestra comprensión...
"Mientras recordamos,
mantenemos el pasado a distancia. Es como encender un fuego en un claro del
bosque cuando se cierne la noche. Alrededor hay demonios y lobos agazapados,
las bestias del pasado van estrechando el círculo, pero sin atreverse todavía a
romperlo. La alegoría es sencilla: mientras el fuego de la memoria siga
ardiendo, uno tendrá la sartén por el mango; en cuanto empiece a apagarse, los
aullidos irán en aumento y el cerco de las bestias se irá cerrando en torno. La
manada del pasado".

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