miércoles, 7 de enero de 2026

Las tempestálidas, de Gueorgui Gospodínov

 


 

"En alguna parte de los Andes creen, hasta el día de hoy, que el futuro está detrás de nosotros... Cuando hablan del pasado, las personas del pueblo aymara señalan con el dedo hacia delante".

 

¿Hemos gastado ya, amigos míos, el cheque del futuro? El cheque sin fondos del futuro...

 

A medida que entramos en años nos vamos quedando sin futuro. Eso le sucede a cada uno de nosotros, pero también a Europa y al resto de las naciones. ¿Se puede compensar esa pérdida con el recuerdo del pasado? El problema es que la memoria también se va quedando sin pasado. 

 

Olvidamos al mismo tiempo que la esperanza en el futuro se va desdibujando. Qué hacía yo tal día de tal año, qué será de mí dentro de uno dos tres años. Si dejamos de tener fe en el futuro, el país de la memoria se va borrando hasta desaparecer del todo. Eso sucede con el Alzheimer, pero también con cualquiera que va envejeciendo. 

 

El escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov lo toma como punto de partida para construir este libro, Las tempestálidas, que es al mismo tiempo novela y ensayo, un ensayo de lo que sucede con la memoria cuando la vida se desmorona. Los imperios, las instituciones, la propia vida están sometidas a la segunda ley de la termodinámica. ¿Es reversible la entropía? 

 

El narrador junto a su amigo Gaustín, pensando en el borrado del Alzheimer, idean una clínica de recomposición del pasado. En ella construyen plantas dedicadas a distintas décadas, sucesivos niveles que representan el pasado, donde el enfermo volverá al mejor momento de su vida, así le ayudarán a recordar. Traer de vuelta el pasado con fines terapéuticos es la cosa. Una idea tan exitosa a la que, tras los que sufren Alzheimer, se apuntan los ricos y que, luego, se generaliza para asumirla los países europeos. Estos deciden convocar referéndums para que el pueblo decida a qué pasado le gustaría volver. Puesto que parece que Europa se ha quedado sin futuro reconstruyamos la década en la que Europa sí lo tenía, volvamos a tener esperanza, un pasado feliz al que regresar.

 

El narrador que es un agente de la clínica va tejiendo el tapiz de la memoria con pequeñas historias impresionistas que van y vienen y apenas quedan fijadas en el relato. Así la historia del Señor N que ya no tiene memoria, pero que tiene la suerte de que el agente que lo vigilaba en la Bulgaria comunista le vaya recordando (Sr. A). Impresionistas he escrito, pero no, impresionistas no, expresionistas, microhistorias de las que extrae enjundia, filosófica y vital. El olvido hermana en la vejez al espía y a su enemigo. La vejez los iguala, ambos han pasado al bando perdedor. Si no hay memoria todo puede ser perdonado. Si la memoria se ha perdido y de pronto se recupera un momento, a través de una fotografía: una mujer que se reclina en el hombro de un hombre en las sombras, una tarde de agosto, el pasado absoluto es algo así: la tarde del mundo con un escondite a la sombra de un árbol.

 

Gospodínov se divierte imaginando a qué país del pasado querrían volver los ciudadanos de los distintos países. Cuando se jodió el futuro, se pregunta.

 

Esto dice de los países del este.

 

"En aquella época aún había una reserva intangible de futuro... Una década después, en los ‘dosmiles’, la reserva se había agotado, tan solo el culo de la botella se transparentaba frente a nosotros. Y entonces, en algún momento indeterminado entre el final de esa década y el principio de la siguiente, algo pasó con el tiempo, algo saltó, se dislocó, petardeó, derrapó y finalmente se detuvo".

 

Si en los países del este se piensa en la década siguiente a 1989, el mejor momento de España, por el contrario, sería desde el comienzo de esa década. 

 

“España, con su dilatada experiencia en ser una familia 'desgraciada a su manera' lo tendría más fácil… Al final, España eligió la explosión de libertad de los ochenta, con su Movida madrileña, su Malasaña y su Almodóvar, sucesores del ‘destape’ y de las primeras tetas en la gran pantalla después de Franco, ya fueran justificadas o no".

 

Pero también hay décadas a las que no querríamos volver. Así recuerda un suceso de la historia de Bulgaria, el atentado comunista, uno de los más mortíferos del mundo. 

 

 Pasamos junto a la iglesia de Sveta Nedelya. Veinticinco kilos de explosivo bajo la cúpula principal, una botella de ácido sulfúrico para asfixiar a los que no hubieran muerto en el acto, y a las tres y veinte de la tarde del 16 de abril de 1925 Bulgaria pasa a ocupar el primer puesto en el podio de los atentados más sangrientos perpetrados en una iglesia hasta el momento: ciento cincuenta hombres, mujeres y niños asesinados. Por el ala radical de ese mismo partido que ahora dirige el Movimiento para el Sotz. Si alguien tiene muchas ganas de volver a la década de los veinte, tendrá que lidiar también con este asunto, pensé.

 

Tarde o temprano, toda utopía se convierte en una novela histórica.

 

La novela de Gospodinov, si es que este artefacto lo es, es ingeniosa y por ello ha merecido premios prestigiosos. Como hacen los poetas, ha captado el espíritu del tiempo, la fragilidad del Estado del Bienestar, la desesperanza, el tembleque de Europa, el muro que Trump y Putin han plantado delante. En su estructura deshilvanada, sin hilo conductor, muestra el desorden natural de la vida, la entropía que a todo organismo afecta. Por eso, hay que apreciarla por el detalle, la miniatura, no por la gran narración sino por aquello que se nos escapa. La diferencia entre la luz de la mañana y la de la tarde, o los olores, por ejemplo.

 

¿No es realmente asombroso que no exista ningún dispositivo de grabación de los olores? A ver, en realidad sí que existe uno, solo uno, de antes de la tecnología, un dispositivo analógico, el más antiguo de todos. El lenguaje, por supuesto. De momento es el único del que disponemos, así que he de capturar olores con palabras y añadirlas en el enésimo cuaderno. Recordamos solo aquel olor que hemos podido describir o comparar. Es llamativo, de hecho, que ni siquiera tengamos nombres para los olores. Dios o Adán dejaron su trabajo a medias. No es como con los colores, por ejemplo, donde vas nombrando rojo, azul, amarillo, morado... No se nos ha otorgado el don de nombrar los olores de manera directa. Siempre ha de ser a través de una comparación, siempre de forma descriptiva. Huele a violetas, a pan tostado, a algas, a lluvia, a gato putrefacto... Pero las violetas, el pan tostado, las algas, la lluvia y el gato putrefacto no son nombres de olores. Valiente injusticia. O tal vez detrás de esa imposibilidad se esconda otro presagio que escapa a nuestra comprensión... 

 

"Mientras recordamos, mantenemos el pasado a distancia. Es como encender un fuego en un claro del bosque cuando se cierne la noche. Alrededor hay demonios y lobos agazapados, las bestias del pasado van estrechando el círculo, pero sin atreverse todavía a romperlo. La alegoría es sencilla: mientras el fuego de la memoria siga ardiendo, uno tendrá la sartén por el mango; en cuanto empiece a apagarse, los aullidos irán en aumento y el cerco de las bestias se irá cerrando en torno. La manada del pasado".

 


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