Dos
películas que aparecen en las listas de las mejores del año, aunque no todo el
mundo cuenta con ellas. La primera es una comedia sin pretensiones, pero
divertida. La segunda usa del sarcasmo más que de la ironía para hacer una
crítica de la comedura del coco consumista capitalista, aunque sin gracia.
La primera, Las
delicias del jardín de Fernando Colomo, es como una lluvia de
primavera llena de imágenes coloristas, una comedia a la española, a la
madrileña, mejor. Un padre y su hijo se reencuentran en un garaje vivienda convertido
en taller de artista. El padre es un pintor abstracto (curiosamente el hiperrealista
Antonio López hace un cameo) que ha perdido la gracia del trazo debido al
movimiento espasmódico de su mano, justo cuando su ex, la galerista Carmen
Machi le hace un encargo que podría sacarle de los problemas económicos que
arrastra, una versión moderna de la obra del Bosco. El hijo, que acaba de
volver de la India, le ayudará a salir del mal rollo en que se encuentra. Hay
gags visuales, pero también comedia de enredo.
Lo mejor de
la película son los gags visuales. Me ha divertido ver al propio Fernando
Colomo haciendo de actor protagonista junto a su propio hijo, Pablo Colomo, que
es pintor en la realidad y que ha coescrito el guion. Una fina ironía recorre
toda la película: el pomposo lenguaje de los críticos de arte, la abstrusa
imaginería del arte abstracto. No se ha llevado premios del cine español, pero
para mí ha sido un descubrimiento; me ha recordado las películas que Colombo
hacía al comienzo de su carrera.
La segunda es Bugonia, de Yorgos Lanthimos, un director que se las da de rompedor, pero si sus anteriores películas te hacían pensar, tal la reciente Pobres criaturas, en esta se ha pasado de rosca. Toma como protagonistas a dos zumbados que creen que la Tierra ha sido colonizada y está manejada por andromedanos (extraterrestres de la galaxia Andrómeda). Se proponen secuestrar a la CEO de una gran compañía como primer paso para la liberación. El problema principal desde mi punto de vista es que la película pide humor y carcajada, pero el director no lo consigue, dominado como está por la seriedad de sus presupuestos ideológicos.
No hay un guion trabado sino una sucesión de diálogos
sin gracia y momentos efectistas de violencia. Lo que debería haber sido una
comedia loca se convierte en un manifiesto lleno de tópicos: las escenas cómicas
se ven como dramáticas. La escena final es risible, no por su vis cómica, sino
por su ridícula concepción. Lo único saludable desde mi punto de vista es la
interpretación de Jesse Plemons. Emma Stone, por el contrario, no encuentra el tono.

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