domingo, 18 de enero de 2026

Las delicias del jardín // Bugonia

 


Dos películas que aparecen en las listas de las mejores del año, aunque no todo el mundo cuenta con ellas. La primera es una comedia sin pretensiones, pero divertida. La segunda usa del sarcasmo más que de la ironía para hacer una crítica de la comedura del coco consumista capitalista, aunque sin gracia.

 

La primera, Las delicias del jardín de Fernando Colomo, es como una lluvia de primavera llena de imágenes coloristas, una comedia a la española, a la madrileña, mejor. Un padre y su hijo se reencuentran en un garaje vivienda convertido en taller de artista. El padre es un pintor abstracto (curiosamente el hiperrealista Antonio López hace un cameo) que ha perdido la gracia del trazo debido al movimiento espasmódico de su mano, justo cuando su ex, la galerista Carmen Machi le hace un encargo que podría sacarle de los problemas económicos que arrastra, una versión moderna de la obra del Bosco. El hijo, que acaba de volver de la India, le ayudará a salir del mal rollo en que se encuentra. Hay gags visuales, pero también comedia de enredo.

 

Lo mejor de la película son los gags visuales. Me ha divertido ver al propio Fernando Colomo haciendo de actor protagonista junto a su propio hijo, Pablo Colomo, que es pintor en la realidad y que ha coescrito el guion. Una fina ironía recorre toda la película: el pomposo lenguaje de los críticos de arte, la abstrusa imaginería del arte abstracto. No se ha llevado premios del cine español, pero para mí ha sido un descubrimiento; me ha recordado las películas que Colombo hacía al comienzo de su carrera.

 


La segunda es Bugonia, de Yorgos Lanthimos, un director que se las da de rompedor, pero si sus anteriores películas te hacían pensar, tal la reciente Pobres criaturas, en esta se ha pasado de rosca. Toma como protagonistas a dos zumbados que creen que la Tierra ha sido colonizada y está manejada por andromedanos (extraterrestres de la galaxia Andrómeda). Se proponen secuestrar a la CEO de una gran compañía como primer paso para la liberación. El problema principal desde mi punto de vista es que la película pide humor y carcajada, pero el director no lo consigue, dominado como está por la seriedad de sus presupuestos ideológicos. 


No hay un guion trabado sino una sucesión de diálogos sin gracia y momentos efectistas de violencia. Lo que debería haber sido una comedia loca se convierte en un manifiesto lleno de tópicos: las escenas cómicas se ven como dramáticas. La escena final es risible, no por su vis cómica, sino por su ridícula concepción. Lo único saludable desde mi punto de vista es la interpretación de Jesse Plemons. Emma Stone, por el contrario, no encuentra el tono.

 

 


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