martes, 20 de enero de 2026

Entropía

 

 


Cada uno de nosotros es una hormiga. Una hormiga laboriosa con muchos momentos de inactividad. Es decir, trabajamos y consumimos. Pero tenemos la posibilidad, si nos esforzamos, de reflexionar sobre ello. Metacognición, esa es nuestra diferencia. Podemos utilizar esta habilidad extraordinaria con la que nos ha dotado la naturaleza para pensar sobre lo que hacemos y actuar en consecuencia. No somos únicamente piezas de un mecano, aunque no por ello dejamos de pertenecer a un hormiguero. Nos es más fácil delegar responsabilidades.

 

Delegamos el gobierno de las cosas en representantes a quienes pagamos generosamente con dinero y fama, también con beneficios extras que ellos se atribuyen, y nosotros malamente toleramos, porque la mayoría lo que queremos es vivir, vivir sin preocupaciones. Producir y consumir.

 

Cuando ejercemos nuestro derecho al voto, depositamos al mismo tiempo confianza y aspiraciones. Damos por supuesto que se ocuparán del mantenimiento. Confiamos: no nos hacemos preguntas, damos por supuesto que los niños y los jóvenes van a la escuela y pueden formarse; que médicos bien formados pueden atendernos si nos encontramos mal; que jueces justos atienden nuestras reclamaciones; que los servicios que la sociedad moderna ha puesto a nuestra disposición siguen funcionando sin tener que pensar en ellos: el agua y la electricidad, las carreteras y el ferrocarril, la seguridad en las calles. Eso se llama gestión. Aceptamos pagar dolorosos impuestos para que todo funcione.

 

Confiamos. Damos por supuesto que nuestros representantes y el gobierno se ocupan diligentemente de que todo siga funcionando, y que, si proyectamos la segunda cosa, las aspiraciones, en nuestros debates, en encendidas polémicas, es porque la buena gestión está asegurada: qué sociedad queremos, cómo abrillantamos el futuro, el luminoso horizonte en el que vivirán nuestros hijos. Pero qué sucede si comenzamos a sospechar que todo eso no es más que retórica para que sigamos confiando en ellos. Que descuidan la gestión porque solo se preocupan por sí mismos y sus allegados. La sospecha de que la gestión de los asuntos no es la prioridad, que cuando una cosa funciona mal los responsables siguen en su puesto (la presidenta de Red eléctrica, tras el apagón, por ejemplo) corroe la sociedad. Sin cuidados, todo está sometido a la ley de la entropía. En ese momento estamos.

 

Deberíamos volver hacia nosotros las preguntas. Metacognición. ¿Elegimos a los mejores? ¿Prestamos atención a las alertas? ¿Nos dejamos seducir por ensoñaciones que ocultan una realidad fea que no queremos ver? Sin preguntas, sin metacognición, no somos más que obreros consumistas en el hormiguero. ¿Qué queda de la humanidad que nos distingue? ¿Desaprovechamos el don que se nos dio? 


Los hombres, al principio, aunque oían no escuchaban, y semejantes a las figuras de los sueños, a lo largo de toda su vida se movían confusos al azar. Ni siquiera tenían casas de adobes cocidos al sol, ni construcciones de madera, sino que habitaban en agujeros como las inquietas hormigas. No aprovechaban las estaciones y actuaban en todo sin previsión. Yo les enseñé los números, inventé para ellos, les enseñé las combinaciones de las letras y una memoria universal, gracias a la que tienen las artes. Y fui el primero que unció bajo el yugo a las bestias de carga para que fueran sustitutos de los hombres en los trabajos del campo. También inventé para los hombres las naves que cruzan la mar. (Prometeo encadenado, de Esquilo)

 


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