Veo L'avventura de Antoniani por los escenarios del rodaje en Sicilia y las pequeñas islas adyacentes. Y comprendo que Antonioni era un artista, y que si se me hacían aburridas sus películas cuando yo juvenil las veía era por inmadurez. Lo primero que constato es que lo que veo es cine, el cine como lenguaje artístico autónomo. Algo que es difícil de captar con la mirada adocenada que ha creado el desmesurado consumo audiovisual. Lo segundo es que el arte es inseparable de la vida: Antonioni fue creando la película por encima de las enormes dificultades que se le iban presentando (falta de financiación, escasez de recursos, huelga del equipo, enfermedades, incluido el coma de Lea Massari tras un paro cardíaco por frío por las muchas horas en el agua). Si la vida interfería en la creación, el rodaje cambiaba la vida de sus protagonistas. Al mismo tiempo, y, creo, lo más importante, la cualidad etérea de la película, como si lo que sucede sobrevolase la realidad. Es lo que nos sucede cuando vemos una obra maestra de la pintura o escuchamos una sinfonía clásica: quedamos atrapados por un misterio que no desciframos de inmediato. Nos dejamos mecer por el embeleco y solo más tarde, como en un segundo plano o acabada la película, atamos hilos y empezamos a comprender.
La narración, la omnipresente forma del relato, nos ha confundido. Ha trastornado nuestro modo de comprender el mundo. Llevamos siglos, desde Homero, en que nuestro acceso al mundo ha privilegiado el cuento, la narración concatenada, causas y consecuencias, acción y efectos. Sin embargo, hay otras aproximaciones a la realidad, quizá menos engañosas.
En L'avventura hay diálogos y secuencias pero no son determinantes para nuestra comprensión. Antonioni quiso haber hecho un rodaje ordenado cronológicamente, el que no lo pudiese hacer ayudó a la autonomía de su obra. Es como en esos textos antiguos que solo se conservan en fragmentos: hemos de recomponerlos con la imaginación. El lector, el espectador, se convierte en el especialista que recompone. La autonomía de una obra, su maestría, se reconoce en la autonomía de la mirada del espectador: en ese acto cada uno es artista, comprende el mundo por sí mismo.
Solo al final o pasadas las horas comprendemos. Dos amigas, Anna (Lea Massari) y Claudia (Mónica Vitti) quedan en Roma a la espera de que llegue el novio de Anna, Sandro, para iniciar un crucero por el Mediterráneo. En el yate de unos amigos ricos llegan a las islas Eolias, en la costa de Sicilia. En una de ellas, Lisca Bianca, una Anna desencantada, ¿con Sandro, con la vida?, desaparece. La buscan, no la encuentran. Lo importante de lo que sucede lo ha de componer el espectador más que con lo que ve que con lo que oye, con su sensibilidad más que con el raciocinio: la atracción de Claudia por Sandro; el cambio en Claudia, del pánico por la desaparición de su amiga al pánico porque reaparezca; la atracción animal en los hombres por la erótica femenina; la sumisión, en forma de enamoramiento, de las mujeres; el destrozo psíquico cuando la atracción y el amor desaparecen. Todo eso y más se muestra en L'avventura.
“expresaba a través de imágenes en las que espero mostrar no el nacimiento de un sentimiento erróneo, sino más bien la forma en que nos desviamos en nuestros sentimientos. Porque como he dicho, nuestros valores morales son viejos. Nuestros mitos y convenciones son viejos. Y todo el mundo sabe que son realmente viejos y anticuados. Sin embargo, los respetamos”.
L‘Avventura (1960) es la primera de una trilogía, seguida por La Notte (1961) y L‘Eclisse (1962). Ha figurado entre las mejores películas de la historia.
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