domingo, 5 de diciembre de 2021

Corrosión de los materiales

 



Aunque produce satisfacción caminar por el centro de la ciudad, por las Ramblas, por el puerto, sin agobios, con tan pocas personas que se te crucen en los paseos, con los restaurantes semillenos, no puedes desembarazarte de la triste sensación de falta de compañía, pues esta ciudad ha sido diseñada para ser visitada, para que a unos turistas les sucedan otros sin descanso.


Acaba de morir Bohigas, el urbanista de la Barcelona del 92. Cambió la faz de la ciudad, la oxigenó, organizó de forma racional sus arterias. Qué queda de todo aquello. Los millones de turistas que cómo abejas atraídas por el encanto del artificio han acudido a la ciudad durante las pasadas décadas refrendaban su belleza temporal. La Barcelona contemporánea tiene dos padres: Gaudí y Bohigas. Con Bohigas cambió su estructura; los comerciantes cambiaron su piel. La llenaron de adornos y de colores brillantes al modo gaudiniano. Tiendas para posmodernizar ‘la república independiente de tu casa’, en el feliz hallazgo publicitario de Ikea -ninguna ciudad que yo conozca es más Ikea que ésta-, bibelots sin valor y sin utilidad, restaurantes chulos con cartas bonitas y menús tan barrocos en el nombre como faltos de sustancia. Los turistas venían a visitar la ciudad con decorado gaudiniano de película del far west, fachadas llamativas pero con traseras vacías, sin construir. En realidad, traseras que no se pueden visitar: donde la miseria provoca incendios y muertes. Pero los decorados de película se visitan una sola vez, ¿para qué volver?, cuando los turistas dejan de venir el tinglado se arruina. Lo kitsch se convirtió en una cursilería insoportable, el alcalde Maragall en Ada Colau, Bohigas no tuvo sucesor, los publicistas actuales son cursis a lo Errejón: eslóganes vacíos que ya no hacen gracia a nadie. A Barcelona la mató lo cursi.



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