"La mente que está abierta a las preguntas está abierta a la disidencia. En el régimen totalitario hay que suprimir la mente dudosa, inquisitiva e imaginativa".
The Rape of the Mind. Joost A.M. Meerloo.
Nos echamos las manos a la cabeza por vivir en un país polarizado, por asistir a la pelea de dos fuerzas antagónicas. La protesta suele partir de alguien que se sitúa en uno de los dos lados y achaca al otro su extremismo. Pero pensemos qué sería vivir en un mundo unipolar, en un país donde todo se consensuase en una dirección (o se ordenase). Algunos se adaptarían por fuerza, obligados por temor a ser señalados contra el consenso (o bien por temor a ser reprimidos o encarcelados). Pero habría quien pensase de modo convencional de buena fe; nadie le habría enseñado otro camino, un modo diferente del vivir y pensar de sus vecinos. Que haya dos fuerzas políticas antagónicas es un regalo, un don que nos da el sistema liberal para poder optar con libertad por una de ellas o por ninguna: el sistema no solo nos permite sino que nos incita a desembarazarnos de ideas únicas que nos encorsetan y que en la batalla de la confrontación demuestran su debilidad, por lo que somos libres de desecharlas y pensar en otra cosa. Es verdad que pocos ejercitan su libertad: ejercerla requiere una educación.
Sabemos por experiencia o por el testimonio de otros lo que supone vivir en un país totalitario. Lo que les espera a quienes no aceptan las directrices y el yugo. Hay grados de totalitarismo. En los regímenes más atroces la resistencia es pequeña porque la población que se ha opuesto ha sido duramente castigada, sin fuerza real para constituir una segunda fuerza capaz de oponerse al tirano. De poco sirve la mente lúcida que en su retiro ve con claridad la inhumanidad del régimen: la soledad le lleva a la locura, al suicidio o al inútil sacrificio por el resto de la población que se resigna acepta o colabora. O al silencio.
Pero incluso en regímenes liberales con un parlamento abierto hay ideas y consensos que asume el conjunto de la sociedad y que sin embargo la razón asociada al tiempo demuestra su inhumanidad: la esclavitud en la América constitucional, la subordinación de la mujer o de la población foránea. En la misma España democrática y constitucional se ha dado el caso de que determinados estatutos políticos discriminan a su población por la lengua. Una parte importante de la población que podría llegar a ser la mitad o más ha visto cómo era convertida por el consenso dominante en ciudadanos de segunda que no podían estudiar en su lengua materna, que curiosamente es la lengua oficial del país. Una situación odiosa porque se les despoja de un derecho pero también porque si protestan se convierten en apestados, en extremistas que merecen el oprobio de la mayoría. El coste de la protesta, de pensar de modo diferente a la mayoría es tan elevado que pocos se han atrevido. En esas condiciones ha sido casi imposible autodeterminarse como individuos. Como señalaba Hannah Arendt, la libertad para autodeterminarse siempre se halla condicionada por circunstancias históricas y culturales de las que ningún individuo puede distanciarse del todo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario