domingo, 28 de noviembre de 2021

Segunda casa, de Rachel Cusk. Segunda lectura (más pausada)

 


¿Por qué vivimos tan dolorosamente nuestras ficciones? ¿Por qué sufrimos tanto por cosas que nosotros mismos nos hemos inventado?... He querido ser libre toda mi vida y no ha sido capaz de liberar ni el dedo meñique del pie”.


Hemos de llegar al final de la lectura para enterarnos de que la novela se inspira en las memorias de 1932 de una mecenas de las artes, Mabel Dodge Luhan, Lorenzo in Taos, que invitó a su casa de Nuevo México al famoso escritor D H Lawrence. También allí se habla de un choque de personalidades y de la supuesta destrucción que la autora sintió que contra ella tramaba la voluntad del escritor. También nos enteramos, por otros medios, que la autora de Segunda casa (Second Place), Rachel Cusk, tras el Brexit, abandonó su rica mansión de Norfolk (2,2 millones de libras) por París, pero que esa huida fue interrumpida durante un tiempo por la pandemia. Hay más, Cusk venía de una trilogía de libros exitosa, tras una cierta polémica después de Aftermath (Despojos), las memorias noveladas tras la ruptura de su matrimonio. La protagonista vive algo parecido en esta novela. Añadamos el cuidado de una mujer madura hacia sus hijas. Todo eso está presente en la concepción de Segunda casa. Hay una doble trama en la construcción de la novela. Por un lado la interrogación de la narradora, M, sobre sí misma (“ Yo crecí asqueada por mi aspecto físico y creyendo que la feminidad era un artilugio”), sobre su condición de mujer de edad madura que entra en la segunda etapa de su vida: ¿Sigue siendo atractiva?, ¿siguen los hombres teniéndola en cuenta?, ¿posee sobre ellos el poder que pudo tener en su primera etapa?, ¿puede restablecer una relación de amor con su hija? Es la parte analítica de la historia, en la que a menudo uno siente que la propia autora sea la narradora, pero que otras veces la ve distante, burlándose de los personajes que ha creado, como cuando hace que Kurt, el novio alemán de su hija, lea durante dos horas un manuscrito sobre una historia de monstruos y dragones que no interesan a nadie o cuando se burla de Brett, la deslumbrante joven que trae consigo L, el invitado, a su Segunda casa, dardos venenosos que se vuelven sobre ella misma cuando descubre que Brett no es lo que aparenta, sino un dechado de habilidades. También en el apartado analítico está la interrogación sobre su papel como escritora, ¿Qué es el arte, qué nos descubre, qué función tiene, cuál es su autonomía? ¿Tienen los artistas una dispensa moral para apartarse del mundo y contemplar al resto de las personas como material de sus revelaciones, con una distancia suficiente como para salvar la repugnancia que les provocan? ¿Qué precio están dispuestos a pagar a cambio de ser los profetas de la revelación? ¿Puede haber vida verdadera en quien se conforma, en quién acepta la vida que le toca sin hacerse preguntas 'esenciales'? ¿No es ese el papel, a la postre, destinado a la mujer?



En una lectura inmediata todavía impregnada por las emociones suscitadas, el lector entre satisfecho y emocionado podría, como ha sido mi caso, agradecer a la autora la invitación a sumergirse en una reflexión sobre las cuestiones de nuestro tiempo, sin embargo, caemos después en que lo que teníamos entre manos era una novela. ¿Ha conseguido la autora triunfar en este aspecto? Segunda casa me ha recordado a los antiguos melodramas que el cine nos ofreció en los años cincuenta: Douglas Sirk, por encima de todos, y Todd Haynes en la actualidad. Personajes encerrados en un espacio reducido sometidos a una presión insoportable tratando de sobrevivir a un naufragio, con momento climático incluido. Los personajes de Segunda casa creen estar dirimiendo asuntos trascendentes como las revelaciones que se le suponen al arte, la vida superior, única, que el artista ejemplifica y ofrece a quiénes sepan interpretarlo frente a la vulgaridad de la gente sin aspiraciones. Y enfrente la vida natural, apegada a la tierra, que no tiene por qué saber formular su significado profundo pero que se adapta a ella y hace de esa adaptación una vida igualmente ejemplar. Pero como el melodrama nos enseñó no son mas que máscaras en la estrategia de supervivencia. M y L han dejado atrás los mejores años, los añoran y se niegan a aceptar el paso del tiempo, la decadencia, su decrepitud. M invita a su casa a L, el artista, para que reconozca lo especial, esa mirada única que sabe ser la belleza de las marismas, que hay en ella. No lo consigue, ni suplicando. L, al que se le ha pasado el momento creativo, llega con la joven y esplendorosa Brett, y mantiene la ilusión de reencontrar al más puro amor que nunca tuvo, que no es Brett sino la hija de una mujer con quien vivió en París sus mejores años. El patético impulso de volver a París en busca de esa ilusión lo conducirá a la muerte. Tony, en el que M ha encontrado el amor y el refugio de la mujer madura, el hombre que no se interroga sobre su destino sino que lo acepta y vive una vida apegada a la naturaleza (el Tony idealizado “que no es dado a interferir a la ligera en el curso de las cosas, sabiendo como sabe que asumir la tarea del destino es aceptar la responsabilidad plena de sus consecuencias”), entra en crisis y huye cuando M siente la tentación irrechazable de ofrecerse a lo sublime. Ambos Tony y M volverán a estar juntos a cambio de rebajar sus expectativas para acomodarse a una vida pequeño burguesa. Todos los personajes, salvo el artista que no acepta su decrepitud, acabarán haciéndolo.


"Ay, Tony, ¡dime la verdad! ¿Es malo desear cosas que tú no puedes darme? ¿Me engaño al creer que es bueno que estemos juntos solo porque así todo es más fácil y más agradable?”


¿Lo ha logrado Rachel Cusk? ¿Ha cumplido con las expectativas puestas en ella: construir una novela después del libro autobiográfico (Aftermath) y la trilogía (The Outline: A contraluz, Tránsito, Prestigio) en la que oculta su voz para cedérsela, en sucesivos monólogos, a los personajes que va encontrando? ¿Ha sido capaz de ensamblar los dos planos, el analítico y el melodramático? La impresión es que pesa más la autorreflexión que la elaboración de la trama novelística. No hay obras plenamente acabadas, completas. El tiempo y las numerosas lecturas terminarán por darle forma. Segunda casa es un artefacto imperfecto pero lleno de sugerencias e incitaciones.




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