viernes, 26 de noviembre de 2021

Segunda casa, de Rachel Cusk. Primera lectura (emocional)

 



La verdad no reside en ninguna reivindicación de la realidad, sino allí donde lo real escapa a nuestro entendimiento. El verdadero arte busca captar lo irreal. ¿Crees que es así, Jeffers?


Hay novelas puramente descriptivas, o narrativas, que describen con mayor o menor precisión la cara visible de las cosas, lo que está a la vista de cualquiera que se ponga a mirar, pero el buen observador sabe que la realidad está compuesta por muchas capas, no inmediatamente perceptibles. Ese tipo de narradores anudan a los personajes de sus novelas con acciones que materializan el relato dándole continuidad, un hilo que teje la trama en una dirección prefijada, lo que está a la vista de todos y se puede contar, pero todo sabemos que nuestras acciones son difícilmente explicables si nos atenemos meramente a las causas visibles. Si la conducta humana no fuese compleja no necesitaríamos novelas complejas y perspicaces novelistas. "Hay tanto que decir sobre lo que uno 'creía' que pasaría como sobre lo que pasó en realidad". Y eso se nota en el ritmo de la lectura, pues así como cada libro impone el suyo, también cada lectura lo tiene. Las novelas descriptivas se pueden leer a toda velocidad, sobre todo si son largas, saltándose palabras, frases, leyendo en diagonal, sin perderse nada, porque no hay sustancia que se esconda, sin embargo las otras, más analíticas, las que esperan al lector tras un recodo (Brett apareciendo cuando no se la espera), requieren una lectura pausada, que se detiene al acabar una frase, que a veces necesita ser releída, incluso volver a un párrafo que se dejó atrás, que recobra un significado no previsto.


El problema con Rachel Cusk es que quieres quedarte en cada frase, no puedes avanzar porque la lectura se ralentiza al volver una y otra vez para captar todo lo que quiere decirte, exprimir cada frase para que suelte todo su jugo, y si avanzas te dices, qué me habré perdido. Con ningún autor me pasa que la lectura se convierta en un acto de intimidad con la narradora/autora, el efecto de mis ojos sobre su prosa es comparable al restregarse sudoroso de dos cuerpos desnudos, piel contra piel.


Hay un conocimiento que escapa al proceder científico y a las técnicas y prácticas experimentales. Cuando los filósofos están mudos, desterrados de las aulas, recluidos con los cacharros tecnológicos que no acaban de saber cómo funcionan, las preguntas ante el mundo cambiante no cesan, el mudo asombro ante una realidad que nos trastorna. ¿Quién hace hoy las preguntas? ¿Cuáles son esas preguntas? Los poetas y los artistas constatan el cambio, el desasosiego. Los buenos novelistas lo incorporan al trasiego de los cuerpos. Rachel Cusk es de la estirpe de quienes sin cesar incorporan las preguntas a la vida que llevamos. ¿Podemos reorganizar nuestra vida ante un mundo tan cambiante?


Mi sospecha era que el alma del artista -o la parte de su alma en la que L era un artista- tiene que ser totalmente amoral y estar libre de sesgos personales. Y dado que la vida, tal como funciona, refuerza día a día nuestro sesgo personal para permitirnos aceptar las limitaciones de nuestro destino, el artista tiene que estar especialmente en guardia para evitar esas tentaciones y oír la llamada de la verdad cuando llega. Esa llamada, creo, es la cosa más fácil de pasar por alto o mejor dicho, de ignorar. Y la tentación de ignorarla no se presenta una sola vez, sino mil veces, continuamente, hasta el final la mayoría de la gente prefiere cuidarse antes que cuidar la verdad, y luego pasa a preguntarse cómo ha desaparecido su talento. (...) Hay que decir que entre los artistas que he conocido los que más cerca han estado de consumar su visión son también los que más han sufrido y L era uno de ellos: su infelicidad lo envolvía como una densa capa de niebla”.


Hay un trato con el mundo prelingüístico que la imaginación y su expresión artística transmiten mediante símbolos. De los hombres primitivos, los que pasaban un tiempo en las cavernas, nos ha llegado por encima de cualquier otra cosa su simbolización del mundo, su abstracción mediante dibujos y pinturas esquemáticos o realistas del arte parietal. La expresión artística nos acerca a lo que no vemos de inmediato o a lo que viéndolo no lo concebimos en términos racionales, lingüísticos. Nuestro acondicionamiento mental nos impide incorporarlo a la vida. Entre el mundo y nosotros hemos interpuesto el discurso racional, la opinión pública, ahora un poder tecnologizado, una autoridad que 'nos libera' y a la vez nos esclaviza, un sometimiento consentido. "Los hábitos matan lo que hay de esencial en nosotros", dice la narradora al comienzo de la novela. L, el artista invitado en la Segunda casa, ve la realidad y no transige. La narradora ve lo que L ve y se pregunta cuál es el precio de una vida que acepta que la verdad es su guía. Mas las preguntas tienen sentido en la vivencia, L es un eremita en busca de esencias, de abstracciones que puedan plasmarse en una tela. “L no quería jugar al juego de la empatía, que consiste en animarnos los unos a los otros a enseñar nuestras heridas”. En cambio, Tony, la pareja de la narradora tras el fracaso de su primer matrimonio, que percibe el mundo con sus manos: terrones, surcos y simientes, árboles que dan fruto y leña para el fuego, un ciervo que es una amenaza para la corteza de sus árboles y bueno para la cazuela, es una presencia muda pero reconfortante, un seguro de vida. L es la inhóspita revelación de la verdad: “Como dijo Sófocles, ¡qué atroz es el conocimiento de la verdad cuando la verdad no puede ayudarte!”. Tony, un lugar en el mundo. A la narradora le asusta “la repugnancia que lo asaltaba [a L] cada vez que notaba el hedor de la familiaridad humana”. “Tony no creía en el arte: creía en las personas, en su bondad y su maldad, creía en la naturaleza”. La narradora se compara con un perro, con la amistad y el cariño que le daría a Tony a cambio de su lealtad, devoción y obediencia. Incluso, se ve compitiendo con esa hipotética mascota.


Somos seres dialógicos, nos construimos en el intercambio de los cuerpos. No existe una verdad separada de ellos. Alcanzamos sentido empapándonos de mundo, pero el mundo lleva incorporados a los otros. Nuestro empeño es ser libres y felices: lo primero lo logramos contemplando lo real sin determinaciones, lo segundo volviendo a los otros, al abrazo que en la cocina se dan madre e hija, la narradora y Justine, tan frágil (Justine acusa a su madre de querer devolver a Kurt, su novio, a Alemania a sus espaldas: "Intenté defenderme y, entre unas cosas y otras, la pequeña estructura de amor que habíamos construido se vino abajo. Habría que volver a levantarla). Tanto la contemplación como el abrazo han de renovarse de continuo, nada se da para siempre. De la dialéctica entre la mirada libre y el abrazo nace la libertad auténtica.


No sé si hay un autor en la actualidad con quien me identifique más que con Rachel Cusk. Es una mujer su protagonista, la narradora es una mujer, ¿importa? (“¡Como si yo supiera qué es lo que hace a una mujer sentirse mujer!”). El río que brota de sus frases o el río que son sus frases es lo que yo querría que brotase en mí. Como si no pudiese ser dicho de otro modo. El río de verdad que debería atravesar cualquier vida. ¿Qué verdad? ¿A qué precio?


¿Puede ser que la gente como él [L] tenga una función moral superior: la de enseñarnos de qué están hechas nuestras suposiciones y creencias?”


"Por primera vez, Jeffers, consideré la posibilidad de que el arte pudiera ser una serpiente que nos susurra al oído, que nos exprime hasta la última gota de satisfacción y fe en las cosas de este mundo con la idea de que existe algo superior y mejor dentro de nosotros, algo que lo que tenemos delante jamás podrá igualar".



No hay comentarios: