Mantienes una larga e informativa charla sobre un asunto que te interesa, aunque no de forma apasionada. En realidad a quien le apasiona es a tu interlocutor que ha visto la ocasión de explayarse sobre un tema que domina y que ve en tus oídos la atención que quizá no le han prestado antes. Las horas pasan, la tarde se echa encima, no te atreves a mirar el reloj para que no lo tome como un síntoma de aburrimiento cuando en realidad lo que estas sintiendo son las tripas que te avisan de que es hora de comer. Al acabar la charla te recomienda sitios adonde ir y antes de que te vayas hace acopio de cosas relacionadas con el tema, folletos, libros, murales. Le agradeces efusivamente la charla y los regalos. De vuelta, cuando ya estás en el coche, y has dejado todo eso en el asiento trasero te preguntas qué vas a hacer con ello. Aún así cuando la tarde enrojece a poniente y vuelves a casa te lo llevas contigo. Y lo guardas en algún rincón como obligado por una deuda.
Con el paso del tiempo te preguntas a quién se lo podrías endosar. No encuentras a nadie que le interese y un día piensas, lo tendré que tirar. Y te duele traicionar la pasión que puso aquel hombre. Supongo que le sucede a todo el mundo, regalos que no necesitamos, objetos que se acumulan. Los libros, por ejemplo. Hubo un tiempo que eran un objeto valioso, se ponían en las estanterías como elemento de estatus. Esperabas que las visitas te valorasen por ellos. Ya no. Ahora el libro es un objeto antiguo que coge polvo en las estanterías y que es indicativo de que el hombre que lo muestra es una persona que vive en otra época.


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