martes, 23 de noviembre de 2021

Los vencejos, de Fernando Aramburu


 

Se veía poca gente en los espacios públicos y menos tráfico que de costumbre. Luego, según la tarde iba cayendo y el calor perdía intensidad, en algunas terrazas, delante de algunos comercios, se aglomeraba algo de público, seres humanos de distintos tamaños, edades y colores, y yo me preguntaba a la vista de los semblantes desconocidos qué me une a mí con toda esta masa de bípedos. ¿Qué culpa tengo yo de ser contemporáneo de nadie? Imagino que con la mayoría de los viandantes comparto nacionalidad, lo cual, para mí, no significa gran cosa”.


Impresiones al vuelo


Cuesta saber hacia dónde va la novela de Aramburu. Personajes deshilvanados, escenas sórdidas, un ir y venir sin peso. Aunque se va intuyendo lo que quiere retratar: apuntes bosquejos acuarelas del vivir contemporáneo. El retrato que le sale no es optimista ni vitalista. Y la falta de unidad, de un hilo conductor que ordene la novela quizá se deba a la intención de reflejar un tiempo desmadejado. Puede que el retrato impresionista sea cierto, verosímil para el lector lo que va leyendo, ocurre sin embargo que no parece suficiente, el lector espera que le den claves interpretativas. Puede estar de acuerdo con lo que le cuentan pero espera alguna explicación y salidas, no a la manera del ensayo, claro está, sino por otras vías como saben transmitir los poetas y novelistas. No le basta con meras estampas impresionistas, y más teniendo en cuenta que la lectura es larga, demasiadas páginas. 672. El autor es consciente de esta exigencia, pues hace que, avanzada la novela, el protagonista acuerde con Patachula, su único amigo, una lista de las convicciones o certezas que cabría esperar de este tiempo.


Aparece muchos personajes, algunos brotan inesperados. La familia propia del protagonista y de su mujer, o exmujer cuando comienza la lectura, Amalia, padres y suegros, hermano, Raúl, nuera y sobrinas e hijo, Nikita; profesores y alumnos del instituto donde da clases de filosofía; amigos o conocidos, Patachula, Águeda; muñecas, juguetes sexuales y la perra, Pepa. Sin duda, la estructura de la novela -los capítulos se corresponden con cada uno de los días de un año, ordenados por meses, y por tanto la necesidad de ir rellenando los días con estructura de diario pero sin serlo, desde que toma la decisión de poner punto final a su vida hasta que llega el día en que ha de dar curso a su voluntad suicida- condiciona tanto la descripción impresionista como la aparición y desaparición desordenada de los personajes. La vista quiere ser al mismo tiempo una panorámica general de este periodo y un detalle exhaustivo de las prácticas y usos sentimentales, sexuales y vitales y del acontecer político. Demasiados temas demasiados asuntos, como si quisiera abarcarlo todo.


Sin embargo hay como un desenfoque, como si la realidad que quiere describir aunque verosímil no se ajustase del todo al empeño. Es creíble lo que cuenta, la narración va girando hacia la actualidad, presentista, con asuntos cada vez más del día, la vida gay, las parejas homosexuales, el maltrato y la violencia de género, la salida de los restos del dictador del Valle de los Caídos, las elecciones y la irrupción de Podemos y hasta de la cosa catalana trata y del mismísimo puritanismo de la cancelación a propósito de una exposición de Balthus en la Thyssen, con voluntad de abarcar la actualidad entera, pero los personajes parecen de otra época. Quizás sea una cuestión generacional: vistas al presente de personajes que vienen del pasado. De hecho, solo Nikita, el hijo del protagonista, y la amante de su mujer, Olga, podrían representar con cierta fidelidad el presente, al menos el mediático, que quiere retratar.


Sin embargo, si el lector persiste su paciencia será recompensada. Sucede a menudo. En Los vencejos, desde mi punto de vista, hay dos novelas diferentes. Todo lo que voy contando sirve hasta la mitad de la obra. Doblado el año, en enero, la narración cambia, se estabiliza, toma cuerpo. El protagonista narrador, hasta entonces innominado, cobra nombre propio, Toni. No parece el mismo, pasa de ser un personaje hosco, sórdido, desagradable, nihilista a uno desamparado, solitario, necesitado de afecto y comprensión, preocupado por sus familiares, su hijo, su sobrina enferma, su madre y amigos, Patachula, Águeda, incluso cuando rememora el pasado en la segunda parte lo hace con una muy diferente actitud hacia el hijo y hacia la madre. Hay escenas atribuibles al personaje amoral que es el protagonista de la primera parte -cuando colegial pierde la virginidad con una chica deficiente a la que vende el hermano o cuando Nikita, su hijo, participa en una violación en grupo o en el asunto de la guitarra rota- pero difíciles de entender en el segundo, tan necesitado Toni de los lametones de Pepa, la perra, de la compañía de Águeda o de la compasión hacia su sobrina gravemente enferma o la comprensión hacia su madre. La novela se convierte en narración cuando Pepa, la perra, y Águeda, a partir de enero, cobran protagonismo, adquiere entonces coherencia y el protagonista volumen. Quizá fuese esa la concepción del novelista desde el principio, ir modulando la personalidad del protagonista, pero no se ve la transición o a mí me ha costado verla.


Hay libros que en una descuidada lectura parecen superfluos no logrados que se pueden dar al olvido, es posible que la lectura apresurada de los críticos que tanto influyen en los lectores sea injusta y dañe el libro y que el tiempo les desmienta, que un libro que no parecía bueno tome con el tiempo su venganza y lo que se recuerde negativamente sea la mala crítica. Este puede ser uno de ellos. También hay libros cuyo autor debería estar agradecido a sus lectores porque su éxito depende de ellos.



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