lunes, 22 de noviembre de 2021

Patria

 



He ido postergando Patria, la serie, en parte por temor a la decepción. Leí como todos la novela de Aramburu con la intensidad emocional que requiere un tema con asesinos y muertos reales, asesinos con los que no sería difícil encontrarse en la calle de cualquier pueblo vasco donde con tanta ignominia se les homenajea. También con los deudos de los muertos, aunque quizá no de modo tan fácil: los muertos porque están muertos, sus familias porque están desperdigadas, huidas muchas de la roca Tarpeya de la sangre derramada o aún atemorizados en sus casas. Temía que los creadores de la serie ofreciesen algún tipo de equidistancia, que añadiesen crimen al crimen. Acabo de leer otra novela de Aramburu, Los vencejos, no tiene nada que ver con Patria pero ha facilitado el tránsito de una obra a la anterior.


No me ha decepcionado la serie o no del todo. Juega en el terreno de la ficción, de la simulación que permite ponerte en el lugar del otro. Como cualquier obra de este tipo, el espectador se deja manipular emocionalmente, acepta el juego y entrega sus lágrimas y su ira a conveniencia, también su comprensión y perdón. Es el precio que paga por convertir unos graves sucesos en entretenimiento. Hitler mismo, convenientemente explicado. La serie, como lo hizo la novela, sitúa en dos planos que se entrecruzan al violador y a la víctima. Un asesino no deja de ser un violador, destroza la intimidad y luego, insaciable, la vida. Hay dos familias, padres y madres e hijos. Una gama de posibilidades. Como si quisiesen recorrerlas todas. Hay un afeamiento de los malos, moral, por supuesto, pero también físico. Y buenos virtuosos y bellos. Los malos son feos, incluso la chica etarra que lleva el coche de los asesinos. Si se toma como novelería está bien. En las novelas nos ponemos en el lugar del otro: queremos comprender. Ahí está Raskolnikov. Aunque después de todo lo que sabemos gracias a la psicología y a las neurociencias, los novelistas creen saber más de lo que saben. La realidad es siempre peor y moralidad, comprensión, perdón y reinserción son conceptos para cogerlos con pinzas. Crimen, delito, ley, justicia y pena son menos novelables. Más complejos aun los crímenes políticos donde los asesinos además de criminales son marionetas de la patria, del partido, de la ideología, del pueblo. Patria reduce la complejidad. Desde el comienzo vuela como una flecha hacia el abrazo. La madre del asesino y la esposa del asesinado, en la última escena, después de que el asesino desde la cárcel aceptase la carta de súplica y concediese el perdón en nombre del pueblo vasco, se abrazan en la plaza donde la vida sigue con conversaciones entre adultos, juegos de niños y muchas risas. Como en la misa, el sacerdote introduce la hostia del sacrificio en la boca del creyente en la misericordia. Pero la realidad es una jodienda: los que ordenaban disparar en la nuca mandan ahora en un partido al que le votan los que homenajean a los asesinos, apoyan los presupuestos y sostienen a un gobierno. Aún así yo vería la serie. Los primeros capítulos son buenos, ayudan realmente a comprender.




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