Quién le podría decir a Maixabel que no vaya, que no se encuentre con su verdugo si ella lo quiere. Si lo hace es un acto soberano de su voluntad. Las cosas cambian, sin embargo, si lo hace público o si se presta a que el periodista con grabadora o con libreta y lápiz o con cámara acuda a la reunión. Hay ahí exhibición de una virtud. Que el mundo se entere, yo os propongo. Se convierte en noticia, da que hablar. Se pone como ejemplo, otros deberían. Hay un paso más, convertir el acto soberano inicial en representación: repetirlo ante las cámaras, congregar a gente en salas, emocionarlos, convencerlos, convertir la iniciativa inicial en causa. Prestarse, autoconvencerse o dejarse convencer de que un acto estrictamente individual tiene un valor universal, moral, una conducta ejemplar. El sacerdote desde el púlpito señala con el dedo índice el recto obrar. La feligresía desde abajo asiente, sin posibilidad de réplica.
Esa es la parte que explícita el periodista, el cámara, el guionista, el que comenta la representación. El cura en la sacristía pergeñando el sermón. Luego está el salto, el encadenamiento. No preguntes qué sucede en la mente del asesino, si es que algo sucede en ella. Ha acudido al encuentro, basta, absuélvelo. Eres tú, espectador, quien debe dar el salto, encadenar, no se te va a decir, pero lo vas a hacer: pasa página, olvida, el asesino ha acudido al encuentro, no importa que solo sea uno o unos pocos los que han acudido, y no el resto de asesinos, ya podemos contar con él, ya podemos servirnos de ellos, apoyarnos en ellos, pactar con ellos. Es la directriz del alcalde a la salida de misa: no te opongas, si lo haces serás segregado de la congregación.
Comparemos para verlo mejor. ¿Alguna chica que haya sufrido una violación traumática acudirá por propia iniciativa a encontrarse con su violador? ¿Tomará la iniciativa el cura con libreta y papel o cámara para acudir juntos a un lugar neutro donde, frente a frente, se vean el violador y la violada o se conformará con prescribirle dos avemarías y un padrenuestro?
Echemos las cortinas y bajemos al patio de butacas. Miremos al criminal a los ojos. Hay una dramática alteración en la puesta en escena, un volteamiento de la realidad para ajustarla a unos patrones. El asesino etarra que disparó en la nuca a un hombre con vida seguía una orden, un plan: alguien dio un chivatazo, otros vigilaron, describieron las rutinas de la víctima, alguien urdió un plan, el grupo, la organización ordenó disparar y por fin el asesino o los asesinos quitaron la vida a quien la tenía. El asesinato no se quedó ahí: otros grupos humanos organizados pudieron imponer sus diseños políticos, pactarlos, exigir exenciones, privilegios, pagos a cuenta del miedo de la población que cedía aterrorizada. Nueces. Sin embargo, solo una persona acude al encuentro de la reconciliación.
¿Están todos los hombres en el ascensor donde se brutaliza a una mujer contra su voluntad? ¿Hay hombres organizados en torno a un plan cuando se produce una violación? Las crónicas de los periodistas que acuden al lugar de los hechos son sórdidas, solo un periodista friki podría embellecerlas con palabras como culpa, perdón y reconciliación. No sé de ninguna mujer humillada que haya acudido al encuentro con su violador. Es más, se le permite en el juicio testificar mediante vídeograbación. Cuando se representa un suceso de este tipo en el teatro, en el cine o en un documental se representa el estrago emocional de la víctima, el antes y el después, el trauma. Raramente se representan los porqués. El asesino etarra los tiene y los exhibe aún después de que haya dejado las armas: el pueblo sale a recibirlo con música y danzas cuando es excarcelado: lo hiciste, obtuvimos un beneficio, te estamos agradecidos. El violador no tiene quien le escriba: hay un mundo de determinaciones en la mente del violador. La violada, si todavía sigue con vida, no quiere encontrarse con él, quiere no volverlo a ver, que sea apartado de la sociedad para que no vuelva a hacer lo que hizo.
Ha habido momentos en la historia, en las guerras, en las invasiones, en que las violaciones eran organizadas para someter a una población, a un país -recordamos lo que sucedió en Bosnia-. En las sociedades civilizadas ya no se hace, una violación es uno de los peores males. Los hombres hemos aprendido a controlar nuestra agresividad, salvo algunos casos, que van decreciendo. No hay peor estigma, ahora mismo, que el que señala a un violador. Nadie lo vitorea al salir de la cárcel. Incluso una mayoría pugna por mantenerlo en ella de por vida.
Es una obligación social compadecer a las víctimas, darles el calor que necesitan. Es una necesidad entender qué sucede en la mente del violador, también en la del asesino, como lo es desvelar la soledad del primero y las corresponsabilidades grupales del segundo, para mejor comprender nuestra naturaleza y deducir en consecuencia los reajustes para que la vida en sociedad sea más transparente y más libre.


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