"Creo que lo que ocurre es que no estamos lo bastante perdidos. El arte de perderse en el sentido más profundo y encontrar salvación en la sensación de perderse es algo que podemos aprender de Simone Weil, y creo que debemos aprenderlo deprisa". (Wolfram Eilenberger)
Esta mañana iba con la bici bajo un cielo encapotado, sin amenaza de lluvia sin embargo, entre titubeos solares. Pensaba, moriré, no pasará mucho tiempo, mis hijos y mis nietos me heredarán, pero a no tardar ellos irán en pos de mí. Años, décadas, nada. Nadie de los ahora vivos estará con vida.
Reflexionamos sobre la actualidad, hacemos planes sobre lo que vamos a hacer, caminamos con rumbo o sin rumbo omitiendo la gran cuestión, haciendo como que el agujero negro no existe, dando por supuesto que estaremos siempre ahí. Eso sucede porque hemos apartado de la conversación los asuntos primordiales, sustituidos por preocupaciones inmediatas, secundarias, al modo en que un niño está entretenido en sus juegos, ausente de lo que le rodea. Vivir con la conciencia de fragilidad y finitud resulta insoportable. Eso vale para el individuo y para las sociedades: vamos a morir; las estructuras políticas tienen los días contados. ¿Hemos dejado de plantearnos las preguntas decisivas? ¿Tienen sentido las preguntas que nos hacemos y, por tanto, las respuestas que con pasmosa seguridad nos damos? La baratura de los diagnósticos: 'Tenemos las soluciones, solo hay que aplicarlas'.

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