Para un lector de primera hora, fiel desde el primer número, la deriva del periódico en imparable degradación hasta convertirse en un órgano de propaganda no puede más que deprimirme. Quizá estos sean los peores días porque esa tendencia ha llegado al paroxismo. Combina tres elementos: el relato apocalíptico del calentamiento global, centrado en la cumbre de Glasgow, sin análisis realistas, la conversión de la presidenta de Madrid en una Cruella de Vil peliculera, a consecuencia de su gestión sanitaria, sin ponerla en el contexto general del país y del resto de autonomías, comparación en la que no sale peor, y la promoción de la nueva izquierda, representada por las políticas que se han reunido en Valencia este fin de semana, a quienes asocia con calificativos amables: una política de cuidados y afectos, que vendrían a remediar el Apocalipsis y la política luciferina de Ayuso. No es una táctica propagandística que haya que descubrir entre líneas sino que aparece en grandes titulares y fotos en las portadas y en tribunas generosas que concede a los políticos que defienden ese relato. A este lector, votante socialdemócrata la mayor parte de mi vida, que nunca ha votado al PP, le sorprende la ingenuidad e impericia de los políticos de la derecha, entretenidos en peleas personales por conseguir y mantener sus cargos de segundo nivel, incapaces de diseñar campañas inclusivas que lleguen a la ciudadanía, con la vista puesta en el progreso del país. Como si a la mayoría nos interesasen sus peleas, como si la disputa entre bloques partidarios fuese de nuestro interés. Supongo que como muchos, soy un huérfano de la política.


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