sábado, 1 de mayo de 2021

Vacunar

 


Siguiendo las informaciones del día en una cadena de televisión, propongo a unos amigos un problema práctico sobre las dificultades del gobernar. Las vacunas van llegando pero, de momento, son tan escasas que tardarán meses en distribuirse a toda la población. Hay una población flotante -en cuanto a derechos y deberes- de mayores, llegados a España por reagrupación familiar, que no tienen carnet del Sistema Nacional de Salud, compartimentado en diecisiete servicios de salud autónomos. Nadie les negará la vacuna, pero ¿a quién vacunar primero, a los sin carnet de más de 80 años, llegados por reagrupación, o a la población con más de 65 años o que está en riesgo y que ha cotizado a la seguridad social? Hemos de tener en consideración dos cosas, que, de momento, no hay vacunas para todos y que el vacunado cuenta desde la primera dosis con entre un 70 y un 90% de inmunización. Por tanto, vacunarse cuanto antes puede ser decisivo para la supervivencia de las personas. Suena dramático, pero en España llevamos más de 110.000 muertos por la pandemia. Para el populismo no hay problema alguno, pues toda proposición se hace factible en el instante mismo de su formulación: vacunas para todos. Lo mismo sucede para los redactores de las teles que confunden emoción e información. Pero, qué debería hacer el gobernante que actúa según criterios objetivos, científicos, económicos, en fin, racionales, y también compasivos.


Gobernar significa establecer reglas, atribuir costes, distribuir. No siempre, aunque la reglas sean generales, comprometen a la población por igual, a unos se beneficia y a otros se perjudica. En Cataluña, por ejemplo, se ha vacunado a los Mossos , pero no a la Policía y a la Guardia Civil; el encargado argumenta que prioriza a los mayores de 70 años, no en el caso de los Mossos (vacunado el 80.3% hace dos días), sí con respecto a la policía (9,9%) y guardia civil (6,3%). A menudo gobernar es discriminar. Los bienes son escasos. Gobernar tiene costes: hay gobernantes que los asumen y gobernantes que dejan que los problemas se pudran o se resuelvan por sí solos. La política compasiva es posible si los bienes son abundantes. Si los bienes y la población son estables y contables, para el patriotismo que Víctor Lapuente defiende en Decálogo del buen ciudadano se pueden programar los ingresos y los gastos (presupuestos anuales). La política alcanza todo su sentido en épocas de escasez. ¿Cómo se programa una vacunación que tenga en cuenta a toda la población mundial para acorralar al virus de modo que no genere mutaciones que vayan por delante de la vacunación? ¿Es posible un patriotismo pandémico? La vacunación en Israel habrá tenido sentido si en el resto del mundo se hace a tiempo para impedir mutaciones resistentes. Si el virus se desmadra en India, de nada le valdrá la premura a Israel. ¿Es posible el patriotismo uninacional? No lo parece; sin la UE España estaría arruinada. Hay algo en lo que tiene razón Lapuente, un Estado únicamente distribuidor de bienes y garantizador de derechos es inviable si no establece una ecuación con la contabilidad de recursos y la asunción de deberes.


Otro ejemplo más. Si la compasión con los viejos reagrupados la confrontamos con nuestros cotizantes algo menos viejos por vacunar, visibilizamos el problema. Pero no lo hacemos con la enorme deuda que estamos contrayendo con el bienestar de nuestros nietos al posponer la amortización de los 140 mil millones que nos vamos a gastar. Lo mismo sucede con las pensiones, si las mantenemos o las aumentamos por encima del ahorro disponible, el Estado se tendrá que endeudar y la deuda habrá que pagarla en el futuro, con lo cual se produce la curiosa paradoja que invierte la relación tradicional entre abuelos y nietos: si antaño los abuelos procuraban dejar una buena herencia a sus nietos ahora lo que les dejarán será una deuda imposible de pagar. Los abuelos quieren vivir mejor a costa de sus nietos.


Tenemos un trato pasional con la realidad. Adelantamos nuestros prejuicios a la reflexión racional. Por eso ponemos en manos de otros las decisiones difíciles, y, sin embargo, nos desahogamos contra ellos si no se desenvuelven de acuerdo con nuestras prefiguraciones.


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