Pero no debería importarnos que los creyentes -quienes tienen hilo directo con la verdad- no quieran saber nada con nosotros los incrédulos; no deberíamos entrar en sus peleas, tampoco aceptar el marco de la discusión pública que proponen desde su fe. Las mentes libres hace tiempo que se independizaron y el fruto de sus logros es la vida que llevamos, más fácil y sana, más libre e igualitaria que cuando las teocracias esterilizaban la tierra. Y lo será aún más cuando la independencia se extienda por la mayor parte de las mentes.
La fe colectiva, el sentido de comunidad, ha sido la fuente de progreso del homo sapiens y probablemente lo que ha garantizado su supervivencia en los momentos críticos. Saberes y habilidades se han transmitido horizontal y verticalmente, de una generación a otra, de abuelos a nietos, del campo a la ciudad y viceversa. ¿Pero dónde se han generado los cambios, las mejoras? Una y otra vez la historia nos demuestra que en los puntos de fricción, en los márgenes de la academia, en los límites de lo tolerado, en la libertad de pensamiento.
Nuestra historia de éxito se debe a una combinación de fe colectiva y libertad individual con largos periodos de estancamiento, aquellos en los que los saberes se convirtieron en dogmas con sacerdotes, iglesias y libros sagrados. Perviven en nosotros, distribuidas de forma desigual, la tendencia egoísta y la cooperativa, unos más creativos, otros más colaboradores, ambas necesarias para el progreso y la supervivencia. Es difícil saber dónde está el punto de equilibrio entre libertad y solidaridad, cooperación y sometimiento, como lo demuestra el símbolo social del pasado confinamiento, los aplausos en los balcones, que pudieron ser entendidos como apoyo a los profesionales que se esforzaban por salvar vidas -gracias por vuestra labor- o como aceptación sumisa de una prescripción autoritaria.

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