sábado, 17 de abril de 2021

Relatos

 



No hay nada peor que un único relato para comprender y organizar el mundo. Bueno, sí, hay algo peor, que la historia se escriba para darle gusto a quién manda. Hay otro riesgo, dar un peso excesivo a las historias. Pensar que la literatura tiene un poder parecido al de Superman. Es decir, confundir la fantasía con la imaginación. El realismo mágico. Un poder tan grande que no necesitemos más, ni siquiera vivir, entonces, la literatura -la fantasía- nos paraliza.


Si lo contemplamos en la distancia, Angola por ejemplo, o hacemos silencio en nosotros y observamos lo que les sucede a los demás, si les oímos hablar, si leemos lo que escriben, si les vemos actuar, veremos nuestro reflejo, comprenderemos cómo actúa en nosotros el relato. Cómo nos domina, nos sumerge en un modo uniforme de comprender ver y actuar, cómo nos ahueca vacía y amuralla, cómo secuestra nuestro entendimiento y voluntad. Los hombres en un periodo de brutalidad de la historia secuestraron y encadenaron a otros hombres para venderlos y hacerlos trabajar. Ahora lo siguen haciendo con los animales en los circos en los zoos en reservas africanas para diversión del turista, por no hablar del ‘sacrificio’ -esa palabra- en los mataderos industriales. Pero hay otro tipo de cadenas invisibles pero muy poderosas quizá no físicamente dañinas pero igualmente esclavizantes, el sometimiento por el relato.


En el XIX el relato dominante se construyó sobre el papel civilizador del hombre blanco en África. Era falso pero tan insistente, en el púlpito y en la tarima del profesor, que nos lo creímos. Esa historia fue sustituida en el XX por el capitán Kurtz, en El corazón de las tinieblas. Un Kurtz imaginado tomó el lugar del Livinsgtone real. Otro relato que se haría dominante sustituyó al anterior; fue ganando el corazón de las gentes. El hombre blanco es un depredador y está en el origen de la catástrofe de África. El cine y las novelas hicieron lo suyo. Una idea sencilla que, retransmitida con emoción desde las pantallas y desde los mítines, prendió en la fantasía de las gentes. Como señala la nigeriana Chimamanda Adichie, hay algo de verdad en los relatos únicos, pero como explicación única son falsos. Ahora pensemos en el papel paralizador de las historias: nos dan el mundo hecho, con civilizados y bárbaros, depredadores y víctimas, y una justificación para seguir quietos. Toma el mundo en tus manos, nos dice Paul Theroux en El último tren a la zona verde, camina. África es un continente joven, lleno de vitalidad y energía. Está en sus manos construir el relato del siglo XXI, una historia contradictoria, como deberían serlo todas si quieren ser fieles a la realidad, llena de voces.


El relato único, sin réplica, es tan poderoso que permanece durante siglos en la fantasía de las gentes. Aún sigue habiendo quienes creen en el papel civilizador del hombre blanco y muchos más quienes le culpan de todos los males de la humanidad: el sufrimiento el hambre la opresión la corrupción y el desgobierno.


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