jueves, 29 de abril de 2021

Sound of Metal

 


Durante la mitad del metraje vemos a Ruben y a Louise alternando escenas en su cómoda casa rodante y en el escenario. Forman un dúo de alto voltaje, mejor de muchos decibelios, él a la percusión y ella cantando. Sobreviven actuando en pequeños pueblos al anochecer mientras se curan de pasadas adicciones. Lo vemos en los brazos de Louise, las heridas restañadas en su piel, y en el hervor a punto de estallar de Ruben. Una frágil terapia que ya dura cuatro años. Pasará tiempo antes de enterarnos de los detalles, de cómo han llegado hasta ahí. Pero de lo que nos enteramos de inmediato, nada más comenzar la película es de que Ruben se está quedando sordo. La película está diseñada para que el espectador sienta lo mismo que el protagonista. No solo vemos en los planos fijos, de perfil e incluso cenitales la tensión interna, la ira contenida a duras penas, que estalla de vez en cuando en explosión destructiva cuando ya no puede desahogarse sobre los instrumentos, también percibimos el mundo cuyo sonido chirría o se va apagando hasta hacerse inaudible. Visto así, la película es Riz Ahmed, un actor que nos recuerda las actuaciones de los años 70 cuando la interpretación de la academia de actores lo era todo. Robert De Niro en Malas calles. En muchos momentos la película es estática: los planos fijos consiguen transmitir la angustia de quien se está quedando sordo. Desaparece el mundo pero también la vida está dejando de estar ordenada.


En la segunda parte de la película Ruben acude a un centro terapéutico. Una iglesia que enseña el lenguaje de signos a los niños y a sordos incipientes a acomodarse a un mundo sin sonidos. Ruben se queda solo, Louise se ha ido por exigencias de la terapia, pero, contra la filosofía del centro, no renuncia a recuperar el sonido mediante un caro implante cloquear. Vende la casa rodante, todo lo que tiene, y se opera. Los compañeros de terapia y los niños a quienes cuida y con quienes juega lo aceptan, él parece sentirse cómodo pero añora la vida con Louise. Sentimos en nuestros propios oídos los efectos del implante, las voces agudas metálicas flojas de la doctora que atiende a Ruben, la difícil adaptación a un sonido artificial, en realidad el artificio que el cerebro construye para simular el sonido. Rubén abandona el centro y va en busca de Louise a la casa parisina donde vive con su padre, un burgués amante de la gastronomía que también ha vivido su propio sufrimiento. En la película todos cuantos aparecen son sufridores. Las palabras no abundan, adivinamos el dolor en los gestos y en las miradas estáticas -actores del método. Ruben comprende que las cosas ya no son como eran. Louise fue su terapia durante cuatro años, y él, Ruben, fue la terapia de Louise, pero ya no. Al amanecer, sin despedirse de Louise, coge sus pertenencias, una bolsa de deporte, y abandona la casa burguesa. En el último plano lo vemos de espaldas sentado en un banco, mudo, con la mirada fija en la nada, la mirada que acostumbra. (Película en los Óscar. Amazon).


PS. Aunque es posible que el propio director no tuviese una idea clara de lo que quería contar, antes de ponerme a escribir el comentario anterior, a mi cabeza había acudido una idea que podía explicar la película. El hombre que lleva la terapia de recuperación de los sordos le pide a Ruben que cada mañana temprano nada más levantarse se ponga a escribir lo que le venga a la cabeza. Varias veces vemos a Ruben sentado ante la mesa vacía y el cuaderno en blanco en el cuarto que le han reservado, pero nunca escribe nada. Es la imagen central de la película que el director quiere explicar. La mente de Ruben está vacía, su vida sin expectativas.



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