"África me empujaba a seguir adelante porque permanece muy vacía, aparentemente inacabada y llena de posibilidades, que es la razón por la que atrae a entrometidos analistas, mirones, filántropos aficionados. En África observamos la historia humana vuelta del revés, y es posible ver en qué nos hemos equivocado". (Theroux)
El título de este libro de viajes de Paul Theroux responde a un proyecto frustrado. Después de recorrer parte de tres países del África Sudoccidental, Sudáfrica, Namiba y Angola tiene que renunciar a la última etapa programada, en tren, desde Luanda a Malanje, al corazón de la zona verde, como por allí denominan a la sabana, porque su compañero de viaje, un angoleño, ha fallecido tras una inmersión submarina. La zona verde es el África idealizada, mitificada por el viajero, el paisaje tradicional, incontaminado, lleno de animales salvajes y hombres en cabañas. Al redomado viajero Paul Theroux, dos ideas le habían puesto en marcha para iniciar un viaje que, por su edad, podía ser el último: repetir a la inversa el que ya hiciera anteriormente, desde El Cairo a Ciudad del Cabo, ahora, desde la ciudad sudafricana a la mítica Tombuctú, en Malí. La otra, la de reencontrar el paisaje que había conocido en su juventud cuando fue maestro en Malaui, la sabana con poblados de cabañas y animales en armonía. Theroux lo inicia visitando las townships en torno a El Cabo, con cierta esperanza de que desde la última vez que las vio las condiciones hubiesen mejorado. Comprueba que, quizá, muy lentamente. Lo mismo le sucede con Namibia; ve un cierto orden, estabilidad y negocio y lo atribuye a la antigua colonización alemana. Sin embargo, cuando se aleja de la capital, Windhoek, y de las zonas costeras, aparece la desorganización y el desánimo. La difícil entrada en Angola, donde ningún otro extranjero se arriesga: la carretera imposible, la desaparición de los animales, los restos visibles de treinta años de guerra civil -carros, minas, ruinas-, la infravida que encuentra por doquier y el desastre absoluto de Luanda acaba con cualquier esperanza no solo con respecto a la continuación de su viaje al norte, sino con la propia África. Se repetirá una y otra vez, ¿Qué hago aquí?, al contemplar el paisaje, la extensión inacabable de la ciudad africana sin árboles, sin agua ni electricidad, sin trabajo, con hospitales y escuelas sin medios, con viviendas que no merecen tal nombre, sin esperanza de mejora. La descripción de Angola en general y de Luanda en particular adquiere para el autor los rasgos de una visita al infierno -una descripción no menos apocalíptica que la de Dante- un país riquísimo a cuenta de sus recursos en petróleo, diamantes y oro, en manos de una plutocracia gobernante sin ningún interés por la prosperidad del país ni de sus gentes, un modelo de corrupción que desciende en la escala social hasta las capas bajas, un país corroído por la extorsión, la corrupción y la xenofobia. El infierno comenzó con la llegada de los colonizadores portugueses que secuestraban a los habitantes del interior para convertirlos en esclavos con los que comerciar, siguió cuando el secuestro se convirtió en trabajo forzado en las tierras de labor de los colonos que llegaban del Portugal pobre y campesino. Siguió con treinta años de guerra civil tras la independencia, con injerencia de cubanos y sudafricanos y, ahora, con la llegada de los chinos para construir infraestructuras de pésima calidad. Nada en el horizonte, según Theroux, indica que el país vaya a salir del infierno.
Paul Theroux inició el viaje con más de setenta años. En su mente pesaba la edad. Era consciente de que podía ser una especie de testamento viajero. Le habían advertido, era consciente de lo que podía encontrar. Le desaconsejaban que cruzara la frontera entre Namibia y Angola. Durante el viaje, probablemente en el norte de Namibia, le duplicaron la tarjeta de crédito y dejaron sus cuentas tambaleando. Hizo algunos amigos, tres de ellos murieron: a uno, un joven australiano, Nathan, lo mató un elefante en una reserva; a otro, un portugués angoleño, Rui da Câmara, perteneciente a una longeva familia de colonos, le abrieron la cabeza a golpes para robarlo en su casa y, el tercero, Kalunga, un fotógrafo angoleño, con quien había planeado seguir el viaje hasta la zona verde, perdió la vida por un problema hiperbárico tras una inmersión. No es extraño que el escritor entrase en alguna suerte de depresión, hasta el punto de titular el penúltimo capítulo “Este es el aspecto que tendrá el fin del mundo cuando se acabe”, expresión que tomó de Kalunga, ante una de las villas miseria de Luanda, como emblema del África que acababa de recorrer y describir. Si la muerte de Kalunga le desmotivó para llegar a la zona verde, las acciones terroristas de Boko Haram le desaconsejaron llegar a Tombuctú.
Pero el libro no es solo desolado pesimismo. La vida recorre las páginas. Aunque la mayor parte de la gente con quien habla pone el futuro lejos de África, con EE UU en primer lugar, por doquier encuentra jóvenes llenos de vitalidad que no se conforman. El propio escritor se toma como personaje y relata sus necesidades, miserias y aprensiones. Como buen escritor que es, no solo describe, convierte el viaje en un magnífico relato. Como Paul Teroux es un novelista, cada escena, cada episodio está tratado como si fuese el capítulo de una novela, con la misma intensidad descriptiva y el mismo análisis caracteriológico de los individuos que van apareciendo. Intenso es por ejemplo el capítulo que dedica al parque de elefantes y centro de safaris para millonarios occidentales Abu Camp, en el delta del Okavango en Botswana, como lo es el que titula Tres pedazos de pollo, ambos susceptibles de desgajarse del conjunto y leerse como relatos independientes.


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