lunes, 15 de junio de 2020

Un saco de huesos


La torre siempre está ahí, nosotros vamos cayendo, me decía MP, cuando tras un ribazo, saliendo de una de las curvas de la carretera, la vimos emerger. En estas tierra del sur de la comarca del Arlanza ya amarillean los campos, aún cortos de talla, poco crecidos. Por las calles recién asfaltadas guiaba al coche que me seguía, el que llevaba a mi madre en su último viaje a su morada final, una parcela tan minúscula, a la que no podrá tomar medidas, donde no se podrá mover. Convenientemente separados, guardando distancias en las filas de bancos, aunque poco antes, en el exterior, nos habíamos abrazado y apretado las manos desnudas, los acompañantes, familiares, amigos, vecinos. El cura hablaba de asuntos celestes mientras mi mente ni siquiera vagaba, estaba vacía. Se detenía en las figuras del retablo, en las paredes desencaladas, en el barniz de la caja. Movía los labios como un mecano, algunas palabras, más bien sonidos, las rescataba mi memoria del pasado con equivocaciones, pues los himnarios van cambiando, incluso en los rituales de la robusta y milenaria Iglesia. Ya no seguía mi madre allí, pues la había guardado horas antes en un fluir desbocado de la memoria, solo gente rezando, y supongo que observando en mi nuca los efectos de día. Seguramente les ha decepcionado mi falta de emoción. Llevamos los restos mortales, que frase precisa, con las manos hasta el hueco reservado en el camposanto, sorteando las filas mal trazadas de otros restos, cuyos nombres en cruces y lápidas no indican que sigan allí, lo desmienten las fechas que los acompañan, que con precisión delimitan sus vidas en el pasado.


Antes de la ceremonia los dos hombres que habían abierto el sepulcro me enseñaron el saco de huesos. Un saco común de arpillera, unos de esos sacos que antes contenían nitrato de Chile, no sé si todavía. Es lo que hemos encontrado al abrir, me dijeron, luego los retornamos. No conozco a esos hombres que la aseguradora ha contratado, aunque a uno de ellos le había dado orientación de cómo proceder a través del móvil en las horas frenéticas de la mañana. Pero yo sabía de quién eran esos huesos. Es lo que queda de mi padre. Huesos mondos en un saco. He hecho una vida independiente, no lo he recordado mucho. No lo vi morir, solo enterrar. Yo vivía en una ciudad lejana, entregado a la crianza y al trabajo cuando él enfermó. Arrastraba una enfermedad pulmonar desde muy joven. Le oí teorías que la explicaban. Estuvo meses con una bombona de oxígeno junto a la cabecera de la cama, hasta que un día dijo, según me ha contado mi hermana, ‘Llevadme al hospital’. Miraba el baño, recién reformado, como despidiéndose, me ha dicho. No recuerdo si pasaron unos pocos días o unas pocas horas entre esa imagen y cuando, yo ya presente, lo trajeron y aquí lo enterramos. No tengo recuerdos intensos de mi padre, A veces he forzado la memoria y la imaginación para reconstruir una vida, pero he sacado poco en claro. Mi mundo se separó de ellos muy temprano. Con mi madre he podido reconstruir o más bien crear posteriormente, cuando mi vida fluyó de otra manera, una relación basada en el cuidado, cuidado mutuo, porque en el cuidado hay terapia para el cuidador y para el cuidado. El cura, bondadoso y esforzado, seguía con sus apelaciones a lo celeste. Los hombres del sepulcro, uniformados con trajes caqui, convenientemente manchados de polvo, yeso y tierra, bajaron la caja con un minúsculo sistema de polea, luego cerraron el hueco con ladrillos anchos y largos y justo cuando cementaban he llamado su atención sobre el saco de huesos. Han tenido que levantar uno de los ladrillos para arrojar el saco que tras unas matas se estaban olvidando. El saco de arpillera, un extraño invitado entre los huesos mondos y la caja recién barnizada. Fui a enterrar a mi madre y encontré lo que quedaba de mi padre. Un saco de huesos no muy abultado.





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