viernes, 3 de mayo de 2019

Señora de rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes



           El narrador utiliza la segunda persona para mostrar en vivo lo que sucede ante sus ojos, la enfermedad y muerte de su esposa. Como en el título de la novela, esta segunda persona le ayuda a mostrar el contraste ente el brillo, la luz que a nadie que la conociera dejaba indiferente, de la mujer que ha amado, “Una mujer que, con su sola presencia, aligeraba la pesadumbre de vivir”, en frase que se ha convertido en cita, y que cuando escribe ya está muerta, y la grisura propia, la del pintor que vive en un bache permanente incapaz de tener una idea que llevar a la tela que le espera en el taller del piso de arriba. La culpa de ese estancamiento sería de Ana, la mujer de quien ahora trata de esbozar un retrato no con los colores de la paleta sino de la pluma, pues era ella quien le animaba, daba fuerzas y conducía y ya no está, era ella, en la vida externa, la animadora, la fuente de la creación, pero él quien recibía los sucesivos premios que le hicieron popular y colmaron de honores. Es pues una novela de la pena, un lamento por la felicidad perdida, publicada por Delibes muchos años después de que su esposa falleciera, como si el tiempo pasado desde 1974 a 1991 se hubiese detenido o no pasase nunca y la vida de ese pintor, la vida del propio Delibes, fuese una prolongación sin sentido del instante fatídico en que ella desapareció para siempre. La novela narra, pues, el duelo prolongado del propio escritor y la Ana de la novela, la Ángeles de Castro, esposa del escritor, que murió en las circunstancias que describe.

             Pero la grisura que acompaña tantas páginas de esta novela, siendo un reflejo del estado de ánimo del escritor narrador, también es su defecto. Hay muchas razones para que sea así. El tiempo transcurrido y la pérdida de viveza en los recuerdos, una cierta delectación en la pena, la opción de escoger la segunda persona que cuenta lo ocurrido a una hija de la que sabemos poco y que no juega un papel decisivo en la narración, salvo el de situar el contexto político de la España de entonces (la hija, junto con su marido, está encarcelada por oponerse al Proceso 1001 que envió a la cárcel a la cúpula de CC OO), el disfraz de pintor que el escritor adopta para convertir en novela lo que era una confesión. Es cierto que la literatura confesional del dolor por la pérdida del ser querido aún no estaba de moda, aunque faltaba poco para ello (Joan Didion publicó El año del pensamiento mágico en 2005) y ese tipo de literatura no contaba con larga tradición en español, pero, en mi humilde opinión, Delibes se equivocó eludiendo la primera persona en la narración. Sin embargo, la grisura desaparece en las últimas páginas. Los primeros síntomas, el diagnósico, la hospitalización, la intervención, los médicos, la familia, el desenlace, todo está contado con brío, como si la distancia de esos 17 años entre la pérdida y el recuerdo por escrito se hubiese evaporado, reaparece el mejor Delibes, conciso, directo, con la escritura precisa, sin adornos, con el adjetivo exacto.
A las siete de esa misma tarde, sin aviso previo, vi venir el piquete de batas verdes, encabezado por la maciza figura del cirujano jefe, por el fondo del corredor en penumbra. El espectáculo no era nuevo, pero esa noche intuí: vienen a decirme que han parado el reloj. Y tan vívida era la sensación de escena repetida que sabía que al médico pelirrojo que avanzaba por la parte interna del pasillo, y cuyo cabello refulgía al pasar bajo los pilotos de las puertas, le chillaba un zapato. Y, a medida que se aproximaban, fue aumentando el crujido del zapato abotinado del médico pelirrojo, un crujido que acompasaba el paso, que era algo así como la música del desfile. Y al llegar a la altura de nuestro grupo, se detuvieron, el doctor Calvo giró media vuelta a la derecha, mientras los demás, Ovidio Pozas entre ellos, se situaban detrás, en su lugar descanso, guardándole las espaldas. El doctor Calvo se dirigía a mí (había una sombra en su mirada firme, como una perplejidad en su aguerrido porte castrense): Ha muerto, dijo. Hizo una pausa y agregó tras una vacilación: Ella nos pidió vivir y no hemos sabido complacerla. Lo siento. Se hizo el silencio y cerré los ojos. El crujido del zapato del médico pelirrojo, que se iba debilitando ahora, me hizo saber que el piquete se alejaba”.


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