jueves, 2 de mayo de 2019

We Happy Few




“Me senté en la orilla
a pescar, con la árida llanura a mi espalda
¿Pondré por lo menos orden en mis tierras?...”
(La tierra baldía, de T. S. Eliot)


         Tras haber contemplado en derredor las cimas de las sierras de la Cebolleda, de Urbión, de Cameros y la Demanda, volvíamos en el bus tras una jornada soleada en la montaña riojana: una costosa subida por el barranco de Morcarizas hasta el Cabezo del Santo y una bajada por los estrechamientos pedregosos del río Brieva, iluminado por la primavera, hasta Brieva de Cameros. El bus tomaba las curvas jadeando con alguna contractura en los bajos, enfilando la estrecha carretera entre paredes rocosas y abruptas caídas y muchos aplausos al conductor por ir salvando los peligros con pausa y elegancia. Sólo en la autovía hacia casa pude ojear el periódico, mirar los titulares y algún artículo que leía al bies para no perder la paz que había logrado en la montaña, salvado el consabido Eliot de todos los abriles, en este caso de Julio Llamazares.

          La cosa fue que cuando di por concluida la lectura, le susurré, temiendo que los demás estuviesen envidiosos, a mi compañero de asiento si lo quería. Me dijo que no. Luego lo ofrecí a los asientos cercanos, ninguno lo quiso, y al llegar al parking de la ciudad donde nos despedíamos grité si alguien quería llevárselo a casa, como hacían los antiguos repartidores de periódicos. Nadie lo quiso, lo arrojé con lástima a una papelera.  No es de extrañar, ha pasado una semana, bien digeridos los resultados, y aún sigue con su crispación. Me pregunto quién lo lee ahora, quizá solo los antiguos lectores, los que hace tiempo abandonamos su errática opinión, para confirmar día a día que somos felices de escapar a su desvarío, nosotros los happy few.



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