“Me senté en la orilla
a pescar, con la árida llanura a mi espalda
¿Pondré por lo menos orden en mis tierras?...”
(La tierra baldía, de T. S. Eliot)
Tras
haber contemplado en derredor las cimas de las sierras de la
Cebolleda, de Urbión, de Cameros y la Demanda, volvíamos en el bus
tras una jornada soleada en la montaña riojana: una costosa subida
por el barranco de Morcarizas hasta el Cabezo del Santo y una bajada
por los estrechamientos pedregosos del río Brieva, iluminado por la
primavera, hasta Brieva de Cameros. El bus tomaba las curvas jadeando
con alguna contractura en los bajos, enfilando la estrecha carretera
entre paredes rocosas y abruptas caídas y muchos aplausos al
conductor por ir salvando los peligros con pausa y elegancia. Sólo
en la autovía hacia casa pude ojear el periódico, mirar los
titulares y algún artículo que leía al bies para no perder la paz
que había logrado en la montaña, salvado el consabido Eliot de
todos los abriles, en este
caso de Julio Llamazares.
La
cosa fue que cuando di por concluida la lectura, le susurré,
temiendo que los demás estuviesen envidiosos, a mi compañero de
asiento si lo quería. Me dijo que no. Luego lo ofrecí a los
asientos cercanos, ninguno lo quiso, y al llegar al parking de la
ciudad donde nos despedíamos grité si alguien quería llevárselo a
casa, como hacían los antiguos repartidores de periódicos. Nadie lo
quiso, lo arrojé con lástima a una papelera. No es de extrañar, ha pasado una semana, bien digeridos los
resultados, y aún
sigue con su crispación. Me pregunto quién lo lee ahora, quizá
solo los antiguos lectores, los que hace tiempo abandonamos su
errática opinión, para confirmar día a día que somos felices de
escapar a su desvarío, nosotros los happy few.


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