"Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome sólo a los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. No quería vivir nada que no fuera la vida, pues vivir es algo muy valioso, ni tampoco practicar la resignación, a no ser que fuera absolutamente necesario. Quería vivir intensamente y extraer el meollo de la vida, vivir de manera tan dura y espartana como para eliminar cuanto no fuera la vida, abrir un amplio surco y arrasarlo, arrinconar a la vida y reducirla a sus términos básicos y, si resultaba mezquina, coger toda su genuina mezquindad y hacerla pública al mundo; o, si era sublime, saberlo por experiencia y ser capaz de dar cuenta de ello en mi próxima excursión.”
Cuando
el mundo cambia, más si revoluciona, algo se gana con respecto al
mundo anterior pero también algo se pierde. El profeta del futuro
sienta mal a sus contemporáneos, también el poeta melancólico.
Thoreau hizo un experimento que duró dos años, dos meses y dos
días. Construyó una cabaña junto a la laguna Walden en unos
terrenos en el bosque que le cedió su amigo Emerson. La hizo con sus
manos y con sus manos cazó, pescó y cultivó su campo de judías
durante esos días. El tiempo restante caminó por el bosque, bordeó
los límites de la laguna y se deslizó por el hielo en el invierno.
Aunque la mayor parte del tiempo se quedó quieto a la sombra de un
árbol, a la orilla del agua o tendido sobre el hielo mirando hacia
el interior transparentado contemplando los animales del bosque, la
floración de las plantas, los peces, las mutaciones estacionales de
la naturaleza. Aprendió lo que podía hacer con su ingenio, la
utilidad de sus manos, lo poco que necesitaba para satisfacer sus
necesidades elementales. Hizo cuentas de lo que cada cosa le costaba,
los materiales de la casa, el valor de lo que le sobraba en el
mercado. Comparó el uso del tiempo que él dedicaba a lo necesario
con el que otros granjeros, incluso hombres ricos, dedicaban a su
trabajo. No era un rigorista de la vuelta a la naturaleza. Su tiempo
en el bosque estaba tasado. Iba a menudo a la ciudad y conversaba con
sus amigos. Recibía en la cabaña a quien quisiera hablar con él,
incluso les ofrecía comida y suelo para pasar la noche. Cuando
Thoreau inició su experimento en Concord, cerca de Boston, florecía
la sociedad industrial en Nueva Inglaterra. Máquinas, adornos
importados, trajes lujosos, casas esplendorosas. También el civismo
ceremonioso, la etiqueta, las reglas, incluso en la casa de su amigo
Emerson, en la que vivió un tiempo. Y el esclavismo, alguno de cuyos
episodios más repugnantes se vivieron a comienzos del XIX. Sobre la
mesa de Thoreau, en la biblioteca de su casa familiar, había una
biblia, los clásicos griegos y romanos, los clásicos hindúes y
chinos, la poesía inglesa y americana. Llevaba un diario que comenzó
de joven en el que anotaba su inmersión en la naturaleza, según los
principios del trascendentalismo del que participaba. Escribió
numerosas cartas a sus amigos y un libro contra la política
esclavista, animando a no pagar impuestos contra el Estado insensato,
Desobediencia civil (“El gobierno no debe tener más
poder que el que los ciudadanos estén dispuestos a concederle”).
De todo ello, en especial, su experiencia en el bosque, surgió Walden, la vida en el bosque (1854), donde a lo largo de las cuatro estaciones de un año simboliza la vida sencilla del hombre en armonía con lo natural. No se conformó con reflexiones morales sino que hizo observaciones detalladas de la maduración de la fruta, la profundidad de la laguna de Walden, la migración de las aves o su hibernación. Thoreau fue menospreciado en su tiempo pero se convirtió en profeta para los jóvenes en distintas épocas. Walden es un libro actualísimo que se lee con placer si uno se enfrenta a él con el ritmo pausado que impone el deambular sin prisa o la contemplación. Él propio Thoreau escribió un librito recomendando esa actividad, Caminar. Si la agitación es el ritmo que adopta esta época, entonces necesitamos volver a lo que nos enseña Thoreau.
De todo ello, en especial, su experiencia en el bosque, surgió Walden, la vida en el bosque (1854), donde a lo largo de las cuatro estaciones de un año simboliza la vida sencilla del hombre en armonía con lo natural. No se conformó con reflexiones morales sino que hizo observaciones detalladas de la maduración de la fruta, la profundidad de la laguna de Walden, la migración de las aves o su hibernación. Thoreau fue menospreciado en su tiempo pero se convirtió en profeta para los jóvenes en distintas épocas. Walden es un libro actualísimo que se lee con placer si uno se enfrenta a él con el ritmo pausado que impone el deambular sin prisa o la contemplación. Él propio Thoreau escribió un librito recomendando esa actividad, Caminar. Si la agitación es el ritmo que adopta esta época, entonces necesitamos volver a lo que nos enseña Thoreau.


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